jueves, 5 de mayo de 2016

Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 19

—Eres un pedante —rió Pedro, que conocía los gustos refinados de su conductor. Pero luego su expresión se volvió seria. Un edificio que su fastidioso chófer encontraba inaceptable no era un sitio donde tuviera intención de dejar que se criase su hijo.

Pablo, que tenía un pequeño problema de sobrepeso, estaba jadeando cuando por fin llegaron a la quinta planta. Cesare no.

—Tienes que hacer más ejercicio, amigo mío.

El chófer dejó escapar un gruñido antes de darle una rápida explicación de cómo era el descansillo.

—¿Quiere que espere?

—No, te llamaré cuando te necesite.

Pau seguía tumbada en el sofá, con el abrigo puesto, cuando sonó el timbre. Y sólo cuando el vecino de arriba empezó a dar golpes en el suelo y resultó evidente que la visita no iba a marcharse hizo un intento de levantarse.

—Muy bien, muy bien —murmuró, pasándose una mano por la cara mientras iba a abrir la puerta. Tan desolada estaba que olvidó preguntar quién era… y se vio empujada contra la pared cuando Pedro Alfonso entró en el departamento.

Pau estaba demasiado atónita como para decir nada.

—Dí algo o empezaré a pensar que he entrado en el departamento equivocado.

Era mentira. Podría haber reconocido el aroma de su piel en una habitación llena de gente y estaba seguro de que no tenía nada que ver con que su sentido del olfato se hubiera desarrollado desde que perdió la vista.

Pau suspiró ruidosamente mientras lo miraba de arriba abajo. Tenía un aspecto increíble, el compendio de la belleza masculina, y estaba tan cerca que podría tocarlo. Pero no iba a hacerlo porque aún le quedaba un gramo de sentido común y la pasada experiencia le había enseñado que cualquier forma de contacto físico con aquel hombre era altamente peligrosa.

Bajo la chaqueta de ante llevaba una camisa blanca y unos vaqueros negros que destacaban sus largas piernas y sus delgadas caderas.

Pau intentó apartar los ojos, pero no podía hacerlo. Sospechaba que era un hombre que hacía huir a mucha gente… y si ella lo hubiera hecho, no estaría metida en aquel lío. Aunque seguramente se habría quedado sin trabajo de todas formas.

Por fin, consiguió hablar:

—¿Cómo sabes dónde vivo? ¿Y qué haces aquí? No me apetece hablar con nadie ahora mismo…

Pedro se dió cuenta de que estaba intentando hacerse la dura.

—Estás llorando.

Se sintió avergonzado, pero no era momento para sentimentalismos; estaba haciendo lo que debía hacer.

—¿Quieres marcharte, por favor?

—No, no podría irme aunque quisiera —Pedro se pasó una mano por los ojos—. Estoy ciego, ¿recuerdas?

—Sí, lo recuerdo —dijo ella, aunque seguía siendo difícil de creer.

—En caso de que no te hayas dado cuenta, era humor negro.

—No, era una broma de mal gusto.

—Soy famoso por ello.

—Mira… —Pau se detuvo, sin saber cómo llamarlo—. Mira, Pedro…

—¿Tan difícil ha sido eso?

—¿Qué?

—Llamarme por mi nombre.

—Sí, lo ha sido —suspiró ella. ¿Y por qué no? Todo lo que tuviera que ver con él era difícil—. Pedro, el asunto es que he tenido un mal día y la última persona a la que me apetece ver es a tí.

Incapaz de contenerlas, sintió que las lágrimas empezaban a rodar por su rostro una vez más, pero las secó con el dorso de la mano.

—A veces ayuda hablar de los problemas.

—Por favor, no te hagas el comprensivo.

Pedro, que sabía bien que ni el más generoso de los críticos diría eso de él, alargó una mano para tocar su cara. Ella la apartó, pero no antes de que un escalofrío la recorriese de arriba abajo.

—La ventaja de estar en compañía de un ciego, cara, es que no tienes por qué preocuparte de tu aspecto.

—He intentado hablar contigo y lo único que conseguí fue un dolor de cabeza. Mira, lo siento. Sé que sólo estabas intentando ser caballeroso al sugerir que nos casáramos… eres italiano y la familia es importante para tí…

Pau no pudo terminar la frase, sus hombros sacudiéndose por el esfuerzo de contener los sollozos. Y eso afectó a Pedro como las lágrimas de una mujer no lo habían afectado nunca.

