La lluvia había estado cayendo sin cesar toda la mañana. El pequeño grupo de manifestantes se había ido dispersando y sólo quedaban una pareja de ancianos y Paula. Le dolían los brazos de sujetar la pancarta y al mirar a las caras de la pareja, vio que ellos también estaban cansados.
-¿Lo dejamos por hoy? -preguntó la mujer de pelo blanco.
-Gracias por tu entusiasmo, Rosa -dijo Paula con una sonrisa-. Pero no tiene mucho sentido seguir aquí si nadie nos ve. No ha salido ni entrado nadie del edificio desde hace una hora. Volveremos a organizar otra estrategia la semana que viene.
Algo más espectacular, pensó Paula con obstinación. Algo para hacer que aquellos farsantes de las oficinas los escucharan. Que tiraran una manzana de casas victorianas para hacer un aparcamiento y otro supermercado le hacía hervir la sangre.
-Si piensas eso, Paula, querida -dijo Jorge Thompson con alivio-, creo que nos iremos a casa. ¿Quieres que te llevemos?
-No, gracias. Tomaré un atajo por el parque.
Los Thompson vivían en el extremo opuesto del pueblo y el ejercicio le ayudaría a aliviar un poco la frustración. Se caló un poco más la capucha, agachó la cabeza contra la lluvia y apretó el paso por el camino de tierra. Ella pertenecía a la asociación de senderistas locales y conocía todos los caminos de tierra de memoria; ella misma había contribuido a mantener muchos de ellos abiertos. La ruta que había elegido para llegar a la granja de sus padres pasaba por el viejo Rectorado. Moviéndose con cautela por el camino que bordeaba el jardín abandonado, notó con alivio que no había señales de ocupación en la larga fachada victoriana. Con sus ventanas desconchadas y la invasión de hiedra por sus paredes, la casa parecía desierta. Se relajó un poco, pero siguió avanzando de forma furtiva por el camino cubierto de musgo. Su encuentro con Pedro Alfonso había sacudido su impenitente optimismo más de lo que estaba dispuesta a admitir, por no mencionar la confianza en su propio juicio.
Cuando Delfi había mencionado de forma casual sus responsabilidades familiares de Pedro, Paula no se había dejado engañar y se había mantenido muy fría.
-¿Te refieres a su familia?
Por una vez, Paula no se sintió preparada para hablar de sus errores delante de sus hermanas. Ya no le extrañaba que Delfi se hubiera sentido preocupada si había sabido que Pedro era un hombre casado y con familia. Ahora tendría que soportar la humillación de haberse acercado a él con la sutileza de un martillo eléctrico.
Pedro probablemente habría imaginado que ella se comportaba así con todos los hombres con los que se cruzaba. Lo que no iba a saber era que nunca le había atraído ninguno, al menos desde hacía mucho tiempo, se corrigió a sí misma.
-¡Te pillé! -el gruñido de triunfo junto con el brazo que la asió por la garganta la hicieron encogerse del susto antes de verse levantada del suelo-. No forcejees o lo sentirás.
Ella ignoró el siniestro consejo. Sin esperar a escuchar más amenazas, blandió la pancarta contra él con ludas sus fuerzas y perdió pie al instante. Escuchó el gemido de dolor de su asaltante al caer con ella por la colina rodando hacia el arroyo. Escupiendo y jadeando, Paula salió del agua glacial agarrándose a lo primero que encontró a mano.
Se apartó de la figura oscura tendida buscando con frenesí el camino más rápido para escapar de allí. Se estremeció al ver que el nombre se movía y blandió la roca que tenía en la mano con gesto amenazador.
-Te advierto que soy cinturón negro de karate -aseguró retrocediendo.
-¿Tú? ¡No te creo!
La amenazadora figura se levantó y Paula vió las inconfundibles facciones de Pedro Alfonso reconocibles a pesar del velo de fango. Pedro gimió y se llevó una mano a la mejilla.
El miedo que le había disparado la adrenalina se evaporó y se sintió débil de alivio. Al menos no era un sádico perturbado.
-¿No te crees que soy cinturón negro? Bueno, he exagerado un poco. Pero he tomado clases de defensa personal.
-Especializándote en trucos sucios, no lo dudo. Deberías llevar luces de emergencia -se puso en pie despacio-. Al menos no tengo nada roto. O todavía - añadió al ver la piedra que ella tenía en la mano-. Si no vas a usar eso, ¿te importaría dejarlo en el suelo? Me estás poniendo nervioso. Tengo la sensación de que me ha pasado por encima un tanque.
Con una sonrisa, ella hizo lo que le pedía.
-Bueno, ¿y qué esperabas si vas por ahí atacando a la gente por la espalda? Y sólo peso cincuenta y tres kilos, así que no seas tan quejica.
-Habías traspasado una propiedad privada -dijo él quitándose una brizna de encima del ojo.
-Estaba utilizando un paso vecinal autorizado y si consultas tus escrituras, descubrirás que tengo razón.
-¿Me estás diciendo que pasa un camino público por mi jardín?
-No se utiliza casi nunca -estaba empezando a temblar—, pero te recomendaría que dejaras a la gente usarlo. Es la forma en que hacemos las cosas en el campo.
-Sí, un sitio muy amistoso, el campo -dijo él con sarcasmo-. Estoy aquí porque alguien ha entrado a robar a la casa. Las molduras de la sala de dibujo han desaparecido por completo y si no hubiera interrumpido a los culpables anoche, ya se habrían llevado la chimenea.
-¿No será la preciosa chimenea de piedra? -gimió Paula francamente alterada por al noticia.
-Parece que conoces la casa -enarcó las cejas ante la mirada de horror de Paula-. Si no hubieras entrado furtivamente anoche, no te hubiera detenido. Pero parecías más culpable que un pecado.
sábado, 3 de septiembre de 2016
Amor Salvaje: Capítulo 5
-¿Un tratamiento... que implica que se obtiene algún beneficio?
-Les dije que tenían mucho en común -Alejandra resplandeció de placer-. Los dejaré solos para que puedan hablar.
Paula observó como la asombrada mirada de Pedro seguía a su madre.
-No, no es una estúpida -le informó-. Es sólo que sigue queriendo ligarme con todos los hombres libres que encuentra y supongo que te habrá clasificado en esa categoría. Ya le he dicho que si está tan desesperada por mi habitación, me iré de la casa, pero nada le hace desistir de intentar casarme. Es injusto, ella no interfiere en la vida de Pepi o en la de Valen, aunque quizá sea porque no las tiene al lado.
-¿Vives en casa de tus padres? -Pedro sonaba incrédulo.
-Cuando no estoy haciendo el amor con cualquier hombre en un radio de cincuenta kilómetros a la redonda, sí. Te recuerdo que viví un par de años en Londres antes de empezar enfermería. No llegué a sacar el título.
-A algunas personas les cuesta terminar cualquier cosa que empiezan.
Su expresión neutral no la engañó.
-Nosotras no tenemos tu respetabilidad sólida como una roca, querido - murmuró Paula con ganas de abofetearle.
-No era una crítica, era sólo una observación.
-¡Todo lo que dices tú es una crítica!
-Es una fiesta estupenda. Ya está. ¿Te parece bastante halagador? Creo que la has organizado tú.
En ese momento un joven de la pista de baile chocó con la espalda de Paula empujándola contra Pedro. La bebida que tenía en la mano se derramó por la camisa de él al mismo tiempo que su mejilla chocaba contra la tela mojada y él estiraba los brazos para sujetarla. El masculino aroma especioso, los fuertes latidos de su corazón y la tensión que contenían aquellos músculos duros de su torso hicieron que la cabeza le diera vueltas.
