El ruido de cascos retumbaba por detrás de Paula. No le hizo falta mirar por encima del hombro para saber que Pedro la estaba alcanzando. En los terrenos abruptos y arbolados, siempre había podido superarlo, pero en campo abierto Pedro tenía todas las de ganar.
Un entusiasmo infantil la invadió
mientras miraba hacia los árboles del estanque. Nunca se había sentido más viva que cuando galopaba por las praderas. Había olvidado lo fresco que era el aire y lo azul que era el cielo.
A cien metros de los árboles, Pedro la adelantó. Le hizo un guiño, pero no se detuvo hasta llegar a los árboles. Entonces tiró de las riendas y se volvió para mirarla. El ala del sombrero le ensombrecía los ojos, pero ella pudo ver la expresión arrogante de su boca.
–Siempre te gustó ganar –le dijo en tono bondadoso. Estando bajo aquel sol y con aquellos caballos era difícil no sentirse feliz. Refrenó a su yegua mientras Pedro se aproximaba, y los dos subieron por el arroyo hacia el Double H.
–Nunca me gustó perder.
La brisa llevó hasta Paula el olor masculino de Pedro. El corazón le dió un vuelco al mirarlo. Estaba erguido en la silla, irradiando serenidad y seguridad en sí mismo.
Viéndolo ahora, se dio cuenta de lo mucho que lo había amado.
Se le hizo un nudo en la garganta. De no haber sido por sus padres, su vida hubiera sido muy diferente.
Echó la cabeza hacia atrás, negándose a derramar lágrimas. Ya había llorado bastante en los últimos cuatro años.
Bordearon el estanque y los dos desmontaron para que los caballos pudieran beber. Entonces Pedro se quitó los guantes y la miró.
–Vamos a dar un paseo.
–¿Adónde?
–Ya lo verás.
La llevó hasta el lugar que había sido solamente de ellos: el prado donde crecía el viejo roble.
Paula miró hacia las hojas que crujían sobre sus cabezas y se acercó al tronco. Allí estaban las iniciales “PC+PA”, las mismas que ella y Pedro habían grabado tiempo atrás.
–Debo de haber soñado con este lugar un millón de veces desde que me fui –dijo, pasando los dedos por la corteza.
Pedro le puso las manos en los hombros.
–Cuando te fuiste, vine aquí por la noche. En este lugar me sentía cerca de tí. A veces, me quedaba aquí sentado toda la noche, mirando la colina, rezando porque aparecieras montada a caballo.
La esperanza que refulgía en los ojos de Pedro atenazó el corazón de Paula. Él alargó un brazo, pero ella retrocedió. Si la tocaba, se desharía en pedazos.
Pedro mantuvo los puños cerrados en los costados.
–No puedes cumplir los sueños de tus padres más que Gonzalo. Él pertenece tanto a un rancho como tú a una ciudad.
–Soy más fuerte que Gonzalo –si repetía lo bastante aquellas palabras, tal vez ella misma acabara creyéndoselas.
–Incluso el acero acaba por romperse.
sábado, 3 de octubre de 2015
Un Viejo Amor: Capítulo 17
–Desde luego –la tomó por el codo y la condujo a la puerta. Se detuvo un momento para agarrar un viejo sombrero de un gancho y se lo puso a ella en la cabeza–. Para proteger tu delicada piel blanca. Apuesto a que no ha recibido el sol en cuatro años.
–El sol no favorece a las damas –dijo ella, tocándose la mejilla.
–Esa abuela tuya tiene un montón de reglas. ¿Nunca te has cansado de acatarlas todas?
–Se supone que tengo que cumplirlas.
Pedro abrió la puerta y la sacó al exterior, bajo un sol radiante.
–Bueno, pues hoy vas a hacer unas cuantas cosas que no deberías.
Ella pareció dudar.
–¿De qué estás hablando?
–De montar. ¿En qué estabas pensando?
A Pedro le encantaba ver cómo el color encendía las mejillas de Paula cuando se ponía nerviosa.
Y la verdad era que se pondría tan roja como un tomate si supiera lo que él estaba pensando. Visitar el Double H era lo último que quería hacer con ella. Si de él dependiera, la encerraría en casa y le haría el amor toda la tarde.
