jueves, 4 de febrero de 2016

Se Solicita Niñera: Capítulo 15

Y aquel retraimiento no hacía más que estimular el instinto depredador de Pedro. Tarde o temprano descubriría por qué se mostraba tan evasiva. Cuando Pau estuviera bajo su cuerpo, rodeándole la cintura con las piernas, Pedro querría mucho más que un simple placer físico. Lo querría todo de ella. La deseaba con locura.

Le resultaba duro aceptar que, con el tiempo, hubiera vuelto a desear a una mujer de aquella manera. Había jurado que estaba harto de relaciones. Había pasado cinco años casado con una mujer de la que, en un principio, se había encaprichado sexualmente. Una vez que eso hubo terminado, no tardó en descubrir que, en realidad, no la conocía en absoluto. Y cuanto más llegaba a conocerla, menos le gustaba.

Ludmila se había servido del sexo para conseguir lo que quería. Y Pedro había disfrutado con su seductor comportamiento... al principio. Más tarde, una vez casados, advirtió que no vacilaba en seguir practicando sus encantos con otros hombres. Estaba acostumbrada a salirse siempre con la suya. Cuando el sexo no funcionaba, recurría a las lágrimas. Pensó que probablemente había sido una suerte que no hubieran tenido hijos, aunque aún podía sentir la punzada de decepción que lo asaltó cuando Ludmila le dijo que jamás querría tenerlos.

Y allí estaba, a pesar de su resolución, prácticamente obligándose a sí mismo a sumergirse en otra relación con una mujer que, aparentemente, no estaba tan interesada por él como él por ella. Pero había habido momentos... la noche en que lo ayudó cuando Valen se puso enferma, por ejemplo. Sí, Paula mostraba desconfianza. ¿Pero desinterés? No después de aquel beso.

De repente oyó a Valen y miró su reloj, pensando que aquella niña tenía un hambre realmente voraz. La tenía en una especie de cuna portátil que le había comprado, en una esquina del despacho. Mientras agarraba la cuna y se dirigía al coche, con la bolsa de pañales al hombro, pensó que tarde o temprano tendría que resignarse a contratar a una niñera. Había escuchado horrorosas historias de niños maltratados por niñeras aparentemente encantadoras, y le aterraba la posibilidad de que Valen cayera en manos de alguna maníaca. Ahora era su bebé; su hija, en realidad.

Federico y Gabriela había querido a aquella chiquitina con cada fibra de su ser; él mismo había podido oírlo en la voz de su hermano cuando le llamó para darle la buena nueva. Y él, Pedro, no iba a ser menos. Todavía se le formaba un nudo en la garganta cuando pensaba en su hermano y en su cuñada. Algunas veces la vida era sencillamente detestable.

Todavía estaba rumiando el problema de la niñera cuando llegó a la casa de Pau una hora después. Mientras esperaba en el umbral decidió que tendría que investigar a más agencias y...

De pronto la puerta se abrió de par en par y Paula apareció ante él.

-Hola.

Iba vestida de sport: una falda vaquera lo suficientemente corta como para dejar al descubierto las piernas con las que Pedro tanto había soñado, y un suéter sin mangas que se adaptaba maravillosamente a sus curvas. Pedro habría dado cualquier cosa por haber estado en el lugar de aquel afortunado suéter...

-Hola -repuso él, obligándose a convertirse en una persona civilizada.

Paula  había preparado unos pinchos de carne condimentada al estilo oriental, un manjar que a Pedro le supo a gloria. Los había puesto en adobo, según le explicó, para darles más sabor. Le hizo una pregunta acerca del trabajo y durante la mayor parte de la cena estuvieron hablando de las distintas formas de publicidad.

Después, Pau se levantó para recoger la mesa. Valen se encontraba por el momento muy cómoda y tranquila en su asiento, así que Pedro se levantó también para ayudarla llenando el lavavajillas mientras ella fregaba las sartenes.

-Eres muy hábil con esto -observó Pau.

-Por necesidad. He vivido solo durante muchos años.

-Yo no -se interrumpió por un momento, como reflexionando, y luego se encogió de hombros-. Desde luego, viviendo sola me resulta mucho más fácil tener la casa limpia, pero echo de menos la presencia de gente. ¿Sabes lo que quiero decir?

-Sí. Yo también me había acostumbrado a eso, pero si no tuviera a Valen conmigo, creo que mi casa sería como una tumba. A propósito... -miró a la niña, que levantaba las manitas sentada en su asiento-. Odio tener que marcharme nada más comer, pero creo que será mejor que me vaya. Nos acercamos a la hora en que suelo bañarla.

-Si quieres puedo hacerlo yo. Además, tengo una crema muy buena para ella.

-Estás loca por ponerle las manos encima a mi sobrina, ¿a que sí?

-Sí, lo confieso -reconoció Pau, sonriendo y levantando las manos en un gesto de rendición—. Nada hay en el mundo tan maravilloso como mirar, tocar, sentir a un bebé.

Diez minutos más tarde, mientras veía el informativo de la televisión, JPedro  seguía pensando en la expresión de felicidad que había visto en los ojos de Pau. Ella misma había insistido en que se relajara un poco, algo de lo que le estaba agradecido.

