—Hace una noche espantosa —comentó Pedro al avanzar por la calle oscura, tratando de ver a través de la cortina de agua que caía sobre el parabrisas.
—Podía haberme ido en el taxi, ya se lo dije.
—Y yo contesté que era más conveniente que te llevara yo —la miró un instante—. No voy a violarte, señorita Chaves, ni a venderte como esclava. ¿Por qué no te tranquilizas?
La ironía de su voz la hizo reparar en la manera en que estaba sentada, derecha como una estaca y apretando el bolso contra su regazo. Se apoyó en el asiento y trató de relajarse, pero le fue imposible. La mano del hombre casi rozaba su pierna al cambiar las velocidades.
—No eres la clase de hombre que acepte una sugerencia, ¿verdad? —preguntó con sequedad y lo escuchó lanzar una risita.
—Oh, puedo aceptar una sugerencia, aunque a veces prefiero ignorarla.
—¿Y esta noche es una de esas ocasiones?
—Exacto —concedió, imperturbable.
—¿Te importaría si indago la causa?
—Desde luego que no, aunque estoy seguro de que lo adivinas.
—No sé a qué te refieres.
Pedro volvió a reír.
—Oh, vamos, Paula… eres muy guapa y lo sabes. No serías modelo en caso contrario. No acabas de salir del colegio, debes saber muy bien cuándo un hombre se interesa por tí.
—¿Y tú… estás interesado? —sintió que se le secaba la boca.
—¿Qué crees?
—Creo que eres un arrogante y egoísta que no puede aceptar un no por respuesta.
—Puedo —la corrigió con sequedad—, pero no tengo intención de hacerlo. Quiero conocerte.
Guardaron silencio, mientras ella analizaba ese comentario. Las cosas se movían demasiado rápido para su gusto y no estaba segura de si le agradaba la dirección que tomaban. Había planeado demostrarle a Pedro que era una persona diferente de la muchacha que había humillado en el pasado, y por el brillo que había encendido sus ojos al verla mirar sabía que lo había logrado… pero nunca se había propuesto que se interesaba de esa manera.
—¿Y qué pasaría si yo me negara?
—Sería un juicio precipitado —repuso él con falsa dulzura—. ¿He sido mal educado o hecho algo que te ofenda?
«Me besaste». Quería gritárselo, pero se contuvo con esfuerzo. No era el beso lo que la había molestado, sino el insulto, la arrogancia de tomar lo que quería sin pensar en los demás. Y, sobre todo, al saber que deseaba besar a Paula Chaves cuando nunca se había sentido atraído por Paulina Schulz. Un sabor amargo la invadió al recordar las noches en que había soñado con ese beso, creando una fantasía muy diferente a la realidad. El beso de Pedro confirmaba su sospecha de que todos los hombres eran iguales: lo atraía sólo la belleza exterior y por esa razón lo despreciaba.
—Mira —trató de parecer tranquila y razonable—. ¿No puedes aceptar que no me atraes aunque yo te atraiga? Pasa a menudo.
—Si puedes darme una razón lógica, lo pensaré.
¡Darle una razón! La cabeza de Paula giró mientras trataba de reflexionar. No tenía otra explicación que ofrecerle excepto que era Paulina Schulz y que, por motivos que no le parecían muy claros ni a ella misma, no deseaba que lo supiera todavía.
—Lo único que te pido —le decía Pedro—, es que me veas otra vez. No es demasiado pedir que pasemos una velada juntos, ¿o sí?
—No.
Se le escapó la respuesta antes de pararse a pensar si era prudente o no aceptar esa invitación. Implicaba una concesión, y no estaba dispuesta a ceder. Pero aun mientras reflexionaba, otra idea se formaba en su mente. Ya había admitido que no era suficiente que Pedro Alfonso mostrara interés en ella. En el fondo deseaba que él pagara por el dolor que le había causado a la Paulina de diecisiete años, destruyendo su incipiente seguridad.
Miró al hombre que estaba a su lado, dejando descansar sus ojos en el atractivo rostro que las farolas de la calle iluminaban intermitentemente. Quería destruir ese egoísmo, humillarlo, desconcertarlo. Y él le estaba brindando la oportunidad.
—Hemos llegado, Cenicienta. Estás en tu casa y todavía falta media hora para que sean las doce de la noche.
Paula miró por la ventanilla, asombrada. Absorta en sus pensamientos, no se había dado cuenta de que habían llegado a la calle donde vivía. Cuando el coche se detuvo ante su portal comprendió que había llegado el momento de tomar una decisión. Pedro apagó el motor y se volvió a mirarle.
—Paula… —empezó y el uso de su nombre la impulsó a la acción. No le había dado permiso de llamarla Paula, ni hecho nada que alentara esa familiaridad, sin embargo lo pronunciaba con una tranquilidad que sugería que eran amigos… nada más. Era típico que supusiera, en su inmensa vanidad que, ya que todas las mujeres lo consideraban irresistible, también ella caería rendida ante sus encantos. Desde luego se equivocaba y ella se daría el gusto de demostrárselo.
—¿Una velada, dijiste? —preguntó, como si sopesara las consecuencias y necesitara un poco más de persuasión para rendirse.
—Podríamos cenar después del pase de modelos de mañana. ¿Estás libre?
jueves, 5 de noviembre de 2015
Mi Bella Tramposa: Capítulo 5
La mano de Pedro seguía apoyada sobre su hombro. No era así como había planeado las cosas; sólo había pensado en despertar el interés de Pedro para lograr que la viera como una mujer diferente a Paulina Schulz de diecisiete años, a la que había tratado con tanto desprecio. Lo había conseguido, pero más allá de lo que se había propuesto. Parecía decidido a no aceptar una negativa por respuesta.
—¿Por qué estás tan ansiosa de volver a la fiesta? —por primera vez la irritación se reflejó en su voz y Paula se alegró de haber alterado su «imperturbable» calma—. Podía haber jurado que no te estabas divirtiendo, igual que yo.
Así que había notado su malestar y, gracias al cielo, interpretado mal las razones que lo inspiraban.
—Es una reunión social, parte de mi trabajo. En realidad debería…
Se detuvo, reducida al silencio por la mirada del hombre. Las pupilas grises estaban fijas en su cara y podía sentir cómo quemaban su piel. El brillo de esos ojos no le dejaba la menor duda acerca de sus intenciones. Iba a besarla. Tenía los labios secos y se los mojó con la lengua. Él bajó la mirada en ese momento y descubrió el leve movimiento revelador.
Pero Paula se recuperó deprisa. Aquello no era nuevo. Había estado en la misma situación muchas veces y sabía cómo manejarla. Quizá la adolescente Paulina se hubiera vuelto loca de miedo, pero ya no tenía diecisiete años y no recurriría a protestas inocentes. Cuando Pedro inclinó la cabeza, se apartó a un lado, con cuidado y suavidad, de manera que los labios masculinos le rozaron el pelo en lugar de los labios, como él intentaba. Se enorgulleció de que su acción pareciera natural, como si se hubiera movido de forma espontánea.
Desde la puerta, se volvió para mirar al hombre que se había quedado parado en medio de la habitación. ¿La ira había vuelto negras sus pupilas, endureciéndolas como si se hubieran convertido en rocas? No estaba segura. Le mantuvo la mirada, abriendo un poco su ojos en señal de reto.
—Creo que ya es hora de que volvamos a la fiesta —observó con calma, y salió del dormitorio sin mirar atrás, para no darle más alternativa que seguirla.
Pedro la alcanzó cuando oprimía el botón del ascensor. Su mano cubrió la de ella, la obligó a girar sobre sí misma y antes de que tuviera tiempo de protestar, inclinó la cabeza y capturó sus labios con un beso violento que la dejó atontada, incapaz de resistirse. Esos segundos fueron suficientes para que él hiciera lo que quería: tomar el beso que ella le había negado. Cuando llegó el ascensor y las puertas se abrieron, la soltó y le cedió el paso con una clara expresión de triunfo.