Pero tenía que ocultar sus pensamientos. Paula era muy asustadiza y propensa a salir corriendo. Hacía falta más tiempo.
Ella tenía que comprender que su vida estaba en un rancho de Texas. Una vez que se hubiera redescubierto a sí misma, encontraría el modo de volver con él.
–Te gustará el caballo que he escogido para tí –le dijo.
Cuando Paula vio a la yegua, la melancolía de sus ojos dejó paso a un brillo de gozo.
–¿Cómo se llama?
–Rosie.
Paula se acercó al animal y le acarició el hocico.
–Es preciosa.
Pedro desató las riendas y se las tendió.
–Aún sabes montar, ¿verdad?
–Mírame –a pesar de su falda, se aupó a la silla como si hubiera nacido en una.
Rápidamente, Pedro tomó sus propias riendas y subió a la silla.
–¿Recuerdas el gran roble que hay junto al estanque?
–Claro.
–Hagamos una carrera.
Ella lo miró con una ceja arqueada.
–Hace años que no hago una carrera.
–Supongo que se te ha olvidado –dijo él negando con la cabeza, fingiendo una expresión de tristeza.
Un brillo de desafío se encendió en los delicados rasgos de Paula.
–Siempre conseguía ganarte.
–Eso era hace cuatro años –replicó él–. Ahora te falta práctica.
–No cuentes con ello, Pedro –mientras hablaba, espoleó al caballo para salir al galope. En cuestión de segundos, la yegua y ella volaban como un rayo hacia los árboles que bordeaban el estanque.
–Eso es exactamente con lo que cuento –murmuró él, y salió tras ella.
–El sol no favorece a las damas –dijo ella, tocándose la mejilla.
–Esa abuela tuya tiene un montón de reglas. ¿Nunca te has cansado de acatarlas todas?
–Se supone que tengo que cumplirlas.
Pedro abrió la puerta y la sacó al exterior, bajo un sol radiante.
–Bueno, pues hoy vas a hacer unas cuantas cosas que no deberías.
Ella pareció dudar.
–¿De qué estás hablando?
–De montar. ¿En qué estabas pensando?
A Pedro le encantaba ver cómo el color encendía las mejillas de Paula cuando se ponía nerviosa.
Y la verdad era que se pondría tan roja como un tomate si supiera lo que él estaba pensando. Visitar el Double H era lo último que quería hacer con ella. Si de él dependiera, la encerraría en casa y le haría el amor toda la tarde.
Pero tenía que ocultar sus pensamientos. Paula era muy asustadiza y propensa a salir corriendo. Hacía falta más tiempo.
Ella tenía que comprender que su vida estaba en un rancho de Texas. Una vez que se hubiera redescubierto a sí misma, encontraría el modo de volver con él.
–Te gustará el caballo que he escogido para tí –le dijo.
Cuando Paula vio a la yegua, la melancolía de sus ojos dejó paso a un brillo de gozo.
–¿Cómo se llama?
–Rosie.
Paula se acercó al animal y le acarició el hocico.
–Es preciosa.
Pedro desató las riendas y se las tendió.
–Aún sabes montar, ¿verdad?
–Mírame –a pesar de su falda, se aupó a la silla como si hubiera nacido en una.
Rápidamente, Pedro tomó sus propias riendas y subió a la silla.
–¿Recuerdas el gran roble que hay junto al estanque?
–Claro.
–Hagamos una carrera.
Ella lo miró con una ceja arqueada.
–Hace años que no hago una carrera.
–Supongo que se te ha olvidado –dijo él negando con la cabeza, fingiendo una expresión de tristeza.
Un brillo de desafío se encendió en los delicados rasgos de Paula.
–Siempre conseguía ganarte.
–Eso era hace cuatro años –replicó él–. Ahora te falta práctica.
–No cuentes con ello, Pedro –mientras hablaba, espoleó al caballo para salir al galope. En cuestión de segundos, la yegua y ella volaban como un rayo hacia los árboles que bordeaban el estanque.