En la cocina, sonó el teléfono. Pau estaba en el cuarto de baño con el bebé, y Pedro sabía que no podía oírlo. Pensó primero que el contestador recogería el mensaje, pero luego decidió contestar directamente.

-¿Diga?

-¿Quién es? -la voz masculina parecía sorprendida y contrariada a la vez.

-Soy Pedro Alfonso. ¿Y usted?

-Debo de haberme equivocado de número -el hombre adoptó un tono de disculpa.

-Si quería llamar a Paula Chaves, ha acertado. ¿Puedo decirle quién la llama?

-¿Dónde está?

Aquel tipo parecía claramente disgustado, y no tenía intención alguna de darle su nombre. Pero Pedro tampoco estaba dispuesto a ceder:

-Paula tiene las dos manos ocupadas en este momento... pero puedo transmitirle un mensaje.

Se Solicita Niñera: Capítulo 14

-No me has dejado terminar lo que quería decirte -susurró contra sus labios-. Eres una mujer muy deseable. Cuando entraste por primera vez en mi despacho, sólo pude pensar en lo rápido que ansiaba desnudarte. La belleza es una palabra frívola, superficial -se interrumpió, y los rasgos de su rostro parecieron relajarse-. Y no hay nada frívolo en tí.

Con un nudo en la garganta, Paula buscó en su mirada la veracidad de sus palabras. Si aquello era una táctica de seducción por su parte. Pedro era incluso más hábil de lo que había creído. Y si no lo era... ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente tierno? Podía sentir cómo su propio cuerpo se le rendía, cómo desaparecía, la furia que había fortalecido su decisión de resistírsele.

-Tengo que irme -murmuró, desviando la mirada-. Hoy tengo mucho trabajo.

-De acuerdo -ágilmente bajó de la cama; luego la levantó en brazos y la bajó al suelo lentamente, deslizándola todo a lo largo de su cuerpo. De inmediato, mientras ella estaba demasiado asombrada y excitada para pensar incluso en protestar, la tomó por los hombros y la besó con infinita pasión.

Paula lo abrazó involuntariamente, derretida de placer, hasta que de repente él se apartó. Respiraba aceleradamente, al igual que ella, pero en sus ojos ardía un brillo de perversa complacencia.

-Piensa en esto mientras trabajas -y salió de la habitación sin mirar atrás.

Paula se lavó la cara y se arregló el cabello todo lo que pudo. Luego, lentamente, bajó las escaleras. Pedro estaba sentado en el salón, dándole el biberón a Valen. Como siempre, la conmovió la imagen de aquel hombre tan grande con aquella criatura tan diminuta en los brazos. Él levantó la mirada, sonriendo.

-Estás invitada a desayunar antes de irte. No tengo gran cosa, pero hay cereales y fruta.

-No, gracias -vaciló por un momento-. Pedro, siento lo de... que yo no...

-Yo también siento que tú no... -esbozó una sonrisa de arrepentimiento, pero luego se puso serio-. Pau... me gusta estar contigo. Y no sólo porque me hayas ayudado con Valen. No sólo porque, a un simple chasqueo de tus dedos, me acostaría de inmediato contigo. Es una mezcla de un montón de cosas. Pero tengo que ser sincero contigo. Yo no busco una relación. Al menos, no busco nada más allá de una amistad y unos buenos ratos en la cama -se encogió de hombros, y miró por la ventana-. Sé que suena fatal, pero eso es lo único que soy capaz de dar. Y si tú no estás interesada en nada más que en la parte de la amistad, por mí estupendo. Me encantaría ser tu amigo.

-A mí también me gustaría ser tu amiga -repuso Pau en voz baja-. Pero ahora mismo no necesito las complicaciones que cualquier otra cosa podría crearme.

-Puedo vivir con eso -sonrió de nuevo.

Paula  estaba empezando a odiar aquella sonrisa; parecía pegársela en el rostro como si llevara años haciéndolo. Incluso su reacción de impaciencia de la noche anterior había sido más sincera, más real. ¿Dónde se escondía el verdadero Pedro Alfonso?

-Me encantaría que siguiéramos en contacto -le dijo, acercándosele y mirando a Valen-. Estoy empezando a sentir una especial preocupación por el futuro de esta pequeña.

-Va a necesitar gente que la quiera -repuso él-. ¿Qué te parece si te llamo dentro de unos días? Podríamos salir a comer fuera o comer incluso aquí, en función de lo que haga con Valen. En plan de amigos -pero había un brillo en sus ojos que la hizo sentirse aliviada de que, en aquel instante, tuviera las manos ocupadas sosteniendo al bebé.

Paula aspiró profundamente y las palabras salieron de sus labios casi sin darse cuenta, incluso mientras se decía que estaba haciendo algo increíblemente estúpido:

-Eso sería estupendo. Pero, en plan de amigos, ¿qué te parecería que vinieras tú a mi casa? Ya estás bastante ocupado. ¿Te viene bien el jueves por la noche?

-El jueves por la noche me vendría maravillosamente bien.