Demasiado sorprendida para hablar, Paula pasó ante él, desconcertada al sentir que las piernas la sostenían con dificultad. Sus ojos verdes lanzaron chispas al encontrarse con los grises de Matt, pero eso sólo convirtió el gesto travieso de su cara en una amplia sonrisa.
—Ahora sí volveremos a la fiesta —afirmó y el tono de su voz la hizo sonrojarse. Se mantuvo rígida, delante de él, esperando en un silencio absoluto a que el ascensor descendiera.
Cuando el taxi se detuvo ante el hotel, Daniel, el portero, se adelantó para abrir la puerta y abrió un enorme paraguas para protegerlas de la lluvia que había empezado a caer mientras se celebraba la fiesta. Bajo su protección, Sofía, Florencia y Zaira, se metieron en el coche. Paula estaba a punto de seguirlas cuando una alta figura masculina apareció en el vestíbulo y una mano grande la tomó del brazo con la fuerza suficiente para impedir que se moviera.
—Yo llevaré a la señorita Chaves a su casa, Daniel —anunció Pedro Alfonso.
«¡Oh no, no lo harás!», gritó para sí, pero reprimió las palabras. No podía provocar una escena en la entrada del Argyle, con los huéspedes de la fiesta a poca distancia, esperando que les llevaran sus coches.
—Preferiría irme con mis amigas —argumentó. El sonido se perdió con el portazo del taxi y el rugido del motor al ponerse en marcha. Era obvio que Daniel sabía que la convenía obedecer a su jefe y no estaba dispuesto a molestarlo.
Palideció al ver que el coche se alejaba. A la luz de las farolas de la calle, pudo ver a Sofía estudiándola con abierta curiosidad. Tendría que contestar un largo interrogatorio al día siguiente; «lo que faltaba», pensó, de mal humor. Cuando el coche desapareció en la esquina, se volvió para enfrentarse con franca hostilidad al hombre que le había impedido marcharse.
—No hace falta que me lleve a casa, señor Alfonso. Su empleado, el señor Bowen, ya había organizado que…
—Yo lo he desorganizado —la interrumpió Pedro con suavidad—. Creo que estarás más cómoda en mi coche que con tus tres amigas en un taxi. Además — continuó antes de que ella pudiera protestar—, vives al otro lado de la ciudad y tendrían que llevarte después de dejar a tus compañeras. Conmigo llegarás antes.
Paula apretó los labios. ¿Cómo había averiguado eso? Sergio Bowen sabía dónde vivía, pero era poco probable que le hubiera dado esa información a su jefe, a menos que él la hubiera solicitado. La sospecha de que todo estaba bien planeado la hizo estremecerse.
Después de que él la besara, en el ascensor, ella había entrado en el salón sin mirar atrás y sólo se relajó, cuando se perdió entre los invitados, ocultándose de la mirada penetrante de Pedro. Durante el resto de la velada lo había evitado con cuidado, manteniéndose cerca de las otras modelos y deseando que llegara la hora de partir. Esperaba desaparecer sin despedirse siquiera de su anfitrión. Su súbita aparición en el vestíbulo del hotel le había estropeado la estrategia.
—Éste es mi coche —anunció Pedro cuando un empleado detuvo ante ellos un reluciente Jaguar negro. Abrió la puerta de los pasajeros y esperó a que ella entrara.
Paula titubeó. No deseaba estar a solas con ese hombre, pero no tenía alternativa. Varios invitados la miraban con curiosidad. «¡Maldita sea, Pedro Alfonso!», pensó y subió al coche, con la cabeza bien alta.
—¿Por qué estás tan ansiosa de volver a la fiesta? —por primera vez la irritación se reflejó en su voz y Paula se alegró de haber alterado su «imperturbable» calma—. Podía haber jurado que no te estabas divirtiendo, igual que yo.
Así que había notado su malestar y, gracias al cielo, interpretado mal las razones que lo inspiraban.
—Es una reunión social, parte de mi trabajo. En realidad debería…
Se detuvo, reducida al silencio por la mirada del hombre. Las pupilas grises estaban fijas en su cara y podía sentir cómo quemaban su piel. El brillo de esos ojos no le dejaba la menor duda acerca de sus intenciones. Iba a besarla. Tenía los labios secos y se los mojó con la lengua. Él bajó la mirada en ese momento y descubrió el leve movimiento revelador.
Pero Paula se recuperó deprisa. Aquello no era nuevo. Había estado en la misma situación muchas veces y sabía cómo manejarla. Quizá la adolescente Paulina se hubiera vuelto loca de miedo, pero ya no tenía diecisiete años y no recurriría a protestas inocentes. Cuando Pedro inclinó la cabeza, se apartó a un lado, con cuidado y suavidad, de manera que los labios masculinos le rozaron el pelo en lugar de los labios, como él intentaba. Se enorgulleció de que su acción pareciera natural, como si se hubiera movido de forma espontánea.
Desde la puerta, se volvió para mirar al hombre que se había quedado parado en medio de la habitación. ¿La ira había vuelto negras sus pupilas, endureciéndolas como si se hubieran convertido en rocas? No estaba segura. Le mantuvo la mirada, abriendo un poco su ojos en señal de reto.
—Creo que ya es hora de que volvamos a la fiesta —observó con calma, y salió del dormitorio sin mirar atrás, para no darle más alternativa que seguirla.
Pedro la alcanzó cuando oprimía el botón del ascensor. Su mano cubrió la de ella, la obligó a girar sobre sí misma y antes de que tuviera tiempo de protestar, inclinó la cabeza y capturó sus labios con un beso violento que la dejó atontada, incapaz de resistirse. Esos segundos fueron suficientes para que él hiciera lo que quería: tomar el beso que ella le había negado. Cuando llegó el ascensor y las puertas se abrieron, la soltó y le cedió el paso con una clara expresión de triunfo.
Demasiado sorprendida para hablar, Paula pasó ante él, desconcertada al sentir que las piernas la sostenían con dificultad. Sus ojos verdes lanzaron chispas al encontrarse con los grises de Matt, pero eso sólo convirtió el gesto travieso de su cara en una amplia sonrisa.
—Ahora sí volveremos a la fiesta —afirmó y el tono de su voz la hizo sonrojarse. Se mantuvo rígida, delante de él, esperando en un silencio absoluto a que el ascensor descendiera.
Cuando el taxi se detuvo ante el hotel, Daniel, el portero, se adelantó para abrir la puerta y abrió un enorme paraguas para protegerlas de la lluvia que había empezado a caer mientras se celebraba la fiesta. Bajo su protección, Sofía, Florencia y Zaira, se metieron en el coche. Paula estaba a punto de seguirlas cuando una alta figura masculina apareció en el vestíbulo y una mano grande la tomó del brazo con la fuerza suficiente para impedir que se moviera.
—Yo llevaré a la señorita Chaves a su casa, Daniel —anunció Pedro Alfonso.
«¡Oh no, no lo harás!», gritó para sí, pero reprimió las palabras. No podía provocar una escena en la entrada del Argyle, con los huéspedes de la fiesta a poca distancia, esperando que les llevaran sus coches.
—Preferiría irme con mis amigas —argumentó. El sonido se perdió con el portazo del taxi y el rugido del motor al ponerse en marcha. Era obvio que Daniel sabía que la convenía obedecer a su jefe y no estaba dispuesto a molestarlo.
Palideció al ver que el coche se alejaba. A la luz de las farolas de la calle, pudo ver a Sofía estudiándola con abierta curiosidad. Tendría que contestar un largo interrogatorio al día siguiente; «lo que faltaba», pensó, de mal humor. Cuando el coche desapareció en la esquina, se volvió para enfrentarse con franca hostilidad al hombre que le había impedido marcharse.