–Eso es exactamente con lo que cuento –murmuró él, y salió tras ella.
jueves, 1 de octubre de 2015
Un Viejo Amor: Capítulo 16
Habían perdido cuatro años, pero no iban a perder ni un minuto más.
Tal y como se esperaba, la encontró frente al fregadero, pelando patatas. En dos días, Paula había transformado la cabaña en un hogar.
El delicioso olor del pan recién hecho y de las galletas de canela impregnaba el ambiente, y un cuenco de campanillas adornaba el alféizar de la ventana.
Pedro estaba más convencido que nunca: Paula pertenecía a aquel lugar.
Cerró la puerta y vio cómo ella tensaba los hombros. El lazo entre los dos era frágil, pero aún persistía.
Paula no se dió la vuelta. Él tomó una galleta y le dió un mordisco.
–Estas galletas están tan deliciosas como las que solías hacer para mí. ¿Recuerdas cómo las envolvías pulcramente en una servilleta y me las traías en aquel cubo abollado?
Paula vertió las patatas mondadas en una cacerola al fuego. Tenía una expresión de pesar y tristeza.
–No quiero hablar de ello.
–Entonces no diré ni una palabra –dijo él, alzando las manos en un gesto burlón de rendición.
Ella entrecerró los ojos, como si esperase que Pedro mencionase lo que había pasado en el estanque. Al no hacerlo, sus hombros se relajaron un poco.
–Si no te importa, me gustaría ir al Double H –dijo, secándose las manos con un trapo–. Estaré de vuelta a tiempo para servirles la cena a los hombres.
–Me parece bien.
–¿Podrías prestarme un caballo? –intentó pasar a su lado, pero él le bloqueó el paso.
–Tengo un caballo listo para tí y otro para mí esperando fuera.
–¿Cómo sabías que quería ir al rancho?
–Aún puedo leer tus pensamientos como un libro abierto.
Paula se quitó el delantal y lo arrojó sobre la mesa.
–No tienes por qué venir conmigo.
–Quiero hacerlo.
–No es necesario.
–Tal vez haya animales que necesiten atención –dijo él, pensando rápidamente–. Quién sabe en qué estado habrá dejado Gonzalo el rancho.
Ella abrió la boca para protestar, pero pareció aceptar su lógica observación.
–Bien, pero nada de hablar del pasado. Lo hecho, hecho está.
Tal y como se esperaba, la encontró frente al fregadero, pelando patatas. En dos días, Paula había transformado la cabaña en un hogar.
El delicioso olor del pan recién hecho y de las galletas de canela impregnaba el ambiente, y un cuenco de campanillas adornaba el alféizar de la ventana.
Pedro estaba más convencido que nunca: Paula pertenecía a aquel lugar.
Cerró la puerta y vio cómo ella tensaba los hombros. El lazo entre los dos era frágil, pero aún persistía.
Paula no se dió la vuelta. Él tomó una galleta y le dió un mordisco.
–Estas galletas están tan deliciosas como las que solías hacer para mí. ¿Recuerdas cómo las envolvías pulcramente en una servilleta y me las traías en aquel cubo abollado?
Paula vertió las patatas mondadas en una cacerola al fuego. Tenía una expresión de pesar y tristeza.
–No quiero hablar de ello.
–Entonces no diré ni una palabra –dijo él, alzando las manos en un gesto burlón de rendición.
Ella entrecerró los ojos, como si esperase que Pedro mencionase lo que había pasado en el estanque. Al no hacerlo, sus hombros se relajaron un poco.
–Si no te importa, me gustaría ir al Double H –dijo, secándose las manos con un trapo–. Estaré de vuelta a tiempo para servirles la cena a los hombres.
–Me parece bien.
–¿Podrías prestarme un caballo? –intentó pasar a su lado, pero él le bloqueó el paso.
–Tengo un caballo listo para tí y otro para mí esperando fuera.
–¿Cómo sabías que quería ir al rancho?
–Aún puedo leer tus pensamientos como un libro abierto.
Paula se quitó el delantal y lo arrojó sobre la mesa.
–No tienes por qué venir conmigo.
–Quiero hacerlo.
