—Ponte cómoda —se quitó la chaqueta, la dejó caer en la silla más próxima, y se aflojó la corbata. Luego le tendió una carta encuadernada en piel que sacó del cajón de una mesita.
Paula apenas pudo mirar la lista de platos. Ya antes estaba nerviosa y, tras el comentario de Pedro acerca del vestido rojo estaba segura de que no podría pasar un bocado.
—Tomaré ensalada de gambas, gracias.
El hombre frunció el ceño.
—¿Y nada más? Tienes que comer, estás demasiado flaca.
—Estoy delgada, no flaca —lo corrigió la chica—. Y debo conservarme, es mi trabajo —lo retó con la mirada—. Ensalada de gambas, por favor —repitió con firmeza.
Pedro asintió y cogió el teléfono.
—En seguida lo traerán —afirmó después de haber ordenado lo que deseaban—. ¿Te gustaría tomar algo mientras esperamos?
Paula reflexionó. Deseaba conquistar a ese hombre, pero si quería lograrlo, tendría que relajarse. Quizás una copa de vino la ayudara a calmarse.
—Vino blanco, Pedro.
Él sirvió dos copas y se sentó en una butaca, frente a ella.
—Háblame de tí —le pidió—. ¿Tienes familia?
Paula tomó un sorbo de vino. Sabía que esas preguntas llegarían, pero, ¿cómo responder?
—Sí, mis padres y un hermano. No viven en Londres, sino en un pueblecito, al norte.
Por lo menos su madre y Norberto estaban allí; pero no podía explicar que Gonzalo se había marchado a Estados Unidos porque quizá él lo supiera y descubriera la verdad. Desde la visita fatal, nunca había vuelto a hablar de Pedro con su hermanastro. Sus padres habían tenido noticias de él un par de veces después de su visita y les enviaba tarjetas navideñas, pero desde que Gonzalo se había marchado el contacto se había roto.
—¿Siempre quisiste ser modelo? —inquirió Pedro.
—¡Oh, no! Cuando estaba en la escuela no tenía ni idea de lo que quería ser. Además… —se interrumpió y tomó otro trago de vino para ocultar su error. Había estado a punto de decir: «era demasiado gorda para pensar en eso».
—¿Además? —repitió Pedro al verla titubear.
—No creí que tuviera oportunidad de sobresalir. La competencia es terrible.
—¿Cómo empezaste?
—Gané un concurso organizado por una revista. Me inscribí por sugerencia de mi madre, y para mi sorpresa gané el primer premio y mis fotos salieron en la revista —abrió las manos—. El resto es historia.
«Una historia recortada para adecuarla a la ocasión», pensó.
No mencionó que el año anterior al concurso lo había pasado siguiendo una dieta estricta y haciendo ejercicios extenuantes. Había asistido a clases de baile y gimnasia y leía todos los artículos de belleza que conseguía para practicar las técnicas descritas. Así, había ido adquiriendo una auto disciplina férrea a medida que moldeaba su cuerpo.
Su madre, sorprendida por ese cambio radical, la apoyaba sin reparos y pagaba las visitas que hacía al mejor salón de belleza. Germán fue el primero que le cortó el pelo al estilo egipcio. Ese toque exótico le consiguió el favor de los jueces y la hizo empezar su vida profesional con su nombre de pila original.
«Fue una suerte», pensó. De otra manera, jamás hubiera engañado a Pedro. ¿Y si él la descubría? Se agitó en su silla con inquietud. «No», se dijo, «eso no sucederá».
En ese momento llamaron a la puerta y dos camareros prepararon la mesa y sirvieron la cena. A partir de entonces, Paula procuró mantener la conversación en un tono superficial, contando historias de sus años en Londres y evitando caer en la trampa de referirle anécdotas de su niñez y vida familiar. Le resultó fácil, pues tenía un caudal de aventuras que le habían ocurrido durante sus viajes y podía bromear acerca de cómo se había puesto un traje de baño cuando nevaba o exhibido un abrigo de piel en un caluroso verano. Cuando le contó que había caído al agua desde un barco por inclinarse demasiado sobre la barandilla, Pedro soltó una carcajada.
—¡Debió ser una fotografía estupenda! —exclamó.
—Lo fue —luchó porque su voz sonara natural. Cuando él reía de esa manera, casi olvidaba que lo conocía de verdad—. Lo único que salió fue un par de pies con unos zapatos carísimos. Desde luego, se estropearon, lo mismo que mi maquillaje.
Se puso seria; otro recuerdo indeseado la asaltó. Estaba hecha un desastre cuando la sacaron del mar, el maquillaje le manchaba la cara y el pelo se le adhería a la piel en mechones largos. Al salir a la playa, con la ropa y los zapatos empapados, se encontró frente a frente con Facundo. Nunca olvidaría la mirada de horror que le dirigió. Facundo era un hombre que amaba las cosas bellas, su casa estaba llena de antigüedades que había coleccionado a lo largo de los años, y ella era otro artículo que había agregado a sus posesiones. Esa noche le comunicó que su relación había terminado.
El recuerdo le dejó un amargo sabor en la boca y empujó su plato para apartarlo, aunque apenas había comido la mitad.
—¿Es todo lo que vas a comer? —Pedro hizo un gesto de desaprobación.
—Estoy satisfecha —lo retó—. Nunca he tenido buen apetito.
Era mentira. Al empezar su dieta, había tenido que luchar para no tomar la clase de comida que le gustaba. Soñaba con sabrosas pizzas y enormes raciones de espagueti a la boloñesa. Luego, sus gustos habían cambiado, a fuerza de costumbre.
martes, 10 de noviembre de 2015
sábado, 7 de noviembre de 2015
Mi Bella Tramposa: Capítulo 12
Con toda deliberación, se alisó los pliegues de la falda con las manos, para acentuar sus delgadas caderas y observó con satisfacción que la mirada de Pedro seguía ese movimiento. Los hombres eran tan torpes… ¡y pensar que un día había considerado a ese hombre en particular como la personificación de sus sueños! Sin ser llamado y mucho menos deseado, el recuerdo de esa falda que le quedaba pequeña se presentó en su mente. Jamás olvidaría las crueles palabras de Pedro y sus ojos se convirtieron en dos pedazos de esmeralda cuando él se volvió para pedirle el agua al camarero. Después Pedro señaló al hombre rubio que estaba a su lado.
—Mi cuñado, Santiago Martínez. Santiago, la señorita Chaves.
Paula le tendió la mano. Sin embargo, cuando comprendió el significado de lo que Pedro decía, la sonrisa que se estaba formando en sus labios desapareció. Su cuñado… ¡ese hombre estaba casado con la hermana de Pedro! Al evocar la forma gráfica que había usado para describir el cuerpo femenino, apenas pudo contestar con una fría inclinación de cabeza a la sonrisa de él.
—Encantado de conocerla, señorita Chaves. He visto su pase. ¡Sensacional!
—¿Le gustó a su esposa también? —su tono era helado.
—¿A Luciana? No pudo venir esta noche. No se siente bien.
—Lo lamento —con un esfuerzo, logró que sus palabras sonaran corteses. Sintió simpatía por la ausente Luciana. ¿Qué hubiera pensado si hubiera visto a su esposo referirse a una mujer voluptuosa de esa forma?
—Tu bebida —le susurró Pedro al oído.
—Oh, gracias… —tomó el vaso y sorbió la fresca agua burbujeante, mientras su cabeza se llenaba con pensamientos furibundos al recordar que Pedro se había reído en respuesta al comentario de Santiago.
—Bueno, me voy —anunció Santiago Martínez, terminando su bebida—. Luciana debe estar esperándome y estoy seguro de que ustedes desearán quedarse a solas. Ha sido un placer conocerla, Paula. Quizá Pedro quiera llevarla a nuestra casa a cenar. A Luciana le encantaría. Estaba muy desilusionada por no haber asistido a la exhibición de esta noche.
—A mí también me agradará conocerla.
Las palabras no reflejaron su irritación porque hubiera asumido que ellos deseaban estar solos. De repente, tuvo el absurdo deseo de detener a Santiago y charlar con él, todo menos quedarse a solas con Pedro. Pero el otro hombre ya estaba en la puerta, desde donde agitó la mano en señal de despedida.
Volvió a beber, agradeciendo el frescor del agua mineral que aliviaba su garganta reseca. Cada uno de sus nervios despertaba con la presencia del hombre que se encontraba a su lado. Estaba acostumbrada a ser tan alta o más que los hombres que le presentaban, así que la altura de su compañero la inquietaba. La hacía sentir pequeña y vulnerable; sensaciones a las que no estaba habituada.
—¿Subimos? —la pregunta de Pedro la sobresaltó.
—¿Subir? —repitió y él asintió.
—Me hospedo en el hotel esta semana para no viajar de un lado a otro todo el tiempo. Tengo un departamento y pensé que podíamos cenar allí.
Paula tragó saliva sin saber qué decir. Al aceptar la invitación, había supuesto que cenarían en un restaurante, un lugar público e impersonal. Estar a solas con él, en la intimidad de un apartamento de hotel, no era lo que había planeado. Implicaba…
¿Qué implicaba? Intentaba que Pedro creyera que la atraía para después humillarlo, igual que él había hecho hacía años.
