martes, 9 de febrero de 2016

Se Solicita Niñera: Capítulo 21

Después de comer llegó el momento de abrir los regalos. Cuando Tamara le puso la primera caja en el regazo, Pedro se ruborizó terriblemente. Paula jamás lo hubiera creído, pero se sentía violento, avergonzado.

-¿Por qué todo el mundo tiene que mirarme así?

-¡Venga, ábrelo ya! -le gritó alguien.

Los regalos eran a cada cual más divertidos: ropa de todo tipo para Valentina, juguetes, un móvil para la cuna... Hasta que al final solamente quedó una caja. -Vamos a ver... -dijo mientras la abría, riendo.

-¿Qué es?

-Vamos, Alfonso.... ¡enséñalo a todo el mundo!

Todavía riendo, Pedro metió una mano en la caja abierta. Todo el mundo estalló en carcajadas cuando sacó un palo de lacrosse en miniatura, con unas diminutas botas de clavos.

-¡Es maravilloso! -exclamó, encantado.

Una vez concluida la sesión de apertura de regalos, llegó la hora de retirarse, y las parejas fueron a buscar a sus hijos al patio, donde habían estado jugando. Algunos compañeros de Pedro le ayudaron a meter los regalos en el coche. Stu le dio una cariñosa palmada en el hombro.

-Buena suerte, chico. Oye, ¿podrás jugar en el torneo benéfico del diecisiete?

-Será mejor que no cuentes conmigo -respondió Pedro después de una breve vacilación-. Estoy teniendo bastantes problemas para encontrar una niñera para Valen...

-Oh, vamos... No me gustaría tener que cancelarlo.

-De acuerdo. Déjame ver si puedo arreglarlo y ya te llamaré.

-Mañana.

-Ya te llamaré -repitió Pedro.

-Pau -Sergio se volvió hacia ella, adoptando un persuasivo tono de voz-. ¿Podrías ayudarlo tú? Sería como una contribución benéfica por tu parte...

-Hey, espera un momento -protestó Pedro-. Paula no es una niñera.

-La verdad es que ese día no puedo -explicó ella-. Tengo que cuidar a mis sobrinos en Taneytown.

-Entonces podrías aprovechar para cuidar también a Valen -al parecer, Sergio ya había encontrado una solución para el problema.

-No creo que... -empezó a negarse Paula, recordando que se había jurado a sí misma no dejar que Pedro se aprovechara de ella.

-Por favor... El equipo te necesita. Yo te necesito. Pedro te necesita... -insistía Sergio.

Paula se dijo que, al fin y al cabo, sería por una buena causa. Y Pedro  no era el único que se lo estaba pidiendo.

-Supongo que podré arreglármelas.

Le habría gustado que Pedro hubiera protestado de inmediato, que se hubiera negado a complicarla en sus problemas a la hora de cuidar a Valentina. Pero permanecía callado, mirándola con indescifrable expresión.

-¡Fantástico! -Sergio le rodeó los hombros con un brazo mientras la acompañaba hasta el coche de Pedro, ajeno a la tensión que vibraba en el aire.

Aquella fiesta había sido agotadora, pensó Pedro mientras conducía su deportivo. Miró a Paula, aunque apenas podía distinguir su perfil en la oscuridad. Parecía haber congeniado muy bien con sus compañeros y con sus familias. Y el sentimiento había sido recíproco. A Ludmila, en cambio, nunca la habían gustado sus amistades.

Pensó que debía de estar muy cansado: rara vez recordaba ya a su ex mujer. Después de que ella lo abandonara, se había dedicado a lamer sus heridas en privado, y gradualmente habían llegado a cicatrizar. Cuando era más joven, había creído que el matrimonio y el amor significaban compartirlo todo, entregar el propio corazón a otra persona... pero Lannette no había querido en su corazón, excepto quizá como trofeo. En realidad, ni él ni nadie le habían importado nunca. Y lo único que habían compartido había sido la pasión del sexo...¿pero por qué estaba pensando en eso cuando tenía a una mujer como Paula sentada a su lado?

Entró en la calle donde vivía y aparcó frente al sendero de entrada del edificio. Cuando se volvió hacia ella, se preguntó qué sucedería si simplemente cubría la mínima distancia que los separaba para besarla en los labios. La había estado observando durante la fiesta, admirando su sonrisa, el contorno sensual de sus labios.... y no podía olvidar el anhelo físico que lo había abrumado; se estremecía de deseo con sólo pensarlo.

No quería que aquella velada terminase. O, en todo caso, quería que terminase con Paula acompañándolo a su casa para, una vez ejecutado el ritual de acostar a Valen, acabar durmiendo juntos. Ya no creía en el amor como cuando era más joven, y estaba empezando a considerar otras razones que justificaran el matrimonio. Paula podría ser la esposa perfecta para él.

¿Esposa? ¿Acaso se estaba volviendo loco? ¿Acaso no había decidido que no iba buscarse otra mujer? Se dijo que sólo estaba considerando aquella posibilidad debido a la necesidad que Valentina tenía de contar con dos padres en su vida. Ésa era la única razón por la que estaba pensando tanto en Paula.

