Cuando Pedro la atrajo hacia sí para besarla, Paula levantó el rostro y se apretó contra él, entreabriendo los labios.
-Si no nos controlamos un poco, me temo que hoy nunca llegaré a la oficina.
-¿Sería eso tan malo? -sonrió ella.
-Al menos me declararía en bancarrota con una expresión bien alegre -apuró su taza de café-. Tengo que irme.
-De acuerdo.
-Ah -Pedro se detuvo por un momento en la puerta, y se volvió hacia ella-. Desembarázate de tu pequeña libreta negra, cariño. Ahora ya tienes mi marca estampada sobre la frente. Yo me he deshecho de la mía esta misma mañana.
Paula se lo quedó mirando con la boca abierta, y él se la cerró suavemente con un dedo.
-Esta noche traeré unas mudas de ropa para Valentina.
Paula tragó saliva y asintió con la cabeza mientras él se marchaba. Un inmenso alivio la inundó. El tono posesivo de las palabras de Pedro le habían transmitido una seguridad que nada más podía darle. Cualquiera que fueran sus sentimientos, Pedro sólo la quería a ella en su cama.
Valentina estaba medio despierta, observándola desde su pequeño asiento.
-Tu tío es un maldito seductor -le informó Paula-. Pero le quiero de todos modos.
La mañana transcurrió sin mayores problemas; hubo tres pruebas finales de vestidos y entraron en la tienda dos potenciales dientas que ya estaban planificando bodas para el próximo invierno. Valentina causó una verdadera sensación. Cuando por cuarta vez alguien le comentó que tenía una hija maravillosa, Paula renunció a intentar explicárselo y simplemente le dio las gracias. Ojalá hubiera sido su bebé... Aquel profundo anhelo la sorprendió a ella misma. ¿De dónde había salido? ¿Acaso no había habido suficientes bebés en su vida? Quizá sí, pero no habían sido suyos. Desgraciadamente, el único hombre que podía imaginarse desempeñando un rol paterno con ella era Pedro, y Paula se negaba en redondo a permitirse soñar con aquella posibilidad. Estaba dispuesta a atesorar todos sus recuerdos con Pedro, porque sabía que aquello no duraría. Una vez que se acostumbrara del todo a su papel de padre, Paula perdería importancia en su vida.
Al mediodía Sofía salió a comer con su novio, y Paula colocó el letrero de cerrado en la puerta de la tienda. Acababa de calentar un biberón cuando sonó el timbre. Era Florencia, que al verla con Valentina en brazos, se llevó una buena sorpresa.
-¡Oh, no! ¡Hoy es miércoles! -Paula retrocedió para dejarla pasar. Comían juntas una vez a la semana, y ese día les tocaba comer en la tienda-. Lo siento tanto...No he podido preparar nada -luego bajó la mirada a Valentina-. A no ser que quieras un biberón...
Florencia entró y cerró la puerta; luego se volvió hacia Paula para mirarla asombrada:
-¿Qué estás haciendo con eso? ¿No me habías jurado que te negarías a que tu familia abusase de tí... en lo que al cuidado de niños se refiere?
-Esta pequeñita no forma parte de mi familia... Le estoy haciendo un favor a un amigo... a cambio de alguna publicidad gratis -se dijo que, aunque no era verdad, aquello tampoco era exactamente una mentira.
-¡Buena chica! -la expresión de Flor se iluminó de alegría-. ¿Quiere eso decir que ya no estás dispuesta a que cualquiera se aproveche de tu bondadosa naturaleza?
-Esto es, estrictamente, un asunto de negocios -mintió Paula-. Vamos, pasa; intentaremos preparar algo de comer. ¿De cuánto tiempo dispones?
-De una hora y media más o menos -respondió Flor mientras entraba en la cocina. Pareció reflexionar por un momento mirando su elegante vestido, y finalmente musitó-: Oh, qué diablos, me muero de ganas de tener a ese bebé en mis brazos.
-Pues adelante. Dale tú el biberón, si quieres. Yo me ocuparé de la comida -le entregó a Valen y se volvió para revisar el contenido de la nevera.
-Desde luego, esto de tener a los bebés de otros por un día es mucho mejor que quedarse embarazada
-¡Embarazada!», se repitió Paula. El pensamiento la dejó helada. ¡Hasta ese momento ni siquiera se le había ocurrido pensar en método anticonceptivo alguno!
-¿Qué te pasa? -Flor la estaba mirando con curiosidad.
-Nada -respondió mientras se concentraba en preparar una ensalada.
-Esta niña es preciosa -comentó con tono suave Flor—. ¿Cómo se llama?
-Valentina.
Nunca habría podido imaginarse que a Florencia le gustaran tanto los niños, pensó Paula mientras la observaba mecer a Valentina. Su expresión emocionada la conmovió profundamente; ¿alimentaría la esperanza de concebir hijos algún día? No tenía el valor suficiente para preguntárselo. Se conocían de mucho tiempo atrás, pero Paula siempre había percibido que Flor guardaba en la más absoluta intimidad un aspecto fundamental de sí misma.
Terminó de poner la mesa y sirvió los platos. Valen se había terminado su biberón, y Florencia se la colocó sobre un hombro para darle unos suaves golpecitos en la espalda, haciéndola expulsar los gases. Cuando la pequeña dejó escapar un sonoro eructo, se echó a reír y volvió a sostenerla en un brazo.
-No, no te preocupes -le dijo a Paula cuando se dispuso a relevarla-. Puedo comer con una sola mano.
-Bueno, ¿que es eso que me ibas a contar de Zai? No he vuelto a hablar con ella desde que la ví en el partido de lacrosse de la semana pasada.
-¿Estuviste en un partido de lacrosse? -evidentemente aquella idea intrigó a Flor, pero de inmediato una sombra cruzó por su rostro-. Zai no está bien. Está fatal. De hecho, estalló en sollozos cuando la llamé anoche. Nahuel estuvo en su casa.
-Ese tipo es un miserable -suspiró Paula-. Debió haberse divorciado de él años atrás, cuando se lió con su primera amante...
-Estoy de acuerdo. Pero Zai quiere desesperadamente mantener formalmente su relación por el bien de los chicos.... ¿sabías que él le dejó un mensaje amenazador en el contestador?
-Estás de broma. Eso es terrible.
-Finalmente Zai accedió a presentar una denuncia después de que yo le dijera que así era como muchas mujeres resultaban asesinadas. Yo misma entregué la cinta a la policía. Me prometieron que le harían una visita, amenazándolo con meterlo en la cárcel si no la dejaba en paz.
-Bien.
-Nunca me han atraído las labores de vigilancia... -Florencia le entregó el bebé a Paula, y empezó a pasear por la cocina, con expresión preocupada-... pero estoy cambiando de idea. Creo que, si hubiera tenido una pistola en las manos, le habría disparado un tiro a ese tipo -añadió para asombro de Paula.
-No puedes tomarte la justicia por tu mano. Sin embargo... Si se le ocurriera volver a agredirla a ella o a los chicos, te prometo que estaría a tu lado para romperle el cuello...
-Creo que me comprendes perfectamente. Pero la verdad es que, por el momento, no podemos hacer nada.
-Excepto estar allí cuando Zai nos necesite.
-Sí -Flor la miró resignada-. Una cosa es segura: tiene que salir de esa casa.
-Bueno, de hecho, ya tengo algo en perspectiva.
-¿Ya? ¿Tan pronto? -el rostro de Flor se iluminó de alegría.
-Bueno, alguien me ha ayudado -admitió Paula-. Y no deja de ser solamente una posibilidad.
-¡Vamos, habla de una vez!
-Pedro... Pedro Alfonso... conoce una casa de campo, con alguna tierra. Va a ir a verla esta misma mañana.
-Es muy de Pedro hacerse cargo de una cosa así -comentó Flor-. Es un tipo muy bueno, ¿verdad?
Paula no pudo evitar ruborizarse; afortunadamente, Flor estaba jugando en aquel momento con Valentina.
-Sí, es un tipo agradable.
-¿Has hablado con Pedro esta misma mañana? ¿Tan pronto?
El rubor de Paula no hizo sino intensificarse. Y Florencia se echó a reír:
-Estoy empezando a comprender... Por cierto, ¿de quién es este bebé que estás cuidando a cambio de ese favor?
-De Pedro -admitió Paula.
-¿De Pedro? ¿Desde cuándo Pedro Alfonso se ha convertido en padre? ¿Quién es la madre?
jueves, 11 de febrero de 2016
Se Solicita Niñera: Capítulo 27
Luego volvió con su mujer.
Paula yacía en la misma posición que tenía cuando la abandonó. Se acostó a su lado, acurrucándose contra ella. Pedro miró el reloj de la mesilla. -Sería una estupidez que me marchara ahora. Dejaré a Valen que duerma tranquilamente y por la mañana iré a buscar una muda de ropa.
La abrazó por detrás, y entonces le sorprendió el rítmico movimiento de sus caderas.
-¿Pedro?-susurró ella-. ¿Quieres...?
-Mañana estarás demasiado dolorida -rió él-. Nos lo tomaremos con tranquilidad hasta que te vayas acostumbrando.
De pronto escuchó lo que parecía un resoplido de indignación, y luego un gemido de placer mientras deliberadamente acercaba el trasero hacia sus caderas. Se excitó de inmediato.
-¿Y si no quiero tomármelo con tranquilidad? -inquirió ella con humor.
