jueves, 12 de noviembre de 2015

Mi Bella Tramposa: Capítulo 20

—De nada —el tono de Pedro era educado pero, observándolo de cerca, Paula apreció un extraño brillo en sus pupilas—. No tenía nada que hacer.
«Nada mejor que hacer», lo corrigió la chica para sí, mientras una punzada de irritación la estremecía. Lo miró con más atención y admitió que era el tipo de hombre con el que cualquier mujer se sentiría orgullosa de salir. De repente, sintió un deseo intenso de ponerse algo más elegante que esos vaqueros.
—Yo…
—Paula…
El titubeante comienzo de ella y su nombre en labios de él coincidieron, provocando que ambos se interrumpieran y guardaran silencio, incapaces de continuar. Antes de que esa pausa se volviera incómoda, alguien los saludó desde la calle. Valentina se acercaba, cargada con varios paquetes.
—¡Hola! —sonrió al llegar junto a ellos—. ¿Ya de vuelta?  ¿Llovió?
Frunció el ceño al ver que su amiga no estaba maquillada y llevaba una ropa informal.
—Nos sorprendió el aguacero y tuvimos que regresar a casa —explicó Paula. Mantuvo la vista fija en la cara de Valentina, temiendo mirar a Pedro—. Dejé mi reloj en el coche y él me lo trajo.
—Me estoy muriendo por tomar una taza de café. ¿Les apetece una?
La pregunta incluía a Pedro y Paula maldijo en silencio la hospitalidad de su amiga. No creía poder soportar la compañía masculina durante más tiempo. Necesitaba estar a solas para recuperarse y arreglarse; quizá entonces lo enfrentaría con mayor seguridad… «si es que vuelvo a verlo», agregó con rapidez, recordando cómo se habían despedido horas antes.
—Me temo que debo marcharme. Tal vez otra tarde —murmuró Pedro y acompañó sus palabras de una mirada intensa a la cara de Paula.
¿De verdad tenía otro compromiso o no estaba ansioso de pasar más tiempo en su compañía? Y esa otra, ¿insinuaba que deseaba una nueva cita? Paula no lo sabía y se refugió en aceptar la invitación de su amiga, como si de eso dependiera su vida.
—Adiós, Pedro—dijo por encima de su hombro, mientras se dirigía a la puerta del departamento de Valentina—. Y gracias por traerme el reloj… Déjame ayudarte — agregó, agarrándole unos paquetes para que pudiera buscar la llave al mismo tiempo.
En la confusión de sujetar dos bolsas llenas de víveres, Paula no vió irse a Pedro, pero oyó el rugido del motor, como una exclamación de ira exasperada.
—¡Así que es el detestable Pedro Alfonso! —Valentina se dejó caer en una silla y se quitó los zapatos—. ¡Es guapísimo, niña! Casi me desmayo cuando abrí la puerta esta mañana y lo vi. Estuve tentada a decirle que no estabas en casa, y pensé meterlo en mi apartamento y tenerlo para mí sola. ¡Es un espécimen maravilloso!
—Te dije que era muy atractivo —el tono de Paula era seco; la posibilidad de que Valentina se quedara a solas con Pedro la molestaba—. Pero no es el exterior lo que cuenta, sino la manera de ser. Pedro es arrogante, egoísta y no piensa en nadie más que en él.
—Si tú lo dices… —parecía desilusionada—. Es una lástima. ¿Todavía quieres vengarte?
«Dudo que lo logre», estuvo a punto de declarar. Titubeó al recordar la mirada de Pedro al pronunciar su nombre. Por un segundo, su expresión se había dulcificado, volviéndose casi cálida, y una luz inesperada había brillado en esos ojos grises. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué le habría dicho si Valentina  no los hubiera interrumpido con su llegada a destiempo? ¿Le iba a pedir que salieran otra vez? De ser así, ¿qué hubiera respondido ella?