Sabía, sin embargo, que ella sentía una atracción semejante a la que sentía él. ¿Por qué entonces se mostraba tan prudente, tan retraída? A veces tenía la sensación de que estaba pensando en otro hombre cuando lo miraba... en alguien que le había dejado un mal sabor de boca, una amarga experiencia.

Al ver que se disponía a salir del coche, Pedro se apresuró a abrirle la puerta.

-Gracias por haberme acompañado. Sé que ha sido un poquito violento para tratarse de la primera cita.

-No ha sido una primera cita -replicó ella.

sábado, 6 de febrero de 2016

Se Solicita Niñera: Capítulo 20

-Hola, preciosa. ¿Me has echado de menos? -sus ojos grises transmitían un mensaje tan cálido de intimidad, que Paula no pudo evitar estremecerse de emoción mientras Pedro se inclinaba sobre ella. Por un instante llegó a creer que iba a besarla... hasta que se dio cuenta de que sólo estaba inspeccionando de cerca a Valen, que seguía durmiendo.

Rompiendo el contacto visual, Paula optó por malinterpretar deliberadamente sus palabras.

-Si te ha echado de menos, no te lo va a decir.

-¿No quieres halagar mi ego?

-Creo que tu ego no necesita que lo halaguen —rió ella.

-¿Estás segura? -le preguntó adoptando de pronto una expresión muy seria, casi solemne.

Aquella no era ni mucho menos la réplica que ella habría esperado. No sabía qué responder y, en cualquier caso, era como si se le hubiera formado un nudo en la lengua.

¿Por qué le había hecho esa pregunta, con aquel tono y con aquella mirada? Esos detalles parecían implicar una relación mucho más profunda que la simple amistad que estaba decidida a mantener. La aterraba el pensamiento de que ella pudiera significar para él algo más que otra amistad femenina, porque si continuaba tratándola como si fuera alguien especial, nunca sería capaz de resistírsele.

Y no podía enamorarse de él; no debía. Le gustaba vivir su propia vida, y no necesitaba turbar aquella paz con otra dosis de desengaños. Tarde o temprano, un corazón destrozado sería el obligado final de cualquier relación con Pedro.

Llegaron al coche. Pedro se apoyó en el capó para quitarse las zapatillas de clavos, y guardó su equipo en el maletero. En ese instante, uno de sus compañeros se le acercó para pedirle un favor:

-Hey, Alfonso. ¿Te importaría comprar un par de botellas de soda de camino? Tamara cree  que no tenemos suficientes.

-No hay problema. Nos veremos luego -mientras el otro hombre se dirigía a su vehículo, Pedro abrió la puerta para acomodar a Valen en el asiento trasero. Luego se sentó al volante y encendió el motor-. ¿Romina le ha dado el biberón o le ha cambiado el pañal durante el partido?

Paula no pudo menos de sentirse aliviada de que la conversación entre ellos hubiera vuelto a un terreno inofensivo.

-Sí. Y se quedó dormida cuando faltaban quince minutos para que terminara el partido.

-Bien -Pedro sonrió irónico-. Para la barbacoa, estará bien despierta y dispuesta para la acción.

El trayecto hasta la casa de la pareja que organizaba la barbacoa fue muy corto, después de parar brevemente para comprar la soda. Pedro estacionó su coche al final de una larga fila, delante de una casa de dos pisos. El revestimiento de la fachada tenía un espantoso color verde que contrastaba con el rojo del ladrillo. Mientras avanzaban por el sendero de entrada, Pedro le dijo, acercándosele:

-Te mereces un premio por tu tacto al no haber hecho ningún comentario sobre ese color.

-Bueno... -Paula no pudo evitar sonreír-... es algo... impresionante.

-En tu anterior reencarnación debiste de haber sido diplomática. Sergio es fatal para los colores. Cuando Tamara y sus hijos estaban ausentes por una visita familiar, se le ocurrió pintar de verde la fachada... para darles una sorpresa.

-¡Vaya sorpresa!

-Sí. Pero Tamara es una gran chica; nunca le hizo el menor comentario. Todavía hoy, Sergio piensa que le hizo a su esposa el mejor de los regalos.

-Eso es muy tierno de su parte -rió Paula-. ¿Cuántos años pasarán antes de que ella pueda pintarlo otra vez sin herir sus sentimientos?

-No lo sé -repuso sonriente Jack mientras rodeaba la casa-. Él sólo...

-¡Sorpresa!

Pedro  se detuvo de repente. Todo el mundo se les había adelantado, gracias al pretexto de la soda. Atados a sillas y mesas había docenas de globos rosas, y justo delante había una gran mesa engalanada con banderines del mismo color... sobre la que destacaban un gran ramo de flores, una enorme tarta y una montaña de regalos.

-Bienvenido a tu fiesta-homenaje, Pedro -una mujer pequeña y regordeta lo tomó de la mano, después de hacerle un guiño de complicidad a Paula-. En honor tuyo y de Valentina.

-Son... son... de lo que no hay -Pedro sacudió la cabeza, pasándose la mano libre por la cara.