Pedro apretó lo dientes. Que Dios lo salvara de aquella mujer... que lo estaba usando para experimentar sus recién descubiertas habilidades sexuales.
Una de las gemelas estaba alborotando. Paula se esforzó por salir a la superficie de aquel sueño inquieto. Se sentía bien: cálida, protegida. Intentó sentarse, pero algo se lo impedía. De pronto gimió al recordarlo.
Pedro estaba allí, con ella. Y la noche anterior habían hecho el amor de manera apasionada, una experiencia que recordaría durante el resto de su vida. Nunca había imaginado que el acto de aceptar a un hombre dentro de su cuerpo podría llegar a ser mucho más que... simplemente un acto físico. Y en su corazón reconocía que el sexo siempre sería simple sexo... a no ser que hiciera el amor con Pedro.
Su brazo era el peso que le había impedido levantarse, y lo apartó para sentarse en la cama. El llanto de la criatura empezaba a incrementar su volumen cuando se dio cuenta de que era Valentina quien lloraba.
-Ya voy, ya voy -musitó Pedro mientras hacía a un lado la sábanas y se levantaba, desnudo y aparentemente inconsciente de la presencia de Paula a su lado. Ya se dirigía hacia la puerta cuando se detuvo de pronto, giró en redondo y volvió con Paula. Con un rápido movimiento la levantó en brazos y la besó en los labios-. Buenos días.
Luego volvió a tumbarla en la cama, para salir apresurado del dormitorio.
-¡Bonito despertar! -Paula se quedó inmóvil durante unos segundos. Que Pedro la levantara en brazos como si no pesara más que Valentina era algo a lo que tendría que acostumbrarse. Proyectó en la pande su mente su pecho musculoso, sus abulta-bíceps, su vientre plano, su gran... Los únicos hombres desnudos que había visto en su vida habían sido sus hermanos cuando eran pequeños, y sobrinos, así que no tenía referente alguno con el cual compararlo. Pedro era un hombre grande.
Bajó los pies al suelo y se sentó. No sentía distinto su cuerpo, salvo quizá una mayor sensibilidad entre sus piernas... Increíble. Tenía la sensación de que la noche anterior había alterado por completo su vida; su cuerpo habría debido mostrar algún indicio de tal efecto.
Valentina había dejado de llorar. Miró el reloj, dándose cuenta que era miércoles y de que Sofía llegaría a las ocho. Sería mejor que advirtiera a Pedro, o los dos se llevarían una buena sorpresa....Se puso una bata y bajó a la cocina para preparar el café. De camino, vió que el contestador automático estaba parpadeando; la noche anterior no había revisado los mensajes, y pulsó el botón de lectura. La voz de su amiga Florencia resonó en la sala:
-Hola, Paula, soy Florencia. Tengo algo en lo que quiero que pienses mientras coses. Zaira necesita trasladarse, y quiere encontrar algún lugar donde también pueda instalar su tienda. Abre bien los oídos por si te enteras de algo. Mañana es miércoles, así que iré a verte a mediodía. Cuídate, cariño.
-¿Está hablando de Zaira Nara?
La profunda voz que oyó a su espalda la hizo dar un respingo, y se volvió hacia Pedro.
-Sí. Se divorció el año pasado, pero al parecer su ex sigue dándole problemas. Imagino que su casa no debe de evocarle buenos recuerdos...
-Su hermano me contó que su marido se enredaba con cada mujer con la que trabajaba.
-Sí, es cierto. ¿Te mencionó también que ese tipo no le ha dado un sólo céntimo para mantener a sus hijos desde que la dejó?
Pedro arqueó las cejas, y se frotó la barbilla con gesto pensativo.
-Creo que conozco un lugar que le convendrá. Se trata de una antigua granja situada cerca de la carretera principal... un lugar maravilloso, rústico, casi un patrimonio histórico. El dueño necesita venderlo desesperadamente y seguro que rebajará el precio -luego frunció el ceño-, Pero no creo que funcione. Necesitará un sitio donde la tienda resulte muy visible.
-No es necesario; Zaira hace ropa de diseño, y recibe por correo la mayor parte de sus encargos.
-Llamaré hoy mismo a ese tipo e intentaré que rebaje todo lo posible el precio.
-Gracias -se le acercó, echándole los brazos al cuello-. Aprecio este gesto... de verdad.
Paula yacía en la misma posición que tenía cuando la abandonó. Se acostó a su lado, acurrucándose contra ella. Pedro miró el reloj de la mesilla. -Sería una estupidez que me marchara ahora. Dejaré a Valen que duerma tranquilamente y por la mañana iré a buscar una muda de ropa.
La abrazó por detrás, y entonces le sorprendió el rítmico movimiento de sus caderas.
-¿Pedro?-susurró ella-. ¿Quieres...?
-Mañana estarás demasiado dolorida -rió él-. Nos lo tomaremos con tranquilidad hasta que te vayas acostumbrando.
De pronto escuchó lo que parecía un resoplido de indignación, y luego un gemido de placer mientras deliberadamente acercaba el trasero hacia sus caderas. Se excitó de inmediato.
-¿Y si no quiero tomármelo con tranquilidad? -inquirió ella con humor.
Pedro apretó lo dientes. Que Dios lo salvara de aquella mujer... que lo estaba usando para experimentar sus recién descubiertas habilidades sexuales.
Una de las gemelas estaba alborotando. Paula se esforzó por salir a la superficie de aquel sueño inquieto. Se sentía bien: cálida, protegida. Intentó sentarse, pero algo se lo impedía. De pronto gimió al recordarlo.
Pedro estaba allí, con ella. Y la noche anterior habían hecho el amor de manera apasionada, una experiencia que recordaría durante el resto de su vida. Nunca había imaginado que el acto de aceptar a un hombre dentro de su cuerpo podría llegar a ser mucho más que... simplemente un acto físico. Y en su corazón reconocía que el sexo siempre sería simple sexo... a no ser que hiciera el amor con Pedro.
Su brazo era el peso que le había impedido levantarse, y lo apartó para sentarse en la cama. El llanto de la criatura empezaba a incrementar su volumen cuando se dio cuenta de que era Valentina quien lloraba.
-Ya voy, ya voy -musitó Pedro mientras hacía a un lado la sábanas y se levantaba, desnudo y aparentemente inconsciente de la presencia de Paula a su lado. Ya se dirigía hacia la puerta cuando se detuvo de pronto, giró en redondo y volvió con Paula. Con un rápido movimiento la levantó en brazos y la besó en los labios-. Buenos días.
Luego volvió a tumbarla en la cama, para salir apresurado del dormitorio.
-¡Bonito despertar! -Paula se quedó inmóvil durante unos segundos. Que Pedro la levantara en brazos como si no pesara más que Valentina era algo a lo que tendría que acostumbrarse. Proyectó en la pande su mente su pecho musculoso, sus abulta-bíceps, su vientre plano, su gran... Los únicos hombres desnudos que había visto en su vida habían sido sus hermanos cuando eran pequeños, y sobrinos, así que no tenía referente alguno con el cual compararlo. Pedro era un hombre grande.
Bajó los pies al suelo y se sentó. No sentía distinto su cuerpo, salvo quizá una mayor sensibilidad entre sus piernas... Increíble. Tenía la sensación de que la noche anterior había alterado por completo su vida; su cuerpo habría debido mostrar algún indicio de tal efecto.
Valentina había dejado de llorar. Miró el reloj, dándose cuenta que era miércoles y de que Sofía llegaría a las ocho. Sería mejor que advirtiera a Pedro, o los dos se llevarían una buena sorpresa....Se puso una bata y bajó a la cocina para preparar el café. De camino, vió que el contestador automático estaba parpadeando; la noche anterior no había revisado los mensajes, y pulsó el botón de lectura. La voz de su amiga Florencia resonó en la sala:
-Hola, Paula, soy Florencia. Tengo algo en lo que quiero que pienses mientras coses. Zaira necesita trasladarse, y quiere encontrar algún lugar donde también pueda instalar su tienda. Abre bien los oídos por si te enteras de algo. Mañana es miércoles, así que iré a verte a mediodía. Cuídate, cariño.
-¿Está hablando de Zaira Nara?
La profunda voz que oyó a su espalda la hizo dar un respingo, y se volvió hacia Pedro.
-Sí. Se divorció el año pasado, pero al parecer su ex sigue dándole problemas. Imagino que su casa no debe de evocarle buenos recuerdos...
-Su hermano me contó que su marido se enredaba con cada mujer con la que trabajaba.
-Sí, es cierto. ¿Te mencionó también que ese tipo no le ha dado un sólo céntimo para mantener a sus hijos desde que la dejó?
Pedro arqueó las cejas, y se frotó la barbilla con gesto pensativo.
-Creo que conozco un lugar que le convendrá. Se trata de una antigua granja situada cerca de la carretera principal... un lugar maravilloso, rústico, casi un patrimonio histórico. El dueño necesita venderlo desesperadamente y seguro que rebajará el precio -luego frunció el ceño-, Pero no creo que funcione. Necesitará un sitio donde la tienda resulte muy visible.
-No es necesario; Zaira hace ropa de diseño, y recibe por correo la mayor parte de sus encargos.
-Llamaré hoy mismo a ese tipo e intentaré que rebaje todo lo posible el precio.
-Gracias -se le acercó, echándole los brazos al cuello-. Aprecio este gesto... de verdad.