—No lo sé —contestó lentamente, tanto a su propia pregunta como a la de Valentina—. Para confesarte la verdad, no lo sé.
Paula estaba en la cocina, dando los últimos toques a la comida que había preparado para su invitada, cuando sonó el teléfono.
—Yo contestó —gritó Valentina desde el salón—. Sí, aquí está —dijo después de un momento—. Ahora se pone… ¡Paula! —y, cuando la joven apareció en el umbral de la puerta, en respuesta a su llamada, susurró—: ¡Es él! —visiblemente, emocionada.
Aunque el corazón le latía muy rápido, Paula no se dió prisa en atravesar el cuarto y tomar el auricular de la mano de Valentina. Sólo había una persona que su amiga pudiera describir de esa forma, poniendo énfasis en el pronombre. ¿Para qué la llamaba Pedro? Había pasado una semana desde el día de campo y no había tenido noticias suyas. Ya había dejado de preguntarse si la llamaría, aunque no había conseguido dejar de pensar en él. Aún la intrigaba lo que Pedro había estado a punto de decirle en la puerta, antes de que su vecina los interrumpiera.
—Hola —la sorpresa hizo que su voz sonar débil y temblorosa.
—¿Paula? —en contraste, la de Pedro sonaba firme y llena de confianza, como siempre—. ¿Cómo estás? —sin esperar a que le contestara, continuó—: ¿Estás libre el viernes?
—No lo sé —replicó, tratando de ganar tiempo para organizar sus pensamientos a pesar de que minutos antes de que el teléfono sonara le decía a Valentina que por una vez en la vida tenía por delante un fin de semana sin compromisos—. ¿Por qué?
—Estuve hablando con Santiago, ¿recuerdas?, mi cuñado. Lo conociste la noche de la exhibición.
—Oh, sí, lo recuerdo —apretó el auricular. Recordaba a Santiago Martínez, y también el gesto que le había hecho tanta gracia a Pedro.
—Entonces también recordarás que sugirió que quedáramos para que conocieras a Luciana. Nos ha invitado a cenar a su casa el viernes.
«¡Nos ha invitado!». Eran, desde luego, palabras arrogantes. Ni una disculpa por no haberla llamado en toda la semana, ni un «te gustaría venir», tan sólo la seguridad de que ella iría, si podía.
—No creo que… —empezó y de repente se detuvo. Recordó su plan de vengarse, que había archivado ante la aparente falta de interés por Pedro. ¡Iría, maldita sea!—. ¿Puedes esperar mientras consulto mi agenda?
Tapó el auricular y se volvió hacia Valentina, que escuchaba la conversación sin ninguna vergüenza.
—¿Y bien?
—Quiere que cenemos con su cuñado y su hermana —explicó en voz baja.
—Para conocer a la familia, ¿eh? —parecía a punto de soltar una carcajada—. Es obvio que el señor Alfonso piensa en serio. ¿Irás?
—No estoy segura —frunció el ceño. ¿Pensaba Pedro en serio, como decía Valentina? Ese  «nos» indicaba que eran una pareja, por lo menos para él, y una invitación para conocer a la familia podía indicar que le daba más importancia de la que ella presumía. Bien, mucho mejor… no tendría que esperar demasiado para poner su plan en acción—. ¿Debería?
La sonrisa de Valentina estaba llena de complicidad.
—¡Claro que sí!
También Paula sonrió. Levantó el auricular con decisión.
—¿Pedro? Estoy libre el viernes.