Paula  no dudaba que estaba emocionado; y se conmovió profundamente al advertir que se enjugaba una lágrima. Sus amigos se le acercaron para estrecharle la mano y felicitarle por haberse convertido en «padre». Maldijo en silencio. Un hombre que podía permitirse llorar era la cosa más sexy que existía en el mundo. Aunque eso jamás se lo diría a Pedro...

-¿Tú estabas al tanto de esto? -le preguntó él.

-Claro que no. Ni siquiera sabían que ibas a traerme.

-Pero estamos encantados de conocerte -intervino la mujer que había saludado la primera a Pedro-. Yo soy Tamara, la única que se ha trabajado realmente esta fiesta. Los hombres son buenos para concebir ideas, pero pésimos en lo referente a los detalles.

-Me alegro de conocerte. Yo soy Paula.

-¡Oh, así que eres tú! -Tamara se volvió hacia los presentes, y anunció solemne-: Ésta es Paula. La chica de la que tanto ha estado hablando últimamente Pedro.

-¡Aja! ¡La Mujer Misteriosa! -un hombre alto se le acercó; nada más ver su camisa color azul chillón, Pau no tuvo ninguna duda de quién era-. Yo soy Sergio.


En un principio Paula se sintió incómoda, acribillada por tantos pares de ojos.


Sabía que Pedro le había estado muy agradecido por su ayuda, pero ignoraba que le hubiera hablado a todo el mundo de ella. Sin embargo, cuando los amigos y compañeros de equipo de Pedro  la incluyeron en la conversación y se pusieron a contar chistes, empezó a relajarse. Aquella gente era verdaderamente divertida. No podía recordar la última vez que se había reído tanto...

Se Solicita Niñera: Capítulo 19

-Pedro juega de delantero -le explicó Zaira-. Y nuestro equipo acaba de conseguir ese penalty porque ellos estaban en fuera de juego.

-Fuera de juego. ¿Qué es eso?

-¿Cómo diablos puedes vivir en Baltimore y no saber nada sobre lacrosse? -Zaira la miraba como si fuera una extraterrestre.

-Todos mis hermanos jugaban al rugby y al béisbol. Además, yo soy de Taneytown, no de Baltimore.

Con tono paciente, Zaira se molestó en explicárselo. Pau arqueó las cejas mientras volvía a concentrarse en el juego.

-¡Oh! ¿Por qué no me lo dijiste antes? Ahora sí que esto tiene sentido -se encogió cuando Pedro y un defensa del equipo contrario chocaron en el aire, enarbolando peligrosamente sus palos-. Pero me alegraré cuando termine el partido. No creo que me gustara asistir a todos estos partidos como una más de las esposas de los jugadores, que están sentadas allá abajo.

-¿Estás pensando en convertirte en una de esas esposas?

-Claro. ¿No te había dicho que Pedro y yo nos casamos mañana? -bromeó Paula, haciendo reír a su amiga.

De todas formas, a pesar de su tono, sintió una extraña inquietud. ¿Cómo sería casarse con Pedro?

«La gloria», le respondió una voz interior. «Olvídalo», replicó otra, más práctica. «Espera a encontrar a un hombre que te quiera a tí, y no a tus habilidades domésticas para cuidar niños». Pero... ¿y si ese hombre no existía? Pau sabía que no era una belleza arrebatadora. Y ya no era tan joven...

-...y yo que te envié a la agencia de Pedro con la idea de emparejaros... pero ya veo que tú... -le estaba diciendo Zaira.

-¿«Qué»?

-Son  tal para cual. Pedro  es un tipo maravilloso -le aseguró Zai, muy seria, demasiado; de hecho, paula nunca la había visto hablar con tanta seriedad-. Nunca pensé que volvería a sentar la cabeza. Aunque, por supuesto, el hecho de que ahora tenga a la pequeña cambia mucho las cosas. Conozco esa experiencia.

-Espera un minuto...

¿Pedro «había vuelto» a sentar la cabeza? ¿Significaba eso que antes había estado casado? Paula se obligó a respirar profundamente, a pesar de la opresión que le atenazaba el pecho. Zai la miraba extrañada. Tenía que recuperarse; no había ninguna razón para que pareciera tan sorprendida.

-Pedro y yo sólo somos amigos -aquellas palabras estaban dirigidas tanto a Zai como a sí misma.

-Puede que yo no desee un hombre en mi vida, cariño, pero soy capaz de reconocer la atracción que se produce entre dos personas. Especialmente cuando se trata de dos personas que conozco.

-Sólo le he ayudado unas cuantas veces con la niña, y una vez lo invité a cenar en casa. Solamente somos amigos.

-De acuerdo -Dee arqueó una ceja-. No tienes por qué negarlo con tanto énfasis, ¿sabes?

-Y, por lo que yo sé, Pedro, no está pensando en sentar la cabeza más que yo. Ni siquiera sé si ha estado casado... —Pau no pudo menos de felicitarse de la naturalidad de su tono, al formular aquella sutil pregunta.

-¿De verdad quieres saberlo? -sonrió Zaira, satisfecha.

-¿Tú qué crees? -inquirió Paula, resignada. Tanto esfuerzo por aparentar desinterés...

