Ocho días después de la ecografía llegó el momento de la boda. No tenía sentido esperar más, había dicho Pedro. Pero Pau había estado sufriendo ataques de pánico a diario. Podría haber parado el efecto bola de nieve con una sola palabra, pero no lo hizo porque la alternativa significaría muchas cosas; pasar las noches sola, por ejemplo.
Pedro y ella habían dormido juntos desde que decidieron casarse, salvo las dos últimas noches porque él estaba en Roma por asuntos de trabajo. Y por la noche no tenía ninguna duda; era de día cuando empezaba a preguntarse si había perdido la cabeza.
A lo mejor también él despertaba preguntándose qué estaba haciendo. Era una posibilidad. ¿Por qué si no la había llamado a las cinco de la mañana?
El porqué de la llamada seguía sin estar claro, pero Pau se había quedado con la impresión de que quería algo, quizá cancelar la boda.
Y seguía preguntándose qué había querido decirle cuando llegó el coche para llevarla al ayuntamiento.
—No es demasiado tarde —murmuró, mirándose al espejo.
Pero sí lo era, había tomado una decisión, se había comprometido. Era lo mejor para el niño. Lo mejor para ella no iba a pasar, imposible; Pedro no la amaba.
Descubrir que ella sí estaba enamorada no había sido algo inmediato, pero en algún momento la semana anterior se había dado cuenta de la verdad.
¿Cuándo Pedro le puso un enorme zafiro en el dedo y ella tuvo que darse la vuelta para esconder las lágrimas?
¿Cuando vió una fotografía suya escalando una montaña y pensó que escalar sólo era una de las cosas que la ceguera le había robado y que tenía que enfrentarse cada día a la vida con una valentía y una seguridad que la llenaban de admiración?
Pero unos días antes lo había visto sentado frente a su escritorio, mirando al vacío con una expresión tan distante, tan remota que Pau sintió un escalofrío de aprensión.
«¿Qué esperabas?», le preguntó una vocecita. «No te ama, no va a decirte que está contando los minutos hasta que vuelva a verte. No va a decir que se sentirá solo sin tí».
Pero ella sí. ¿Había sido entonces cuando supo que estaba enamorada de Pedro?
Eran todas esas ocasiones y ninguna de ellas porque, en el fondo, era algo que siempre había sabido, pero se negaba a reconocer. Estaba enamorada. Pedro Alfonso, valiente, cabezota y totalmente insufrible, era el amor de su vida.
Aquél debía ser el día más feliz de su vida, pero cuando llegó a su destino sintió una profunda tristeza. Y no tenía nada que ver con el hecho de que no hubiera invitados. No, había sido su decisión no contárselo a la familia o los amigos.
Su tristeza tampoco era debida a que aquélla no fuera una boda tradicional, sino a la ausencia de algo que anhelaba su corazón: que Pedro la amase. Pero eso no iba a pasar.
Pedro no la amaba. Pero cuidaría de ella y de su hijo y respetaría los votos que iban a hacer, de eso estaba segura. Porque había descubierto que Pedro Alfonso no era la persona que describían los periódicos y las revistas, sino un hombre honesto de verdad. Aunque ella nunca tendría un sitio en su corazón.
¿Estaría pidiendo demasiado?, se preguntó.
¿Y qué pasaría si algún día conocía a alguien a quien amase como había amado a Candela? ¿Seguiría amando a la bella rubia?
Pau no podía dejar de torturarse mientras hacían el amor, creyendo que podría estar pensando en ella.
Esos pensamientos la ponían enferma y habían estropeado más de un momento íntimo porque Pedro, con su asombrosa percepción, siempre parecía darse cuenta.
Cuando le preguntaba qué pasaba, ella no se lo decía, claro. No decía nada, pero él sabía que estaba mintiendo y la mentira quedaba entre los dos como un muro. Un muro que se disolvía al encenderse la pasión, pero que estaba allí de nuevo cuando se enfriaba.
Pau sabía que, si quería que aquel matrimonio tuviese alguna oportunidad de funcionar, tenía que sobreponerse a sus inseguridades y aceptar que Pedro no podía darle lo que ella quería.
Y haría que funcionase, se dijo a sí misma mientras levantaba la falda del vestido para salir del coche.
Nan, con un aspecto tan agitado como si fuera el novio, estaba esperándola en el vestíbulo del antiguo ayuntamiento.
—Estás guapísima —le dijo.
Pau tocó la falda de su vestido de seda color ostra.
—¿No te parece un poco exagerado?
Su intención había sido ponerse el traje que había llevado en la boda de su hermano. Después de todo, le había costado una fortuna y sólo se lo había puesto una vez.
Pero Pedro no estaba de cuerdo e, ignorando sus protestas, había llamado a una exclusiva boutique porque, según él, debía elegir algo adecuado para la novia de un millonario.
Pau no había entrado en la tienda con el propósito de comprar un vestido de novia clásico. Un traje o un vestido blanco, sencillo, le había dicho a la amable dependienta… la gente se volvía muy amable cuando había fondos ilimitados, pensaba Pau con un toque de cinismo.
Y a lo mejor no había sido del todo específica porque lo primero que le llevó para probarse había sido el vestido de novia que llevaba puesto en aquel momento.
martes, 10 de mayo de 2016
Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 25
Dos días después, Pedro la acompañó al ginecólogo para su primera ecografía.
Y la elegante clínica de la calle Halley no se parecía en nada al hospital público al que ella había imaginado que acudiría.
Controlar los gastos era algo innato en Pau, de modo que se sintió un poco incómoda en tan lujoso entorno, pero Pedro insistía en la necesidad de que tuviera los mejores cuidados para el niño y, sabiendo que aquél no era un tema sobre el que fuera a mostrarse flexible, decidió no decir nada. Sería mejor ahorrar energía para otras batallas más importantes.
Además, no imaginaba a Pedro esperando pacientemente en la cola de un hospital público. No, seguramente se portaría tan mal que lo invitarían a marcharse.
—¿Por qué sonríes?
Pau volvió la cabeza, sorprendida.
—¿Cómo sabías que estaba sonriendo?
El propio Pedro pareció momentáneamente perplejo por la pregunta.
—¿Pero estabas sonriendo?
—Te imaginaba portándote mal.
—Pensé que te gustaba que me portase mal —dijo él, haciéndose el inocente y sin conseguirlo.
—No me refería al dormitorio.
—Yo apenas pienso en otro sitio —sonrió Pedro. Y no le hacía falta tener poderes para saber que Pau se había puesto colorada.
Unos minutos después, Pau supo que los pensamientos de Pedro no estaban en el dormitorio.
Había apartado un momento los ojos de la pantalla y, al ver su expresión, se le había hecho un nudo en la garganta. Estaba tan emocionada por lo que veía que se había olvidado de él y de lo que sentiría al oír la descripción de las imágenes del niño… imágenes de un niño al que Pedro no vería nunca.
Emocionada, apretó su mano. A la porra con el orgullo, pensó.
—Se puede ver su cabecita y el corazón latiendo y… —Pau miró a la auxiliar que estaba haciendo la ecografía— ¿eso es la columna?
—Sí.
Pedro tragó saliva mientras apretaba con fuerza su mano.
—¿Es un niño?
—¿Quieres saber el sexo, Pedro?
—Me da igual que sea niño o niña mientras nazca sano —dijo él usando la frase que miles de millones de padres debían de haber pronunciado antes.
—Bueno, pues por cómo se mueve el niño o la niña, parece que no hay ningún problema —Pau miró a la mujer esperando confirmación, y ella asintió con la cabeza. —Me alegro.
—En unas semanas podrá sentir cómo se mueve y da patadas… sólo tengo que tomar unas medidas para confirmar las fechas.
—Ah, sobre eso no hay ninguna duda —dijo Pau, sin pensar.
