"El salón estaba inmaculado. Y me dió una grata impresión cuando entré con Fernando en él la otra noche. Mamá y papá estuvieron un rato con nosotros y después nos permitieron sentarnos solos en el porche. Fernando me habló de lo que había hecho a lo largo del día y yo le conté lo que había hecho yo. Por un momento, me sentí como si entre nosotros hubiera una conexión especial.
Pero después todo se estropeó. Fernando dijo algo sobre mí que no me gustó. Sin pensar, yo contesté furiosa y él se enfadó. Tuvo la osadía de regañarme como si todavía fuera una niña. Pero ya he cumplido dieciocho años y lo último que me esperaba de él era que me dijera que me estaba comportando de modo infantil. Así que me levanté y le dije lo que pensaba.
Como casi estábamos chillando, mamá vino corriendo a ver lo que estaba pasando. Me miró enfadada y le dio cordialmente las buenas noches a Fernando. Cuando él se fue, se sentó a mi lado y me preguntó por lo que había pasado, cuando se lo expliqué, todavía furiosa, ella asintió y me tomó la mano. Norma, me dijo, en el camino de la vida uno se encuentra con muchas dificultades. Pero una respuesta dulce puede ser suficiente para aplacar la ira. Nunca lo olvides.
Yo intenté defenderme. La acusación de Fernando era falsa. Ella volvió a sonreír y me contestó que se atraen más moscas con la miel que con el vinagre. Me aconsejó que fuera dulce y me aseguraba que así volvería a mi lado.
Así que mañana le prepararé unas pastas y le pediré perdón. Estoy segura de que a mamá le parecerá bien. Y si Fernando no me disculpa, entonces es que no es el hombre adecuado para mí".
Paula anotó otro par de líneas en su lista y cerró los ojos. Era maravilloso sentir el sol contra su piel. Las gafas de sol la protegían de la intensa luz solar y el calor le producía un dulce sopor. Tenía que ver la hora que era… Pedro podía llegar pronto a casa y no quería que la viera tomando el sol cuando llegara. El haber descubierto la noche anterior que todavía quería a aquel hombre la inquietaba. Tenía miedo a levantar sospechas.
De momento la tarde estaba siendo perfecta. Se sentía flotar entre el sueño y la realidad. Oía el zumbido de las abejas en el patio. Los pájaros permanecían en silencio. Probablemente también ellos estuvieran sesteando, pensó.
¿Se habrían reconciliado Fernando y Norma?, se preguntó, ¿habría aplicado Norma los consejos de su madre? ¿Y podría ser ella misma dulce con un hombre que la había hecho enfadar? Probablemente no.
Pero eso no significaba nada. La gente podía enfadarse y eso no significaba que hubiera que romper una relación. Todo el mundo se enfadaba de vez en cuando.
Suspiró, deseando una vez más haber conocido a Norma. Deseando haber crecido junto a ella para poder intercambiar confidencias. Deseando haber podido hacerle algunas preguntas sobre su receta.
Por supuesto, contar con Leticia para compartir secretos cuando eran niñas había sido maravilloso. Su prima era una persona especial. Y pensar en ella le recordó que todavía no había terminado de escribirle la lista. Tenía curiosidad por saber si los ingredientes de Norma realmente funcionaban. Insistiría en que su prima los pusiera en práctica. Tomaría el sol un minuto más y se levantaría a terminarla. Sólo un minuto… Lentamente, Paula se sumió en un dulce sueño.
—No creo que la Bella Durmiente se durmiera bajo el sol —le susurró al oído una voz familiar—. Podría haber terminado en la unidad de quemados.
Paula se despertó sobresaltada. Abrió los ojos y descubrió frente a ella el rostro de Pedro.
—Te vas a quemar.
—Es tarde, a esta hora los rayos del sol no son muy fuertes —contestó. Apenas podía articular palabra. Pedro estaba allí, a sólo unos centímetros de ella. El corazón le latía violentamente en el pecho. ¿Iría a besarla? Y si lo hacía, ¿sería ella capaz de dar una imagen de normalidad, o Pedro descubriría inmediatamente que todavía lo amaba?
—Aun así, todavía corres peligro de quemarte. ¿Qué estás leyendo?
—El diario de mi bisabuela. Ya te hablé de él la otra noche —contestó, agarrándolo con fuerza.
—¿Es interesante?
—Sí. ¿Qué hora es? ¿Vuelves ya del trabajo? —preguntó, un poco desorientada tras la siesta.
—Hoy he salido un poco antes de lo normal. ¿Quieres que cenemos juntos? Puedo preparar unas hamburguesas.
Paula tragó saliva, recordando los consejos del diario. Pero por una vez, decidió no hacerse la difícil. En algunas ocasiones, una mujer necesitaba aferrarse a la menor oportunidad que tuviera.
—Sí, me gustaría. Yo puedo llevar una ensalada.
Media hora más tarde, Paula estaba en la puerta de la cocina de Pedro con una fuente de ensalada en la mano.
—Entra —le dijo Pedro.
Paula tomó aire y entró. Podía estar al lado de Pedro sin que él sospechara nada, se dijo. Había estado regañándose a sí misma desde que había aceptado la invitación. Intentaría ser amable y educada y seguir los consejos de Norma al pie de la letra.
—Voy a encender la barbacoa —le dijo Pedro —. En cuanto esté lista, asaremos las hamburguesas.
Paula asintió, permitiendo que su mirada vagara por el cuerpo de Pedro. Tomó aire y se repitió su promesa de ser amable y no comportarse como una agobiante enamorada, como hacía cuando era adolescente.
—Dejaré la fuente en la nevera —dijo Paula, cruzando la cocina y colocándose después al lado de Pedro —. ¿Puedo ayudarte en algo más?
—Creo que no. No va a ser una cena muy elaborada.
—No necesito nada elaborado —se inclinó contra el mostrador, mientras lo observaba trabajar—. ¿Qué tal el trabajo? —le preguntó.
—No ha ido mal. Estoy a punto de terminar un juicio, mañana mismo le entregaremos el sumario al jurado.
—¿Y tendrán que trabajar durante el fin de semana?
—No, supongo que empezarán el lunes las deliberaciones.
—¿Y crees que ganarás?
—Sí —contestó con una amplia sonrisa—. Pero ha sido un caso difícil. Y me he visto un poco maniatado porque mi cliente no me había contado toda la verdad.
—¿Cómo te enteraste?
martes, 4 de agosto de 2015
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 29
Desde luego, si se casara con ella, jamás lo abandonaría.
Aturdida por aquel repentino pensamiento, se aferró a su copa. ¡Ella no estaba enamorada de Pedro Alfonso! Era absurdo plantearse algo así.
—Quizá necesitaría encontrar a alguien que se pareciera a tí cuando eras una adolescente. Alguien que me viera como el hombre perfecto.
—Si alguna vez encuentras a alguien que sienta por ti la adoración que yo sentía, no te burles de su admiración. Duele mucho —dijo suavemente.
—Jamás quise hacerte daño, Paula.
—Lo único que pretendías era desanimarme —se encogió de hombros—. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ah, pan de ajo y ensalada. ¡Me encanta la comida italiana! Has hecho bien al escoger este restaurante.
Paula dirigió la conversación hacia temas mucho menos personales. Ya se había acercado demasiado al fuego para continuar discutiendo con Pedro sobre su soltería. Él había tenido una oportunidad años atrás y la había rechazado, así que no iba a continuar presionándolo.
Pedro sabía que el tema de los hijos ya había sido zanjado, pero desde que Paula lo había mencionado, no era capaz de apartarlo de su mente. ¿Qué tal padre sería? Sabía que no repetiría los errores cometidos por su propio padre. ¿Pero cometería otros? De alguna manera, su padre los había abandonado al mismo tiempo que su madre. Había sido como si sólo su cuerpo hubiera permanecido al lado de sus hijos.
Si Pedro tuviera alguna vez un hijo, le haría saber lo mucho que lo quería cada día de su vida.
Por un instante, miró a Paula, intentando imaginarse lo que sería tener un hijo con ella.
Intentando poner freno a aquellas imprudentes ideas, prestó atención a la conversación de Paula sobre los diferentes apartamentos que habían visitado aquel día. Faltaban todavía dos meses para que regresaran sus tíos, le estaba diciendo, así que en realidad todavía tenía tiempo más que suficiente para encontrar un nuevo hogar.
Cuando terminaron de cenar, Pedro condujo hasta el edificio en el que trabajaba para que Paula recogiera su coche. A continuación, fueron cada uno en su propio vehículo hasta West Bend.
Paula estacionó su coche, salió y esperó a que Pedro saliera del suyo. Todavía no quería poner fin a aquella velada.
—¿Te apetece venir a mi casa a tomar una copa? —le preguntó Pedro, acercándose a ella.
—Me encantaría.
No había vuelto a entrar en su casa desde que eran adolescentes. Presa de curiosidad lo siguió hasta la puerta trasera.
La cocina estaba perfectamente ordenada. Pedro le sirvió una copa de brandy y sugirió:
—Podemos salir al porche, si te apetece.
En el pasillo que conducía hasta la puerta principal, no había ningún tipo de adorno y una rápida mirada al cuarto de estar cuando pasaron por delante de él, le indicó que Pedro no había perdido mucho tiempo decorando la casa.
—¿Dónde están las fotografías de la familia? —le preguntó mientras se sentaba en una de las sillas del porche.
—No tengo muchas. Federico no suele enviarme ninguna y mi padre jamás se ha puesto detrás de una cámara.
Por primera vez desde que lo conocía, Paula compadeció a Pedro. Aquel hombre al que siempre había considerado dueño de su vida y de su destino, de pronto le parecía terriblemente solo. Y ansiaba poder darle todo lo que necesitaba. Pero jamás se lo diría. Si de algo estaba segura, era de que si Pedro quería algo diferente de ella, intentaría conseguirlo.
—¿Qué piensas hacer con lo del apartamento? —le preguntó de pronto Pedro.
—Supongo que tendré que seguir buscando.
—Yo podría acompañarte el sábado, si quieres.
—No, gracias. Creo que será mejor que vaya sola —contestó sonriente—. Tú intimidas a los pobres agentes inmobiliarios.
—Sólo a aquella mujer que pensaba que estábamos buscando un apartamento para los dos.
—Es un error natural, cuando dos personas van juntas a ver un piso.
—Quizá. Deberías quedarte aquí hasta que vuelvan tus tíos.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Ésa es la manera que tienen los abogados para evitar dar una explicación.
Pedro la tomó de la mano y tiró de ella para que se sentara en su regazo. Paula obedeció encantada y se apoyó contra su pecho. Atrapada entre sus brazos, podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
—Te deseo, Paula—susurró, haciéndola girar en sus brazos antes de tomar sus labios. Unos labios firmes y ardientes con los que al instante estaba profundizando su beso.
