martes, 5 de julio de 2016

Un Amor Imposible: Capítulo 35

Sin embargo, salvo el primer encuentro cuando él la había incitado a arrodillarse delante de él, sus encuentros sexuales con él no habían sido en absoluto raros. Apasionados, sí, pero no pervertidos.

En Nochevieja Pedro había sido muy romántico, algo que él le había advertido que jamás sería.

Paula tenía la opinión de que las personas eran buenas o malas, dependiendo de cómo le permitiera uno que fuese. Sin duda eso se aplicaba también a los niños. Había descubierto durante sus años de maestra que si normalmente esperaba más de sus alumnos, ellos no solían decepcionarla; sobre todo los más traviesos, los «niños malos». Pedro era un niño malo. Pero a pesar de lo que hubiera hecho en el pasado, no era malo al cien por cien. Su padre se había dado cuenta de su valía, había esperado mucho de Pedro, y éste no le había fallado, no le había decepcionado.

Era cierto que, desde la muerte de Miguel, había perdido un poco el norte; Paula no podía negar que se había ganado la fama que tenía de playboy. Las mujeres habían sido relegadas a juguetes sexuales durante tanto tiempo que seguramente era una tontería por su parte creer que algún día cambiaría de vida. Junto a ella, además. Una tontería enorme. Pero el amor era ciego, sordo y tonto, ¿no? ¿Si no, por qué estaba allí ocupando el asiento que él había reservado para Ailén? En el fondo, si Ailén no hubiera metido la pata el día de Navidad, habría ocupado el asiento que ella ocupaba. Esos pensamientos tan pesimistas irritaron mucho a Paula. ¿Acaso no había decidido la noche anterior que debía ser positiva y no negativa; contemplar la invitación de Pedro de compartir un mes con él como el primer paso hacia una relación más seria?

Aparte de explorar la química sexual que se producía entre ellos dos, Paula se había prometido a sí misma que reviviría aquel vínculo tan especial que había surgido entre ellos todos esos años atrás, cuando los dos habían estado tan solos.

Esperaba que, aparte del sexo, pudieran hablar de cosas importantes, de cosas que tuvieran sentido; que Pedro le hablara de sí mismo y ella también a él.

—No te bebes el champán —comentó Pedro. Paula le dirigió una sonrisa pesarosa.

—Es un poco temprano para champán, la verdad. Creo que habría preferido un café.

—El privilegio de las mujeres es cambiar de opinión —le dijo amigablemente mientras apretaba un botón para llamar a la azafata.

A Paula le encantaba su determinación, su actitud positiva. Pedro era un líder natural, algo que su padre había comentado a menudo. Estaba convencida de que sería un marido y un padre estupendo. ¿Pero lo creería también Pedro?

—Tengo que confesarte algo —dijo él después de llegar el café.

A Pedro se le encogió el estómago.

—Espero que no sea nada que pueda disgustarme.

—No hay razón para que esto te disguste.

—Entonces, adelante.

—He leído todas tus felicitaciones de Navidad; las que tienes en el tocador.

Ella se relajó.

—¡Ah...! ¿Cuándo?

—Ayer, mientras te duchabas.

—No creo que haya visto jamás palabras tan elogiosas. «Es un placer estar en compañía de la mejor profesora del mundo», y todo lo demás...

Paula se echó a reír.

—Bueno, es un poco de exageración; pero es verdad, soy bastante buena.

—¿Y aun así lo has dejado?

—Sólo ese colegio. Buscaré otro puesto más cerca de casa; seguramente en un colegio de preescolar. Me gustan mucho los niños pequeños; tienen una mente tan abierta...

—Yo no tengo paciencia con los niños.

—Eso les pasa a muchos hombres; pero cuando tienen hijos, cambian.

Él la miró con curiosidad.

—A mí no me va a pasar eso; porque no pienso tener hijos propios.

La expresión de Paula no delató su sorpresa.

—¿Y eso por qué?

—El ser un buen padre es algo que pasa de generación en generación. El único ejemplo que yo he tenido de un padre no es algo que me gustaría transmitir.

