martes, 26 de abril de 2016

Las Tinieblas De Mi Vida: Sinopsis

Cuando pueda verla, ¿seguirá deseándola?


El multimillonario Pedro Alfonso había perdido la vista al rescatar a una niña de un coche en llamas y la única persona que lo trataba sin compasión alguna era la mujer con la que había disfrutado de una noche de pasión. ¡Pero se quedó embarazada!


Y eso provocó la única reacción que Paula no esperaba: una proposición de matrimonio. Él no se creía enamorado, pero Paula sabía que ella sí lo estaba. Y cuando Pedro recuperó la vista, Paula pensó que cambiaría a su diminuta y pelirroja esposa por una de las altas e impresionantes rubias con las que solía salir…

sábado, 23 de abril de 2016

Amores Que Matan: Capítulo 45

—No, no —contestó serio—. Ayuda a los bebés a fijar la vista, pero de todas maneras los puse a la distancia adecuada.

—Hablas como un papá experto —le dijo riendo.

—Conseguí un libro -dijo intimidado-. Pensé que debía saber cómo ser buen padre. Después de todo, no es fácil educar a una hija.

—No —dijo ella con solemnidad, mirándole amorosamente. —Tenemos que hacer las cosas bien.

— Sí, Pedro —le dijo acariciándole la mejilla.

La señora Cáceres entró al cuarto y se extasió al tocar con un dedo la mejilla de la recién nacida.

—¿No es un amor? ¿Y cómo se parece a su papá? ¡Miren ese cabello negro!

—Miren esa naríz —dijo Paula burlona mirando a Pedro—. ¡Pobre criatura!

Pedro le pellizcó la oreja.

—¿Qué tiene de malo su naríz? En mi opinión, es muy bonita.

—Porque se parece a la tuya -dijo burlona Paula-. Lo que está bien en un hombre se va a ver raro en una niña.

La señora Cáceres se fue y Paula se sentó en una silla baja y se desabrochó el vestido.

—Hora de darle de comer. Dámela, Pedro.

Él le llevó la niña, luego se sentó al lado de ellas en el suelo.

—¿Puedo ver?

— ¡No es una diversión!, pero si quieres...

La niña inclinó su pequeña cabeza negra con un movimiento hambriento y mientras, las diminutas manos se movían rítmicas sobre el pecho. Pedro miraba fascinado.

—Buen Dios —dijo al observar que la piel de su hija se ponía rosada de gusto por el alimento—. ¡Es la pequeña más glotona que jamás he visto!

—Lo disfruta-dijo Paula.

-No puedo culparla —contestó Pedro y sus ojos se encontraron. Paula se ruborizó y rió.

—Déjame —le dijo él, cuando cambió a la niña al otro pecho. Tomó su pecho delicadamente y la boca del bebé lo asaltó hambrienta, con los ojos cerrados. Pedro  no quitó la mano. La deslizó con suavidad sobre la blanca piel, acariciándola sin quitarle los ojos a la absorta cara de su hija.

—Qué deseo de supervivencia —murmuró—. Increíble en un objeto tan diminuto.

-¡Es el instinto de la vida!

—Eres necesaria para ella, ¿lo pensaste alguna vez? -luego la miró con ojos apasionados-. Eres necesaria para los dos.

—Y tú para mí.

—¿Lo soy, Paula? -dejó que los ojos grises descansaran sobre su rostro. Su amor se reflejaba en su mirada.

-Sí —dijo tocándole la mejilla con la mano—. Oh, sí, Pedro, ¿no lo sabías?




FIN

Amores Que Matan: Capítulo 44

Al día siguiente regresó al trabajo, pero ordenó que la señora Cáceres la cuidara, no queriendo dejarla sola en la casa.

—Todavía me faltan varios meses —protestó Paula.

—Quiero saber que estás bien cuidada cuando te dejo sola.

Ella paseaba todos los días por el pueblo, se encontraba con amistades, charlaba con ellas y encontraba sus preocupaciones hogareñas más aceptables ahora que ella misma estaba a punto de dar a luz. Hablaban del embarazo y aprendió a poner oídos sordos a lo que podía preocuparla.

—No hagas caso —dijo Juana tranquilizándola—. Estás muy sana. No hay razón para que te vaya mal. Algunas mujeres exageran.

Mientras esperaba tener el niño, los meses le parecieron interminables. Ahora, Pedro se portaba de forma muy diferente. A Paula le gustaba hablarle, como si un enorme obstáculo hubiera desaparecido entre ellos. Lo que ahora la preocupaba era cómo reaccionaría al nacer la criatura. Temía que acusara la aparición de una tercera persona en su hogar.

Lo que David le dijo lo cambió. Estaba más tranquilo, más amoroso. Manifestaba tiernamente sus sentimientos.

Conforme se acercaban los días del nacimiento, encontró que el tiempo pasaba con más lentitud. Comenzó a mirar el reloj, a contar con los dedos los días que faltaban.

—Sólo seis días y luego...

— Podría retrasarse un poco —advirtió Bernardo, el médico.

— No un hijo de Pedro. -Y podría ser niña. Paula movió la cabeza.

-Pedro querrá un niño.

—Querrá lo que venga —dijo Bernardo—. Y tú también.