—Sí, una noche para recordar —dijo Pedro en voz baja.
—No me estoy poniendo colorada, no seas listo.
—Sí te has puesto colorada —replicó él, sin dejar de sonreír.
Después de confirmarle que no se había equivocado con las fechas, la auxiliar los dejó solos y Pau se levantó de la camilla.
—Gracias por dejarme ver a nuestro hijo a través de tus ojos, Paula.
Ella se inclinó para apretar su mano, saboreando la intimidad del momento.
—De nada. Él o ella es, después de todo, lo que tú y yo tenemos en común. Al menos deberíamos ser capaces de compartir a nuestro hijo.
Pedro parecía a punto de decir algo, pero en lugar de hacerlo levantó su barbilla con un dedo. Su habilidad para saber dónde estaba exactamente era asombrosa.
—Y me dejarás ver a nuestro hijo a través de tus preciosos ojos azules.
—Bueno, son azules.
—Nan se puso muy lírico cuando los describió: de un azul casi violeta. Claro que ahora tú debes recordarme que tienes pecas.
—¿Y tú qué harás?
—Besarte —contestó él.
Y la elegante clínica de la calle Halley no se parecía en nada al hospital público al que ella había imaginado que acudiría.
Controlar los gastos era algo innato en Pau, de modo que se sintió un poco incómoda en tan lujoso entorno, pero Pedro insistía en la necesidad de que tuviera los mejores cuidados para el niño y, sabiendo que aquél no era un tema sobre el que fuera a mostrarse flexible, decidió no decir nada. Sería mejor ahorrar energía para otras batallas más importantes.
Además, no imaginaba a Pedro esperando pacientemente en la cola de un hospital público. No, seguramente se portaría tan mal que lo invitarían a marcharse.
—¿Por qué sonríes?
Pau volvió la cabeza, sorprendida.
—¿Cómo sabías que estaba sonriendo?
El propio Pedro pareció momentáneamente perplejo por la pregunta.
—¿Pero estabas sonriendo?
—Te imaginaba portándote mal.
—Pensé que te gustaba que me portase mal —dijo él, haciéndose el inocente y sin conseguirlo.
—No me refería al dormitorio.
—Yo apenas pienso en otro sitio —sonrió Pedro. Y no le hacía falta tener poderes para saber que Pau se había puesto colorada.
Unos minutos después, Pau supo que los pensamientos de Pedro no estaban en el dormitorio.
Había apartado un momento los ojos de la pantalla y, al ver su expresión, se le había hecho un nudo en la garganta. Estaba tan emocionada por lo que veía que se había olvidado de él y de lo que sentiría al oír la descripción de las imágenes del niño… imágenes de un niño al que Pedro no vería nunca.
Emocionada, apretó su mano. A la porra con el orgullo, pensó.
—Se puede ver su cabecita y el corazón latiendo y… —Pau miró a la auxiliar que estaba haciendo la ecografía— ¿eso es la columna?
—Sí.
Pedro tragó saliva mientras apretaba con fuerza su mano.
—¿Es un niño?
—¿Quieres saber el sexo, Pedro?
—Me da igual que sea niño o niña mientras nazca sano —dijo él usando la frase que miles de millones de padres debían de haber pronunciado antes.
—Bueno, pues por cómo se mueve el niño o la niña, parece que no hay ningún problema —Pau miró a la mujer esperando confirmación, y ella asintió con la cabeza. —Me alegro.
—En unas semanas podrá sentir cómo se mueve y da patadas… sólo tengo que tomar unas medidas para confirmar las fechas.
—Ah, sobre eso no hay ninguna duda —dijo Pau, sin pensar.
—Sí, una noche para recordar —dijo Pedro en voz baja.
—No me estoy poniendo colorada, no seas listo.
—Sí te has puesto colorada —replicó él, sin dejar de sonreír.
Después de confirmarle que no se había equivocado con las fechas, la auxiliar los dejó solos y Pau se levantó de la camilla.
—Gracias por dejarme ver a nuestro hijo a través de tus ojos, Paula.
Ella se inclinó para apretar su mano, saboreando la intimidad del momento.
—De nada. Él o ella es, después de todo, lo que tú y yo tenemos en común. Al menos deberíamos ser capaces de compartir a nuestro hijo.
Pedro parecía a punto de decir algo, pero en lugar de hacerlo levantó su barbilla con un dedo. Su habilidad para saber dónde estaba exactamente era asombrosa.
—Y me dejarás ver a nuestro hijo a través de tus preciosos ojos azules.
—Bueno, son azules.
—Nan se puso muy lírico cuando los describió: de un azul casi violeta. Claro que ahora tú debes recordarme que tienes pecas.
—¿Y tú qué harás?
—Besarte —contestó él.
sábado, 7 de mayo de 2016
Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 24
—Pero tú sabías que iba a pasar. Los dos lo sabíamos.
—No, yo últimamente no sé nada.
—Pues si vamos a seguir lanzándonos el uno sobre el otro cada vez que nos veamos, creo que deberíamos casarnos.
—Pero bueno… —Pau no pudo terminar la frase, indignada.
—Te has puesto colorada, ¿a que sí?
—¿Cómo lo sabes?
—Has dejado escapar una especie de gemido y desde aquí puedo notar los cambios de temperatura de tu cuerpo —sin previo aviso. Pedro levantó una mano para ponerla sobre su pecho—. Ah, así es más fácil… puedo sentir tu corazón intentando salirse de tu pecho. Es irónico, ¿verdad? Yo soy el ciego, pero nunca me había encontrado con una persona tan fácil de leer. ¿Cómo vas por la vida enseñando tanto?
Ella sabía que, a veces, decir la verdad era lo peor y aquélla era una de esas ocasiones. Lo sabía y, sin embargo, lo hizo.
—Sólo me pasa contigo.
Los ojos de Pedro se oscurecieron aún más.
—Ven aquí.
El corazón de Pau latía con tal fuerza que bloqueaba todos los demás sonidos. Y, sin pensar, se echó hacia delante.
—Esta cara del arreglo sería muy placentera para los dos —murmuró él, acariciando su pelo.
—¿Los besos?
—Son obligatorios para la gente casada —Pedro besó la comisura de sus labios, inclinando la cabeza para dejar una línea de húmedos besos en su cuello.
—Oh, Dios… no sé qué me pasa.
—Yo tampoco lo entiendo, ¿pero qué más da?
Pau no podía aprobar aquel comportamiento alocado y lo dijo, pero él no parecía tomarla en serio… posiblemente porque ya estaba desabrochando los botones de su camisa con dedos temblorosos pero decididos.
Un profundo suspiro de placer escapó de su garganta cuando apartó la tela para revelar un torso ancho cubierto de vello oscuro.
—Eres tan hermoso… ¿qué? —exclamó Pau cuando Pedro apartó sus manos de golpe.
—Cásate conmigo, Paula.
—¿Estás intentando chantajearme? —preguntó ella, indignada.
—¿Crees que estoy dispuesto a no acostarme contigo hasta que me digas que sí? —rió Pedro. Pero detrás de la risa había una tensión que no le pasó desapercibida—. Buena idea, cara. Sólo hay un problema, que yo no soy de los que dicen que no.
—Si ni siquiera me gustas…
—Eso no tiene nada que ver —murmuró él, trazando su labio superior con la lengua—. ¿Para qué vas a resistirte?
Pau no se estaba resistiendo. Eso era lo último que tenía en mente en aquel momento.
—¿Es así como piensas conseguirlo? ¿Vas a besarme hasta que te diga que sí? Pedro, no eres tan bueno… Pero sí lo era.
—Los seres humanos tienen instintos más primitivos y poderosos. Entre tú y yo hay una conexión sexual…
—¡Yo no quiero una conexión sexual!
Pedro sonrió mientras metía una mano bajo su blusa.