—No todos las personas que han sufrido maltrato en su infancia tiene por qué ser maltratadores en su vida de adultos, Pedro —le dijo ella con tacto.

—Tal vez no. ¿Pero por qué arriesgamos? Hay suficientes niños en el mundo.

No echarán de menos el mío.

—A lo mejor cambias de opinión cuando trates a alguno.

Él se volvió a mirarla con fastidio.

—Te has traído las píldoras, ¿verdad? No me digas que quieres intentar atraparme con el viejo truco del embarazo. Porque no funcionará, Paula. Conmigo no.

La frialdad que vió en su mirada consiguió que Paula se estremeciera. Pero se negaba a renunciar a él. Al menos de momento.

Un Amor Imposible: Capítulo 34

Mientras tomaba un sorbo de champán, Pedro pensó en la noche de Nochevieja. Después de unos días de abstinencia, estaba deseando disfrutar del precioso cuerpo de Paula; y se había deleitado con pícara egolatría de la transparencia de sus deseos por él.

Esa noche Pedro no había podido saciar sus deseos por ella; ni ese día ni al día siguiente. Cosa rara, no había querido probar un montón de posturas distintas y se había contentado con estar con ella en la cama.

La siguiente  noche, sin embargo, ella había echado el freno diciendo que estaba agotada, y había dormido sola en su cama de niña con su colcha rosa.

Al ver su determinación, Pedro no había discutido. Pero no se había quedado a gusto; y esa misma noche había decidido que a la mañana siguiente trataría de convencerla para que lo acompañara a Happy Island, donde no podría escapársele. Menos mal que no había cancelado los billetes de avión que había sacado para Ailén y él.

La reacción de Paula a su invitación durante desayuno había sorprendido a Pedro.

—No esperarás que me marche de vacaciones al mismo sitio donde pensabas ir con Ailén.

Pedro había tenido que esforzarse todo el día para hacerle ver que no la estaba tratando como una sustituta de Ailén. Terminó de convencerla cuando le dijo que  nunca se había llevado ni a Ailén ni a ninguna otra novia a Happy Island, y que ella sería la primera mujer que compartiría con él su casa de verano. Era verdad y mentira al mismo tiempo. Había invitado a Ailén a pasar un fin de semana en septiembre, pero ella se había intoxicado con algo que había comido en el avión y había pasado los dos días en la cama de la habitación de invitados, descansando o leyendo. Como no había hecho nada con ella, Pedro decidió que esos días no contaban.

Después de acceder a acompañarlo a la isla, Paula había vuelto a sorprenderlo la noche anterior cuando le había dicho que quería dormir otra vez en su habitación. Le había dicho que necesitaba dormir bien esa noche, ya que tenían que levantarse muy temprano.

Pedro se había despertado antes de que sonara su despertador, con un deseo por ella que sentía más ardiente que nunca. Pero pronto volvería a tenerla para él solo en un sitio donde ella no tenía dónde escapar ni dónde esconderse.

—Ay, ya no veo nada —dijo Paula en tono nostálgico mientras se recostaba de nuevo en el asiento. Aún no había probado el champán.

—Está todo lleno de nubes.

Pedro sonrió.

—Cualquiera que te viera diría que es la primera vez que montas en avión.

—Hace años que no lo hago, la verdad.

Finalmente dió un sorbo de champán.

—¿De verdad?

—No me quedaba mucho dinero para irme de vacaciones, teniendo que pagar el alquiler, el coche y otros gastos.

Pedro frunció el ceño.

—Podrías haberme pedido algo de dinero para irte de vacaciones —le dijo—. Nunca estuve de acuerdo con la idea de tu padre de dejarte el dinero justo para vivir.

—Seguramente fue bueno para formar mi personalidad. Al menos no soy una chica consentida.

Pedro se quedó pensativo, sabiendo que desde luego ella no era así; y no quería que estando con él cambiara su forma de ser. Él quería enseñarla, educarla, no corromperla. Detestaría que se volviera como Ailén, que sólo pensaba en su propio placer.