Se Solicita Niñera: Capítulo 26
Estaba absolutamente seguro de que iba a negarse; pero si ella se lo pedía, se detendría sin dudarlo. Y se metería un paquete de hielo en los calzoncillos durante el resto de la noche.
-No, no te detengas. Pero vete despacio...
Pedro estuvo a punto de reírse en voz alta. ¿Tenía alguna idea Paula de lo que le estaba pidiendo? No, por supuesto que no. ¿Cómo podría tenerla?
Inclinándose ligeramente a un lado, deslizó una mano por su cintura, maravillándose de la tersura de su piel. Deslizó luego con infinita delicadeza el pulgar por un pezón, endureciéndoselo de nuevo y arrancándole gemidos de placer. Para su sorpresa, Paula levantó las caderas unos centímetros, animándolo a que se hundiera con mayor profundidad en ella.
-Es maravilloso sentirte dentro -murmuró, excitándolo de una forma incontenible-. Ya no me duele más. Me siento... como si estuviera esperando algo.
-Y así es -le aseguró Pedro-. Déjame enseñártelo -deslizó una mano entre sus cuerpos para acariciar el pequeño botón que se encontraba justo encima del punto de su unión.
Paula clavó los talones en la cama, estremeciéndose convulsivamente. Cuando la caricia se fue intensificando, sus gemidos acabaron por convertirse en sollozos. Enroscando las piernas en torno a su cintura, empezó a mecerse contra él hasta que Pedro no pudo ya esperar por más tiempo. Imprimió entonces a sus movimientos un ritmo constante que se emparejaba con el suyo; sabía que Paula no se iba a ir con él, que todavía no iba a descubrir lo que tan oscuramente había estado esperando, pero había perdido por completo el control. En cuestión de segundos, sintió las convulsiones del clímax y la abrazó con fuerza, temblando, como si hubiera sido arrastrado por un huracán.
Poco después enterró el rostro en su cabello, respirando aceleradamente. Sabía que su cuerpo le pesaba demasiado; tenía que hacerse a un lado. Pero en aquel instante sentía las piernas terriblemente pesadas, y no habría sido capaz de levantar ni siquiera un brazo de haberlo intentado.
Paula le acariciaba la espalda una y otra vez, mientras el pulso de Pedro atenuaba su ritmo y recuperaba la respiración normal. Aquella sensación era tan maravillosa que emitió un gemido de contento, de pura satisfacción. Y sintió entonces cómo Paula levantaba mínimamente las caderas, apretándose aún más contra él.
Se había olvidado de ella; ahora se daba cuenta. Sabía que no había sido capaz de esperar, que había acabado por satisfacer su desesperada necesidad sin darle a Paula el mismo placer. Se hizo a un lado para observarla y la besó levemente en una ceja, y luego en la punta de la naríz.
-Gracias -dijo ella.
-¿Gracias por qué?
-Siempre me pregunté por qué la gente le da tanta importancia a hacer el amor.
Realmente es un instinto muy básico, ¿no?
-Yo estoy tremendamente contento de que no lo hayas descubierto antes.
-No lo dudo -rió Paula entre dientes.
-Pero todavía no hemos terminado...
-¿No? -inquirió ella, abriendo mucho los ojos.
-No -sujetándole ambas manos con una de las suyas, se las levantó por encima de la cabeza-. Ahora vas a comprender de verdad por qué la gente concede tanta importancia a estas cosas.
-Pedro, a mí también me ha gustado, sinceramente... no tienes por qué... ¡oh!
Le estaba acariciando un pezón con la lengua, y nuevamente sintió que arqueaba las caderas involuntariamente, sin darse cuenta.
-¿Te gusta esto? -murmuró contra su piel.
-Si... sí...
-¿Y esto? -deslizó la mano libre por el suave vello de su pubis.
-Sí.
-¿Y esto? -se apoderó de su sexo con la palma, frotando con el pulgar el botón que sabía estaba esperando su contacto.
Paula gimió, arqueándose contra él, y ésa fue suficiente respuesta. Pedro incrementó el ritmo de sus caricias mientras continuaba succionándole el pezón. Cuando le arrancó un grito, se irguió para mirarla y asegurarse de que no le estaba haciendo daño en aquella sesión de iniciación al sexo. Paula tenía los ojos cerrados.
-Mírame.
Abrió los ojos, y en sus profundidades Pedro leyó un arcano deseo, una desesperada necesidad de liberarse. Una inmensa satisfacción lo invadió mientras continuaba acercándola al clímax. Paula tenía los ojos fijos en los suyos; luego los cerró y clavó los talones en el colchón de la cama. Su respiración acelerada se iba convirtiendo por momentos en una frenética sucesión de sollozos. Pedro podía sentir cómo sus músculos internos se contraían una y otra vez, y se dió cuenta de que estaba tan preparada y dispuesta como él mismo lo había estado hacía tan sólo unos minutos.
El movimiento de sus caderas lo urgía a volver a entrar en ella, pero conforme fueron cediendo los espasmos, se obligó a detenerse. Hacía apenas media hora que Paula había dejado de ser virgen; no quería precipitar demasiado las cosas.
-¿Lo has sentido ahora? -le preguntó él.
-Sí, lo he sentido -sonrió dulcemente Paula, arenándose.
No habría nada que Pedro hubiese ansiado más que continuar con aquellos juegos eróticos, pero óe repente se acordó de Valentina.
-Será mejor que vaya a echar un vistazo a Valen. Rodó a un lado y se levantó de la cama; bajó desnudo las escaleras. Valentina dormía plácidamente, y no se despertó cuando Pedro la sujetó con un brazo agarrando con la mano libre la cuna portátil. La vista se le había acostumbrado a la oscuridad, y no necesitó encender luz alguna para colocar la cuna en una habitación contigua al dormitorio de Paula, y acostar a Valen en ella.
-No, no te detengas. Pero vete despacio...
Pedro estuvo a punto de reírse en voz alta. ¿Tenía alguna idea Paula de lo que le estaba pidiendo? No, por supuesto que no. ¿Cómo podría tenerla?
Inclinándose ligeramente a un lado, deslizó una mano por su cintura, maravillándose de la tersura de su piel. Deslizó luego con infinita delicadeza el pulgar por un pezón, endureciéndoselo de nuevo y arrancándole gemidos de placer. Para su sorpresa, Paula levantó las caderas unos centímetros, animándolo a que se hundiera con mayor profundidad en ella.
-Es maravilloso sentirte dentro -murmuró, excitándolo de una forma incontenible-. Ya no me duele más. Me siento... como si estuviera esperando algo.
-Y así es -le aseguró Pedro-. Déjame enseñártelo -deslizó una mano entre sus cuerpos para acariciar el pequeño botón que se encontraba justo encima del punto de su unión.
Paula clavó los talones en la cama, estremeciéndose convulsivamente. Cuando la caricia se fue intensificando, sus gemidos acabaron por convertirse en sollozos. Enroscando las piernas en torno a su cintura, empezó a mecerse contra él hasta que Pedro no pudo ya esperar por más tiempo. Imprimió entonces a sus movimientos un ritmo constante que se emparejaba con el suyo; sabía que Paula no se iba a ir con él, que todavía no iba a descubrir lo que tan oscuramente había estado esperando, pero había perdido por completo el control. En cuestión de segundos, sintió las convulsiones del clímax y la abrazó con fuerza, temblando, como si hubiera sido arrastrado por un huracán.
Poco después enterró el rostro en su cabello, respirando aceleradamente. Sabía que su cuerpo le pesaba demasiado; tenía que hacerse a un lado. Pero en aquel instante sentía las piernas terriblemente pesadas, y no habría sido capaz de levantar ni siquiera un brazo de haberlo intentado.
Paula le acariciaba la espalda una y otra vez, mientras el pulso de Pedro atenuaba su ritmo y recuperaba la respiración normal. Aquella sensación era tan maravillosa que emitió un gemido de contento, de pura satisfacción. Y sintió entonces cómo Paula levantaba mínimamente las caderas, apretándose aún más contra él.
Se había olvidado de ella; ahora se daba cuenta. Sabía que no había sido capaz de esperar, que había acabado por satisfacer su desesperada necesidad sin darle a Paula el mismo placer. Se hizo a un lado para observarla y la besó levemente en una ceja, y luego en la punta de la naríz.
-Gracias -dijo ella.
-¿Gracias por qué?
-Siempre me pregunté por qué la gente le da tanta importancia a hacer el amor.
Realmente es un instinto muy básico, ¿no?
-Yo estoy tremendamente contento de que no lo hayas descubierto antes.
-No lo dudo -rió Paula entre dientes.
-Pero todavía no hemos terminado...
-¿No? -inquirió ella, abriendo mucho los ojos.
-No -sujetándole ambas manos con una de las suyas, se las levantó por encima de la cabeza-. Ahora vas a comprender de verdad por qué la gente concede tanta importancia a estas cosas.
-Pedro, a mí también me ha gustado, sinceramente... no tienes por qué... ¡oh!
Le estaba acariciando un pezón con la lengua, y nuevamente sintió que arqueaba las caderas involuntariamente, sin darse cuenta.
-¿Te gusta esto? -murmuró contra su piel.
-Si... sí...
-¿Y esto? -deslizó la mano libre por el suave vello de su pubis.
-Sí.
-¿Y esto? -se apoderó de su sexo con la palma, frotando con el pulgar el botón que sabía estaba esperando su contacto.