Pedro giró su sillón para quedar frente al ventanal del despacho, observando cómo la reverberación del calor distorsionaba el paisaje urbano. El sol de comienzos del verano parecía asarlo todo. Baltimore estaba sumida en una ola de altísimas temperaturas.

«Como yo», pensó. Esa noche, Valen y él iban a cenar en casa de Paula. Durante toda aquella semana no había pensado en nada más. Realmente debía respetar su voluntad. Pero una parte de Pedro, la parte que podía mentir sin reparo y prometer cualquier cosa, sabía que era imposible que los dos estuvieran destinados a ser «simplemente amigos». No, a no ser que hasta entonces una guerra nuclear acabara con el mundo, estaba dispuesto a acostarse con ella.

El simple pensamiento le hacía apretar los dientes, entre otros variados efectos, lo cual no dejaba de molestarlo. Un hombre adulto como él debería mostrar un mayor control de sí mismo. Pero temía que esa palabra no existiera en el vocabulario de sus reacciones físicas ante Paula Chaves. ¿Cómo podía ignorar ella la corriente de deseo que reverberaba entre los dos?

Pedro sabía que Pau lo sentía, que él no era el único afectado, pero no podía presionarla. Casi podía ver la lucha que con toda seguridad se libraría en su interior cuando le confesara su deseo. Parecía absolutamente inconsciente del tipo de desafío que significaba para cualquier hombre. O quizá quería de manera deliberada pasar por alto aquel efecto. Daba la impresión de estar a la defensiva, dispuesta a sospechar de cada cumplido y a negarse a aceptarlo.

Se Solicita Niñera: Capítulo 13

-Es Valen. Hay que darle su dosis de medicina, y probablemente tenga hambre.

Yo iré a...

-No, lo haré yo. Tú necesitas dormir -mientras se levantaba, la arrastró suavemente consigo poniéndole las manos en la cintura. Apretándose contra ella, le hizo sentir la fuerza de su excitación presionando contra su vientre. Con el aliento, le acariciaba la sien-. Paula.

-¿Qué? -inquirió en un susurro, sin atreverse a mirarlo.

-Todavía no hemos terminado con esto.

Paula se despertó lentamente. Recordaba haber soñado que oía el llanto de un niño.

Pero no era un sueño; era real. Era Valen la que lloraba. Apartó la colcha y bajó de la cama. Mientras se dirigía hacia la puerta, vió que el reloj digital de la mesilla marcaba las cuatro y media de la madrugada.

Tan pronto como Pau la tomó sus brazos, la pequeña dejó de quejarse, aliviada.

-Ésa es mi chica, mi niña.... -la acunó dulcemente, arrullándola-. No es nada divertido despertarse y encontrarse sola, ¿verdad? -hábilmente la tumbó en la cuna y le cambió el pañal, tomándola en brazos antes de que pudiera llorar otra vez-. ¿Tienes hambre? Sé que anoche te quedaste con ganas; te dolían demasiado los oídos. Vamos a buscar a tu tío Pepe.

Evocó entonces los momentos de intimidad que habían compartido hacía tan sólo unas horas, pero procuró hacer a un lado aquel recuerdo. Al amanecer ya habría abandonado aquella casa. Pedro no había pronunciado en serio aquellas palabras; seguro que no tardaría en arrepentirse de ellas. Con la niña en brazos, bajó las escaleras. Pedro yacía dormido en el sofá, ignorante de su presencia.

Decidió no despertarlo, y entró sigilosamente en la cocina. Pensó que Pedro debía de estar completamente agotado después de los sucesos de la víspera. En silencio, preparó un biberón y lo puso a calentar. Una vez listo, subió con la niña a la habitación; como allí no había lugar alguno donde sentarse, la llevó a la de invitados, acomodándose en la cama, sobre los almohadones.

Para cuando Valen se tomó el biberón y se durmió de nuevo, Paula tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no cerrar los ojos de sueño. Tenía la sensación de que la habitación de la pequeña se encontraba lejísimos, y las dos estaban tan bien allí... así que dejó a Valen tumbada a su regazo y colocó unos almohadones al otro lado, para que no pudiera caerse accidentalmente de la cama.

La despertó una mosca aterrizando debajo de su oído, haciéndole cosquillas.

Soñolienta, levantó una mano para ahuyentarla. De pronto, cuando sintió que una mano le agarraba la suya, dio un respingo y abrió mucho los ojos. El rostro de Pedro ocupaba la mayor parte de su campo de visión mientras la contemplaba apoyado sobre un codo.

-¿Qué estás haciendo? ¿Dónde está Valen? -aterrada, no la encontró a su lado-. Estaba durmiendo aquí mismo...

-Tranquila, está bien. La he llevado a su cuna. Cuando me desperté hace unos minutos, pensé en echarle un vistazo. Estaba durmiendo como un tronco, acurrucada contra tí.

-Por un momento pensé que podría haberse caído de la cama...

-Te preocupas demasiado -Pedro se le acercó aún más.