—¿No se puede devolver si no es del sexo esperado? -se burló ella.

— Definitivamente no.

Por fin el niño llegó un día a medianoche. La despertó de un sueño inquieto con un dolor que le hizo gritar y agarrarse a Pedro.

— ¡Querida! - se sentó él, alarmado. -Bernardo-murmuró-. Busca a Bernardo...

-Llamaré al hospital-dijo Pedro.

Ella se dió cuenta entonces de lo que significaba el dolor.

— ¡Ya viene... Pedro! —él marcaba, pero ella gimió con pánico—. ¡Pedro!

Él regresó a su lado después de terminar la breve conversación y la abrazó por lo que ella pudo apoyarse contra él con un suspiro.

—Quédate conmigo, te necesito.

Pero en el hospital le enviaron a la sala de espera mientras se llevaban a Paula, dejándola en las manos de enfermeras y médicos.

— Una niña —le dijeron horas después, aunque a ella le parecía que habían pasado siglos y estaba agotada.

— Una niña... —murmuró mirando el arrugado y lloroso bulto que le ofrecían. Los pequeños párpados se abrieron de una forma curiosamente familiar y los ojos de Pedro la miraron, azules y profundos en la criatura, pero como los de él, bajo oscuras cejas, y en un rostro idéntico al de su padre.

— Una niña larga y flaca —dijo sonriente la comadrona.

Cuando Pedro entró a verla, estaba medio dormida, con la expresión agotada. Él le sostuvo la mano mirándola con una sonrisa y ella luchó contra el cansancio que la envolvía.

— ¿La viste? —oyó preguntar a su propia voz y trató de sonreír, pero estaba muy cansada.

— Sí —dijo apasionado. Le besó la mano y luego los dedos, uno por uno con mucha ternura—. Amor mío, estás muy cansada.

— Sí —dijo cerrando los ojos porque tenía miedo. Él parecía indiferente al bebé y Paula quería que lo amara. ¿Cómo podía estar tan frío frente a ese pequeño ser que ya llevaba su sello?

—¿Ya pensaste en un nombre? —preguntó sin dejar de jugar con sus dedos—. ¿Qué te parecería Olivia? Es un bonito nombre —rió con suavidad y ella abrió los ojos sorprendida—. Todo ese cabello negro en una cabecita tan pequeña -dijo él—. Tiene un curioso aspecto. ¿Te fijaste en sus uñas? Son perfectas.

Paula se le quedó mirando sin respirar. Él hablaba, acariciándole con un dedo la palma y ella vió que había notado cada detalle de la niña. Habló de sus pestañas, orejas y dedos de los pies, como si estuviera asombrado de encontrar que tenía esas cosas.

Cuando se fue, Paula durmió durante horas, muy complacida. Temía que no quisiera una niña, pensaba que preferiría un hijo, pero ahora veía que toda su naturaleza se inclinaba a ver a una hija con adoración. Iba a ser un padre muy amante.

Al día siguiente su habitación parecía una floristería. Regañó a Pedro cuando entró, y él se rió, encogiéndose de hombros divertido.

—Te lo mereces... ¿Cómo está Olivia hoy? ¿Puedo verla? Ayer salí a comprarle unos juguetes... un conejo de peluche de cuatro pies de altura... espera a verlo.

Ella le observó con ojos sonrientes.

— Pedro, es muy pequeña para juguetes.

—Oh, pero quiero que crezca rodeada de cosas bonitas —dijo con seriedad-. Mientras estás aquí, haré que decoren el cuarto vacío. Pensé que estaría bien con pintura blanca y calcomanías.

La enfermera entró sonriendo de oreja a oreja y llevando una canasta de plata de rosas rojas, docenas de ellas. Parecía que el rocío brillaba sobre las flores. Paula gruñó:

-¡Oh, Pedro! ¡Qué extravagante eres! Ya estoy sumergida en flores.

La enfermera las colocó cerca de la cama y salió, pero Pedro dijo en voz baja.

—No son mis flores, Paula.

Ella le miró y se mordió el labio.

Él se agachó y sacó una tarjeta de entre las rosas y se la entregó con una expresión vacía. Ella la miró lentamente y sus manos temblaron. Pedro recogió de nuevo la tarjeta y la miró. No traía nombre. Sólo tres palabras: «A mi amor». Pedro leyó en voz alta, inexpresivo.

— Debe haberlas mandado por cable. Sigue en España. Paula lo miró nerviosa.

—¿Cómo lo sabes?

— Le telefoneé anoche -dijo Pedro y ella se sorprendió tanto que abrió los ojos de par en par.

Pedro se la quedó mirando, estaba muy calmado.

—Tenía que decirle que estabas bien. Sabía que esperaba oírlo.

Ella bajó la vista, jugueteando con el encaje de su mañanita, le temblaban los dedos.

—Fue muy amable por tu parte.

—Le debía algo —dijo Pedro-. Para ser franco, tenía que hablar con alguien de Olivia... no puedo pensar en otro ser en este mundo que estaría tan interesado en ella como Redway, y yo necesitaba hablar. Se la describí y me dijo que debía ser muy bonita y que no aguantaba las ganas de verla.

Paula no podía apartar los ojos de su rostro.