—Pero sí quieres esto, ¿verdad? —murmuró, moviendo el pulgar sobre uno de sus pezones, apretándolo… haciendo que le diese vueltas la cabeza. Estaba encendida, como le había pasado aquella noche en el castillo, y le encantaba.
Después de quitarle la blusa y el sujetador. Pedro inclinó la cabeza y, sujetándola por la cintura, empezó a tirar del pezón con los labios, administrando luego la misma tortura al otro. Y Pau se agarró a él, clavando los dedos en sus hombros mientras echaba la cabeza hacia atrás…
Pau levantó una mano y la pasó por la curva de su mentón.
—¿No podríamos irnos a la cama? —sugirió, esperanzada.
Pedro esbozó una sonrisa.
—¿Me estás ofreciendo sexo por compasión?
Ella lo pensó un momento y luego, con total sinceridad, contestó:
—Me estoy ofreciendo a mí misma.
Eso pareció sorprenderlo. Más que eso, el poderoso italiano se mostró turbado.
—Paula…
—Parece que no tengo orgullo en lo que se refiere a tí —suspiró Pau. Jamás se había imaginado que se rendiría de manera incondicional a ningún hombre y menos a un hombre como Pedro.
No sentía vergüenza en realidad y, además, era consciente de una feminidad de la que nunca había sido consciente en toda su vida. Todo en aquel hombre era una contradicción y también lo eran sus sentimientos por él. El antagonismo y la atracción que sentía por él se había vuelto una mezcla confusa y poderosa.
—Eres deliciosa —dijo Pedro, acariciando su cara con un dedo—. Y estoy deseando estar dentro de tí.
Las eróticas imágenes que despertó esa frase crearon un incendio entre sus piernas. En sus ojos veía su propio reflejo y un deseo alocado tiraba de ella como un canto de sirena mientras el sujetador seguía el mismo camino de la blusa.
—Entonces hazlo —susurró.
—Cásate conmigo.
—¿Quieres dejar de decir eso? La gente no toma ese tipo de decisiones así como así —protestó ella.
—Olvídate de la gente, estoy hablando de nosotros. Vamos a tener un hijo, Paula, y el niño nos necesitará a los dos.
Era un argumento muy poderoso. Pau luchaba contra sentimientos encontrados, pero su cerebro, normalmente despierto, no parecía funcionar como debiera. Por un lado, lo que decía tenía sentido y no resultaba una idea tan descabellada, por otro, le daba pánico.
—¿Y yo qué? ¿Importa algo lo que yo quiera o lo que yo necesite?
—Me necesitas a mí —dijo Pedro. Y, en aquel momento, él la necesitaba a ella. El deseo encendía su sangre, ahogando el sentimiento de culpa.
—¿Un arreglo de conveniencia has dicho?
Una sonrisa de triunfo iluminó las facciones del magnate italiano.
—Hablaremos de eso después. Ahora mismo creo que deberíamos irnos a la cama. ¿Tienes una cama?
—Claro que tengo una cama.
Pedro apretó su mano.
—Entonces indícame el camino, cara —dijo, levantándose.
—No he dicho que sí.
—Claro que sí —la contradijo él, con una sonrisa de satisfacción.
Y cuando buscó sus labios, Pau pensó que podría aceptar cualquier cosa que le propusiera.
—No, yo últimamente no sé nada.
—Pues si vamos a seguir lanzándonos el uno sobre el otro cada vez que nos veamos, creo que deberíamos casarnos.
—Pero bueno… —Pau no pudo terminar la frase, indignada.
—Te has puesto colorada, ¿a que sí?
—¿Cómo lo sabes?
—Has dejado escapar una especie de gemido y desde aquí puedo notar los cambios de temperatura de tu cuerpo —sin previo aviso. Pedro levantó una mano para ponerla sobre su pecho—. Ah, así es más fácil… puedo sentir tu corazón intentando salirse de tu pecho. Es irónico, ¿verdad? Yo soy el ciego, pero nunca me había encontrado con una persona tan fácil de leer. ¿Cómo vas por la vida enseñando tanto?
Ella sabía que, a veces, decir la verdad era lo peor y aquélla era una de esas ocasiones. Lo sabía y, sin embargo, lo hizo.
—Sólo me pasa contigo.
Los ojos de Pedro se oscurecieron aún más.
—Ven aquí.
El corazón de Pau latía con tal fuerza que bloqueaba todos los demás sonidos. Y, sin pensar, se echó hacia delante.
—Esta cara del arreglo sería muy placentera para los dos —murmuró él, acariciando su pelo.
—¿Los besos?
—Son obligatorios para la gente casada —Pedro besó la comisura de sus labios, inclinando la cabeza para dejar una línea de húmedos besos en su cuello.
—Oh, Dios… no sé qué me pasa.
—Yo tampoco lo entiendo, ¿pero qué más da?
Pau no podía aprobar aquel comportamiento alocado y lo dijo, pero él no parecía tomarla en serio… posiblemente porque ya estaba desabrochando los botones de su camisa con dedos temblorosos pero decididos.
Un profundo suspiro de placer escapó de su garganta cuando apartó la tela para revelar un torso ancho cubierto de vello oscuro.
—Eres tan hermoso… ¿qué? —exclamó Pau cuando Pedro apartó sus manos de golpe.
—Cásate conmigo, Paula.
—¿Estás intentando chantajearme? —preguntó ella, indignada.
—¿Crees que estoy dispuesto a no acostarme contigo hasta que me digas que sí? —rió Pedro. Pero detrás de la risa había una tensión que no le pasó desapercibida—. Buena idea, cara. Sólo hay un problema, que yo no soy de los que dicen que no.
—Si ni siquiera me gustas…
—Eso no tiene nada que ver —murmuró él, trazando su labio superior con la lengua—. ¿Para qué vas a resistirte?
Pau no se estaba resistiendo. Eso era lo último que tenía en mente en aquel momento.
—¿Es así como piensas conseguirlo? ¿Vas a besarme hasta que te diga que sí? Pedro, no eres tan bueno… Pero sí lo era.
—Los seres humanos tienen instintos más primitivos y poderosos. Entre tú y yo hay una conexión sexual…
—¡Yo no quiero una conexión sexual!
Pedro sonrió mientras metía una mano bajo su blusa.
—Pero sí quieres esto, ¿verdad? —murmuró, moviendo el pulgar sobre uno de sus pezones, apretándolo… haciendo que le diese vueltas la cabeza. Estaba encendida, como le había pasado aquella noche en el castillo, y le encantaba.
Después de quitarle la blusa y el sujetador. Pedro inclinó la cabeza y, sujetándola por la cintura, empezó a tirar del pezón con los labios, administrando luego la misma tortura al otro. Y Pau se agarró a él, clavando los dedos en sus hombros mientras echaba la cabeza hacia atrás…
Pau levantó una mano y la pasó por la curva de su mentón.
—¿No podríamos irnos a la cama? —sugirió, esperanzada.
Pedro esbozó una sonrisa.
—¿Me estás ofreciendo sexo por compasión?
Ella lo pensó un momento y luego, con total sinceridad, contestó:
—Me estoy ofreciendo a mí misma.
Eso pareció sorprenderlo. Más que eso, el poderoso italiano se mostró turbado.
—Paula…
—Parece que no tengo orgullo en lo que se refiere a tí —suspiró Pau. Jamás se había imaginado que se rendiría de manera incondicional a ningún hombre y menos a un hombre como Pedro.
No sentía vergüenza en realidad y, además, era consciente de una feminidad de la que nunca había sido consciente en toda su vida. Todo en aquel hombre era una contradicción y también lo eran sus sentimientos por él. El antagonismo y la atracción que sentía por él se había vuelto una mezcla confusa y poderosa.
—Eres deliciosa —dijo Pedro, acariciando su cara con un dedo—. Y estoy deseando estar dentro de tí.