Mi Bella Tramposa: Capítulo 19

—Es una lástima que este día se haya estropeado, pero habrá otros…
La mirada que Pedro le lanzó de reojo fue indescifrable y el corazón de Paula se contrajo al pensar que quizá no habría más oportunidades.
—Me encantó el día de campo.
El silencio de él no la alentó. Al girar el volante para tomar una curva, separó el brazo de la mano de Paula, que cayó sobre el asiento.
—La comida me gustó mucho —volvió a intentarlo—. Tienes que agradecerle a tu…
—¡Ni siquiera comiste lo suficiente para opinar! —la interrumpió, rompiendo al fin su silencio.
¡Otra vez! ¿Estaba obsesionado con la cantidad de alimentos que ella comía? Se tragó la áspera protesta que subía a sus labios.
—Me gustó lo que comí y me agradó tu compañía —se sorprendió al darse cuenta de que hablaba con sinceridad. Se había divertido y era inútil negarlo.
—Todavía podemos pasar un rato juntos.
La atención de Pedro seguía concentrada en la carretera, pero su voz se había dulcificado un poco y Paula reprimió una sonrisa de triunfo.
—Necesito cambiarme de ropa.
¿Parecía sincera? Quería que él comprendiera que se sentía apenada porque debían separarse y que le gustaría pasar más tiempo a su lado, pero ignoraba si lo había logrado.
El resto del trayecto se hizo un silencio tenso que alteró los nervios de Paula. Cuando se detuvieron ante el edificio de departamentos, no tenía ni idea de lo que iba a pasar entre ellos.
—Aquí estás, sana y seca —no podía pasar por alto la ironía deliberada de Pedro.
La campera  y los pantalones estaban casi secos y, con la típica perversidad de un verano inglés, el sol había vuelto a brillar, calentando la tarde. Mientras titubeaba, indecisa, el sonido de los dedos del hombre tamborileando sobre el volante le pareció amenazador.
—Gracias otra vez por este hermoso día de campo.
—Fue un placer.
¿Qué estaba pensando él? ¿Planeaba volver a verla o la descartaría por completo? Por un momento, se quedó sentada, esperando algo que no podía catalogar. Pedro no trató de abrazarla o darle un beso de despedida. Estaba abstraído, distante y, dominando el deseo de preguntarle qué le pasaba, Paula abrió la puerta y salió.
—Adiós, Pedro.
Él levantó una mano en señal de despedida y, antes de que ella se relajara, puso en marcha el vehículo y desapareció. Paula apretó los labios, furiosa.
«¡Maldito seas!» ¡Ni siquiera le había respondido! Su plan de atraparlo y humillarlo se había esfumado. Pues bien, tenía mejores cosas que hacer que perder el tiempo jugando con un hombre tan egoísta que nunca pensaba en los demás. ¡Menos mal que se había librado de él!
Un largo baño caliente la ayudó a recuperar la compostura. Se remojó en el agua perfumada, sintiendo que sus músculos se relajaban, lo mismo que su mente, hasta que se encontró en paz con el mundo entero. Era un alivio pensar que Pedro Alfonso había salido de su vida para siempre. La presión de fingir que la atraía era la causante de la tensión que la invadía a su lado.
Pero no siempre había estado tensa. Dejó de secarse con la suave toalla, al recordar la facilidad con la que habían charlado junto al arroyo, antes de que la lluvia interrumpiera su día de campo. Había gozado esos instantes y respondido con interés a la conversación inteligente e ingeniosa de Pedro. Desde luego, eso no significaba que le molestara que todo hubiera terminado, estaba segura. Era un hombre agradable, un perfecto anfitrión y un compañero entretenido, pero esa fachada ocultaba su egoísmo y arrogancia. Sus movimientos se volvieron más bruscos y le frotó la piel con una fuerza que la hizo brillar. Le hubiera encantado darle una buena lección para que supiera lo que era sentirse humillado por primera vez en su vida.
Se había puesto unos pantalones vaqueros y una blusa de algodón cuando oyó el timbre. Dejó de cepillar su pelo, lacio y brillante.
—¿Quién será? —preguntó con el ceño un poco fruncido. No tenía ni una gota de maquillaje y sus mejillas estaban sonrosadas y frescas. «Parezco una quinceañera», pensó y saltó cuando el timbre sonó de nuevo—. Voy —se dirigió al desconocido que llamaba.
Apenas distinguió la figura oscura que se recortaba contra la puerta de cristal antes de abrirla, por lo que no se preparó para la sorpresa de ver a Pedro ante ella.
—¡Oh! —retrocedió, tocándose la cara con una mano y abriendo los ojos por el asombro—. ¡Ho… hola!
Su incertidumbre aumentó al observar que los ojos oscuros de Pedro le recorrían el rostro, entrecerrándose, como un eco de su propia sorpresa y después quedándose quietos, fijos en su cara. Parecía como si nunca la hubiera visto antes y ese pensamiento, combinado con el escrutinio que sufría, la puso muy nerviosa, haciendo que sus palabras salieran con dificultad.
—¿Qué… qué haces aquí?
—Dejaste esto en el coche —sacó de su bolsillo un reloj de pulsera de oro—. Pensé que lo necesitarías y te lo traje.
Su mirada no había abandonado la cara de Paula y a ella la invadió un miedo irracional, como si temiera que él fuera capaz de leer sus pensamientos. ¿La reconocería y echaría a perder su plan para siempre?
—Siempre me lo dejo en cualquier parte. Creo que el broche está flojo y… haré que lo arreglen. Gracias por traerlo.