-Qué bien -dijo con asombro, preguntándose si sus oídos no la engañaban, y si no sería realmente Pedro quien hablaba con tanta naturalidad de David y, aún más, describirle a Olivia.

—Algo muy curioso me sucedió cuando la ví —le dijo suavemente—. Descubrí que el amor es como un virus... divídelo y se multiplica, cuanto más estires el amor, más grande se hace... es algo elástico.

A Paula se le llenaron los ojos de lágrimas.

-Lo sé, querido, lo sé bien.

Pedro volvió a mirar la tarjeta que todavía tenía en la mano.

—De todas maneras, no voy a darle oportunidad para bombardearte con cartas de amor -y rompió la tarjeta en mil pedazos-. Todo tiene un límite.

Cuando las llevó a casa, la sorprendió con agrado encontrar que se había tomado la molestia de amueblar el cuarto de la niña con un montón de juguetes costosos; había todo tipo de animales de peluche, colocados alrededor de la habitación sobre repisas, y de un cordón blanco, colgaban mariposas multicolores.

—¿Eso no la hará parpadear? —preguntó dudosa.

Amores Que Matan: Capítulo 43

—Te quiero a tí —murmuró con voz apasionada-. ¿Por qué crees que estoy aquí?

—No —protestó—. No podría soportarlo. Quiero que mi hijo esté rodeado de amor, no de celos.

Pedro parpadeó y de pronto se sentó con las manos sobre el rostro.

—Esta vez será diferente -dijo-. Lo juro, querida, deja que te cuide. No puedes pasar por todo esto sola. Me necesitas.

—Siempre te he necesitado —le dijo y él le agarró las manos.

—Te amo. No me eches de tu vida.

Ella lloró. No podía impedir que corrieran las lágrimas porque lo necesitaba y sin embargo, temía el futuro. Pedro se levantó y la rodeó con el brazo, como si temiera que lo fuera a empujar, y luego, cuando ella volvió la cara y la puso en su hombro, la rodeó con el otro brazo efusivamente y entonces enterró el rostro en su cabello, besándola, murmurando suavemente su nombre.

—Haré que todo sea mejor en el futuro.

Ella lo rodeó con ambos brazos, los metió debajo de la chaqueta y sus manos sintieron la calidez de su cuerpo.

—Abrázame —susurró.

Él apretó los brazos y se quedaron así, abrazados, durante mucho tiempo. No hablaron, solamente necesitaban la seguridad de su amor.

— Redway me llamó -le dijo Pedro más tarde, sentado a su lado en el sofá.

Ella se sorprendió.

—¿Eso hizo David?

—Desde España. La comunicación era mala. Apenas si entendí lo que decía, pero capté lo más importante.

—¿Qué te dijo?

—Me dijo que me necesitabas. Cuando dejé de maldecirlo, escuché... me dijo que no estabas bien, que no trabajabas... parecía preocupado.

¿Habría roto Flor su promesa? Eso sospechó Paula. Pedro se la quedó mirando a la cara.

—Tuve que venir. Pero jamás sospeché esto. Creí que tú y él... —se interrumpió y ella estudió su rostro con cuidado, tratando de leer su mente—. Una noche pasé por aquí y supe que se quedó hasta por la mañana... ví su coche fuera.

— Estaba enferma -explicó- David durmió en el sofá. Flor no estaba aquí y no quiso dejarme sola. Creyó que tenía fiebre, llamó a un médico —ella no le contó que lo vió por la ventana. No tenía ganas de largas explicaciones.

Pedro dejó escapar un largo suspiro.

— ¡Ya veo!

—¿Me crees? —la voz le tembló porque temía que dudara de su explicación.

—Oh, sí —le dijo y los ojos de Paula reflejaron su sorpresa.

Él le besó las manos con pasión.

—Paula, cuando Redway me llamó, me dijo algunas cosas que aclararon mis dudas.

—¿Qué te dijo?

—¿Importa algo?

—Si David te dijo algo que tuvo ese efecto, sí, yo diría que sí importa.

—Me aclaró que no tenía ya nada que temer de él.

—Yo te lo dije.

—No me dijiste que me cortaría el cuello si no te hacía felíz.

—¿David dijo eso? —se rió con ganas.

—Eso dijo y yo encontré que teníamos mucho en común.

—¿David y tú? —no podía creerlo. Pero cualquier cosa que hubiera dicho David, fue positiva. Pedro  estaba ahí y ella percibía un cambio, por lo que dijo-: ¡Podría besar a David!

—Por encima de mi cadáver -dijo en broma.

—Tendría que ser. Te amo de una forma ridícula, ¿lo sabías?

—Eso dijo Redway.

—¿Necesitabas esperar que él lo dijera?

—Nunca he podido creer que me querías como yo a tí -pero ya no había amargura, sonreía, sus hermosas facciones estaban suavizadas, los ojos grises brillaban—. Desde el día que nos conocimos, parecías fuera de mi alcance, aún después de casarnos, como una mariposa exquisita que siempre se evadía de mis manos, y temí volverme loco y, al tratar de detenerte, sólo lograba aplastarte.

— Soy más fuerte de lo que parezco.

—Tenías que serlo. Yo te compensaré, querida. Ahora que sé que no suspiras por él en secreto, todo será diferente.