-Es sólo limonada -balbuceó-. No te quedará mancha -alzó la vista para encontrarse con la serena y fría mirada de él-. ¡Por Dios bendito! No lo he hecho a propósito. No ha sido un truco planeado para abalanzarme sobre tu cuerpo, así que relájate.
Paula todavía tenía la respiración jadeante mientras intentaba calmarse. Pedro hubiera deseado poder seguir su consejo y relajarse, pero la tensión le tenía contraída la columna vertebral y todos sus conocimientos de anatomía no iban a servir para solucionarlo. Sólo aspirar el femenino y cálido aroma de ella podría ayudarle.
-¿He hecho algo para molestarte? -preguntó al ver aparecer y desaparecer el color en la vivida cara de la mujer que tenía delante.
Se sentía fascinado de que alguien tuviera las emociones tan a flor de piel. ¿Sería de verdad tan transparente?, se preguntó.
-¿Aparte de atacarme cuando estaba desprevenida?
Paula estaba intentando analizar qué era lo que tenía aquel hombre para conseguir inquietarla tanto.
-Ha sido un accidente.
Su cara se contrajo de enfado hacia sí mismo al recordarlo. ¡Pero otras partes de su cuerpo respondieron también al recuerdo!
-Pero lo disfrutaste.
-¡Sí!
Parecía que le habían arrancado la admisión con tenazas.
-Si te consuela saberlo, yo también.
Los ojos de él brillaron momentáneamente con una emoción muy básica que le hizo desear haber contenido la lengua.
-No, Paula. No me sirve de consuelo en absoluto. Tú eres una mujer muy atractiva y cualquier hombre se sentiría halagado...
Pero él no, pensó ella esbozando una sonrisa para ocultar la humillación que estaba sintiendo. «¡Por Dios bendito, Paula! ¡Si ni siquiera te gusta!».
-El asunto es que estoy buscando una casa para venirme a vivir aquí con mi mujer. Al menos ella estará…
Era como haber recibido una bofetada en la cara. Por un momento no supo con quien estaba más furiosa, si con él por dejarle entrever un atisbo del paraíso o consigo misma por ignorar todas las señales. ¡El muy bastardo, tenía mujer!
-Yo no soy lo bastante discreta para un hombre casado -de nuevo la brillante carcajada-. Puedo presentarte a un agente inmobiliario si estás interesado. Hay dos por lo menos en la fiesta. Déjame buscarlos.
Sin mirarlo, se alejó decidida. El problema de ser abierta, reconoció tragándose unas lágrimas inexplicables, era que te dejabas a tí misma abierta a la humillación y al daño. Su corazón eternamente optimista le decía que algún día conocería a alguien que merecería la pena el riesgo.
Cuando uno de los agentes inmobiliarios que le había enviado a Pedro se acercó a ella después a darle las gracias, su optimismo decayó aún más.
-Creo que voy a deshacerme por fin del antiguo rectorado, Paula -comentó frotándose las manos-. Los sitios de ese tamaño y precio son muy difíciles de vender.
-¿No es un poco grande? -preguntó ella con envidia por la vieja casa victoriana que siempre le había encantado.
-No para una familia de cuatro. ¿O eran cinco? De todas formas, él quiere un montón de espacio.
Paula lo contempló alejarse radiante por la venta que pensaba hacer. Una oleada de pura rabia la asaltó. ¡Qué hombre tan patético, infiel y sin escrúpulos! Esperaba no volverse a cruzar con Pedro Alfonso porque no podría contenerse. Los hombres casados que iban por ahí besando a otras que no eran sus mujeres eran despreciables para ella. «¡Vaya con tu instinto!», pensó con disgusto. «Sólo estabas respondiendo a la lascivia y apuesto a que él se ha estado riendo todo el tiempo. ¡El muy canalla!».
-Les dije que tenían mucho en común -Alejandra resplandeció de placer-. Los dejaré solos para que puedan hablar.
Paula observó como la asombrada mirada de Pedro seguía a su madre.
-No, no es una estúpida -le informó-. Es sólo que sigue queriendo ligarme con todos los hombres libres que encuentra y supongo que te habrá clasificado en esa categoría. Ya le he dicho que si está tan desesperada por mi habitación, me iré de la casa, pero nada le hace desistir de intentar casarme. Es injusto, ella no interfiere en la vida de Pepi o en la de Valen, aunque quizá sea porque no las tiene al lado.
-¿Vives en casa de tus padres? -Pedro sonaba incrédulo.
-Cuando no estoy haciendo el amor con cualquier hombre en un radio de cincuenta kilómetros a la redonda, sí. Te recuerdo que viví un par de años en Londres antes de empezar enfermería. No llegué a sacar el título.
-A algunas personas les cuesta terminar cualquier cosa que empiezan.
Su expresión neutral no la engañó.
-Nosotras no tenemos tu respetabilidad sólida como una roca, querido - murmuró Paula con ganas de abofetearle.
-No era una crítica, era sólo una observación.
-¡Todo lo que dices tú es una crítica!
-Es una fiesta estupenda. Ya está. ¿Te parece bastante halagador? Creo que la has organizado tú.
En ese momento un joven de la pista de baile chocó con la espalda de Paula empujándola contra Pedro. La bebida que tenía en la mano se derramó por la camisa de él al mismo tiempo que su mejilla chocaba contra la tela mojada y él estiraba los brazos para sujetarla. El masculino aroma especioso, los fuertes latidos de su corazón y la tensión que contenían aquellos músculos duros de su torso hicieron que la cabeza le diera vueltas.
-Es sólo limonada -balbuceó-. No te quedará mancha -alzó la vista para encontrarse con la serena y fría mirada de él-. ¡Por Dios bendito! No lo he hecho a propósito. No ha sido un truco planeado para abalanzarme sobre tu cuerpo, así que relájate.
Paula todavía tenía la respiración jadeante mientras intentaba calmarse. Pedro hubiera deseado poder seguir su consejo y relajarse, pero la tensión le tenía contraída la columna vertebral y todos sus conocimientos de anatomía no iban a servir para solucionarlo. Sólo aspirar el femenino y cálido aroma de ella podría ayudarle.
-¿He hecho algo para molestarte? -preguntó al ver aparecer y desaparecer el color en la vivida cara de la mujer que tenía delante.
Se sentía fascinado de que alguien tuviera las emociones tan a flor de piel. ¿Sería de verdad tan transparente?, se preguntó.
-¿Aparte de atacarme cuando estaba desprevenida?
Paula estaba intentando analizar qué era lo que tenía aquel hombre para conseguir inquietarla tanto.
-Ha sido un accidente.
Su cara se contrajo de enfado hacia sí mismo al recordarlo. ¡Pero otras partes de su cuerpo respondieron también al recuerdo!
-Pero lo disfrutaste.
-¡Sí!
Parecía que le habían arrancado la admisión con tenazas.
-Si te consuela saberlo, yo también.
Los ojos de él brillaron momentáneamente con una emoción muy básica que le hizo desear haber contenido la lengua.
-No, Paula. No me sirve de consuelo en absoluto. Tú eres una mujer muy atractiva y cualquier hombre se sentiría halagado...
Pero él no, pensó ella esbozando una sonrisa para ocultar la humillación que estaba sintiendo. «¡Por Dios bendito, Paula! ¡Si ni siquiera te gusta!».
-El asunto es que estoy buscando una casa para venirme a vivir aquí con mi mujer. Al menos ella estará…
Era como haber recibido una bofetada en la cara. Por un momento no supo con quien estaba más furiosa, si con él por dejarle entrever un atisbo del paraíso o consigo misma por ignorar todas las señales. ¡El muy bastardo, tenía mujer!
-Yo no soy lo bastante discreta para un hombre casado -de nuevo la brillante carcajada-. Puedo presentarte a un agente inmobiliario si estás interesado. Hay dos por lo menos en la fiesta. Déjame buscarlos.