Mi Bella Tramposa: Capítulo 18

En uno o dos meses desaparecían y otra, igual de decorativa, las reemplazaba. Pues bien, eso no le sucedería a ella.
Más o menos una hora después, Pedro contempló el cielo y frunció el ceño.
—Creo que el tiempo nos traicionará. Esas nubes indican que va a llover.
Sorprendida, Paula siguió la dirección de su mirada y por primera vez notó que unas nubes grises tapaban la luz del sol. Sólo entonces se dio cuenta de que el calor de la tarde había desaparecido y que la atmósfera había refrescado de tal manera que, cuando el tibio cuerpo de Pedro se alejó de su lado, la hizo temblar.
—Será mejor que recojamos y volvamos al coche. Puede empezar a llover en cualquier momento.
Metió la comida en los cacharros y luego dentro de la canasta, con movimientos precisos y eficientes. Paula se apresuró a ayudarlo, lanzando miradas ansiosas al cielo. Las nubes se espesaban con rapidez y su humor empeoraba tanto como el clima. Sobre todo porque cada vez que sus manos rozaban las de Pedro al colocar la comida en la cesta, sentía extraños estremecimientos a lo largo de su columna vertebral. No le gustaba esa excitación tan parecida a la que la había dominado al conocer a ese hombre, así que dejó de ayudarlo y se concentró en sacudir el mantel con un movimiento brusco y agresivo, antes de doblarlo en cuatro.
—Todo listo —anunció Pedro, echándose el mantel sobre un hombro y alzando la canasta—. Creo que tendremos que correr.
Las primeras gotas empezaron a caer antes de que llegaran al coche. Paula se tambaleaba sobre las sandalias de tacón. En unos cuantos minutos, el pelo, peinado con tanto cuidado, se le pegó a la cara y tuvo que parpadear con fuerza para poder ver a través de las gotas de lluvia.
Al fin llegaron al coche y la chica entró con un suspiro de alivio mientras Pedro metía la cesta y el mantel en el maletero.
—¡Qué chapuzón! —exclamó, riéndose, al sentarse al lado de Paula. Rápidamente encendió el motor y la calefacción—. No te preocupes, en un momento nos secaremos.
La chica no lo escuchó. Estaba revolviendo el interior de su bolso, buscando un espejo.
—¿A dónde quieres ir ahora? —preguntó Pedro.
—No sé… —su voz se debilitó al verse en el pequeño espejo. Aparte del pelo pegado a la cara, se le había corrido el rímel. Volvió a meter la mano en el bolso, buscando pañuelos desechables para limpiarse.
—¿Paula? —una nota de impaciencia tiñó la voz del hombre.
—Yo…
Se revisó la cara. Las manchas negras desaparecieron, pero también el resto de su maquillaje, llevándose con él su seguridad personal, de manera que la pretensión de que Paulina Schulz no existía se convirtió en una burla. Nunca atraería a Pedro en ese estado.
—Quiero irme a casa.
El silencio del hombre se hizo amenazador.
—Quiero irme a casa —repitió, con menos firmeza.
—¿Para qué?
—Yo… mi pelo está empapado…
—Ya encendí la calefacción. Pronto se secará.
Sí, se secaría, pero no estaría peinado como a ella le gustaba. Si lo dejaba en su estado natural, se rizaba y se convertía en una masa sin forma, muy parecida a la que Pedro había visto el día que la conoció.
—Quiero irme a casa. Estoy mojada, tengo frío y…
—¡Maldición, Paula! —la interrumpió, furioso—. Sólo se trata de un poco de lluvia, no de una catástrofe para que te pongas histérica. No vas a derretirte.
—¡No estoy histérica! —repuso, humillada por el sarcasmo con que la había tratado—. Y ya sé que no voy a derretirme, pero eso no impide que esté fría e incómoda. Todo lo que quiero es tomar un baño caliente y ponerme ropa seca lo antes posible, así que te agradecería que empieces a conducir y me lleves a mi casa.
Durante un largo, silencioso momento, los ojos verdes se enfrentaron a los grises, los de él pensativos, los de ella brillantes de indignación. Por fin, Pedro encogió los hombros y puso las manos sobre el volante. El coche empezó a moverse y Paula lo miró de reojo. Estaba muy serio. También ella estaba enfadada, pero no le convenía pelear con él en ese momento. La relación no había madurado y debía mostrarse dulce y complaciente si quería llevar a cabo su plan. Aunque, ¿acaso quería seguir adelante? Pedro Alfonso la hacía sentir incómoda y sus emociones se mezclaban de tal modo en su interior que no podía definirlas. Quizá fuera preferible olvidar la idea.
«¡No!». Rechazó la idea mientras se formaba en su mente. Sería más fácil, pero no satisfactorio. Deseaba vengarse de los comentarios humillantes que había hecho y demostrarle que no podía tratar a las mujeres como objetos, sin preocuparse de sus sentimientos; para lograrlo, necesitaba una reconciliación. Con esfuerzo, se obligó a extender una mano y tocar suavemente el brazo de Pedro.
—Me comprendes, ¿verdad? —preguntó en un susurro—. Tú también debes estar empapado.
Pedro no apartó la mirada del camino.
—Me mojé un poco —contestó fríamente—. Ya me estoy secando.
Era cierto. El algodón de su camisa apenas estaba húmedo y Paula pudo sentir la tibieza de su piel bajo la tela. La sensación la inquietó y llamó su atención hacia otros detalles: la fuerza de los músculos, la manera en que la ropa acentuaba las líneas del pecho y los hombros, el sutil aroma de su cuerpo, tan cerca del suyo. De repente, le pareció que el espacio del coche se reducía. Luchó para no apartar su mano.