—No hace falta que me lleve a casa, señor Alfonso. Su empleado, el señor Bowen, ya había organizado que…
—Yo lo he desorganizado —la interrumpió Pedro con suavidad—. Creo que estarás más cómoda en mi coche que con tus tres amigas en un taxi. Además — continuó antes de que ella pudiera protestar—, vives al otro lado de la ciudad y tendrían que llevarte después de dejar a tus compañeras. Conmigo llegarás antes.
Paula apretó los labios. ¿Cómo había averiguado eso? Sergio Bowen sabía dónde vivía, pero era poco probable que le hubiera dado esa información a su jefe, a menos que él la hubiera solicitado. La sospecha de que todo estaba bien planeado la hizo estremecerse.
Después de que él la besara, en el ascensor, ella había entrado en el salón sin mirar atrás y sólo se relajó, cuando se perdió entre los invitados, ocultándose de la mirada penetrante de Pedro. Durante el resto de la velada lo había evitado con cuidado, manteniéndose cerca de las otras modelos y deseando que llegara la hora de partir. Esperaba desaparecer sin despedirse siquiera de su anfitrión. Su súbita aparición en el vestíbulo del hotel le había estropeado la estrategia.
—Éste es mi coche —anunció Pedro cuando un empleado detuvo ante ellos un reluciente Jaguar negro. Abrió la puerta de los pasajeros y esperó a que ella entrara.
Paula titubeó. No deseaba estar a solas con ese hombre, pero no tenía alternativa. Varios invitados la miraban con curiosidad. «¡Maldita sea, Pedro Alfonso!», pensó y subió al coche, con la cabeza bien alta.
martes, 3 de noviembre de 2015
Mi Bella Tramposa: Capítulo 4
—Han pensado en casi todo.
—¿Casi todo? —repitió Pedro como un eco.
Con esfuerzo, Paula contuvo una sonrisa de triunfo. Él no esperaba que ella tomara el asunto en serio.
—¿Qué le parecería un secador de pelo y una máquina de afeitar para hombre?
—Ambas están a disposición de los huéspedes, lo mismo que el servicio de planchado. Sólo tienen que pedirlo a la camarera. ¿Satisfecha?
Estaba más que satisfecha, impresionada, pero no era su intención demostrarlo. El matiz de ironía en la pregunta de Pedro la irritó. Él aún creía que la inspección del cuarto era una farsa, una manera de hacerse la difícil, pero estaba decidida a desilusionarlo. Aunque admitía para sí que la habitación estaba a la altura del lema del hotel, cómoda y eficiente a la vez, deseó encontrarle defectos para molestar a Pedro.
—Me gustaría que hubiera más perchas, los hoteles nunca ponen suficientes y unas especiales para pantalones y faldas.
—Me encargaré de eso.
Su tono era firme y seco. Paula no dudó que seguiría su consejo. Sin duda, daría las órdenes necesarias a primera hora de la mañana siguiente. La resultaba imposible no vanagloriarse de ese pequeño triunfo, de que le diera a su opinión tanta importancia. De pronto recordó que Pedro jamás hubiera escuchado a Paulina Schulz con la misma seriedad, pues apenas se había fijado en su existencia salvo para hundirla con esas palabras duras y crueles.
—Ya he visto todo lo que quería, ahora creo que debemos regresar a la fiesta.
Pedro se enderezó.
—¿Es eso lo que quieres?
Sus ojos grises dudaban de la veracidad de su deseo tan claramente que se sintió ofendida. No tenía intención de ceder ante él. Pedro Alfonso poseía una lengua hábil y siempre se había comportado con un seductor encanto. Habría sido a sus espaldas, cuando creía que no lo estaba oyendo, cuando dijo la verdad.
—Desde luego. Tiene que atender a sus invitados —una vez más, los recuerdos endurecieron su voz—. Y yo debo irme a… —¿Tan pronto? Apenas son las diez.
—Trabajo, señor Alfonso, y necesito dormir. Si no duermo ocho horas, me salen ojeras en las fotografías. Siempre me acuesto antes de las doce.
—¿Siempre?
¿Había una nota de diversión en su voz? Una rápida mirada a los oscuros ojos grises le bastó para captar un rayo de burla en las pupilas.
—Siempre —repitió con firmeza, añadiendo con énfasis—, y sola.
—¿Acaso sugerí que fuera de otra manera? —protestó el hombre con fingida inocencia.
No, no había sugerido nada, pero se traslucía en su cara, en el brillo de sus ojos. Igual que muchos otros hombres, suponía que una modelo era una cara bonita, sin cerebro, disponible para cualquiera que deseara tomarla… Pues bien, esta modelo era la excepción a la regla.
—Me gustaría volver a la reunión —insistió, dominando su indignación con bastante esfuerzo—. Gracias por enseñarme la habitación, señor Alfonso.
—Ha sido un placer —replicó de inmediato—. Y, mi nombre es Pedro.
«Ya lo sé». Las palabras estuvieron a punto de escapar de su boca y tuvo que morderse el labio inferior para impedir que salieran. Si supiera cómo conocía su nombre, aun antes de verlo la primera vez. La conversación de Gonzalo estaba salpicada de «Pedro esto» y «Pedro lo otro». Ella había supuesto que, cuando el famoso Pedro Alfonso apareciera, la realidad resultaría decepcionante. No había sido así, Pedro había entrado en su vida con la fuerza de una explosión nuclear, destrozándola en el espacio de unas cortas horas. No había vuelto a ser la misma.
Él se la acercó y Paula temió que notara la involuntaria tensión de su cuerpo alto y delgado y oyera el latir de su corazón. Con una sonrisa que la estremeció con su atractivo, levantó un dedo y recorrió suavemente su mejilla. Ella sintió ese contacto como una quemadura y retrocedió. La sonrisa del hombre no se alteró. Dejó caer la mano sobre el hombro de la joven, apretando sus delicados huesos y transmitiéndole su calor a través del delgado tejido de la chaqueta.
—¿Quieres volver a la recepción? —preguntó con voz ronca.
El seductor tono de su voz podía haber vencido el ánimo de una joven crédula muy fácilmente, pero hacía mucho que Paula había dejado de confiar en Pedro Alfonso o de tomar en serio sus palabras.
—Yo pensaba que celebraríamos nuestra propia fiesta…
«Ahora estamos llegando a la verdad», pensó ella, «a la verdadera razón por la que me ha traído aquí».
—¿En la habitación? —su voz subió de tono. Pedro frunció el ceño, pero a la vez se encogió de hombros.
—Donde quieras —contestó—. Podría llevarte a tu casa, si lo prefieres, o… Paula no lo dejó terminar.
—Preferiría regresar con mis amigas. Se estarán preguntando dónde estoy.
El brillo de burla volvió a iluminar los ojos del hombre.
—¿Tienes que informar de todas tus idas y venidas? —inquirió con tal ironía que la chica irguió la barbilla, con los ojos brillantes de indignación.
—¡No tengo! Es una amabilidad de mi parte… vine con ellas —«y volveré a casa con ellas», agregó para sí.
—¿Casi todo? —repitió Pedro como un eco.
Con esfuerzo, Paula contuvo una sonrisa de triunfo. Él no esperaba que ella tomara el asunto en serio.
—¿Qué le parecería un secador de pelo y una máquina de afeitar para hombre?
—Ambas están a disposición de los huéspedes, lo mismo que el servicio de planchado. Sólo tienen que pedirlo a la camarera. ¿Satisfecha?