Dió un paso adelante para abrazarla, pero lanzó una maldición al chocar contra un obstáculo imprevisto.

—Lo siento, no tiene nada que ver contigo. Y no te preocupes, enseguida se me pasará.

Pedro se había dicho eso mismo cien veces aquel día: ya se le pasaría.

—No, tienes que desahogarte.

Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 18

Que el pasado la arrastrase de esa forma, haciendo que se olvidara de todo, era algo que tenía que aprender a controlar. Era absurdo recordar y más absurdo pensar que pudiese tener algo en común con un hombre sólo porque hubieran compartido una noche de pasión.

Había estado entre sus brazos y habían hecho el amor, pero Pedro Alfonso seguía siendo un completo enigma para ella. Seguía sin saber qué pasaba por su cabeza y quizá era lo mejor. Eran de dos mundos diferentes.

Se decía a sí misma que se alegraba de que hubiera rechazado la oportunidad de tomar parte en la vida de su hijo. Al menos así podría mantenerlo fuera de la suya, decidió.

—Quédese con el cambio —le dijo al taxista, antes de perderse entre una masa de peatones. Ir a verlo había sido un error, pero un error que no volvería a cometer.

Pau miró su reloj antes de llamar a la puerta del despacho de su editor… ¡porras! Llegaba diez minutos tarde.

Esteban Gibbs, el editor del Chronicle, era bien conocido por dos cosas: su barba blanca de Santa Claus y su paranoica aversión a la impuntualidad.

Incluso había dejado plantados a varios actores de Hollywood porque llegaban tarde a una cita… y ella no era una actriz famosa ni una diva, sino una periodista joven cuyo contrato temporal estaba a punto de terminar.

Unas semanas antes, conseguir aquel contrato había sido el centro de todas sus ambiciones y la posibilidad de que el propio Esteban se lo ofreciese la tenía más nerviosa que nunca.

Sin embargo, ahora que la seguridad económica era más importante que nunca, Pau llamó a la puerta del despacho sintiéndose curiosamente… distante.

Seguramente aquella reunión no tenía nada que ver con su contrato. Esteban Gibbs tenía cosas más importantes que hacer que preocuparse de los contratos de los empleados más jóvenes. En las dos ocasiones en las que se habían encontrado cara a cara ni siquiera recordaba su nombre… aunque le habían dicho que no se lo tomara como algo personal. Aparentemente, a Esteban no se le daba bien recordar nombres, ya fueran de políticos o de miembros de la realeza.

Pero si no era el contrato, ¿qué más podría explicar que la llamase a su despacho en su día libre?

Podría haberlo intuido si su disciplina mental no se hubiera desintegrado. No podía pensar con claridad sin que la imagen de Pedro Alfonso apareciese en su cabeza…

—¡Olvídate de una vez! —se dijo a sí misma. Si no quería saber nada de su hijo, era problema de Pedro—. ¡Peor para él!

—¿Eh?

Pau hizo una mueca de disculpa cuando Esteban abrió la puerta.

—Perdona…

—Entra —la interrumpió él—. Siéntate… iré directamente al grano.

El editor lo hizo y Pau lo escuchó, su ansiedad convirtiéndose en angustia cuando terminó de hablar.

—¿Qué estoy despedida?

Era una sorpresa total, algo absolutamente inesperado. Ella era un poco insegura, pero sabía que hacía bien su trabajo.

El editor dirigió la miraba hacia una planta colocada en la estantería.

—Tenemos que dejarte ir. Lo siento.

Pau se levantó, indignada.

—No tanto como yo, se lo aseguro.

—Por supuesto, te daremos unas referencias excelentes.

—¿Puede decirme qué he hecho mal?

—Esto no tiene nada que ver contigo… ¡maldita sea! —exclamó Esteban, golpeando el escritorio con el puño y provocando que un montón de papeles cayeran al suelo.

—¿Entonces?

—Va a haber cambios en el periódico. Una reorganización completa.

Ella aceptó tan vaga explicación encogiéndose de hombros.

—Muy bien, me llevaré mis cosas.

—No hay prisa, no hay prisa —dijo Esteban, incómodo.