Paula le respondió con un beso. Si aquello hubiera sucedido años atrás, se habría sentido como si estuviera en la gloria. Pero la edad le había dado cierta sabiduría. O al menos eso esperaba.
Porque la verdad era que se sentía rozando la gloria. Con aquel beso, Pedro había hecho añicos su capacidad de control y estaba despertando en su interior sensaciones que la dominaban por completo. Sentía sus manos contra sus brazos y sus dedos enredados en su pelo. De pronto, Pedro deslizó la mano hasta uno de sus senos. Paula sintió un silencioso estallido de placer en sus entrañas y se irguió ligeramente para darle a Pedro mayor libertad en sus caricias. Estaba ardiendo de pasión y no podía hacer nada, salvo responder complacida a la delicia de aquel abrazo.
Afortunadamente, la cordura no tardó en retornar, y Paula empujó a Pedro suavemente. Estaba corriendo un grave peligro. Ella había amado a aquel hombre y él la había apartado de su lado. Era una locura querer acercarse nuevamente a él.
Separarse en aquel momento de Pedro fue lo más duro que había hecho en toda su vida, pero tenía que hacerlo.
—Tengo que irme —dijo casi sin respiración.
—No te vayas, Paula. Quédate conmigo.
—No puedo.
Prácticamente corrió hasta encontrar refugio en casa de su tía. Pedro continuaba llamándola, pero ella no lo escuchó. Sólo tras cerrar firmemente la puerta de la cocina, se permitió soltar el aire que encerraban sus pulmones. Había sucedido. A pesar de todos sus esfuerzos, de todas sus buenas intenciones, había vuelto a enamorarse de Pedro Alfonso.
—Oh, noo —se lamentó. Ella se había creído inmune a sus encantos, pero la verdad era que había vuelto a convertirse en su víctima. Pedro la irritaba a veces, sí, pero jamás podría cambiar lo que sentía por él.
Demasiado afectada para pensar siquiera, tomó el diario de Norma como si fuera su tabla de salvación. Había empezado ya a escribir la lista de ingredientes para dársela a Leticia. Rápidamente, la revisó y la sacó del diario. Aquella noche, sus emociones no le permitían pensar en aquella lista. Continuaría leyendo lo que decía su bisabuela. Estaba deseando saber si al final Norma y Fernando se habían casado.
Mientras hacíamos la limpieza de la casa, mamá me ha estado hablando de lo maravilloso que es formar un hogar junto a alguien. Descubrir lo que a cada uno de ellos le gusta y saber utilizarlo en las ocasiones especiales. Un hogar debe de ser un remanso de paz y serenidad. Un refugio al que la familia regresa al final del día. Especialmente para un hombre que se pasa el día luchando en la calle para que su familia pueda vivir dignamente. Lo último que un hombre necesita cuando regresa a su casa es encontrarse con un caos.
Me pregunto si Federico yo llegaremos a formar juntos un hogar. ¿Tendremos muebles y objetos especiales, que tengan significado sólo para nosotros? Convertir la casa en un remanso de paz y tranquilidad para que el hombre vuelva a ella feliz. Es un consejo que nunca olvidaré. Y procurar llenar su vida de todos esos pequeños detalles que al otro le importan.
Paula cerró el diario y fijó la mirada en el vacío con expresión soñadora. Ella podría convertir la casa de Pedro en un verdadero hogar. Llenarla de fotografías, cuadros y colores, llenarla de amor y de risas. Podía demostrarle que no necesitaba vivir como lo había hecho su padre…
Si alguna vez tuviera oportunidad.
Cosa que, obviamente, jamás tendría.
Suspirando suavemente, Paula apagó la luz e intentó dormir. Pero el recuerdo de los labios de Pedro sobre los suyos se negaba a abandonar su mente. Y deseaba haber permanecido aquella noche junto Pedro.
Aturdida por aquel repentino pensamiento, se aferró a su copa. ¡Ella no estaba enamorada de Pedro Alfonso! Era absurdo plantearse algo así.
—Quizá necesitaría encontrar a alguien que se pareciera a tí cuando eras una adolescente. Alguien que me viera como el hombre perfecto.
—Si alguna vez encuentras a alguien que sienta por ti la adoración que yo sentía, no te burles de su admiración. Duele mucho —dijo suavemente.
—Jamás quise hacerte daño, Paula.
—Lo único que pretendías era desanimarme —se encogió de hombros—. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ah, pan de ajo y ensalada. ¡Me encanta la comida italiana! Has hecho bien al escoger este restaurante.
Paula dirigió la conversación hacia temas mucho menos personales. Ya se había acercado demasiado al fuego para continuar discutiendo con Pedro sobre su soltería. Él había tenido una oportunidad años atrás y la había rechazado, así que no iba a continuar presionándolo.
Pedro sabía que el tema de los hijos ya había sido zanjado, pero desde que Paula lo había mencionado, no era capaz de apartarlo de su mente. ¿Qué tal padre sería? Sabía que no repetiría los errores cometidos por su propio padre. ¿Pero cometería otros? De alguna manera, su padre los había abandonado al mismo tiempo que su madre. Había sido como si sólo su cuerpo hubiera permanecido al lado de sus hijos.
Si Pedro tuviera alguna vez un hijo, le haría saber lo mucho que lo quería cada día de su vida.
Por un instante, miró a Paula, intentando imaginarse lo que sería tener un hijo con ella.
Intentando poner freno a aquellas imprudentes ideas, prestó atención a la conversación de Paula sobre los diferentes apartamentos que habían visitado aquel día. Faltaban todavía dos meses para que regresaran sus tíos, le estaba diciendo, así que en realidad todavía tenía tiempo más que suficiente para encontrar un nuevo hogar.
Cuando terminaron de cenar, Pedro condujo hasta el edificio en el que trabajaba para que Paula recogiera su coche. A continuación, fueron cada uno en su propio vehículo hasta West Bend.
Paula estacionó su coche, salió y esperó a que Pedro saliera del suyo. Todavía no quería poner fin a aquella velada.
—¿Te apetece venir a mi casa a tomar una copa? —le preguntó Pedro, acercándose a ella.
—Me encantaría.
No había vuelto a entrar en su casa desde que eran adolescentes. Presa de curiosidad lo siguió hasta la puerta trasera.
La cocina estaba perfectamente ordenada. Pedro le sirvió una copa de brandy y sugirió:
—Podemos salir al porche, si te apetece.
En el pasillo que conducía hasta la puerta principal, no había ningún tipo de adorno y una rápida mirada al cuarto de estar cuando pasaron por delante de él, le indicó que Pedro no había perdido mucho tiempo decorando la casa.
—¿Dónde están las fotografías de la familia? —le preguntó mientras se sentaba en una de las sillas del porche.
—No tengo muchas. Federico no suele enviarme ninguna y mi padre jamás se ha puesto detrás de una cámara.
Por primera vez desde que lo conocía, Paula compadeció a Pedro. Aquel hombre al que siempre había considerado dueño de su vida y de su destino, de pronto le parecía terriblemente solo. Y ansiaba poder darle todo lo que necesitaba. Pero jamás se lo diría. Si de algo estaba segura, era de que si Pedro quería algo diferente de ella, intentaría conseguirlo.
—¿Qué piensas hacer con lo del apartamento? —le preguntó de pronto Pedro.
—Supongo que tendré que seguir buscando.
—Yo podría acompañarte el sábado, si quieres.
—No, gracias. Creo que será mejor que vaya sola —contestó sonriente—. Tú intimidas a los pobres agentes inmobiliarios.
—Sólo a aquella mujer que pensaba que estábamos buscando un apartamento para los dos.
—Es un error natural, cuando dos personas van juntas a ver un piso.
—Quizá. Deberías quedarte aquí hasta que vuelvan tus tíos.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Ésa es la manera que tienen los abogados para evitar dar una explicación.
Pedro la tomó de la mano y tiró de ella para que se sentara en su regazo. Paula obedeció encantada y se apoyó contra su pecho. Atrapada entre sus brazos, podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
—Te deseo, Paula—susurró, haciéndola girar en sus brazos antes de tomar sus labios. Unos labios firmes y ardientes con los que al instante estaba profundizando su beso.
Paula le respondió con un beso. Si aquello hubiera sucedido años atrás, se habría sentido como si estuviera en la gloria. Pero la edad le había dado cierta sabiduría. O al menos eso esperaba.
Porque la verdad era que se sentía rozando la gloria. Con aquel beso, Pedro había hecho añicos su capacidad de control y estaba despertando en su interior sensaciones que la dominaban por completo. Sentía sus manos contra sus brazos y sus dedos enredados en su pelo. De pronto, Pedro deslizó la mano hasta uno de sus senos. Paula sintió un silencioso estallido de placer en sus entrañas y se irguió ligeramente para darle a Pedro mayor libertad en sus caricias. Estaba ardiendo de pasión y no podía hacer nada, salvo responder complacida a la delicia de aquel abrazo.
Afortunadamente, la cordura no tardó en retornar, y Paula empujó a Pedro suavemente. Estaba corriendo un grave peligro. Ella había amado a aquel hombre y él la había apartado de su lado. Era una locura querer acercarse nuevamente a él.
Separarse en aquel momento de Pedro fue lo más duro que había hecho en toda su vida, pero tenía que hacerlo.
—Tengo que irme —dijo casi sin respiración.
—No te vayas, Paula. Quédate conmigo.
—No puedo.
Prácticamente corrió hasta encontrar refugio en casa de su tía. Pedro continuaba llamándola, pero ella no lo escuchó. Sólo tras cerrar firmemente la puerta de la cocina, se permitió soltar el aire que encerraban sus pulmones. Había sucedido. A pesar de todos sus esfuerzos, de todas sus buenas intenciones, había vuelto a enamorarse de Pedro Alfonso.
—Oh, noo —se lamentó. Ella se había creído inmune a sus encantos, pero la verdad era que había vuelto a convertirse en su víctima. Pedro la irritaba a veces, sí, pero jamás podría cambiar lo que sentía por él.
Demasiado afectada para pensar siquiera, tomó el diario de Norma como si fuera su tabla de salvación. Había empezado ya a escribir la lista de ingredientes para dársela a Leticia. Rápidamente, la revisó y la sacó del diario. Aquella noche, sus emociones no le permitían pensar en aquella lista. Continuaría leyendo lo que decía su bisabuela. Estaba deseando saber si al final Norma y Fernando se habían casado.
Mientras hacíamos la limpieza de la casa, mamá me ha estado hablando de lo maravilloso que es formar un hogar junto a alguien. Descubrir lo que a cada uno de ellos le gusta y saber utilizarlo en las ocasiones especiales. Un hogar debe de ser un remanso de paz y serenidad. Un refugio al que la familia regresa al final del día. Especialmente para un hombre que se pasa el día luchando en la calle para que su familia pueda vivir dignamente. Lo último que un hombre necesita cuando regresa a su casa es encontrarse con un caos.