Sin mirarlo, se alejó decidida. El problema de ser abierta, reconoció tragándose unas lágrimas inexplicables, era que te dejabas a tí misma abierta a la humillación y al daño. Su corazón eternamente optimista le decía que algún día conocería a alguien que merecería la pena el riesgo.
Cuando uno de los agentes inmobiliarios que le había enviado a Pedro se acercó a ella después a darle las gracias, su optimismo decayó aún más.
-Creo que voy a deshacerme por fin del antiguo rectorado, Paula -comentó frotándose las manos-. Los sitios de ese tamaño y precio son muy difíciles de vender.
-¿No es un poco grande? -preguntó ella con envidia por la vieja casa victoriana que siempre le había encantado.
-No para una familia de cuatro. ¿O eran cinco? De todas formas, él quiere un montón de espacio.
Paula lo contempló alejarse radiante por la venta que pensaba hacer. Una oleada de pura rabia la asaltó. ¡Qué hombre tan patético, infiel y sin escrúpulos! Esperaba no volverse a cruzar con Pedro Alfonso porque no podría contenerse. Los hombres casados que iban por ahí besando a otras que no eran sus mujeres eran despreciables para ella. «¡Vaya con tu instinto!», pensó con disgusto. «Sólo estabas respondiendo a la lascivia y apuesto a que él se ha estado riendo todo el tiempo. ¡El muy canalla!».
jueves, 1 de septiembre de 2016
Amor Salvaje: Capítulo 4
-¡Qué típico de los hombres culpar a la mujer! -dijo Paula ignorando la verdad de su acusación-. Y no me gusta que me mires así. Estoy segura de que habrás pasado años perfeccionando esa mirada y puedo apreciar lo bonito del arqueo de tus labios, pero hace falta mucho más para dejarme impresionada. Y en cuanto a lo de no rechazarte, no quería inflamarte. A algunos hombres les excita ese tipo de cosas.
-Espero que no tengamos que profundizar en la sordidez de tus conocimientos carnales. Los recuerdos baratos y horteras no son de mi gusto.
-¡Baratos y horteras! -se le inflamó el pecho de indignación-. Al menos no soy una pretenciosa, creída y puritana aburrida -gritó en alto.
-¡Paula!
El sonido de su nombre hizo que Paula se diera la vuelta para encontrase a sus dos hermanas a pocos pasos de distancia.
-Pedro, yo... -se acercó apresurada a disculparse Delfina seguida de Valentina.
-No te atrevas a disculparte por mí -dijo Paula furiosa.
-Pedro es nuestro invitado.
-Pero no el mío. Yo sólo invito a la gente que me gusta -respondió de forma infantil.
-¿Y la tía Elsa? -le recordó Valentina.
-La familia no cuenta. Tiene que venir; es el aniversario de bodas de mamá y papá.
-Pedro, esta es Valentina-interrumpió Delfina la discusión de sus hermanas con una mirada de reprobación. Paula observó con cinismo cómo él reconocía a su famosa hermana. Valentina, conocida como Chaves en el mundo profesional, había conseguido fama y dinero como súper modelo. Le sacaba bastantes centímetros a Delfina y sus largas extremidades eran bastante atléticas.
Valentina tenía los rasgos básicos de cualquier mujer atractiva con algo más indefinible. Su pelo color castaño estaba aclarado con mechas rubias y tenía las pestañas teñidas, pero la belleza del resto de sus rasgos era completamente natural. Los hombres la piropeaban cuando la veían en la televisión y en las portadas de las revistas, pero Paula había comprobado que a la mayoría los intimidaba enfrentarse a ella en la realidad.
-Es un auténtico placer.
Pedro Alfonso no era de aquel tipo, notó al ver la mirada de interés en los ojos de su hermana cuando la estrechó la mano. Paula entrecerró los ojos. ¡Qué simple! El hecho de que su hermana le pudiera mirar directamente a los ojos jugaba en favor de él pues Valentina solía tener complejo de alta.
-Delfi me ha dicho que también eres médico -aquella sonrisa había lanzado cientos de productos al mercado-. ¿Qué le has estado haciendo a Pau para sacarla de sus casillas? -no pudo evitar preguntar.
-Me ha besado – contesto Paula.
-Eso ha sido muy atrevido por tu parte.
La mirada que Delfi intercambió con Pedro estaba cargada de censura.
-Nadie le ha contado lo del gancho izquierdo -dijo Valentina con una carcajada.
-Ya está bien de solidaridad fraternal -murmuró Paula-. En cuanto a tí, Valen, pensé que te ibas pasar toda la tarde hablando por teléfono con Nueva York.
-¿No estarás intentando cambiar de tema por casualidad, ¿Verdad, Pau?
-Tengo cosas que hacer -respondió ella con sequedad antes de darse la vuelta apresurada. Sus hermanas podían quedarse con Pedro Alfonso.
Organizar una fiesta sorpresa para sus padres había sido un trabajo de titanes. Al menos mantener el secreto en una comunidad tan pequeña donde todo el mundo los conocía, pero Paula se había visto recompensada con creces al ver las caras de sus padres cuando se habían sentado a una mesa de dos iluminada con velas y habían descubierto que todo el hotel estaba reservado para la ocasión. A ella no le importaba que se sintieran extasiados de ver a sus hermanas. Al fin y al cabo, ella siempre estaba con ellos, pero era una heroicidad ver a Delfi, que trabajaba en un hospital de Londres y a Valen que a veces viajaba a varios países diferentes en la misma semana. Y sus visitas habían sido cada vez menos frecuentes desde que se había ido a vivir a Nueva York. Ahora Paula se aseguró de que todo el mundo tuviera una copa para brindar por la pareja antes de reunirse en el podium con sus hermanas para decir unas palabras.
Miguel Chaves respondió con lágrimas de emoción rodeando a su mujer con el brazo.
-¿Qué puedo decir? ¡Paula ha guardado un secreto por primera vez en su vida! - extendió la mano para que se aplacaran las risas-. Soy un hombre afortunado - dijo simplemente mirando a las cuatro mujeres de su vida.
Paula sonrió con falsedad cuando más tarde su madre le presentó a un agradable doctor amigo de Delfi que iba a vivir en la localidad.
-Ya nos conocemos -dijo Paula frunciendo el ceño.
-¡Tienen tanto en común!
Alejandra Chaves esbozó una sonrisa de satisfacción.
-¿De verdad?
Hablaron los dos al mismo tiempo y Paula tuvo que contener una sonrisa.
-Por supuesto que lo tienen, los dos se dedican a la medicina.
-¿Eres también médico?
-Lo hubiera sido si no se hubiera interesado por otras cosas -le informó su orgullosa madre-. Estudió para enfermera y después...
-No ejerzo -cortó en seco Paula-. Encuentro ese sistema jerárquico un poco agobiante para mi gusto. Me he especializado en otra cosa.
-En qué?
-Masaje terapéutico y aromaterapia.
-¿Qué... emprendedor!
«Sucio, estrecho de mente y paternalista bastardo» , pensó al ver su sonrisa desdeñosa.
-Supongo que no serás una defensora de los tratamientos alternativos.
Paula estaba muerta de indignación.
-Espero que no tengamos que profundizar en la sordidez de tus conocimientos carnales. Los recuerdos baratos y horteras no son de mi gusto.
-¡Baratos y horteras! -se le inflamó el pecho de indignación-. Al menos no soy una pretenciosa, creída y puritana aburrida -gritó en alto.
-¡Paula!
El sonido de su nombre hizo que Paula se diera la vuelta para encontrase a sus dos hermanas a pocos pasos de distancia.
-Pedro, yo... -se acercó apresurada a disculparse Delfina seguida de Valentina.
-No te atrevas a disculparte por mí -dijo Paula furiosa.