Las eróticas imágenes que despertó esa frase crearon un incendio entre sus piernas. En sus ojos veía su propio reflejo y un deseo alocado tiraba de ella como un canto de sirena mientras el sujetador seguía el mismo camino de la blusa.
—Entonces hazlo —susurró.
—Cásate conmigo.
—¿Quieres dejar de decir eso? La gente no toma ese tipo de decisiones así como así —protestó ella.
—Olvídate de la gente, estoy hablando de nosotros. Vamos a tener un hijo, Paula, y el niño nos necesitará a los dos.
Era un argumento muy poderoso. Pau luchaba contra sentimientos encontrados, pero su cerebro, normalmente despierto, no parecía funcionar como debiera. Por un lado, lo que decía tenía sentido y no resultaba una idea tan descabellada, por otro, le daba pánico.
—¿Y yo qué? ¿Importa algo lo que yo quiera o lo que yo necesite?
—Me necesitas a mí —dijo Pedro. Y, en aquel momento, él la necesitaba a ella. El deseo encendía su sangre, ahogando el sentimiento de culpa.
—¿Un arreglo de conveniencia has dicho?
Una sonrisa de triunfo iluminó las facciones del magnate italiano.
—Hablaremos de eso después. Ahora mismo creo que deberíamos irnos a la cama. ¿Tienes una cama?
—Claro que tengo una cama.
Pedro apretó su mano.
—Entonces indícame el camino, cara —dijo, levantándose.
—No he dicho que sí.
—Claro que sí —la contradijo él, con una sonrisa de satisfacción.
Y cuando buscó sus labios, Pau pensó que podría aceptar cualquier cosa que le propusiera.
Las Tinieblas De Mi vida: Capítulo 23
—¿No sería más sencillo que le pasaras una pensión al niño?
—Posiblemente —concedió Pedro—. Pero los derechos legales de un padre cuando no está casado con la madre del niño son, tengo entendido, menores que los de un padre legal. Y yo, cara, quiero decidir a medias contigo cómo se educa mi hijo.
—¿De ahí ese repentino deseo de contraer matrimonio?
Era irracional encontrarlo insultante, pero no podía evitarlo.
—En parte —admitió él—. Además, si tuviera una esposa a mi lado alejaría a todas esas mujeres que quieren darme la mano para cruzar la calle.
—Ese sería mi trabajo, ¿no?
—No, no lo creo. Por el momento de eso se encarga Pablo y no creo que quiera casarse conmigo. Además, sospecho que tú más bien me lanzarías bajo las ruedas de un autobús.
—No me des ideas —murmuró Pau.
Aunque no podía considerar en serio aquella absurda proposición, estaba empezando a apreciar la debilidad de su situación.
¿Y si le ocurría algo? ¿Y si se ponía enferma… o algo peor? ¿Qué sería entonces del niño?
Siempre estaban su hermano y su cuñada, claro, pero ellos tenían muchos gastos y muy poco tiempo libre y lo último que necesitaban eran más problemas.
—¿Qué estás pensando? —le preguntó Pedro cuando el silencio se alargó, frustrado porque no podía ver su cara.
—Normalmente sueles adivinarlo, ¿no? —Pau se mordió los labios después de decirlo. Ella no solía ser tan mordaz—. ¿Quién es Pablo?
—Mi chófer y a veces mi guardaespaldas, cuando es necesario. Pero no estamos hablando de Pablo.
—¿Y qué ocurre si es necesario? —a Pau le parecía alarmante la idea de que pedro necesitara un guardaespaldas.
—¿Quieres dejar de cambiar de tema?
—Es que me interesa —insistió ella. Era verdad. Pero no quería añadir que. todo sobre él le interesaba para que no se hiciera la idea equivocada… o acertada—. Estaba pensando que si no hubiera leído ese artículo en el periódico, no habría ido a verte, y si hubiera ocurrido algo… —¿A qué te refieres?
—Bueno, algo —Pau suspiró, estudiando el dibujo de la alfombra bajo sus pies. Era una idea deprimente y ella solía ser una persona optimista, pero no podía escapar de la verdad—. La gente muere todos los días. Hay accidentes, enfermedades…
La prosaica observación dejó helado a Pedro que, de repente, volvió a ver la imagen de una carretera manchada de sangre, un cuerpo caliente volviéndose frío… y un gemido escapó de su garganta.
El extraño sonido hizo que Pau levantase la cabeza.
—¿Te encuentras bien? Ah, estás pensando que el niño acabaría en un orfanato, claro. Pues no te preocupes por eso, mi hermano y mi cuñada se quedarían con él si nos pasara algo a los dos.
—Madre di Dio, ¿quieres concentrarte en el asunto y dejar de parlotear? — Pedro se llevó una mano a la frente; la presión volviéndose explosiva al enfrentarse con una verdad que intentaba ignorar.
—Supongo que antes de tomar una decisión tú haces un estudio estadístico y sopesas los pros y los contras de manera científica —replicó Pau, irónica.
—No, en realidad creo más bien en hacerle caso al instinto.
Y el instinto le decía que la besara en aquel mismo instante.
Pau no se resistió mientras tomaba su cara entre las manos. Sólo pensaba; «Por favor, por favor, bésame».
Y lo hizo. Sus labios moviéndose con lenta y sensual habilidad, con una sabiduría que la encendía por completo.
Intentó apartarse de él, no sólo física sino emocionalmente, pero fracasó.
Pedro volvió a besarla con un ansia que ella sintió hasta en los dedos de los pies. Como un espectáculo de fuegos artificiales, el deseo explotó en su interior, empujando la última pretensión de resistencia.
Cuando el beso terminó, Pau levantó una mano para acariciar los contornos de su cara.
Estaban tan cerca que podía ver la fina textura de su piel, las líneas de expresión alrededor de sus ojos, la cicatriz en su frente que desaparecía bajo el nacimiento del pelo…
Cuando levantó una mano para tocar la señal del accidente que le había robado la vista sintió como si unos dedos helados apretasen su corazón.
—Dame tu boca, cara.
Y ella lo hizo, un gemido vibrando en su garganta cuando se puso de rodillas para echarle los brazos al cuello. Y, mientras sus pechos se aplastaban contra el duro torso masculino, Pau buscó su lengua con la suya.
Fue Pedro quien se apartó tan abruptamente que Pau tuvo que agarrarse al respaldo de la silla para no caer al suelo. Se quedó mirándolo con los ojos como platos, las pupilas dilatadas, jadeando.
—Esto… no debería haber pasado.
—Posiblemente —concedió Pedro—. Pero los derechos legales de un padre cuando no está casado con la madre del niño son, tengo entendido, menores que los de un padre legal. Y yo, cara, quiero decidir a medias contigo cómo se educa mi hijo.
—¿De ahí ese repentino deseo de contraer matrimonio?
Era irracional encontrarlo insultante, pero no podía evitarlo.
—En parte —admitió él—. Además, si tuviera una esposa a mi lado alejaría a todas esas mujeres que quieren darme la mano para cruzar la calle.
—Ese sería mi trabajo, ¿no?
—No, no lo creo. Por el momento de eso se encarga Pablo y no creo que quiera casarse conmigo. Además, sospecho que tú más bien me lanzarías bajo las ruedas de un autobús.
—No me des ideas —murmuró Pau.
Aunque no podía considerar en serio aquella absurda proposición, estaba empezando a apreciar la debilidad de su situación.
¿Y si le ocurría algo? ¿Y si se ponía enferma… o algo peor? ¿Qué sería entonces del niño?
Siempre estaban su hermano y su cuñada, claro, pero ellos tenían muchos gastos y muy poco tiempo libre y lo último que necesitaban eran más problemas.
—¿Qué estás pensando? —le preguntó Pedro cuando el silencio se alargó, frustrado porque no podía ver su cara.