Forzó una sonrisa brillante y cálida, y tuvo la satisfacción de que los ojos grises se oscurecieron en respuesta a ese gesto.
—Estoy lista —dijo en tono superficial.
La mano del hombre descansó en su cintura mientras la conducía hacia el ascensor y pudo sentir su tibieza a través del lino de su traje. En lugar de rechazar ese contacto posesivo, como estaba deseando, se apoyó en él para que la ligera presión aumentara y sintió que los dedos masculinos la acariciaban.
—¿Qué te pareció la exhibición? —preguntó mientras el ascensor subía, esta vez al piso número seis.
—Muy bien organizada —contestó en un tono neutro y Paula sintió que le picaba el orgullo. Había esperado un comentario halagador de su parte.
—¿Te gustó el vestido rojo? —continuó, tratando de alentarlo a que le dijera un piropo.
—Prefiero el azul —murmuró secamente. Un brillo irónico en sus ojos indicaba que se había dado cuenta de lo que la chica pretendía.
—¡Ése me cubría de la cabeza a los pies!
—Exacto —el brillo divertido de su mirada se intensificó—. Creo que esa sutil sugestión es más sensual que la piel al desnudo. Cuando una mujer es tan hermosa como tú, no tiene que mostrar todos sus atractivos, como en un escaparate. Un hombre prefiere creer que esos deleites están reservados para sus ojos.
Durante un segundo, la joven fue incapaz de responder.
—El vestido rojo es lo mejor de la exhibición —declaró, a la defensiva—. Todos consideran que es el diseño estrella de Rafael este año.
—Quizá —aceptó Pedro cuando el ascensor se detuvo—, pero yo prefiero el azul.
Paula tuvo que reconocer que la había desconcertado. ¿Qué otras sorpresas la aguardaban? Entrar en el apartamento de Pedro no contribuyó a tranquilizarla.
El dormitorio que había visto la noche anterior le había gustado, pero aquél, en el último piso del hotel, le pareció magnífico. Estaba decorado en los mismos tonos que el diecisiete, pero constaba de tres habitaciones: una sala, una alcoba matrimonial y un baño. Un enorme ventanal ocupaba una pared entera del cuarto y desde allí se podían admirar las luces de Londres.
—Mi cuñado, Santiago Martínez. Santiago, la señorita Chaves.
Paula le tendió la mano. Sin embargo, cuando comprendió el significado de lo que Pedro decía, la sonrisa que se estaba formando en sus labios desapareció. Su cuñado… ¡ese hombre estaba casado con la hermana de Pedro! Al evocar la forma gráfica que había usado para describir el cuerpo femenino, apenas pudo contestar con una fría inclinación de cabeza a la sonrisa de él.
—Encantado de conocerla, señorita Chaves. He visto su pase. ¡Sensacional!
—¿Le gustó a su esposa también? —su tono era helado.
—¿A Luciana? No pudo venir esta noche. No se siente bien.
—Lo lamento —con un esfuerzo, logró que sus palabras sonaran corteses. Sintió simpatía por la ausente Luciana. ¿Qué hubiera pensado si hubiera visto a su esposo referirse a una mujer voluptuosa de esa forma?
—Tu bebida —le susurró Pedro al oído.
—Oh, gracias… —tomó el vaso y sorbió la fresca agua burbujeante, mientras su cabeza se llenaba con pensamientos furibundos al recordar que Pedro se había reído en respuesta al comentario de Santiago.
—Bueno, me voy —anunció Santiago Martínez, terminando su bebida—. Luciana debe estar esperándome y estoy seguro de que ustedes desearán quedarse a solas. Ha sido un placer conocerla, Paula. Quizá Pedro quiera llevarla a nuestra casa a cenar. A Luciana le encantaría. Estaba muy desilusionada por no haber asistido a la exhibición de esta noche.
—A mí también me agradará conocerla.
Las palabras no reflejaron su irritación porque hubiera asumido que ellos deseaban estar solos. De repente, tuvo el absurdo deseo de detener a Santiago y charlar con él, todo menos quedarse a solas con Pedro. Pero el otro hombre ya estaba en la puerta, desde donde agitó la mano en señal de despedida.
Volvió a beber, agradeciendo el frescor del agua mineral que aliviaba su garganta reseca. Cada uno de sus nervios despertaba con la presencia del hombre que se encontraba a su lado. Estaba acostumbrada a ser tan alta o más que los hombres que le presentaban, así que la altura de su compañero la inquietaba. La hacía sentir pequeña y vulnerable; sensaciones a las que no estaba habituada.
—¿Subimos? —la pregunta de Pedro la sobresaltó.
—¿Subir? —repitió y él asintió.
—Me hospedo en el hotel esta semana para no viajar de un lado a otro todo el tiempo. Tengo un departamento y pensé que podíamos cenar allí.
Paula tragó saliva sin saber qué decir. Al aceptar la invitación, había supuesto que cenarían en un restaurante, un lugar público e impersonal. Estar a solas con él, en la intimidad de un apartamento de hotel, no era lo que había planeado. Implicaba…
¿Qué implicaba? Intentaba que Pedro creyera que la atraía para después humillarlo, igual que él había hecho hacía años.
Forzó una sonrisa brillante y cálida, y tuvo la satisfacción de que los ojos grises se oscurecieron en respuesta a ese gesto.
—Estoy lista —dijo en tono superficial.
La mano del hombre descansó en su cintura mientras la conducía hacia el ascensor y pudo sentir su tibieza a través del lino de su traje. En lugar de rechazar ese contacto posesivo, como estaba deseando, se apoyó en él para que la ligera presión aumentara y sintió que los dedos masculinos la acariciaban.
—¿Qué te pareció la exhibición? —preguntó mientras el ascensor subía, esta vez al piso número seis.
—Muy bien organizada —contestó en un tono neutro y Paula sintió que le picaba el orgullo. Había esperado un comentario halagador de su parte.
—¿Te gustó el vestido rojo? —continuó, tratando de alentarlo a que le dijera un piropo.
—Prefiero el azul —murmuró secamente. Un brillo irónico en sus ojos indicaba que se había dado cuenta de lo que la chica pretendía.
—¡Ése me cubría de la cabeza a los pies!
—Exacto —el brillo divertido de su mirada se intensificó—. Creo que esa sutil sugestión es más sensual que la piel al desnudo. Cuando una mujer es tan hermosa como tú, no tiene que mostrar todos sus atractivos, como en un escaparate. Un hombre prefiere creer que esos deleites están reservados para sus ojos.
Durante un segundo, la joven fue incapaz de responder.
—El vestido rojo es lo mejor de la exhibición —declaró, a la defensiva—. Todos consideran que es el diseño estrella de Rafael este año.
—Quizá —aceptó Pedro cuando el ascensor se detuvo—, pero yo prefiero el azul.
Paula tuvo que reconocer que la había desconcertado. ¿Qué otras sorpresas la aguardaban? Entrar en el apartamento de Pedro no contribuyó a tranquilizarla.
El dormitorio que había visto la noche anterior le había gustado, pero aquél, en el último piso del hotel, le pareció magnífico. Estaba decorado en los mismos tonos que el diecisiete, pero constaba de tres habitaciones: una sala, una alcoba matrimonial y un baño. Un enorme ventanal ocupaba una pared entera del cuarto y desde allí se podían admirar las luces de Londres.
Mi Bella Tramposa: Capítulo 11
—Sólo una noche. Había pensado quedarme más tiempo, pero surgió un imprevisto y tendré que regresar mañana.
«¿Tan pronto?», quiso protestar. Apenas empezaba a conocerlo. Pero parecía lamentar no poder quedarse y ese pensamiento la mantuvo animada el resto de la tarde y de la noche. Estaba encantada y la felicidad le soltó la lengua, de manera que brilló en la mesa, asombrando a su familia que estaba acostumbrada a su manera de ser más bien tímida. Conservó sus más deslumbrantes sonrisas, sus más interesantes comentarios, sus miradas lánguidas para Pedro, sentado frente a ella. Cuando por fin se retiró a dormir, sentía que flotaba en una nube color de rosa. En cuanto su cabeza descansó en la almohada, empezó a soñar con un hombre alto, de pelo oscuro y ojos grises.
Despertó muy temprano y se sentó ante su tocador para luchar con los frascos y los polvos de maquillaje que Estefanía le había prestado. No era tan fácil como su amiga le había asegurado, pero al fin logró un efecto parecido al del día anterior y su atención se concentró en su pelo. La permanente le parecía una inspiración divina, pues la masa de bucles le daba un aire de gitana que bien valía la pena el tormento de desenredar su melena. Casi había terminado cuando oyó voces en el jardín, a través de su ventana entreabierta.
—Creo que muy pronto estaré listo para la re inauguración —era la voz de Pedro, hubiera reconocido ese tono profundo en cualquier lugar, pues durante toda la noche le había susurrado palabras de amor al oído, mientras soñaba.
Se acercó a la ventana y espió. Pedro y su hermano estaban debajo de ella, de espaldas a la ventana. Inclinándose tanto como podía, dejó que su mirada recorriera la figura musculosa, los anchos hombros y el pecho, y sintió la boca seca. Pensó que hasta había captado el significado de la palabra sensual.
—Necesitaré más personal, desde luego, cuando acabe con las reformas — explicaba Pedro—. No había suficientes empleados y, como si no tuviera bastantes problemas, la recepcionista acaba de anunciarme que se va porque espera un bebé.