-De acuerdo. ¿Qué puedo decirte de la antigua señora Alfonso? -se acarició la barbilla, y empezó su explicación cuando su amiga la fulminó con la mirada-. Se llamaba Ludmila y Pedro empezó a salir con ella en su último año de universidad. Desde el primer día, se convirtieron en la pareja inseparable, en la pareja felíz, ya sabes...

Paula asintió, diciéndose que aquella información no tenía por qué afectarla tanto.

-Se casaron en junio, inmediatamente después de graduarse, y estuvieron juntos durante cinco años. Pedro besaba el suelo que tocaban sus pies. Recuerdo el disgusto de mi hermano porque Pedro ya no salía a ninguna parte sin ella. No creo que a sus amigos les cayera particularmente bien.

-¿Por qué no?

-Ludmila me parecía una mujer muy egoísta, demasiado centrada en sí misma, aunque sólo la ví dos veces y una de ellas en la boda. En cualquier caso, yo no sé lo que sucedió; sólo sé que fue ella quien lo dejó.

En ese momento se levantó un clamor en las gradas. El partido había terminado, y Pau se dió cuenta de que ni siquiera sabía quién había ganado. Dirigió la mirada hacia los bancos de jugadores y sorprendió a Pedro mirándola; al darse cuenta de que la había visto, levantó una mano para saludarla e indicarle que se acercara. Pero, por un instante y antes de que él sonriera, Pau creyó ver en su rostro la misma intensa expresión que tenía la noche que la besó en su dormitorio.

Paula  fue a buscar a Valen, de la que se había hecho cargo la esposa de uno de los jugadores, y entró en el campo de juego con ella en brazos, dormida. Pedro se dirigió a su encuentro, no sin antes saludar a su paso a la gente que lo abordaba,mayoritariamente mujeres, según advirtió Pau: aquel hombre era como un maldito imán para el sexo femenino.  Deslizándole un brazo por la cintura, Pedro la guió hacia el estacionamiento.

Se Solicita niñera: Capítulo 18

Finalmente, el contestador automático se puso en funcionamiento, dispuesto a recoger el mensaje.

-Hola, Pau, soy Pedro.

Pau se llevó una mano a la boca; «hablando del rey de Roma», pensó.

-Si estás libre, ¿te gustaría asistir a una barbacoa en mi casa el sábado por la tarde? La organiza mi equipo de lacrosse, será algo informal -su risa vibrante reverberó en el aire por un segundo-. He pensado que sería una buena manera de corresponder a tu hospitalidad sin tener que cocinar... ¿No te parezco sencillamente brillante?

«Brillante... y guapo, y terriblemente sexy», pensó Paula. Exactamente todo lo que no necesitaba en su vida. Extendió un brazo y levantó el auricular.

-Hola,Pedro.

-¡Vaya, hola! Mi chica favorita. Y, lo que es más importante, también la chica favorita de Valen.

-Bueno, me alegro de saber que figuro en el primer lugar de la lista de alguien. Pedro, yo...

-No puedes negarte. Te divertirás. Venga, Pau.

-Quizá me pase por allí un momento... ese sábado tendré mucho trabajo, y probablemente me sienta demasiado cansada para disfrutar de la buena compañía... -en el mismo momento en que las pronunció, se arrepintió de sus palabras; se suponía que tenía que haberse negado...

-¡Estupendo! -exclamó entusiasmado-. ¿Qué te parece que te recoja a las cuatro? Nuestro equipo va a jugar el primer partido de los campeonatos, y la fiesta tendrá lugar después. Podrás relajarte mientras ves el partido para luego estar lista para la acción...

Paula sabía que ésa era una manera de decirle que así estaría relajada y descansada, pero la vivida imagen de sus labios acariciando los suyos asaltó su mente.

-¿Qué me dices? ¿A las cuatro en punto?

-De acuerdo.

-¡Bien! Hasta el sábado entonces -y colgó.

Paula se quedó de pie en medio de la habitación, sosteniendo todavía el auricular. Debía de estar loca. Había querido decirle que las cuatro le parecía una hora demasiado temprana, que podría verlo en cualquier parte después del partido. Pero Pedro se había salido con la suya.

Levantó el auricular de nuevo y marcó el número de Zaira. Cuando oyó el contestador automático, le dejó un mensaje:

-¿Zai? Soy Paula. Por favor, dime que no tienes ningún plan para el sábado por la tarde. Pedro me ha invitado al partido de lacrosse de su equipo y después a una fiesta, y yo... ¡quiero hablar contigo! Pregúntale a tu hermano dónde va a ser el partido y ve allí, por favor.

Durante el resto de la semana, las horas parecieron arrastrarse penosamente día a día. Zaira la llamó quejándose de que asistir a más de un partido de lacrosse por temporada era rebasar su límite, que no disponía de tiempo, que aquella vez sólo había ido para contentar a su hermano, pero Paula se mantuvo firme.

-Te acompañé al tribunal cuando necesitabas apoyo moral, ¿recuerdas? Favor por favor, querida.