Ella volvió a preguntarse qué sería lo que David le dijo con exactitud, pero decidió que era mejor no hacer demasiadas preguntas. Él estaba allí y ella sabía que era todo lo que necesitaba para ser felíz.

-¿Regresarás a mi lado? -le preguntó quitándole el cabello de la cara con una ternura que jamás mostró antes.

—El niño y yo —le dijo porque quería que se familiarizara con él.

—Tú y mi hijo —le dijo y el pronombre posesivo dejó muy claro que lo aceptaba totalmente.

Ella sonrió con alivio y amor, luego miró a su alrededor cuando Flor los interrumpió.

—¿Estás bien, Paula?-miró agresiva a Pedro.

—Me voy a casa -le dijo Paula, sonriente porque a Flor le preocupaba lo que le sucediera, y eso era lo más importante.

— ¡Oh, Paula! -exclamó Flor incrédula, pero tenía demasiado sentido común para no saber que ahora Paula necesitaba a su esposo más que nunca y que era su hijo, así que sólo se limitó a mirarlos mientras hacían la maleta de Paula y se despedían-. Se lo diré a David -dijo cuando se iban y fue una amenaza. Pedro la miró con calma.

— Ya lo sabe -le dijo y eso dejó callada a Flor.

-¿Qué dijo David? -preguntó muerta de curiosidad.

—Que yo era un tonto -respondió-. ¡Y Dios mío, tenía razón!

Voy a tener que contestar algunas preguntas en el pueblo -le dijo Paula a Pedro a la mañana siguiente mientras desayunaban.

-No veo por qué. Ninguno de los dos había estado aquí. No se darán cuenta que alguna vez estuvimos separados.

Eso la sorprendió.

—¿No lo saben?

—Alquilé un apartamento en Londres - explicó él.

—¿Y cenaste con estrellas de cine?

Pedro se rió divertido.

-¿Te puso furiosa? Silvana se moría de curiosidad, pero fue muy discreta.

Silvana tenía una idea de cómo estaban las cosas, pensó Paula, pero dijo en voz alta:

—¿Te gustaba? -y su tono no fue muy ligero.

—¿Te importaría si así fuera?

—Te sacaría los ojos.

-Es una persona muy especial.

Ella le clavó las uñas en la muñeca y gruñó:

-¡Ten cuidado!

Era la primera vez que se atrevía a hacer una fingida escena de celos y Pedro la miró sonriente.

-Se me ocurrió que un clavo sacaba a otro clavo -admitió.

—¿Y qué quiere decir eso?

—Pensé que debía ampliar un poco mi horizonte — dijo en broma.

-¿Olvidarme con otras mujeres? -ese pensamiento se le ocurrió varias veces en el pasado y no le gustó, lo admitió al decir-: ¿Y lo lograste?

— No. Nunca fue posible. Paula, tú eres como la enredadera... te aterras.

—Aun a tu naturaleza de granito -se burló.

-Especialmente a ésa. No puedo apartarte de mi corazón.

—No me iré ni aunque trates de echarme —prometió y le oyó suspirar.

-Haré que lo cumplas.

Le miró y puso una cara triste.

-¿Aun cuando no me quieras porque parezco un balón?

-Por lo menos ningún otro hombre querrá robarte mientras tienes esa figura. Tal vez debí mantenerte embarazada desde el principio de nuestro matrimonio, ¿por qué no se me habrá ocurrido hacerlo?

Paula se sorprendió de que bromeara al respecto y eso le pareció buena señal.

El haber mantenido sus celos tanto tiempo en secreto y ahora hacer alarde de ellos, era muy significativo.

Amores Que Matan: Capítulo 42

—¿Se lo vas a decir?

—No -dijo Paula de pronto, decidida-. No... podría volver a soportar todo otra vez. Quiero conservar este hijo.

—¿Cómo te las arreglarás? —Flor se mordió el labio—. Oh, a mí no me importaría dejar que te quedaras aquí sin pagar renta, pero los bebés cuestan mucho... necesitarás atención médica, ropa para el bebé. Tienes que vivir, Paula.

-Tengo mi pensión -dijo calculando a toda prisa-. Podría trabajar por algún tiempo.

—No en el teatro.

Paula se rió, pero pronto su cara se quedó seria al pensar en los problemas.

—Pero ya me las arreglaré -dijo con firmeza.

—¿No tienes familia que te pueda ayudar? -Flor suspiró. Los padres de Paula eran de mediana edad cuando nació, murieron durante los años en que estudiaba arte dramático.

—Tengo una tía en Cardiff. Sólo la he visto dos veces. Ni siquiera puedo recordar su nombre.

—¿No tiene familia Pedro?

—Ninguna. Bueno, parientes lejanos como yo... tíos que apenas conocí... eso era lo que teníamos en común, ser huérfanos -pensó que la falta de apoyo familiar contribuyó a su aislamiento.

Flor  se la quedó mirando furtivamente.

—Está David—comenzó y Paula le lanzó una furiosa mirada.

-¡No se lo digas! ¡Te lo prohibo! Flor, promételo... esto no tiene nada que ver con David.

Flor  parecía obstinada.

—Me pidió que le dejara saber cómo seguías. Prometí escribirle.