—Normalmente sueles adivinarlo, ¿no? —Pau se mordió los labios después de decirlo. Ella no solía ser tan mordaz—. ¿Quién es Pablo?
—Mi chófer y a veces mi guardaespaldas, cuando es necesario. Pero no estamos hablando de Pablo.
—¿Y qué ocurre si es necesario? —a Pau le parecía alarmante la idea de que pedro necesitara un guardaespaldas.
—¿Quieres dejar de cambiar de tema?
—Es que me interesa —insistió ella. Era verdad. Pero no quería añadir que. todo sobre él le interesaba para que no se hiciera la idea equivocada… o acertada—. Estaba pensando que si no hubiera leído ese artículo en el periódico, no habría ido a verte, y si hubiera ocurrido algo… —¿A qué te refieres?
—Bueno, algo —Pau suspiró, estudiando el dibujo de la alfombra bajo sus pies. Era una idea deprimente y ella solía ser una persona optimista, pero no podía escapar de la verdad—. La gente muere todos los días. Hay accidentes, enfermedades…
La prosaica observación dejó helado a Pedro que, de repente, volvió a ver la imagen de una carretera manchada de sangre, un cuerpo caliente volviéndose frío… y un gemido escapó de su garganta.
El extraño sonido hizo que Pau levantase la cabeza.
—¿Te encuentras bien? Ah, estás pensando que el niño acabaría en un orfanato, claro. Pues no te preocupes por eso, mi hermano y mi cuñada se quedarían con él si nos pasara algo a los dos.
—Madre di Dio, ¿quieres concentrarte en el asunto y dejar de parlotear? — Pedro se llevó una mano a la frente; la presión volviéndose explosiva al enfrentarse con una verdad que intentaba ignorar.
—Supongo que antes de tomar una decisión tú haces un estudio estadístico y sopesas los pros y los contras de manera científica —replicó Pau, irónica.
—No, en realidad creo más bien en hacerle caso al instinto.
Y el instinto le decía que la besara en aquel mismo instante.
Pau no se resistió mientras tomaba su cara entre las manos. Sólo pensaba; «Por favor, por favor, bésame».
Y lo hizo. Sus labios moviéndose con lenta y sensual habilidad, con una sabiduría que la encendía por completo.
Intentó apartarse de él, no sólo física sino emocionalmente, pero fracasó.
Pedro volvió a besarla con un ansia que ella sintió hasta en los dedos de los pies. Como un espectáculo de fuegos artificiales, el deseo explotó en su interior, empujando la última pretensión de resistencia.
Cuando el beso terminó, Pau levantó una mano para acariciar los contornos de su cara.
Estaban tan cerca que podía ver la fina textura de su piel, las líneas de expresión alrededor de sus ojos, la cicatriz en su frente que desaparecía bajo el nacimiento del pelo…
Cuando levantó una mano para tocar la señal del accidente que le había robado la vista sintió como si unos dedos helados apretasen su corazón.
—Dame tu boca, cara.
Y ella lo hizo, un gemido vibrando en su garganta cuando se puso de rodillas para echarle los brazos al cuello. Y, mientras sus pechos se aplastaban contra el duro torso masculino, Pau buscó su lengua con la suya.
Fue Pedro quien se apartó tan abruptamente que Pau tuvo que agarrarse al respaldo de la silla para no caer al suelo. Se quedó mirándolo con los ojos como platos, las pupilas dilatadas, jadeando.
—Esto… no debería haber pasado.
Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 22
Pedro estaba decidido a que su hijo nunca fuera el niño que tenía que inventar los maravillosos viajes a los que le llevaba su padre ante amigos que tenían a los dos progenitores en casa. Su madre hacía lo que podía, pero una vez que se volvió a casar y tuvo más hijos, tres niñas, su nueva familia había requerido toda su atención.
Y Pedro, por lo tanto, nunca había encontrado su sitio.
Pau se detuvo a un metro de su silla.
—Yo prefiero que mi matrimonio dure para siempre. Claro que encontrar a un hombre que acepte un hijo que no es suyo puede que no sea tan fácil.
Él se quedó en silencio. Otro hombre criando a su hijo. Otro hombre compartiendo cama con Paula…
La presión en sus sienes aumentó, el dolor como un golpeteo continuo y ensordecedor.
—No creo que sea el momento de ponerse a pensar en eso —la necesidad de ir al grano era más importante que reconocer la hipocresía de esa crítica—. Yo te ofrezco una solución práctica, Paula. La vida como madre soltera no sería un camino de rosas.
—Eso ya lo sé —replicó ella, enfadada porque le recordaba algo que ya sabía y le daba pánico. No tenía trabajo ni dinero para pagar el alquiler y, en cualquier caso, el apartamento no estaba acondicionado para un niño. Lo que Pedro le ofrecía, por frío, cínico e insoportable que le pareciera, resolvería sus problemas más inmediatos.
Se daba cuenta de que algunas mujeres no verían la oferta de un millonario como una ofensa. Debería pensar en el niño, no en sí misma, se dijo. Ella no quería casarse con Pedro, pero tampoco Pedro quería una esposa y, sin embargo, estaba dispuesto a hacer un sacrificio.
—No tienes dinero…
—Veo que tú eres de los que hacen leña del árbol caído —lo interrumpió Pau— . Gracias por tu preocupación, pero me las arreglaré.
—Yo no quiero que mi hijo tenga que «arreglárselas». Quiero que mi hijo tenga un hogar estable, un padre y… —¿Y crees que yo no?
—Una madre debería poner las necesidades de un hijo por encima de las suyas.
—¿Y desde cuándo eres tú un experto en la materia? ¿Y por qué te crees con derecho a venir aquí a darme lecciones?
—No quiero darte lecciones, sólo quiero que lo pienses. Eres demasiado idealista… ¡Dio mio! ¿No te das cuenta de cómo cambiaría tu vida siendo madre soltera? La satisfacción en el trabajo estaría muy abajo en tu lista de prioridades. Te verías obligada a aceptar cualquier cosa, aunque no fuese ningún reto ni nada interesante…
—Yo no necesito retos. Lo que necesito…
—Es seguridad —terminó Pedro la frase por ella—. Y yo puedo ofrecértela.
—Bueno, si me falta dinero siempre puedo escribir un jugoso artículo sobre tí. Sigo teniendo contactos. Imagínate lo que pagaría una revista del corazón.
Pedro se echó hacia atrás en la silla y a Pau le irritó ver que no parecía molesto por la idea de ver su nombre en las columnas de cotilleos.
—¿Es una amenaza?
—Podría serlo.
—El problema de las amenazas es que no se deben hacer a menos que tengas intención de llevarlas a cabo.
—Imagino que tú eres un experto.
—Si amenazo a alguien, te aseguro que estoy dispuesto a hacer lo que digo — sonrió él.
Pau bajó la mirada sin darse cuenta de que Pedro no podía verla. Pero Pedro Alfonso podía dar miedo sin intentarlo siquiera. Y estaba segura de que no tendría el menor problema para llevar a cabo cualquier amenaza.
Pedro Alfonso era la fruta prohibida y, para su eterna vergüenza, no podía mirarlo sin pensar en darle otro bocado.
—Tienes una manera muy original de proponer matrimonio, eso desde luego.
—¿Quieres que clave una rodilla en el suelo y te declare mi amor eterno?
El sarcasmo la irritó de tal modo que tuvo que camuflar su reacción bajo una ironía.
—¿Por qué no? Me vendría bien reírme un poco.
Pedro había girado la cabeza, de modo que lo único que podía ver era su perfil.
—Reírse un poco no estaría mal. Estás pensando sólo en los aspectos negativos de este matrimonio, pero también hay un lado positivo. Paula, vamos a ponernos serios un momento.
La sugerencia hizo que Pau torciera el gesto, desconfiada.