Pau consiguió recoger sus cosas sin encontrarse con nadie y, mientras volvía a casa, iba pensando en todo lo que podría haberle dicho. Pero cuando logró abrir la puerta, la furia había dejado paso a la angustia y las lágrimas la cegaban mientras se dejaba caer sobre el sofá.


Llevaban media hora en el coche cuando Pablo, sentado frente al volante, tocó su brazo.

—Se acerca una chica, bajita, pelirroja… y creo que está llorando. Va a entrar en el edificio.

—La seguiremos —dijo Pedro, intentando no pensar en las lágrimas. Aquélla era una situación en la que el fin justificaba los medios.

Pablo respondió con un gruñido de afirmación, pero sin mostrar sorpresa alguna. Llevaba diez años trabajando para Pedro Alfonso y su trabajo requería cierta flexibilidad.

Después de abrirle la puerta del coche, puso una mano en su brazo para guiarlo hasta el edificio.

—Quinta planta, departamento 17 B.

¿Estaría llorando Pau en el departamento 17 B?

La expresión de Pedro se convirtió en una máscara de resolución. No quería sentirse culpable por esas lágrimas. No, lo que estaba haciendo era lo mejor para todos.

—El ascensor está fuera de servicio —dijo Pablo.

—¿El edificio está en malas condiciones? ¿Le hace falta una mano de pintura al portal?

—Varias manos de pintura, diría yo. O mejor aún, lo podrían tirar abajo.

Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 17

Con los ojos cerrados, respirando con dificultad por tal atrevimiento. Pau dejó que su mano rozase…

Cuando se apartó de golpe, él soltó una carcajada.

—Te he dicho que había pasado mucho tiempo. Y eso es lo que me haces, cariño.

Colocándose encima, la dejó sentir su erección sobre el vientre y luego, tomando su mano, la puso sobre el duro miembro. Y Pau tuvo que contener un grito.

—Eres increíble…

Esta vez fue él quien se apartó, ahogando su gemido de protesta con los labios. Mientras se besaban con  desesperación, sus cuerpos apretados el uno contra el otro como si quisieran ser uno solo, Pau sintió algo que no había sentido nunca y a lo que no podía poner nombre cuando él metió una rodilla entre sus piernas y empujó hacia arriba… un grito escapó de su garganta en el momento de la íntima invasión.

Él le hablaba en voz baja. Pau no sabía lo que estaba diciendo porque no hablaba italiano, pero sonaba muy bonito. Y era maravilloso estar así porque, aunque más o menos sabía lo que seguiría después, estaba deseando vivirlo personalmente.

De modo que se agarró a sus hombros, deslizando los dedos por su espalda hasta llegar a las nalgas…

—Tengo que hacer un esfuerzo para controlarme —le advirtió él.

Pero Pau no quería que se controlase, al contrario. El fuego que había en su sangre le pedía que se dejase ir. Y él pareció entender porque, un segundo después, empezó a empujar con más fuerza, apoyando las dos manos a cada lado de su cara.

Pau enredó las piernas en su cintura, apretándose ansiosamente contra él. La anticipación era tal que pensó que iba a explotar… y lo hizo.

Empezó despacio, como un calambre que la recorría de arriba abajo… y luego una sensación indescriptible que la obligó a cerrar los ojos; la fuerza del clímax arrancando un grito de sus labios mientras él, jadeando, se dejaba ir en su interior.

Luego se quedó inmóvil, sin hacer el menor esfuerzo para romper la íntima conexión hasta unos segundos después.

—No quiero aplastarte, cara.

Pau, a quien le gustaba ser aplastada por aquel cuerpo masculino, no sabía qué hacer hasta que, de repente, él tiró de su brazo para tumbarla de costado.

—Vas a tener frío, ángel —murmuró, cubriéndola con el edredón—. Lo siento, no he dormido en varios días, pero ahora tengo que cerrar los ojos. No te vayas.

Mientras apoyaba la cabeza en su pecho, Pau recordó algo que le había dicho una amiga suya después de romper una turbulenta relación.

—El sexo no es la cura, es una droga. Y a menudo es peor que la enfermedad. Yo prefiero estar sola que necesitar tanto a alguien.

Entonces Pau no lo había entendido, pero ahora sí. No se había sentido sola antes, no había sentido que a su vida le faltaba algo… y ahora sí.

Pero ella era una adulta y no iba a dejar que su vida cambiara por un encuentro fortuito con un hombre carismático, fascinante y lleno de defectos.