Estaba más que satisfecha, impresionada, pero no era su intención demostrarlo. El matiz de ironía en la pregunta de Pedro la irritó. Él aún creía que la inspección del cuarto era una farsa, una manera de hacerse la difícil, pero estaba decidida a desilusionarlo. Aunque admitía para sí que la habitación estaba a la altura del lema del hotel, cómoda y eficiente a la vez, deseó encontrarle defectos para molestar a Pedro.
—Me gustaría que hubiera más perchas, los hoteles nunca ponen suficientes y unas especiales para pantalones y faldas.
—Me encargaré de eso.
Su tono era firme y seco. Paula no dudó que seguiría su consejo. Sin duda, daría las órdenes necesarias a primera hora de la mañana siguiente. La resultaba imposible no vanagloriarse de ese pequeño triunfo, de que le diera a su opinión tanta importancia. De pronto recordó que Pedro jamás hubiera escuchado a Paulina Schulz con la misma seriedad, pues apenas se había fijado en su existencia salvo para hundirla con esas palabras duras y crueles.
—Ya he visto todo lo que quería, ahora creo que debemos regresar a la fiesta.
Pedro se enderezó.
—¿Es eso lo que quieres?
Sus ojos grises dudaban de la veracidad de su deseo tan claramente que se sintió ofendida. No tenía intención de ceder ante él. Pedro Alfonso poseía una lengua hábil y siempre se había comportado con un seductor encanto. Habría sido a sus espaldas, cuando creía que no lo estaba oyendo, cuando dijo la verdad.
—Desde luego. Tiene que atender a sus invitados —una vez más, los recuerdos endurecieron su voz—. Y yo debo irme a… —¿Tan pronto? Apenas son las diez.
—Trabajo, señor Alfonso, y necesito dormir. Si no duermo ocho horas, me salen ojeras en las fotografías. Siempre me acuesto antes de las doce.
—¿Siempre?
¿Había una nota de diversión en su voz? Una rápida mirada a los oscuros ojos grises le bastó para captar un rayo de burla en las pupilas.
—Siempre —repitió con firmeza, añadiendo con énfasis—, y sola.
—¿Acaso sugerí que fuera de otra manera? —protestó el hombre con fingida inocencia.
No, no había sugerido nada, pero se traslucía en su cara, en el brillo de sus ojos. Igual que muchos otros hombres, suponía que una modelo era una cara bonita, sin cerebro, disponible para cualquiera que deseara tomarla… Pues bien, esta modelo era la excepción a la regla.
—Me gustaría volver a la reunión —insistió, dominando su indignación con bastante esfuerzo—. Gracias por enseñarme la habitación, señor Alfonso.
—Ha sido un placer —replicó de inmediato—. Y, mi nombre es Pedro.
«Ya lo sé». Las palabras estuvieron a punto de escapar de su boca y tuvo que morderse el labio inferior para impedir que salieran. Si supiera cómo conocía su nombre, aun antes de verlo la primera vez. La conversación de Gonzalo estaba salpicada de «Pedro esto» y «Pedro lo otro». Ella había supuesto que, cuando el famoso Pedro Alfonso apareciera, la realidad resultaría decepcionante. No había sido así, Pedro había entrado en su vida con la fuerza de una explosión nuclear, destrozándola en el espacio de unas cortas horas. No había vuelto a ser la misma.
Él se la acercó y Paula temió que notara la involuntaria tensión de su cuerpo alto y delgado y oyera el latir de su corazón. Con una sonrisa que la estremeció con su atractivo, levantó un dedo y recorrió suavemente su mejilla. Ella sintió ese contacto como una quemadura y retrocedió. La sonrisa del hombre no se alteró. Dejó caer la mano sobre el hombro de la joven, apretando sus delicados huesos y transmitiéndole su calor a través del delgado tejido de la chaqueta.
—¿Quieres volver a la recepción? —preguntó con voz ronca.
El seductor tono de su voz podía haber vencido el ánimo de una joven crédula muy fácilmente, pero hacía mucho que Paula había dejado de confiar en Pedro Alfonso o de tomar en serio sus palabras.
—Yo pensaba que celebraríamos nuestra propia fiesta…
«Ahora estamos llegando a la verdad», pensó ella, «a la verdadera razón por la que me ha traído aquí».
—¿En la habitación? —su voz subió de tono. Pedro frunció el ceño, pero a la vez se encogió de hombros.
—Donde quieras —contestó—. Podría llevarte a tu casa, si lo prefieres, o… Paula no lo dejó terminar.
—Preferiría regresar con mis amigas. Se estarán preguntando dónde estoy.
El brillo de burla volvió a iluminar los ojos del hombre.
—¿Tienes que informar de todas tus idas y venidas? —inquirió con tal ironía que la chica irguió la barbilla, con los ojos brillantes de indignación.
—¡No tengo! Es una amabilidad de mi parte… vine con ellas —«y volveré a casa con ellas», agregó para sí.
Mi Bella Tramposa: Capítulo 3
El toque de arrogancia del último comentario le resultó muy familiar. A los veinticinco años, cuando lo conoció. Pedro Alfonso poseía ya una confianza en sí mismo que la hacía sentir tonta e ingenua a la vez. Por un momento Paula dudó y la tensión contrajo sus músculos. ¿Deseaba estar a solas con ese hombre? No formaba parte de su plan. Todo lo que pretendía era observar cómo reaccionaba ante ella y su respuesta instintiva, espontánea, ya le había dado una satisfacción. Una leve y cínica sonrisa cruzó sus labios cuando pensó en la mirada de Pedro… Oh, sí, la había mirado de una forma muy distinta que a aquella adolescente insegura, de diecisiete años.
—Así que… ¿vienes?
Dejó de sonreír al darse cuenta de que la evidente reacción del hombre no había sido suficiente. No había aliviado la humillación de sus recuerdos: al contrario, había agravado la herida.
Lo miró a la cara. Su rostro no reflejaba más que paciencia mientras esperaba su respuesta y se consternó al sentir que la ira la invadía. Tuvo que luchar para impedir que su furia explotara en palabras despectivas. Pedro Alfonso había nacido con una buena provisión de atractivos y no estaba acostumbrado a la incertidumbre, a la inseguridad de alguien que trataba de abrirse paso en el mundo. Era como los demás hombres que ella había conocido, se dejaba deslumbrar por una cara bonita y un cuerpo sensual, sin pensar en la persona que había bajo el físico, cuyos sentimientos podían ser heridos. Si hubiera algún modo de mostrarle… Una idea germinó en su mente y se decidió.
—Voy, señor Afonso—contestó fríamente.
Después del calor y el ruido del comedor, el área de recepción parecía fresca y tranquila. Paula se detuvo, agradecida, para aspirar una bocanada del aire limpio, mientras Pedro se metía tras el mostrador de recepción y examinaba las filas de llaves que colgaban de la pared.
—¿Qué habitación? —preguntó—. Escoja un número.
Paula no lo pensó un momento:
—Diecisiete —respondió, decidida, y Pedro se volvió para seleccionar la llave; ella volvió a sonreír pensando que él jamás descubriría la razón por la que había escogido ese número. Diecisiete. Diecisiete años en aquel entonces, hacía nueve, aún iba al colegio y era una adolescente tímida e insegura… y Pedro Alfonso había tomado su frágil y vulnerable ego para aplastarlo con un cruel comentario.
—Aquí está el diecisiete.
El recepcionista, atraído por el movimiento y las voces del vestíbulo, salió de la oficina y, al reconocer a su jefe, lo saludó.
—¿Puedo ayudarlo en algo, señor?
—No, gracias, Daniel—contestó él con indiferencia—. Le estoy enseñando a la señorita Chaves el hotel.
¿Sabía de memoria el nombre de cada uno de los empleados? Mientras lo seguía hacia el ascensor, Paula se dijo que era muy improbable que hubiera visto al portero antes de esa noche, pues la contratación del empleado sería tarea del administrador de personal. Y, sin embargo, lo había llamado por su nombre. Debía tener una memoria excepcional.