—¿Por qué pones esa cara? —le preguntó ella—. Estás preocupado por Felisa y Juan, ¿no? Anoche hablé con ellos y están felices de poder estar en la casa de Gold Coast. Ha sido una idea estupenda la de prestarles el ático. Muy generosa también.

—Vamos Paula, sabes muy bien que no fue la generosidad lo que inspiró mi oferta. Más bien lo hice por egoísmo. No los quería en medio, nada más.

—Tú no eres el único —Paula se puso colorada.

Su reacción despertó en él un deseo tan intenso que hasta el miembro le dolía.

—Ojalá pudiera besarte ahora mismo —susurró Pedro.

—¿Y por qué no puedes? —le preguntó ella con las mejillas sonrosadas.

—Porque no querría pararme ahí —respondió Pedro entre dientes—. Y acabaríamos haciendo el amor en el avión.

Ella arrugó la naríz con asco.

—Nunca me vas a convencer para hacer eso. Practicar el sexo en un avión siempre me ha parecido algo de muy mal gusto.

—¡Bueno, bueno! —dijo Pedro, alzando su copa.

«Paula nunca será como Ailén», se decía Pedro con alivio. Después de Paula, le iba a resultar muy difícil volver a estar con chicas como Ailén.

Mientras Paula bebía un poco de champán se preguntó si Pedro estaría de acuerdo con ella. Tal vez la viera remilgada, ya que siempre decía de sí mismo que era un seductor.

Un Amor Imposible: Capítulo 33

Cuando oyó el motor del coche de Pedro entrando en el camino de la casa, ya estaba muy excitada; y cuando él entró en el dormitorio y se desnudó, ardía en deseos de hacer el amor con él.

Esa vez ninguno de los dos habló. Su unión fue ardiente y salvaje, como la de dos animales, y en pocos minutos alcanzaron el clímax. Después se abrazaron, sudorosos y calientes.

—No me he puesto un preservativo —susurró él.

—Lo sé —respondió ella.

—Lo siento.

—No te preocupes —le dijo ella, sorprendiéndose a sí misma con la respuesta— Me ha gustado mucho.

Eso era decir poco, muy poco. Había disfrutado de las embestidas de su miembro duro y caliente sin la barrera del preservativo, y también cuando él se había vaciado en sus entrañas.

Él la miró; tenía los ojos brillantes.

—Pero no creas que estás segura, Paula. Acabas de abrir la puerta de la mazmorra.

Ello buscó su mirada.

—¿Qué mazmorra?

—El lugar donde todos estos años he escondido mis fantasías sexuales contigo.

Paula abrió los ojos como platos.

—No te imagines jamás que estoy enamorado de tí —continuó él—. El amor no puede cohabitar en un lugar tan siniestro. Ahora, duérmete. Estoy agotado. ¿Te apetece beber algo, Paula?

Paula volvió la cabeza. Acababan de despegar del aeropuerto de Mascot y el avión surcaba ya las nubes.

—Sí, gracias —le dijo a Pedro y a la azafata que estaba a su lado—. ¿Qué puedo tomar?

—¿Te apetece una copa de champán? —le sugirió Pedro.

—¿A las siete y cuarto de la mañana?

—¿Por qué no?

—Pedro, eres tremendo —sonrió—. De acuerdo, una copa de champán.

—¿Y usted, señor? —le preguntó la azafata.

—Tráigame lo mismo.

Le encantaba la risa de Paula; en realidad, toda ella. No había artificio en ella, ni fingía sofisticación. Era tan distinta a las mujeres con las que él salía que el cambio le resultaba refrescante.

En cuanto la azafata le dió su copa de champán, Paula se volvió a mirar por la ventanilla, como una niña en su primer vuelo.

Mientras esperaba a que le dieran su copa, Pedro la observó. Esa mañana parecía una muchacha de dieciséis años; apenas iba maquillada y llevaba un sencillo vestido de verano blanco y negro.

Pedro detectó un brillo de complicidad en la mirada de la azafata cuando le pasó la copa de champán. Sin duda le tendría por un corruptor de menores. Pero le daba lo mismo lo que ella o cualquiera pensara al respecto; estaba tan ofuscado con Paula que incluso se estaba planteando en alargar el romance con ella.