Ahora, doce semanas después, Pau se maravillaba de su ingenuidad al pensar que seguir adelante iba a ser tan sencillo. Una sola experiencia le había enseñado que era más fácil decirlo que hacerlo; sobre todo cuando tenía un constante recordatorio de esa noche.

Suspirando, se pasó una mano por el estómago, pensando en cuánto querría a aquel niño, fuera hijo de Pedro Alfonso o no.

—Yo diría que es mejor que siga a pie —le aconsejó el taxista—. El tráfico no se mueve.

Pau miró al hombre, despistada.

—¿Qué? Ah, gracias —murmuró, buscando el monedero.

martes, 3 de mayo de 2016

Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 16

—Cálmese, no pasa nada.

—¡Se ha ido la luz!

Sólo podía ver su sombra, pero no los detalles de su rostro.

—Se fue para mí hace cinco semanas.

Sólo cinco semanas. Pau abrió mucho los ojos y, por un momento, se olvidó de la tormenta.

—¿Fue algo gradual o…?

—¿Quiere decir si tuve tiempo de practicar con el bastón y el Braille? No, no lo tuve. Fue un efecto secundario de la operación después de un accidente —le explicó él—. Lo bueno es que yo soy el hombre que cualquiera querría tener a su lado cuando se va la luz. ¿Te da miedo la oscuridad, ángel mío? —le preguntó, tuteándola por primera vez.

—¿Y a tí? —Pau alargó la mano para tocar su cara, deslizando los dedos por los contornos, intentando convertir el mensaje táctil en una imagen.

¿Era así como veía él?

¿Vivía con el miedo a la oscuridad a la que ahora tenía que enfrentarse cada día? La idea de un mundo a oscuras hizo que se le encogiera el corazón y, sin pensar, sin darse cuenta de lo que hacía, tomó su cara entre las manos y lo besó con una ferocidad nacida no sólo del deseo, sino de la compasión.

Él no reaccionó inmediatamente y durante esos segundos Pau deseó que se la tragara la tierra. Pero entonces respondió, besándola con la desesperación de un hombre hambriento.

—A veces —se oyó decir a sí misma cuando el beso terminó— me da miedo casi todo.

Pero nada en su vida la asustaba tanto como el deseo que sentía en los brazos de aquel completo extraño.

—Lo escondes bien.

Tal vez. Pero Pau no pudo esconder el escalofrío que sintió cuando él metió una mano bajo su blusa, los largos dedos masculinos deslizándose por su espalda. Ni siquiera lo intentó.

Y cuando inclinó la oscura cabeza para buscar su boca de nuevo, abriendo los labios con su lengua, le devolvió el beso sin pensárselo dos veces. Después, tomó su cara entre las manos para pasar un dedo por sus labios, hinchados de los besos.

—Dio mio, ha pasado tanto tiempo.

Pau, temblando, susurró:

—No has perdido tu habilidad, te lo aseguro.

Él levantó las cejas, esbozando una sonrisa.

—Hace tiempo que no estoy con una mujer.

Esas palabras enviaron una nueva ola de calor por todo su cuerpo.

—¿Y me deseas?

La electricidad del silencio que siguió a esa pregunta contrastaba con la tormenta que se había desatado fuera. Cuando por fin habló, su voz era más ronca que antes:

—¿Tú qué crees? —agarrando su trasero, la apretó contra él para que pudiera sentir con qué fuerza la deseaba.

Un gemido escapó de la garganta de Pau al sentir el roce contra su vientre.

—¿Y tú a mí, cara? —sin esperar respuesta, él le quitó la blusa y alargó las dos manos para desabrochar el sujetador.

Pero Pau, de repente, recuperó el sentido común y negó con la cabeza.

—No, aún no.

—Para tí también ha pasado mucho tiempo, ¿verdad? —susurró él. Le temblaba la voz, como temblaba todo su cuerpo de deseo mientras buscaba sus labios de nuevo.

Pau se quedó sorprendida cuando, sin soltar sus caderas, se puso de rodillas y, colocando una mano en su espalda, la empujó hacia él.

—¿Qué estás…? —no pudo terminar la frase porque, de repente, sintió el roce de su lengua a través de la seda del sujetador. Pau echó la cabeza hacia atrás, la erótica caricia enviando una ola de calor hasta su pelvis—. Oh, Dios…

No reconocía su propia voz. Le daba vueltas la cabeza y no podía concentrarse en nada. Estaba encendida, cada célula de su cuerpo buscando las caricias de aquel hombre. Y pensó que no podría soportarlo más. Pero quizá esa frase no estaba en su cabeza, quizá lo había dicho en voz alta porque él dejó escapar un gruñido.