Paula gimió, arqueándose contra él, y ésa fue suficiente respuesta. Pedro incrementó el ritmo de sus caricias mientras continuaba succionándole el pezón. Cuando le arrancó un grito, se irguió para mirarla y asegurarse de que no le estaba haciendo daño en aquella sesión de iniciación al sexo. Paula tenía los ojos cerrados.
-Mírame.
Abrió los ojos, y en sus profundidades Pedro leyó un arcano deseo, una desesperada necesidad de liberarse. Una inmensa satisfacción lo invadió mientras continuaba acercándola al clímax. Paula tenía los ojos fijos en los suyos; luego los cerró y clavó los talones en el colchón de la cama. Su respiración acelerada se iba convirtiendo por momentos en una frenética sucesión de sollozos. Pedro podía sentir cómo sus músculos internos se contraían una y otra vez, y se dió cuenta de que estaba tan preparada y dispuesta como él mismo lo había estado hacía tan sólo unos minutos.
El movimiento de sus caderas lo urgía a volver a entrar en ella, pero conforme fueron cediendo los espasmos, se obligó a detenerse. Hacía apenas media hora que Paula había dejado de ser virgen; no quería precipitar demasiado las cosas.
-¿Lo has sentido ahora? -le preguntó él.
-Sí, lo he sentido -sonrió dulcemente Paula, arenándose.
No habría nada que Pedro hubiese ansiado más que continuar con aquellos juegos eróticos, pero óe repente se acordó de Valentina.
-Será mejor que vaya a echar un vistazo a Valen. Rodó a un lado y se levantó de la cama; bajó desnudo las escaleras. Valentina dormía plácidamente, y no se despertó cuando Pedro la sujetó con un brazo agarrando con la mano libre la cuna portátil. La vista se le había acostumbrado a la oscuridad, y no necesitó encender luz alguna para colocar la cuna en una habitación contigua al dormitorio de Paula, y acostar a Valen en ella.
Se Solicita Niñera: Capítulo 25
El martes por la tarde Pedro llevó a la tienda de Paula una cuna portátil, un asiento de bebé y lo que parecían diez toneladas de diversos artículos para Valentina. Paula tomó en brazos al bebé mientras él entraba todo aquello en la casa, y cuando terminó lo guió a su habitación de trabajo; fue allí donde Pedro montó el asiento, y la cuna con su móvil correspondiente fue a parar a una esquina de la cocina adosada a la tienda.
-Gracias al móvil podremos oírla cuando se despierte, y al mismo tiempo podrá dormitar sin que la distraigamos -le informó ella mientras observaban a Valentina contemplando fascinada aquel útil juguete.
-Hablando de distracciones... -Pedro le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia sí. Había hecho todo lo posible por contenerse y mantener alejadas las manos de ella, una tarea nada fácil cuando su cuerpo lo incitaba a tocarla a la menor oportunidad. Por eso la noche anterior había resistido el impulso de sentarse a su lado en el sofá mientras le daba el biberón a Valen, y no había saltado sobre ella como un lobo hambriento aquella misma tarde... Pero ya no podía esperar por más tiempo.... y suspiró de alivio ante su dulce contacto cuando cubrió la distancia que los separaba.
-¿Cómo es que no puedo dejar de pensar en tí?
-No sé -Paula se dejó mecer en sus brazos, apoyando las palmas de las manos sobre su pecho. Apretada contra él, no pudo menos que sentir su excitación presionando contra su vientre-. Yo... yo tampoco puedo dejar de pensar en tí.
Aquella confesión lo agradó enormemente. Las palmas de las manos de Paula dibujaban pequeños círculos sobre su pecho. Lentamente bajó la cabeza, buscando su boca sin dejar de mirarla intensamente a los ojos... hasta que Paula se puso de puntillas y lo besó en los labios.
Sin vacilar, buscó su lengua con la suya mientras le acariciaba la espalda con las dos manos. Paula le echó entonces los brazos al cuello, acercándolo hacia sí. Y de repente Pedro supo cómo iba a acabar aquella tarde. Se sentía como si estuviera a punto de explotar por dentro.
-Te deseo. Ahora -musitó.
Paula abrió mucho los ojos al escuchar aquella súbita declaración. Pedro miró la cuna, y ella siguió el curso de su mirada. Valentina se había quedado dormida. Se sentía como un adolescente haciendo el amor con su chica en el asiento trasero de un coche, con el tiempo como único enemigo, y Paula parecía estar experimentando la misma sensación.
-¿Dónde está tu dormitorio? -le preguntó, apenas reconociendo aquella voz ronca como propia.
-En el piso de arriba. A la derecha.
Pedro deslizó los labios por la maravillosa columna de su cuello, aspirando su perfume. No pudo recordar exactamente en qué momento la levantó en brazos para subir la escalera. Cuando volvió a levantar la cabeza y la dejó en el suelo, estaban al lado de su cama. Le quitó la camisa sacándosela por la cabeza, y luego se dedicó a despojarla de sus vaqueros cortos, haciendo saltar un botón en su apresuramiento. Su cuerpo era maravilloso; Pedro ansió detenerse para admirar aquellos pequeños y perfectos senos medio cubiertos por el sostén de color rosa, aquel vientre plano que desaparecía debajo de su ropa interior a juego...
Pero no podía. La dejó completamente desnuda, exponiéndola a su ardiente mirada. Con un gruñido, volvió a levantarla en brazos y la depositó sobre la cama. Respirando aceleradamente, trazó un sendero de besos en torno a un seno y succionó con fuerza su pezón rosado; Paula gritó de placer, arqueándose y apretándose tanto contra él que Pedro pudo incluso sentir el furioso latido de su pulso en su sexo, presionando contra el suyo. Frenético, se apartó por un instante para deslizar las palmas de las manos por la parte interior de sus muslos, despejando el camino para la dulce invasión; rápidamente se acomodó en una mejor postura, flexionó las piernas y entró en ella.
Paula emitió entonces un grito desgarrado, y apoyó las manos en sus hombros como para apartarlo de sí. Jadeando, Pedro se quedó inmóvil, mirándola asombrado hasta que al fin comprendió. Sintió una punzada de pánico, e instintivamente empezó a apartarse.
-No te muevas, por favor -susurró entonces Paula.
Pedro estaba paralizado, acorralado entre el dulce placer de sentirse dentro de ella y el dolor que sabía la había producido.
-¿Por qué no me lo dijiste? -le preguntó con voz ronca.
-Yo... no podía pensar en nada...
-Yo tampoco -repuso él, sincero-. Si lo hubiera sabido, todo esto habría sido diferente -esbozó una mueca-. Muy diferente. ¿Cómo es posible que hoy en día una mujer de treinta y dos años pueda haberse mantenido virgen?
-Ya te expliqué que no tenía mucho tiempo para salir con chicos cuando era más joven -respondió Paula con tranquila dignidad-. Nunca se me presentó la oportunidad.
Un primitivo y posesivo sentimiento de placer se apoderó de Pedro. Ningún otro hombre había conocido los dulces secretos que le ofrecía su cuerpo. Podía sentir el latido de su pulso en su interior, y tomó conciencia entonces de la desesperación con que necesitaba disfrutar de lo que estaba sucediendo entre ellos. Dejando caer la cabeza, se apoderó nuevamente de sus labios en un beso que la incitó a relajarse.. El cuerpo de Paula le gritaba que se moviera, que se apresurara, pero él se contenía con un implacable control:
-Lo lamento -susurró-. ¿Quieres que me detenga?
-Gracias al móvil podremos oírla cuando se despierte, y al mismo tiempo podrá dormitar sin que la distraigamos -le informó ella mientras observaban a Valentina contemplando fascinada aquel útil juguete.
-Hablando de distracciones... -Pedro le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia sí. Había hecho todo lo posible por contenerse y mantener alejadas las manos de ella, una tarea nada fácil cuando su cuerpo lo incitaba a tocarla a la menor oportunidad. Por eso la noche anterior había resistido el impulso de sentarse a su lado en el sofá mientras le daba el biberón a Valen, y no había saltado sobre ella como un lobo hambriento aquella misma tarde... Pero ya no podía esperar por más tiempo.... y suspiró de alivio ante su dulce contacto cuando cubrió la distancia que los separaba.
-¿Cómo es que no puedo dejar de pensar en tí?
-No sé -Paula se dejó mecer en sus brazos, apoyando las palmas de las manos sobre su pecho. Apretada contra él, no pudo menos que sentir su excitación presionando contra su vientre-. Yo... yo tampoco puedo dejar de pensar en tí.
Aquella confesión lo agradó enormemente. Las palmas de las manos de Paula dibujaban pequeños círculos sobre su pecho. Lentamente bajó la cabeza, buscando su boca sin dejar de mirarla intensamente a los ojos... hasta que Paula se puso de puntillas y lo besó en los labios.
Sin vacilar, buscó su lengua con la suya mientras le acariciaba la espalda con las dos manos. Paula le echó entonces los brazos al cuello, acercándolo hacia sí. Y de repente Pedro supo cómo iba a acabar aquella tarde. Se sentía como si estuviera a punto de explotar por dentro.
-Te deseo. Ahora -musitó.
Paula abrió mucho los ojos al escuchar aquella súbita declaración. Pedro miró la cuna, y ella siguió el curso de su mirada. Valentina se había quedado dormida. Se sentía como un adolescente haciendo el amor con su chica en el asiento trasero de un coche, con el tiempo como único enemigo, y Paula parecía estar experimentando la misma sensación.