Claro que si pasaban un mes practicando el sexo en su casa de Happy Island a lo mejor conseguía recuperar la sensatez.

Como habían estado muy ocupados yendo al hospital a visitar a Felisa y a gestionar su recuperación, tampoco había tenido tiempo de saciar su sed por Paula.

Afortunadamente, el especialista había localizado la causa de la angina: una pequeña obstrucción arterial para la que no había hecho falta que Felisa pasara por el quirófano. Cuando el médico le había sugerido que su paciente se fuera de vacaciones, Pedro le había ofrecido a la pareja su ático de lujo en Gold Coast, donde tenían todo al alcance de la mano. La pareja habían aprovechado la oportunidad de irse de vacaciones con todos los gastos pagados, y el día de Nochevieja, hacía ya tres días, Pedro los había llevado al aeropuerto. Paula y él se habían quedado solos en casa.

sábado, 2 de julio de 2016

Un Amor Imposible: Capitulo 32

—Pues a mí no —interrumpió la enfermera con firmeza—. Le ha vuelto a subir la tensión. Lo siento —le dijo a Paula—. Creo que será mejor que la paciente descanse un poco. Si quiere, puede ir con las demás visitas a la cafetería y dejar que pase al menos media hora.

Juan y Pedro la miraron con curiosidad cuando entró en la cafetería; Juan particularmente ansioso. Ella no tuvo el valor de decirle que a su esposa le había subido la tensión, y en lugar de eso le dijo que la enfermera había dicho que quería que Felisa descansara tranquilamente al menos durante media hora.

—Si quieres algo, tienes que pedirlo en la barra —le dijo Pedro.

—No quiero nada —respondió Paula.

—No seas tonta, seguro que tendrás un poco de hambre. Te traeré café y un pedazo de pastel.

Juan no dijo nada mientras Pedro se levantaba y volvía a los pocos minutos con una taza de café y un pedazo de tarta de zanahoria. Estaba callado, con la mirada perdida y expresión ausente.

—No te has terminado la tarta, Juan —dijo Pedro mientras se sentaba.

Juan se volvió hacia Pedro con los ojos vacíos de expresión.

—¿Qué has dicho?

—La tarta; tu tarta, Juan.

El hombre negó con la cabeza.

—No me la puedo tomar.

—Felisa no se va a morir, Juan.

—¿Pero y si se muere? —le dijo el hombre con voz lastimera—. No puedo vivir sin ella. Ella es todo lo que tengo.

—Lo sé, Juan—Paula le puso la mano en el brazo y le dió un suave apretón—. Pero no tendrás que vivir sin ella; al menos de momento. Esta vez hemos estado al tanto; y a partir de ahora cuidaremos de ella mucho mejor.

A Juan se le llenaron los ojos de lágrimas. Paula había visto llorar a su padre en el funeral de su madre; y las lágrimas de Juan le hicieron pensar en aquel momento junto a la tumba de su madre, y los sollozos desgarradores de su padre mientras bajaban el ataúd.

—Es que estoy tan preocupado —sollozó Juan.

—Todos lo estamos, Juan —dijo Pedro con suavidad.

—Nunca pensé que me casaría —empezó a decir Jim con un hilo de voz—. A los cuarenta años, era un solterón en toda regla. No era feo, pero tampoco la clase de hombre a quien persiguieran las mujeres. Felisa solía comprar en el mismo supermercado que yo. No estoy seguro de por qué le gusté, pero así fue. Cuando me quise dar cuenta, estábamos prometidos.

A Paula le entraron ganas de llorar al ver las lágrimas de Juan.

—Es lo mejor que he hecho en mi vida.

Siguió un silencio cargado de emoción. Todos continuaron comiendo y tomando sus cafés sin decir nada. Paula notó que los que ocupaban el resto de las mesas tampoco hablaban mucho.

Las cafeterías de los hospitales, sobre todo de noche, no eran sitios muy animados.

Cuando volvió la mirada de nuevo hacia la mesa, Pedro la estaba mirando. Quería preguntarle qué estaba pensando, pero bajó la vista y no dijo nada.