- Prométeme que no le dirás una palabra acerca del embarazo - le dijo con firmeza.

—Creo que eres una tonta. David querría ayudar... cuando se entere de que le mentí, se pondrá furioso.

-Yo se lo explicaré cuando lo vea. No soy responsabilidad de David, Flor.

—Él cree que sí.

Paula la ignoró, tenía que hacerlo. No debía molestar más a David. Bastante la había ayudado ya.

Una semana después, consiguió otro papel en televisión, unas cuantas líneas en una obra buena de un escritor moderno y Flor se puso felíz.

—Estás teniendo suerte. Ésa es una buena oportunidad. Hasta...

—Hasta que tenga que dejar de trabajar. Pero gracias a Dios, eso no sucederá hasta dentro de unos cuantos meses.

Llevaba diez semanas de embarazo si es que adivinaba correctamente. No notó los primeros síntomas que debieron advertirle su estado. Estaba demasiado preocupada por Pedro, muy entretenida con la serie de televisión. Al reflexionar, supo que sucedió el día en que regresó a su casa a hacer las maletas. Le pareció una ironía que hubiera concebido a consecuencia de esa amarga explosión de celos. Hubiera deseado circunstancias más felices, pero fuera cual fuera la causa, deseaba demasiado al niño para que le importara.

Los días y las semanas pasaron con toda lentitud. Tuvo que abandonar la idea de trabajar cuando su cuerpo cambió de forma y su embarazo fue notorio.

—Una lástima -dijo el agente suspirando-. Comenzábamos a obtener frutos -bajó la vista—. ¿Cuándo regresa David?

Ella se ruborizó al ver que imaginaba que David era el padre.

-No tengo idea -dijo enojada-. ¡Buenos días!

David llamó varias veces, pero ella procuró estar ocupada. Flor trató de persuadirla para que le hablara, pero Paula no quiso.

-Sospecha algo -dijo Flor y Paula movió la cabeza.

—Dile cualquier cosa.

Flor le contó que Paula tenía trabajo y eso le alegró. En el departamento, Paula estudiaba las revistas de moda que Flor le proporcionó las diminutas prendas que trataba de hacer eran demasiado pequeñas para cualquiera, y se rió consigo misma al comenzar las primeras puntadas. El día anterior el doctor le dijo que ya había pasado el período de peligro. Los siguientes meses de su embarazo estarían libres de preocupación y Paula pensó en la dificultad que comenzaba a tener con su ropa y la pesadez de su cuerpo.

Alguien tocó el timbre y ella fue con dificultad a abrir. Le dolían las piernas después de la larga caminata desde la oficina del agente. Había comenzado a caminar para ahorrar gastos de transporte. Ahorraba dinero y además era bueno para ella.

Todavía insistía en pagarle a Flor la renta, pero el dinero la preocupaba.

Abrió la puerta y se quedó atónita.

— ¡Pedro!

Se la quedó mirando como si sus ojos lo engañaran y en ese momento ella sintió temor y alarma. Instintivamente trató de volver a cerrar la puerta y él se lo impidió interponiendo su cuerpo.

Ella se encogió y la palidez de su rostro se acentuó.

—¿Qué imaginas que voy a hacerte, Paula? ¿Qué clase de monstruo crees que soy?

¿Por qué estaba allí?, se preguntó mirándolo.

—¿Qué quieres, Pedro? —le costó trabajo hablar porque sentía seca la garganta por los nervios. Era peor que salir a la escena. Estaba temblando.

-¿Es mío? -le preguntó de forma brusca.

— Sí —le dijo con cara furiosa—. Sí, Pedro. Él cerró los ojos.

—No estaba seguro.

Ella se volvió.

—Será mejor que te vayas... no hay nada que decir.

—¿Y dejarte así? No vas a tener a mi hijo en un pequeño departamento de Londres con unas cuantas libras a la semana.

—El niño es problema mío —dijo enojada.

—Nuestro —corrigió él.

—No. ¡Tú no lo quieres!

Amores Que Matan: Capítulo 41

—¿Pau? — la voz de David sonaba lejos y de pronto la oscuridad la envolvió.

Con lentitud volvió a la realidad y se encontró en el coche de David, el aire de la noche le daba en el rostro. Él conducía a su lado y cuando se movió le dijo con rapidez:

—No te muevas. Te llevo a ver a un médico.

— Ya me siento bien —dijo medio sentándose.

— De todas maneras verás a un médico.

— No, David—insistió—. Sólo fue la impresión.

— Eso me imaginé. Me dieron ganas de darle una bofetada.

— Me hubiera gustado que lo hicieras —dijo riendo. Eso hubiera sacado a Pedro de su frialdad pero podía haber matado a David. No sabía el odio que Pedro le tenía.

— Llévame al departamento —le rogó y David aceptó de mala gana. Sin embargo, no la dejó, entró con ella y la hizo acostarse en el sofá mientras le hacía un té que endulzó demasiado y no estaba bueno.

— ¡Ugh! —dijo ella haciendo un gesto de asco.

-Tómatelo —le ordenó-. Te ayudará a reponerte.

—Cuentos de viejas.

—Tómatelo — insistió y ella lo hizo con lentitud, asqueada. David se arrodilló a su lado y le frotó las frías manos preocupado.