Había algo que Paula necesitaba decirle... pero Pedro acababa de apoyar una mano sobre su vientre, y ya su rostro se acercaba al suyo... Ella misma se sorprendió de la desesperación con que ansiaba saborear su boca, sus besos. Cuando sintió el contacto de sus labios, estuvo a punto de gritar de alivio. Durante semanas enteras había estado esperando aquel momento, aunque no hubiera sido capaz de reconocerlo.

Mientras Pedro la acercaba más hacia sí, Paula sólo sabía que aquello siempre había estado entre ellos, esperando impaciente a ser reconocido, aceptado, desde su primer encuentro. Gimió, y él reaccionó a su gemido deslizando una mano debajo de su camiseta y apoderándose de un seno.

—Podría acostumbrarme a esto -su voz era ronca y profunda mientras interrumpía el beso, suspirando profundamente.

Aquellas palabras fueron como una inoportuna intrusión en aquella lánguida, perezosa nube de sensualidad.

-Detente. Pedro, detente.

Lentamente Pedro levantó la cabeza para mirarla. Por un instante permaneció en silencio; su expresión habitualmente abierta, afable, había desaparecido. Sus ojos estaban entrecerrados, y en ellos brillaba un extraño fuego. Tenía las mejillas encendidas, y respiraba aceleradamente. En aquel momento, pensó Pau, Pedro era pura masculinidad, puro deseo viril.

Pero aquella tensión no tardó en desaparecer. Paula pudo sentir cómo se relajaba su cuerpo, aunque no se movió de donde estaba.

-Lo siento -había cierto tono de humor en su voz, aunque la miraba pensativo-. Parece que verte dormida en mi cama acabó con mi sentido común.

Paula le puso las manos en el pecho y lo empujó con insistencia, más segura de sí misma ahora que sabía que se estaba burlando de ella otra vez. La broma era su único recurso para superar aquella incómoda situación.

-Mi belleza suele producir ese efecto con los hombres.

-Yo no he dicho que fueras bella.

Aquellas palabras le sentaron como una bofetada en la cara, y ella misma se sorprendió del daño que le produjeron. El buen humor que había acompañado a sus contradictorias emociones desapareció bruscamente. Quiso levantarse, abandonar la cama, pero Pedro la retuvo fácilmente con una sola mano, obligándola a que se quedara donde estaba.

martes, 2 de febrero de 2016

Se Solicita Niñera: Capítulo 12

Paula asintió, intentando comportarse con naturalidad mientras un tenso silencio se abatía sobre ellos. La enorme cama de agua que dominaba la habitación parecía magnificar el hecho de que estaba a solas con Pedro.

Pedro  tenía vuelto el rostro hacia ella, pero de repente Pau advirtió que no la estaba mirando. Tenía una expresión desanimada, triste. Quizá estuviera agotado, pero había algo más en su gesto que no alcanzaba a identificar.

-¿Te encuentras bien? -le preguntó.

Pedro dió un respingo, y se sentó en el borde de la cama.

-Supongo que sí -respondió con tono poco convencido, y miró a Pau con extraña intensidad-. ¿Crees que estoy haciendo lo más adecuado?

-¿Lo más adecuado? -inquirió Pau; ¿se refería acaso a invitarla a dormir en su cama?

-Sí. ¿Crees que debo responsabilizarme de Valen?

-Por supuesto que sí. ¿No me dijiste que eras el único pariente vivo que le quedaba? -al ver que asentía, añadió-: Ella te necesita, Pedro -se sentó a su lado, en la cama.

-Lo sé. Eso es lo que me dije a mí mismo cuando solicité la custodia, pero esta noche... esta noche me ha demostrado lo mal padre que soy -la miró, y Paula leyó tal angustia y desesperación en sus ojos grises, que le entraron ganas de abrazarlo y consolarlo como si fuera un chiquillo-. Tenía una madre y un padre que la amaban. Jamás se les ocurrió imaginar que no vivirían para verla crecer.

La tristeza de su voz le recordó a Pau que Valen no era la única que había perdido a alguien querido. El hermano de Pedro había muerto. No sabía qué decirle, así que siguió los dictados de su instinto. Volviéndose hacia él, lo tomó por lo hombros y lo abrazó. Pedro seguía necesitando consuelo, y ella sabía bien cómo ofrecérselo.

-¿Sabes lo que sería capaz de dar por hacer que volvieran? ¿Por el bien de Valen? -la voz de Pedro sonaba ahogada contra su cabello-. Daría mi propia vida con tal de que esa niña recuperara a sus padres.

-Shhh -le acarició tiernamente la nuca, sintiendo el calor de su piel-. Las cosas no son así. No puedes cambiar una vida por otra, por mucho que quieras. Tienes que seguir adelante, pensar en la suerte que tiene Valentina de poder contar contigo.

-¿Suerte? Esta noche estuve a punto de matarla. No tengo ni idea de cómo cuidar a un bebé.