Mi Bella Tramposa: Capítulo 17

Pálida y fea. La respuesta llegó a la mente de Paula sin que la buscara. Como una versión delgada de la Paulina Schulz de hace años. Ese pensamiento endureció a su voz cuando replicó:
—Todas las mujeres usan maquillaje para mejorar su aspecto. No se trata de un arco iris, como tú lo llamas —por lo menos, no el que ella usaba. Estaba orgullosa de la sutileza con que se arreglaba. Si se hubiera referido a los colores que le había puesto Estefi cuando tenía diecisiete años, quizá le hubiera dado la razón. En ese momento, se equivocaba por completo—. ¿Acaso no estás de acuerdo?
La expresión del hombre era indescifrable y Paula decidió no esforzarse en interpretarla ni obligarlo a responder. Tomó su bolso, cerró la puerta de la entrada y bajó la escalera, detrás de Pedro.
Pensaba que el principio del día no vaticinaba buenos resultados. Se suponía que lo estaba convenciendo de que se sentía atraída y en lugar de eso, lo atacaba como un perro rabioso y le daba una impresión que no deseaba. «No es mi culpa», se dijo indignada. Pedro había hecho comentarios poco halagadores, calculados para enfurecer a cualquier mujer que se respetara. Sin embargo, era preciso que cuidara su lengua si pretendía llevar a cabo su venganza. Le resultaba más difícil de lo que había imaginado no mostrar sus verdaderos sentimientos, pues Pedro Alfonso no actuaba como ella esperaba.
La excursión tampoco resultó agradable. Cuando Pedro le sugirió que fueran de día de campo, imaginó que se trataría de un paseo de adultos, como los que organizaban Valentina y ella de vez en cuando, comiendo pollo y ensalada en sillas plegables no lejos de la carretera donde dejaban el coche. La idea de Pedro era un día de campo tradicional, con ensalada y mantel, al lado de un arroyo.
Si le hubiera aclarado sus intenciones, se hubiera vestido de un modo diferente; la tierra y la hierba ensuciaban sus pantalones blancos. Tuvieron que caminar lo que a ella le parecieron kilómetros para llegar al lugar elegido. Y a los pocos metros se dio cuenta de que había sido un error ponerse las sandalias. Se enterraban en sus pies sin compasión y mientras se arrastraba cuesta arriba por una vereda, que ni siquiera podía llamarse camino, los tacones se convirtieron en un serio peligro para mantener el equilibrio. Pedro, desde luego, no se enfrentaba a esos problemas y caminaba con paso seguro a una velocidad que ella encontraba imposible de seguir, a pesar de que él llevaba la canasta y un tapete para sentarse. Pensó en quitarse los zapatos y continuar descalza, pero darle la oportunidad a Pedro de decirle: «Te lo advertí», le parecía peor que la incomodidad, por lo que apretó los dientes y continuó sin quejarse.
Con un suspiro de alivio se sentó por fin sobre el tapete que el hombre extendió sobre la hierba y estiró las piernas. En cuanto los pies dejaron de dolerle, pudo admitir que el sitio era hermoso. El sol le calentaba la espalda, el aire estaba lleno de los trinos de los pájaros y el arroyo hacía un ruido agradable al saltar sobre su lecho de rocas. Cuando era joven, Paula solía quitarse los zapatos, recogerse los pantalones y chapotear en el agua fresca, gozando al sentirla en su piel. Pero esos días habían pasado hacía mucho, reflexionó con nostalgia, recordando ese tiempo libre de preocupaciones. Para no entristecerse, volvió la cabeza y se asombró de la cantidad de comida que Pedro sacaba de la canasta.
—¡Has traído provisiones para alimentar a un ejército!
—Lo mejor de un día de campo es la comida —replicó él y algo en su tono y en su mirada le dio a Paula la incómoda sensación de que la estaba probando.
¿Quería ver qué firme esa su resolución? Era la única explicación posible a las bandejas de pastelillos deliciosos cuando él añadió al resto de los platos. ¿O había visto algo que le recordaba a Paulina Schulz y pretendía que ella misma se delatara? A los diecisiete, no hubiera dejado de probar cada uno de los platos que Paula llevaba, pero Paula era una persona diferente y lo demostraría. No le resultaba muy difícil, pues había adquirido una disciplina de hierro a través de los años. Se sirvió carnes frías y ensalada, consciente de que Pedro la observaba, y esa mirada fija la puso tan nerviosa que su mano tembló al poner unas rebanadas de tomate sobre su plato.
Cuando acabó de servirse, se puso tensa, esperando oír un comentario irónico y dispuesta a responder de igual forma. Sin embargo, Pedro guardó silencio, aunque apretó los labios al ver lo que se había puesto en el plato. «¿Qué me importa lo que piense?», se preguntó, molesta con Pedro y consigo misma.
La tensión se desvaneció cuando, olvidando su desaprobación, Pedro inició una charla ligera contándole lo que había hecho la semana pasada. También ella había estado muy ocupada, con varias sesiones de fotografía, que apenas le habían permitido respirar, así que se sentía feliz de poder sentarse y descansar. Disfrutó del relato, salpicado con un sentido del humor que la hizo sonreír sin reservas e incluso reír a carcajadas.
Así que, cuando Pedro terminó al fin de comer, apartó su plato a un lado y murmuró:
—Ven —a Paula le pareció la cosa más natural del mundo obedecerlo. Se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro, mientras él le pasaba un brazo por la cintura. Empezó a devolverle los besos en la boca con una facilidad que hubiera juzgado imposible poco antes.
Con esa sonrisa podía hipnotizar a una serpiente y su truco de mirarla constantemente a los ojos mientras hablaba la hacía sentirse muy especial, como si fuera alguien importante en su vida. Se obligó a recordar que era un truco y nada más. Demasiadas veces había leído las columnas de sociedad para ignorar que Pedro Alfonso iba siempre acompañado de una mujer, una belleza de la aristocracia, o una estrella de cine que iniciaba su carrera, aunque ninguna permanecía a su lado.