—Yo tampoco, cara —dijo, tomándola en brazos, sus grandes manos apretando su trasero.

Pau le echó los brazos al cuello para besarlo en la boca. Sabía a whisky… y entonces recordó las botellas vacías.

—¿Estás borracho?

—Esa sería una excusa. Pero no, no lo estoy. Aunque tampoco creo estar totalmente cuerdo —dijo él, buscando sus labios de nuevo—. Qué bien sabes. ¿Todos los ángeles saben así de bien?

—No pares —le rogó ella, enredando los dedos en su pelo.

—No lo haré… no puedo —algo en su voz daba a entender que la situación era incomprensible para él.

Ya eran dos, pensó Pau, agarrándose a su cuello mientras subía los peldaños de la escaleras de dos en dos, sujetándose con una mano a la barandilla. Lo hacía como si no pesara nada.

Un relámpago iluminó el dormitorio cuando acababan de entrar y, sin decir nada, él la tumbó sobre la cama. De nuevo, la oscuridad se había cerrado sobre ellos, pero Pau recordaba el deseo que había visto en su rostro.

Mientras le quitaba el resto de la ropa lo oyó jadear, excitado… y para entonces Pau ya había dejado de respirar.

Recordó haber leído en alguna parte que las inhibiciones de una persona se liberaban en la oscuridad. Y tenía que ser cierto porque, de repente, Pau tomó su mano para ponerla sobre el triangulo de rizos entre sus piernas, urgiéndolo a tocarla.

—Yo no soy así —susurró, cuando él deslizó dos dedos en su interior. Pero estaba encendida, derritiéndose, arqueándose hacia su mano…


—Pues seas quien seas, cara, eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.


Pau dejó escapar un grito de protesta cuando se apartó de ella, pero volvió unos segundos después y su ropa había desaparecido. El contacto pie con piel la hizo sentir un escalofrío y también pareció despertar su instinto natural. Un instinto desconocido para ella.

—Eres tan guapo —musitó, poniendo una mano sobre su torso—. Me gustas mucho…

Era liberador y excitante acariciar su piel desnuda y notar cómo contenía el aliento cuando deslizó la mano hacia abajo. Aquel cuerpo masculino la fascinaba.

Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 15

Pau se mordió los labios al darse cuenta de que había hablado más de la cuenta.

—Además, no estamos hablando de mi vida.

—Aunque seguro que es fascinante —dijo él.

Ese comentario desdeñoso hizo que Pau tuviera que luchar para controlar su antipatía, que crecía por segundos.

—Si sigue sangrando así, a usted no le va a quedar mucho de vida. Gonzalo tiene un botiquín en el Land Rover, voy a buscarlo.

—No necesito una enfermera.

—Le aseguro que no lo soy, pero haré lo que pueda.

—¿Quién es Gonzalo?

Con la mano en el picaporte, Pau lo miró por encima del hombro.

—El propietario del castillo.

—¿Llama a su jefe por el nombre de pila?

—Aquí nos llevamos todos muy bien —Pau se encogió de hombros. El tono del extraño sugería que él no trataría a sus subordinados con tanta familiaridad. A pesar de su aspecto descuidado, parecía un hombre acostumbrado a dar órdenes—. Y usted se llevaría bien con Gonzalo. También él piensa que no tengo vida propia.

Las tácticas casamenteras de su hermano nunca habían sido nada sutiles, pero lo que Gonzalo y otras personas preocupadas por el asunto no tenían en cuenta era que no se había lanzado de cabeza al trabajo porque su prometido la hubiera dejado por otra mujer.

Se había lanzado de cabeza al trabajo, olvidándose de todo lo demás, porque le gustaba.

Ya había olvidado a Facundo. Ni siquiera estaba enfadada con él. Estaba enfadada consigo misma porque, en el fondo, siempre había sabido que no la quería. No era el respeto lo que impedía que se acostase con ella antes de casarse, como decía, sino una total falta de interés.

Y cuando había visto la clase de mujer que le gustaba entendió por qué, Gisela, la belleza nórdica a la que había conocido y con la que se había casado en el espacio de dos semanas, medía un metro ochenta y tenía un cuerpo por el que se volvería loco cualquier hombre.