-Pedro es nuestro invitado.
-Pero no el mío. Yo sólo invito a la gente que me gusta -respondió de forma infantil.
-¿Y la tía Elsa? -le recordó Valentina.
-La familia no cuenta. Tiene que venir; es el aniversario de bodas de mamá y papá.
-Pedro, esta es Valentina-interrumpió Delfina la discusión de sus hermanas con una mirada de reprobación. Paula observó con cinismo cómo él reconocía a su famosa hermana. Valentina, conocida como Chaves en el mundo profesional, había conseguido fama y dinero como súper modelo. Le sacaba bastantes centímetros a Delfina y sus largas extremidades eran bastante atléticas.
Valentina tenía los rasgos básicos de cualquier mujer atractiva con algo más indefinible. Su pelo color castaño estaba aclarado con mechas rubias y tenía las pestañas teñidas, pero la belleza del resto de sus rasgos era completamente natural. Los hombres la piropeaban cuando la veían en la televisión y en las portadas de las revistas, pero Paula había comprobado que a la mayoría los intimidaba enfrentarse a ella en la realidad.
-Es un auténtico placer.
Pedro Alfonso no era de aquel tipo, notó al ver la mirada de interés en los ojos de su hermana cuando la estrechó la mano. Paula entrecerró los ojos. ¡Qué simple! El hecho de que su hermana le pudiera mirar directamente a los ojos jugaba en favor de él pues Valentina solía tener complejo de alta.
-Delfi me ha dicho que también eres médico -aquella sonrisa había lanzado cientos de productos al mercado-. ¿Qué le has estado haciendo a Pau para sacarla de sus casillas? -no pudo evitar preguntar.
-Me ha besado – contesto Paula.
-Eso ha sido muy atrevido por tu parte.
La mirada que Delfi intercambió con Pedro estaba cargada de censura.
-Nadie le ha contado lo del gancho izquierdo -dijo Valentina con una carcajada.
-Ya está bien de solidaridad fraternal -murmuró Paula-. En cuanto a tí, Valen, pensé que te ibas pasar toda la tarde hablando por teléfono con Nueva York.
-¿No estarás intentando cambiar de tema por casualidad, ¿Verdad, Pau?
-Tengo cosas que hacer -respondió ella con sequedad antes de darse la vuelta apresurada. Sus hermanas podían quedarse con Pedro Alfonso.
Organizar una fiesta sorpresa para sus padres había sido un trabajo de titanes. Al menos mantener el secreto en una comunidad tan pequeña donde todo el mundo los conocía, pero Paula se había visto recompensada con creces al ver las caras de sus padres cuando se habían sentado a una mesa de dos iluminada con velas y habían descubierto que todo el hotel estaba reservado para la ocasión. A ella no le importaba que se sintieran extasiados de ver a sus hermanas. Al fin y al cabo, ella siempre estaba con ellos, pero era una heroicidad ver a Delfi, que trabajaba en un hospital de Londres y a Valen que a veces viajaba a varios países diferentes en la misma semana. Y sus visitas habían sido cada vez menos frecuentes desde que se había ido a vivir a Nueva York. Ahora Paula se aseguró de que todo el mundo tuviera una copa para brindar por la pareja antes de reunirse en el podium con sus hermanas para decir unas palabras.
Miguel Chaves respondió con lágrimas de emoción rodeando a su mujer con el brazo.
-¿Qué puedo decir? ¡Paula ha guardado un secreto por primera vez en su vida! - extendió la mano para que se aplacaran las risas-. Soy un hombre afortunado - dijo simplemente mirando a las cuatro mujeres de su vida.
Paula sonrió con falsedad cuando más tarde su madre le presentó a un agradable doctor amigo de Delfi que iba a vivir en la localidad.
-Ya nos conocemos -dijo Paula frunciendo el ceño.
-¡Tienen tanto en común!
Alejandra Chaves esbozó una sonrisa de satisfacción.
-¿De verdad?
Hablaron los dos al mismo tiempo y Paula tuvo que contener una sonrisa.
-Por supuesto que lo tienen, los dos se dedican a la medicina.
-¿Eres también médico?
-Lo hubiera sido si no se hubiera interesado por otras cosas -le informó su orgullosa madre-. Estudió para enfermera y después...
-No ejerzo -cortó en seco Paula-. Encuentro ese sistema jerárquico un poco agobiante para mi gusto. Me he especializado en otra cosa.
-En qué?
-Masaje terapéutico y aromaterapia.
-¿Qué... emprendedor!
«Sucio, estrecho de mente y paternalista bastardo» , pensó al ver su sonrisa desdeñosa.
-Supongo que no serás una defensora de los tratamientos alternativos.
Paula estaba muerta de indignación.
Amor Salvaje: Capítulo 3
Su voz era como el rico y amargo chocolate y le hizo lanzar a Paula un leve suspiro de aprecio. Un estirado con inclinaciones machistas. ¡Vaya desperdicio!
-Creo que es un alivio que no seas el novio de mi hermana.
-¿Sueles intentar seducir a los amantes de tus hermanas? Creo que debería dejarte claro que no hace falta que pierdas el tiempo. No estoy interesado en aventuras de una noche.
¡Seducir! Su arrogancia condescendiente hizo que Paula alzara la barbilla con agresividad y que se sonrojara con violencia. Si él no entendía la sinceridad y el candor, eso era su problema. Ella lo encontraba atractivo y no entendía por qué debía ocultarlo. Había creído que sería interesante conocerlo, pero eso no quería decir que pretendiera meterse en la cama con él.
-Lo cierto es que creo que Pepi necesita a alguien que le saque su cara más relajada y menos seria. Tú eres demasiado reprimido y sombrío para ella... probablemente para cualquiera -murmuró con voz sedosa mirando fijamente sus largos dedos alrededor de sus muñecas.
Pedro Alfonso pareció asombrado y después enfadado como si el gatito ronroneante que tenía entre las manos se hubiera convertido en un gato furioso. Sólo había pretendido anular las ondas de sofocante incitación que ella estaba emanando, por su bien y por el de ella, no enfadarla.
-Un poco de represión, por no decir discriminación, puede ser bueno. Tu hermana es una doctora estupenda con un excelente futuro. Quizá deberías imitar su decoro.
¡El muy pomposo!
-¡Decoro! -explotó-. Me gustan las doncellas medievales como me puede gustar cualquier cosa, pero prefiero vivir en este siglo en que las mujeres no dependen de los hombres. Las primeras impresiones me suelen producir bastantes decepciones.
La primera impresión que debía haberle causado era la de un cierto tipo de ramera promiscua, y su ansiedad por que no le contaminara era demasiado evidente.
-Dime, doctor, ¿ha sufrido tu personalidad alguna operación quirúrgica o es congénita? ¿No encuentras un poco hipócrita venir ahora con esas dosis de moral cuando te he hecho sentir deseo desde que has entrado en esta sala?
-Creo que eres el tipo de mujer que sólo es feliz cuando excita a todos los hombres a su alrededor. Todo lo que haces emana sexualidad a gritos.
-¡Eso es ridículo!
Ella siempre había creído que lo que la gente veía en ella era todo lo que había, pero nunca se le había ocurrido que alguien pudiera verla así.
-El vestido -Pedro deslizó la mirada por el tirante estrecho de su hombro-. La forma en que te mueves... Es todo una invitación… y no muy sutil.
-Esto es una fiesta. He venido dispuesta a divertirme.
-Ya me he dado cuenta.
-La música se ha parado. De eso no te has dado cuenta -dijo ella con una falsa sonrisa dulce.
Pedro le dirigió una mirada de disgusto y farfulló algo rudo entre dientes.
Cuando Paula se dió la vuelta para irse, él siguió a su lado.