-Eso es una exageración -replicó Paula con tono enérgico, sintiendo que era esa actitud la que él necesitaba en aquel momento-. No te diste cuenta de que tenía una infección. Sí, estaba enferma y se sentía incómoda, pero no se estaba muriendo de dolor. Y ya has aprendido algo de esta experiencia. Ahora ya sabes tomarle la temperatura y lo que tienes que hacer cuando tiene fiebre. Ya sabes administrar una medicación. Tú no vas a matarla, Pedro. Cada día aprendes algo nuevo. Si hubieras podido verte el primer día... -rió entre dientes al recordarlo-. Ahora sí puedo decirte que me pusiste un poquito nerviosa.

-Supongo que he mejorado un poco con ella.

-¿Un poco? ¡Si hace un mes ni siquiera sabías cómo cambiar un pañal!

-Es cierto -reconoció Pedro, y Pau advirtió aliviada que la nube de tristeza había desaparecido de sus ojos-. Pero sin tí, ahora mismo no habría podido hacer nada de eso.

-Claro que habrías podido. Lo habrías aprendido algo más lentamente, pero tarde o temprano habrías terminado por aprenderlo.

-Me alegro de que no haya tenido que hacerlo -declaró con énfasis, y luego cambió de tono-. Háblame de tu familia. ¿Tus hermanos son mayores o más jóvenes que tú?

-Todos más jóvenes —retiró las manos de sus hombros, demasiado consciente de su cuerpo.

Aquella situación era demasiado íntima para dos amigos que todavía no habían llegado a conocerse bien-. Mi madre falleció cuando yo sólo tenía doce años, y a partir de entonces ayudé a papá a cuidar a mis tres hermanos.

-¿Qué edad tenían ellos cuando murió tu madre?

-Ocho, cinco y dos.

-Aquello debió de ser una carga muy pesada para una chica tan joven.

-Supongo que sí. Pero en el momento no se te ocurre pensarlo.

-Lo sé -declaró Pedro con tono seco-. Entonces, ¿qué hizo tu padre cuando terminaste el instituto? ¿Fuiste a la universidad?

Aquél no era un período de su vida que a Paula le gustara particularmente recordar. Podía sentir el peso de aquellos años como si todo hubiera sucedido apenas el día anterior.

-Se suponía que tenía que ir a una facultad universitaria de diseño de moda en Filadelfia. Mi padre sufrió un ataque cardíaco en el mes de julio del mismo año en que me gradué en el instituto. Sobrevivió, pero no hubo manera de que pudiera dejarlo solo a cargo de los tres chicos. Decidí esperar hasta que fueran un poquito mayores; pero a la primavera siguiente murió, y me convertí en la tutora legal de mis hermanos.

-¿Así que de nuevo retrasaste tu ingreso en la universidad?

Paula asintió, con un nudo de emoción en la garganta. Los ojos de Pedro estaban fijos en los suyos, y de repente aquella habitación le pareció demasiado íntima, como si se hubiera empequeñecido. Pedro, que aún le sostenía la mano, le acarició con exquisita suavidad los nudillos con los pulgares mientras bajaba la mirada hasta sus labios. Involuntariamente Paula se los humedeció con la lengua, y en aquel instante vió brillar una llama en sus ojos mientras inclinaba la cabeza hacia ella...

De pronto, el llanto de Valen procedente de la habitación contigua la hizo dar un respingo. Preguntándose qué diablos estaba haciendo, volvió rápidamente la cabeza. Los labios de Pedro aterrizaron en su mejilla, y Paula quedó estremecida de la cabeza a los pies por el dulce y a la vez áspero contacto de su mandíbula contra su cuello.

Podía escuchar el sonido de sus respiraciones aceleradas. Ansió entonces volver nuevamente el rostro hacia él, permitir que la tomara en sus brazos, que hiciera lo que quisiera con ella.

Pero se lo pensó mejor. Pedro le ocasionaría todo tipo de complicaciones. Tal vez no fuera el playboy que había pensado en un principio, pero definitivamente no era la persona que más necesitaba en su vida.

Se Solicita Niñera: Capítulo 11

Con la receta en la mano, corrió hacia la entrada de urgencias del hospital. Al verlo, la chica del mostrador le comentó sonriente:

-Creo que ya están listas para marcharse.

Minutos después, Paula salía de la sala con Valentina en brazos. Pedro le mostró la bolsa donde llevaba los medicamentos, indicándole en silencio que ya los había adquirido; de repente se sentía terriblemente cansado, agotado. La pequeña ya no lloraba, pero el sonido de sus gritos aún resonaba en sus oídos. ¿Por qué diablos no se había dado cuenta antes de que estaba sufriendo tanto?

La recepcionista que lo había saludado un momento antes le sostuvo la puerta a Paula y, ruborizándose un poco, le dijo a Pedro:

-Me he enterado de que esta pequeña no es su hija. Es tan bonita...Aquí tiene una tarjeta con el número del hospital para que nos llame cuando necesite ayuda otra vez. Y mi propio número está apuntado en el reverso. Si hay «cualquier» cosa que yo pueda hacer, llámeme sin dudarlo.

Pedro tomó la tarjeta que le ofreció sin apenas mirarla.

-Muchas gracias. Lo tendré en cuenta.

La chica se despidió con una nueva esplendorosa sonrisa, y Pedro siguió a Paula fuera del hospital.