Me pregunto si Federico yo llegaremos a formar juntos un hogar. ¿Tendremos muebles y objetos especiales, que tengan significado sólo para nosotros? Convertir la casa en un remanso de paz y tranquilidad para que el hombre vuelva a ella feliz. Es un consejo que nunca olvidaré. Y procurar llenar su vida de todos esos pequeños detalles que al otro le importan.
Paula cerró el diario y fijó la mirada en el vacío con expresión soñadora. Ella podría convertir la casa de Pedro en un verdadero hogar. Llenarla de fotografías, cuadros y colores, llenarla de amor y de risas. Podía demostrarle que no necesitaba vivir como lo había hecho su padre…
Si alguna vez tuviera oportunidad.
Cosa que, obviamente, jamás tendría.
Suspirando suavemente, Paula apagó la luz e intentó dormir. Pero el recuerdo de los labios de Pedro sobre los suyos se negaba a abandonar su mente. Y deseaba haber permanecido aquella noche junto Pedro.
sábado, 1 de agosto de 2015
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 28
Cuando la recepcionista anunció la llegada de Paula el miércoles por la tarde, Pedro sintió un alivio que se preocupó de disimular. No la había visto desde la cena del sábado por la noche. Y le había sorprendido descubrir lo mucho que la había echado de menos.
—Hola, Pedro— Paula entró en el despacho con una sonrisa radiante. El impacto que a Pedro le produjo su presencia fue inmediato. Estaba tan hermosa y parecía tan feliz que casi dolía mirarla.
El vestido que llevaba realzaba sus delicadas curvas. El color salmón pálido contrastaba bellamente con el color bronceado de su piel y era delicioso observar el delicado movimiento de la tela sobre un cuerpo tan estilizado.
—¿Hoy no va a haber secuestro? —sería mejor que comenzara a pensar en otras cosas antes de crear una situación embarazosa, se dijo mientras se levantaba y se acercaba a la puerta para recibirla. Besarla le pareció lo más natural. La tomó por los brazos y la acercó a él para hacerlo. Fue un beso más breve de lo que le habría gustado, pero al menos le permitió marcar el que pretendía que fuera el tono de la tarde.
Paula pestañeó y sacudió la cabeza.
—No, hoy no. Pero no bajes la guardia. Nunca se sabe cuándo pueden secuestrarte otra vez.
Sintiendo en sus manos el dominio de la situación, al advertir el sonrojo de Paula, Pedro tomó su chaqueta y se la puso sin dejar de mirarla en ningún momento. ¿Serían imaginaciones suyas o de pronto el despacho estaba más luminoso? Miró hacia la ventana. El sol había brillado durante todo el día. Era absurdo pensar que lo estuviera haciendo con más fuerza en ese momento.
—¿Has comido?
—¿Sí, y tú?
—Un sándwich —contestó Pedro—. He hecho una lista de los barrios de la zona oeste de la ciudad más agradables. No dijiste nada del precio, pero no suelen ser muy caros —le tendió una lista que tenía encima del escritorio.
—Vaya, no me esperaba todo esto — Paula miró la lista—. Esta mañana he estado mirando los anuncios del periódico y he visto un par de pisos que pueden estar bien.
—Quizá encontremos algo hoy —contestó Pedro, instándola a salir del despacho.
El primer apartamento que visitaron ya había sido alquilado. Pero la segunda casa a la que fueron a Paula le pareció prometedora.
—Tiene dos dormitorios y está muy bien de precio —les comentó la empleada de la agencia que lo mostraba mientras les abría la puerta—. Tómense el tiempo que quieran para verlo. Los esperaré aquí.
Paula se dirigió en primer lugar al cuarto de estar. Parecía pequeño al lado del de su tía, pero era mucho más grande que el que tenía en Nueva York. Además, la casa contaba con un pequeño patio. Salió a verlo, preguntándose si podría plantar allí algunas plantas.
—Es un poco pequeño —comentó Pedro.
Paula se volvió hacia él.
—No tanto. Mi apartamento de Nueva York era mucho más pequeño. Tu problema es que estás mal acostumbrado porque siempre has vivido en una casa muy grande.
Pedro arqueó una ceja y permaneció en silencio.
Paula caminó entonces hasta el pasillo y fue a ver uno de los dormitorios. Era minúsculo y contaba con una ventana bastante pequeña. El dormitorio principal, era un poco más grande que el otro y tenía un baño. No era muy luminoso, pero aquello tampoco tenía demasiada importancia teniendo en cuenta que lo único que pensaba hacer en él era dormir.
—Veamos la cocina —dijo. Al volverse, prácticamente tropezó con Pedro. Este estudió la habitación un momento y le dijo:
—No me gusta. Es pequeña y oscura. No creo que te guste vivir aquí.
—El cuarto de estar me gusta y la cocina no está mal. Tiene posibilidades, pero antes me gustaría ver otros.
Al final de la tarde, Paula estaba tan cerca de encontrar apartamento como a primera hora de la mañana y además estaba a punto de empezar a gritar de frustración. Pedro había puesto pegas a todas y cada una de las casas que habían visitado.
Mientras se alejaban en coche del último edificio que tenían en la lista, Paula le dirigió a Pedro una mirada fulminante.
—Esto ha sido una pérdida de tiempo. Has ofendido a todas las personas que nos han enseñado los pisos.
—No he ofendido a ninguna. Si no pueden oír unas cuantas verdades sobre lo mal que tienen los pisos, no deberían descuidarlos tanto. Y éste ha sido el peor de todos.
—El primero que hemos visto a mí me gustaba.
—No creo que pudieras llegar a ser feliz en él.
—Te sorprendería lo feliz que podría llegar a ser en él. Lo arreglaría hasta dejarlo perfecto. Y el precio de aquella casa era uno de sus atractivos.
—Seguro que tenía goteras o algo así. Por eso era tan barato.
Paula suspiró.
—¿Sabes, Pedro? No creo que esto haya sido una buena idea.
—¿El qué?
—El que hayas venido conmigo. Tú jamás encontrarás un apartamento que te guste. Un apartamento es algo muy diferente de una casa.
Pedro frunció el ceño.
—Cuando estaba en la universidad viví en un apartamento.
—Entonces acuérdate de cómo era.
—Lo recuerdo perfectamente: pequeño, ruidoso y agobiante. Como todos los que hemos visto hoy. No son para tí, Paula.
Paula volvió la cabeza hacia la ventana. Aquélla era una causa perdida.
La próxima vez que quisiera ir a ver apartamentos, lo haría sola. De hecho, quizá volviera al primero que habían visto al día siguiente, para comprobar si todavía le gustaba y sí así era, lo alquilaría.
Paula miró a Pedro de soslayo.
—Por lo menos la casa en la que ahora vives es completamente distinta a ese apartamento. Tienes todas las habitaciones para ti solo, es silenciosa, grande y está vacía.
—Es mi casa, mi hogar.
—¿Y no te sientes solo en ella?
—¿Y tú? ¿Te sientes sola?
—Me sentía sola al principio de vivir en Nueva York. E incluso después lo he sentido a veces. Pero desde que he vuelto, no me he sentido sola ni una vez. Sé que tengo a Leticia suficientemente cerca como para verla cada vez que quiera. Hablamos por teléfono todos los días y he estado viendo a los viejos amigos. Sé que echaré de menos a todos ellos cuando me venga a Charlotte, pero también que venirme a vivir aquí es lo mejor para mí.
Pedro giró y estacionó frente a un enorme restaurante.
—¿Te gusta la comida italiana?
—Me encanta, y además estoy hambrienta.
Pronto estuvieron tranquilamente sentados el uno frente al otro. Pedro pidió una botella de vino y esperó a que Paula pidiera lo que quería cenar antes de pedirlo él.
En cuanto el camarero se retiró, Paula elevó su copa hacia Pedro.
—En cualquier caso, gracias por todo.
—No creo que ninguna de esas casas sea adecuada para tí.
—Pero eso es algo que tengo que decidir yo. Tú has decidido vivir en una casa demasiado grande para una sola persona. ¿Cómo la aprovechas? ¿Duermes cada día en un dormitorio? Necesitarías una familia numerosa para poder llenar esa casa.
—Me temo entonces que la casa va a continuar vacía.
—¿No quieres tener hijos?
—No.
—Serías un gran padre, estoy segura.
Pedro clavó la mirada en la copa de vino que tenía frente a él. Si era sincero consigo mismo, tenía que admitir que le encantaría tener alguna vez un hijo.
—El riesgo es demasiado grande —dijo lentamente.
—¿Qué riesgo?
—El riesgo de que el matrimonio fracase, o de que la mujer abandone a sus hijos.
—Toda la vida es un riesgo. Tu esposa puede morir, o tú mismo puedes sufrir un accidente. No hay garantías para nadie —dijo Paula suavemente—. ¿Y por qué siempre tienes que ponerte en el peor de los casos. ¿No se te ha ocurrido pensar que es posible que no se vaya? ¿Qué ocurriría si tu matrimonio no fuera un fracaso? —ella deseaba que estuviera dispuesto a intentarlo.
—Hola, Pedro— Paula entró en el despacho con una sonrisa radiante. El impacto que a Pedro le produjo su presencia fue inmediato. Estaba tan hermosa y parecía tan feliz que casi dolía mirarla.
El vestido que llevaba realzaba sus delicadas curvas. El color salmón pálido contrastaba bellamente con el color bronceado de su piel y era delicioso observar el delicado movimiento de la tela sobre un cuerpo tan estilizado.
—¿Hoy no va a haber secuestro? —sería mejor que comenzara a pensar en otras cosas antes de crear una situación embarazosa, se dijo mientras se levantaba y se acercaba a la puerta para recibirla. Besarla le pareció lo más natural. La tomó por los brazos y la acercó a él para hacerlo. Fue un beso más breve de lo que le habría gustado, pero al menos le permitió marcar el que pretendía que fuera el tono de la tarde.
Paula pestañeó y sacudió la cabeza.
—No, hoy no. Pero no bajes la guardia. Nunca se sabe cuándo pueden secuestrarte otra vez.
Sintiendo en sus manos el dominio de la situación, al advertir el sonrojo de Paula, Pedro tomó su chaqueta y se la puso sin dejar de mirarla en ningún momento. ¿Serían imaginaciones suyas o de pronto el despacho estaba más luminoso? Miró hacia la ventana. El sol había brillado durante todo el día. Era absurdo pensar que lo estuviera haciendo con más fuerza en ese momento.
—¿Has comido?
—¿Sí, y tú?