-¿Sientes la atracción magnética de mi personalidad? – le preguntó dirigiéndose a la puerta de la terraza.
¡Necesitaba con urgencia aire fresco! Dios, qué decepción había sido aquel hombre, pensó furiosa por haber dejado volar la imaginación y haber creído que el cuerpo perfecto contendría la personalidad perfecta.
-Separarnos en direcciones opuestas llamaría más la atención de todo el mundo, masculló él con sarcasmo.
-Pero a mí me encanta la notoriedad.
-Los doctores notorios raramente avanzan profesionalmente.
-Pues tú no parecías interesado en que te catalogaran como notorio, sólo tonto.
-Soy reprimido y tonto, ¿verdad?
Cuando ella se encogió de hombros, él la asió por la espalda para volverla hacia sí.
-Probablemente seas demasiado mayor como para cambiar ya - ella observó con simpatía-. Pero a algunas mujeres les gustan los hombres aburridos y previsibles.
-¡De verdad que eres...!
Con un rugido de rabia le tomó la cara entre las manos y se sumergió en la dulce humedad de su boca. Después tendría tiempo de arrepentirse, pero en ese momento, sólo era consciente de su intenso deseo.
Sorprendida ante aquella reacción, Paula se quedó completamente inmóvil por un momento. Él estaba exigiendo una respuesta por su parte y, aunque debería haberse sentido repelida por su violento asalto, sólo sintió el urgente deseo de darle todo lo que le pedía.
Con los sentidos más despiertos que en toda su vida, se sintió bombardeada por una marea de sensaciones: el sabor de su boca, cálida y fragante, los fuertes latidos de su corazón y la impresión de algo duro entre sus piernas. Se agarró a él porque las rodillas le temblaron. Y no sólo las rodillas; todo su cuerpo estaba vibrante y ardiente. De puntillas, con el cuerpo arqueado, lo único que pudo hacer fue rodearle el cuello con los brazos.
Con un gemido gutural, Pedro le rodeó la cintura con las dos manos y la apartó físicamente de él. Paula tuvo que inspirar varias veces para calmarse. Él la estaba mirando como si tuviera dos cabezas. Sus ojos entrecerrados brillaban con una desagradable mezcla de horror y disgusto.
—Y tú me acusas a mí de ser poco sutil —se quejó Paula con voz ronca para ocultar su confusión.
El beso que le había dado, sólo para calmar su frustración, la había conmovido hasta el alma.
Paula se pasó una mano por el pelo corto recordando la forma en que sus dedos le habían acariciado la nuca y sin querer dirigió la mirada hacia ellos. Con los nudillos blancos, los tenía apretados a ambos lados de su cuerpo.
-Tú das los besos con mucha ligereza. Pensé que uno más no importaría.
-Me gusta decidir a quién se los doy.
Se alegró de ver el leve sonrojo en los duros ángulos de sus pómulos.
-Ha sido un error.
-¿Cómo habría cometido aquella estupidez?, se preguntó Pedro irritado-. Pero no noté que me rechazaras. Más bien al contrario.
-Creo que es un alivio que no seas el novio de mi hermana.
-¿Sueles intentar seducir a los amantes de tus hermanas? Creo que debería dejarte claro que no hace falta que pierdas el tiempo. No estoy interesado en aventuras de una noche.
¡Seducir! Su arrogancia condescendiente hizo que Paula alzara la barbilla con agresividad y que se sonrojara con violencia. Si él no entendía la sinceridad y el candor, eso era su problema. Ella lo encontraba atractivo y no entendía por qué debía ocultarlo. Había creído que sería interesante conocerlo, pero eso no quería decir que pretendiera meterse en la cama con él.
-Lo cierto es que creo que Pepi necesita a alguien que le saque su cara más relajada y menos seria. Tú eres demasiado reprimido y sombrío para ella... probablemente para cualquiera -murmuró con voz sedosa mirando fijamente sus largos dedos alrededor de sus muñecas.
Pedro Alfonso pareció asombrado y después enfadado como si el gatito ronroneante que tenía entre las manos se hubiera convertido en un gato furioso. Sólo había pretendido anular las ondas de sofocante incitación que ella estaba emanando, por su bien y por el de ella, no enfadarla.
-Un poco de represión, por no decir discriminación, puede ser bueno. Tu hermana es una doctora estupenda con un excelente futuro. Quizá deberías imitar su decoro.
¡El muy pomposo!
-¡Decoro! -explotó-. Me gustan las doncellas medievales como me puede gustar cualquier cosa, pero prefiero vivir en este siglo en que las mujeres no dependen de los hombres. Las primeras impresiones me suelen producir bastantes decepciones.
La primera impresión que debía haberle causado era la de un cierto tipo de ramera promiscua, y su ansiedad por que no le contaminara era demasiado evidente.
-Dime, doctor, ¿ha sufrido tu personalidad alguna operación quirúrgica o es congénita? ¿No encuentras un poco hipócrita venir ahora con esas dosis de moral cuando te he hecho sentir deseo desde que has entrado en esta sala?
-Creo que eres el tipo de mujer que sólo es feliz cuando excita a todos los hombres a su alrededor. Todo lo que haces emana sexualidad a gritos.
-¡Eso es ridículo!
Ella siempre había creído que lo que la gente veía en ella era todo lo que había, pero nunca se le había ocurrido que alguien pudiera verla así.
-El vestido -Pedro deslizó la mirada por el tirante estrecho de su hombro-. La forma en que te mueves... Es todo una invitación… y no muy sutil.
-Esto es una fiesta. He venido dispuesta a divertirme.
-Ya me he dado cuenta.
-La música se ha parado. De eso no te has dado cuenta -dijo ella con una falsa sonrisa dulce.
Pedro le dirigió una mirada de disgusto y farfulló algo rudo entre dientes.
Cuando Paula se dió la vuelta para irse, él siguió a su lado.
-¿Sientes la atracción magnética de mi personalidad? – le preguntó dirigiéndose a la puerta de la terraza.
¡Necesitaba con urgencia aire fresco! Dios, qué decepción había sido aquel hombre, pensó furiosa por haber dejado volar la imaginación y haber creído que el cuerpo perfecto contendría la personalidad perfecta.
-Separarnos en direcciones opuestas llamaría más la atención de todo el mundo, masculló él con sarcasmo.
-Pero a mí me encanta la notoriedad.
-Los doctores notorios raramente avanzan profesionalmente.
-Pues tú no parecías interesado en que te catalogaran como notorio, sólo tonto.
-Soy reprimido y tonto, ¿verdad?
Cuando ella se encogió de hombros, él la asió por la espalda para volverla hacia sí.
-Probablemente seas demasiado mayor como para cambiar ya - ella observó con simpatía-. Pero a algunas mujeres les gustan los hombres aburridos y previsibles.
-¡De verdad que eres...!
Con un rugido de rabia le tomó la cara entre las manos y se sumergió en la dulce humedad de su boca. Después tendría tiempo de arrepentirse, pero en ese momento, sólo era consciente de su intenso deseo.
Sorprendida ante aquella reacción, Paula se quedó completamente inmóvil por un momento. Él estaba exigiendo una respuesta por su parte y, aunque debería haberse sentido repelida por su violento asalto, sólo sintió el urgente deseo de darle todo lo que le pedía.
Con los sentidos más despiertos que en toda su vida, se sintió bombardeada por una marea de sensaciones: el sabor de su boca, cálida y fragante, los fuertes latidos de su corazón y la impresión de algo duro entre sus piernas. Se agarró a él porque las rodillas le temblaron. Y no sólo las rodillas; todo su cuerpo estaba vibrante y ardiente. De puntillas, con el cuerpo arqueado, lo único que pudo hacer fue rodearle el cuello con los brazos.