—Quizá puedas encontrar una vacante para Paulina —sugirió Gonzalo—. Acaba el colegio este verano y no tiene ni idea de lo que quiere hacer. ¿Por qué no la contratas como recepcionista?
El corazón de Paula dejó de latir. Un trabajo para ella, como empleada de Pedro Alfonso, en uno de sus hoteles, donde lo vería con frecuencia. ¡Era un sueño hecho realidad! Cerró los ojos y cruzó los dedos, mientras aguardaba la respuesta de Pedro.
—¿Paulina? ¿Como recepcionista? —su risa fue fría y el desprecio que encerraba su voz hirió las fibras más sensibles de la chica—. Ten compasión, Gonzalo. Necesito una chica atractiva, que sea una buena propaganda para el hotel; alguien que haga que los huéspedes se alegren de haber escogido un hotel Alfonso, no una impertinente lolita que los asuste.
—Disculpe.
Paula se sobresaltó y regresó al presente de golpe. Miró al hombre que le había hablado y se sonrojó al darse cuenta de que le impedía el paso.
—¡Lo siento! Creo que soñaba despierta —murmuró, apartándose a un lado. Volvió a observar la espalda de Pedro. Necesitaba recuperar un cierto grado de compostura antes de enfrentarse a él.
Pedro hablaba con un hombre rubio y delgado que estaba a su lado. En ese momento sonreía y formaba con sus manos un ocho en el aire, para dibujar las formas femeninas. Pedro asintió y rió. Los labios de Paula se apretaron en una línea fina. No había manera de que interpretara mal ese gesto. Había visto a muchos hombres describir a una mujer de ese modo, acompañado, por lo general, con un comentario lascivo. Levantó la cabeza y, habiendo tomado una decisión sin ser por completo consciente de ello, entró en el bar.
Pedro volvió la cabeza al oír que la puerta se abría y la miró de arriba abajo antes de consultar su reloj. La irritación hizo que los ojos verdes de Paula, brillaran.
—Lamento llegar un poco tarde —dijo secamente y su tono sugería que no lo sentía en absoluto—. ¿Me has esperado mucho tiempo?
—Un rato —contestó sin alterarse—. Pero te aseguro que vale la pena esperarte.
«Creí que sería más original, señor Alfonso», pensó la chica. Y los elogios no lo llevarían a ninguna parte, en particular acompañados de esas miradas descaradas. Igual que en su primer encuentro, hacía nueve años, Pedro se puso de pie, pero Paula ya no era una colegiala ingenua que tomara esos gestos como la prueba de que era un perfecto caballero. Un hombre necesitaba algo más que esos rasgos de cortesía para ganarse su respeto.
—¿Te gustaría tomar una copa?
Ella seguía alterada por las humillantes palabras que había oído hacía nueve años y que todavía se repetían en su mente con tanta claridad como si hubieran sido pronunciadas el día anterior. Mirándolo ahora, en su traje de corte perfecto, se preguntó si recordaría alguna vez la chica con la que había hablado unas horas y si se había extrañado de que no hubiera bajado a desayunar, quejándose de que se sentía enferma. No había sido capaz de bajar a despedirse y esa vivencia la hizo querer replicar que no, que no deseaba una copa, ni nada de él.
Pero tendría que comportarse de un modo correcto, si pretendía llevar a cabo su plan y, además, estaba sedienta, después de aguantar los reflectores en la exhibición. Se obligó a sonreír.
—Agua mineral —pidió y vio cómo alzaba una ceja.
—¿No te apetece algo más fuerte? —inquirió y Paula negó con la cabeza.
—No, gracias. El alcohol no ayuda mucho a mi cutis, ni a mi figura.
«¿Tan pronto?», quiso protestar. Apenas empezaba a conocerlo. Pero parecía lamentar no poder quedarse y ese pensamiento la mantuvo animada el resto de la tarde y de la noche. Estaba encantada y la felicidad le soltó la lengua, de manera que brilló en la mesa, asombrando a su familia que estaba acostumbrada a su manera de ser más bien tímida. Conservó sus más deslumbrantes sonrisas, sus más interesantes comentarios, sus miradas lánguidas para Pedro, sentado frente a ella. Cuando por fin se retiró a dormir, sentía que flotaba en una nube color de rosa. En cuanto su cabeza descansó en la almohada, empezó a soñar con un hombre alto, de pelo oscuro y ojos grises.
Despertó muy temprano y se sentó ante su tocador para luchar con los frascos y los polvos de maquillaje que Estefanía le había prestado. No era tan fácil como su amiga le había asegurado, pero al fin logró un efecto parecido al del día anterior y su atención se concentró en su pelo. La permanente le parecía una inspiración divina, pues la masa de bucles le daba un aire de gitana que bien valía la pena el tormento de desenredar su melena. Casi había terminado cuando oyó voces en el jardín, a través de su ventana entreabierta.
—Creo que muy pronto estaré listo para la re inauguración —era la voz de Pedro, hubiera reconocido ese tono profundo en cualquier lugar, pues durante toda la noche le había susurrado palabras de amor al oído, mientras soñaba.
Se acercó a la ventana y espió. Pedro y su hermano estaban debajo de ella, de espaldas a la ventana. Inclinándose tanto como podía, dejó que su mirada recorriera la figura musculosa, los anchos hombros y el pecho, y sintió la boca seca. Pensó que hasta había captado el significado de la palabra sensual.
—Necesitaré más personal, desde luego, cuando acabe con las reformas — explicaba Pedro—. No había suficientes empleados y, como si no tuviera bastantes problemas, la recepcionista acaba de anunciarme que se va porque espera un bebé.
—Quizá puedas encontrar una vacante para Paulina —sugirió Gonzalo—. Acaba el colegio este verano y no tiene ni idea de lo que quiere hacer. ¿Por qué no la contratas como recepcionista?
El corazón de Paula dejó de latir. Un trabajo para ella, como empleada de Pedro Alfonso, en uno de sus hoteles, donde lo vería con frecuencia. ¡Era un sueño hecho realidad! Cerró los ojos y cruzó los dedos, mientras aguardaba la respuesta de Pedro.
—¿Paulina? ¿Como recepcionista? —su risa fue fría y el desprecio que encerraba su voz hirió las fibras más sensibles de la chica—. Ten compasión, Gonzalo. Necesito una chica atractiva, que sea una buena propaganda para el hotel; alguien que haga que los huéspedes se alegren de haber escogido un hotel Alfonso, no una impertinente lolita que los asuste.
—Disculpe.
Paula se sobresaltó y regresó al presente de golpe. Miró al hombre que le había hablado y se sonrojó al darse cuenta de que le impedía el paso.
—¡Lo siento! Creo que soñaba despierta —murmuró, apartándose a un lado. Volvió a observar la espalda de Pedro. Necesitaba recuperar un cierto grado de compostura antes de enfrentarse a él.
Pedro hablaba con un hombre rubio y delgado que estaba a su lado. En ese momento sonreía y formaba con sus manos un ocho en el aire, para dibujar las formas femeninas. Pedro asintió y rió. Los labios de Paula se apretaron en una línea fina. No había manera de que interpretara mal ese gesto. Había visto a muchos hombres describir a una mujer de ese modo, acompañado, por lo general, con un comentario lascivo. Levantó la cabeza y, habiendo tomado una decisión sin ser por completo consciente de ello, entró en el bar.
Pedro volvió la cabeza al oír que la puerta se abría y la miró de arriba abajo antes de consultar su reloj. La irritación hizo que los ojos verdes de Paula, brillaran.
—Lamento llegar un poco tarde —dijo secamente y su tono sugería que no lo sentía en absoluto—. ¿Me has esperado mucho tiempo?
—Un rato —contestó sin alterarse—. Pero te aseguro que vale la pena esperarte.
«Creí que sería más original, señor Alfonso», pensó la chica. Y los elogios no lo llevarían a ninguna parte, en particular acompañados de esas miradas descaradas. Igual que en su primer encuentro, hacía nueve años, Pedro se puso de pie, pero Paula ya no era una colegiala ingenua que tomara esos gestos como la prueba de que era un perfecto caballero. Un hombre necesitaba algo más que esos rasgos de cortesía para ganarse su respeto.
—¿Te gustaría tomar una copa?
Ella seguía alterada por las humillantes palabras que había oído hacía nueve años y que todavía se repetían en su mente con tanta claridad como si hubieran sido pronunciadas el día anterior. Mirándolo ahora, en su traje de corte perfecto, se preguntó si recordaría alguna vez la chica con la que había hablado unas horas y si se había extrañado de que no hubiera bajado a desayunar, quejándose de que se sentía enferma. No había sido capaz de bajar a despedirse y esa vivencia la hizo querer replicar que no, que no deseaba una copa, ni nada de él.
Pero tendría que comportarse de un modo correcto, si pretendía llevar a cabo su plan y, además, estaba sedienta, después de aguantar los reflectores en la exhibición. Se obligó a sonreír.
—Agua mineral —pidió y vio cómo alzaba una ceja.
—¿No te apetece algo más fuerte? —inquirió y Paula negó con la cabeza.
—No, gracias. El alcohol no ayuda mucho a mi cutis, ni a mi figura.