—¿Qué quieres decir?
—Tú eres una mujer ambiciosa y yo puedo ayudarte.
—¿Ayudarme? Si voy a llegar a algún sitio, quiero hacerlo por mis propios méritos.
—Muy bien, dejaremos a un lado el nepotismo por un momento. Pero casándote conmigo podrías elegir qué vas a hacer con tu carrera… por tus propios méritos. O podrías decidir dejar de lado tu carrera para cuidar del niño durante un tiempo. En cualquier caso, la decisión sería tuya.
—Eres un buen vendedor —dijo ella, pero el problema de los pactos con el diablo es que suenan bien hasta que lees la letra pequeña y entonces te das cuenta de que has vendido tu alma. Además, ¿qué sacarías tú con este matrimonio?
—El demonio… eso es encasillarme innecesariamente.
Y Pedro, por lo tanto, nunca había encontrado su sitio.
Pau se detuvo a un metro de su silla.
—Yo prefiero que mi matrimonio dure para siempre. Claro que encontrar a un hombre que acepte un hijo que no es suyo puede que no sea tan fácil.
Él se quedó en silencio. Otro hombre criando a su hijo. Otro hombre compartiendo cama con Paula…
La presión en sus sienes aumentó, el dolor como un golpeteo continuo y ensordecedor.
—No creo que sea el momento de ponerse a pensar en eso —la necesidad de ir al grano era más importante que reconocer la hipocresía de esa crítica—. Yo te ofrezco una solución práctica, Paula. La vida como madre soltera no sería un camino de rosas.
—Eso ya lo sé —replicó ella, enfadada porque le recordaba algo que ya sabía y le daba pánico. No tenía trabajo ni dinero para pagar el alquiler y, en cualquier caso, el apartamento no estaba acondicionado para un niño. Lo que Pedro le ofrecía, por frío, cínico e insoportable que le pareciera, resolvería sus problemas más inmediatos.
Se daba cuenta de que algunas mujeres no verían la oferta de un millonario como una ofensa. Debería pensar en el niño, no en sí misma, se dijo. Ella no quería casarse con Pedro, pero tampoco Pedro quería una esposa y, sin embargo, estaba dispuesto a hacer un sacrificio.
—No tienes dinero…
—Veo que tú eres de los que hacen leña del árbol caído —lo interrumpió Pau— . Gracias por tu preocupación, pero me las arreglaré.
—Yo no quiero que mi hijo tenga que «arreglárselas». Quiero que mi hijo tenga un hogar estable, un padre y… —¿Y crees que yo no?
—Una madre debería poner las necesidades de un hijo por encima de las suyas.
—¿Y desde cuándo eres tú un experto en la materia? ¿Y por qué te crees con derecho a venir aquí a darme lecciones?
—No quiero darte lecciones, sólo quiero que lo pienses. Eres demasiado idealista… ¡Dio mio! ¿No te das cuenta de cómo cambiaría tu vida siendo madre soltera? La satisfacción en el trabajo estaría muy abajo en tu lista de prioridades. Te verías obligada a aceptar cualquier cosa, aunque no fuese ningún reto ni nada interesante…
—Yo no necesito retos. Lo que necesito…
—Es seguridad —terminó Pedro la frase por ella—. Y yo puedo ofrecértela.
—Bueno, si me falta dinero siempre puedo escribir un jugoso artículo sobre tí. Sigo teniendo contactos. Imagínate lo que pagaría una revista del corazón.
Pedro se echó hacia atrás en la silla y a Pau le irritó ver que no parecía molesto por la idea de ver su nombre en las columnas de cotilleos.
—¿Es una amenaza?
—Podría serlo.
—El problema de las amenazas es que no se deben hacer a menos que tengas intención de llevarlas a cabo.
—Imagino que tú eres un experto.
—Si amenazo a alguien, te aseguro que estoy dispuesto a hacer lo que digo — sonrió él.
Pau bajó la mirada sin darse cuenta de que Pedro no podía verla. Pero Pedro Alfonso podía dar miedo sin intentarlo siquiera. Y estaba segura de que no tendría el menor problema para llevar a cabo cualquier amenaza.
Pedro Alfonso era la fruta prohibida y, para su eterna vergüenza, no podía mirarlo sin pensar en darle otro bocado.
—Tienes una manera muy original de proponer matrimonio, eso desde luego.
—¿Quieres que clave una rodilla en el suelo y te declare mi amor eterno?
El sarcasmo la irritó de tal modo que tuvo que camuflar su reacción bajo una ironía.
—¿Por qué no? Me vendría bien reírme un poco.
Pedro había girado la cabeza, de modo que lo único que podía ver era su perfil.
—Reírse un poco no estaría mal. Estás pensando sólo en los aspectos negativos de este matrimonio, pero también hay un lado positivo. Paula, vamos a ponernos serios un momento.
La sugerencia hizo que Pau torciera el gesto, desconfiada.
—¿Qué quieres decir?
—Tú eres una mujer ambiciosa y yo puedo ayudarte.
—¿Ayudarme? Si voy a llegar a algún sitio, quiero hacerlo por mis propios méritos.
—Muy bien, dejaremos a un lado el nepotismo por un momento. Pero casándote conmigo podrías elegir qué vas a hacer con tu carrera… por tus propios méritos. O podrías decidir dejar de lado tu carrera para cuidar del niño durante un tiempo. En cualquier caso, la decisión sería tuya.
—Eres un buen vendedor —dijo ella, pero el problema de los pactos con el diablo es que suenan bien hasta que lees la letra pequeña y entonces te das cuenta de que has vendido tu alma. Además, ¿qué sacarías tú con este matrimonio?
—El demonio… eso es encasillarme innecesariamente.
Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 21
—¿Qué vas a hacer tú?
—Buscar un trabajo —respondió Pau—. Tengo que pagar el alquiler. Y nunca se sabe, mi experiencia como limpiadora me podría venir bien. Puede que te pida referencias.
—Las referencias que yo podría darte quizá no te conseguirían el tipo de trabajo que tú buscas, cara.
Ella sabía que estaba intentando insultarla, no seducirla. Y, sin embargo, no pudo evitar un escalofrío de… no sabía qué.
—Si lo único que sabes hacer es emitir comentarios groseros como ése, te puedes marchar ahora mismo. A menos que tengas alguna sugerencia.
—La verdad es que sí.
—¿No me digas?
—Sobre lo que dijiste ayer, que ser ciego no tenía nada que ver con que no aceptaras mi proposición de matrimonio… —Es verdad.
—Demuéstralo.
El reto hizo que Pau arrugase el ceño.
—¿Cómo?
—Dí que sí.
Pau se echó hacia atrás en la silla como si alguien la hubiera golpeado.
—¿Sigues queriendo que me case contigo?
—¿Por qué no? Vas a tener un hijo mío, Paula. Nada ha cambiado salvo que ahora no puedes mantenerlo —dijo él, inclinando a un lado la cabeza.
Pau hubiera dado cualquier cosa por poder decirle que eso daba igual, que perder su trabajo no tenía importancia, pero no lo hizo. Porque no era verdad.
—¿Crees que no lo sé? —suspiró—. Pero qué ironía, pensé que habías venido para sugerir…
No terminó la frase, sabiendo que Pedro estaba alerta a cada nota de su voz. Parecía poseer una turbadora habilidad para oír no sólo lo que una persona decía, sino lo que no decía.
—¿Pensabas que iba a sugerir qué?
—Pensé que no querías que siguiera adelante con el embarazo.
Pedro se puso pálido.
—Dio mío, ¿habías pensado eso de verdad?
—Según lo veo yo, podría ser una solución para tí —insistió ella.
—Tú no ves nada, cara —replicó Pedro, apretando los dientes—. Salvo lo que quieres ver, naturalmente. Yo soy el malo de la película, pero esto no es una película y, si lo fuera, tú no serías la única protagonista.