—Un sándwich —contestó Pedro—. He hecho una lista de los barrios de la zona oeste de la ciudad más agradables. No dijiste nada del precio, pero no suelen ser muy caros —le tendió una lista que tenía encima del escritorio.
—Vaya, no me esperaba todo esto — Paula miró la lista—. Esta mañana he estado mirando los anuncios del periódico y he visto un par de pisos que pueden estar bien.
—Quizá encontremos algo hoy —contestó Pedro, instándola a salir del despacho.
El primer apartamento que visitaron ya había sido alquilado. Pero la segunda casa a la que fueron a Paula le pareció prometedora.
—Tiene dos dormitorios y está muy bien de precio —les comentó la empleada de la agencia que lo mostraba mientras les abría la puerta—. Tómense el tiempo que quieran para verlo. Los esperaré aquí.
Paula se dirigió en primer lugar al cuarto de estar. Parecía pequeño al lado del de su tía, pero era mucho más grande que el que tenía en Nueva York. Además, la casa contaba con un pequeño patio. Salió a verlo, preguntándose si podría plantar allí algunas plantas.
—Es un poco pequeño —comentó Pedro.
Paula se volvió hacia él.
—No tanto. Mi apartamento de Nueva York era mucho más pequeño. Tu problema es que estás mal acostumbrado porque siempre has vivido en una casa muy grande.
Pedro arqueó una ceja y permaneció en silencio.
Paula caminó entonces hasta el pasillo y fue a ver uno de los dormitorios. Era minúsculo y contaba con una ventana bastante pequeña. El dormitorio principal, era un poco más grande que el otro y tenía un baño. No era muy luminoso, pero aquello tampoco tenía demasiada importancia teniendo en cuenta que lo único que pensaba hacer en él era dormir.
—Veamos la cocina —dijo. Al volverse, prácticamente tropezó con Pedro. Este estudió la habitación un momento y le dijo:
—No me gusta. Es pequeña y oscura. No creo que te guste vivir aquí.
—El cuarto de estar me gusta y la cocina no está mal. Tiene posibilidades, pero antes me gustaría ver otros.
Al final de la tarde, Paula estaba tan cerca de encontrar apartamento como a primera hora de la mañana y además estaba a punto de empezar a gritar de frustración. Pedro había puesto pegas a todas y cada una de las casas que habían visitado.
Mientras se alejaban en coche del último edificio que tenían en la lista, Paula le dirigió a Pedro una mirada fulminante.
—Esto ha sido una pérdida de tiempo. Has ofendido a todas las personas que nos han enseñado los pisos.
—No he ofendido a ninguna. Si no pueden oír unas cuantas verdades sobre lo mal que tienen los pisos, no deberían descuidarlos tanto. Y éste ha sido el peor de todos.
—El primero que hemos visto a mí me gustaba.
—No creo que pudieras llegar a ser feliz en él.
—Te sorprendería lo feliz que podría llegar a ser en él. Lo arreglaría hasta dejarlo perfecto. Y el precio de aquella casa era uno de sus atractivos.
—Seguro que tenía goteras o algo así. Por eso era tan barato.
Paula suspiró.
—¿Sabes, Pedro? No creo que esto haya sido una buena idea.
—¿El qué?
—El que hayas venido conmigo. Tú jamás encontrarás un apartamento que te guste. Un apartamento es algo muy diferente de una casa.
Pedro frunció el ceño.
—Cuando estaba en la universidad viví en un apartamento.
—Entonces acuérdate de cómo era.
—Lo recuerdo perfectamente: pequeño, ruidoso y agobiante. Como todos los que hemos visto hoy. No son para tí, Paula.
Paula volvió la cabeza hacia la ventana. Aquélla era una causa perdida.
La próxima vez que quisiera ir a ver apartamentos, lo haría sola. De hecho, quizá volviera al primero que habían visto al día siguiente, para comprobar si todavía le gustaba y sí así era, lo alquilaría.
Paula miró a Pedro de soslayo.
—Por lo menos la casa en la que ahora vives es completamente distinta a ese apartamento. Tienes todas las habitaciones para ti solo, es silenciosa, grande y está vacía.
—Es mi casa, mi hogar.
—¿Y no te sientes solo en ella?
—¿Y tú? ¿Te sientes sola?
—Me sentía sola al principio de vivir en Nueva York. E incluso después lo he sentido a veces. Pero desde que he vuelto, no me he sentido sola ni una vez. Sé que tengo a Leticia suficientemente cerca como para verla cada vez que quiera. Hablamos por teléfono todos los días y he estado viendo a los viejos amigos. Sé que echaré de menos a todos ellos cuando me venga a Charlotte, pero también que venirme a vivir aquí es lo mejor para mí.
Pedro giró y estacionó frente a un enorme restaurante.
—¿Te gusta la comida italiana?
—Me encanta, y además estoy hambrienta.
Pronto estuvieron tranquilamente sentados el uno frente al otro. Pedro pidió una botella de vino y esperó a que Paula pidiera lo que quería cenar antes de pedirlo él.
En cuanto el camarero se retiró, Paula elevó su copa hacia Pedro.
—En cualquier caso, gracias por todo.
—No creo que ninguna de esas casas sea adecuada para tí.
—Pero eso es algo que tengo que decidir yo. Tú has decidido vivir en una casa demasiado grande para una sola persona. ¿Cómo la aprovechas? ¿Duermes cada día en un dormitorio? Necesitarías una familia numerosa para poder llenar esa casa.
—Me temo entonces que la casa va a continuar vacía.
—¿No quieres tener hijos?
—No.
—Serías un gran padre, estoy segura.
Pedro clavó la mirada en la copa de vino que tenía frente a él. Si era sincero consigo mismo, tenía que admitir que le encantaría tener alguna vez un hijo.
—El riesgo es demasiado grande —dijo lentamente.
—¿Qué riesgo?
—El riesgo de que el matrimonio fracase, o de que la mujer abandone a sus hijos.
—Toda la vida es un riesgo. Tu esposa puede morir, o tú mismo puedes sufrir un accidente. No hay garantías para nadie —dijo Paula suavemente—. ¿Y por qué siempre tienes que ponerte en el peor de los casos. ¿No se te ha ocurrido pensar que es posible que no se vaya? ¿Qué ocurriría si tu matrimonio no fuera un fracaso? —ella deseaba que estuviera dispuesto a intentarlo.
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 27
—¿Quieres ayudarme a encontrar casa? —preguntó Paula, sorprendida por la oferta.
—¿Quién mejor para darte consejos sobre un contrato de alquiler que un abogado?
Paula sabía que tenía razón.
—El miércoles entonces. ¿Sobre la una?
—Muy bien. ¿Quieres que vaya a buscarte?
—No, ya iré yo a la ciudad. No tiene sentido que tengas que regresar hasta aquí.
—El martes acuéstate pronto, para que no estés muy cansada.
—¿Qué pasa, has decidido convertirte en mi nuevo padre?
—No, Paula, pero si te acuestas tarde todas las noches desde aquí hasta el miércoles, sospecho que estarás agotada.
—Te recuerdo que también me levanto bastante tarde —contestó Paula, a punto de soltar una carcajada. En realidad, no tenía ningún plan hasta el miércoles, pero no podía decírselo a Pedro. Preferiría que pensara que estaba muy solicitada. Así mejoraba su opinión sobre ella. Frunció el ceño. En realidad, habría preferido que la apreciara por sí misma y no porque pensara que era una especie de premio por el que merecía la pena competir.
Durante la primera parte de la semana, Paula evitó intencionadamente a Pedro. Se aseguraba de meterse en casa antes de que él llegara cada tarde y no salía al porche hasta que oscurecía, para que no pudiera verla.
El martes por la noche, fue a ver a Leticia. Su prima se encontraba mucho mejor y prepararon una pequeña barbacoa en su terraza. Mientras comían, Paula le comentó a su prima que Pedro iba a ayudarla a buscar apartamento. Leticia la miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué?
—Ha dicho que quiere aconsejarme sobre el contrato —contestó Paula, intentando mostrar una actitud indiferente.
—Parece que está siendo mucho más atento de lo que es normalmente. Vamos, es como si se hubiera transformado en otra persona, ¿no crees? —Leticia miró atentamente a su prima—. Yo que tú, no me fiaría de él.
—Es mi vecino, nada más —contestó Paula, esperando que su prima no adivinara que le estaba mintiendo. Pedro era cada vez más importante para ella. Se había creído inmune a sus encantos, pero poco a poco comenzaba a resurgir la atracción que años atrás sentía por él. Cada minuto que pasaba a su lado, incrementaba sus dudas sobre su capacidad para dominar sus sentimientos.
—Sólo procura tener cuidado. Ya sabes que no tiene ningún interés en comprometerse con nadie.
—Lo sé. Y en cuanto alquile un apartamento en Charlotte, me alejaré de la tentación.
—Aja, ¿entonces sientes que todavía es una tentación?
—¿Alguna vez has mirado a Pedro? No creo que haya otro más atractivo.
Leticia soltó una carcajada.
— Paula, me temo que estás muy mal. Personalmente creo que Matías es el hombre más atractivo del mundo y estoy loca por él. Yo pensaba que tu enamoramiento de Pedro lo habías superado hacía años.
—Y lo he superado, no pienso volver a enamorarme de Pedro. Pero cambiemos de tema. Quería hacerte una pregunta. ¿Al final Norma se casó con Fernando?
—¿Qué?
—En su diario, Norma cuenta las diferentes tácticas que utilizó para atrapar a Fernando. Como todavía no he llegado al final, no sé si se casaron. ¿Lo sabes tú?
—No, no lo sé.
—¿Ah no? Yo pensaba que habías ojeado todo el diario.
—Sólo he leído páginas sueltas.
—¿Y sabes cuál fue el apellido de casada de Norma?
Leticia suspiró.
—Tampoco lo sé. Murió cuando yo era muy pequeña. Para mí siempre ha sido la bisabuela Norma.
—Para mí también. Pero alguien tiene que saber su apellido, o el apellido de nuestro bisabuelo.
—Sí, supongo que sí. Se lo preguntaremos a mi madre.
—Pero para cuando ella vuelva, ya habré terminado el diario.
—Bueno, pues entonces adelántate ya a leer el final.
Paula sacudió la cabeza.
—No quiero hacerlo. Pero estoy casi segura de que se casará con Fernando. Parece tan enamorada. Y está siguiendo todos los consejos que le dan para atraparlo. Algunos parecen estar funcionando… ¿Cómo es posible que sepamos tan poco sobre nuestra propia familia?
—Quizá pueda hablarte de ella tu madre. Supongo que su interés por la antropología la ha llevado a averiguar todo lo que ha podido sobre su familia.