—Estoy bien —dijo forzando una sonrisa—. Me iré a la cama. Gracias por todo, David. Que te diviertas en España.

—No voy a dejarte así.

-Sí vas a hacerlo.

-No, Paula. Esperaré hasta que Flor regrese.

-Podrían ser horas. Tienes que tomar el avión temprano.

-¿Y a quién le importa? Esta noche no voy a dejarte sola.

No pudo hacerlo cambiar de opinión así que lo dejó en la sala y ella se fue a la alcoba. Se preparó para irse a la cama y al acostarse apagó la luz. Estaba preocupada por David. Si no dormía, estaría deshecho por la mañana. Se levantó y volvió a entrar a la sala. Él se levantó y la miró.

—¿Por qué no duermes en el sofá si no quieres irte a tu casa? Así podrías descansar un poco.

— Muy bien —asintió—. Regresa a la cama, Paula, antes que mis instintos animales se apoderen de mí.

Ella se ruborizó ante los burlones ojos y dioóun paso atrás. David se rió pero se le veía preocupado. Cuando cerró la puerta él se tranquilizó.

Ella se dirigió a la ventana y se quedó de pie, mirando la calle oscura, preocupada por David. Lo oyó moverse, luego, la luz se apagó en la sala y escuchó cómo se acomodaba en el sofá y se movía inquieto. Continuó mirando la calle sin ver, pero luego, sus ojos percibieron una figura y observó con atención.
Un hombre surgió de las sombras y se quedó mirando a las ventanas del departamento de Flor.

Con un vuelco en el corazón reconoció a Pedro, y de pronto se sintió esperanzada y dichosa, luego, lo vio girar la cabeza y quedarse mirando el coche de David que estaba estacionado fuera.

— ¡Oh, Dios! —exclamó consternada.

Pedro volvió a levantar la vista, se metió las manos en los bolsillos, se dió la vuelta y se fue.

Paula salió de la habitación y pasó corriendo por donde estaba David, quien la preguntó ansioso:

-¿Qué pasa?

Ella no se detuvo a explicarle. Salió del departamento y bajó a toda prisa la escalera para llegar a la calle, tropezándose con el dobladillo del camisón, temblando con el aire frío de la noche.

Ya en la calle buscó a Pedro ansiosamente pero se había ido. No había señales de su persona. Corrió por el camino, sin darse cuenta de cómo estaba vestida, llamándole por su nombre.

— ¡Paula, por Dios! — David la detuvo, la tomó en sus brazos y con ansiedad en el rostro preguntó-: ¿Qué diablos crees que haces?

—Pedro —balbuceó—. Pedro...

Él maldijo entre dientes.

— Estás delirando... debí llamar al médico.

—No —murmuró luchando contra sus brazos—. Estaba aquí... lo ví. Vió tu coche.

Las luces. Dios, lo que debe estar pensando. Tengo que encontrarlo, decirle...

—Querida, no estás vestida para andar, corriendo por la calle en mitad de la noche. Entra. Estás helada, pescarás una pulmonía.

— ¡No, David, tengo que encontrarlo!

—Más tarde -dijo levantándola en brazos como si fuera una criatura—. Yo lo encontraré por tí,  Paula.

—Es que no entiendes...

—Sí, sí -la tranquilizó-. No te preocupes por él. Yo arreglaré todo.

Paula luchó inútilmente. Él la llevó en brazos al departamento.

—Quédate quieta, cariño -le dijo con suavidad.

El agotamiento la venció y se quedó recostada con los ojos cerrados, una lágrima rodó por sus mejillas.

—Así está mejor. Quédate recostada por un rato y no llores.

Poco tiempo después, un médico se inclinaba sobre ella examinándola con detenimiento.

—Es posible que sea el comienzo de algo — le dijo aparte a David sin que ella pudiera oír—. No sé lo que pueda ser. No hay síntomas especiales de algo en particular. Pero manténgala en cama y obsérvela. Si le entra fiebre, llámeme... tal vez todo lo que necesita es dormir.

Cuando se fue, David regresó a su lado y se sentó en la cama, mirándola con afecto.

—Trata de dormir, querida.

— Busca a Pedro. David, dile que no es cierto.

-¿Que no es cierto qué?

No tenía sentido, se dió cuenta. Pedro no creería una palabra que le dijera David. Evidencia circunstancial.

-¿Qué?

—Nada —dijo ella cerrando los ojos de nuevo y suspiró—. Vete a dormir, David.

— Así está bien —dijo acariciándole el cabello.

Despertó y encontró a Flor mirándola a la luz del día; se mostraba preocupada.

— ¡Hola, Flor!

—¿Cómo te sientes ahora?

-Bien.

—Estás muy mal. David me dijo que te desmayaste, que estabas delirando.

Paula preguntó:

—¿Pudo tomar su avión?

-Quería tomar uno más tarde, pero Pablo insistió en que no cambiara su vuelo.

—Me alegro de que no haya perdido el vuelo.

—¿Qué pasó, Paula? David estaba muy alarmado. Preocupado por tí. No quería irse.

—Estoy bien —dijo Paula sintiéndose muy mal. No quería preocupar a su amiga.

Salió de la cama, se tambaleó, corrió al baño.