Aún mirando por encima del hombro, Pau vió al italiano tomar un paño para limpiarse la herida.

—A mí me da igual que quiera esconderse aquí como un recluso barbudo —le dijo, con aparente indiferencia. Claro que, si él hubiera podido ver su cara, se habría dado cuenta de que no era verdad.

Pero no podía.

De nuevo, sintió una ola de compasión por el extraño. Pero se había dado cuenta de que esa compasión sólo lo haría más obstinado y menos colaborador, de modo que intentó disimular.

—Voy a limpiar esa herida le guste o no.

—¿Recluso barbudo?

Pau casi sonrió cuando él levantó una mano para tocarse la cara, como sorprendido al comprobar que tenía barba de varios días. Era irónico en realidad. Había tantos hombres por ahí que buscaban esa imagen de barba descuidada, y aquel hombre la conseguía sin intentarlo siquiera.

—Llámeme egoísta, pero sería malo para el negocio que volviera a casa en un ataúd y este castillo es el único sitio que ofrece puestos de trabajo en muchos kilómetros a la redonda.

—Entonces quiere limpiarme la herida para que no afecte a la economía local, no porque sea un ángel.

—Si esa mala educación es un mecanismo de defensa para mantener a la gente a distancia, debo decirle que funciona —replicó Pau.

Y entonces el italiano hizo algo que la dejó totalmente sorprendida: sonrió. Una sonrisa que revelaba unos dientes blanquísimos y unas preciosas arruguitas alrededor de los ojos.

Se quedó sin aliento al ver la transformación. Era guapísimo.

Él completó la transformación echando hacia atrás la cabeza para lanzar una sonora carcajada. El sonido era profundo, masculino y muy atractivo.

—Tiene la lengua muy sucia, jovencita.

Había cierta admiración en su tono y a Pau le pareció más turbadora que su hostilidad. Consternada, abrió la puerta y sólo cuando llegó al patio se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

Las primeras gotas de lluvia empezaban a caer del oscuro cielo mientras Sam corría hacia el Land Rover para buscar el botiquín. Había esperado que la tormenta se desatara cuando ella ya estuviese en la granja porque un incidente de la infancia la había dejado con un miedo irracional a los truenos, pero no iba a tener suerte. Además, la lluvia hacía que la carretera, llena de curvas, fuese un verdadero peligro.

Casi sintió la tentación de subir al coche y delegar la tarea de curar la herida de aquel desagradecido a otra persona. Pero no volver sería como admitir que temía los sentimientos que aquel hombre despertaba en ella.

La cocina, con su chimenea y su suelo de piedra, era casi tan grande como un establo y, a pesar de eso, Pau sentía como si las paredes se cerrasen a su alrededor. El extraño hacía que cualquier espacio pareciese diminuto.

—¿Quiere sentarse? —le preguntó.

Era una invitación que la propia Pau hubiese querido aceptar porque le temblaban un poco las rodillas.

Y la expresión del extraño era tan hosca como antes mientras alargaba el brazo hacia ella.

—¡Dio mio! Vamos, limpie la herida si tanto interés tiene.

—¿Ése es el encanto italiano del que tanto he oído hablar? —la irónica sonrisa de Pau desapareció al ver la herida en la palma de la mano—. Oiga, tiene que ir a un médico. Puede que tengan que darle puntos y…

—Lo que necesito es un poco de tranquilidad, así que póngame una tirita o váyase.

Pau suspiró mientras limpiaba la herida con antiséptico, el silencio puntuado sólo por el sonido de la lluvia golpeando los cristales.

—Se avecina una buena tormenta.

Ella dió un respingo cuando un relámpago iluminó la cocina.

—¿Qué le ocurre?

—Nada… que no me gustan las tormentas —en la distancia, Pau podía escuchar el retumbar de los truenos.

—Está muy cerca.

—Ya me había dado cuenta —suspiró ella—. Perdone si le he hecho daño — añadió luego, poniéndole una tirita—. Bueno, ya está. ¿Quiere que llame a alguien?

—Me gustaría…

En ese momento, un trueno retumbó con tal violencia que Pau soltó el botiquín que tenía en la mano, asustada. Pero unos segundos después no pudo ver nada porque se fue la luz y la cocina quedó en total oscuridad.

Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 14

—No tiene por qué ser grosero —lo interrumpió ella—. Y, además, prefiero no pensar en sus necesidades. Lo que quería decir es que necesita el servicio de habitaciones… a menos que piense comer con los dedos, porque la cocina estaba hecha un desastre.

—¿Y debo darle las gracias? Yo sabía dónde estaba todo.

—Ah, ya veo. ¿Quiere que tire las botellas vacías por la habitación para que se sienta como en casa?

—Puedo alargar la mano y tocar todo lo que necesito —el extraño hizo un gesto circular con las manos y, sin darse cuenta, rompió uno de los vasos recién fregados que Pau había dejado en la encimera. El inesperado estruendo de cristal sobresaltó tanto a Pau que dejó escapar un grito.

Y luego se quedó boquiabierta al darse cuenta de que lo había hecho deliberadamente.

—Supongo que ahora esperará que lo limpie. Pues si es así, está muy equivocado.

—No necesito que haga nada —replicó él, con los dientes apretados—. Yo soy más que capaz de… —furioso, dio un golpe sobre la encimera con la palma de la mano.

—Sí, desde luego, se nota que es muy capaz —dijo Pau, irónica—. ¡Dios mío, se ha cortado! —exclamó entonces—. Será tonto, mire lo que ha hecho… —No es nada.

—Ha golpeado los cristales… ¿está ciego o qué?

—Lo estoy.

—Muy gracioso —empezó a decir Pau. Pero cuando levantó la cabeza comprobó que él estaba mirando la pared. Y su exasperación fue reemplazada por el horror al darse cuenta de la verdad: no era una broma absurda, era cierto.

—No puede ver… es usted ciego. Lo siento, no me había dado cuenta —se disculpó.

Pero él apartó su mano cuando intentó tocarlo.

—Déjeme, no necesito su compasión.

Pau miró las gotas de sangre que estaban cayendo al suelo y tuvo que apretar los dientes.

—Lo entiendo.

—¿Qué es lo que entiende?

—Que está enfadado conmigo porque lo he visto… vulnerable. No se preocupe, no voy a contárselo a nadie. Es evidente que está enfadado con el mundo, pero el hecho es que está ciego…

—¿Cree que necesito que una chica de la limpieza me lo recuerde?

Pau apretó los dientes y siguió como si no la hubiera interrumpido groseramente:

—Puede seguir ignorándolo si quiere pero, igual que los platos sucios, eso es algo que no va a desaparecer. Así que, si me permite que haga una sugerencia: ¿por qué no deja de actuar como un tonto y acepta la realidad? Sí, ya sé que no es justo, pero, oh, horror, la vida no es justa.

—Esto no es asunto suyo.

—No, ya lo sé. Y a mí me da igual. Pero no creo que su familia y sus amigos, la gente que le quiere, piense lo mismo. Ahora mismo estarán preocupados por usted…

Habría una esposa o una amante en alguna parte, seguro. Un hombre con su aspecto, un hombre que proyectaba una especie de campo de fuerza y sexualidad como él, no podría vivir como un monje.

El estúpido seguramente pensaría que estaba siendo noble y fuerte apartándose de todo para alojarse solo en un castillo medieval en medio de ninguna parte. Era demasiado testarudo y orgulloso como para admitir que necesitaba ayuda.

—Y mientras tanto —siguió Pau— usted está aquí solo lamiéndose las heridas. Es un egoísta y un cobarde.

Había un gesto de total incredulidad en las facciones del extraño mientras inclinaba a un lado la cabeza para clavar sus ojos en ella.

A Pau le parecía imposible que no pudiese verla.

—¡Cobarde!

Ella estuvo a punto de dar un paso atrás. Porque sabía que los animales heridos solían ser los más peligrosos. Y había algo impredecible y amenazador en aquel hombre.

Si tuviera una onza de sentido común, saldría por la puerta para no volver, pero no lo hizo. ¿Por qué le importaba tanto?, se preguntó. La adrenalina que recorría sus venas podía ser una pista. Pau arrugó el ceño porque no le gustaba nada esa conclusión… ni los sentimientos que el extraño despertaba en ella.

De modo que levantó orgullosamente la barbilla, aunque sabía que él no podía ver el gesto.

—No me importa por qué esté aquí, pero no hay que ser un genio para ver que no ha venido a pasear o a pescar. Y tampoco parece alguien en busca de paz espiritual.