Mi Bella Tramposa: Capítulo 10
En circunstancias normales, Paula se hubiera echado en sus brazos, pero en ese momento, consciente de la presencia del otro hombre en la habitación, apenas abrazó a Gonzalo y de inmediato retrocedió, para impedir que le alborotara el pelo, como era su costumbre. Gonzalo no la dejó escapar con tanta facilidad.
—¡Hey! ¿Qué pretendes? ¿Huir de mí? —le dió un abrazo que le cortó el aliento y después la soltó, con un gesto de desagrado—. ¡Fuchi! ¿Qué te has echado? —era un comentario muy poco halagador para el perfume con que se había rociado en abundancia—. ¿Por qué te has emperifollado como si fueras al circo? ¿Y qué te has hecho en el pelo?
—Me lo he rizado —explicó Paula, con un aire que ella esperaba fuera tranquilo y natural, pero en su interior ardía de vergüenza por la manera en que su hermano la trataba. En otra ocasión, hubiera tomado sus bromas con buen humor, pero no cuando Pedro Alfonso estaba en la sala. Se echó el pelo hacia atrás, con un gesto que creía sensual y provocativo. La permanente era resultado de un último ataque de inspiración de Estefanía—. ¿Te gusta?
La pregunta estaba dirigida a Gonzalo, aunque miró la cara de Pedro, tratando de leer sus pensamientos. Estaba encantada de que la observara con atención, pero sus facciones y gesto eran imposibles de interpretar.
—Parece como si te hubiera pescado un huracán —fue la respuesta de Gonzalo y la chica deseó darle un puñetazo.
—Es un poquito exagerado —comentó su madre con voz suave—. ¿Quién te lo hizo?
—Estefi, en su casa. De repente tuvo esa idea y la pusimos en práctica —le agradó explicarlo así, la catalogaba como una criatura impulsiva, ligera y espontánea, y por la sonrisa que cruzó la cara de Pedro, supo que él la había interpretado de esa forma. Le correspondió con otra.
—Gonzalo nos comentó que administras tus propios hoteles, ¿es cierto?
—Sí, es cierto —el tono del joven era cortés—. Están pasados de moda y bastante descuidados, pero pienso reformarlos.
—Gonzalo nos explicó que tenías muchas ideas. Debe ser muy interesante.
No le fue difícil mantener un tono sofocado en la voz. Cuando la atención de Pedro se centraba en ella, le costaba trabajo respirar y su corazón latía dos veces más rápido que de costumbre.
—¿No te sientas, Paulina? —intervino su madre, llamando su atención sobre el hecho de que Pedro todavía estaba de pie. Obediente, Paula lo volvió a envolver con una brillante sonrisa.
—Oh, sí, por favor siéntate. Pedro. Aquí no somos ceremoniosos.
El joven le indicó un sofá doble. Fascinada porque fuera tan caballeroso para no sentarse hasta que ella lo hiciera, Paula tomó asiento. Su sonrisa desapareció en cuanto lo hizo. El cinturón la apretó todavía más, haciéndole daño, y la falda, demasiado corta ya cuando estaba de pie, casi desapareció al sentarse, descubriendo sus largas piernas cubiertas con medias negras, pues según Estefi ese color las hacía más delgadas.
No obstante, su corazón saltó cuando Paula se sentó a su lado y se volvió hacia él decidida a ignorar su incomodidad.
—¿Por qué no nos explicas lo que planeas hacer con tus hoteles, Pedro?
Más tarde, no pudo acordarse de una sola palabra de la explicación, pues estaba como hipnotizada por su físico, el aroma que exhalaba su cuerpo y su voz profunda. Pero no importaba. Él estaba allí, le hablaba y la posición del sofá, en una esquina del cuarto, excluía a los demás de su conversación. Y si Pedro de repente se refería a su madre o a Norberto, ella preguntaba algo y le ponía la mano sobre el brazo para que le hiciera caso.
Coqueteó con él deliberadamente usando todo lo que había leído u oído acerca del lenguaje corporal, para asegurarse de que él entendiera lo que ella sentía.
—Me encantaría vivir en Londres —suspiró cuando el tema de la reforma de los hoteles se agotó. Se inclinó hacia Pedro de modo que no pudiera pasar inadvertido cómo sus senos se oprimían contra la tela de la blusa. Vio cómo sus ojos se posaban en las suaves curvas y se quedó sin aliento; apenas pudo articular las siguientes palabras—: Debe de ser maravilloso, muy diferente de la vida que llevamos aquí.
—¿Lo crees? —el tono del hombre era seco—. Yo más bien envidio tu vida en el campo.
—¡No es posible! —replicó Paula con petulancia—. Es aburridísima. No hay nada que hacer.
Eso no era verdad. Tenía una vida social activa y le gustaba el pueblo, pero no podía creer que un sofisticado londinense como Pedro se conformara con unas cuantas fiestas y las contadas discotecas y no tenía el menor deseo de parecerle una provinciana poco interesante.
—Entonces, quizá podrías quedarte con Gonzalo en la ciudad. Si tengo tiempo, te enseñaré lo que hay que conocer.
«¡Oh, sí, por favor! ¡Me encantaría!». Consiguió reprimir las palabras, aunque la alegría coloreó sus mejillas y su sonrisa fue natural. Su reacción atrajo la mirada de los ojos grises con una expresión nueva y diferente, pero para entonces, Paula ya se había repuesto y recordaba el papel sofisticado que se había impuesto, repitiéndose los consejos de Estefi de actuar con frialdad y hacerse la difícil. Transformó su sonrisa de adolescente en un gesto frívolo.
—Sería agradable. Si alguna vez voy a la ciudad, te lo recordaré.
Cometió un error. La sonrisa de Pedro se apagó y una mueca ensombreció su cara. Paula maldijo a Estefi en su mente. Su amiga estaba equivocada, los hombres necesitaban saber que estabas interesada; hacerse la difícil no daba buen resultado. Se propuso reparar el daño a la mayor brevedad.
—¿Te quedarás con nosotros mucho tiempo? —preguntó, con una mirada llena de esperanza.
—¡Hey! ¿Qué pretendes? ¿Huir de mí? —le dió un abrazo que le cortó el aliento y después la soltó, con un gesto de desagrado—. ¡Fuchi! ¿Qué te has echado? —era un comentario muy poco halagador para el perfume con que se había rociado en abundancia—. ¿Por qué te has emperifollado como si fueras al circo? ¿Y qué te has hecho en el pelo?
—Me lo he rizado —explicó Paula, con un aire que ella esperaba fuera tranquilo y natural, pero en su interior ardía de vergüenza por la manera en que su hermano la trataba. En otra ocasión, hubiera tomado sus bromas con buen humor, pero no cuando Pedro Alfonso estaba en la sala. Se echó el pelo hacia atrás, con un gesto que creía sensual y provocativo. La permanente era resultado de un último ataque de inspiración de Estefanía—. ¿Te gusta?
La pregunta estaba dirigida a Gonzalo, aunque miró la cara de Pedro, tratando de leer sus pensamientos. Estaba encantada de que la observara con atención, pero sus facciones y gesto eran imposibles de interpretar.
—Parece como si te hubiera pescado un huracán —fue la respuesta de Gonzalo y la chica deseó darle un puñetazo.
—Es un poquito exagerado —comentó su madre con voz suave—. ¿Quién te lo hizo?
—Estefi, en su casa. De repente tuvo esa idea y la pusimos en práctica —le agradó explicarlo así, la catalogaba como una criatura impulsiva, ligera y espontánea, y por la sonrisa que cruzó la cara de Pedro, supo que él la había interpretado de esa forma. Le correspondió con otra.
—Gonzalo nos comentó que administras tus propios hoteles, ¿es cierto?
—Sí, es cierto —el tono del joven era cortés—. Están pasados de moda y bastante descuidados, pero pienso reformarlos.
—Gonzalo nos explicó que tenías muchas ideas. Debe ser muy interesante.
No le fue difícil mantener un tono sofocado en la voz. Cuando la atención de Pedro se centraba en ella, le costaba trabajo respirar y su corazón latía dos veces más rápido que de costumbre.
—¿No te sientas, Paulina? —intervino su madre, llamando su atención sobre el hecho de que Pedro todavía estaba de pie. Obediente, Paula lo volvió a envolver con una brillante sonrisa.
—Oh, sí, por favor siéntate. Pedro. Aquí no somos ceremoniosos.
El joven le indicó un sofá doble. Fascinada porque fuera tan caballeroso para no sentarse hasta que ella lo hiciera, Paula tomó asiento. Su sonrisa desapareció en cuanto lo hizo. El cinturón la apretó todavía más, haciéndole daño, y la falda, demasiado corta ya cuando estaba de pie, casi desapareció al sentarse, descubriendo sus largas piernas cubiertas con medias negras, pues según Estefi ese color las hacía más delgadas.
No obstante, su corazón saltó cuando Paula se sentó a su lado y se volvió hacia él decidida a ignorar su incomodidad.
—¿Por qué no nos explicas lo que planeas hacer con tus hoteles, Pedro?
Más tarde, no pudo acordarse de una sola palabra de la explicación, pues estaba como hipnotizada por su físico, el aroma que exhalaba su cuerpo y su voz profunda. Pero no importaba. Él estaba allí, le hablaba y la posición del sofá, en una esquina del cuarto, excluía a los demás de su conversación. Y si Pedro de repente se refería a su madre o a Norberto, ella preguntaba algo y le ponía la mano sobre el brazo para que le hiciera caso.