—Quizá, la verdad es que hasta ahora yo tampoco había mostrado ningún interés en ella. Pero al leer el diario de Norma, me siento como si la conociera. Y a pesar de las décadas que nos separan, no puedo evitar el sentirme identificada con ella. De hecho, estoy utilizando su receta y… —se interrumpió de pronto, asaltada por una idea y miró a su prima muy seriamente—. Leticia, si te doy algunas indicaciones, ¿podrías intentar poner en práctica la receta y contarme después los resultados?
—¿Qué es esto? ¿Un experimento?
—Más o menos.
Paula le explicó la idea, con intención de que Leticia siguiera los consejos de la abuela Norma con Matías y se fijara en si se producía algún cambio en su relación. En cuanto tuvo el acuerdo no muy convencido de su prima, se marchó. Tenía que escribir la lista de ingredientes y pasársela a Leticia. Y cuando su prima los pusiera en práctica con Matías, podría tener una certeza mayor de que funcionaban.
—¿Quién mejor para darte consejos sobre un contrato de alquiler que un abogado?
Paula sabía que tenía razón.
—El miércoles entonces. ¿Sobre la una?
—Muy bien. ¿Quieres que vaya a buscarte?
—No, ya iré yo a la ciudad. No tiene sentido que tengas que regresar hasta aquí.
—El martes acuéstate pronto, para que no estés muy cansada.
—¿Qué pasa, has decidido convertirte en mi nuevo padre?
—No, Paula, pero si te acuestas tarde todas las noches desde aquí hasta el miércoles, sospecho que estarás agotada.
—Te recuerdo que también me levanto bastante tarde —contestó Paula, a punto de soltar una carcajada. En realidad, no tenía ningún plan hasta el miércoles, pero no podía decírselo a Pedro. Preferiría que pensara que estaba muy solicitada. Así mejoraba su opinión sobre ella. Frunció el ceño. En realidad, habría preferido que la apreciara por sí misma y no porque pensara que era una especie de premio por el que merecía la pena competir.
Durante la primera parte de la semana, Paula evitó intencionadamente a Pedro. Se aseguraba de meterse en casa antes de que él llegara cada tarde y no salía al porche hasta que oscurecía, para que no pudiera verla.
El martes por la noche, fue a ver a Leticia. Su prima se encontraba mucho mejor y prepararon una pequeña barbacoa en su terraza. Mientras comían, Paula le comentó a su prima que Pedro iba a ayudarla a buscar apartamento. Leticia la miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué?
—Ha dicho que quiere aconsejarme sobre el contrato —contestó Paula, intentando mostrar una actitud indiferente.
—Parece que está siendo mucho más atento de lo que es normalmente. Vamos, es como si se hubiera transformado en otra persona, ¿no crees? —Leticia miró atentamente a su prima—. Yo que tú, no me fiaría de él.
—Es mi vecino, nada más —contestó Paula, esperando que su prima no adivinara que le estaba mintiendo. Pedro era cada vez más importante para ella. Se había creído inmune a sus encantos, pero poco a poco comenzaba a resurgir la atracción que años atrás sentía por él. Cada minuto que pasaba a su lado, incrementaba sus dudas sobre su capacidad para dominar sus sentimientos.
—Sólo procura tener cuidado. Ya sabes que no tiene ningún interés en comprometerse con nadie.
—Lo sé. Y en cuanto alquile un apartamento en Charlotte, me alejaré de la tentación.
—Aja, ¿entonces sientes que todavía es una tentación?
—¿Alguna vez has mirado a Pedro? No creo que haya otro más atractivo.
Leticia soltó una carcajada.
— Paula, me temo que estás muy mal. Personalmente creo que Matías es el hombre más atractivo del mundo y estoy loca por él. Yo pensaba que tu enamoramiento de Pedro lo habías superado hacía años.
—Y lo he superado, no pienso volver a enamorarme de Pedro. Pero cambiemos de tema. Quería hacerte una pregunta. ¿Al final Norma se casó con Fernando?
—¿Qué?
—En su diario, Norma cuenta las diferentes tácticas que utilizó para atrapar a Fernando. Como todavía no he llegado al final, no sé si se casaron. ¿Lo sabes tú?
—No, no lo sé.
—¿Ah no? Yo pensaba que habías ojeado todo el diario.
—Sólo he leído páginas sueltas.
—¿Y sabes cuál fue el apellido de casada de Norma?
Leticia suspiró.
—Tampoco lo sé. Murió cuando yo era muy pequeña. Para mí siempre ha sido la bisabuela Norma.
—Para mí también. Pero alguien tiene que saber su apellido, o el apellido de nuestro bisabuelo.
—Sí, supongo que sí. Se lo preguntaremos a mi madre.
—Pero para cuando ella vuelva, ya habré terminado el diario.
—Bueno, pues entonces adelántate ya a leer el final.
Paula sacudió la cabeza.
—No quiero hacerlo. Pero estoy casi segura de que se casará con Fernando. Parece tan enamorada. Y está siguiendo todos los consejos que le dan para atraparlo. Algunos parecen estar funcionando… ¿Cómo es posible que sepamos tan poco sobre nuestra propia familia?
—Quizá pueda hablarte de ella tu madre. Supongo que su interés por la antropología la ha llevado a averiguar todo lo que ha podido sobre su familia.
—Quizá, la verdad es que hasta ahora yo tampoco había mostrado ningún interés en ella. Pero al leer el diario de Norma, me siento como si la conociera. Y a pesar de las décadas que nos separan, no puedo evitar el sentirme identificada con ella. De hecho, estoy utilizando su receta y… —se interrumpió de pronto, asaltada por una idea y miró a su prima muy seriamente—. Leticia, si te doy algunas indicaciones, ¿podrías intentar poner en práctica la receta y contarme después los resultados?
—¿Qué es esto? ¿Un experimento?
—Más o menos.
Paula le explicó la idea, con intención de que Leticia siguiera los consejos de la abuela Norma con Matías y se fijara en si se producía algún cambio en su relación. En cuanto tuvo el acuerdo no muy convencido de su prima, se marchó. Tenía que escribir la lista de ingredientes y pasársela a Leticia. Y cuando su prima los pusiera en práctica con Matías, podría tener una certeza mayor de que funcionaban.
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 26
—Yo no necesito que nadie me quiera, Paula. Ese sentimiento es un mito, una ilusión que la gente utiliza para ocultar el deseo. Está mucho mejor considerado decir que te has acostado con alguien porque estás enamorado. Pero la verdad es que no existe ningún amor que dure eternamente. Y si no te lo crees, piensa en mi madre. Entiendo que dejara de querer a mi padre, ¿pero cómo es posible que dejara de amar también a sus dos hijos?
—No lo sé. ¿Sabes si ocurrió algo antes de que se fuera? Mi tía dice que tu padre cambió mucho tras la marcha de tu madre. Los conocía a los dos y ambos le gustaban. Quizá tu madre ha intentado verte alguna vez y tu padre no la ha dejado. O quizá no. En cualquier caso, eso sucedió hace mucho tiempo. ¿Y por qué concederle tanta importancia a una mujer a la que no quieres? Por culpa de tu madre estás rechazando la posibilidad de estar con alguien que te quiera de verdad y esté dispuesta a compartir su vida contigo. Olvida el pasado, Pedro. Mira hacia el futuro.
—¿No crees que debemos aprender de nuestras experiencias?
—Lo que creo es que el amor une para siempre a las personas. Yo quiero a mis padres y ellos me quieren. Además, ellos se adoran. Mi padre haría cualquier cosa por mi madre y yo quiero encontrar esa clase de amor para mí. No quiero pasar sola toda mi vida. Me gustaría encontrar una persona con la que compartirla —se levantó—. Pero no eres tú. Y cuando seas viejo te arrepentirás de no poder tener a nadie que comparta la vejez contigo. ¿Quieres llevarte un trozo de tarta a tu casa?
Paula estuvo a punto de soltar una carcajada ante el brusco cambio de tema.
—Si te sobra…
—Claro que me sobra. No necesito tantas calorías.
Pedro la observó mientras ella caminaba hacia la cocina. Por un momento deseó seguirla, pero lo pensó mejor y se quedó donde estaba. Evidentemente, no estaban hechos el uno para el otro. Lo único que esperaba era que Paula no terminara casándose con un hombre que la hiciera infeliz.
Imaginarse a Paula casada le molestaba. Frunció el ceño e intentó apartar aquella incómoda idea de su mente, pero su imaginación la evocaba caminando por el pasillo de la iglesia, al lado de un hombre.
Apretando los puños, se preguntó qué hombre podía ser bueno para Paula. Aquella mujer había formado parte de su infancia y no quería que nadie le hiciera daño.
Se levantó y comenzó a caminar hacia la casa. Antes de que hubiera llegado, salió Paula con una fuente en la mano.
—Toma. Y no te lo comas todo de golpe —le dirigió una sonrisa amistosa.
—Es una tarta maravillosa. Disfrutaré de cada bocado —le dijo, tomando el plato.
—Siento que Leticia y Matías no hayan podido venir. Quizá podamos reunimos en otra ocasión.
Pedro caminó hacia Paula, pero ella retrocedió. Con su mano libre, Pedro la tomó del cuello y la atrajo delicadamente hacia él.
—Tengo que fregar los platos —dijo ella, casi sin respiración.
—Eso puede esperar.
Y en cuanto Paula alzó sus ojos hacia él, la besó. Paula entreabrió los labios, respondiendo perfectamente a su beso. Pedro se separó unos centímetros para contemplar aquellos oscuros ojos en los que ardía un fuego secreto.
La deseaba. Estaba tan sorprendido por aquella revelación que apenas podía pensar. La adolescente de años atrás se había metamorfoseado en una mujer bella y seductora. Una mujer a la que quería conocer de todas las formas posibles. ¿Cuándo se habría producido aquel cambio? ¿Y en qué exactamente había cambiado Paula? ¿O habría sido él el que había cambiado?
Sintió su pelo deslizarse entre sus dedos. Podía sentir también el calor de su cuerpo. Y quería más. Quería mucho más que un beso. Lo quería todo de ella.
—Buenas noches, Pedro —dijo Paula, librándose de su mano. Apenas podía respirar y sabía que tenía que alejarse de allí antes de cometer uno de los mayores errores de su vida.
— Paula, espera.
—Tengo que irme. Adiós —salvó corriendo la escasa distancia que la separaba de la cocina y cerró la puerta de un portazo. Mientras intentaba recuperar el ritmo normal de su respiración, se preguntó qué diablos estaba haciendo. Discutir sobre el matrimonio con un hombre tan abiertamente hostil a él era una pérdida de tiempo. Y querer a un hombre así era una estupidez. ¿Acaso no había aprendido nada de la vida?
Casi temiendo que Pedro la siguiera a la cocina, se acercó al fregadero y se puso a fregar los platos. No le llevó mucho tiempo y en cuanto terminó, se asomó al patio para ver si Pedro todavía estaba allí. Acababa de comprobar aliviada que se había ido, cuando sonó el teléfono.