-Sé lo que estás pensando -le comentó-. No ha sido culpa mía. ¿Acaso me has visto guiñándole un ojo a esa chica? -inquirió frustrado, y suspiró profundamente.

Paula se volvió para mirarlo; para su sorpresa, estaba riendo.

-Tú no sabes lo que estaba yo pensando.

-Ya.

-De verdad -insistió ella-. Estaba pensando que yo jamás podría ser tan atrevida como esa chica. Te ha echado el ojo, amigo.

-Es sencillamente lamentable -musitó Pedro. No le veía la gracia a aquel incidente.

-Necesitas dormir. Nunca antes te había visto tan gruñón.

Cuando llegaron ante el coche, esperó a que él le abriera la puerta para sentar a Valen en su asiento trasero; luego se sentó delante. Antes de cerrar, Pedro descubrió asombrado que todavía se estaba riendo.

-Estás muy atractivo cuando te enfadas -le comentó, remedando su tono cuando él le dijo lo mismo.

¿Atractivo? ¿Ella pensaba que él era atractivo? Pedro masticó ese pensamiento una y otra vez mientras se dirigían a su casa. No habría podido sentirse más satisfecho.

Pau observó con sospecha la expresión auto-suficiente y confiada de Pedro mientras abría la puerta de la casa y la hacía pasar. Aquella mirada la ponía nerviosa, y ya había tenido que sufrirla antes.

-Creo que podrás conseguir que duerma después de darle un biberón -le comentó, disimulando su inquietud-. Debe de estar exhausta.

-¿Y si empieza a llorar otra vez? -inquirió alarmado-. ¿No podrías quedarte hasta que se durmiera?

-Pedro, es la una y media de la madrugada. Mañana tendré un día muy ocupado. Debo dormir un poco.

-¿Trabajas el sábado?

-Sí; trabajo todos los días hasta finales de junio, cuando se pase la fiebre colectiva de correr a los altares.

-Siento de verdad haberte molestado. No podía dejar de pensar...

-No te preocupes.

-¿Por qué no te quedas aquí?

-¿Que me quede aquí? -preguntó sorprendida.

-Bueno, tiene sentido. Así podrás dormir, y si Valen y yo necesitamos ayuda, te llamaremos -le tomó una mano-. Por favor, Pau. Te dejaré la cama y yo dormiré en el sofá -de pronto sonrió, y el Pedro que Paula conocía tan bien reapareció nuevamente-. A no ser, por supuesto, que prefieras compartir la cama. Eso tiene todavía más sentido.

-Sólo para tí -se obligó a replicarle Paula. ¿Cómo podía negarse cuando la miraba de esa manera? Incluso aunque sabía que aquel hombre sería capaz de convencer a un francés de que comprara vino de California, se dejaba afectar por él. Y cuando estaba tan cerca, tocándola, seduciéndola con su mera presencia, no tenía la menor oportunidad de resistírsele-. De acuerdo -pensó que, si cedía, al menos tendría que poner una mínima distancia entre ellos-. Pero tú dormirás en el sofá. Así aparentarás que eres un caballero.

-Trato hecho -repuso Pedro, aliviado-. Nunca podré agradecerte lo suficiente todo lo que has hecho esta noche -en vez de soltarle la mano, se la llevó a los labios para besársela con exquisita ternura-. Vamos. Te daré toallas limpias.

Paula no pudo menos que alegrarse de que Pedro no hubiera notado el involuntario estremecimiento que le había provocado aquel ligero contacto. Mientras lo seguía escaleras arriba hasta el segundo piso, intentó decirse que se había tratado simplemente de una reacción física... en vano.

Pedro  la llevó al dormitorio principal, al final del pasillo. De camino le enseñó la habitación de invitados, convertida en despacho, y una tercera que había sido transformada en la de Valentina. No parecía una habitación muy adecuada para un bebé, tan austera y desnuda.

-Quiero decorarla una vez que desempaque todas sus cosas -explicó con una sonrisa de arrepentimiento-, pero tengo la sensación de que el día no tiene suficientes horas.

-Pues te seguirán faltando -Paula miró a la niña, que en aquel momento dormitaba en los brazos de Pedro-. Cuanto mayor sea, más ocupado estarás.

-Gracias por el estímulo -repuso irónico mientras depositaba suavemente a la niña en la cuna, y la arropaba con una manta. Luego le enseñó su propio dormitorio-. Aquí es donde dormirás -encendió una luz-. Hay camisetas en el cajón superior de esa cómoda, y otra manta en el armario.

Se Solicita Niñera: Capítulo 10

Valen  estuvo extraordinariamente escandalosa durante todo el día. Pedro paseaba arriba y abajo por su apartamento con ella en los brazos, mientras sus gritos y chillidos iban en aumento. Había revisado el habitual motivo de su incomodidad, el pañal húmedo, y había intentado darle un biberón, pero se lo había rechazado. Llevaba bastantes horas sin dormir.

Él tampoco, por supuesto. Era sábado, casi medianoche. Su ansiedad aumentaba por momentos. Deseó poder contar con la experiencia de Pau con los niños; ella sí que habría logrado tranquilizar a Valen si se hubiera encontrado allí en aquel instante. Ese pensamiento apenas fue asimilado por su cerebro antes de que tomara una decisión.