Con un gemido gutural, Pedro le rodeó la cintura con las dos manos y la apartó físicamente de él. Paula tuvo que inspirar varias veces para calmarse. Él la estaba mirando como si tuviera dos cabezas. Sus ojos entrecerrados brillaban con una desagradable mezcla de horror y disgusto.
—Y tú me acusas a mí de ser poco sutil —se quejó Paula con voz ronca para ocultar su confusión.
El beso que le había dado, sólo para calmar su frustración, la había conmovido hasta el alma.
Paula se pasó una mano por el pelo corto recordando la forma en que sus dedos le habían acariciado la nuca y sin querer dirigió la mirada hacia ellos. Con los nudillos blancos, los tenía apretados a ambos lados de su cuerpo.
-Tú das los besos con mucha ligereza. Pensé que uno más no importaría.
-Me gusta decidir a quién se los doy.
Se alegró de ver el leve sonrojo en los duros ángulos de sus pómulos.
-Ha sido un error.
-¿Cómo habría cometido aquella estupidez?, se preguntó Pedro irritado-. Pero no noté que me rechazaras. Más bien al contrario.
Amor Salvaje: Capítulo 2
Ya lo veo.
-Eso no ha sido muy amable.
Para alguien que trabajaba de cara la público, aquel hombre tenía un aire distante que era bastante atractivo. ¿Se escondería un hombre cálido e interesante bajo la austera apariencia? ¿Sería de humor aquel brillo de sus ojos? Eso esperaba. Hubiera sentido mucho que se tratara de un estirado. Sin embargo era muy guapo, concedió.
Aquella mujer no tenía la apariencia distante de su hermana, que era una mujer muy serena. No había nada encubierto acerca de la sexualidad de la morena. Sin pretenderlo, sus ojos se deslizaron sobre su esbelta figura.
-Bailas bien.
Recordó las ondulaciones en la pista de baile y sintió una contracción en la garganta.
Paula se estremeció. Se había dado cuenta de que había estado observándola desde el extremo de la sala, pero aquel escrutinio más cercano le aceleró el pulso. Había sido difícil no fijarse en él incluso en la sala atestada de gente. Era alto y esbelto con un pelo rubio que brillaba bajo los neones. Era el tipo de persona que causaba impacto desde que entraba en una habitación y los gráciles movimientos de sus largas extremidades habían capturado su imaginación.
Se había dicho a sí misma que probablemente sería un estrecho o un tímido, pero al verlo más de cerca en ese momento, se dio cuenta de que no era ninguna de las dos cosas. De cerca, su aire de autoridad era más pronunciado, así como la forma fluida con que se movía. Sus ojos eran de un verde misterioso y su piel levemente bronceada. Si se le sumaba la boca firme y nariz aguileña resultaba, en resumen, perfecto. Si una era del tipo de persona que se dejaba impresionar por tales cosas. Ella, por supuesto, no era tan superficial, pero era lo bastante humana como para sentir un mudo placer cuando su hermana había asegurado que aquel soberbio espécimen no era su pareja. Se preguntó si alguna vez sentiría lo suficiente por un hombre como para ponerlo por encima de su relación con sus hermanas. Lo dudaba.
-¿Sabes bailar? -bromeó.
-Con menos abandono que tú.
-Me puedo adaptar.
-¿Me estás pidiendo que baile?
-¿Debería esperar a que me lo pidieras tú?
Paula esbozó una leve sonrisa y ladeó la cabeza en un gesto que desveló su cuello de cisne que dejó el sano juicio de Pedro desbordado. Él había dejado atrás la impulsividad juvenil hacía años, pero de alguna manera se encontró demasiado intrigado como para retroceder ante el reto de sus modales provocativos.
-¿Crees que lo haría?
La oleada de electricidad que pasó entre ellos fue casi física por su fuerza. El destello en los ojos abiertos de ella reveló que también había captado la sensación.
-Si la música que pusieran mantuviera tu dignidad, creo que te hubieras decidido a hacerlo.
-¿Crees que tengo dignidad?
Su boca se arqueó en una curva sarcástica y sus ojos sonrieron casi a regañadientes.
-Dios, ¿hace siempre tantas preguntas? -preguntó Paula a su silenciosa hermana-. Creo que tu dignidad es imponente. Estoy segura de que tienes a todas las enfermeras volando a cumplir el mínimo de tus deseos.
-Tienes una idea muy desfasada de la relación entre médicos y enfermeras.
Delfina los contempló alejarse con gesto de preocupación. Ella también había notado la inexplicable electricidad que había flotado Pedro Alfonso y su hermana. Se había quedado sin aliento sólo de escuchar sus provocaciones, pero había sido la silenciosa comunicación de sus cuerpos lo que le había preocupado más. ¿Cómo podría advertirle a Paula sin hacer de hermana entrometida?
Él sabía bailar, lo que fue la primera sorpresa agradable para Paula. La segunda fue el efecto que su proximidad le causó en el sistema nervioso. Los estremecimientos que le sacudían todo el cuerpo le hacían olvidar la tirantez de la rodilla. Todas las parejas de la pista estaban bastante abrazadas, lo que le permitió apreciar la dureza del cuerpo de su compañero y su musculosa figura.
-Bailas muy bien, Pedro.
Alzó la cabeza para mirarlo. Estaba intrigada por los ángulos planos de su cara y su expresión sardónica que caía casi en la desaprobación.
-¿Eres siempre tan amistosa, señorita Chaves?
Su tono consiguió que la palabra amistosa tuviera una connotación desagradable. Bailar podría ser un entretenimiento inocente, pero Pedro había descubierto que no lo era tanto cuando su pareja era aquella inquietante joven. «¿Qué diablos estoy haciendo?», se preguntó enfadado.
-Estás aquí para conocer a la gente de la localidad -señaló Paula contestando a su muda pregunta.
Reconocer la repentina hostilidad en el tono de voz hizo que la sonrisa se desvaneciera de su cara y la sensación embriagadora se disipara. No había nada agradable en su repentino cambio de humor. Ella había experimentado la extraña sensación de haberse embarcado en una de las mayores aventuras de su vida y normalmente tenía mucha intuición. Pero parecía que se había equivocado.
-Yo soy de aquí, pero si has bailado conmigo sólo por educación, será mejor que lo dejemos. Creía que te apetecía bailar.
Empezó a separar las manos de su torso, pero él le soltó la cintura para retenérselas con una mano.
-Y me apetecía. Pero no estoy acostumbrado a que las mujeres tomen la iniciativa. Me gusta pedirlo a mí.
-Eso no ha sido muy amable.
Para alguien que trabajaba de cara la público, aquel hombre tenía un aire distante que era bastante atractivo. ¿Se escondería un hombre cálido e interesante bajo la austera apariencia? ¿Sería de humor aquel brillo de sus ojos? Eso esperaba. Hubiera sentido mucho que se tratara de un estirado. Sin embargo era muy guapo, concedió.
Aquella mujer no tenía la apariencia distante de su hermana, que era una mujer muy serena. No había nada encubierto acerca de la sexualidad de la morena. Sin pretenderlo, sus ojos se deslizaron sobre su esbelta figura.
-Bailas bien.
Recordó las ondulaciones en la pista de baile y sintió una contracción en la garganta.
Paula se estremeció. Se había dado cuenta de que había estado observándola desde el extremo de la sala, pero aquel escrutinio más cercano le aceleró el pulso. Había sido difícil no fijarse en él incluso en la sala atestada de gente. Era alto y esbelto con un pelo rubio que brillaba bajo los neones. Era el tipo de persona que causaba impacto desde que entraba en una habitación y los gráciles movimientos de sus largas extremidades habían capturado su imaginación.