-¿Dónde está tu dormitorio? -le preguntó, apenas reconociendo aquella voz ronca como propia.
-En el piso de arriba. A la derecha.
Pedro deslizó los labios por la maravillosa columna de su cuello, aspirando su perfume. No pudo recordar exactamente en qué momento la levantó en brazos para subir la escalera. Cuando volvió a levantar la cabeza y la dejó en el suelo, estaban al lado de su cama. Le quitó la camisa sacándosela por la cabeza, y luego se dedicó a despojarla de sus vaqueros cortos, haciendo saltar un botón en su apresuramiento. Su cuerpo era maravilloso; Pedro ansió detenerse para admirar aquellos pequeños y perfectos senos medio cubiertos por el sostén de color rosa, aquel vientre plano que desaparecía debajo de su ropa interior a juego...
Pero no podía. La dejó completamente desnuda, exponiéndola a su ardiente mirada. Con un gruñido, volvió a levantarla en brazos y la depositó sobre la cama. Respirando aceleradamente, trazó un sendero de besos en torno a un seno y succionó con fuerza su pezón rosado; Paula gritó de placer, arqueándose y apretándose tanto contra él que Pedro pudo incluso sentir el furioso latido de su pulso en su sexo, presionando contra el suyo. Frenético, se apartó por un instante para deslizar las palmas de las manos por la parte interior de sus muslos, despejando el camino para la dulce invasión; rápidamente se acomodó en una mejor postura, flexionó las piernas y entró en ella.
Paula emitió entonces un grito desgarrado, y apoyó las manos en sus hombros como para apartarlo de sí. Jadeando, Pedro se quedó inmóvil, mirándola asombrado hasta que al fin comprendió. Sintió una punzada de pánico, e instintivamente empezó a apartarse.
-No te muevas, por favor -susurró entonces Paula.
Pedro estaba paralizado, acorralado entre el dulce placer de sentirse dentro de ella y el dolor que sabía la había producido.
-¿Por qué no me lo dijiste? -le preguntó con voz ronca.
-Yo... no podía pensar en nada...
-Yo tampoco -repuso él, sincero-. Si lo hubiera sabido, todo esto habría sido diferente -esbozó una mueca-. Muy diferente. ¿Cómo es posible que hoy en día una mujer de treinta y dos años pueda haberse mantenido virgen?
-Ya te expliqué que no tenía mucho tiempo para salir con chicos cuando era más joven -respondió Paula con tranquila dignidad-. Nunca se me presentó la oportunidad.
Un primitivo y posesivo sentimiento de placer se apoderó de Pedro. Ningún otro hombre había conocido los dulces secretos que le ofrecía su cuerpo. Podía sentir el latido de su pulso en su interior, y tomó conciencia entonces de la desesperación con que necesitaba disfrutar de lo que estaba sucediendo entre ellos. Dejando caer la cabeza, se apoderó nuevamente de sus labios en un beso que la incitó a relajarse.. El cuerpo de Paula le gritaba que se moviera, que se apresurara, pero él se contenía con un implacable control:
-Lo lamento -susurró-. ¿Quieres que me detenga?
martes, 9 de febrero de 2016
Se Solicita Niñera: Capítulo 24
-Pedro, no puedo aceptar algo así. Las sesiones fotográficas cuestan una fortuna. -Ésta sería gratis -señaló él.
-Lo sé, pero...
-Quiere hacerlas cuanto antes porque, dentro de poco, va a estar muy ocupado. Además, si aceptaras me harías un favor a mí también. Bueno, ¿qué me dices?
-Yo... no sé. En realidad no me siento nada cómoda aceptando una compensación por haberte ayudado a cuidar a Valentina. La recompensa venía dada en el mismo favor.
Pedro tenía la mirada fija en su rostro, y por un momento se olvidó de que estaba esperando una respuesta. ¿Qué tenía Paula para atraerlo tanto? Era bonita y tenía una buena figura, pero él había salido con mujeres cuyas curvas literalmente habrían podido interrumpir el tráfico de toda una ciudad. Paula parecía proyectar un aura extraña, como si aromatizara el aire con el perfume de su piel...
-Sería estupendo.
Pedro parpadeó, momentáneamente despistado.
-¿Sí?
-Si tú estás seguro...
-Lo estoy. Es una buena oportunidad.
-Sería maravilloso que pudiera fotografiar mis últimos diseños.
-Bien. Hablaré con él y luego te llamaré. ¿Quieres buscar tú una modelo o lo hago yo?
-¿Una modelo?
-Tengo en la cabeza la chica perfecta; recurro a ella con mucha frecuencia. No te preocupes. Yo me encargaré de ello.
-Te mueves rápido cuando quieres, ¿verdad? -Paula sacudió la cabeza, sonriendo con expresión desconcertada.
-Ya deberías saberlo.
Paula se ruborizó. Pedro estaba asombrado; nunca antes la había visto tan turbada. Habitualmente era la perfecta imagen del autodominio; no parecía inmutarse ante nada. Paula desvió la mirada hacia el bebé, que estaba empezando a gemir.
-Me parece que ya va a tener hambre -comentó él, disponiéndose a sacar un pañal-. ¿Querrías prepararle un biberón mientras yo la cambio?
-¿Por qué no te encargas tú del biberón? -sonrió Paula, desaparecida su turbación ahora que volvían a pisar un terreno familiar-. Me encantaría cambiarla yo.
-Como gustes -se levantó.
Calentó la fórmula en la cocina. Cuando juzgó que estaba suficientemente caliente, volvió al salón. Valen ya no se estaba quejando, pero podría empezar de un momento a otro.
No lo hizo al final. Paula permanecía de pie cerca de la chimenea, con la cría en los brazos. La miraba con adoración, susurrándole tiernas y fascinadoras palabras que parecían adormilarla. El propio Pedro se sorprendió de la profunda conmoción que le producía contemplar aquella escena tan íntima. Desde su divorcio de Ludmila, no le había importado vivir solo. E incluso cuando había estado casado, nunca había disfrutado de unos momentos semejantes. Ludmila siempre había odiado quedarse encerrada en casa... con él. .
-Aquí está el biberón. ¿Quieres dárselo tú?
-Me encantaría -declaró Paula con tono ferviente. Tomando la pequeña botella, se acomodó en la mecedora sujetando a la pequeña con un brazo.
Valentina empezó a succionar el biberón ávidamente, con una intensa concentración. Pedro se dejó caer en la silla más cercana, observando la expresión de Paula. Era cierto que le encantaban los bebés, pero parecía haber desarrollado un cariño particular por aquella criatura.
-Ojalá pudiera encontrar a alguien que la cuidara como tú.
-¿Todavía no has encontrado ninguna niñera? -le preguntó Paula, incrédula..
-Todavía no. Pero sigo intentándolo.
-¿Y cómo te las arreglas en el trabajo?
—Como hasta ahora; ya lo sabes.
-Tu despacho no es un lugar adecuado para tener a un bebé. ¿Qué haces con ella cuando tienes reuniones?
-Me la llevo conmigo.
-¿Delante de los clientes?
-¿Qué otra cosa puedo hacer? Y la situación se está desquiciando, porque ahora duerme menos que hace un mes.
-Conforme crezca, irá pasando cada vez más tiempo despierta. Pedro, tienes que encontrar a alguien que se encargue de Valen.
-Lo sé -suspiró profundamente-, pero ya he entrevistado a casi veinticinco personas y ninguna me ha parecido adecuada. Estoy en la lista de espera de al menos dos escuelas infantiles muy convenientes, pero las dos estás llenas. Los directores me han dicho que pueden pasar meses hasta que quede una plaza vacante.
-No puedes seguir llevándotela al trabajo.
-No tengo más remedio, Paula. A no ser que tú hayas cambiado de opinión acerca de lo de cuidarla....
El biberón había escapado a los labios de Valentina, que en aquel momento se estaba apretando contra el seno de Paula. Delicadamente levantó al bebé y le dió unas suaves palmaditas en la espalda. Al escuchar aquellas últimas palabras, Paula cerró los ojos. Luego, le frotó la naricita a Valentina con la mejilla.
-La verdad es que yo tampoco puedo soportar el pensamiento de que la cuide un extraño. Supongo que podría cuidarla durante un tiempo razonable, hasta que pudieras matricularla en una escuela infantil.
Un sentimiento de júbilo abrumó entonces a Pedro, aunque hizo todo lo posible por no exteriorizarlo. Una humilde gratitud constituiría una mejor reacción, dada la magnitud de su oferta.
-¿Estás segura? A mí me encantaría, pero no quiero aprovecharme de tí -«al menos no en este aspecto», añadió en silencio.
-Sí, estoy segura. Mi temporada más ocupada de trabajo se está acabando. Tengo una ayudante, a la que le encantan los bebés, por cierto, y voy a contratar a otra. Por una corta temporada, voy a estar en mejor situación que tú para cuidarla durante las horas de trabajo. Pero te advierto que este acuerdo es sólo temporal.
-No te preocupes. Llamaré cada día a la escuela infantil para revisar mi puesto en la lista de espera. Estarán tan hartos de mí que al final terminarán admitiendo a Lex simplemente con tal que deje de llamarles -vaciló por un segundo antes de añadir-: Tendrás que dejarme recompensarte por el tiempo que...