martes, 10 de noviembre de 2015

Mi Bella Tramposa: Capítulo 16

Su silencio duró todo el trayecto al apartamento y la chica tuvo tiempo de pensar y cambiar de opinión. Era probable que hubiera humillado a Pedro al rechazar sus pretensiones sexuales. Si decidía no volver a verla, no le importaba. Había hecho lo que se había propuesto: probar que lo atraía. De esa manera, se vengaba del insulto que había sufrido la Paulina de diecisiete años.
Estaba tan convencida de que no volverían a concertar una segunda cita que se llevó una sorpresa cuando, al detener el coche ante la entrada del edificio, Pedro se volvió hacia ella y le dijo:
—Me gustaría verte otra vez. Me temo que estaré muy ocupado los próximos días, pero después tendré tiempo. ¿Qué te parece el jueves?
Paula negó con la cabeza de forma automática. Pasaba los jueves con Valentina, descolgaban el teléfono y descansaban, olvidándose de sus problemas de trabajo.
—Me temo que el jueves está descartado.
Se las ingenió para que pareciera como si lo sintiera mucho, esperando que Pedro creyera que ansiaba volver a verlo. Sacó de su bolso una pequeña agenda y la consultó.
—El viernes también me es imposible —continuó, ignorando que esa página estaba en blanco—. No tengo compromisos el sábado.
—Entonces, el sábado. Saldremos todo el día. Te recogeré a las diez.
«No me lo pide por favor ni me pregunta si estoy de acuerdo», pensó la chica, irritada. La invitación de Pedro tenía todas las características de una orden, que él esperaba que obedeciera sin titubear.
—A las diez —confirmó, cerrando la agenda con fuerza innecesaria para expresar su disgusto. Abrió la puerta y bajó del coche—. Buenas noches, Pedro y… gracias por la cena.
—Gracias por acompañarme —la respuesta fue rápida, pero ese convencionalismo no la tranquilizó. Sólo cuando las luces posteriores del Jaguar desaparecían calle abajo, adivinó la razón de sus emociones.
Esperaba que la besara para despedirse y ya había calculado hasta el último detalle la forma en que reaccionaría. Respondería con cierto agrado, y nada más. Sin embargo, como Pedro no había intentado tocarla y ni siquiera había detenido el motor del coche, puso la mano en las llaves para encender el motor antes que ella se desabrochara el cinturón de seguridad, su plan de acción había fracasado.
Movió la cabeza, desconcertada. El comportamiento de Pedro no concordaba con la pasión que había mostrado antes. Parecía decidido a poner cierta distancia entre ellos y, sin embargo, le había pedido otra cita. Caminó lentamente hacia la puerta y metió la llave en la cerradura. Se alegró de que no hubiera luz en el apartamento de Valentina. Si su amiga le hubiera preguntado cómo había pasado la velada, se habría visto en la necesidad de admitir que lo ignoraba.
—Te dije que te pusieras cómoda —Pedro  no se molestó en saludar cuando Paula abrió la puerta de su apartamento, el sábado por la mañana. La crítica implícita en su tono la puso nerviosa.
—Esto es cómodo —replicó secamente señalando el conjunto de algodón que llevaba.
Después de que él la llamara para proponerle un día de campo, si el tiempo lo permitía, ella había revuelto todo su guardarropa para escoger algo adecuado y había decidido que ese traje era ideal. La expresión de disgusto del hombre se convirtió en burla cuando observó las sandalias de cuero blanco.
—¿Puedes caminar con eso?
—¡Claro que puedo! Son muy cómodas.
Cruzó los dedos detrás de su espalda, por la mentirita. Y dudaba de que pudiera caminar una distancia considerable con los tacones altos y finos. Le habían costado una fortuna, pero se había enamorado de ellos a primera vista y aún no había encontrado una oportunidad para usarlas… y combinaban a la perfección con su conjunto.
Pedro encogió los hombros, como si no le importara. Él sí estaba vestido para ir al campo. Llevaba una camisa azul de algodón, abierta en el cuello, que dejaba entrever la piel bronceada y el nacimiento de un vello rizado y oscuro. El pantalón vaquero se ajustaba a sus caderas y los zapatos náuticos parecían viejos y muy cómodos.
—¿Estás lista? —la impaciencia tiñó su voz—. Hace un día precioso… demasiado, para quedarse dentro de la casa.
—Estoy lista —luchó porque la irritación no se reflejara en su réplica, aunque no lo logró del todo—. Además, has llegado antes de la hora.
La sonrisa de Pedro descartó la importancia de esa acusación con una indiferencia que la sulfuró.
—Sólo unos minutos. Tuviste tiempo para arreglarte.
Haciendo un gran esfuerzo, Paula apretó los labios para no contestar con toda la furia que amenazaba desbordarse como la lava de un volcán.
—¿Hace mucho sol? ¿Necesitaré sombrero?
El hombre alzó las cejas con incredulidad.
—¡Un sombrero! —repitió como un eco, asombrado—. ¿Para qué?
—Para proteger mi piel —repuso ella secamente. Solía ponerse un sombrero de ala ancha en verano, pues no le gustaba que el sol le llenara la cara de pecas.
Pedro la estudió de cerca y analizó el cuidadoso maquillaje que había tardado veinte minutos en aplicar sobre su tez.
—¿Crees que los rayos del sol atravesarán esa capa para quemar tu cara? — inquirió y el desprecio que se reflejaba en su voz tuvo el efecto de un latigazo sobre ella—. No sé para qué te pones esa porquería.
—Siempre trato de estar…
—Lo mejor posible —la interrumpió con énfasis satírico—. Ya sé… me lo dijiste. No puedo dejar de preguntarme cómo serías sin ese arco iris en el rostro.