–No es necesario.
–Tal vez haya animales que necesiten atención –dijo él, pensando rápidamente–. Quién sabe en qué estado habrá dejado Gonzalo el rancho.
Ella abrió la boca para protestar, pero pareció aceptar su lógica observación.
–Bien, pero nada de hablar del pasado. Lo hecho, hecho está.
Un Viejo Amor: Capítulo 15
Las lágrimas le abrasaron los ojos a Paula y le resbalaron por las mejillas. Quería expulsar toda su ira y dolor, pero el crujido de unas botas sobre la gravilla la hicieron enderezarse.
Se restregó la cara y se volvió. Era Pedro. El último hombre al que quería ver.
–Tengo que preparar la cena –le dijo ella.
Instintivamente, Pedro supo que algo iba mal. Cubrió la distancia que los separaba en un par de rápidas zancadas.
–¿Qué ocurre?
Paula consiguió esbozar una media sonrisa y le tendió la carta.
–Gonzalo se ha marchado.
Pedro leyó la carta; al acabar, la plegó cuidadosamente y la metió en el sobre.
–Es lo mejor.
–¡Ha abandonado! –dijo ella–. Se aleja de lo que podría ser una vida maravillosa.
–Una vida que él odia –le devolvió la carta a Paula–. Parece que finalmente Gonzalo ha decidido madurar.
Paula se abrazó a sí misma y caminó hasta el límite del porche. Una suave brisa acariciaba la hierba y hacía crujir las ramas de los árboles. Gonzalo había renunciado al sueño de sus padres, pero eso no significaba que ella fuera a hacer lo mismo.
Sus padres habían querido que ella fuera una dama y que se casara con un hombre respetable. Gonzalo les había fallado. Había huido. Pero ella encontraría un modo de hacer realidad sus sueños.
Se secó las lágrimas del rostro.
–Con Gonzalo fuera, no hay razón para que yo me quede.
–¿Qué pasa con el Double H? –preguntó Pedro. Su voz era dura y tensa.
–Quédatelo.
Una risa amarga retumbó en el pecho de Pedro.
–¿Y nosotros?
Paula se volvió hacia el fogón.
–No hay “nosotros”, Pedro.
Treinta minutos después, Pedro guiaba a los caballos ensillados hacia el porche. Ató las riendas al poste y entró en busca de Paula.
Había aprendido mucho en los últimos cuatro años. Había aprendido a llevar un rancho y a criar potros para que se convirtieran en magníficos caballos. Se había granjeado buenas amistades en el pueblo y había ganado el respeto de otros rancheros.
Pero aquel día, había aprendido la mayor lección de todas: Paula pensaba que él la había abandonado cuatro años antes.
Ahora sabía que no debería haber esperado su regreso.
Tendría que haber ido en su busca y haberla traído de vuelta a casa para casarse con ella. El orgullo y la inexperiencia se habían interpuesto en su camino durante tres años, pero esta vez no.
Esta vez iba a luchar por Paula.
Se restregó la cara y se volvió. Era Pedro. El último hombre al que quería ver.
–Tengo que preparar la cena –le dijo ella.
Instintivamente, Pedro supo que algo iba mal. Cubrió la distancia que los separaba en un par de rápidas zancadas.
–¿Qué ocurre?
Paula consiguió esbozar una media sonrisa y le tendió la carta.
–Gonzalo se ha marchado.
Pedro leyó la carta; al acabar, la plegó cuidadosamente y la metió en el sobre.
–Es lo mejor.
–¡Ha abandonado! –dijo ella–. Se aleja de lo que podría ser una vida maravillosa.
–Una vida que él odia –le devolvió la carta a Paula–. Parece que finalmente Gonzalo ha decidido madurar.
Paula se abrazó a sí misma y caminó hasta el límite del porche. Una suave brisa acariciaba la hierba y hacía crujir las ramas de los árboles. Gonzalo había renunciado al sueño de sus padres, pero eso no significaba que ella fuera a hacer lo mismo.
Sus padres habían querido que ella fuera una dama y que se casara con un hombre respetable. Gonzalo les había fallado. Había huido. Pero ella encontraría un modo de hacer realidad sus sueños.