Pedro no podía creer que se le estuvieran pasando aquellas tonterías por la cabeza. La conmovedora historia de Juan de cómo Felisa y él se habían enamorado debía de haberle afectado más de lo que pensaba, porque de pronto se le ocurrió que eso precisamente lo que él tenía que hacer... casarse con Paula. Una idea fatal; incluso peor que la de ceder ante el deseo y acostarse con ella. Además, no podría darle hijos, que era lo que Paula más deseaba en el mundo. Ese último pensamiento asentó el ánimo curiosamente desasosegado de Pedro, reafirmándole en su resolución de no dejar que aquel lío entre Paula y él pasara de lo sexual. Y haría bien en no alargarlo demasiado; cortar antes de que ella cumpliera veinticinco años.

Sólo estaría seis semanas con ella, y eso no sería suficiente para agotar un deseo que llevaba tantos años creciendo en su interior; un deseo que se le había ido de las manos. A pesar de todo lo que había pasado la noche anterior, estaba deseando volver a casa para acostarse con ella otra vez. Eso ponía de relieve todavía más la clase de hombre que era él: con toda seguridad, el menos adecuado para casarse con una encantadora muchacha como Paula.

—Creo que deberíamos volver a la habitación, a ver si saben algo más.

La abrupta sugerencia de Pedro devolvió a Paula al presente.

—Por lo que ha dicho la enfermera, me parece que no quieren que entremos a verla —le dijo ella—. Me parece que es mejor que me vaya a la cama. Mañana voy a venir a ver a Felisa y a traerle algunas cosas que a lo mejor le hacen falta.

—Ah, qué buena idea —dijo Pedro.

—Yo me quedo aquí —dijo Juan, testarudo—. Me voy a quedar con mi esposa. Me han dicho que puedo.

—Pues claro —lo tranquilizó Pedro—. Yo también me voy a quedar hasta ver qué dice el médico; y por la mañana vendré con Paula.

Pedro se puso de pie primero y fue a sujetar el respaldo de la silla de Paula cuando ella fue a levantarse.

—A mi cama —le susurró—, no a la tuya.

Ella se quedó de piedra. ¿Cómo podía pensar en el sexo en ese momento?
Pero cuando abrió la puerta de casa y subió a su dormitorio, la idea de volver a estar con Pedro empezaba a excitarla. Se dijo que era tan pícara como él; y que debería estar muerta de preocupación por Felisa en lugar de muerta de deseo por él.

Pedro la llamó desde el hospital un rato después para confirmarle que había sido una angina de pecho y no un infarto; y Paula se quedó un poco más tranquila.

Se dió una ducha y perfumó su cuerpo con aceites esenciales, antes de meterse entre las sábanas de raso.

Paula quería creer que había amor detrás de todo aquello, pero empezaba a preguntarse si no sería sólo puro deseo lo que sentía por ella. Jamás había experimentado el placer sexual que había experimentado con Pedro esa noche; y quería más.


Un Amor Imposible: Capítulo 31

Paula se sentó en una silla libre que había pegada a la pared. La sala estaba llena de gente; gente que entraba y salía de la sala y muchos esperando ser atendidos. Había media docena de madres con niños llorando y varios jóvenes con cortes en la cara y en las manos. Todos parecían pobres y desdichados.

Paula bajó la vista, angustiada por el brutal enfrentamiento con un mundo cruel. Había visto esas cosas antes, pero no el día de Navidad.

—¿Paula? ¿Estás bien?

Paula pegó un brinco en el asiento.

—Ay, Pepe, cuánto me alegro de que estés aquí —le agarró del brazo y lo llevó aparte.

—¿Te ha molestado alguno de estos gamberros?

—No, no, nada de eso. Sólo es que... Ay, Pepe, el mundo es un lugar horrible, ¿verdad?

—Puede serlo —dijo con seriedad.

—Tenemos tanta suerte de estar sanos y de ser ricos.

Él sonrió con pesar.

—Tienes razón cariño. Vamos, te llevaré junto a Felisa.