—¿Diga?
—Gracias otra vez por la cena —la voz grave y seductora de Pedro sonó al otro lado de la línea.
—Me alegro de que te haya gustado —contestó, esforzándose en mantener la calma—. No cocino muy a menudo y disfruto haciéndolo.
—Puedes cocinar para mí cuando quieras.
Paula sonrió, pensando en el consejo de Norma.
—Creo que la señora Mulfrethy protestaría. Pensaría que estoy intentando ocupar su lugar.
—Como se te ocurra repetir delante de ella lo que te voy a decir, lo negaré delante de la Corte Suprema, pero la verdad es que cocinas mucho mejor que ella.
—Caramba, Pedro, muchas gracias, pero me estás juzgando por una sola comida.
—¿Quieres cenar conmigo mañana por la noche?
Paula se aferró con fuerza al auricular. Estuvo a punto de decir que sí, pero recordó inmediatamente el diario de Norma.
—Lo siento, pero voy a estar ocupada.
—¿Haciendo qué?
—¿Sabes, Pedro? Tienes que quitarte la costumbre de interrogar a las personas que tienen contacto contigo. Como tú mismo has dicho cuando he mencionado a Selena, no es asunto tuyo.
—¿El lunes por la noche entonces?
—No, lo siento.
—¿El martes? — Paula permaneció en silencio, esperando a ver hasta dónde estaba dispuesto a presionar—. El miércoles, entonces. Te llevaré a ver unos bloques de apartamentos que acaban de hacer en Charlotte y después podemos ir a cenar.
—No lo sé. ¿Sabes si ocurrió algo antes de que se fuera? Mi tía dice que tu padre cambió mucho tras la marcha de tu madre. Los conocía a los dos y ambos le gustaban. Quizá tu madre ha intentado verte alguna vez y tu padre no la ha dejado. O quizá no. En cualquier caso, eso sucedió hace mucho tiempo. ¿Y por qué concederle tanta importancia a una mujer a la que no quieres? Por culpa de tu madre estás rechazando la posibilidad de estar con alguien que te quiera de verdad y esté dispuesta a compartir su vida contigo. Olvida el pasado, Pedro. Mira hacia el futuro.
—¿No crees que debemos aprender de nuestras experiencias?
—Lo que creo es que el amor une para siempre a las personas. Yo quiero a mis padres y ellos me quieren. Además, ellos se adoran. Mi padre haría cualquier cosa por mi madre y yo quiero encontrar esa clase de amor para mí. No quiero pasar sola toda mi vida. Me gustaría encontrar una persona con la que compartirla —se levantó—. Pero no eres tú. Y cuando seas viejo te arrepentirás de no poder tener a nadie que comparta la vejez contigo. ¿Quieres llevarte un trozo de tarta a tu casa?
Paula estuvo a punto de soltar una carcajada ante el brusco cambio de tema.
—Si te sobra…
—Claro que me sobra. No necesito tantas calorías.
Pedro la observó mientras ella caminaba hacia la cocina. Por un momento deseó seguirla, pero lo pensó mejor y se quedó donde estaba. Evidentemente, no estaban hechos el uno para el otro. Lo único que esperaba era que Paula no terminara casándose con un hombre que la hiciera infeliz.
Imaginarse a Paula casada le molestaba. Frunció el ceño e intentó apartar aquella incómoda idea de su mente, pero su imaginación la evocaba caminando por el pasillo de la iglesia, al lado de un hombre.
Apretando los puños, se preguntó qué hombre podía ser bueno para Paula. Aquella mujer había formado parte de su infancia y no quería que nadie le hiciera daño.
Se levantó y comenzó a caminar hacia la casa. Antes de que hubiera llegado, salió Paula con una fuente en la mano.
—Toma. Y no te lo comas todo de golpe —le dirigió una sonrisa amistosa.
—Es una tarta maravillosa. Disfrutaré de cada bocado —le dijo, tomando el plato.
—Siento que Leticia y Matías no hayan podido venir. Quizá podamos reunimos en otra ocasión.
Pedro caminó hacia Paula, pero ella retrocedió. Con su mano libre, Pedro la tomó del cuello y la atrajo delicadamente hacia él.
—Tengo que fregar los platos —dijo ella, casi sin respiración.
—Eso puede esperar.
Y en cuanto Paula alzó sus ojos hacia él, la besó. Paula entreabrió los labios, respondiendo perfectamente a su beso. Pedro se separó unos centímetros para contemplar aquellos oscuros ojos en los que ardía un fuego secreto.
La deseaba. Estaba tan sorprendido por aquella revelación que apenas podía pensar. La adolescente de años atrás se había metamorfoseado en una mujer bella y seductora. Una mujer a la que quería conocer de todas las formas posibles. ¿Cuándo se habría producido aquel cambio? ¿Y en qué exactamente había cambiado Paula? ¿O habría sido él el que había cambiado?
Sintió su pelo deslizarse entre sus dedos. Podía sentir también el calor de su cuerpo. Y quería más. Quería mucho más que un beso. Lo quería todo de ella.
—Buenas noches, Pedro —dijo Paula, librándose de su mano. Apenas podía respirar y sabía que tenía que alejarse de allí antes de cometer uno de los mayores errores de su vida.
— Paula, espera.
—Tengo que irme. Adiós —salvó corriendo la escasa distancia que la separaba de la cocina y cerró la puerta de un portazo. Mientras intentaba recuperar el ritmo normal de su respiración, se preguntó qué diablos estaba haciendo. Discutir sobre el matrimonio con un hombre tan abiertamente hostil a él era una pérdida de tiempo. Y querer a un hombre así era una estupidez. ¿Acaso no había aprendido nada de la vida?
Casi temiendo que Pedro la siguiera a la cocina, se acercó al fregadero y se puso a fregar los platos. No le llevó mucho tiempo y en cuanto terminó, se asomó al patio para ver si Pedro todavía estaba allí. Acababa de comprobar aliviada que se había ido, cuando sonó el teléfono.
—¿Diga?
—Gracias otra vez por la cena —la voz grave y seductora de Pedro sonó al otro lado de la línea.
—Me alegro de que te haya gustado —contestó, esforzándose en mantener la calma—. No cocino muy a menudo y disfruto haciéndolo.
—Puedes cocinar para mí cuando quieras.
Paula sonrió, pensando en el consejo de Norma.
—Creo que la señora Mulfrethy protestaría. Pensaría que estoy intentando ocupar su lugar.
—Como se te ocurra repetir delante de ella lo que te voy a decir, lo negaré delante de la Corte Suprema, pero la verdad es que cocinas mucho mejor que ella.
—Caramba, Pedro, muchas gracias, pero me estás juzgando por una sola comida.
—¿Quieres cenar conmigo mañana por la noche?
Paula se aferró con fuerza al auricular. Estuvo a punto de decir que sí, pero recordó inmediatamente el diario de Norma.
—Lo siento, pero voy a estar ocupada.
—¿Haciendo qué?
—¿Sabes, Pedro? Tienes que quitarte la costumbre de interrogar a las personas que tienen contacto contigo. Como tú mismo has dicho cuando he mencionado a Selena, no es asunto tuyo.
—¿El lunes por la noche entonces?
—No, lo siento.
—¿El martes? — Paula permaneció en silencio, esperando a ver hasta dónde estaba dispuesto a presionar—. El miércoles, entonces. Te llevaré a ver unos bloques de apartamentos que acaban de hacer en Charlotte y después podemos ir a cenar.
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 25
—El matrimonio sólo sirve para darte sensación de longevidad. Pero eso es algo que sólo depende de uno mismo. Hay muchas menos probabilidades de que te hagan daño si te apartas de ese camino.
—Qué cínico eres.
—Soy realista. Sin embargo tú estás siempre intentando ver el lado bueno de las cosas.
—No creo que haya nada malo en ello. Además, hay millones de personas que disfrutan de matrimonios maravillosos. ¿Crees que debería convertirme en una cínica como tú?
—No —la firmeza de su tono dio por zanjada la discusión.
Paula lo miró estupefacta. Casi tenía la sensación de que a Pedro le molestaba que saliera con otros.
El silencio se prolongó incómodamente entre ellos hasta que Pedro dejó el tenedor en el plato y comentó:
—La cena estaba deliciosa, Paula.
—Gracias. He preparado una tarta de piña de postre. ¿Te apetece?
—¿Has seguido la receta de tu tía?
—¿Qué otra iba a utilizar? Además sé que esta tarta te encanta.
—Ah, ¿entonces la has hecho para mí?
Avergonzada, Paula recogió los platos y se levantó para dirigirse a la cocina. Antes de marcharse, contestó:
—A Leticia también le gusta. Y he pensado que también podría gustarle a Matías.
Pedro se levantó y la siguió a la cocina.
—Sea cuál sea la razón por la que la has preparado, me alegro de que lo hayas hecho.
Paula sacó la tarta del horno y cortó una generosa porción.
—¿Quieres helado también?
—Por supuesto — Pedro abrió el congelador—. ¿Lo saco?
Paula asintió, deseando que Pedro se hubiera quedado en el patio. Estaba intentando recuperar la compostura, pero su fantasía la traicionó. Por un instante, se imaginó a sí misma casada con Pedro, compartiendo aquel tipo de tareas en la cocina, preparando la comida y hablando sobre los acontecimientos del día. Sacudió la cabeza, intentando apartar de su mente aquel tipo de pensamientos. ¿No había dejado suficientemente claro Pedro que no tenía ninguna fe en el matrimonio?
Minutos después, estaban de nuevo instalados en el patio. Paula estaba encantada viendo comer a Pedro la tarta. Tras el último bocado, Pedro se reclinó en la silla.
—La cena estaba deliciosa, Paula. Eres una gran cocinera.
—Gracias.
Pedro la observó mientras ella terminaba su pedazo de tarta. No estaba seguro de que le gustara la idea de que se mudara a Charlotte. Años atrás, le había parecido maravilloso que Paula se fuera a vivir a Nueva York. Pero tras aquel reencuentro, tras haber descubierto lo mucho que disfrutaba a su lado, se sentía cómodo sabiendo que la tenía cerca.
—No me has hablado nada de Federico—comentó Paula —. ¿A qué se dedica ahora tu hermano?
—Está viviendo en Los Ángeles, trabajando para una empresa aeroespacial.
—¿Y se ha casado?
—No.
—Qué pena.
—No necesariamente — Pedro se tensó por el rumbo que estaba tomando la conversación. ¿Por qué tendría que hablar siempre de matrimonio aquella mujer?
—Hay muchos matrimonios felices en el mundo, Pedro. ¿Por qué no va a poder Federico disfrutar de uno de ellos?