Se secó las lágrimas del rostro.
–Con Gonzalo fuera, no hay razón para que yo me quede.
–¿Qué pasa con el Double H? –preguntó Pedro. Su voz era dura y tensa.
–Quédatelo.
Una risa amarga retumbó en el pecho de Pedro.
–¿Y nosotros?
Paula se volvió hacia el fogón.
–No hay “nosotros”, Pedro.
Treinta minutos después, Pedro guiaba a los caballos ensillados hacia el porche. Ató las riendas al poste y entró en busca de Paula.
Había aprendido mucho en los últimos cuatro años. Había aprendido a llevar un rancho y a criar potros para que se convirtieran en magníficos caballos. Se había granjeado buenas amistades en el pueblo y había ganado el respeto de otros rancheros.
Pero aquel día, había aprendido la mayor lección de todas: Paula pensaba que él la había abandonado cuatro años antes.
Ahora sabía que no debería haber esperado su regreso.
Tendría que haber ido en su busca y haberla traído de vuelta a casa para casarse con ella. El orgullo y la inexperiencia se habían interpuesto en su camino durante tres años, pero esta vez no.
Esta vez iba a luchar por Paula.
Un Viejo Amor: Capítulo 14
–Tu madre me dijo que si yo te amaba, te daría la oportunidad de recibir una educación decente en una escuela de Virginia. Yo no quería privarte de eso. Me dijeron que volverías al cabo de un año. Pero no fue así.
–Hablaste con mi madre… –dijo ella, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.
–El día que te mandaron al este, fui a tu casa. Cuando me lo contaron, estuve a punto de salir tras de tí, pero tu madre me detuvo. Decidí respetar su decisión, porque pensaba que volverías en un año.
–Nunca lo supe –se frotó las sienes, que empezaban a palpitarle–. Quería volver a casa pero mi abuela siempre tenía un viaje planeado o se ponía enferma.
–Siempre hay algo más importante –dijo él en tono amargo.
–No es eso… –quiso explicarse, pero él alzó una mano para silenciar más excusas.
De repente, Paula se sintió derrotada. Sin preocuparse más por su desnudez, salió del agua y agarró la ropa que colgaba de la rama.
Se vistió rápidamente y echó a correr hacia la casa. Se detuvo al llegar al porche, presionando los dedos contra la punzada que sentía en el costado.
–¿Cómo voy a superar las próximas dos semanas? –murmuró.
Aturdida, se acercó hasta la puerta. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no vio la carta que estaba metida entre el quicio y la puerta hasta que abrió y el sobre cayó a sus pies.
Al recogerla, reconoció inmediatamente la letra de Gonzalo.
–¿Y ahora qué? –susurró, sacando la carta color crema.
"Paula…
No importa lo mucho que tú o yo lo intentemos. No estoy hecho para ser un ranchero. El rancho era el sueño de papá, no el mío. Ahora que él y mamá se han ido, no hay razón para seguir fingiendo.
Esta tierra me está matando poco a poco, y ya no puedo soportarlo más.
Me voy de Upton, al este. Te escribiré en cuanto me haya instalado. Te adjunto las escrituras del Double H.
Te pido disculpas por todo.
Gonzalo".
–Hablaste con mi madre… –dijo ella, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.
–El día que te mandaron al este, fui a tu casa. Cuando me lo contaron, estuve a punto de salir tras de tí, pero tu madre me detuvo. Decidí respetar su decisión, porque pensaba que volverías en un año.
–Nunca lo supe –se frotó las sienes, que empezaban a palpitarle–. Quería volver a casa pero mi abuela siempre tenía un viaje planeado o se ponía enferma.
–Siempre hay algo más importante –dijo él en tono amargo.
–No es eso… –quiso explicarse, pero él alzó una mano para silenciar más excusas.
De repente, Paula se sintió derrotada. Sin preocuparse más por su desnudez, salió del agua y agarró la ropa que colgaba de la rama.
Se vistió rápidamente y echó a correr hacia la casa. Se detuvo al llegar al porche, presionando los dedos contra la punzada que sentía en el costado.