Si lo era, había tomado el camino equivocado, pensó.

—Habla con mucha pasión para ser alguien que no tiene interés en el asunto. ¿Sabe una cosa? En mi experiencia, la gente que necesita meterse en la vida de los demás frecuentemente es que carece de una vida propia.

—Ah, ya veo. Dicen que el ataque es la mejor defensa —replicó ella, irónica—. Pero yo soy muy felíz. No todo el mundo necesita un hombre para llenar su vida.

Las Tinieblas De Mi Vida: Capítulo 13

—Debería estarme agradecida —le espetó, girando la cabeza para mirar fijamente las manos que seguían sobre sus hombros. Él, sin embargo, no pareció entender la indirecta y no era gratitud lo que había en sus facciones, sino furia—. ¿Le importaría soltarme de una vez?

Un segundo después el extraño aflojó la presión, aunque no apartó las manos.

—¿Quién es usted?

Pau tragó saliva. Lo que sabía era quién no era. No era una mujer que se quedara mirando a un hombre de esa forma. Y, definitivamente, no era una mujer que se sintiera atraída por el peligro. Pero si algún hombre representaba un peligro, era aquél.

Mirándolo sentía algo que hubiera preferido no sentir. Nunca en su vida un hombre había provocado una reacción así en ella.

La asustaba y la repelía pero, al mismo tiempo, sentía una vergonzosa excitación. Nunca en sus veinticuatro años había experimentado algo tan primario. —Hable o…

—¡Suélteme! —gritó Pau, empujándolo.

—¡Dio mio! —exclamó él—. ¿Quiere dejar de moverse? ¿Se puede saber qué hace aquí?

—Había venido a dejar las cosas en la cocina y a cambiar las sábanas…

—¿Es la chica de la limpieza? —la interrumpió él.

No parecía convencido, pero era un alivio comprobar que, aunque seguía mirándola con desconfianza, parte de la hostilidad había desaparecido.

Pau dió un paso atrás, sus piernas chocando contra la mesa que había en el centro de la habitación y en la que tuvo que apoyarse, nerviosa.

—No, soy una ladrona de joyas de renombre internacional y suelo anunciar mi llegada cambiando las sábanas de los clientes —replicó, sarcástica.

Incluso a un metro, aquel hombre era demasiado impresionante. Sabía que no estaba en peligro físico, pero su estabilidad emocional era otra cosa. Cada vez que lo miraba tenía que tragar saliva y lo que le pasaba a su cuerpo no podía ni examinarlo porque se sentía avergonzada de su reacción ante aquel hosco y antipático italiano con boca de pecado.

«Por favor, muestra un poco de dignidad», se dijo a sí misma.

—Pues claro que he venido a limpiar. ¿Le parece que vengo vestida para ir a una fiesta?

El hombre clavó en ella su mirada, sin parpadear.

—No hueles como una chica de la limpieza. —¿Y cómo huelen las chicas de la limpieza?

—No lo sé, como tú, seguramente. Nunca había abrazado a una como si fuera una amante.

El comentario hizo que Pau carraspease, nerviosa.

—Pues entonces es que no ha vivido nada.

—Un pensamiento tentador —dijo él.

—No era una invitación —replicó Pau.

—Entonces, ¿no es usted parte de los servicios que ofrece el castillo?

—No, yo no cobro por mis besos, sólo por pasar la escoba. Y sólo beso a la gente que me gusta.

El extraño miró hacia la ventana, aparentemente aburrido con la conversación. Pau estaba acostumbrada a que los hombres no la encontrasen particularmente atractiva en el aspecto sexual, pero la mayoría no actuaban como si fuera invisible.

El silencio se alargó y, cuando el extraño habló por fin, Pau se llevó un sobresalto.

—No está bien despertar expectativas en un hombre para luego aplastarlas —le dijo—. Así que, señorita de la limpieza, puede tomar su escoba y su plumero e irse a casa. Los gerentes del castillo han sido informados de que no necesito servicio de habitaciones.

Pau estuvo tentada de marcharse, pero Gonzalo y Andrea ya tenían bastantes problemas como para enfrentarse con las quejas de un cliente.

—Me lo habían dicho, pero está equivocado.

—¿Estoy equivocado?

—Usted me necesita.

—Parece muy segura de su habilidad para satisfacer mis necesidades…