Coqueteó con él deliberadamente usando todo lo que había leído u oído acerca del lenguaje corporal, para asegurarse de que él entendiera lo que ella sentía.
—Me encantaría vivir en Londres —suspiró cuando el tema de la reforma de los hoteles se agotó. Se inclinó hacia Pedro de modo que no pudiera pasar inadvertido cómo sus senos se oprimían contra la tela de la blusa. Vio cómo sus ojos se posaban en las suaves curvas y se quedó sin aliento; apenas pudo articular las siguientes palabras—: Debe de ser maravilloso, muy diferente de la vida que llevamos aquí.
—¿Lo crees? —el tono del hombre era seco—. Yo más bien envidio tu vida en el campo.
—¡No es posible! —replicó Paula con petulancia—. Es aburridísima. No hay nada que hacer.
Eso no era verdad. Tenía una vida social activa y le gustaba el pueblo, pero no podía creer que un sofisticado londinense como Pedro se conformara con unas cuantas fiestas y las contadas discotecas y no tenía el menor deseo de parecerle una provinciana poco interesante.
—Entonces, quizá podrías quedarte con Gonzalo en la ciudad. Si tengo tiempo, te enseñaré lo que hay que conocer.
«¡Oh, sí, por favor! ¡Me encantaría!». Consiguió reprimir las palabras, aunque la alegría coloreó sus mejillas y su sonrisa fue natural. Su reacción atrajo la mirada de los ojos grises con una expresión nueva y diferente, pero para entonces, Paula ya se había repuesto y recordaba el papel sofisticado que se había impuesto, repitiéndose los consejos de Estefi de actuar con frialdad y hacerse la difícil. Transformó su sonrisa de adolescente en un gesto frívolo.
—Sería agradable. Si alguna vez voy a la ciudad, te lo recordaré.
Cometió un error. La sonrisa de Pedro se apagó y una mueca ensombreció su cara. Paula maldijo a Estefi en su mente. Su amiga estaba equivocada, los hombres necesitaban saber que estabas interesada; hacerse la difícil no daba buen resultado. Se propuso reparar el daño a la mayor brevedad.
—¿Te quedarás con nosotros mucho tiempo? —preguntó, con una mirada llena de esperanza.
Mi Bella Tramposa: Capítulo 9
Quería mucho también, aunque lo veía poco, a Gonzalo, su hermanastro. Era él quien había inventado para ella el apodo de Paulina, burlándose de su nombre de pila que consideraba corto para la chiquilla traviesa y despeinada que ella había sido. El apodo le había gustado tanto a Paula que insistió en que toda la familia lo usara. En su casa, todavía era Paulina, a pesar de que había recuperado su nombre al convertirse en modelo profesional.
Tenía dieciséis años cuando el nombre de Pedro Alfonso se mencionó por primera vez en su casa. Gonzalo, que trabajaba en Londres, había conocido a Pedro en una fiesta y se habían hecho muy amigos. Cuando iba a casa, les hablaba con admiración de su nuevo amigo que, a pesar de su juventud dirigía la cadena de hoteles que había heredado de su padre. Resultó inevitable que un día Norberto y la madre de Paula le pidieran que invitara a Pedro a cenar.
Paula recordaba vividamente la primera vez que había visto aquella cara morena en una colección de fotografías que Gonzalo le mostró.
—Aquí está Pedro—señaló la figura alta de su amigo—. ¿Qué te parece, Paulina?
Paula se limitó a mirar, incapaz de dar crédito a sus ojos. A los diecisiete estaba descubriendo el hecho de que era mujer, apreciando los atractivos del sexo opuesto. Hasta ese momento, esos sentimientos se reducían a admirar a los artistas de moda, cuyas fotografías decoraban las paredes de su dormitorio, y a un enamoramiento fugaz y doloroso de un chico del colegio. Pero en el instante en que contempló las facciones de Pedro y su cuerpo musculoso bajo los pantalones vaqueros y la camiseta, esas emociones inocentes se borraron para dar paso a una inquietud sexual. Pedro Alfonso era la personificación de sus sueños, una fantasía hecha realidad, y pensó que lo amaba incluso antes de conocerlo.
Ese sentimiento se transformó en pánico cuando su madre comunicó que Gonzalo los visitaría ese fin de semana y que lo acompañaría Pedro Alfonso. Cada noche soñaba con conocer a su Príncipe Azul y dormía con su fotografía, que había sacado en secreto del álbum de su hermano. Imaginaba el momento en que se encontraran cara a cara y su imaginación inventaba los detalles más disparatados. El rostro masculino reflejaría sorpresa al verla y le diría que era maravillosa antes de tomarla en sus brazos y darle un beso apasionado. El sueño siempre terminaba con ese beso, porque no tenía la experiencia necesaria para ir más allá. Nunca la habían besado. Los chicos del colegio la saludaban al verla, pero enseguida se concentraban en las chicas más guapas y delgadas del plantel.
Ese rechazo le dolía a veces, pero aún no había encontrado a nadie que le interesara tanto como para que le importara de verdad. Además, los pantalones y suéteres holgados que estaban de moda en ese entonces la ayudaban a ocultar su exceso de peso.
De pronto sin embargo, empezó a desear parecerse a las otras chicas y empezó a ponerse ropa más femenina; se dio cuenta, con disgusto, de que los vestidos realmente bonitos y llamativos no le sentaban bien. Norberto le hubiera comprado un nuevo guardarropa, pero la verdad era que nada le servía.
A medida que se acercaba el día de la llegada de Pedro, Paula se sumía en una depresión cada vez más profunda.
—¡No tengo qué ponerme! —se quejó a su madre y Alejandra Schulz le sonrió.
—No seas tonta, hija. ¿Por qué no usas el vestido azul?
Paula frunció el ceño, disgustada. No era lo que quería. Era un vestido recto, sin cintura, le parecía como una inmensa tienda de campaña, lo menos favorecedor posible.
—Quiero algo especial, como lo que se pone Estefi.
Estefanía Fernandez, una compañera de colegio que vivía en la misma calle, tenía siempre un grupo de admiradores alrededor, como abejas en un panal. Se vestía a la última moda y rara vez se la veía sin maquillaje; hasta para ir a la escuela se ponía rimel. Siguiendo un impulso, Paula agarró su campera.
—Voy a casa de Estefi. Volveré a la hora del té.
Era una magnífica mañana de sábado y Paula caminó con pasos ligeros de vuelta a casa. Hubiera bailado de alegría, pero los zapatos de tacón alto que había comprado el día anterior se lo impedían. Hasta caminar le resultaba difícil. Sentía la cara rígida bajo la gruesa capa de maquillaje y le pesaban las pestañas, cubiertas con rímel negro. La falda de lana, que Estefi le había regalado porque era demasiado grande para ella le apretaba en la cintura, pero esa incomodidad le importaba muy poco, pues sólo pensaba en el encuentro que la aguardaba. El coche de Gonzalo ya estaba estacionado frente a la casa. Mejor, así su espectacular entrada causaría sensación.
—Aquí está Paulina —dijo su madre al abrirle la puerta.
Paula apenas oyó sus palabras, ya que sus ojos volaron hacia el hombre que se había levantado de su asiento para saludarla. La emoción la aturdía, de modo que sólo tuvo una impresión confusa de altura y fuerza y unos ojos brillantes y oscuros.
—Hola, Paulina —el sonido de esa voz ronca la estremeció.
Había soñado con ese momento, pero la realidad superaba a la imaginación. No esperaba el impacto de esos ojos grises, que se entrecerraban como si no pudieran creer lo que veían. La fuerza de esa mirada la desconcertó y, con timidez, bajó los párpados mientras Pedro le tendía la mano. Un instante después recordó que deseaba parecer madura y sofisticada, así que agitó sus largas pestañas cubiertas de rímel y lo miró fijamente con sus claros ojos verdes. Su corazón saltó al tocar la mano de Pedro y saboreó el tibio contacto de sus dedos durante unos breves segundos.
—Es un placer conocerte —dijo en un tono bajo y sensual, tratando de imitar a una actriz que admiraba especialmente—. Gonzalo nos ha hablado mucho de tí.
—¿Y a mí no me saludas? —Gonzalo rompió el encanto y le abrió los brazos de par en par—. Ven a saludar a tu hermano. ¿Me has echado de menos?
—Desde luego.
Tenía dieciséis años cuando el nombre de Pedro Alfonso se mencionó por primera vez en su casa. Gonzalo, que trabajaba en Londres, había conocido a Pedro en una fiesta y se habían hecho muy amigos. Cuando iba a casa, les hablaba con admiración de su nuevo amigo que, a pesar de su juventud dirigía la cadena de hoteles que había heredado de su padre. Resultó inevitable que un día Norberto y la madre de Paula le pidieran que invitara a Pedro a cenar.
Paula recordaba vividamente la primera vez que había visto aquella cara morena en una colección de fotografías que Gonzalo le mostró.
—Aquí está Pedro—señaló la figura alta de su amigo—. ¿Qué te parece, Paulina?