Mi Bella Tramposa: Capítulo 15

«Me besará», pensó. «¡Tranquilízate!». Su mente le transmitió el mensaje a su cuerpo a tiempo para impedir la instintiva tensión de sus músculos cuando Pedro se le acercó y le pasó un brazo sobre los hombros. Debía actuar como si gozara de ese instante, como si eso fuera lo que hubiera deseado toda la noche. Inclinó la cabeza, ofreciéndole su boca, y él aceptó esa invitación de inmediato.
Sus labios fueron tibios y firmes al cerrarse sobre los de ella, al principio con suavidad, después aumentando la presión hasta que la chica abrió la boca, permitiendo la invasión de su lengua. «Muy persuasivo», se dijo, y su mente permaneció ajena a la caricia. Si intentaba hacerle creer que la atracción era mutua, debía hacer algún movimiento, no quedarse inmóvil como un bloque de cemento.
Le resultó muy fácil rodearle el cuello con las manos y dejar que sus dedos jugaran con el suave pelo castaño de la nuca. Notó que él sonreía cuando lo tocaba y una llamarada de ira la quemó por dentro. Estaba demasiado seguro de sí, convencido de que ninguna mujer sería capaz de resistírsele. Pues bien, ya le demostraría ella otra cosa.
Deliberadamente aumentó la presión de su boca en la de él, y jugueteó con su lengua en una silenciosa provocación; después se relajó en sus brazos, sonriendo triunfante ante la apasionada respuesta del hombre. Ése fue su último pensamiento coherente, pues cuando las manos masculinas le cubrieron los senos, su mente se sumió en la niebla y sintió las caricias como un fuego abrasador que atravesaba su blusa y le quemaba la piel. Suspiró de manera inconsciente y le inclinó más la cabeza hasta que al fin, con renuencia, él se separó para respirar.
—¡Dios, eres preciosa!
Las palabras de sus sueños de adolescente, la hicieron volver a la realidad. Sacudió la cabeza para aclarar sus ideas, disipar la neblina de placer que la ofuscaba y obligarse a reflexionar con cierta lógica, antes de que fuera demasiado tarde. Había planeado ese beso, quería que Pedro reaccionara de ese modo, pero… ¡nunca esperó que le gustara!
Miró los ojos del hombre con cautela y vio que se habían oscurecido por el deseo. De pronto, una alarma sonó en su cerebro. Las cosas habían ido demasiado lejos. Tenía que poner un alto. Había conseguido provocar a Pedro, que se confiara, pero era preferible tomar las cosas con más calma. Cuando él volvió a acercársele, Paula volvió la cabeza con un movimiento lento que quería ser espontáneo, miró su reloj y exclamó:
—¡Dios mío! ¡Mira qué hora es!
Con un ágil movimiento lo eludió, escapó de sus brazos y se puso de pie.
—Tengo que irme.
Quería parecer superficial y se sorprendió de haberlo conseguido. Sólo un ligero temblor en su voz traicionaba el sentimiento de pérdida y frío que la invadía, lejos del calor del hombre. Intentó sonreír, pero perdió el valor al ver que sus ojos se entrecerraban y que los músculos de su mandíbula se tensaban en forma amenazadora.
—¿Tan pronto?
Le sorprendió la rapidez con que Pedro se había dominado. Indicaba una fuerza de carácter que haría bien en recordar en el futuro. Pedro Alfonso no iba a caer en su trampa con tanta facilidad como había supuesto.
—Te lo dije… debo meterme en la cama antes de medianoche.
—Ah, sí, olvidaba que te conviertes en una calabaza después de las doce —la ironía de su voz hizo desaparecer la cuidadosa sonrisa de Paula. Se estiró con pereza y se levantó—. Está bien, Cenicienta. Te llevaré a casa.
—Recogeré mi bolso.
Al cruzar la habitación, Paula miró su imagen en un espejo que colgaba de la pared y se sorprendió al ver sus mejillas arreboladas y la luminosidad inesperada de sus ojos. Su pelo estaba despeinado y la pintura de sus labios había desaparecido por completo. Parecía muy joven y poco experimentada; lo contrario de lo que deseaba.
Ocupada en arreglar su aspecto, se dio cuenta de repente de que un silencio total reinaba en el cuarto. Miró a través del espejo y descubrió a Pedro observándola, con una expresión indescifrable. Algo en la manera en que estaba parado o en la tensión de sus músculos, le contrajo el estómago. ¿La había reconocido, adivinado en ella a la Paulina de diecisiete años? ¿O era sólo que no había recuperado la compostura con tanta rapidez como había fingido? Bajó la mirada rápidamente, temiendo que leyera la incertidumbre de sus ojos. A sus espaldas lo oyó moverse con impaciencia.
—¿Estás lista? —preguntó en tono brusco y seco. Paula,  como no se sentía capaz de mirarlo, se concentró en aplicarse una segunda capa de lápiz labial con un pincel y él explotó—: ¡No necesitas ponerte toda esa pasta! ¡El hotel está vacío y las calles como la boca de un lobo!
—Siempre trato de estar lo mejor posible —replicó, volviéndose a mirarlo al fin—. Tengo una imagen que sostener; es parte de mi trabajo.
No le gustó la manera en que aquellos ojos de acero la recorrieron, con un brillo muy parecido al desprecio. Por instinto se enderezó hasta llegar a su máxima altura, lista para pelear si era necesario. Pedro encogió los hombros y cogió su campera.
—Se te hace tarde —dijo, sin expresión—. Si no nos vamos, sonarán las doce campanadas… y ya sabes lo que le sucedió a Cenicienta entonces. ¿Vienes? —se puso la campera mientras se dirigía hacia la puerta.
Confundida, Paula lo siguió. ¿Qué había sucedido para transformar al amante apasionado de hacía unos minutos en ese hombre frío y distante? No parecía muy ansioso de volver a verla, mucho menos de enamorarse de ella para que luego lo rechazara. Observó las facciones duras, mientras esperaban el ascensor, y no supo qué pensar. Él siguió silencioso y abstraído, como si ni siquiera se diera cuenta de su presencia.