Finalmente llegaron las cuatro de la tarde del sábado. Paula había pasado una hora entera preparándose, desde las tres, lo cual era la cosa más estúpida que había hecho en mucho tiempo. Detrás de la cortina de la ventana vio la imponente figura de Pedro saliendo de su deportivo, con Valen.

Pedro avanzó por el sendero de entrada, sosteniendo a Valen con un solo brazo. Llevaba una camiseta de color azul y oro, uniforme del equipo, que resaltaba tanto sus músculos que a Pau se le quedó la boca seca al verlo. Sus pantalones cortos dorados destacaban sus bronceadas y poderosas piernas.

-Oh, Dios mío... -exclamó, diciéndose que debería haber rechazado su propuesta.

Sonó el timbre de la puerta. Apresurándose a abrir, se colgó el bolso del hombro. -Hola -lo saludó nerviosa mientras abría la puerta-. Ya estoy lista.

Pedro no contestó. Lentamente extendió una mano, instándola en silencio a que se quedara donde estaba. Deslizó la mirada por su figura, admirando su vestido de tirantes, azul y blanco, de corpiño ceñido, y se aclaró la garganta:

-¿Te has hecho tú misma este vestido?

Paula asintió, nerviosa.

-Sí. Suelo hacerme yo misma la ropa.

-Eso explica por qué te sienta tan maravillosamente bien -la miró a los ojos, sonriente-. Voy a tener que pelearme con mis compañeros de equipo cuando te vean.

-¿Es demasiado elegante? Si quieres, puedo ponerme unos pantalones cortos, yo...

-No te atrevas. Estás preciosa -cuando Paula hubo cerrado la puerta, Pedro la sorprendió tomándola suavemente de la mano mientras se dirigía al coche-. Con ese comentario... sólo quería decirte que no tengo intención de compartirte con mis compañeros de equipo, ni con ningún otro hombre.

«Peligrosas palabras», pensó Pau, si se le ocurría tomárselas en serio. Lo cual, por supuesto, no iba a hacer. Flirtear le resultaba a Pedro tan natural como respirar. No debía concederle a aquel detalle una importancia... que en realidad no tenía.

Se Solicita Niñera: Capítulo 17

-Tendré que hacerlo. He de darme prisa.

-¿No funciona lo de llevártela a la oficina?

Pau se humedeció los labios con la lengua, de manera inconsciente, y Pedro tuvo que esforzarse por recordar lo que quería decirle.

-Valen  suele montarme unas buenas escenas justo durante las entrevistas con los clientes más importantes. Y sospecho que, conforme vaya pasando el tiempo, la situación empeorará.

-Tienes razón.

Siguieron unos momentos de silencio, y Pau  empezó a hablarle dulcemente a Valen. La pequeña hizo un esfuerzo por mover los labios, como imitándola, y entonces esbozó una radiante sonrisa.

-¡Me sonríe! -exclamó deleitada.

Estaba inclinada sobre la pequeña, y Pedro contempló fascinado la grácil curva de su espalda. El impulso de extender una mano y acariciarla le resultaba casi irresistible... pero sabía que, después de tal acción, Paula se retraería por completo.

Para olvidarse de la tentación, dijo lo primero que le pasó por la cabeza:

-¿Entonces por qué no te casaste? Eres maravillosa con los niños.

Paula se incorporó, retirando lentamente las manos de la niña, y su expresión se ensombreció visiblemente.

-Por eso exactamente es por lo que no me casé.

Pedro se preguntó qué querría decir con aquel críptico comentario. Ya se disponía a formularle la pregunta cuando Paula se levantó para recoger los vasos de té vacíos y llevárselos a la cocina.

-¿Pau? -él también se levantó para seguirla; interceptándola en el umbral, adoptó deliberadamente un tono ligero-. No tenía intención de estropear la velada. ¿Podemos borrar simplemente la última pregunta de nuestros archivos mentales?

-Lo siento -Paula hizo un esfuerzo por sonreír-. Me temo que has tocado una fibra sensible.

-Soy yo quien debe disculparse. Sólo quería sacar un tema de conversación. Háblame de tus hermanos... si este tema te resulta lo suficientemente inofensivo.

-Sí que lo es. ¿Qué es lo que quieres saber?

-¿Cómo fue la experiencia de criar a tres hermanos pequeños? ¿No fue muy frustrante?

-No creo que lo fuera, porque en aquel tiempo yo no conocía nada diferente. Con visión retrospectiva, quizá me perdí un montón de diversiones, el tipo de cosas que suelen hacer la mayoría de las adolescentes -se encogió de hombros y sonrió, mirando a Valen-. Pero aun así, me temo que lo volvería a hacer.

-Sé que me dijiste que no fuiste a la universidad de inmediato, pero... ¿qué hiciste con tus hermanos cuando finalmente empezaste los estudios?

-No los empecé -su tono rotundo sorprendió a Pedro.

-Entonces... ¿ese diploma enmarcado que tienes en tu habitación de trabajo es un fraude?

-¡Claro que no! -exclamó Paula-. Fui a la universidad, pero bastante tiempo después-. ¿Sabías que eres un cotilla terrible?

-¿Tanta necesidad tenías de insultarme? -sonrió Pedro.