Se había dicho a sí misma que probablemente sería un estrecho o un tímido, pero al verlo más de cerca en ese momento, se dio cuenta de que no era ninguna de las dos cosas. De cerca, su aire de autoridad era más pronunciado, así como la forma fluida con que se movía. Sus ojos eran de un verde misterioso y su piel levemente bronceada. Si se le sumaba la boca firme y nariz aguileña resultaba, en resumen, perfecto. Si una era del tipo de persona que se dejaba impresionar por tales cosas. Ella, por supuesto, no era tan superficial, pero era lo bastante humana como para sentir un mudo placer cuando su hermana había asegurado que aquel soberbio espécimen no era su pareja. Se preguntó si alguna vez sentiría lo suficiente por un hombre como para ponerlo por encima de su relación con sus hermanas. Lo dudaba.
-¿Sabes bailar? -bromeó.
-Con menos abandono que tú.
-Me puedo adaptar.
-¿Me estás pidiendo que baile?
-¿Debería esperar a que me lo pidieras tú?
Paula esbozó una leve sonrisa y ladeó la cabeza en un gesto que desveló su cuello de cisne que dejó el sano juicio de Pedro desbordado. Él había dejado atrás la impulsividad juvenil hacía años, pero de alguna manera se encontró demasiado intrigado como para retroceder ante el reto de sus modales provocativos.
-¿Crees que lo haría?
La oleada de electricidad que pasó entre ellos fue casi física por su fuerza. El destello en los ojos abiertos de ella reveló que también había captado la sensación.
-Si la música que pusieran mantuviera tu dignidad, creo que te hubieras decidido a hacerlo.
-¿Crees que tengo dignidad?
Su boca se arqueó en una curva sarcástica y sus ojos sonrieron casi a regañadientes.
-Dios, ¿hace siempre tantas preguntas? -preguntó Paula a su silenciosa hermana-. Creo que tu dignidad es imponente. Estoy segura de que tienes a todas las enfermeras volando a cumplir el mínimo de tus deseos.
-Tienes una idea muy desfasada de la relación entre médicos y enfermeras.
Delfina los contempló alejarse con gesto de preocupación. Ella también había notado la inexplicable electricidad que había flotado Pedro Alfonso y su hermana. Se había quedado sin aliento sólo de escuchar sus provocaciones, pero había sido la silenciosa comunicación de sus cuerpos lo que le había preocupado más. ¿Cómo podría advertirle a Paula sin hacer de hermana entrometida?
Él sabía bailar, lo que fue la primera sorpresa agradable para Paula. La segunda fue el efecto que su proximidad le causó en el sistema nervioso. Los estremecimientos que le sacudían todo el cuerpo le hacían olvidar la tirantez de la rodilla. Todas las parejas de la pista estaban bastante abrazadas, lo que le permitió apreciar la dureza del cuerpo de su compañero y su musculosa figura.
-Bailas muy bien, Pedro.
Alzó la cabeza para mirarlo. Estaba intrigada por los ángulos planos de su cara y su expresión sardónica que caía casi en la desaprobación.
-¿Eres siempre tan amistosa, señorita Chaves?
Su tono consiguió que la palabra amistosa tuviera una connotación desagradable. Bailar podría ser un entretenimiento inocente, pero Pedro había descubierto que no lo era tanto cuando su pareja era aquella inquietante joven. «¿Qué diablos estoy haciendo?», se preguntó enfadado.
-Estás aquí para conocer a la gente de la localidad -señaló Paula contestando a su muda pregunta.
Reconocer la repentina hostilidad en el tono de voz hizo que la sonrisa se desvaneciera de su cara y la sensación embriagadora se disipara. No había nada agradable en su repentino cambio de humor. Ella había experimentado la extraña sensación de haberse embarcado en una de las mayores aventuras de su vida y normalmente tenía mucha intuición. Pero parecía que se había equivocado.
-Yo soy de aquí, pero si has bailado conmigo sólo por educación, será mejor que lo dejemos. Creía que te apetecía bailar.
Empezó a separar las manos de su torso, pero él le soltó la cintura para retenérselas con una mano.
-Y me apetecía. Pero no estoy acostumbrado a que las mujeres tomen la iniciativa. Me gusta pedirlo a mí.
Amor Salvaje: Capítulo 1
Pedro Alfonso volvió al cabeza para contemplar el progreso de la joven en la pista de baile. Se consideraba a sí mismo demasiado mayor como para estar interesado por tal chiquilla, pero dudaba ser el único hombre presente incapaz de apartar los ojos de aquellas rítmicas contorsiones flexibles. Cada sinuoso movimiento sensual de aquella figura estilizada se acompasaba a la percusión de la popular melodía que estaba tocando la banda.
-¿Quieres bailar? -preguntó su compañera observando su concentración con una sonrisa especulativa.
-No es mi tipo de baile.
Desvió la atención hacia su compañera.
Delfina era inteligente y bonita y no había escuchado una sola palabra de lo que había dicho en varios minutos. Ella era demasiado astuta como para no notarlo, pero demasiado educada como para mencionarlo.
-Es buena, ¿verdad?
Pedro aparentó no haberla entendido.
-¿Conoces a la niña salvaje?
Deslizó la mirada hacia la pista de baile justo a tiempo de ver a la chica enlazar los brazos alrededor del cuello de su compañero para darle un beso en la boca.
-¡Niña salvaje! -Delfina emitió una carcajada-. ¡Qué apropiado! Sí, podría decir que la conozco.
Esbozó una sonrisa misteriosa.
La música se había parado y Delfina le hizo un gesto a la chica que se lo devolvió y empezó avanzar entre la multitud de bailarines.
-Te la presentaré.
A Pedro no le gustó. Aunque le había divertido la actuación, su interés acababa ahí. Nunca había entendido por qué a los hombres maduros les atraían las muchachas jóvenes con personalidades sin desarrollar. No tenía deseos de conocer a una adolescente con una vena exhibicionista. La idea de mantener una conversación le hizo fruncir el ceño mientras ponía una expresión impenetrable al acercarse la esbelta morena.
Más cerca ahora, pudo notar que no era preciosa. Sus facciones no estaban tan perfectamente proporcionadas como su cuerpo. La pronunciada nariz y jugosa boca eran demasiado grandes para su pequeña cara oval. Eran sus ojos los que capturaban la atención. Muy separados, de un cálido castaño y alargados como los de una gacela, estaban enmarcados por extravagantes pestañas. Pero no había nada de la timidez de aquella criatura en su mirada.
-¿Estás bien, Pau? -preguntó Delfina con ansiedad.
Era raro notar cualquier evidencia externa de la antigua lesión de su hermana, una lesión que había interrumpido de forma trágica una prometedora carrera como bailarina de ballet.
Los agudos ojos profesionales de Pedro se habían fijado en que la chica apoyaba la mayor parte de su peso en una sola pierna. Automáticamente bajó la mirada hacia sus piernas apenas ocultas por el corto vestido negro, era una diminuta franja de tela que se amoldaba a sus pequeños senos altos y ondeaba levemente en el dobladillo muy alto. No podía ver ninguna señal de lesiones en la fina línea de sus piernas. De hecho, parecían en perfecta forma.
-¡No te agites! -replicó Paula con impaciente buen humor.
Pedro alzó la mirada para encontrarse con un notable par de ojos castaños todavía brillantes de la excitación de la actuación que lo miraban con diversión y sin pizca de vergüenza.
-Reconócelos otra vez -contestó estirando un elegante tobillo frente a ella.
-Estabas cojeando -acusó Pedro con la cara seria para que no se hiciera ideas equivocadas acerca de su interés.
Su pose era precoz incluso en una época en que la infancia aún era más corta.
-Normalmente no se nota. Y antes de que lo digas tú, Pau querida, ya sé que no debería bailar así, pero ha merecido la pena. Me encantaba esa canción.
Lanzó un suspiro de placer.