La idea la llenó de inquietud. ¿Qué pasaría si recordaba el verano de hacía nueve años? «No», se tranquilizó, «si lo hubiera hecho, yo lo habría visto en sus ojos». Además, ella no era la misma. Inconscientemente se pasó una mano por el pelo liso y sedoso, tan distinto a la melena enmarañada que solía llevar a los diecisiete años. Luego se dio cuenta de que Pedro la observaba con el ceño fruncido y una expresión de disgusto.
¿Por qué se había molestado? La contracción que sintió en el estómago nada tuvo que ver con el movimiento del ascensor. En el reducido espacio, Pedro parecía más alto que nunca, a pesar de que ella tenía también una buena estatura. Su pelo castaño, brillaba con la luz fluorescente y el aroma de su colonia inundó el aire. Paula volvió a sentirse nerviosa. Decidida a no mirar esos ojos grises por miedo a que captaran una reacción de ella, fijó las pupilas en el lazo negro de su corbata y esperó a que el ascensor se detuviera.
—Ya estamos.
Pedro retrocedió para dejarla pasar y ella salió en silencio al corredor alfombrado. Sin titubear, él la condujo a la puerta número diecisiete.
El dormitorio no desilusionó a Paula. Las grandes ventanas le daban un aspecto claro y luminoso. Un cómodo sofá y dos butacas miraban al televisor junto a la entrada. Detrás estaban los muebles de dormitorio: un tocador, armarios dobles y una cama grande, cubierta con una colcha en tonos rosa y turquesa.
—¿Y bien?
—Muy agradable.
Mantuvo su tono neutral con cierto esfuerzo. Era consciente de que se encontraba sola con ese hombre en el ambiente íntimo de un dormitorio, aunque fuera el de un hotel. Todo estaba silencioso; los sonidos del tráfico de la ciudad apagados por los gruesos vidrios; ni siquiera se oía la música de la fiesta que se celebraba un piso más abajo.
—Me gustaría revisar algunos detalles.
Él alzó una ceja, incrédulo, y ese gesto enfureció a la joven. Era obvio que Pedro Alfonso pensaba que no había subido para ver la habitación, sino que era una excusa para estar a solas con él.
—Por favor, hágalo —murmuró.
Se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada de resignación. «Está bien, jugaré a tu modo», parecía decirle. «Si prefieres fingir un poco, no me importa. Puedo esperar».
«Esperará hasta que le salgan raíces, señor Alfonso», le advirtió Paula desde el fondo de sus pensamientos. Sería un auténtico placer prolongar la inspección del dormitorio, sintiendo una maligna satisfacción al saber que sus ojos oscuros la seguían con impaciencia mientras ella abría los cajones de la cómoda, inspeccionaba el armario y por fin se metía en el baño. Allí acarició las suaves toallas color turquesa y revolvió las muestras de champú, suavizante y jabones colocadas en una canastita, cerca del lavabo. Luego regresó al dormitorio, abrió la pequeña nevera, curioseó un poco más y, por fin, dio su aprobación.
—Así que… ¿vienes?
Dejó de sonreír al darse cuenta de que la evidente reacción del hombre no había sido suficiente. No había aliviado la humillación de sus recuerdos: al contrario, había agravado la herida.
Lo miró a la cara. Su rostro no reflejaba más que paciencia mientras esperaba su respuesta y se consternó al sentir que la ira la invadía. Tuvo que luchar para impedir que su furia explotara en palabras despectivas. Pedro Alfonso había nacido con una buena provisión de atractivos y no estaba acostumbrado a la incertidumbre, a la inseguridad de alguien que trataba de abrirse paso en el mundo. Era como los demás hombres que ella había conocido, se dejaba deslumbrar por una cara bonita y un cuerpo sensual, sin pensar en la persona que había bajo el físico, cuyos sentimientos podían ser heridos. Si hubiera algún modo de mostrarle… Una idea germinó en su mente y se decidió.
—Voy, señor Afonso—contestó fríamente.
Después del calor y el ruido del comedor, el área de recepción parecía fresca y tranquila. Paula se detuvo, agradecida, para aspirar una bocanada del aire limpio, mientras Pedro se metía tras el mostrador de recepción y examinaba las filas de llaves que colgaban de la pared.
—¿Qué habitación? —preguntó—. Escoja un número.
Paula no lo pensó un momento:
—Diecisiete —respondió, decidida, y Pedro se volvió para seleccionar la llave; ella volvió a sonreír pensando que él jamás descubriría la razón por la que había escogido ese número. Diecisiete. Diecisiete años en aquel entonces, hacía nueve, aún iba al colegio y era una adolescente tímida e insegura… y Pedro Alfonso había tomado su frágil y vulnerable ego para aplastarlo con un cruel comentario.
—Aquí está el diecisiete.
El recepcionista, atraído por el movimiento y las voces del vestíbulo, salió de la oficina y, al reconocer a su jefe, lo saludó.
—¿Puedo ayudarlo en algo, señor?
—No, gracias, Daniel—contestó él con indiferencia—. Le estoy enseñando a la señorita Chaves el hotel.
¿Sabía de memoria el nombre de cada uno de los empleados? Mientras lo seguía hacia el ascensor, Paula se dijo que era muy improbable que hubiera visto al portero antes de esa noche, pues la contratación del empleado sería tarea del administrador de personal. Y, sin embargo, lo había llamado por su nombre. Debía tener una memoria excepcional.
La idea la llenó de inquietud. ¿Qué pasaría si recordaba el verano de hacía nueve años? «No», se tranquilizó, «si lo hubiera hecho, yo lo habría visto en sus ojos». Además, ella no era la misma. Inconscientemente se pasó una mano por el pelo liso y sedoso, tan distinto a la melena enmarañada que solía llevar a los diecisiete años. Luego se dio cuenta de que Pedro la observaba con el ceño fruncido y una expresión de disgusto.
¿Por qué se había molestado? La contracción que sintió en el estómago nada tuvo que ver con el movimiento del ascensor. En el reducido espacio, Pedro parecía más alto que nunca, a pesar de que ella tenía también una buena estatura. Su pelo castaño, brillaba con la luz fluorescente y el aroma de su colonia inundó el aire. Paula volvió a sentirse nerviosa. Decidida a no mirar esos ojos grises por miedo a que captaran una reacción de ella, fijó las pupilas en el lazo negro de su corbata y esperó a que el ascensor se detuviera.
—Ya estamos.
Pedro retrocedió para dejarla pasar y ella salió en silencio al corredor alfombrado. Sin titubear, él la condujo a la puerta número diecisiete.
El dormitorio no desilusionó a Paula. Las grandes ventanas le daban un aspecto claro y luminoso. Un cómodo sofá y dos butacas miraban al televisor junto a la entrada. Detrás estaban los muebles de dormitorio: un tocador, armarios dobles y una cama grande, cubierta con una colcha en tonos rosa y turquesa.
—¿Y bien?
—Muy agradable.
Mantuvo su tono neutral con cierto esfuerzo. Era consciente de que se encontraba sola con ese hombre en el ambiente íntimo de un dormitorio, aunque fuera el de un hotel. Todo estaba silencioso; los sonidos del tráfico de la ciudad apagados por los gruesos vidrios; ni siquiera se oía la música de la fiesta que se celebraba un piso más abajo.
—Me gustaría revisar algunos detalles.
Él alzó una ceja, incrédulo, y ese gesto enfureció a la joven. Era obvio que Pedro Alfonso pensaba que no había subido para ver la habitación, sino que era una excusa para estar a solas con él.
—Por favor, hágalo —murmuró.
Se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada de resignación. «Está bien, jugaré a tu modo», parecía decirle. «Si prefieres fingir un poco, no me importa. Puedo esperar».