-Pedro-lo interrumpió con firmeza-. Nunca aceptaré tu dinero; si vuelves a sacar el tema, me negaré a cuidar a Valentina. ¿Está claro?
-Perfectamente claro.
-Lo sé, pero...
-Quiere hacerlas cuanto antes porque, dentro de poco, va a estar muy ocupado. Además, si aceptaras me harías un favor a mí también. Bueno, ¿qué me dices?
-Yo... no sé. En realidad no me siento nada cómoda aceptando una compensación por haberte ayudado a cuidar a Valentina. La recompensa venía dada en el mismo favor.
Pedro tenía la mirada fija en su rostro, y por un momento se olvidó de que estaba esperando una respuesta. ¿Qué tenía Paula para atraerlo tanto? Era bonita y tenía una buena figura, pero él había salido con mujeres cuyas curvas literalmente habrían podido interrumpir el tráfico de toda una ciudad. Paula parecía proyectar un aura extraña, como si aromatizara el aire con el perfume de su piel...
-Sería estupendo.
Pedro parpadeó, momentáneamente despistado.
-¿Sí?
-Si tú estás seguro...
-Lo estoy. Es una buena oportunidad.
-Sería maravilloso que pudiera fotografiar mis últimos diseños.
-Bien. Hablaré con él y luego te llamaré. ¿Quieres buscar tú una modelo o lo hago yo?
-¿Una modelo?
-Tengo en la cabeza la chica perfecta; recurro a ella con mucha frecuencia. No te preocupes. Yo me encargaré de ello.
-Te mueves rápido cuando quieres, ¿verdad? -Paula sacudió la cabeza, sonriendo con expresión desconcertada.
-Ya deberías saberlo.
Paula se ruborizó. Pedro estaba asombrado; nunca antes la había visto tan turbada. Habitualmente era la perfecta imagen del autodominio; no parecía inmutarse ante nada. Paula desvió la mirada hacia el bebé, que estaba empezando a gemir.
-Me parece que ya va a tener hambre -comentó él, disponiéndose a sacar un pañal-. ¿Querrías prepararle un biberón mientras yo la cambio?
-¿Por qué no te encargas tú del biberón? -sonrió Paula, desaparecida su turbación ahora que volvían a pisar un terreno familiar-. Me encantaría cambiarla yo.
-Como gustes -se levantó.
Calentó la fórmula en la cocina. Cuando juzgó que estaba suficientemente caliente, volvió al salón. Valen ya no se estaba quejando, pero podría empezar de un momento a otro.
No lo hizo al final. Paula permanecía de pie cerca de la chimenea, con la cría en los brazos. La miraba con adoración, susurrándole tiernas y fascinadoras palabras que parecían adormilarla. El propio Pedro se sorprendió de la profunda conmoción que le producía contemplar aquella escena tan íntima. Desde su divorcio de Ludmila, no le había importado vivir solo. E incluso cuando había estado casado, nunca había disfrutado de unos momentos semejantes. Ludmila siempre había odiado quedarse encerrada en casa... con él. .
-Aquí está el biberón. ¿Quieres dárselo tú?
-Me encantaría -declaró Paula con tono ferviente. Tomando la pequeña botella, se acomodó en la mecedora sujetando a la pequeña con un brazo.
Valentina empezó a succionar el biberón ávidamente, con una intensa concentración. Pedro se dejó caer en la silla más cercana, observando la expresión de Paula. Era cierto que le encantaban los bebés, pero parecía haber desarrollado un cariño particular por aquella criatura.
-Ojalá pudiera encontrar a alguien que la cuidara como tú.
-¿Todavía no has encontrado ninguna niñera? -le preguntó Paula, incrédula..
-Todavía no. Pero sigo intentándolo.
-¿Y cómo te las arreglas en el trabajo?
—Como hasta ahora; ya lo sabes.
-Tu despacho no es un lugar adecuado para tener a un bebé. ¿Qué haces con ella cuando tienes reuniones?
-Me la llevo conmigo.
-¿Delante de los clientes?
-¿Qué otra cosa puedo hacer? Y la situación se está desquiciando, porque ahora duerme menos que hace un mes.
-Conforme crezca, irá pasando cada vez más tiempo despierta. Pedro, tienes que encontrar a alguien que se encargue de Valen.
-Lo sé -suspiró profundamente-, pero ya he entrevistado a casi veinticinco personas y ninguna me ha parecido adecuada. Estoy en la lista de espera de al menos dos escuelas infantiles muy convenientes, pero las dos estás llenas. Los directores me han dicho que pueden pasar meses hasta que quede una plaza vacante.
-No puedes seguir llevándotela al trabajo.
-No tengo más remedio, Paula. A no ser que tú hayas cambiado de opinión acerca de lo de cuidarla....
El biberón había escapado a los labios de Valentina, que en aquel momento se estaba apretando contra el seno de Paula. Delicadamente levantó al bebé y le dió unas suaves palmaditas en la espalda. Al escuchar aquellas últimas palabras, Paula cerró los ojos. Luego, le frotó la naricita a Valentina con la mejilla.
-La verdad es que yo tampoco puedo soportar el pensamiento de que la cuide un extraño. Supongo que podría cuidarla durante un tiempo razonable, hasta que pudieras matricularla en una escuela infantil.
Un sentimiento de júbilo abrumó entonces a Pedro, aunque hizo todo lo posible por no exteriorizarlo. Una humilde gratitud constituiría una mejor reacción, dada la magnitud de su oferta.
-¿Estás segura? A mí me encantaría, pero no quiero aprovecharme de tí -«al menos no en este aspecto», añadió en silencio.
-Sí, estoy segura. Mi temporada más ocupada de trabajo se está acabando. Tengo una ayudante, a la que le encantan los bebés, por cierto, y voy a contratar a otra. Por una corta temporada, voy a estar en mejor situación que tú para cuidarla durante las horas de trabajo. Pero te advierto que este acuerdo es sólo temporal.
-No te preocupes. Llamaré cada día a la escuela infantil para revisar mi puesto en la lista de espera. Estarán tan hartos de mí que al final terminarán admitiendo a Lex simplemente con tal que deje de llamarles -vaciló por un segundo antes de añadir-: Tendrás que dejarme recompensarte por el tiempo que...
-Pedro-lo interrumpió con firmeza-. Nunca aceptaré tu dinero; si vuelves a sacar el tema, me negaré a cuidar a Valentina. ¿Está claro?
-Perfectamente claro.
Se Solicita Niñera: Capítulo 23
Pedro deslizó luego la mano libre todo a lo largo de su espalda. Dada su posición sesgada, adelantó una rodilla entre sus piernas mientras la acercaba hacia sí, de modo que Paula quedó prácticamente montada sobre su muslo, gimiendo contra sus labios.
Aparentemente Pedro le había privado de toda capacidad de pensar con coherencia. Cuando volvió a levantar la cabeza, no había ningún indicio de arrepentimiento en su mirada.
-Definitivamente hay veces en que un bebé es un verdadero obstáculo en el camino.
¡El bebé! Paula se había olvidado completamente de que Pedro seguía sosteniendo a Valentina con el otro brazo.
-Sí, y quizá tenga que agradecérselo -comentó ruborizada-. Cuando tú estás cerca, es como si se me desconectara el cerebro.
-Bien -repuso satisfecho-. Me gusta que no puedas pensar. Cuando pusiste ese cerebro a funcionar, te las arreglaste para mantenerme alejado de tí durante mes y medio por lo menos.
-¿Te gustaría tomar algo? -le preguntó Paula, tomando a Valentina en sus brazos-. Me has pillado fregando y necesitaba un descanso.
-Se me ocurren mejores cosas que hacer, pero sí, me gustaría tomar un té con hielo -respondió Pedro-. ¿Te importa que extienda una manta en el suelo para tumbar a Valen?
-Claro, no hay problema.
Pedro extendió una manta de bebé sobre la alfombra, y Paula se arrodilló para tumbar a Valen en ella antes de escapar al refugio de la cocina. «¿Qué me está pasando?», se preguntó mientras servía el té con manos temblorosas. No había tenido intención alguna de enamorarse de Pedro Alfonso; de hecho, había decidido expresamente no hacerle ningún caso. Pero aquella opción se había revelado como algo inútil; Pedro le había declarado la guerra a sus sentidos, y ella se había rendido antes de tiempo.
No había querido amarlo, pero lo amaba. El temblor de sus manos parecía comunicarse a todo su cuerpo. Se apoyó en el mostrador para calmarse, respirando profundamente. Tal vez no pudiera evitar amarlo, pero no era una completa estúpida. No había esperanza alguna de que sintiera lo mismo que ella. Oh, Pedro la deseaba: eso resultaba ya más que obvio. Pero no la amaba.
Y jamás debía saber que ella sí.
Pedro se preguntaba por lo que pensaría Paula de su idea. La intuición le decía que rechazaría la oferta, pero de todas formas estaba decidido a presentársela.
Paula estaba tardando demasiado tiempo en preparar una simple taza de té con hielo. En ese momento Lex emitió un gritito de alegría, y Pedro se acercó para mirarla. Estaba tumbada de espaldas en la manta, con los ojos muy abiertos, contemplando fascinada sus propias manos. Le satisfacía enormemente verla crecer y cambiar día a día. En la fiesta, Sergio le había confesado que jamás se habría creído que Pedro pudiera ser tan bueno con un bebé si él mismo no lo hubiera visto con sus propios ojos.