—También hay muchos que no lo son. ¿Y qué ocurre entonces? Pues que si tienes hijos, terminas destrozándoles la vida.
—¿Así fue como te sentiste cuando tu madre los abandonó?
—No estamos hablando de mí, ni de mi familia.
—Yo creo que sí. Todo lo consideras teniendo en cuenta lo que les ocurrió a ustedes. Eso y tu historia con aquella chica en la universidad.
Pedro se quedó mirándola fijamente.
—¿Qué sabes tú de esa mujer? —preguntó en un tono mortal.
Paula lo miró a los ojos.
—No intente intimidarme, señor abogado. Lo conozco desde que la señora Mulfrethy lo regañaba por mancharle el suelo de barro. ¡Y no soy uno de los testigos de un juicio!
— Paula —le dijo Pedro en tono de advertencia.
Paula bajó la mirada y le explicó:
—He oído decir que te enamoraste de ella y ella te dejó.
Pedro estuvo a punto de hacer una mueca. Esperó la llegada del dolor de la traición, el asalto de la amargura y la tristeza. Pero descubrió sorprendido que no sentía nada. Selena había engañado a un joven impresionable que pensaba que sufriría eternamente por su engaño. Pero en ese momento, hasta le costaba recordar su aspecto.
Sin embargo, jamás había tenido ningún problema para evocar la imagen de Paula. Hasta cuando estaba a kilómetros de distancia recordaba perfectamente su pelo castaño, y aquellos ojos oscuros que cambiaban al ritmo de sus sentimientos. De pronto, Pedro se preguntó qué aspecto tendrían aquellos ojos cuando Paula hacía el amor, ¿brillaría en ellos la llama del deseo?
No había prestado ninguna atención a sus ojos cuando la había besado. Estaba demasiado concentrado en los sentimientos que estallaban dentro de él cada vez que rozaba sus labios. Demasiado sobrecogido al sentir la tentación de su cuerpo contra el suyo. Demasiado cautivado por los suaves gemidos de placer que provocaba con sus besos. La próxima vez la miraría a los ojos para ver lo que sucedía.
¿La próxima vez?
—Esto no es asunto tuyo —le dijo.
—Quizá no, pero estoy segura de que tuvo un gran impacto en tu vida. Pero no todo el mundo es como tu madre o como Selena. Y supongo que no querrás pasar solo toda tu vida. ¿No deseas a veces tener a alguien con quien compartir algunos acontecimientos? Seguro que sí. Yo tenía montones de amigos en Nueva York, pero cuando me ascendían o me encargaban algún proyecto, llamaba a mi casa para compartir mi alegría con las personas que de verdad me querían. ¿Quién te quiere a tí, Pedro?
—Qué cínico eres.
—Soy realista. Sin embargo tú estás siempre intentando ver el lado bueno de las cosas.
—No creo que haya nada malo en ello. Además, hay millones de personas que disfrutan de matrimonios maravillosos. ¿Crees que debería convertirme en una cínica como tú?
—No —la firmeza de su tono dio por zanjada la discusión.
Paula lo miró estupefacta. Casi tenía la sensación de que a Pedro le molestaba que saliera con otros.
El silencio se prolongó incómodamente entre ellos hasta que Pedro dejó el tenedor en el plato y comentó:
—La cena estaba deliciosa, Paula.
—Gracias. He preparado una tarta de piña de postre. ¿Te apetece?
—¿Has seguido la receta de tu tía?
—¿Qué otra iba a utilizar? Además sé que esta tarta te encanta.
—Ah, ¿entonces la has hecho para mí?
Avergonzada, Paula recogió los platos y se levantó para dirigirse a la cocina. Antes de marcharse, contestó:
—A Leticia también le gusta. Y he pensado que también podría gustarle a Matías.
Pedro se levantó y la siguió a la cocina.
—Sea cuál sea la razón por la que la has preparado, me alegro de que lo hayas hecho.
Paula sacó la tarta del horno y cortó una generosa porción.
—¿Quieres helado también?
—Por supuesto — Pedro abrió el congelador—. ¿Lo saco?
Paula asintió, deseando que Pedro se hubiera quedado en el patio. Estaba intentando recuperar la compostura, pero su fantasía la traicionó. Por un instante, se imaginó a sí misma casada con Pedro, compartiendo aquel tipo de tareas en la cocina, preparando la comida y hablando sobre los acontecimientos del día. Sacudió la cabeza, intentando apartar de su mente aquel tipo de pensamientos. ¿No había dejado suficientemente claro Pedro que no tenía ninguna fe en el matrimonio?
Minutos después, estaban de nuevo instalados en el patio. Paula estaba encantada viendo comer a Pedro la tarta. Tras el último bocado, Pedro se reclinó en la silla.
—La cena estaba deliciosa, Paula. Eres una gran cocinera.
—Gracias.
Pedro la observó mientras ella terminaba su pedazo de tarta. No estaba seguro de que le gustara la idea de que se mudara a Charlotte. Años atrás, le había parecido maravilloso que Paula se fuera a vivir a Nueva York. Pero tras aquel reencuentro, tras haber descubierto lo mucho que disfrutaba a su lado, se sentía cómodo sabiendo que la tenía cerca.
—No me has hablado nada de Federico—comentó Paula —. ¿A qué se dedica ahora tu hermano?
—Está viviendo en Los Ángeles, trabajando para una empresa aeroespacial.
—¿Y se ha casado?
—No.
—Qué pena.
—No necesariamente — Pedro se tensó por el rumbo que estaba tomando la conversación. ¿Por qué tendría que hablar siempre de matrimonio aquella mujer?
—Hay muchos matrimonios felices en el mundo, Pedro. ¿Por qué no va a poder Federico disfrutar de uno de ellos?
—También hay muchos que no lo son. ¿Y qué ocurre entonces? Pues que si tienes hijos, terminas destrozándoles la vida.
—¿Así fue como te sentiste cuando tu madre los abandonó?
—No estamos hablando de mí, ni de mi familia.
—Yo creo que sí. Todo lo consideras teniendo en cuenta lo que les ocurrió a ustedes. Eso y tu historia con aquella chica en la universidad.
Pedro se quedó mirándola fijamente.
—¿Qué sabes tú de esa mujer? —preguntó en un tono mortal.
Paula lo miró a los ojos.
—No intente intimidarme, señor abogado. Lo conozco desde que la señora Mulfrethy lo regañaba por mancharle el suelo de barro. ¡Y no soy uno de los testigos de un juicio!
— Paula —le dijo Pedro en tono de advertencia.
Paula bajó la mirada y le explicó:
—He oído decir que te enamoraste de ella y ella te dejó.
Pedro estuvo a punto de hacer una mueca. Esperó la llegada del dolor de la traición, el asalto de la amargura y la tristeza. Pero descubrió sorprendido que no sentía nada. Selena había engañado a un joven impresionable que pensaba que sufriría eternamente por su engaño. Pero en ese momento, hasta le costaba recordar su aspecto.
Sin embargo, jamás había tenido ningún problema para evocar la imagen de Paula. Hasta cuando estaba a kilómetros de distancia recordaba perfectamente su pelo castaño, y aquellos ojos oscuros que cambiaban al ritmo de sus sentimientos. De pronto, Pedro se preguntó qué aspecto tendrían aquellos ojos cuando Paula hacía el amor, ¿brillaría en ellos la llama del deseo?
No había prestado ninguna atención a sus ojos cuando la había besado. Estaba demasiado concentrado en los sentimientos que estallaban dentro de él cada vez que rozaba sus labios. Demasiado sobrecogido al sentir la tentación de su cuerpo contra el suyo. Demasiado cautivado por los suaves gemidos de placer que provocaba con sus besos. La próxima vez la miraría a los ojos para ver lo que sucedía.
¿La próxima vez?
—Esto no es asunto tuyo —le dijo.
—Quizá no, pero estoy segura de que tuvo un gran impacto en tu vida. Pero no todo el mundo es como tu madre o como Selena. Y supongo que no querrás pasar solo toda tu vida. ¿No deseas a veces tener a alguien con quien compartir algunos acontecimientos? Seguro que sí. Yo tenía montones de amigos en Nueva York, pero cuando me ascendían o me encargaban algún proyecto, llamaba a mi casa para compartir mi alegría con las personas que de verdad me querían. ¿Quién te quiere a tí, Pedro?
jueves, 30 de julio de 2015
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 24
—O puedes quedarte en tu casa. En cualquier caso, llámame —terminó diciendo, y colgó para no darse tiempo a decir ninguna otra estupidez.
Al mirar de nuevo por la ventana, vió que el coche de Pedro no estaba. Ya tendría tiempo de escuchar su mensaje cuando regresara, se dijo.
A las seis de la tarde, todavía no había vuelto a aparecer. Preguntándose si acudiría o no a la cena, Paula comenzó a hornear el pan. Preparó la ensalada y la metió en el refrigerador. Al fin y al cabo, aunque Pedro no apareciera, ella tendría que comer. Se asomó nuevamente a la ventana. ¿Dónde estaría Pedro?
Como a las siete de la tarde no había tenido todavía noticias suyas, dio por sentado que ya no iba a ir. Probablemente habría llamado a su casa para oír los mensajes que le habían dejado en el contestador a lo largo del día.
Paula suspiró suavemente y miró el pan que había metido en el horno. Se pondría pronto a cenar. Mientras el pan terminaba de hacerse, se puso a leer el diario de Norma en la cocina. Una llamada a la puerta la sobresaltó. Fue rápidamente a abrir y descubrió a Pedro en el porche.
—Siento llegar tarde —la saludó con una sonrisa.
—Ya no te esperaba —contestó Paula, pensando en lo atractivo que estaba.
Pedro la miró perplejo.
—Dijiste que la cena era a las siete. Me he retrasado quince minutos, pero no creo que vayas a castigarme por eso. ¿Puedo pasar?
Paula asintió sonrojada y se apartó para que pudiera entrar.
—Mmm. ¡Qué bien huele! ¿Dónde están Leticia y Matías?
—Te he dejado un mensaje en el contestador. Leticia está enferma, así que no van a venir. Te he llamado para decírtelo, pero no te he encontrado.
—No he pasado por casa antes de venir. Y siento que Leticia esté enferma, ¿es algo grave?
—Sólo un catarro, aunque se encuentra fatal. Pero pensé que quizá no querrías venir, sabiendo que sólo iba a estar yo.
—Creo que a pesar de todo seremos capaces de cenar juntos, ¿no crees? —deslizó la mirada por sus hombros desnudos.
—Claro. ¿Quieres una copa de vino? — Paula se volvió, antes de que la traicionaran las rodillas. La mirada que Pedro le había dirigido podría haber derretido un bloque de hielo—. Había pensado que quizá fuera mejor cenar fuera cerca de las siete, pero como no venías, he retrasado el momento de meter el pan en el horno, así que tendremos que esperar. En seguida estará listo.