-Me disculpo sinceramente -repuso con tono burlón.

-Disculpa aceptada —miró a Lex, que se había quedado dormida en sus brazos-. Supongo que será mejor que me la lleve a casa.

-Sí -Paula miró su reloj-. Odio tener que echarte, pero se está haciendo tarde y mañana tendré un día muy duro.

-No hay problema. Soy muy adaptable -empezó a recoger las cosas de Valen, en el salón-. Y tienes razón. A nosotros también se nos está haciendo tarde.

Diez minutos después se dirigía en coche a su casa, con Valen dormitando en su asiento trasero. Pensó que, en muchos sentidos, aquella tarde había sido muy pedagógica. Había aprendido que Pau era una celosa defensora de su intimidad, incluso de la de su familia. Y sabía que existía una considerable porción de su pasado sin explicar, un tiempo durante el que había estado haciendo... ¿qué? Lo averiguaría en otra ocasión, pensó esbozando una sonrisa. Pero esa leve sonrisa murió al recordar la manera en que había terminado aquella tarde. Se llevaba tan bien con Valen, parecía disfrutar tanto con ella, que Jack había supuesto que algún día querría tener hijos propios...

Pero resultaba evidente que, para Paula, una cosa era que le gustasen los niños y otra muy distinta que quisiera tenerlos.

Y, por supuesto, esa actitud no dejaba de complacerlo a él. Le gustaba frecuentar a Pau, pero no tenía ninguna intención de casarse con ella. Aunque era cierto que había pensado en el matrimonio desde que se hizo cargo de Valen, todavía seguía muy confuso e indeciso al respecto.

Si algún día volvía a casarse, lo haría con alguien de quien estuviese absolutamente seguro: una mujer que reuniera los requisitos necesarios. Fidelidad, instinto maternal, compatibilidad de caracteres: eso era lo que deseaba en una mujer. Cuando llegara el momento, se dedicaría a buscarla. Y no tendría por qué tener el cabello castaño brillante, unos ojos enormes y unas piernas espectaculares. Claro que no.


Tres días después sonó el teléfono de Paula. Como se encontraba muy atareada con la confección de un vestido de boda, lo miró con expresión hosca y decidió no contestar: sería probablemente Daniel o Gonzalo, llamando para controlarla. Así que continuó cosiendo, ignorando deliberadamente cada timbrazo, aunque tanto la curiosidad como la buena educación le dificultaban resistirse. ¿Qué tenía aquel timbre que la incitaba a apresurarse a contestar? Podría ser Pedro, diciéndole que ella era lo mejor que le había sucedido en muchos años, que no podía vivir sin ella, que él la a... ¡Vaya! ¿Cómo podía habérsele ocurrido todo eso?

Sabía perfectamente que ella nunca podría suscitar seriamente el interés de un hombre que atraía a las mujeres como la miel a las moscas. Pedro era un seductor innato, y recientemente ella se había colocado en su línea de fuego. Sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias, cuando se había visto obligado a asumir el papel de padre de la noche a la mañana. Bueno, a ella ya la habían cortejado antes por su habilidad a la hora de cuidar niños; su experiencia con Facundo le había enseñado a evitar esas situaciones.

jueves, 4 de febrero de 2016

Se Solicita Niñera: Capítulo 16

-No. Necesito hablar directamente con ella.

Pedro pensó que aquel tipo no parecía muy contento después de haber descubierto que tenía competencia.... Eso podía comprenderlo bien; él mismo no había sospechado que había otro hombre en la vida de Pau. En realidad, no sabía casi nada de ella: un defecto que tenía que corregir rápidamente.

Paula bajó las escaleras, con Valen envuelta en una toalla. La niña se estaba quejando; Pedro sabía que odiaba que la sacaran del agua.

-¿Quién es? -se acercó al teléfono.

-Un hombre. No quiere decirme su nombre -y le tendió el auricular después de hacerse cargo de la niña.

-¿Diga? Oh, hola, Gonzalo... ¿cómo? Pedro  es amigo mío y eso no es de tu incumbencia -la voz de Paula era cálida pero, mientras vestía y peinaba a Valen, Pedro reconoció en ella un claro tono de advertencia-. Entonces, ¿qué tal las gemelas? Diles que la tía Pau las echa mucho de menos.

«¿Gemelas? ¿Tía Pau?», se preguntó Pedro. De repente se sentía muchísimo más tranquilo. Nada de competencia; era un hermano suyo. Tuvo que recordarse que eso no quería decir que Frannie no tuviera otras relaciones... lo cual no impidió que continuara sonriendo estúpidamente a Valen, acurrucada en sus brazos.

-Sí, sí, has oído bien; es un bebé -continuó ella-. ¿El veintinueve de este mes? No estoy segura de que pueda ir. El siete ya os estuve cuidando las niñas, ¿recuerdas? -siguió un nuevo silencio, y añadió con voz fría-: Gonzalo, ya conoces la respuesta a eso. Ahora mismo no estoy disponible como niñera. El negocio está yendo mejor de lo que había esperado, estoy sobrecargada de trabajo... Eso es una estupidez. Las gemelas ya son los suficientemente mayores como para no necesitar otra niñera -escuchó nuevamente y se echó a reír, aunque con cierta tensión-. Nada, que no me has convencido. No cuentes conmigo para el veintinueve. Tengo que dejarte. Besos, adiós.