Al ver los ojos caídos y la tez pálida de Felisa, Paula se alarmó; pero trató de disimularlo.

—¡Qué susto nos has dado! —le dijo en tono ligero mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla.

—Sólo ha sido una indigestión —protestó Felisa—. Pero nadie me cree.

La enfermera que la atendía miró a Paula y volteó los ojos disimuladamente, indicando que desde luego no era una indigestión.

Paula arrastró una silla hasta la cama de Felisa y le tomó la mano. La tenía fría, y eso le preocupó un poco.

—Es mejor que nos aseguremos de que no te pasa nada, ya que estás aquí.

—Eso es lo que dicen Pepe y Juan, pero de verdad que preferiría estar en casa, en mi camita. Sólo necesito descansar.

—Mira, Felisa, cariño —empezó a decir Juan en tono débil.

Nunca había llevado los pantalones en casa y no parecía que fuera a empezar  entonces.

—Harás lo que te digan, Felisa —intervino Pedro en tono firme—. Me llevo a Juan a tomar un té. Paula se va a quedar contigo un rato.

Paula sonrió a Pedro con admiración. El dominio que él había tenido de la situación desde un primer momento le parecía del todo admirable. No se había puesto nervioso, y había actuado con decisión y rapidez.

—¿Tienes algo que contarme, señorita? —le preguntó Felisa en suave tono de complicidad.

Paula no tenía intención de contarle nada. Sabía que, si le contaba que Pedro y ella se habían liado, Felisa no dejaría de darle la lata.

—Sólo quería decirte que te quiero mucho, Felisa, y que he sido una egoísta al quedarme tanto tiempo fuera de casa. A partir de ahora todo será distinto, te lo aseguro. Voy a buscar un empleo cerca para poder estar aquí con vosotros, y para asegurarme de que no te echas tanto trabajo encima y de que te cuidas. En este último año he aprendido a preparar muchos platos bajos en calorías, y tú necesitas perder unos cuantos kilos. Si tienes que trabajar, puedes empezar a ayudar a Juan en el jardín. Y vas a empezar a caminar. Todas las mañanas.

—Santo cielo, Paula, dices lo mismo que Pepe.

—Y su interés por tí es tan sincero como el mío. Así que no quiero oír más  tonterías de irte a casa antes de tiempo. Mañana va a venir un especialista y te van a hacer unas pruebas más específicas.

—Vaya, ¿tú eres mi pequeña Paula?

—No, tu pequeña Paula ya ha crecido.

—Eso ya lo veo. Y también Pepe. No te ha quitado ojo durante toda la comida, ni tampoco por la noche.

Paula miró a Felisa con enfado.

—No empieces a hacer de celestina, Felisa. Tú y yo sabemos que Pepe no es de los que se casa.

—Si hay alguien que pueda hacer que cambie de opinión con respecto a eso, eres tú, Paula.

Paula se mordió la lengua para no delatarse, pero por una parte estaba de acuerdo con Felisa. Pedro no sólo había practicado el sexo con ella esa noche, sino que le había hecho el amor con ternura y cariño. ¿Quién sabía? Tal vez existiera la oportunidad de tener una relación de verdad, por mucho que dijera Pedro.

—Estás enamorada de él, ¿verdad? —dijo Felisa. Paula no podía seguir mintiendo.

—Sí —reconoció.

—Entonces ve por él, niña.

—Eso es lo que estoy haciendo.

—¿Y?

Paula sintió los inicios de una sonrisa traicionera en sus labios.

—Digamos que es un proceso.

—Mmm, me gusta como suena.

Un Amor Imposible: Capítulo 30

Paula se despertó con el timbre del teléfono. De momento estaba aturdida, pero enseguida supo dónde estaba.

Pedro suspiró y se volvió a contestar la llamada.

—¿Dígame? —dijo en tono brusco.

Paula se tapó con la sábana, se sentó y se retiró el pelo de la cara. ¿Quién podría ser? Esperaba que no fuera Ailén.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó de pronto Pedro.

No tenía idea de con quién hablaba ni de qué; pero no le pareció que pudiera ser Ailén.