—Estupendo. Hoy ni siquiera he podido comer. He tenido una cita.
Así que por eso había llegado tarde. Por culpa de una cita. ¿Pero entonces por qué habría ido a cenar? ¿O habría quedado con otra mujer después de que Paula lo invitara? Estuvo a punto de gemir en voz alta. No debería haberlo invitado, se dijo. Y la inquietud que sentía no tenía nada que ver con el hecho de que Pedro hubiera estado con otra mujer. Podía ver a todas las mujeres que quisiera.
¿O no?, la desafió su conciencia.
—Podrías haber llamado, no hacía falta que vinieras —le dijo, intentando imprimir un tono de normalidad a su voz y se volvió hacia él con una copa de vino en la mano. Descubrió a Pedro hojeando el diario de su bisabuela—. ¡No, no leas eso! —corrió hacia él, le tendió la copa y le arrebató el diario. Lo último que quería era Pedro se diera cuenta de lo que había estado haciendo desde que había llegado a West Bend.
Pedro la miró con el ceño fruncido.
—¿Es una especie de diario? —preguntó.
—Sí. Lo encontraron Leticia y la tía Silvia limpiando el desván. Es de nuestra bisabuela. De la abuela de tía Silvia.
—¿Empezó a escribirlo de niña?
—No exactamente. En realidad lo comenzó el día que cumplió dieciocho años —dejó el diario encima del refrigerador—. La cena está lista. ¿Quieres que cenemos fuera?
Pocos minutos después estaban en el patio y Paula contemplaba con deleite a Pedro disfrutando de la cena. Ella, por otra parte, apenas comía. Se limitaba a mover la comida en el plato y a mordisquear algo muy de cuando en cuando.
—¿Te ocurre algo? —preguntó Pedro.
—No —esbozó una sonrisa radiante, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. ¿Has pasado una tarde agradable? — Paula cerró los ojos disgustada. Lo último que le apetecía era conocer detalles sobre la cita de Pedro. ¿Cómo habría sido capaz de hacerle esa pregunta?
—¿Agradable? Me temo que no era ese tipo de cita.
—¿Qué tipo de cita?
—Una cita de la que es posible disfrutar.
—¿Qué tipo de cita has tenido entonces?
—Una cita de trabajo. ¿Qué pensabas? He tenido que ver a un detective privado para un caso en el que estoy trabajando —la miró divertido—. ¿Creías acaso que había tenido una apasionada cita con otra mujer antes de venir a cenar?
—Por supuesto que no —contestó, sintiendo cómo se sonrojaba, y decidió cambiar inmediatamente de tema—. Esta mañana te he visto cortando el césped. No sé por qué, pero pensaba que para ese tipo de tareas contratarías a un jardinero.
—Hace años, cuando mi padre me vendió la casa, tenía uno. Pero un día el hombre no pudo seguir viniendo y me puse a hacer yo el trabajo y descubrí que me gustaba. Cuando era pequeño, lo tomaba como una obligación, pero ahora que lo hago porque quiero, me gusta. Es increíble la satisfacción que te produce verlo todo arreglado.
—A mí me gusta la jardinería por la misma razón. Espero tener un balcón o algo parecido en mi nuevo apartamento, para al menos poder tener macetas. Y algún día me encantaría tener una antigua casa con un enorme jardín.
—¿Tu nuevo apartamento?
—Sí, quiero empezar a buscar trabajo en Charlotte, así que tendré que buscar algún lugar en el que vivir.
Pedro la miró pensativo.
—¿Y por qué no buscas casa en West Bend? No está lejos.
—Creo que me gustará más vivir en Charlotte.
—¿West Bend es demasiado tranquilo para tí?
Paula jugueteó con la comida en el plato mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas para explicar su postura.
—West Bend me parece un lugar maravilloso para vivir, para formar una familia —lo miró a los ojos—. Pero hasta que me case y comience mi vida familiar, preferiría vivir en un lugar en el que haya más actividad —y lejos de la tentación.
—¿Así que quieres atrapar a algún tipo? —preguntó un poco tenso.
—¿Atrapar? Yo no lo diría a sí. Pero me gustaría salir con alguien. No todo el mundo es como tú, Pedro. A mí me gustaría encontrar una pareja con la que compartir mi vida.
Al mirar de nuevo por la ventana, vió que el coche de Pedro no estaba. Ya tendría tiempo de escuchar su mensaje cuando regresara, se dijo.
A las seis de la tarde, todavía no había vuelto a aparecer. Preguntándose si acudiría o no a la cena, Paula comenzó a hornear el pan. Preparó la ensalada y la metió en el refrigerador. Al fin y al cabo, aunque Pedro no apareciera, ella tendría que comer. Se asomó nuevamente a la ventana. ¿Dónde estaría Pedro?
Como a las siete de la tarde no había tenido todavía noticias suyas, dio por sentado que ya no iba a ir. Probablemente habría llamado a su casa para oír los mensajes que le habían dejado en el contestador a lo largo del día.
Paula suspiró suavemente y miró el pan que había metido en el horno. Se pondría pronto a cenar. Mientras el pan terminaba de hacerse, se puso a leer el diario de Norma en la cocina. Una llamada a la puerta la sobresaltó. Fue rápidamente a abrir y descubrió a Pedro en el porche.
—Siento llegar tarde —la saludó con una sonrisa.
—Ya no te esperaba —contestó Paula, pensando en lo atractivo que estaba.
Pedro la miró perplejo.
—Dijiste que la cena era a las siete. Me he retrasado quince minutos, pero no creo que vayas a castigarme por eso. ¿Puedo pasar?
Paula asintió sonrojada y se apartó para que pudiera entrar.
—Mmm. ¡Qué bien huele! ¿Dónde están Leticia y Matías?
—Te he dejado un mensaje en el contestador. Leticia está enferma, así que no van a venir. Te he llamado para decírtelo, pero no te he encontrado.
—No he pasado por casa antes de venir. Y siento que Leticia esté enferma, ¿es algo grave?
—Sólo un catarro, aunque se encuentra fatal. Pero pensé que quizá no querrías venir, sabiendo que sólo iba a estar yo.
—Creo que a pesar de todo seremos capaces de cenar juntos, ¿no crees? —deslizó la mirada por sus hombros desnudos.
—Claro. ¿Quieres una copa de vino? — Paula se volvió, antes de que la traicionaran las rodillas. La mirada que Pedro le había dirigido podría haber derretido un bloque de hielo—. Había pensado que quizá fuera mejor cenar fuera cerca de las siete, pero como no venías, he retrasado el momento de meter el pan en el horno, así que tendremos que esperar. En seguida estará listo.
—Estupendo. Hoy ni siquiera he podido comer. He tenido una cita.
Así que por eso había llegado tarde. Por culpa de una cita. ¿Pero entonces por qué habría ido a cenar? ¿O habría quedado con otra mujer después de que Paula lo invitara? Estuvo a punto de gemir en voz alta. No debería haberlo invitado, se dijo. Y la inquietud que sentía no tenía nada que ver con el hecho de que Pedro hubiera estado con otra mujer. Podía ver a todas las mujeres que quisiera.
¿O no?, la desafió su conciencia.
—Podrías haber llamado, no hacía falta que vinieras —le dijo, intentando imprimir un tono de normalidad a su voz y se volvió hacia él con una copa de vino en la mano. Descubrió a Pedro hojeando el diario de su bisabuela—. ¡No, no leas eso! —corrió hacia él, le tendió la copa y le arrebató el diario. Lo último que quería era Pedro se diera cuenta de lo que había estado haciendo desde que había llegado a West Bend.
Pedro la miró con el ceño fruncido.
—¿Es una especie de diario? —preguntó.
—Sí. Lo encontraron Leticia y la tía Silvia limpiando el desván. Es de nuestra bisabuela. De la abuela de tía Silvia.
—¿Empezó a escribirlo de niña?
—No exactamente. En realidad lo comenzó el día que cumplió dieciocho años —dejó el diario encima del refrigerador—. La cena está lista. ¿Quieres que cenemos fuera?
Pocos minutos después estaban en el patio y Paula contemplaba con deleite a Pedro disfrutando de la cena. Ella, por otra parte, apenas comía. Se limitaba a mover la comida en el plato y a mordisquear algo muy de cuando en cuando.
—¿Te ocurre algo? —preguntó Pedro.
—No —esbozó una sonrisa radiante, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. ¿Has pasado una tarde agradable? — Paula cerró los ojos disgustada. Lo último que le apetecía era conocer detalles sobre la cita de Pedro. ¿Cómo habría sido capaz de hacerle esa pregunta?
—¿Agradable? Me temo que no era ese tipo de cita.
—¿Qué tipo de cita?
—Una cita de la que es posible disfrutar.
—¿Qué tipo de cita has tenido entonces?
—Una cita de trabajo. ¿Qué pensabas? He tenido que ver a un detective privado para un caso en el que estoy trabajando —la miró divertido—. ¿Creías acaso que había tenido una apasionada cita con otra mujer antes de venir a cenar?
—Por supuesto que no —contestó, sintiendo cómo se sonrojaba, y decidió cambiar inmediatamente de tema—. Esta mañana te he visto cortando el césped. No sé por qué, pero pensaba que para ese tipo de tareas contratarías a un jardinero.
—Hace años, cuando mi padre me vendió la casa, tenía uno. Pero un día el hombre no pudo seguir viniendo y me puse a hacer yo el trabajo y descubrí que me gustaba. Cuando era pequeño, lo tomaba como una obligación, pero ahora que lo hago porque quiero, me gusta. Es increíble la satisfacción que te produce verlo todo arreglado.
—A mí me gusta la jardinería por la misma razón. Espero tener un balcón o algo parecido en mi nuevo apartamento, para al menos poder tener macetas. Y algún día me encantaría tener una antigua casa con un enorme jardín.
—¿Tu nuevo apartamento?
—Sí, quiero empezar a buscar trabajo en Charlotte, así que tendré que buscar algún lugar en el que vivir.
Pedro la miró pensativo.
—¿Y por qué no buscas casa en West Bend? No está lejos.
—Creo que me gustará más vivir en Charlotte.
—¿West Bend es demasiado tranquilo para tí?
Paula jugueteó con la comida en el plato mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas para explicar su postura.
—West Bend me parece un lugar maravilloso para vivir, para formar una familia —lo miró a los ojos—. Pero hasta que me case y comience mi vida familiar, preferiría vivir en un lugar en el que haya más actividad —y lejos de la tentación.
—¿Así que quieres atrapar a algún tipo? —preguntó un poco tenso.
—¿Atrapar? Yo no lo diría a sí. Pero me gustaría salir con alguien. No todo el mundo es como tú, Pedro. A mí me gustaría encontrar una pareja con la que compartir mi vida.
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