Paula se limitó a mirar, incapaz de dar crédito a sus ojos. A los diecisiete estaba descubriendo el hecho de que era mujer, apreciando los atractivos del sexo opuesto. Hasta ese momento, esos sentimientos se reducían a admirar a los artistas de moda, cuyas fotografías decoraban las paredes de su dormitorio, y a un enamoramiento fugaz y doloroso de un chico del colegio. Pero en el instante en que contempló las facciones de Pedro y su cuerpo musculoso bajo los pantalones vaqueros y la camiseta, esas emociones inocentes se borraron para dar paso a una inquietud sexual. Pedro Alfonso era la personificación de sus sueños, una fantasía hecha realidad, y pensó que lo amaba incluso antes de conocerlo.
Ese sentimiento se transformó en pánico cuando su madre comunicó que Gonzalo los visitaría ese fin de semana y que lo acompañaría Pedro Alfonso. Cada noche soñaba con conocer a su Príncipe Azul y dormía con su fotografía, que había sacado en secreto del álbum de su hermano. Imaginaba el momento en que se encontraran cara a cara y su imaginación inventaba los detalles más disparatados. El rostro masculino reflejaría sorpresa al verla y le diría que era maravillosa antes de tomarla en sus brazos y darle un beso apasionado. El sueño siempre terminaba con ese beso, porque no tenía la experiencia necesaria para ir más allá. Nunca la habían besado. Los chicos del colegio la saludaban al verla, pero enseguida se concentraban en las chicas más guapas y delgadas del plantel.
Ese rechazo le dolía a veces, pero aún no había encontrado a nadie que le interesara tanto como para que le importara de verdad. Además, los pantalones y suéteres holgados que estaban de moda en ese entonces la ayudaban a ocultar su exceso de peso.
De pronto sin embargo, empezó a desear parecerse a las otras chicas y empezó a ponerse ropa más femenina; se dio cuenta, con disgusto, de que los vestidos realmente bonitos y llamativos no le sentaban bien. Norberto le hubiera comprado un nuevo guardarropa, pero la verdad era que nada le servía.
A medida que se acercaba el día de la llegada de Pedro, Paula se sumía en una depresión cada vez más profunda.
—¡No tengo qué ponerme! —se quejó a su madre y Alejandra Schulz le sonrió.
—No seas tonta, hija. ¿Por qué no usas el vestido azul?
Paula frunció el ceño, disgustada. No era lo que quería. Era un vestido recto, sin cintura, le parecía como una inmensa tienda de campaña, lo menos favorecedor posible.
—Quiero algo especial, como lo que se pone Estefi.
Estefanía Fernandez, una compañera de colegio que vivía en la misma calle, tenía siempre un grupo de admiradores alrededor, como abejas en un panal. Se vestía a la última moda y rara vez se la veía sin maquillaje; hasta para ir a la escuela se ponía rimel. Siguiendo un impulso, Paula agarró su campera.
—Voy a casa de Estefi. Volveré a la hora del té.
Era una magnífica mañana de sábado y Paula caminó con pasos ligeros de vuelta a casa. Hubiera bailado de alegría, pero los zapatos de tacón alto que había comprado el día anterior se lo impedían. Hasta caminar le resultaba difícil. Sentía la cara rígida bajo la gruesa capa de maquillaje y le pesaban las pestañas, cubiertas con rímel negro. La falda de lana, que Estefi le había regalado porque era demasiado grande para ella le apretaba en la cintura, pero esa incomodidad le importaba muy poco, pues sólo pensaba en el encuentro que la aguardaba. El coche de Gonzalo ya estaba estacionado frente a la casa. Mejor, así su espectacular entrada causaría sensación.
—Aquí está Paulina —dijo su madre al abrirle la puerta.
Paula apenas oyó sus palabras, ya que sus ojos volaron hacia el hombre que se había levantado de su asiento para saludarla. La emoción la aturdía, de modo que sólo tuvo una impresión confusa de altura y fuerza y unos ojos brillantes y oscuros.
—Hola, Paulina —el sonido de esa voz ronca la estremeció.
Había soñado con ese momento, pero la realidad superaba a la imaginación. No esperaba el impacto de esos ojos grises, que se entrecerraban como si no pudieran creer lo que veían. La fuerza de esa mirada la desconcertó y, con timidez, bajó los párpados mientras Pedro le tendía la mano. Un instante después recordó que deseaba parecer madura y sofisticada, así que agitó sus largas pestañas cubiertas de rímel y lo miró fijamente con sus claros ojos verdes. Su corazón saltó al tocar la mano de Pedro y saboreó el tibio contacto de sus dedos durante unos breves segundos.
—Es un placer conocerte —dijo en un tono bajo y sensual, tratando de imitar a una actriz que admiraba especialmente—. Gonzalo nos ha hablado mucho de tí.
—¿Y a mí no me saludas? —Gonzalo rompió el encanto y le abrió los brazos de par en par—. Ven a saludar a tu hermano. ¿Me has echado de menos?
—Desde luego.
jueves, 5 de noviembre de 2015
Mi Bella Tramposa: Capítulo 8
—¿Que qué? Yo pensé que la idea…
—Ya sé que no lo planeaba así —la interrumpió Paula—. Pero las cosas no salieron como había calculado.
¿Cómo podía explicarle lo que había pasado? Había tardado mucho tiempo en dormirse preguntándose por qué había permitido que la convenciera de volver a verlo y aún no lo comprendía del todo.
—¿Aún es como lo recordabas?
—Sí, exacto —apretó los labios—. Igual de atractivo, arrogante y egoísta que antes.
—Entonces, ¿por qué quieres verlo?
Se pasó una mano por el pelo, pensativa.
—No estoy segura. Quiero que me vea como alguien diferente de la adolescente que conoció, pero no es suficiente. Me hirió, Valentina, y quiero herirlo también, hacerle saber lo que se sufre cuando alguien nos aplasta y pensamos que jamás nos recuperaremos.
—¿Qué harás?
La sonrisa de Paula fue dura.
—Saldré con él algunas veces y después, cuando se enamore, lo rechazaré… — vaciló—. ¿No lo apruebas?
—¿Quién soy yo para aprobar o desaprobar tus actos? Entiendo tus sentimientos. Me contaste que Pedro Alfonso se comportó como un cerdo contigo, pero eso ocurrió hace muchos años. ¿Vale la pena traer ese rencor al presente?
Por un momento, Paula reconoció que Valentina decía la verdad. Sin embargo, la noche anterior, esas emociones habían despertado otra vez, haciéndola sentirse tan vulnerable como la adolescente que había conocido a Pedro Alfonso: la confianza que había adquirido a través de los años desapareció en unas cuantas horas. La imagen de la cara morena de Paula flotaba en su cabeza y volvió a estudiar el efecto que sus ojos grises tenían sobre ella. Había visto el mismo brillo en los ojos de otros hombres, como Facundo Pieres. Hombres que consideraban a las mujeres juguetes decorativos, para divertirse y descartarlas luego sin remordimientos.
—No se trata sólo del pasado, sino del presente. Ayer se comportó igual que Facundo.
—¡Ah! —no hacían falta más explicaciones.
Valentina conocía la historia de Facundo Pieres y muchos otros que, atraídos por la belleza de Paula, habían tratado de conquistarla pensando que era una presa fácil y luego la habían olvidado con frialdad al darse cuenta de que no estaba dispuesta a irse con ellos a la cama.
—No puedes vengarte de Pedro Alfonso por lo que te hizo Facundo.
—No, pero conocer a Facundo me permitió descubrir su tipo en Pedro Alfonso. Era demasiado joven para manejar a Facundo y me hizo mucho daño. Las cosas son distintas ahora —y Pedro Alfonso lo sabría muy pronto.
—Entonces, ¿estás decidida a seguir adelante?
Asintió con firmeza y sus facciones se endurecieron.
—Ese tipo de hombres nos usan como si fuéramos objetos, Valentina. No somos más que una cara atractiva y un cuerpo bonito. Tú deberías saberlo —agregó, refiriéndose al divorcio de su amiga—. Diego era igual. Todo lo que haré es darle un poco de su propia medicina. Usaré a Pedro Alfonso como a él le gustaría usarme.
—Es tu decisión, niña —Valentina estaba seria—. Pero ten cuidado. A veces la venganza se vuelve contra nosotros mismos, cuando menos lo esperamos.
«A veces la venganza se vuelve contra nosotros mismos». Las palabras de Valentina se repetían como un eco en los oídos de Paula mientras la maquillaban. «Es una tontería», se dijo con determinación y se concentró en poner en orden los vestidos que iba a pasar. Era una profesional y esa noche actuaría como nunca en su vida.
A la mitad de la exhibición, vió a Pedro. Estaba apoyado en la pared, en un rincón de la habitación, con un traje azul oscuro. No dejaba de observarla, como si pudiera ver más allá de los vestidos, quitarle el cuidadoso maquillaje y descubrir a Paulina Schulz.
Paula vaciló un momento y estuvo a punto de perder el compás, pero se recobró con rapidez. Alzó la cabeza y siguió trabajando con una pose arrogante, aristocrática, escondiendo cualquier huella de nerviosismo bajo una máscara de seguridad. Paulina ya no existía: ¡que Pedro viera a la verdadera Paula!