–¿Cómo voy a superar las próximas dos semanas? –murmuró.
Aturdida, se acercó hasta la puerta. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no vio la carta que estaba metida entre el quicio y la puerta hasta que abrió y el sobre cayó a sus pies.
Al recogerla, reconoció inmediatamente la letra de Gonzalo.
–¿Y ahora qué? –susurró, sacando la carta color crema.
"Paula…
No importa lo mucho que tú o yo lo intentemos. No estoy hecho para ser un ranchero. El rancho era el sueño de papá, no el mío. Ahora que él y mamá se han ido, no hay razón para seguir fingiendo.
Esta tierra me está matando poco a poco, y ya no puedo soportarlo más.
Me voy de Upton, al este. Te escribiré en cuanto me haya instalado. Te adjunto las escrituras del Double H.
Te pido disculpas por todo.
Gonzalo".
Un Viejo Amor: Capítulo 13
Hilillos de agua que goteaban de su vello oscuro se deslizaban por su musculoso pecho hasta la superficie, a la altura de su vientre. Su pelo negro estaba echado hacia atrás, acentuando sus fuertes rasgos y su piel bronceada.
Parecía uno de esos dioses griegos sobre los que Paula había leído en la escuela. Sólo que él no era de mármol, sino de carne y hueso.
–Será mejor que cierres la boca si no quieres tragarte una mosca –la cálida voz de Pedro le calentó la piel como los rayos de sol.
Aterrorizada porque la hubiera visto babeando, cerró la boca de golpe.
–No… no… no pretendía mirar. Es sólo que…
–¿Te gusta lo que ves? –preguntó él con una sonrisa.
El rubor encendió sus mejillas. “Sí”.
–¡No!
Pedro recogió agua con la mano y dejó que se filtrara entre sus largos dedos.
–Tal vez he pasado demasiado tiempo solo. Pero hubiera jurado que he visto deseo en esos preciosos ojos azules que tienes. Puede que la vida en el este te haya arrebatado el coraje, pero no a la mujer que hay en tí.
La situación se hacía cada vez más difícil para Paula.
–Las damas no sucumben a las emociones primarias.
Pedro se acercó un poco más.
–¿Cómo es posible?
Paula miró por encima del hombro la falda y la blusa, que había colgado en una rama. No había modo de alcanzarlas sin ofrecerle a Pedro una privilegiada vista de su trasero.
–La expresión de mi cara era de horror, no de deseo.
–Hubo un tiempo en el que podía volverte loca de deseo –dijo él en voz baja.
–Eso fue hace mucho tiempo –a pesar de sus esfuerzos, los años de separación empezaban a desvanecerse.
El brillo de los ojos de Pedro se apagó.
–Recuerdo cada detalle del tiempo que pasamos juntos… Los he revivido una y otra vez.
Aquellas palabras le llegaron al alma a Paula. No soportaba pensar que había sufrido. Pero la verdad seguía siendo que él nunca había ido tras ella. Había dejado que sus padres la apartaran de todo lo que amaba.
Endureció los brazos contra su pecho, como si pudiera protegerse de los viejos sentimientos.
–No quiero hablar del pasado.
–Recuerdo la última noche en el granero –dijo él.
Paula cerró los ojos, intentando olvidar. Aquella noche, Pedro le había desabrochado lentamente los botones del vestido y le había besado los blancos pechos que se elevaban sobre la camisa.
Un intenso estremecimiento de deseo la había recorrido, y había estado dispuesta a rendirse por completo a él.
Pero Pedro se había detenido, diciendo que quería esperar… hasta la noche de bodas. Sin embargo, cuando fueron a decírselo a sus padres, nada salió como esperaban. Los padres de Paula echaron a Pedro de su finca y a ella la encerraron en su habitación.
Dos días más tarde, su madre la pilló intentando escabullirse para ir a ver a Pedro. A la mañana siguiente, Paula estaba en una diligencia en dirección a Virginia.
Había esperado y rezado porque Pedro fuera a salvarla, pero él nunca apareció.
No volvió a verlo.
Hasta el día anterior.