Hasta hacía muy poco tiempo, de lo único que Pedro había estado seguro era de que no pensaba concederle a ninguna mujer el grado de poder que Ludmila había ejercido sobre él. Y entonces había aparecido Valen. Al principio había sido una pesadilla, y luego un desafío: tenía que llegar a ser tan buen padre como cualquiera de sus amigos. Curiosamente, al final había resultado una adicción. Valentina era su hija; así de sencillo.
Paula volvió en ese instante al salón, interrumpiendo sus reflexiones. Llevaba una pequeña bandeja con dos vasos altos de té con hielo, y un plato de lo que parecían ser galletas caseras. Una vez que ella dejó la bandeja sobre una mesa y le ofreció un vaso, Pedro la tomó de la mano y la hizo sentarse en la manta, a su lado.
-Mira esto -le dijo-. Acaba de descubrir que tiene manos.
-Me encantan los niños a esta edad -rió Paula.
-Me parece a mí que me van a gustar los niños a todas las edades. No puedo esperar a verla crecer. ¿Sabes? Mi vida era bastante aburrida hasta que llegó Valen... Y recientemente ha mejorado mucho -entrelazó los dedos con los suyos.
Paula sonrió, pero se levantó lentamente para sentarse en un sillón, al otro lado de la manta. No era un rechazo, pero sí un aviso de que no siguiera adelante.
-Me gustaría que pensaras sobre una idea que he tenido -le comentó él. Paula arqueó las cejas, intrigada.
-De acuerdo.
-Verás, sé que no quieres que te pague por cuidar de Valentina, pero me gustaría hacer algo por tí... -levantó una mano cuando vio que se disponía a protestar-. Tengo un amigo fotógrafo, Ramiro, que me ofreció sus servicios a cambio de un favor que le hice yo hace algunos meses. Y he pensado que quizá tú podrías utilizar algunas fotografías profesionales suyas para que las exhibieras en la tienda.
Aparentemente Pedro le había privado de toda capacidad de pensar con coherencia. Cuando volvió a levantar la cabeza, no había ningún indicio de arrepentimiento en su mirada.
-Definitivamente hay veces en que un bebé es un verdadero obstáculo en el camino.
¡El bebé! Paula se había olvidado completamente de que Pedro seguía sosteniendo a Valentina con el otro brazo.
-Sí, y quizá tenga que agradecérselo -comentó ruborizada-. Cuando tú estás cerca, es como si se me desconectara el cerebro.
-Bien -repuso satisfecho-. Me gusta que no puedas pensar. Cuando pusiste ese cerebro a funcionar, te las arreglaste para mantenerme alejado de tí durante mes y medio por lo menos.
-¿Te gustaría tomar algo? -le preguntó Paula, tomando a Valentina en sus brazos-. Me has pillado fregando y necesitaba un descanso.
-Se me ocurren mejores cosas que hacer, pero sí, me gustaría tomar un té con hielo -respondió Pedro-. ¿Te importa que extienda una manta en el suelo para tumbar a Valen?
-Claro, no hay problema.
Pedro extendió una manta de bebé sobre la alfombra, y Paula se arrodilló para tumbar a Valen en ella antes de escapar al refugio de la cocina. «¿Qué me está pasando?», se preguntó mientras servía el té con manos temblorosas. No había tenido intención alguna de enamorarse de Pedro Alfonso; de hecho, había decidido expresamente no hacerle ningún caso. Pero aquella opción se había revelado como algo inútil; Pedro le había declarado la guerra a sus sentidos, y ella se había rendido antes de tiempo.
No había querido amarlo, pero lo amaba. El temblor de sus manos parecía comunicarse a todo su cuerpo. Se apoyó en el mostrador para calmarse, respirando profundamente. Tal vez no pudiera evitar amarlo, pero no era una completa estúpida. No había esperanza alguna de que sintiera lo mismo que ella. Oh, Pedro la deseaba: eso resultaba ya más que obvio. Pero no la amaba.
Y jamás debía saber que ella sí.
Pedro se preguntaba por lo que pensaría Paula de su idea. La intuición le decía que rechazaría la oferta, pero de todas formas estaba decidido a presentársela.
Paula estaba tardando demasiado tiempo en preparar una simple taza de té con hielo. En ese momento Lex emitió un gritito de alegría, y Pedro se acercó para mirarla. Estaba tumbada de espaldas en la manta, con los ojos muy abiertos, contemplando fascinada sus propias manos. Le satisfacía enormemente verla crecer y cambiar día a día. En la fiesta, Sergio le había confesado que jamás se habría creído que Pedro pudiera ser tan bueno con un bebé si él mismo no lo hubiera visto con sus propios ojos.
Hasta hacía muy poco tiempo, de lo único que Pedro había estado seguro era de que no pensaba concederle a ninguna mujer el grado de poder que Ludmila había ejercido sobre él. Y entonces había aparecido Valen. Al principio había sido una pesadilla, y luego un desafío: tenía que llegar a ser tan buen padre como cualquiera de sus amigos. Curiosamente, al final había resultado una adicción. Valentina era su hija; así de sencillo.
Paula volvió en ese instante al salón, interrumpiendo sus reflexiones. Llevaba una pequeña bandeja con dos vasos altos de té con hielo, y un plato de lo que parecían ser galletas caseras. Una vez que ella dejó la bandeja sobre una mesa y le ofreció un vaso, Pedro la tomó de la mano y la hizo sentarse en la manta, a su lado.
-Mira esto -le dijo-. Acaba de descubrir que tiene manos.
-Me encantan los niños a esta edad -rió Paula.
-Me parece a mí que me van a gustar los niños a todas las edades. No puedo esperar a verla crecer. ¿Sabes? Mi vida era bastante aburrida hasta que llegó Valen... Y recientemente ha mejorado mucho -entrelazó los dedos con los suyos.
Paula sonrió, pero se levantó lentamente para sentarse en un sillón, al otro lado de la manta. No era un rechazo, pero sí un aviso de que no siguiera adelante.
-Me gustaría que pensaras sobre una idea que he tenido -le comentó él. Paula arqueó las cejas, intrigada.
-De acuerdo.
-Verás, sé que no quieres que te pague por cuidar de Valentina, pero me gustaría hacer algo por tí... -levantó una mano cuando vio que se disponía a protestar-. Tengo un amigo fotógrafo, Ramiro, que me ofreció sus servicios a cambio de un favor que le hice yo hace algunos meses. Y he pensado que quizá tú podrías utilizar algunas fotografías profesionales suyas para que las exhibieras en la tienda.
Se Solicita Niñera: Capítulo 22
-Es verdad... ha sido la segunda.
-No ha sido una cita.
-Ya lo sé: solos somos amigos -en aquel momento Pedro podía distinguir bien su rostro, con sus rasgos suavizados por la luz de la luna-. Pero entonces, ¿cómo es posible que no me sienta «un simple amigo» tuyo?
Paula se tensó al sentir sus manos en los hombros, quedándose tan paralizada como una estatua.
-No lo sé -susurró, pero en sus ojos Pedro podía leer que sabía tan bien como él lo que estaba sucediendo entre ellos. Era el fin de su retraimiento.
Inclinando la cabeza, Pedro hizo lo que había estado soñando durante semanas con hacer: besarla en los labios. Al mismo tiempo la estrechó entre sus brazos y Paula, poniéndose de puntillas, no se resistió. A pesar de que él mismo había provocado aquellos momentos de intimidad, no estaba preparado para sentir el contacto de su cuerpo. Sentía sus labios suaves y ávidos bajo los suyos, y Paula empezó a devolverle los besos.
Pedro se volvió entonces con ella en los brazos y se apoyó de espaldas en el coche. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no controlar el abrumador deseo que lo invadía porque, en cierto momento, sintió con toda crudeza que aquellos besos no eran suficientes. Podía sentir sus senos contra su pecho, y deslizó una mano debajo del corpiño de su vestido para apoderarse de uno; ella no lo rechazó. Inmediatamente Pedro dedicó su atención a la satinada piel de su cuello, de sus mejillas, mientras acariciaba delicadamente el pezón con el pulgar. Paula dijo entonces algo que él no escuchó, y le preguntó en un murmullo: -¿Qué?
-Que somos simplemente amigos.
En realidad Pedro odiaba interrumpir aquello, pero no tuvo más remedio que hacerlo.
-En caso de que todavía no te hayas dado cuenta, va no somos «simplemente amigos». No sé lo que somos, pero me gusta. Y a tí también -inclinó la cabeza para besarla de nuevo-, Dime que te gusta.
-Me gusta -susurró ella-. Pero no estoy segura de que esto sea lo más inteligente...
-Quizá no -concedió él-. Pero es divertido, ¿no? ¿No crees que es divertido?
Paula se echó a reír, aunque con un cierto tono de amargura.
-Ésa no es la palabra que yo utilizaría para definir esto. Tengo que pensarlo -intentó apartarse de él.
Pedro suspiró, apoyando la frente contra la suya.
-¿Por qué?
-Porque... simplemente porque sí -Paula se permitió robarle un beso más antes de que él levantara la cabeza.
Pedro retrocedió un paso mientras Paula sacaba las llaves de su bolso y abría la puerta. Cuando ella se volvió para mirarlo, no pudo menos que sorprenderse de suexpresión consternada, era conmovedora la forma en que se mordía el labio inferior.
-No quiero que estés tan preocupada -le dijo, poniéndole un dedo bajo la barbilla.