Durante el resto de la noche, evitó mirarlo, aunque no por eso pudo olvidar su presencia. Y cuando hizo su aparición final, con un traje largo, de falda abierta y mucho escote, sentía la mirada de él en la piel descubierta de sus brazos y hombros, quemándola.
Por fin acabó la exhibición y Paula se dejó caer en una silla con un suspiro de alivio. El maquillador se apresuró a su encuentro para felicitarla.
—Y te traigo un mensaje —añadió—. El señor Alfonso te espera en el bar.
—Gracias, Juan—replicó la chica sin prestar mucha atención.
Había llegado el momento de tomar la decisión que había estado posponiendo durante toda la velada. ¿Iba a continuar con esa farsa o no?
Todavía indecisa, se dirigió al bar y se detuvo ante las puertas de vidrio de la entrada. Ante sus ojos tenía la figura familiar de Pedro, dándole la espalda. Hubiera sido muy sencillo llamar al portero y pedirle que le dijera que había cambiado de opinión y que no lo acompañaría a cenar. Pero eso sería una cobardía, la clase de comportamiento típico de la tímida Paulina. Paula estaba hecha de un material diferente; si decidía cancelar la cita, por lo menos se lo diría a la cara.
Sin embargo, no podía hacer que sus pies se movieran para cruzar el bar. Desde donde estaba, observó la anchura de sus hombros bajo la chaqueta perfectamente cortada, la longitud de sus piernas y las ondas de su espeso pelo castaño. A los diecisiete años, se había sentido tan atraída por él que, cada vez que lo veía, sentía las piernas de gelatina y la cabeza echa un borrón, incapaz de pensar. Muy pronto aprendió que, por atractiva que fuera la envoltura, el contenido de ese paquete no era de su gusto.
De repente le pareció que los años pasados se esfumaban, que la atmósfera que la rodeaba desaparecía y que ella tenía otra vez diecisiete años y vivía feliz con su madre y su padrastro a los que adoraba.
—Ya sé que no lo planeaba así —la interrumpió Paula—. Pero las cosas no salieron como había calculado.
¿Cómo podía explicarle lo que había pasado? Había tardado mucho tiempo en dormirse preguntándose por qué había permitido que la convenciera de volver a verlo y aún no lo comprendía del todo.
—¿Aún es como lo recordabas?
—Sí, exacto —apretó los labios—. Igual de atractivo, arrogante y egoísta que antes.
—Entonces, ¿por qué quieres verlo?
Se pasó una mano por el pelo, pensativa.
—No estoy segura. Quiero que me vea como alguien diferente de la adolescente que conoció, pero no es suficiente. Me hirió, Valentina, y quiero herirlo también, hacerle saber lo que se sufre cuando alguien nos aplasta y pensamos que jamás nos recuperaremos.
—¿Qué harás?
La sonrisa de Paula fue dura.
—Saldré con él algunas veces y después, cuando se enamore, lo rechazaré… — vaciló—. ¿No lo apruebas?
—¿Quién soy yo para aprobar o desaprobar tus actos? Entiendo tus sentimientos. Me contaste que Pedro Alfonso se comportó como un cerdo contigo, pero eso ocurrió hace muchos años. ¿Vale la pena traer ese rencor al presente?
Por un momento, Paula reconoció que Valentina decía la verdad. Sin embargo, la noche anterior, esas emociones habían despertado otra vez, haciéndola sentirse tan vulnerable como la adolescente que había conocido a Pedro Alfonso: la confianza que había adquirido a través de los años desapareció en unas cuantas horas. La imagen de la cara morena de Paula flotaba en su cabeza y volvió a estudiar el efecto que sus ojos grises tenían sobre ella. Había visto el mismo brillo en los ojos de otros hombres, como Facundo Pieres. Hombres que consideraban a las mujeres juguetes decorativos, para divertirse y descartarlas luego sin remordimientos.
—No se trata sólo del pasado, sino del presente. Ayer se comportó igual que Facundo.
—¡Ah! —no hacían falta más explicaciones.
Valentina conocía la historia de Facundo Pieres y muchos otros que, atraídos por la belleza de Paula, habían tratado de conquistarla pensando que era una presa fácil y luego la habían olvidado con frialdad al darse cuenta de que no estaba dispuesta a irse con ellos a la cama.
—No puedes vengarte de Pedro Alfonso por lo que te hizo Facundo.
—No, pero conocer a Facundo me permitió descubrir su tipo en Pedro Alfonso. Era demasiado joven para manejar a Facundo y me hizo mucho daño. Las cosas son distintas ahora —y Pedro Alfonso lo sabría muy pronto.
—Entonces, ¿estás decidida a seguir adelante?
Asintió con firmeza y sus facciones se endurecieron.
—Ese tipo de hombres nos usan como si fuéramos objetos, Valentina. No somos más que una cara atractiva y un cuerpo bonito. Tú deberías saberlo —agregó, refiriéndose al divorcio de su amiga—. Diego era igual. Todo lo que haré es darle un poco de su propia medicina. Usaré a Pedro Alfonso como a él le gustaría usarme.
—Es tu decisión, niña —Valentina estaba seria—. Pero ten cuidado. A veces la venganza se vuelve contra nosotros mismos, cuando menos lo esperamos.
«A veces la venganza se vuelve contra nosotros mismos». Las palabras de Valentina se repetían como un eco en los oídos de Paula mientras la maquillaban. «Es una tontería», se dijo con determinación y se concentró en poner en orden los vestidos que iba a pasar. Era una profesional y esa noche actuaría como nunca en su vida.
A la mitad de la exhibición, vió a Pedro. Estaba apoyado en la pared, en un rincón de la habitación, con un traje azul oscuro. No dejaba de observarla, como si pudiera ver más allá de los vestidos, quitarle el cuidadoso maquillaje y descubrir a Paulina Schulz.
Paula vaciló un momento y estuvo a punto de perder el compás, pero se recobró con rapidez. Alzó la cabeza y siguió trabajando con una pose arrogante, aristocrática, escondiendo cualquier huella de nerviosismo bajo una máscara de seguridad. Paulina ya no existía: ¡que Pedro viera a la verdadera Paula!
Durante el resto de la noche, evitó mirarlo, aunque no por eso pudo olvidar su presencia. Y cuando hizo su aparición final, con un traje largo, de falda abierta y mucho escote, sentía la mirada de él en la piel descubierta de sus brazos y hombros, quemándola.
Por fin acabó la exhibición y Paula se dejó caer en una silla con un suspiro de alivio. El maquillador se apresuró a su encuentro para felicitarla.
—Y te traigo un mensaje —añadió—. El señor Alfonso te espera en el bar.
—Gracias, Juan—replicó la chica sin prestar mucha atención.
Había llegado el momento de tomar la decisión que había estado posponiendo durante toda la velada. ¿Iba a continuar con esa farsa o no?
Todavía indecisa, se dirigió al bar y se detuvo ante las puertas de vidrio de la entrada. Ante sus ojos tenía la figura familiar de Pedro, dándole la espalda. Hubiera sido muy sencillo llamar al portero y pedirle que le dijera que había cambiado de opinión y que no lo acompañaría a cenar. Pero eso sería una cobardía, la clase de comportamiento típico de la tímida Paulina. Paula estaba hecha de un material diferente; si decidía cancelar la cita, por lo menos se lo diría a la cara.
Sin embargo, no podía hacer que sus pies se movieran para cruzar el bar. Desde donde estaba, observó la anchura de sus hombros bajo la chaqueta perfectamente cortada, la longitud de sus piernas y las ondas de su espeso pelo castaño. A los diecisiete años, se había sentido tan atraída por él que, cada vez que lo veía, sentía las piernas de gelatina y la cabeza echa un borrón, incapaz de pensar. Muy pronto aprendió que, por atractiva que fuera la envoltura, el contenido de ese paquete no era de su gusto.
De repente le pareció que los años pasados se esfumaban, que la atmósfera que la rodeaba desaparecía y que ella tenía otra vez diecisiete años y vivía feliz con su madre y su padrastro a los que adoraba.
Mi Bella Tramposa: Capítulo 7
Tardó un momento en responder, pues seguía estudiando las posibilidades. ¿Sería capaz de llevar a cabo su plan? ¿Quería hacerlo? Un vistazo a la cara de rasgos fuertes, tantas veces soñada en sus fantasías de adolescente, la convenció. Le encantaría bajar a Pedro Alfonso del pedestal donde él mismo se había colocado. Era posible que creyera que ninguna mujer se le resistiría, pero ella iba a desilusionarlo.
¿Cómo la había llamado? ¿Cenicienta? Quizás era un nombre apropiado. Paulina se había transformado en una magnífica modelo, igual que Cenicienta en una dama de la corte ante el toque de la varita mágica de su hada madrina. Pero para ella no había habido ni una madrastra, ni dos malvadas hermanastras, sólo un padrastro que era la bondad misma y Gonzalo… Pedro esperaba su respuesta.
—Está bien —contestó, despacio—, mañana cenaremos juntos.
Una atractiva sonrisa iluminó su cara.
—Asistiré a la exhibición, así que te recogeré cuando termine, digamos… ¿a las nueve y media?
—Me parece bien. Ahora tengo que irme.
En cuanto lo dijo, Pedro se inclinó hacia ella para soltarle el cinturón de seguridad. Luego no se apartó, sino que la miró muy de cerca, con una intención tan fácil de descifrar como la que había mostrado en el cuarto del hotel. Rápidamente, la chica se echó hacia atrás, y abrió la puerta del coche.