—No, creo que tienes razón, Juan. No le hagas caso. Hay que llevarla al hospital ahora mismo.

Paula emitió un gemido entrecortado. ¡Algo le pasaba a Felisa!

—¡No creo que debamos esperar a que venga una ambulancia! —le dijo Pedro a Juan con firmeza—. Métela en el coche y os llevaré directamente a St Vincent’s. Voy a ponerme algo.

Colgó el teléfono, retiró la sábana y saltó de la cama.

—A Felisa le están dando dolores en el pecho —dijo mientras avanzaba hacia el vestidor—. Voy a llevarla al hospital.

—¿Puedo ir yo con ustedes? —le preguntó Paula alarmada.

—No, tardarás mucho en vestirte —dijo él mientras regresaba al dormitorio con los vaqueros ya puestos y una camiseta de rayas en la mano.

—Pero es que...

—No discutamos sobre esto, Paula—se puso la camiseta rápidamente—. Te llamaré cuando estemos en el hospital.

—No te has puesto zapatos —dijo Paula al ver que iba descalzo hacia la puerta—. ¡No puedes ir al hospital sin zapatos!

Pedro volvió a ponerse unas zapatillas de deporte y después salió corriendo del cuarto. Paula le oyó bajar las escaleras y al momento ya no oyó nada.

Sintió náuseas cuando pensó en que la pobre Felisa pudiera estar sufriendo un ataque cardiaco. ¡Tal vez falleciera!

Pensó en lo mal que se había sentido cuando a su padre lo había matado un infarto repentino. Aparte del trauma emocional de perder a su padre, le había pesado muchísimo el hecho de que no había podido despedirse de él ni decirle cuánto le quería.

Felisa no era su madre, pero la quería. Le daba pena que Pedro se hubiera ido sin ella, pero también era cierto que habría tardado más que él en vestirse. Se le ocurrió que eso no le impedía vestirse e ir al hospital en su coche.

Dicho y hecho. Paula saltó de la cama en dos segundos y corrió a su habitación. No fue tan rápida como Pedro, pero consiguió estar respetable en menos de diez minutos. Tardó unos minutos más en salir porque tuvo que cerrar todas las puertas.

Le costó un poco dar con el hospital, porque llevaba muchos años sin ir; precisamente desde que había muerto su madre. Por fin dió con la calle, y encontró un sitio donde aparcar que no quedaba lejos de la entrada de urgencias. Acaba de llegar a la sala de espera de urgencias cuando sonó su teléfono.

—¿Pepe? —respondió de inmediato al ver su número en la pantalla.

—¿Pero dónde estás? —gruñó él—. Te he llamado a casa y no me contestas.

—No podía quedarme allí esperando, Pepe, así que me vestí y me vine para el hospital. Acabo de llegar a urgencias. ¿Cómo está Felisa?

—No demasiado mal. Se la llevaron de inmediato y enseguida le dieron medicación. Después le pusieron un monitor para medir el ritmo cardíaco. El médico cree que puede haber sufrido una angina de pecho.

—Pero eso es grave, ¿no? Quiero decir, la angina puede conducir a un infarto.

—Sí, puede. Pero por lo menos la hemos traído aquí, donde le harán más pruebas y le darán el tratamiento adecuado. Ya conoces a Felisa. No le gusta ir al médico, y menos estar aquí en el hospital. Voy a asegurarme de que se quede un par de días más, hasta que estemos seguros de cómo está. He llamado a un colega que tiene un tío aquí que es un especialista del corazón. Vamos a pasarla a una habitación privada después de que el médico de urgencias haya terminado con ella.

Paula se quedó más tranquila.

—Qué bien, Pepe. ¿Cómo está Juan?

—Para ser sincero, nunca le he visto tan angustiado —susurró Pedro—. Está pegado a la cama de Felisa, pálido como un muerto. Voy a ver si lo convenzo para que venga conmigo a tomar una taza de té y un pedazo de pastel. Creo que está muy asustado. Mira, Paula, quédate donde estás y ahora voy por tí y nos vamos todos juntos. Tiene que haber una cafetería aquí en el hospital.