Intentó fortalecerse contra el dolor. Nunca le había permitido saber a Pedro el daño que él le había hecho.
–No lo has olvidado –dijo él. Todo rastro de humor y burla había desaparecido de sus ojos.
–No.
–Hay muchas cosas que se quedaron sin decir.
Dolor. Abandono. Soledad… Demasiados malos recuerdos para nombrarlos.
–Siempre pensé que volverías conmigo. No importaba lo lejos que te enviaran. Estaba convencido de que volverías –su voz era poco más que un susurro ronco.
Paula se quedó helada.
–¿Por qué no me seguiste?
Pedro la miró sorprendido.
–Quería hacerlo.
–Pero no lo hiciste.
Parecía uno de esos dioses griegos sobre los que Paula había leído en la escuela. Sólo que él no era de mármol, sino de carne y hueso.
–Será mejor que cierres la boca si no quieres tragarte una mosca –la cálida voz de Pedro le calentó la piel como los rayos de sol.
Aterrorizada porque la hubiera visto babeando, cerró la boca de golpe.
–No… no… no pretendía mirar. Es sólo que…
–¿Te gusta lo que ves? –preguntó él con una sonrisa.
El rubor encendió sus mejillas. “Sí”.
–¡No!
Pedro recogió agua con la mano y dejó que se filtrara entre sus largos dedos.
–Tal vez he pasado demasiado tiempo solo. Pero hubiera jurado que he visto deseo en esos preciosos ojos azules que tienes. Puede que la vida en el este te haya arrebatado el coraje, pero no a la mujer que hay en tí.
La situación se hacía cada vez más difícil para Paula.
–Las damas no sucumben a las emociones primarias.
Pedro se acercó un poco más.
–¿Cómo es posible?
Paula miró por encima del hombro la falda y la blusa, que había colgado en una rama. No había modo de alcanzarlas sin ofrecerle a Pedro una privilegiada vista de su trasero.
–La expresión de mi cara era de horror, no de deseo.
–Hubo un tiempo en el que podía volverte loca de deseo –dijo él en voz baja.
–Eso fue hace mucho tiempo –a pesar de sus esfuerzos, los años de separación empezaban a desvanecerse.
El brillo de los ojos de Pedro se apagó.
–Recuerdo cada detalle del tiempo que pasamos juntos… Los he revivido una y otra vez.
Aquellas palabras le llegaron al alma a Paula. No soportaba pensar que había sufrido. Pero la verdad seguía siendo que él nunca había ido tras ella. Había dejado que sus padres la apartaran de todo lo que amaba.
Endureció los brazos contra su pecho, como si pudiera protegerse de los viejos sentimientos.
–No quiero hablar del pasado.
–Recuerdo la última noche en el granero –dijo él.
Paula cerró los ojos, intentando olvidar. Aquella noche, Pedro le había desabrochado lentamente los botones del vestido y le había besado los blancos pechos que se elevaban sobre la camisa.
Un intenso estremecimiento de deseo la había recorrido, y había estado dispuesta a rendirse por completo a él.
Pero Pedro se había detenido, diciendo que quería esperar… hasta la noche de bodas. Sin embargo, cuando fueron a decírselo a sus padres, nada salió como esperaban. Los padres de Paula echaron a Pedro de su finca y a ella la encerraron en su habitación.
Dos días más tarde, su madre la pilló intentando escabullirse para ir a ver a Pedro. A la mañana siguiente, Paula estaba en una diligencia en dirección a Virginia.
Había esperado y rezado porque Pedro fuera a salvarla, pero él nunca apareció.
No volvió a verlo.
Hasta el día anterior.
Intentó fortalecerse contra el dolor. Nunca le había permitido saber a Pedro el daño que él le había hecho.
–No lo has olvidado –dijo él. Todo rastro de humor y burla había desaparecido de sus ojos.
–No.
–Hay muchas cosas que se quedaron sin decir.
Dolor. Abandono. Soledad… Demasiados malos recuerdos para nombrarlos.
–Siempre pensé que volverías conmigo. No importaba lo lejos que te enviaran. Estaba convencido de que volverías –su voz era poco más que un susurro ronco.