—Buenas noches, señor Alfonso—dijo con firmeza—. Nos veremos mañana.
Con eso pretendía dejar las cosas en claro y él lo sabía. Sin embargo, le cogió una mano con calma.
—Buenas noches, Paula—murmuró y la desconcertó al besarle el dorso de los dedos suavemente—. Hasta mañana —añadió, con un tono que dejaba sin aclarar si se trataba de una promesa o una amenaza—. Oh y Paula… —agregó, cuando ella salió del coche—. Me llamo Pedro, recuérdalo.
¡Recuérdalo! ¡Cómo si pudiera olvidarlo! Estuvo tentada a gritárselo antes de que el coche desapareciera calle abajo. No había olvidado su nombre en nueve años, menos en ese momento.
El día siguiente, aparte de la exhibición en el Argyle, Paula no tenía compromisos. Eso significaba que podía permitirse el lujo de permanecer en la cama hasta tarde, pero ese sábado pese a ello, el sueño la eludía.
Estaba inquieta y nerviosa y desde que había abierto los ojos a una mañana llena de sol, sin rastros de la tormenta que había caído durante la noche, comprendió que debía buscar algo que hacer. El tiempo que pasaría hasta las seis de la tarde, cuando debería prepararse para la exhibición, se extendía ante ella seco y árido como un desierto.
Tomando una decisión, apartó la colcha y la sábana, y se puso de pie sobre la alfombra. Unos minutos después, vestida con mayas rosas y azul, se dirigió a la sala y puso su disco favorito. Durante una hora se sometió a una serie de ejercicios vigorosos, usando cada uno de sus músculos, exigiéndose una perfección más exagerada aún que en los días en que estaba decidida a adelgazar. Cuando el disco terminó, volvió a ponerlo y empezó de nuevo. Sólo se detuvo cuando oyó que llamaban a la puerta. Sabía quién era sin necesidad de preguntar.
—¡Pasa, Valentina! —gritó, un tanto agitada por el ejercicio—. La puerta está abierta.
Sonrió, dándole la bienvenida a su vecina. Valentina Gonzalez, cinco años mayor que ella, había sido su amiga desde que se había mudado al apartamento, hacía cuatro. Una tarde Paula la había invitado a tomar café y habían congeniado.
—Trabajando a esta hora… ¡el sábado! —exclamó Valentina—. Paula, eres una fanática.
—¿Te molesté? —preguntó la chica, pues el apartamento de su amiga quedaba debajo del suyo.
Valentina negó con la cabeza, agitando sus alborotados mechones pelirrojos.
—Ayer salí y he dormido hasta las dos de la tarde. Hubieras podido tirar la casa y no me hubiera despertado. Acabo de abrir los ojos.
—¿Has desayunado? Podría…
—No para mí, gracias —la interrumpió—. Ayer tomé unos postres tentadores. Demasiadas calorías, así que hoy haré penitencia para pagar por mis pecados —con una sonrisa traviesa observó la cintura delgada de Paula y sus estrechas caderas—. Tú en cambio puedes comer lo que quieras sin engordar un poco.
La joven sonrió.
—Sabes que eso no es verdad, Valentina. Has visto la evidencia.
Valentina pegaba fotografías de mujeres bellísimas en su nevera, para luchar contra la tentación de comer, pero Paula sólo necesitaba recordar cómo había sido de adolescente para mantenerse en el camino de la autodisciplina.
—Oh, no exageres —la regañó Valentina—. Hace años que no eres gorda y lo sabes.
Quizá, pero los recuerdos la perseguían y deseaba aplastar al fantasma que la acosaba; aquél que, después del encuentro con Pedro, había despertado.
—Pero no he venido a hablar de dietas.
Algo tembló en el estómago de Paula al adivinar el próximo comentario de su amiga.
—Me estoy muriendo por saber cómo te fue anoche. ¿Hablaste con ese odioso Pedro Alfonso? —sus ojos azules brillaron de interés cuando Paula asintió—. ¿Y qué sucedió?
La chica titubeó y después decidió ser sincera.
—Cenaré con él esta noche.
La respuesta de Valentina fue un largo silbido de asombro.
¿Cómo la había llamado? ¿Cenicienta? Quizás era un nombre apropiado. Paulina se había transformado en una magnífica modelo, igual que Cenicienta en una dama de la corte ante el toque de la varita mágica de su hada madrina. Pero para ella no había habido ni una madrastra, ni dos malvadas hermanastras, sólo un padrastro que era la bondad misma y Gonzalo… Pedro esperaba su respuesta.
—Está bien —contestó, despacio—, mañana cenaremos juntos.
Una atractiva sonrisa iluminó su cara.
—Asistiré a la exhibición, así que te recogeré cuando termine, digamos… ¿a las nueve y media?
—Me parece bien. Ahora tengo que irme.
En cuanto lo dijo, Pedro se inclinó hacia ella para soltarle el cinturón de seguridad. Luego no se apartó, sino que la miró muy de cerca, con una intención tan fácil de descifrar como la que había mostrado en el cuarto del hotel. Rápidamente, la chica se echó hacia atrás, y abrió la puerta del coche.
—Buenas noches, señor Alfonso—dijo con firmeza—. Nos veremos mañana.
Con eso pretendía dejar las cosas en claro y él lo sabía. Sin embargo, le cogió una mano con calma.
—Buenas noches, Paula—murmuró y la desconcertó al besarle el dorso de los dedos suavemente—. Hasta mañana —añadió, con un tono que dejaba sin aclarar si se trataba de una promesa o una amenaza—. Oh y Paula… —agregó, cuando ella salió del coche—. Me llamo Pedro, recuérdalo.
¡Recuérdalo! ¡Cómo si pudiera olvidarlo! Estuvo tentada a gritárselo antes de que el coche desapareciera calle abajo. No había olvidado su nombre en nueve años, menos en ese momento.
El día siguiente, aparte de la exhibición en el Argyle, Paula no tenía compromisos. Eso significaba que podía permitirse el lujo de permanecer en la cama hasta tarde, pero ese sábado pese a ello, el sueño la eludía.
Estaba inquieta y nerviosa y desde que había abierto los ojos a una mañana llena de sol, sin rastros de la tormenta que había caído durante la noche, comprendió que debía buscar algo que hacer. El tiempo que pasaría hasta las seis de la tarde, cuando debería prepararse para la exhibición, se extendía ante ella seco y árido como un desierto.
Tomando una decisión, apartó la colcha y la sábana, y se puso de pie sobre la alfombra. Unos minutos después, vestida con mayas rosas y azul, se dirigió a la sala y puso su disco favorito. Durante una hora se sometió a una serie de ejercicios vigorosos, usando cada uno de sus músculos, exigiéndose una perfección más exagerada aún que en los días en que estaba decidida a adelgazar. Cuando el disco terminó, volvió a ponerlo y empezó de nuevo. Sólo se detuvo cuando oyó que llamaban a la puerta. Sabía quién era sin necesidad de preguntar.
—¡Pasa, Valentina! —gritó, un tanto agitada por el ejercicio—. La puerta está abierta.
Sonrió, dándole la bienvenida a su vecina. Valentina Gonzalez, cinco años mayor que ella, había sido su amiga desde que se había mudado al apartamento, hacía cuatro. Una tarde Paula la había invitado a tomar café y habían congeniado.
—Trabajando a esta hora… ¡el sábado! —exclamó Valentina—. Paula, eres una fanática.
—¿Te molesté? —preguntó la chica, pues el apartamento de su amiga quedaba debajo del suyo.
Valentina negó con la cabeza, agitando sus alborotados mechones pelirrojos.
—Ayer salí y he dormido hasta las dos de la tarde. Hubieras podido tirar la casa y no me hubiera despertado. Acabo de abrir los ojos.
—¿Has desayunado? Podría…
—No para mí, gracias —la interrumpió—. Ayer tomé unos postres tentadores. Demasiadas calorías, así que hoy haré penitencia para pagar por mis pecados —con una sonrisa traviesa observó la cintura delgada de Paula y sus estrechas caderas—. Tú en cambio puedes comer lo que quieras sin engordar un poco.
La joven sonrió.
—Sabes que eso no es verdad, Valentina. Has visto la evidencia.
Valentina pegaba fotografías de mujeres bellísimas en su nevera, para luchar contra la tentación de comer, pero Paula sólo necesitaba recordar cómo había sido de adolescente para mantenerse en el camino de la autodisciplina.
—Oh, no exageres —la regañó Valentina—. Hace años que no eres gorda y lo sabes.
Quizá, pero los recuerdos la perseguían y deseaba aplastar al fantasma que la acosaba; aquél que, después del encuentro con Pedro, había despertado.
—Pero no he venido a hablar de dietas.
Algo tembló en el estómago de Paula al adivinar el próximo comentario de su amiga.
—Me estoy muriendo por saber cómo te fue anoche. ¿Hablaste con ese odioso Pedro Alfonso? —sus ojos azules brillaron de interés cuando Paula asintió—. ¿Y qué sucedió?
La chica titubeó y después decidió ser sincera.
—Cenaré con él esta noche.
La respuesta de Valentina fue un largo silbido de asombro.
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