Después, Flor le limpió el rostro con una esponja húmeda.

—¿Paula, qué será lo que tienes? Tal vez sea un virus.

—Tal vez una infección estomacal -dijo Paula temblando.

Se metió de nuevo en la cama, pero poco después se le pasó el malestar y se sintió lo suficientemente bien como para levantarse durante el día. Flor protestó, pero en realidad ya no sentía ninguna molestia. Por la tarde se sintió bien, aunque a instancias de la amiga se acostó temprano esa noche.

Por la mañana volvió a sentirse mal. Flor estaba bastante preocupada y llamó al médico. Éste llegó e hizo unas cuantas preguntas breves e impersonales. Paula contestó, pero de pronto tembló por una sospecha completamente nueva.

El médico leyó su expresión.

— ¿Podría ser, señora Alfonso? —preguntó con sequedad.

— Sí —asintió y comenzó a temblar. -¿No está contenta? Parece preocupada. Ella tragó saliva y apartó los ojos.

— Yo... yo estaría muy contenta, doctor, pero mi marido no quiere niños.

—Qué lástima -se la quedó mirando y se avergonzó ligeramente—. ¿Es... es...?

Ella adivinó la pregunta y rió con ironía.

—Oh, si es hijo de mi esposo, sí... eso no tiene importancia.

Cuando el médico se fue, ella se quedó sentada con la mirada en el vacío durante mucho tiempo. Flor entró y se miraron en silencio.

jueves, 21 de abril de 2016

Amores Que Matan: Capítulo 40

Después de eso, Paula encontró que entre ella y David volvía a haber la misma relación amistosa de antes. Desapareció la intimidad perturbadora. David aceptó que jamás habría entre ellos nada más que amistad y como sospechaba Paula, una vez que lo hizo nunca más volvió a exteriorizar ninguna otra emoción.

A veces pensaba que si jamás hubiera conocido a Pedro , hubiera llegado a casarse con David o por lo menos a tener alguna relación amorosa. Y eso, pensó con tristeza, hubiera sido un error, porque aunque se tenían cariño, la profunda emoción que sentía por Pedro no la hubiera sentido por David, ni él por ella.

Cuando la tuvo en sus brazos David la desequilibró por un breve tiempo. Sintió su atracción y era consciente de que la sentía aún. David era un hombre muy atractivo. Sin embargo, comprendió que era sólo un reflejo, una reacción instintivamente femenina a la atracción masculina. Durante esos momentos en sus brazos, tuvo como un espejismo, pero en cuanto vio de nuevo a Pedro, todo su ser volvió a despertar porque estaban unidos su cuerpo y su mente.

Extrañaba mucho a Pedro. Durante la noche suspiraba por él agarrada a la almohada y varias veces estuvo a punto de llamarlo o aparecer en el juzgado, pero cierto instinto la hizo mantenerse lejos.

El novio de Flor regresó. Paula pensó que era un tipo simpático. Era un escocés callado y con sentido del humor y una sonrisa que sustituía las palabras, que como Flor dijo, prefería ahorrar. Al verlo con su amiga, Paula se convenció que la amaba, pero no quería apresurarse al matrimonio. Era precavido y a pesar de que le divertía la actitud de Flor, ella se dió cuenta que Ramiro quería cerciorarse más acerca de la afinidad de su carácter.

Varias veces salieron los cuatro a cenar. Flor no dejaba de hacer de cupido. Paula les dijo con firmeza que entre ella y David sólo había amistad, pero la muchacha era testaruda y David significaba mucho para ella, aunque a veces comentaba molesta que David tenía una opinión demasiado arrogante de sí mismo.

—Si la gran estrella está lista... — le tomaba el pelo y David se reía y burlaba de ella.

—A Flor le molesta mi éxito —le dijo a Paula.

— ¡No! No es nada celosa.

—¿Celosa? —David reflexionó la palabra—. No, eso es cierto, pero el asunto no es tan simple. Flor  siente que puedo dejarla atrás, olvidarla e irme.

Eso podría ser, porque Flor tenía un espíritu de lucha primitiva y quería preservar para siempre el triángulo amistoso, no quería ni pensar que pudiera romperse alguna vez.

—Te tiene mucho cariño —le dijo a Paula.

—A los dos —admitió él.

Ella lo sabía, así como que Flor jamás llegaría a tener mucho éxito. Trabajaba bastante a menudo y se esforzaba por alcanzar la fama pero no tenía eso que hace falta para llegar a la cima, ambición.

—Con el tiempo —dijo David pensativo—, se casará con su Ramiro y se dedicará a crear una familia.

Paula envidió esa posibilidad de Flor. Ella ansiaba aún tener un hijo. Le encantaban los niños. El tierno e indefenso aspecto de los niños se le hacía irresistible.

David  le dirigió una larga mirada.

— Y supongo que tú también ... si tú y tu Pedro se deciden a hacerlo, si tiene tiempo libre para apartarse de su sillón de juez. De nosotros tres yo seré el único que se quede en el negocio.

—Es curioso, porque tú eras el que no lo tomaba en serio, siempre andabas bromeando.

—Sí, lo expresaste muy bien, Paula. Ella se sintió incómoda bajo su mirada.