«Esperará hasta que le salgan raíces, señor Alfonso», le advirtió Paula desde el fondo de sus pensamientos. Sería un auténtico placer prolongar la inspección del dormitorio, sintiendo una maligna satisfacción al saber que sus ojos oscuros la seguían con impaciencia mientras ella abría los cajones de la cómoda, inspeccionaba el armario y por fin se metía en el baño. Allí acarició las suaves toallas color turquesa y revolvió las muestras de champú, suavizante y jabones colocadas en una canastita, cerca del lavabo. Luego regresó al dormitorio, abrió la pequeña nevera, curioseó un poco más y, por fin, dio su aprobación.
Mi Bella Tramposa: Capítulo 2
Quien las presentaba era Sergio Bowen, el mismo hombre que las había recibido esa noche. «El esclavo del director», se dijo Paula con cinismo. Ellas todavía no podían aspirar a que las atendiera el dueño.
—Ésta es la señorita Zaira Nara.
Paula miró de reojo a Pedro. ¿Había cambiado mucho en los últimos años?
No, el tiempo apenas lo había afectado. Quizá tenía ligeras arrugas alrededor de los ojos y la boca, pero las facciones eran las mismas. Poseía una mandíbula cuadrada que proclamaba una confianza en sí que rayaba a la arrogancia y un don de mando que era casi agresivo; cualidades que lo habían llevado a la posición en que se encontraba a los treinta y cuatro años.
De cuerpo, parecía más sólido, pero sus caderas y su cintura seguían siendo delgadas, señal de que se mantenía en buena forma física. La única nota suave en su persona era el pelo castaño ondulado, que le caía sobre la frente dándole el aire de un muchacho. Pero Paula lo conocía demasiado bien para dejarse engañar.
—Y, desde luego, la estrella de la exhibición, la señorita Paula Chaves.
Con un sobresalto, comprendió que la conversación con Zaira había concluido y que el pequeño grupo de personas había continuado su ronda. Pedro Alfonso estaba delante de ella y le tendía la mano para saludarla.
—Es un placer conocerla, señorita Chaves.
Rodeado y agasajado por sus empleados, especialmente por su subdirector, parecía un miembro de la familia real.
—Desde luego, su nombre y su cara me son familiares. Estoy encantado de que haya tenido tiempo para este trabajo. Sé que está muy ocupada.
—Sí, tengo muchos compromisos —la sonrisa de Paula era graciosa, pero fría, profesional, y lo miró a los ojos grises, casi negros—, pero no podía negarme a pasar la ropa de Rafael.
Le agradó poder decirlo; significaba que eran los vestidos de uno de los más conocidos diseñadores lo que la había atraído, no la fama de los hoteles Alfonso, por muy prestigiosos que fueran.
Pedro Alfonso asintió.
—He visto sus creaciones, son asombrosas.
¿La había reconocido? Su mirada fue tan aguda e inquisitiva que Paula sintió un estremecimiento por la espalda. Pero no, esos ojos oscuros no habían descubierto su secreto. Pedro se limitaba a mantener una conversación social.
—Sí, sus vestidos son verdaderos sueños.
—Y estoy segura de que su belleza aumentará la elegancia del diseño.
«Muy adecuado, señor Alfonso». Paula bajó las pestañas e inclinó la cabeza como indicación condescendiente de que aceptaba el piropo. Sí, Pedro poseía todos los encantos de la buena educación y su voz profunda parecía encerrar una nota de sinceridad.
—Rafael saca el mejor partido de cualquier mujer —replicó—. Sabe cómo destacar la silueta femenina.
—Su silueta no necesita que la destaquen —su mirada recorrió con atrevimiento las formas más íntimas del cuerpo de la modelo. Paula había visto el mismo brillo en los ojos de muchos hombres; también en las pupilas de Simon Blake cuando la conoció—. Usted podría hacer que un saco de patatas pareciera un diseño de París.
«Y apuesto a que le dice lo mismo a todas las mujeres que conoce», pensó Paula, pero el desdén se combinaba con la satisfacción de comparar el cumplido de Pedro con la descripción que había hecho de ella la última vez que la había visto.
—Le traeré una copa, permítame…
Alzó una mano y un camarero apareció de la nada, con una bandeja llena de vasos. Paula aceptó el vino blanco que le ofreció, esperando que una vez cumplidas las formalidades, Pedro se reuniera con Sergio Bowen y el resto del grupo. Para su sorpresa, prefirió quedarse allí.
—Dígame, ¿qué le ha parecido Argyle?
—Me gusta lo que he visto, en general, aunque no sea mucho: el vestíbulo principal y el comedor.
Había un ligero temblor en la voz de Paula. Se daba cuenta de que Pedro la había separado de las otras modelos y volvía a sentir esa extraña sensación en la boca del estómago. Tomó un trago de vino para que desapareciera.
—¿Le gustaría ver el resto del edificio?
«No contigo, muchas gracias», quiso replicar, pero esa respuesta hubiera traicionado lo que sentía hacia él, así que optó por mostrar un interés superficial.
—Me agradaría ver qué clase de servicios ofrecen —le resultó imposible resistir la tentación de darle un tono provocativo a su respuesta—. He descubierto que las habitaciones de los hoteles son adecuadas para los varones, pero si desea atraer a las mujeres de negocios, tendrán que añadir varios detalles.
—¿De verdad? —por un momento, adoptó una expresión pensativa—. Quizás deba usted darme su opinión al respecto.
Antes de que comprendiera lo que pretendía, le quitó la copa de la mano, la dejó en una mesa, le pasó el brazo bajo el codo y la condujo hacia la puerta.
—¿Ahora? —Paula no fue capaz de ocultar su asombro.
—¿Acaso podríamos encontrar mejor oportunidad?
—Pero, ¿no nos echarán de menos?
Pedro descartó la posibilidad con un encogimiento de hombros.
—Ya cumplí, he sido cortés con la gente importante. Ahora tengo derecho a divertirme un poco. Y además, el administrador del personal, José, es capaz de solucionar cualquier problema; de otra manera no lo hubiera contratado.
—Ésta es la señorita Zaira Nara.
Paula miró de reojo a Pedro. ¿Había cambiado mucho en los últimos años?
No, el tiempo apenas lo había afectado. Quizá tenía ligeras arrugas alrededor de los ojos y la boca, pero las facciones eran las mismas. Poseía una mandíbula cuadrada que proclamaba una confianza en sí que rayaba a la arrogancia y un don de mando que era casi agresivo; cualidades que lo habían llevado a la posición en que se encontraba a los treinta y cuatro años.
De cuerpo, parecía más sólido, pero sus caderas y su cintura seguían siendo delgadas, señal de que se mantenía en buena forma física. La única nota suave en su persona era el pelo castaño ondulado, que le caía sobre la frente dándole el aire de un muchacho. Pero Paula lo conocía demasiado bien para dejarse engañar.
—Y, desde luego, la estrella de la exhibición, la señorita Paula Chaves.
Con un sobresalto, comprendió que la conversación con Zaira había concluido y que el pequeño grupo de personas había continuado su ronda. Pedro Alfonso estaba delante de ella y le tendía la mano para saludarla.
—Es un placer conocerla, señorita Chaves.
Rodeado y agasajado por sus empleados, especialmente por su subdirector, parecía un miembro de la familia real.
—Desde luego, su nombre y su cara me son familiares. Estoy encantado de que haya tenido tiempo para este trabajo. Sé que está muy ocupada.
—Sí, tengo muchos compromisos —la sonrisa de Paula era graciosa, pero fría, profesional, y lo miró a los ojos grises, casi negros—, pero no podía negarme a pasar la ropa de Rafael.