—¿No puedo ver antes a Felisa? Necesito verla, Pepe.

Quería decirle que la quería; también que volvía a casa para quedarse. Solicitaría trabajo en un colegio más cercano; o mejor, encontraría un trabajo en uno de los colegios de preescolar de la zona. Siempre hacían falta profesoras de infantil con experiencia.

—No se va a morir, Paula —le dijo Pedro con suavidad.

—Eso no lo sabes tú. ¿Y si tuviera una recaída mientras estamos tomando algo? Jamás me lo perdonaría.

—De acuerdo. Paula, quédate donde estás y voy por tí. Voy a decirle a Juan dónde vamos.

Un Amor Imposible: Capítulo 29

—Será un placer —Pedro se inclinó a besarla.

Fue un beso que podría haber sido de verdadero amor, de no haber sabido Paula que eso era imposible. Pero qué ávido fue, qué apasionado y sobrecogedor para ella.

Cuando él empezó a moverse al ritmo de su lengua, Paula olvidó sus frágiles emociones y se dejó llevar por la torrencial experiencia física. Con cada movimiento suyo, sentía el deseo cada vez más caliente en su interior; se sentía excitada y frustrada al mismo tiempo, y quería llegar al orgasmo. Pero cuando los segundos dieron paso a los minutos, Paula no llegó al clímax, tan sólo sentía aquel calor que inundaba todo su cuerpo y le aceleraba el pulso.

—Ayúdame, Pepe —sollozó Paula mientras aspiraba aire.

—Mírame, Pau —le ordenó él mientras le agarraba la cara con las dos manos y se quedaba quieto, dentro de ella.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, la mirada ardiente, jadeando ruidosamente.

—Sube las piernas y abrázame la espalda con ellas —le aconsejó—. Y muévete conmigo. Levanta las caderas cuando yo empuje hacia delante, y bájalas cuando me retire. No hay prisa, Pau. Mírame a los ojos y confía en mí...

Que lo mirara a los ojos... No deseaba mirar a otro sitio. Que confiara en él... Dios, cuánto deseaba poder hacer eso también.

¿Pero qué estaba haciendo? Pedro estaba molesto por su comportamiento. ¿Hacía cuánto tiempo que no se mostraba tan agradable y considerado en la cama? ¿Quién era ese Pedro que de pronto se mostraba tan cariñoso?

A Pedro no le gustaba ese nuevo Pedro. No podía confiar en él. Además, podría darle por pensar que había cambiado. Y eso no era posible. Él era quien era, y jamás cambiaría. Aquello no era más que algo pasajero. Lo malo era que no estaba seguro de que se le pasara en una noche...

Pedro empezó a moverse más deprisa y ella le siguió el ritmo. El primer espasmo de ella fue tan fuerte que Pedro casi perdió el control en ese momento. Consiguió dominarse, y observó maravillado su rostro inundado en una mezcla de sorpresa y pura felicidad. Jamás había visto a una mujer así; y jamás se había sentido con ninguna como con ella. Finalmente se dejó llevar, y le sorprendió la intensidad de su clímax y la extraña sensación en el corazón cuando ella tiró de él para que se echara encima de ella.

—Oh, Pepe... —gritó ella mientras frotaba la cara contra su cuello con ternura—. Oh, cariño...

Pedro no dijo ni una palabra; no habría podido. Sólo sabía que jamás había sentido nada como lo que había sentido cuando ella le había llamado «cariño».

Estando ella allí acurrucada junto a él, Pedro tuvo algo muy claro, y era que ya no quería ahuyentar a Paula de su lado. No se engañaba pensando que aquel lado romántico suyo que había descubierto inesperadamente pudiera durar mucho; pero de momento le parecía irresistible. Estaba deseando volver a hacerle el amor a Paula otra vez para ver la dicha en su mirada. Pero primero había algo que debía hacer. Se levantó de la cama con cuidado y fue al baño a asearse para volver limpio a la cama. Estaba a punto de despertarla con sus besos cuando empezó a sonar el teléfono que había junto a su cama.