—Muy críptico. ¿Qué estás intentando decir?
—Que es nuestra película y nuestro hijo. Y un hijo necesita un padre y una madre.
—En general suele ser así. No es opcional, al contrario que el matrimonio — Pau se levantó y empezó a pasear por el salón, enfadada.
—No hay necesidad de ponerse nerviosa…
—¡Me pondré todo lo nerviosa que me dé la gana!
—Este matrimonio es sólo un arreglo de conveniencia…
—Lo dices como si fuera inevitable —lo interrumpió ella—. Y, además, ¿de qué estás hablando? Un arreglo de conveniencia…
—Un matrimonio no tiene que durar para siempre.
El matrimonio de sus padres no había durado. Su padre, un adúltero confeso, se había marchado de casa cuando Pedro cumplió diez años y el contacto con él durante el resto de su infancia se había limitado a las tarjetas de Navidad y algún regalo de cumpleaños, normalmente con un mes de retraso.
—Buscar un trabajo —respondió Pau—. Tengo que pagar el alquiler. Y nunca se sabe, mi experiencia como limpiadora me podría venir bien. Puede que te pida referencias.
—Las referencias que yo podría darte quizá no te conseguirían el tipo de trabajo que tú buscas, cara.
Ella sabía que estaba intentando insultarla, no seducirla. Y, sin embargo, no pudo evitar un escalofrío de… no sabía qué.
—Si lo único que sabes hacer es emitir comentarios groseros como ése, te puedes marchar ahora mismo. A menos que tengas alguna sugerencia.
—La verdad es que sí.
—¿No me digas?
—Sobre lo que dijiste ayer, que ser ciego no tenía nada que ver con que no aceptaras mi proposición de matrimonio… —Es verdad.
—Demuéstralo.
El reto hizo que Pau arrugase el ceño.
—¿Cómo?
—Dí que sí.
Pau se echó hacia atrás en la silla como si alguien la hubiera golpeado.
—¿Sigues queriendo que me case contigo?
—¿Por qué no? Vas a tener un hijo mío, Paula. Nada ha cambiado salvo que ahora no puedes mantenerlo —dijo él, inclinando a un lado la cabeza.
Pau hubiera dado cualquier cosa por poder decirle que eso daba igual, que perder su trabajo no tenía importancia, pero no lo hizo. Porque no era verdad.
—¿Crees que no lo sé? —suspiró—. Pero qué ironía, pensé que habías venido para sugerir…
No terminó la frase, sabiendo que Pedro estaba alerta a cada nota de su voz. Parecía poseer una turbadora habilidad para oír no sólo lo que una persona decía, sino lo que no decía.
—¿Pensabas que iba a sugerir qué?
—Pensé que no querías que siguiera adelante con el embarazo.
Pedro se puso pálido.
—Dio mío, ¿habías pensado eso de verdad?
—Según lo veo yo, podría ser una solución para tí —insistió ella.
—Tú no ves nada, cara —replicó Pedro, apretando los dientes—. Salvo lo que quieres ver, naturalmente. Yo soy el malo de la película, pero esto no es una película y, si lo fuera, tú no serías la única protagonista.
—Muy críptico. ¿Qué estás intentando decir?
—Que es nuestra película y nuestro hijo. Y un hijo necesita un padre y una madre.
—En general suele ser así. No es opcional, al contrario que el matrimonio — Pau se levantó y empezó a pasear por el salón, enfadada.
—No hay necesidad de ponerse nerviosa…
—¡Me pondré todo lo nerviosa que me dé la gana!
—Este matrimonio es sólo un arreglo de conveniencia…
—Lo dices como si fuera inevitable —lo interrumpió ella—. Y, además, ¿de qué estás hablando? Un arreglo de conveniencia…
—Un matrimonio no tiene que durar para siempre.
El matrimonio de sus padres no había durado. Su padre, un adúltero confeso, se había marchado de casa cuando Pedro cumplió diez años y el contacto con él durante el resto de su infancia se había limitado a las tarjetas de Navidad y algún regalo de cumpleaños, normalmente con un mes de retraso.
jueves, 5 de mayo de 2016
Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 20
De repente, Paula se echó en sus brazos, enterrando la cara en su pecho.
—No digas nada, abrázame.
Pedro tardó un segundo en reaccionar. No debería sentirse culpable cuando estaba haciendo lo que debía hacer y él, que en circunstancias normales no era un hombre afligido por las dudas, sabía que estaba haciendo lo correcto.
Había visto la situación con total objetividad. La habilidad de hacer eso, combinada con la suerte y el talento, era lo que lo había convertido en un hombre muy rico. Pero no era tan fácil mantener la objetividad cuando la tenía entre sus brazos.
Un sentimiento fuerte y poco familiar despenó a la vida mientras le quitaba el abrigo mojado y movía las manos arriba y abajo por su espalda. Luego apoyó la barbilla en su cabeza e intentó mantener las cosas en perspectiva.
Habría otros trabajos.
Pero ése no era el asunto y lo sabía. Lo había sabido cuando llamó al propietario del Chronicle para pedirle un favor, pero había racionalizado sus actos. Ahora, al ver las consecuencias de cerca, eso era más difícil.
Se había enfadado con ella cuando lo llamó «segundo plato» y seguía deseando que lo retirase; un deseo extraño para un hombre a quien jamás le había importado un bledo la opinión de los demás.
Lo que pensara de él no era relevante, aunque estaría más cómodo casado con alguien que no lo odiase.
Porque tenían que casarse.
Aquella mañana había llamado a Marcos James, el propietario del Chronicle, para pedirle un favor. Y, aunque seguramente no le había gustado nada, Marcos se lo hizo de todas formas.
No iban a ofrecerle una renovación del contrato a Paula.
A Pedro le parecía razonable suponer que, estando sin trabajo, la independiente Paula se daría cuenta de que lo necesitaba. Y, por supuesto, su proposición le parecería más interesante o, al menos, no la rechazaría de inmediato.
La ironía del asunto no se le escapaba. Había pasado toda su vida escapando de las garras de mujeres que querían casarse con él por su dinero y ahora se veía obligado a recurrir a trucos sucios para venderse como un buen partido.
Pero había decidido no tener escrúpulos sobre el asunto y haría lo que fuera, incluso venderse a sí mismo para asegurarse de que su hijo no creciera sin un padre. Para que su hijo no sintiera nunca que no tenía una familia. Los padres querían para los hijos lo que ellos no habían tenido, y Pedro no era una excepción.
Pau no se daba cuenta de nada salvo del refugio que los brazos de Pedro le ofrecían. Debería haberse apartado en cuanto notó la dureza y el calor de su cuerpo,el aroma masculino de su piel. Pero se quedó allí, con los ojos cerrados, deseando que el momento no terminase nunca.
Pedro no era la solución a sus problemas y eso hacía que sentirse segura entre sus brazos fuera aún más incomprensible.
Estaba perdiendo la cabeza, pensó, poniendo una mano en su pecho.
—Lo siento. Me temo que estás en el sitio equivocado en el momento menos oportuno.
Él arqueó una ceja.
—Verás las cosas mejor por la mañana. ¿No es eso lo que dicen?
—En este caso, no. Me he quedado sin trabajo.
¿Por qué estaba contándoselo?
Sin esperar respuesta. Pau entró en el salón y se dejó caer sobre una silla. Pero cuando levantó la mirada vió que Pedro la había seguido y estaba tocando la pared…
Avergonzada, se levantó para guiarlo. No podía ni imaginar algo más aterrador que entrar en un sitio que no conocía sin poder verlo con sus propios ojos.
Pero él no parecía asustado en absoluto. Pedro Alfonso era un hombre increíble, por irritante que fuera.
—Con que me indiques hacia dónde debo ir, es suficiente.