Le agradó poder decirlo; significaba que eran los vestidos de uno de los más conocidos diseñadores lo que la había atraído, no la fama de los hoteles Alfonso, por muy prestigiosos que fueran.
Pedro Alfonso asintió.
—He visto sus creaciones, son asombrosas.
¿La había reconocido? Su mirada fue tan aguda e inquisitiva que Paula sintió un estremecimiento por la espalda. Pero no, esos ojos oscuros no habían descubierto su secreto. Pedro se limitaba a mantener una conversación social.
—Sí, sus vestidos son verdaderos sueños.
—Y estoy segura de que su belleza aumentará la elegancia del diseño.
«Muy adecuado, señor Alfonso». Paula bajó las pestañas e inclinó la cabeza como indicación condescendiente de que aceptaba el piropo. Sí, Pedro poseía todos los encantos de la buena educación y su voz profunda parecía encerrar una nota de sinceridad.
—Rafael saca el mejor partido de cualquier mujer —replicó—. Sabe cómo destacar la silueta femenina.
—Su silueta no necesita que la destaquen —su mirada recorrió con atrevimiento las formas más íntimas del cuerpo de la modelo. Paula había visto el mismo brillo en los ojos de muchos hombres; también en las pupilas de Simon Blake cuando la conoció—. Usted podría hacer que un saco de patatas pareciera un diseño de París.
«Y apuesto a que le dice lo mismo a todas las mujeres que conoce», pensó Paula, pero el desdén se combinaba con la satisfacción de comparar el cumplido de Pedro con la descripción que había hecho de ella la última vez que la había visto.
—Le traeré una copa, permítame…
Alzó una mano y un camarero apareció de la nada, con una bandeja llena de vasos. Paula aceptó el vino blanco que le ofreció, esperando que una vez cumplidas las formalidades, Pedro se reuniera con Sergio Bowen y el resto del grupo. Para su sorpresa, prefirió quedarse allí.
—Dígame, ¿qué le ha parecido Argyle?
—Me gusta lo que he visto, en general, aunque no sea mucho: el vestíbulo principal y el comedor.
Había un ligero temblor en la voz de Paula. Se daba cuenta de que Pedro la había separado de las otras modelos y volvía a sentir esa extraña sensación en la boca del estómago. Tomó un trago de vino para que desapareciera.
—¿Le gustaría ver el resto del edificio?
«No contigo, muchas gracias», quiso replicar, pero esa respuesta hubiera traicionado lo que sentía hacia él, así que optó por mostrar un interés superficial.
—Me agradaría ver qué clase de servicios ofrecen —le resultó imposible resistir la tentación de darle un tono provocativo a su respuesta—. He descubierto que las habitaciones de los hoteles son adecuadas para los varones, pero si desea atraer a las mujeres de negocios, tendrán que añadir varios detalles.
—¿De verdad? —por un momento, adoptó una expresión pensativa—. Quizás deba usted darme su opinión al respecto.
Antes de que comprendiera lo que pretendía, le quitó la copa de la mano, la dejó en una mesa, le pasó el brazo bajo el codo y la condujo hacia la puerta.
—¿Ahora? —Paula no fue capaz de ocultar su asombro.
—¿Acaso podríamos encontrar mejor oportunidad?
—Pero, ¿no nos echarán de menos?
Pedro descartó la posibilidad con un encogimiento de hombros.
—Ya cumplí, he sido cortés con la gente importante. Ahora tengo derecho a divertirme un poco. Y además, el administrador del personal, José, es capaz de solucionar cualquier problema; de otra manera no lo hubiera contratado.
Mi Bella Tramposa: Capítulo 1
—¿Cuál es, cuál es el jefe?
Paula oyó con tal claridad el susurro de Sofía que apenas pudo contener la risa ante la excitación de su compañera. Si no tenía cuidado, el jefe la oiría.
Su diversión desapareció cuando miró al grupo de ejecutivos que acababa de entrar y era recibido por un hombre robusto y bajo, en traje de etiqueta: el administrador del hotel no pudo evitar una mueca despectiva al observar la deferencia con que trataba a los visitantes, en especial a uno de ellos.
¿No debía ser obvio para cualquiera, incluida Sofía, que esa persona era Pedro Alfonso? Desde su brillante pelo oscuro hasta la punta de sus relucientes zapatos, proclamaba que era el dueño y director de la cadena de hoteles Alfonso.
—Dime, ¿sabes quién es? —insistió Sofía, a su lado, con la cara sonrojada por la emoción.
Paula sorbió un poco de vino y le molestó comprobar que su mano no estaba tan firme como hubiera deseado. Había estado preparándose para ese momento desde que le habían comunicado, hacía semanas, que asistiría a la inauguración del Argyle, el más moderno de los hoteles Alfonso. Entonces, ¿Por qué se sentía tan nerviosa?
—Dímelo —rogó Sofía, impaciente.
—El del medio —lo señaló con un ligero movimiento de su copa.
—¿El alto y moreno? Es mucho más joven de lo que pensaba y… ¡Fabuloso! ¡Nunca creí que fuera tan guapo!
«Yo tampoco», pensó Paula. La había impresionado en fotografía y aún más en persona, cuando Lucas lo había llevado de visita a su casa. Pero de eso hacía muchos años, ella era casi una niña.
Los luminosos ojos verdes de Paula se ensombrecieron un momento, mientras paladeaba otro sorbo de vino. Agradeció que el leve temblor de su mano hubiera desaparecido. La preocupaba la posibilidad de que fuera un síntoma de que esa joven que un día había sido se encontraba escondida en el fondo de su alma, lista para salir a la superficie cuando menos lo esperaba.
—¿Qué hora es? —las continuas preguntas de Sofía empezaban a irritarla.
—Ocho cuarenta y cinco.
Las presentarían a Pedro Alfonso a las nueve. Desde que ella, Sofía y las otras dos chicas habían llegado al Argyle, las habían llevado de un lado para otro, dándoles instrucciones sin parar, hasta hacerlas sentirse más como piezas de una máquina que como personas. Y a Paula le molestaba formar parte del espectáculo que se ofrecía a Pedro Alfonso, causa y razón de ese alboroto.
El lema de los hoteles Highland era «comodidad y eficiencia» y, por lo menos esa noche, lo cumplían. No había visto los dormitorios, pero si eran tan lujosos como el comedor, con sus candelabros, mullidas alfombras y cortinas de terciopelo, sin duda confirmarían la fama de la cadena. Y debía admitir que la puntualidad del dueño era un ejemplo vivo de cómo dirigía sus hoteles. Su llegada estaba planeada para las ocho y treinta y a las ocho y veintinueve un murmullo indicaba que Alfonso se encontraba en el vestíbulo.
—¡Sólo faltan quince minutos! —la voz de Sofía reflejaba su excitación.
Paula murmuró algo que podía interpretarse como una aceptación, mientras buscaba un lugar para dejar su copa. Incontables camareros circulaban entre los huéspedes con bandejas cargadas de bebidas, pero no parecían ocuparse de recoger las copas vacías.
Caminando con gracia de una manera que se había vuelto natural, en ella, después de muchas horas de práctica, Paula atravesó la habitación, sin siquiera notar las miradas que la seguían. También a eso estaba acostumbrada. Alta, tan delgada como un galgo y de pelo negro hasta los hombros, tenía muchas ventajas para ser modelo, pero demasiados inconvenientes si prefería permanecer en el anonimato.
El tocador de señoras, decorado de rosa y blanco, era tan elegante como el comedor. Se contempló en un enorme espejo y comprobó que su maquillaje y su peinado estaban intactos.
Mientras se ponía unas gotas de perfume, tuvo la desagradable sensación de que algunas mariposas revoloteaban en su estómago. ¡No estaba nerviosa! Después de años de aparecer en funciones sociales y pasar ante las cámaras, el público ya no la intimidaba, mucho menos Pedro Alfonso. Además, no creía que la recordara; en realidad, deseaba que no lo hiciera, pues su plan se frustraría si él relacionaba a Paula Chaves con la Paulina Schulz, de diecisiete años, que un día había conocido.