-¿Por qué no? -su tono sonaba agresivo, casi desgarrado. No se atrevía a mirarlo-. Cuando sólo éramos amigos, todo iba bien. Esto lo cambia todo.
-Lo sé- necesitas algún tiempo para acostumbrarte a esto. Pero Paula... — se detuvo, esperando a que lo mirara-... esto se veía venir. Estaba destinado a que sucediese, y no puedo decir que lo sienta, porque no lo lamento en absoluto -sonrió, besándola por última vez-. Y, si también eres sincera contigo misma, tú tampoco lo sientes.
«No, no lo sentía», pensó Paula dos días después. ¿Cómo podía lamentar que Pedro la hubiera besado, que la hubiera acariciado de esa manera? ¿Cómo podía sentir que él le hubiera demostrado tan claramente su deseo? Varias veces Pedro le había dado indicios de su interés, pero Paula se había obligado a pensar que sólo había estado practicando su encanto con ella. Después de la otra noche, sin embargo, ya no podía fingir más.
Sabía que Pedro la deseaba; de eso no le cabía duda alguna. Pero seguía sin estar segura de que relacionarse con él fuera lo más inteligente. Quizá debiera poner freno a aquella situación, aunque... ¿sería posible hacerlo a esas alturas?
Pedro la había llamado el día anterior, y aunque no habían hablado de nada importante, en sus respectivas voces había vibrado una nueva y extraña intimidad. Si era sincera consigo misma, tenía que admitir que no podía volverle la espalda sin más. Tenía el desagradable presentimiento de que durante la noche del sábado no sólo le había entregado a Jack su cuerpo, sino también su corazón.
No habían quedado en verse de nuevo hasta el siguiente fin de semana, cuando tendría que llevarse a Valentina a Tanneytown. Le aterraba la perspectiva de pasar una semana entera sin verlo, y eso que todavía estaban a lunes... De repente, sonó el timbre de la puerta. No esperaba ninguna visita, y frunció ligeramente el ceño. Estaba fregando el suelo de la cocina, y tuvo que interrumpir su tarea; limpiándose las manos en los viejos vaqueros cortos que se había puesto para trabajar, fue a abrir.
Pedro se encontraba en el umbral, sosteniendo a Valentina con un brazo. El corazón le dio un vuelco en el pecho al verlo.
-Hola -lo saludó, consciente de que estaba sonriendo como una estúpida, pero sin poder evitarlo.
-Hola -le devolvió la sonrisa-. ¿Puedo entrar?
-Claro -se hizo a un lado, experimentando una inequívoca sensación de ridículo.
-Quería hablarte -se volvió para mirarla cuando cerró la puerta.
-¿Sí? -le preguntó ella, extrañada de su vacilación y de la insistencia de su mirada.
-Quería hablarte de algo... -repitió, extendiendo una mano para deslizaría por debajo de su melena y acariciarle delicadamente la nuca-... pero no creo que seamos capaces de hacerlo hasta que hayamos resuelto algunas cosas...
En esa ocasión, cuando Pedro la tocó, no hubo ninguna vacilación en la respuesta de Paula, ni aunque hubiera querido habría podido resistirse. Se dejó atraer hacia él, se dejó besar, correspondió a sus caricias. ¿No había estado pensando precisamente en eso durante las últimas cuarenta y ocho horas?
-No ha sido una cita.
-Ya lo sé: solos somos amigos -en aquel momento Pedro podía distinguir bien su rostro, con sus rasgos suavizados por la luz de la luna-. Pero entonces, ¿cómo es posible que no me sienta «un simple amigo» tuyo?
Paula se tensó al sentir sus manos en los hombros, quedándose tan paralizada como una estatua.
-No lo sé -susurró, pero en sus ojos Pedro podía leer que sabía tan bien como él lo que estaba sucediendo entre ellos. Era el fin de su retraimiento.
Inclinando la cabeza, Pedro hizo lo que había estado soñando durante semanas con hacer: besarla en los labios. Al mismo tiempo la estrechó entre sus brazos y Paula, poniéndose de puntillas, no se resistió. A pesar de que él mismo había provocado aquellos momentos de intimidad, no estaba preparado para sentir el contacto de su cuerpo. Sentía sus labios suaves y ávidos bajo los suyos, y Paula empezó a devolverle los besos.
Pedro se volvió entonces con ella en los brazos y se apoyó de espaldas en el coche. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no controlar el abrumador deseo que lo invadía porque, en cierto momento, sintió con toda crudeza que aquellos besos no eran suficientes. Podía sentir sus senos contra su pecho, y deslizó una mano debajo del corpiño de su vestido para apoderarse de uno; ella no lo rechazó. Inmediatamente Pedro dedicó su atención a la satinada piel de su cuello, de sus mejillas, mientras acariciaba delicadamente el pezón con el pulgar. Paula dijo entonces algo que él no escuchó, y le preguntó en un murmullo: -¿Qué?
-Que somos simplemente amigos.
En realidad Pedro odiaba interrumpir aquello, pero no tuvo más remedio que hacerlo.
-En caso de que todavía no te hayas dado cuenta, va no somos «simplemente amigos». No sé lo que somos, pero me gusta. Y a tí también -inclinó la cabeza para besarla de nuevo-, Dime que te gusta.
-Me gusta -susurró ella-. Pero no estoy segura de que esto sea lo más inteligente...
-Quizá no -concedió él-. Pero es divertido, ¿no? ¿No crees que es divertido?
Paula se echó a reír, aunque con un cierto tono de amargura.
-Ésa no es la palabra que yo utilizaría para definir esto. Tengo que pensarlo -intentó apartarse de él.
Pedro suspiró, apoyando la frente contra la suya.
-¿Por qué?
-Porque... simplemente porque sí -Paula se permitió robarle un beso más antes de que él levantara la cabeza.
Pedro retrocedió un paso mientras Paula sacaba las llaves de su bolso y abría la puerta. Cuando ella se volvió para mirarlo, no pudo menos que sorprenderse de suexpresión consternada, era conmovedora la forma en que se mordía el labio inferior.
-No quiero que estés tan preocupada -le dijo, poniéndole un dedo bajo la barbilla.
-¿Por qué no? -su tono sonaba agresivo, casi desgarrado. No se atrevía a mirarlo-. Cuando sólo éramos amigos, todo iba bien. Esto lo cambia todo.
-Lo sé- necesitas algún tiempo para acostumbrarte a esto. Pero Paula... — se detuvo, esperando a que lo mirara-... esto se veía venir. Estaba destinado a que sucediese, y no puedo decir que lo sienta, porque no lo lamento en absoluto -sonrió, besándola por última vez-. Y, si también eres sincera contigo misma, tú tampoco lo sientes.
«No, no lo sentía», pensó Paula dos días después. ¿Cómo podía lamentar que Pedro la hubiera besado, que la hubiera acariciado de esa manera? ¿Cómo podía sentir que él le hubiera demostrado tan claramente su deseo? Varias veces Pedro le había dado indicios de su interés, pero Paula se había obligado a pensar que sólo había estado practicando su encanto con ella. Después de la otra noche, sin embargo, ya no podía fingir más.
Sabía que Pedro la deseaba; de eso no le cabía duda alguna. Pero seguía sin estar segura de que relacionarse con él fuera lo más inteligente. Quizá debiera poner freno a aquella situación, aunque... ¿sería posible hacerlo a esas alturas?
Pedro la había llamado el día anterior, y aunque no habían hablado de nada importante, en sus respectivas voces había vibrado una nueva y extraña intimidad. Si era sincera consigo misma, tenía que admitir que no podía volverle la espalda sin más. Tenía el desagradable presentimiento de que durante la noche del sábado no sólo le había entregado a Jack su cuerpo, sino también su corazón.
No habían quedado en verse de nuevo hasta el siguiente fin de semana, cuando tendría que llevarse a Valentina a Tanneytown. Le aterraba la perspectiva de pasar una semana entera sin verlo, y eso que todavía estaban a lunes... De repente, sonó el timbre de la puerta. No esperaba ninguna visita, y frunció ligeramente el ceño. Estaba fregando el suelo de la cocina, y tuvo que interrumpir su tarea; limpiándose las manos en los viejos vaqueros cortos que se había puesto para trabajar, fue a abrir.
Pedro se encontraba en el umbral, sosteniendo a Valentina con un brazo. El corazón le dio un vuelco en el pecho al verlo.
-Hola -lo saludó, consciente de que estaba sonriendo como una estúpida, pero sin poder evitarlo.
-Hola -le devolvió la sonrisa-. ¿Puedo entrar?
-Claro -se hizo a un lado, experimentando una inequívoca sensación de ridículo.
-Quería hablarte -se volvió para mirarla cuando cerró la puerta.
-¿Sí? -le preguntó ella, extrañada de su vacilación y de la insistencia de su mirada.
-Quería hablarte de algo... -repitió, extendiendo una mano para deslizaría por debajo de su melena y acariciarle delicadamente la nuca-... pero no creo que seamos capaces de hacerlo hasta que hayamos resuelto algunas cosas...
En esa ocasión, cuando Pedro la tocó, no hubo ninguna vacilación en la respuesta de Paula, ni aunque hubiera querido habría podido resistirse. Se dejó atraer hacia él, se dejó besar, correspondió a sus caricias. ¿No había estado pensando precisamente en eso durante las últimas cuarenta y ocho horas?
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