Pedro escuchó un ligero pitido, que indicaba que Paula había cortado la comunicación prácticamente antes de haberse despedido del todo.

-Hermanos —exclamó sacudiendo la cabeza y suspirando profundamente, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por contenerse.

-¿Problemas?

-En realidad no -recogió un calcetín que se le había caído a Valen, y se lo puso-. Los chicos no pueden acostumbrarse al hecho de que he emprendido un negocio con futuro -recuperándose, miró divertida a Pedro-. Gonzalo se dedicó a interrogarme cuando se enteró de tu existencia y de la de Valen. No me sorprendería que me pidiera una copia de tu historial clínico, tu partida de nacimiento y tu certificado de la vacuna contra la rabia.

-¿Un tipo protector, eh?

-Cualquier hombre que me dirija la palabra es candidato al matrimonio.

«Matrimonio»; aquella palabra impresionó a Pedro más de lo que habría sido necesario. Se vió asaltado por un abrumador sentimiento de posesividad al imaginar la posibilidad de que Pau se casara con otro hombre.

-Supongo que ya habrán intentado casarte...

-Sin éxito -una sombra de tristeza cruzó por su expresión, y luego sonrió-. Creo que temen que me convierta en una solterona.

-Lo dudo. ¿Qué edad tienes?

-No es de buena educación que un caballero le pregunte eso a una dama, pero dado que a mí no me importa... Tengo treinta y dos.

Pedro se quedó sorprendido; se había figurado que tendría veinticinco, o veintiséis. Obviamente, Paula había dejado a un lado bastantes detalles cuando, muy someramente, le había contado la historia de su vida. Si sólo había fundado su negocio hacía un año, y había hecho un curso de cuatro años, eso quería decir que no había empezado su educación universitaria hasta los veintisiete.

-No ha sido mi intención dejarte sin habla...

Pedro reconoció la expresión levemente defensiva de su mirada. Si le preguntaba directamente, lo eludiría. Decidió pedirle a su amiga Zaira que le contara todo lo que sabía sobre Pau, la próxima vez que la viera.

-Y no lo has hecho. Sólo estaba pensando que ya me gustaría a mí tener treinta y dos, en vez de treinta y cinco.

-Claro. Treinta y cinco son muchos más años que treinta y dos -bromeó ella.

-Ja, ja —se inclinó para pellizcarle la naríz-. Si tuviera treinta y dos, todavía dispondría de tres años más para jugar al lacrosse.

-¿Piensas retirarte el año que viene?

-Sí. Llevo practicando ese deporte desde que era niño.

-Pero si te gusta... ¿por qué te vas a retirar?

-Por varias razones. La primera de todas, me quita mucho tiempo ahora que tengo una niña . Quiero estar presente cuando dé los primeros pasos, cuando empiece a hablar... segundo, ya no puedo permitirme romperme ningún hueso. El lacrosse es uno de los deportes más violentos del mundo. Y la tercera razón es que tendría que contratar a una niñera para que me la cuidase varias veces a la semana durante todo la temporada. Incluso más tiempo, si conseguimos ir a los campeonatos.

-Todas son buenas razones -asintió Paula.

-Hablando de niñeras... tranquilízate. No voy a intentar convencerte de nada.

Paula ya se había retraído, recelando de que volviera a pedirle que cuidara nuevamente de Valentina. Ante sus palabras finales, sonrió.

-Perdona por haber sospechado.

Pedro  le habló de sus dificultades para encontrar a alguien que cuidara de la niña durante el día, y de todas las agencias que había tanteado sin éxito hasta el momento.

-Quizá el problema sea yo mismo. Me temo que estoy siendo demasiado exigente.

-No. Jamás debes reprocharte un exceso de cuidado -le dijo ella-. Si te sientes incómodo con alguien o con alguna agencia en especial, confía en tu propia intuición.

-El problema es que mi intuición me advierte en contra de todo el mundo.

-Pues por ahí fuera hay gente maravillosa -rió Paula-. Sólo tienes que mantener abiertos los ojos.



Se Solicita Niñera: Capítulo 15

Y aquel retraimiento no hacía más que estimular el instinto depredador de Pedro. Tarde o temprano descubriría por qué se mostraba tan evasiva. Cuando Pau estuviera bajo su cuerpo, rodeándole la cintura con las piernas, Pedro querría mucho más que un simple placer físico. Lo querría todo de ella. La deseaba con locura.

Le resultaba duro aceptar que, con el tiempo, hubiera vuelto a desear a una mujer de aquella manera. Había jurado que estaba harto de relaciones. Había pasado cinco años casado con una mujer de la que, en un principio, se había encaprichado sexualmente. Una vez que eso hubo terminado, no tardó en descubrir que, en realidad, no la conocía en absoluto. Y cuanto más llegaba a conocerla, menos le gustaba.