Paula se quedó helada.
–¿Por qué no me seguiste?
Pedro la miró sorprendido.
–Quería hacerlo.
–Pero no lo hiciste.
martes, 22 de septiembre de 2015
Un Viejo Amor: Capítulo 12
Paula soltó un chillido y se cubrió los pechos desnudos con las manos. Se agachó para esconder el cuerpo bajo el agua, con cuidado de mantenerse de espaldas a Pedro.
–Por favor, dime que esto no está pasando.
–¿Crees que me gusta ver invadida mi intimidad? –preguntó él, pero su tono jocoso revelaba que no le importaba en absoluto que ella estuviese allí–. La última persona a la que esperaba ver en mi balsa privada eras tú.
–Y supongo que no pensarás en marcharte, ¿verdad, Pedro? ciertamente, aquella semana no podía ir peor.
–Yo llegué el primero –dijo él chapoteando en el agua–. Márchate tú.
–No puedo –respondió ella entre dientes–. No estoy correctamente vestida.
–Ya me he dado cuenta.
–Un caballero se marcharía.
–Yo no soy un caballero.
Paula oyó más chapoteos, pero esa vez recibió la salpicadura del agua.
¡Pedro se estaba acercando!
Se movió hacia la orilla, pero la profundidad del agua se hacía demasiado escasa para cubrirla. Se vio obligada a detenerse.
–No te acerques ni un paso más.
–No muerdo –dijo él riendo.
–Al menos dime que tienes los calzoncillos puestos.
–Tengo los calzoncillos puestos.
–¿En serio?
–No, en serio no. Estoy tan desnudo como un recién nacido.
Paula soltó un gemido.
–En ese caso no pienso darme la vuelta.
–¿Asustada? –la retó el.
–Se nota que disfrutas con esto, Pedro Alfonso.
–Disfrute o no, lo cierto es que tienes miedo de mirarme.
Paula masculló una palabrota, no muy propia de una dama.
–No tengo miedo de tí ni de nada.
–Tienes miedo. De hecho, creo que vivir en el este te ha quitado las agallas. Cobarde.
Nadie la llamaba cobarde. Alzó el mentón y se volvió para encararlo.
Y entonces se quedó boquiabierta.
La visión de Pedro la dejó demasiado aturdida como para hablar.
–Por favor, dime que esto no está pasando.
–¿Crees que me gusta ver invadida mi intimidad? –preguntó él, pero su tono jocoso revelaba que no le importaba en absoluto que ella estuviese allí–. La última persona a la que esperaba ver en mi balsa privada eras tú.
–Y supongo que no pensarás en marcharte, ¿verdad, Pedro? ciertamente, aquella semana no podía ir peor.
–Yo llegué el primero –dijo él chapoteando en el agua–. Márchate tú.
–No puedo –respondió ella entre dientes–. No estoy correctamente vestida.
–Ya me he dado cuenta.
–Un caballero se marcharía.
–Yo no soy un caballero.
Paula oyó más chapoteos, pero esa vez recibió la salpicadura del agua.
¡Pedro se estaba acercando!
Se movió hacia la orilla, pero la profundidad del agua se hacía demasiado escasa para cubrirla. Se vio obligada a detenerse.
–No te acerques ni un paso más.
–No muerdo –dijo él riendo.
–Al menos dime que tienes los calzoncillos puestos.
–Tengo los calzoncillos puestos.
–¿En serio?
–No, en serio no. Estoy tan desnudo como un recién nacido.
Paula soltó un gemido.
–En ese caso no pienso darme la vuelta.
–¿Asustada? –la retó el.
–Se nota que disfrutas con esto, Pedro Alfonso.
–Disfrute o no, lo cierto es que tienes miedo de mirarme.
Paula masculló una palabrota, no muy propia de una dama.
–No tengo miedo de tí ni de nada.
–Tienes miedo. De hecho, creo que vivir en el este te ha quitado las agallas. Cobarde.
Nadie la llamaba cobarde. Alzó el mentón y se volvió para encararlo.
Y entonces se quedó boquiabierta.
La visión de Pedro la dejó demasiado aturdida como para hablar.
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