—Siéntate ahí —dijo Pau, guiándolo hasta una silla.
—¿Por qué has perdido tu empleo? —Pedro tocó el respaldo un momento antes de sentarse.
—Por lo visto, no estaba haciendo tan buen trabajo como yo creía —suspiró ella—. ¿Te gustan más los periodistas malos que los competentes?
—¿Eso es lo que te dijeron, que no eras competente?
—No, en realidad me han dicho que era un problema de reorganización. Pero es lo mismo.
Pedro tuvo que tragar saliva. Él había manipulado la situación porque quería que fuese vulnerable, pero no tan vulnerable como para aceptar la derrota con tal resignación. Paula era una luchadora… ¡llevaba luchando desde el día que se conocieron! Y le parecía horrible oírla tan resignada, tan derrotada.
—O sea, que vas a abandonar.
—¿Y qué quieres que haga?
—No sabía que fueras una derrotista.
—No lo soy, soy realista —Pau lo miró y se dió cuenta de que seguía sin saber por qué estaba allí.
Suponía que tenía algo que ver con el niño, pero ¿qué? De repente, una sospecha empezó a formarse en su menta. Si se atrevía a decir que no tuviera el niño…
—¿Qué vas a hacer, quedarte en casa de tus padres?
—Mi padre murió cuando yo tenía diez años, mi madre el año pasado.
—Lo siento.
Su compasión parecía genuina, pero sus ojos, su boca, la distraían. Sintiéndose culpable, Pau apartó la mirada. Mirarlo así cuando él no podía verla le parecía una intrusión. Estaba invadiendo su privacidad como una voyeur.
—No digas nada, abrázame.
Pedro tardó un segundo en reaccionar. No debería sentirse culpable cuando estaba haciendo lo que debía hacer y él, que en circunstancias normales no era un hombre afligido por las dudas, sabía que estaba haciendo lo correcto.
Había visto la situación con total objetividad. La habilidad de hacer eso, combinada con la suerte y el talento, era lo que lo había convertido en un hombre muy rico. Pero no era tan fácil mantener la objetividad cuando la tenía entre sus brazos.
Un sentimiento fuerte y poco familiar despenó a la vida mientras le quitaba el abrigo mojado y movía las manos arriba y abajo por su espalda. Luego apoyó la barbilla en su cabeza e intentó mantener las cosas en perspectiva.
Habría otros trabajos.
Pero ése no era el asunto y lo sabía. Lo había sabido cuando llamó al propietario del Chronicle para pedirle un favor, pero había racionalizado sus actos. Ahora, al ver las consecuencias de cerca, eso era más difícil.
Se había enfadado con ella cuando lo llamó «segundo plato» y seguía deseando que lo retirase; un deseo extraño para un hombre a quien jamás le había importado un bledo la opinión de los demás.
Lo que pensara de él no era relevante, aunque estaría más cómodo casado con alguien que no lo odiase.
Porque tenían que casarse.
Aquella mañana había llamado a Marcos James, el propietario del Chronicle, para pedirle un favor. Y, aunque seguramente no le había gustado nada, Marcos se lo hizo de todas formas.
No iban a ofrecerle una renovación del contrato a Paula.
A Pedro le parecía razonable suponer que, estando sin trabajo, la independiente Paula se daría cuenta de que lo necesitaba. Y, por supuesto, su proposición le parecería más interesante o, al menos, no la rechazaría de inmediato.
La ironía del asunto no se le escapaba. Había pasado toda su vida escapando de las garras de mujeres que querían casarse con él por su dinero y ahora se veía obligado a recurrir a trucos sucios para venderse como un buen partido.
Pero había decidido no tener escrúpulos sobre el asunto y haría lo que fuera, incluso venderse a sí mismo para asegurarse de que su hijo no creciera sin un padre. Para que su hijo no sintiera nunca que no tenía una familia. Los padres querían para los hijos lo que ellos no habían tenido, y Pedro no era una excepción.
Pau no se daba cuenta de nada salvo del refugio que los brazos de Pedro le ofrecían. Debería haberse apartado en cuanto notó la dureza y el calor de su cuerpo,el aroma masculino de su piel. Pero se quedó allí, con los ojos cerrados, deseando que el momento no terminase nunca.
Pedro no era la solución a sus problemas y eso hacía que sentirse segura entre sus brazos fuera aún más incomprensible.
Estaba perdiendo la cabeza, pensó, poniendo una mano en su pecho.
—Lo siento. Me temo que estás en el sitio equivocado en el momento menos oportuno.
Él arqueó una ceja.
—Verás las cosas mejor por la mañana. ¿No es eso lo que dicen?
—En este caso, no. Me he quedado sin trabajo.
¿Por qué estaba contándoselo?
Sin esperar respuesta. Pau entró en el salón y se dejó caer sobre una silla. Pero cuando levantó la mirada vió que Pedro la había seguido y estaba tocando la pared…
Avergonzada, se levantó para guiarlo. No podía ni imaginar algo más aterrador que entrar en un sitio que no conocía sin poder verlo con sus propios ojos.
Pero él no parecía asustado en absoluto. Pedro Alfonso era un hombre increíble, por irritante que fuera.
—Con que me indiques hacia dónde debo ir, es suficiente.
—Siéntate ahí —dijo Pau, guiándolo hasta una silla.
—¿Por qué has perdido tu empleo? —Pedro tocó el respaldo un momento antes de sentarse.
—Por lo visto, no estaba haciendo tan buen trabajo como yo creía —suspiró ella—. ¿Te gustan más los periodistas malos que los competentes?
—¿Eso es lo que te dijeron, que no eras competente?
—No, en realidad me han dicho que era un problema de reorganización. Pero es lo mismo.
Pedro tuvo que tragar saliva. Él había manipulado la situación porque quería que fuese vulnerable, pero no tan vulnerable como para aceptar la derrota con tal resignación. Paula era una luchadora… ¡llevaba luchando desde el día que se conocieron! Y le parecía horrible oírla tan resignada, tan derrotada.
—O sea, que vas a abandonar.
—¿Y qué quieres que haga?
—No sabía que fueras una derrotista.
—No lo soy, soy realista —Pau lo miró y se dió cuenta de que seguía sin saber por qué estaba allí.
Suponía que tenía algo que ver con el niño, pero ¿qué? De repente, una sospecha empezó a formarse en su menta. Si se atrevía a decir que no tuviera el niño…
—¿Qué vas a hacer, quedarte en casa de tus padres?
—Mi padre murió cuando yo tenía diez años, mi madre el año pasado.
—Lo siento.
Su compasión parecía genuina, pero sus ojos, su boca, la distraían. Sintiéndose culpable, Pau apartó la mirada. Mirarlo así cuando él no podía verla le parecía una intrusión. Estaba invadiendo su privacidad como una voyeur.
—No fue totalmente inesperado. Estuvo mal muchos años y su enfermedad incluso llegó a estar en remisión, pero la última vez… —Pau tuvo que hacer un esfuerzo para seguir hablando— no se pudo hacer nada.
Pedro no podía ver su cara, pero sabía que estaba conteniendo las lágrimas.
—Lo siento, de verdad.
—¿Tus padres viven?
—Sí.
—Supongo que estás preocupado por lo que pensarán… sobre el niño, quiero decir.
—No, mis padres están muy ocupados viviendo su vida —contestó Pedro.
Su padre había descubierto la alegría de la paternidad el año anterior, cuando cumplió los sesenta. Su nueva esposa tenía veintidós años. Y su madre se dedicaba a cuidar de sus hijas adolescentes, hermanastras de pedro, y a mantenerse guapa y joven para su segundo marido. No admitía haber pasado por el quirófano, pero sus arrugas desaparecían como por arte de magia.
—¿Vas a decírselo?
Él hizo un gesto con la mano, como diciendo que no quería hablar del tema.
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