Mi Bella Tramposa: Capítulo 14

—Las mujeres no necesitan tantas calorías como los hombres —agregó. Era consciente de que él había devorado una cena sustanciosa, gozando su comida y, sin embargo, estaba en plena forma física.
Por un momento pareció como si fuera a continuar discutiendo, pero después encogió los hombros.
—Entonces, ¿te sirvo una taza de café? —inquirió con voz suave: algo en el fondo de sus ojos oscuros hizo que los nervios de Paula se estremecieran.
—Sí, por favor, sin azúcar —indicó con intención y lo vio hacer una mueca.
—Desde luego —murmuró—. Lo sospechaba.
Pasaron al sofá, para estar cómodos mientras tomaban el café. Paula, después de un leve titubeo, se acomodó en el de dos asientos y se permitió una sonrisa de triunfo al ver que él ocupaba el contiguo. Por el momento debía fingir que Pedro la atraía.
—¿Te quedas con frecuencia en uno de tus propios hoteles? —preguntó, apoyándose en el respaldo y volviéndose hacia él.
—Cuando me necesitan. Es más conveniente que viajar a mi casa todos los días. Después de esta semana, regresaré a mi hogar.
—Entonces, ¿no vives en Londres? —eso era nuevo. Gonzalo les había contado que Pedro vivía en un departamento en la ciudad. Habían pasado nueve años y no era raro que las cosas hubieran cambiado.
El hombre negó con la cabeza.
—Ya he vivido en la ciudad demasiado tiempo. Me gusta escapar al campo cuando puedo. ¿Tú no lo echas de menos?
—¿El campo? —repitió la chica, vacilante.
La cercanía del hombre y el tema de conversación la hacían revivir los malos recuerdos de su primer encuentro, cuando habían hablado del mismo asunto. Una ola de vergüenza la invadió sus intentos fallidos de parecer sofisticada y su declaración de que encontraba la vida del campo aburrida.
—Hay muchos pueblos en el norte —replicó por fin fríamente—. Algunos tan agitados como Londres. ¿Por qué los sureños siempre piensan que la civilización termina en Watford?
—No era eso lo que quería decir —el tono de su voz convirtió sus palabras en un leve reproche—. Y no desconozco del todo los atractivos del norte. Tenía un buen amigo cuya familia vivía en Yorkshire y yo mismo compré una cabaña en Dales.
—¿Ah, sí? —murmuró, sin aliento. La mención del buen amigo le llegaba demasiado cerca para sentirse cómoda—. Supongo que no tienes muchas oportunidades de ir allí a descansar.
Con alivio, observó que Pedro negaba con la cabeza. Yorkshire era un condado bastante grande, pero de cualquier manera le resultaba difícil asimilar la idea de que hubiera estado en el norte, quizá muy cerca de donde ella vivía, sin que lo supiera.
Claro que ella sólo había vivido un par de años más en el pueblo después de la visita de Pedro. Luego se había mudado a Londres y, a pesar de que trataba de visitar a sus padres con frecuencia, la presión de su trabajo se lo impedía. De pronto, la asaltó un sentimiento de nostalgia tan agudo, que las lágrimas asomaron a sus ojos.
—No tantas como quisiera —oyó explicar al hombre como a través de la nube de algodón que llenaba su mente—. Me las arreglo para pasar un fin de semana de vez en cuando, pero no es suficiente. Uso mi cabaña como un refugio, para alejarme de todo. No tiene teléfono y el pueblo más cercano está a diez kilómetros. Cuando estoy allí, nadie puede localizarme. Me olvido de los hoteles Alfonso, y descanso.
—¿Y a qué te dedicas allí? —estaba intrigada de verdad. Ésa era precisamente la parte de la personalidad de Pedro que intentaba descubrir.
Daba la impresión de ser un solo poderoso hombre de negocios, absorbido por su trabajo, gozando del ruido y la actividad de Londres. Sus comentarios acerca de la vida del campo, en su primer encuentro, le habían parecido simples formalidades dentro de una conversación social.
—Leo, escucho música, camino varios kilómetros, trabajo en el jardín… todas esas cosas que no tengo tiempo de hacer aquí.
—Suena idílico.
No pretendía que su observación sonara a ironía, pero así debió parecerselo a su anfitrión, porque afirmó:
—Lo es. ¿Te gustaría pasar un fin de semana en mi cabaña?
—Mucho.
No pudo ocultar su sincero entusiasmo. Imaginó las praderas cercanas a su casa y cómo le gustaba de adolescente recorrerlas. Hacía mucho que no experimentaba esa sensación de libertad. La nostalgia volvió a abrumarla.
—Bien, quizá podríamos arreglar algo…
—No será fácil —lo interrumpió rápidamente, relegando sus recuerdos a un rincón de su mente, con gran esfuerzo. No iría con ese hombre a una cabaña aislada como la que él había descrito—. Como te dije ayer, tengo muchos compromisos en las próximas semanas. No contaré con tiempo libre hasta agosto.
—No hay prisa —replicó Pedro—, yo también estoy abrumado de trabajo. Agosto me parece un buen mes para tomar unas vacaciones. Ya nos pondremos de acuerdo después.
Paula murmuró algo que podía interpretarse como asentimiento, demasiado desconcertada para emitir una respuesta coherente. No planeaba pasar sus vacaciones con Pedro y, sin embargo, parece que ya se había comprometido. «Lo único bueno», se dijo, «es que faltan aún dos meses para ello». Muchas cosas podían ocurrir en ese lapso.
Algo suave le rozó la mejilla, sacándola de sus reflexiones con un sobresalto. Su sorpresa aumentó al darse cuenta de que se trataba de la mano de Pedro, cuyos dedos la acariciaron de la frente a la mandíbula, deteniéndose bajo la barbilla para hacerla volver el rostro hacia él.