Ludmila se había servido del sexo para conseguir lo que quería. Y Pedro había disfrutado con su seductor comportamiento... al principio. Más tarde, una vez casados, advirtió que no vacilaba en seguir practicando sus encantos con otros hombres. Estaba acostumbrada a salirse siempre con la suya. Cuando el sexo no funcionaba, recurría a las lágrimas. Pensó que probablemente había sido una suerte que no hubieran tenido hijos, aunque aún podía sentir la punzada de decepción que lo asaltó cuando Ludmila le dijo que jamás querría tenerlos.

Y allí estaba, a pesar de su resolución, prácticamente obligándose a sí mismo a sumergirse en otra relación con una mujer que, aparentemente, no estaba tan interesada por él como él por ella. Pero había habido momentos... la noche en que lo ayudó cuando Valen se puso enferma, por ejemplo. Sí, Paula mostraba desconfianza. ¿Pero desinterés? No después de aquel beso.

De repente oyó a Valen y miró su reloj, pensando que aquella niña tenía un hambre realmente voraz. La tenía en una especie de cuna portátil que le había comprado, en una esquina del despacho. Mientras agarraba la cuna y se dirigía al coche, con la bolsa de pañales al hombro, pensó que tarde o temprano tendría que resignarse a contratar a una niñera. Había escuchado horrorosas historias de niños maltratados por niñeras aparentemente encantadoras, y le aterraba la posibilidad de que Valen cayera en manos de alguna maníaca. Ahora era su bebé; su hija, en realidad.

Federico y Gabriela había querido a aquella chiquitina con cada fibra de su ser; él mismo había podido oírlo en la voz de su hermano cuando le llamó para darle la buena nueva. Y él, Pedro, no iba a ser menos. Todavía se le formaba un nudo en la garganta cuando pensaba en su hermano y en su cuñada. Algunas veces la vida era sencillamente detestable.

Todavía estaba rumiando el problema de la niñera cuando llegó a la casa de Pau una hora después. Mientras esperaba en el umbral decidió que tendría que investigar a más agencias y...

De pronto la puerta se abrió de par en par y Paula apareció ante él.

-Hola.

Iba vestida de sport: una falda vaquera lo suficientemente corta como para dejar al descubierto las piernas con las que Pedro tanto había soñado, y un suéter sin mangas que se adaptaba maravillosamente a sus curvas. Pedro habría dado cualquier cosa por haber estado en el lugar de aquel afortunado suéter...

-Hola -repuso él, obligándose a convertirse en una persona civilizada.

Paula  había preparado unos pinchos de carne condimentada al estilo oriental, un manjar que a Pedro le supo a gloria. Los había puesto en adobo, según le explicó, para darles más sabor. Le hizo una pregunta acerca del trabajo y durante la mayor parte de la cena estuvieron hablando de las distintas formas de publicidad.

Después, Pau se levantó para recoger la mesa. Valen se encontraba por el momento muy cómoda y tranquila en su asiento, así que Pedro se levantó también para ayudarla llenando el lavavajillas mientras ella fregaba las sartenes.

-Eres muy hábil con esto -observó Pau.

-Por necesidad. He vivido solo durante muchos años.

-Yo no -se interrumpió por un momento, como reflexionando, y luego se encogió de hombros-. Desde luego, viviendo sola me resulta mucho más fácil tener la casa limpia, pero echo de menos la presencia de gente. ¿Sabes lo que quiero decir?

-Sí. Yo también me había acostumbrado a eso, pero si no tuviera a Valen conmigo, creo que mi casa sería como una tumba. A propósito... -miró a la niña, que levantaba las manitas sentada en su asiento-. Odio tener que marcharme nada más comer, pero creo que será mejor que me vaya. Nos acercamos a la hora en que suelo bañarla.

-Si quieres puedo hacerlo yo. Además, tengo una crema muy buena para ella.

-Estás loca por ponerle las manos encima a mi sobrina, ¿a que sí?

-Sí, lo confieso -reconoció Pau, sonriendo y levantando las manos en un gesto de rendición—. Nada hay en el mundo tan maravilloso como mirar, tocar, sentir a un bebé.

Diez minutos más tarde, mientras veía el informativo de la televisión, JPedro  seguía pensando en la expresión de felicidad que había visto en los ojos de Pau. Ella misma había insistido en que se relajara un poco, algo de lo que le estaba agradecido.

En la cocina, sonó el teléfono. Pau estaba en el cuarto de baño con el bebé, y Pedro sabía que no podía oírlo. Pensó primero que el contestador recogería el mensaje, pero luego decidió contestar directamente.

-¿Diga?

-¿Quién es? -la voz masculina parecía sorprendida y contrariada a la vez.

-Soy Pedro Alfonso. ¿Y usted?

-Debo de haberme equivocado de número -el hombre adoptó un tono de disculpa.

-Si quería llamar a Paula Chaves, ha acertado. ¿Puedo decirle quién la llama?

-¿Dónde está?

Aquel tipo parecía claramente disgustado, y no tenía intención alguna de darle su nombre. Pero Pedro tampoco estaba dispuesto a ceder:

-Paula tiene las dos manos ocupadas en este momento... pero puedo transmitirle un mensaje.