Sacó su agenda de un cajón, localizó su número y lo marcó en el teléfono móvil. Oh, no; se había olvidado de que era más de medianoche. Probablemente estaría durmiendo. O saliendo con alguien, con un hombre tal vez...

-¿Hola?

Pedro no recordaba haberse sentido nunca tan aliviado. No sabía si era porque necesitaba ayuda o porque no estaba con otro hombre, pero tampoco le importaba.

-¿Pau? Hola, soy yo, Pedro. De verdad, siento mucho llamarte a estas horas.

Me había olvidado de lo tarde que era, pero el asunto es...

-¿Le ha pasado algo a Valen? -inquirió alarmada.

-No lo sé. He intentado todo lo que se me ha ocurrido. Quizá tú puedas sugerir algo.

-¿Quieres que vaya para allá?

-Por favor. Eso sería maravilloso. Si no es demasiado pe...

—Estaré allí en diez minutos -y colgó.

Pedro  sintió que se le debilitaban las rodillas y se sentó antes de que pudiera caerse al suelo. Valen  seguía llorando a todo volumen, pero ahora ya podía soportarlo.

Paula  estaba en camino.

Su camioneta hizo su aparición exactamente ocho minutos después.

-Déjame verla.

Ése fue todo el saludo que le ofreció. Pedro le entregó a Valentina y esperó, nervioso. Paula apenas le había tocado el cuerpecito cuando levantó la cabeza, con una expresión que lo dejó aterrado.

-¿Qué es?

-Está ardiendo de fiebre, Pedro, llama al médico ahora mismo. Voy a meterla en un baño caliente y a pasarle una esponja húmeda por la piel mientras tú telefoneas.

Pedro  tomó nuevamente el teléfono, oyendo cómo Pau se llevaba a la niña al cuarto de baño. Veinte minutos después, los tres se dirigían hacia el hospital. Nada más entrar, las enfermeras de guardia guiaron a Pau, con la niña, a la sala de reconocimiento. Un médico fue hacia Pedro para explicarle que se encargaría de examinar a Valentina.

Pedro se moría de ganas de acompañarlos, pero comprendía que antes tenía que pasar por la oficina de registro para facilitarles los datos de su seguro médico. Tan pronto como terminó, se reunió con Paula en la sala de reconocimiento. Estaba apoyada en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras el médico y una enfermera se inclinaban sobre la niña, que seguía llorando tumbada en una mesa. Sin hablar, Pedro le pasó un brazo por los hombros. Un gesto tan sencillo resultó tremendamente reconfortante; ya no se sentía tan solo, tan aterrado.

Diez minutos después recibieron el diagnóstico: fuerte infección en ambos oídos. Pedro se sintió peor que nunca mientras el médico le entregaba una receta:

-Le hemos dado una medicación para que le baje la fiebre y le quite el dolor. Una vez que haga efecto y nos aseguremos que la fiebre ha desaparecido, podrá llevársela a casa. Ahora mismo puede aprovechar para comprar esto en la farmacia que está al otro lado de la calle. Su mujer podrá quedarse aquí con la pequeña.

Por el rabillo del ojo Pedro advirtió la expresión sorprendida de Paula, pero ni siquiera se molestó en corregir al médico. Si ella hubiera sido realmente su esposa, en aquel momento no se habrían encontrado allí, en un hospital. Desde el principio Paula habría interpretado correctamente sus primeras molestias como síntomas de una enfermedad. Habría sabido cuándo debía empezar a tomar comida sólida; le habría elaborado un régimen nutritivo, las curvas de crecimiento... todas aquellas cosas que Pedro había leído por encima desde que se había visto obligado a convertirse en el padre de Valentina.

Si hubiera tenido que volver a casarse, indudablemente habría elegido a un tipo de mujer como Pau, pensaba Pedro mientras esperaba a que la farmacéutica le entregara la medicación recetada. Paula quería a Valentina, y de cuidar niños sabía más que nadie. Su vida sexual, de eso estaba seguro, habría sido fantástica. Ante la sola idea el cuerpo se le ponía alerta... en el sentido más extenso de la palabra, pensó arrepentido mientras se apresuraba a volverse para hacer como que ojeaba unos folletos. Si no llevaba más cuidado, la farmacéutica sería capaz de denunciarlo por escándalo público.

Se Solicita Niñera: Capítulo 9

-Hola, Pedro -Zaira lo saludó con una cálida sonrisa.

Aunque su rostro se iluminó de alegría, parecía agotada; no sólo cansada después de haber dormido poco, sino exhausta, demacrada. Al ver a sus dos pequeños corriendo arriba y abajo por el campo, con un par de palos que habían sustraído aprovechando un descuido de sus propietarios, Pedro podía comprender el motivo. Aquellos dos diablillos podían volver loco a cualquiera.

-Hola, Zai -rodeándole los hombros con un brazo, le plantó un cariñoso beso en la mejilla-. ¿Qué tal estás?

Estaba sinceramente preocupado por ella. La conocía desde que eran niños, y sabía que no le había ido nada bien con el tipo con el que había estado casada.