-¿Has oído alguna vez la palabra moderación? -preguntó Delfina a su hermana con evidente afecto.
Sabía que estaba perdiendo el aliento; Paula era una criatura de extremos. A veces envidiaba la falta de inhibición de su hermana, pero la mayoría de las veces le preocupaba que su espontaneidad pudiera ocultar a la gente su gran sensibilidad. La ausencia total de artificio la hacía parecer temerosamente vulnerable para una mujer cautelosa como Delfina.
-¿Y has oído tú lo de aburrimiento mortal? -la atención de Paula se desvió hacia el hombre alto y silencioso al lado de Delfi-. O bien te has colado o te ha traído Pepi. Yo misma mandé las invitaciones -comentó mirándolo con cándido interés que provocó un parpadeo de desaprobación en Pedro.
-Pau, este es Pedro Alfonso. Esta es Paula, mi hermana.
-¿Quieres decir que todavía son más? Hubiera creído que tus padres habrían desistido después de tener tres.
-¿No le gustan los niños, señor Alfonso? -preguntó Paula.
-De forma moderada sí.
-Parece tu tipo de hombre, Pepi-se burló con delicadeza.
Delfina, con sus ojos azules y pelo castaño, nunca perdía el control. Paula esperaba que su hermana conociera algún día a un hombre que sacudiera su equilibrio. ¿Sería aquél el apropiado? Si fuera así tendría que guardarse sus fantasías para sí. La miró con desaprobación. El sentido del humor de Paula podía llegar a ser provocativo cuando quería.
-Pepe es el nuevo cirujano ortopédico en St. Jude - explicó-. Y no es mi pareja - añadió con una sonrisa de disculpa en dirección a Pedro-. Pensé que estaría bien que conociera a gente de la localidad. Y sólo somos tres, Pepe; Pau es la mayor, a pesar de las apariencias.
-Mis disculpas -dijo él asombrado por aquella información.
Sabía que Delfina tenía veintiséis años, pero aquella provocativa criatura podría haber pasado por una adolescente.
-Yo era la enana.
-¿Quieres bailar? -preguntó su compañera observando su concentración con una sonrisa especulativa.
-No es mi tipo de baile.
Desvió la atención hacia su compañera.
Delfina era inteligente y bonita y no había escuchado una sola palabra de lo que había dicho en varios minutos. Ella era demasiado astuta como para no notarlo, pero demasiado educada como para mencionarlo.
-Es buena, ¿verdad?
Pedro aparentó no haberla entendido.
-¿Conoces a la niña salvaje?
Deslizó la mirada hacia la pista de baile justo a tiempo de ver a la chica enlazar los brazos alrededor del cuello de su compañero para darle un beso en la boca.
-¡Niña salvaje! -Delfina emitió una carcajada-. ¡Qué apropiado! Sí, podría decir que la conozco.
Esbozó una sonrisa misteriosa.
La música se había parado y Delfina le hizo un gesto a la chica que se lo devolvió y empezó avanzar entre la multitud de bailarines.
-Te la presentaré.
A Pedro no le gustó. Aunque le había divertido la actuación, su interés acababa ahí. Nunca había entendido por qué a los hombres maduros les atraían las muchachas jóvenes con personalidades sin desarrollar. No tenía deseos de conocer a una adolescente con una vena exhibicionista. La idea de mantener una conversación le hizo fruncir el ceño mientras ponía una expresión impenetrable al acercarse la esbelta morena.
Más cerca ahora, pudo notar que no era preciosa. Sus facciones no estaban tan perfectamente proporcionadas como su cuerpo. La pronunciada nariz y jugosa boca eran demasiado grandes para su pequeña cara oval. Eran sus ojos los que capturaban la atención. Muy separados, de un cálido castaño y alargados como los de una gacela, estaban enmarcados por extravagantes pestañas. Pero no había nada de la timidez de aquella criatura en su mirada.
-¿Estás bien, Pau? -preguntó Delfina con ansiedad.
Era raro notar cualquier evidencia externa de la antigua lesión de su hermana, una lesión que había interrumpido de forma trágica una prometedora carrera como bailarina de ballet.
Los agudos ojos profesionales de Pedro se habían fijado en que la chica apoyaba la mayor parte de su peso en una sola pierna. Automáticamente bajó la mirada hacia sus piernas apenas ocultas por el corto vestido negro, era una diminuta franja de tela que se amoldaba a sus pequeños senos altos y ondeaba levemente en el dobladillo muy alto. No podía ver ninguna señal de lesiones en la fina línea de sus piernas. De hecho, parecían en perfecta forma.
-¡No te agites! -replicó Paula con impaciente buen humor.
Pedro alzó la mirada para encontrarse con un notable par de ojos castaños todavía brillantes de la excitación de la actuación que lo miraban con diversión y sin pizca de vergüenza.
-Reconócelos otra vez -contestó estirando un elegante tobillo frente a ella.
-Estabas cojeando -acusó Pedro con la cara seria para que no se hiciera ideas equivocadas acerca de su interés.
Su pose era precoz incluso en una época en que la infancia aún era más corta.
-Normalmente no se nota. Y antes de que lo digas tú, Pau querida, ya sé que no debería bailar así, pero ha merecido la pena. Me encantaba esa canción.
Lanzó un suspiro de placer.
-¿Has oído alguna vez la palabra moderación? -preguntó Delfina a su hermana con evidente afecto.
Sabía que estaba perdiendo el aliento; Paula era una criatura de extremos. A veces envidiaba la falta de inhibición de su hermana, pero la mayoría de las veces le preocupaba que su espontaneidad pudiera ocultar a la gente su gran sensibilidad. La ausencia total de artificio la hacía parecer temerosamente vulnerable para una mujer cautelosa como Delfina.
-¿Y has oído tú lo de aburrimiento mortal? -la atención de Paula se desvió hacia el hombre alto y silencioso al lado de Delfi-. O bien te has colado o te ha traído Pepi. Yo misma mandé las invitaciones -comentó mirándolo con cándido interés que provocó un parpadeo de desaprobación en Pedro.
-Pau, este es Pedro Alfonso. Esta es Paula, mi hermana.
-¿Quieres decir que todavía son más? Hubiera creído que tus padres habrían desistido después de tener tres.
-¿No le gustan los niños, señor Alfonso? -preguntó Paula.
-De forma moderada sí.
-Parece tu tipo de hombre, Pepi-se burló con delicadeza.
Delfina, con sus ojos azules y pelo castaño, nunca perdía el control. Paula esperaba que su hermana conociera algún día a un hombre que sacudiera su equilibrio. ¿Sería aquél el apropiado? Si fuera así tendría que guardarse sus fantasías para sí. La miró con desaprobación. El sentido del humor de Paula podía llegar a ser provocativo cuando quería.
-Pepe es el nuevo cirujano ortopédico en St. Jude - explicó-. Y no es mi pareja - añadió con una sonrisa de disculpa en dirección a Pedro-. Pensé que estaría bien que conociera a gente de la localidad. Y sólo somos tres, Pepe; Pau es la mayor, a pesar de las apariencias.
-Mis disculpas -dijo él asombrado por aquella información.
Sabía que Delfina tenía veintiséis años, pero aquella provocativa criatura podría haber pasado por una adolescente.
-Yo era la enana.
Amor Salvaje: Sinopsis
Pedro Alfonso tenía su vida completamente planeada. Era un eminente cirujano con
una prometida adecuada, a punto de asentarse en la vida familiar... O eso creía, hasta
que conoció a Paula y descubrió el significado de la palabra tentación…
Paula era todo lo contrario que Pedro. No era nada convencional, era imprevisible y,
para él, increíblemente provocativa. Ella sacó el lado salvaje que Pedro no sabía que
poseía y, de repente, se encontró atormentado ante la idea de comportarse mal... por
primera vez en su vida.
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