— Sin embargo, ahora cambiaste... ha sido un placer trabajar contigo, David. Aprendí mucho de tí.

—Encantado de haber podido ayudarte.

Era cierto. Se sintió impresionada por su forma de actuar, por el empeño que ponía para lograr lo que prometía ser una magistral interpretación en la pantalla.

—No dejes tu carrera todavía —le dijo él, serio de pronto-. Tu matrimonio puede esperar un poco. Paula, tienes talento, no lo desperdicies.

-No lo haré -le prometió.

Cuando terminaron las escenas en el estudio, el resto del reparto se fue a España a filmar exteriores. Pablo la llevó a un lado al final para felicitarla y besarla con entusiasmo.

—Me siento satisfecho del trabajo —le dijo y eso era evidente, porque cuando no se sentía satisfecho, sus ojos brillaban de ira y sus palabras eran hirientes—. Me gustaría volver a trabajar contigo. No te pierdas de vista. ¿Quién es tu agente?

—David —dijo ella riendo y Pablo y le dirigió una mirada extraña.

—¿David y tú son...? —terminó con discreción y ella sonrió y movió la cabeza.

—Amigos — corrigió—. Viejos y muy queridos amigos.

Pablo bajó la cabeza y dijo:

— ¡Ah!, vaya — se produjo un leve silencio y luego Pablo continuó diciendo-: Bien, si alguna vez tengo algo para tí, te llamaré-. Ella se lo agradeció.

—Hay que organizar una cena para celebrarlo — dijo Flor felíz.

—No —dijo Ramiro—. Tengo entradas para la obra cuya escenografía hice yo.

—Entonces cenaremos sólo nosotros -dijo David y Flor y Ramiro intercambiaron miradas que Paula comprendió.

David  estaría ausente, filmando la parte principal de la serie.

—Te echaré en falta —le dijo mientras cenaban y le servía el vino, con los ojos en la copa, no en ella.

—Estarás demasiado ocupado.

Sonrió y levantó los ojos con un gesto burlón.

—Está bien, Paula.

Ella se ruborizó y desvió la mirada enseguida, pero él le agarró una mano por encima de la mesa y se puso a jugar con sus dedos.

—¿Todavía no has encontrado otra cosa?

—Todavía no.

—Lo harás. No te desanimes.

—Ví al agente que me recomendaste... tenía esperanzas.

—Eso es bueno —la animó y ella se preguntó cuánto habría tenido que hablar David para recomendarla antes de que ella se entrevistase con él.

— Me pregunto si lo podría lograr por mí misma — expresó con voz alta.

—Por supuesto que sí.

—Entonces déjame hacerlo, David.

—¿A qué te refieres? Yo te conseguí la prueba con Pablo, pero el trabajo lo obtuviste tú sola.

—Después de que lo forzaste un poco.

—Querida —protestó—, Pablo no lo hubiera aceptado.

—Tal vez viniendo de tí sí.

—Cambiemos de tema.

-¿Porqué?

—Porque —dijo cuidadosamente-, si tú no, es posible que yo pierda la cabeza y diga algunas cosas que no querrás oír, Paula.

La mirada que vió en sus ojos la hizo desviar los suyos.

Hubo un silencio y luego él dijo:

—Cuando regrese espero oír que has estado trabajando mucho y labrándote un porvenir.

—Probablemente representando a la mejor dama del celuloide. Muchas veces representé ese papel durante el aprendizaje.

—Flor y yo pensamos que hiciste una preciosa Nina —dijo él y ella suspiró al recordar la producción en la que interpretó la parte de una muchacha perdida y sensible.

—La única parte buena que jamás he tenido.

—Habrá otras - le dijo tranquilizándola.

Después de eso, charlaron de otras cosas y cuando se levantaron para marcharse, David la guió con un brazo alrededor de la cintura.

En ese momento entraba en el restaurante una figura a la que Paula reconoció inmediatamente. David lo vió al mismo tiempo y apartó la mano de su cintura, pero Pedro ya los había visto y la fría expresión de su cara se lo advirtió. Ella trató de hablarle, pero él se volvió y se puso a hablar con alguien. David se había parado, pero en ese momento siguió y volvió a poner la mano alrededor de la cintura, apretándola más.

Paula miró por encima de Pedro y miró a la mujer que estaba con él con ojos furiosos. Cuando se acercaron, los ojos azules de la mujer se dirigieron sorprendidos hacia David.

— ¡Querido, qué casualidad! Hace mucho tiempo que no te veía. ¿Es éste tu restaurante favorito?

—Así es —sonrió David sin soltar a Paula. Silvana la miró y le sonrió divertida.

— ¡Bien, bien, bien! —miró a Paula y a Pedro y arqueó las cejas divertida.

Paula lo miraba obligándolo a que la viera. Él lo hizo de mala gana.

— Hola, Pedro -le dijo.

Él asintió y luego tomó a Silvana del brazo.

—Me temo que se nos hizo tarde... ¿quieren perdonarnos?

Cuando salieron, David miró a Paula. Había salido y estaba inmóvil en la acera.

La noche era fría pero ella no parecía notarlo.

—¿Estás bien? —dijo preocupado, sosteniéndola.

Ella sintió como si se alejara de él con lentitud, y sus manos lo agarraron para aferrarse a algo real.