Revisó su vestido, que acentuaba deliberadamente las curvas de su cuerpo, y una amplia sonrisa iluminó su cara. Una sonrisa que hubiera sorprendido a su agente y a los fotógrafos, acostumbrados a su expresión más bien fría e indiferente.
—Veamos qué piensa Pedro Alfonso de tí —dijo, guiñando un ojo a la imagen del espejo.
Zaira se reunió con ella en cuanto volvió al salón.
—¿En dónde has estado? ¡Te he buscado por todas partes!
—Fui a retocarme el maquillaje.
—¡Paula, sabes muy bien que estás perfecta, como siempre! Pero apresúrate —la guió, cogiéndola del brazo, hasta el lugar donde Sofía y la otra modelo esperaban—. El señor Browen traerá a Pedro Alfonso dentro de un minuto.
—No te pongas nerviosa —la tranquilizó Paula—. Aún no son las nueve.
Comodidad y eficiencia, las palabras se repitieron en su cerebro cuando un reloj de pie, en un rincón del salón marcó las nueve de la noche con unas campanadas. Pedro Alfonso y su grupo se dirigieron hacia ellas. Sorprendida, Paula se dio cuenta de que tenía las palmas de las manos húmedas y se las secó contra la tela del vestido, mientras ocupaba su lugar en la fila, tras Zaira.
—Ellas son las jóvenes que pasarán los modelos en la exhibición de mañana.
Paula oyó con tal claridad el susurro de Sofía que apenas pudo contener la risa ante la excitación de su compañera. Si no tenía cuidado, el jefe la oiría.
Su diversión desapareció cuando miró al grupo de ejecutivos que acababa de entrar y era recibido por un hombre robusto y bajo, en traje de etiqueta: el administrador del hotel no pudo evitar una mueca despectiva al observar la deferencia con que trataba a los visitantes, en especial a uno de ellos.
¿No debía ser obvio para cualquiera, incluida Sofía, que esa persona era Pedro Alfonso? Desde su brillante pelo oscuro hasta la punta de sus relucientes zapatos, proclamaba que era el dueño y director de la cadena de hoteles Alfonso.
—Dime, ¿sabes quién es? —insistió Sofía, a su lado, con la cara sonrojada por la emoción.
Paula sorbió un poco de vino y le molestó comprobar que su mano no estaba tan firme como hubiera deseado. Había estado preparándose para ese momento desde que le habían comunicado, hacía semanas, que asistiría a la inauguración del Argyle, el más moderno de los hoteles Alfonso. Entonces, ¿Por qué se sentía tan nerviosa?
—Dímelo —rogó Sofía, impaciente.
—El del medio —lo señaló con un ligero movimiento de su copa.
—¿El alto y moreno? Es mucho más joven de lo que pensaba y… ¡Fabuloso! ¡Nunca creí que fuera tan guapo!
«Yo tampoco», pensó Paula. La había impresionado en fotografía y aún más en persona, cuando Lucas lo había llevado de visita a su casa. Pero de eso hacía muchos años, ella era casi una niña.
Los luminosos ojos verdes de Paula se ensombrecieron un momento, mientras paladeaba otro sorbo de vino. Agradeció que el leve temblor de su mano hubiera desaparecido. La preocupaba la posibilidad de que fuera un síntoma de que esa joven que un día había sido se encontraba escondida en el fondo de su alma, lista para salir a la superficie cuando menos lo esperaba.
—¿Qué hora es? —las continuas preguntas de Sofía empezaban a irritarla.
—Ocho cuarenta y cinco.
Las presentarían a Pedro Alfonso a las nueve. Desde que ella, Sofía y las otras dos chicas habían llegado al Argyle, las habían llevado de un lado para otro, dándoles instrucciones sin parar, hasta hacerlas sentirse más como piezas de una máquina que como personas. Y a Paula le molestaba formar parte del espectáculo que se ofrecía a Pedro Alfonso, causa y razón de ese alboroto.
El lema de los hoteles Highland era «comodidad y eficiencia» y, por lo menos esa noche, lo cumplían. No había visto los dormitorios, pero si eran tan lujosos como el comedor, con sus candelabros, mullidas alfombras y cortinas de terciopelo, sin duda confirmarían la fama de la cadena. Y debía admitir que la puntualidad del dueño era un ejemplo vivo de cómo dirigía sus hoteles. Su llegada estaba planeada para las ocho y treinta y a las ocho y veintinueve un murmullo indicaba que Alfonso se encontraba en el vestíbulo.
—¡Sólo faltan quince minutos! —la voz de Sofía reflejaba su excitación.
Paula murmuró algo que podía interpretarse como una aceptación, mientras buscaba un lugar para dejar su copa. Incontables camareros circulaban entre los huéspedes con bandejas cargadas de bebidas, pero no parecían ocuparse de recoger las copas vacías.
Caminando con gracia de una manera que se había vuelto natural, en ella, después de muchas horas de práctica, Paula atravesó la habitación, sin siquiera notar las miradas que la seguían. También a eso estaba acostumbrada. Alta, tan delgada como un galgo y de pelo negro hasta los hombros, tenía muchas ventajas para ser modelo, pero demasiados inconvenientes si prefería permanecer en el anonimato.
El tocador de señoras, decorado de rosa y blanco, era tan elegante como el comedor. Se contempló en un enorme espejo y comprobó que su maquillaje y su peinado estaban intactos.
Mientras se ponía unas gotas de perfume, tuvo la desagradable sensación de que algunas mariposas revoloteaban en su estómago. ¡No estaba nerviosa! Después de años de aparecer en funciones sociales y pasar ante las cámaras, el público ya no la intimidaba, mucho menos Pedro Alfonso. Además, no creía que la recordara; en realidad, deseaba que no lo hiciera, pues su plan se frustraría si él relacionaba a Paula Chaves con la Paulina Schulz, de diecisiete años, que un día había conocido.
Revisó su vestido, que acentuaba deliberadamente las curvas de su cuerpo, y una amplia sonrisa iluminó su cara. Una sonrisa que hubiera sorprendido a su agente y a los fotógrafos, acostumbrados a su expresión más bien fría e indiferente.
—Veamos qué piensa Pedro Alfonso de tí —dijo, guiñando un ojo a la imagen del espejo.
Zaira se reunió con ella en cuanto volvió al salón.
—¿En dónde has estado? ¡Te he buscado por todas partes!
—Fui a retocarme el maquillaje.
—¡Paula, sabes muy bien que estás perfecta, como siempre! Pero apresúrate —la guió, cogiéndola del brazo, hasta el lugar donde Sofía y la otra modelo esperaban—. El señor Browen traerá a Pedro Alfonso dentro de un minuto.
—No te pongas nerviosa —la tranquilizó Paula—. Aún no son las nueve.
Comodidad y eficiencia, las palabras se repitieron en su cerebro cuando un reloj de pie, en un rincón del salón marcó las nueve de la noche con unas campanadas. Pedro Alfonso y su grupo se dirigieron hacia ellas. Sorprendida, Paula se dio cuenta de que tenía las palmas de las manos húmedas y se las secó contra la tela del vestido, mientras ocupaba su lugar en la fila, tras Zaira.
—Ellas son las jóvenes que pasarán los modelos en la exhibición de mañana.
Mi Bella Tramposa: Sinopsis
El dinámico Pedro Alfonso no asociaba a Paula, la despampanante modelo, con la adolescente decididamente poco atractiva que él había menospreciado años atrás. ¡Pero Paula no ha olvidado —o perdonado— y urde un plan para desquitarse!
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