-Regular -respondió, y señaló a la mujer que estaba de pie a su lado, en silencio-. Creo que ya conoces a Paula.

-Hola, Pedro.

Su tono era tranquilo, y no tan frío como él había esperado. O tan frío como se merecía, quizá.

-Hola, Pau -sabía que debería disculparse, pero era como si la lengua se le hubiera atascado. Estaba más bonita que nunca. Llevaba unos vaqueros cortos, con una camiseta que le dejaba la cintura al descubierto.

-¿Qué tal le va a Valentina?

-Muy bien -respondió Pedro, forzándose a concentrarse en la conversación-. Ha padecido su primer resfriado, pero nos las estamos arreglando bastante bien juntos.

-¡Lucas! ¡No le pegues a tu hermano con el palo! -Zaira se dispuso a correr en busca de sus hijos, que en aquel momento se habían enzarzado en una pelea con los palos-. Vuelvo dentro de un momento, Pau, y luego nos iremos.

Una vez que se hubo marchado, siguió un incómodo silencio. «Vamos Alfonso: cómete el pastel de un bocado», se dijo Pedro para animarse, y se aclaró la garganta.

-Mira, lamento de verdad lo que ocurrió la semana pasada. Me comporté como un estúpido y no me extraña que te enfadaras...

-Disculpa aceptada -repuso Paula con energía, pero él podía leer en sus ojos un «ya te lo había dicho».

Cuando ya se disponía a retirarse, Pedro la agarró de un brazo. De repente se veía abrumado por la misma emoción que había experimentado el día en que prácticamente Paula lo echó de la tienda. No era furia, ni tampoco disgusto, ni dolor. Pero el hecho de que lo hubiera tomado por un playboy sin escrúpulos... había tocado una fibra sensible en su interior.

Desde entonces, no había pasado ni un solo día sin que pensara en aquella conversación, buscando en sí mismo los indicios que habrían podido justificar una acusación semejante. La verdad era que le gustada ver a las mujeres sonreír; le satisfacía agradarlas, hacer que se sintieran bien. Y nunca se había comportado de manera grosera con ellas. Pero, sinceramente, no era un seductor empedernido, y su lista de relaciones no alcanzaba la cifra de dos dígitos, como ella parecía creer.

-Realmente te equivocas. No soy ningún superman seductor con las mujeres.

-Yo nunca dije que lo fueras.

-Escucha, odio enemistarme con la gente y no creo que estés contenta conmigo, aunque teóricamente hayas aceptado mis disculpas.

-No ha habido nada de «teórico» en ello. Te dije que aceptaba tus disculpas, y así es -lo miró fijamente.

Pedro sabía que estaba hablando en serio por su expresión airada, rebelde. Como siempre que la había visto, sus labios lo fascinaban. Era la mujer más deseable que había conocido jamás.

-Vas a acusarme de ser un ligón si te digo esto, pero te juro que no lo soy. Estás... estás realmente bella cuando te enfadas.

-¡Yo no me enfado!

Siguió un largo silencio. Luego, cuando Pedro arqueó una ceja con gesto escéptico, Pau sonrió a su pesar, arrepentida:

-De acuerdo, estaba enfadada. Pero ahora no.

-¿Amigos entonces? -le tendió la mano.

-Amigos -repuso ella.

La bolsa de pañales que llevaba bajo el brazo escogió aquel momento para resbalar, y Pedro tuvo que hacer verdaderos malabarismos para sujetar a Valen, la bolsa, el saco de deporte y su palo de lacrosse. Paula extendió un brazo para ayudarlo, y por un instante sus dedos hicieron contacto con los suyos. Allí estaba otra vez, aquella explosión de sensaciones, de química. Pedro nunca antes se había sentido tan conmovido por el contacto de una mujer. ¿Qué era lo que tenía para atraerlo tanto? No era alta ni rubia, como la mayoría de las chicas con las que había salido. Era... increíblemente sexy, excitante. Todos sus sentidos se aguzaban cuando se encontraba cerca de ella; su cuerpo se olvidaba de que era un hombre civilizado.

Sintió que Valentina  se estaba despertando y miró al bebé... a su bebé. Empezaba a darse cuenta de lo mucho que su vida estaba cambiando. En aquel momento no podía pedirle a ninguna mujer que saliera con él, porque... ¿qué podía hacer con Valen? Todavía no había sido capaz de conseguirle una niñera. Seguía llevándosela al trabajo todos los días.

-Alguien está teniendo hambre otra vez -le comentó a Paula.

-Es algo que suele pasarles a los bebés -sonrió, y vaciló por un momento-. Pedro, tenía intención de llamarte.

«¡Maravilloso!», se dijo él, deleitado.

-No voy a poder aplicar tus ideas para el folleto. No puedo ocuparme de eso ahora.

Zaira, tirando de sus hijos, se dirigía hacia ellos. Pedro no podía pensar en nada. Cuando Valen empezó a exigir a gritos un pañal limpio y un biberón de leche, Paula le acarició una manita antes de marcharse:

-Ya nos veremos. Estoy segura de ello.