Hace días, limpiando la habitación de mi abuela conseguí su diario. Ella, con una sonrisa en el rostro, me permitió leerlo.
Fui a mi habitación y a la luz de mi lámpara de noche comencé a leer, dirigiéndome a una época mas fácil, mas sincera, mas real...
***
Todo comenzó en el verano de 1940. antes de que el mundo estuviera en guerra, cuando las aves no le habían dado paso a los aviones y los veleros a los buques con explosivos.
La imprenta de papa había recibido una propuesta muy tentadora en Europa y mama y el planearon dos viajes, el de ellos, y el de mi hermana menor y yo a Carolina del Norte junto a mis abuelos.
Mónica y yo empacamos nuestras cosas con resignación, despidiéndonos del verano que habíamos planeado junto a nuestros amigos. Mi hermana menor y yo compartíamos habitación. Gustos y amistades, suena extraño, viniendo de hermanas, que por ley deben pelear a cada minuto por maquillaje, ropa y salidas. Pero las cosas con Mónica dejaron de ser así hace mucho. Solo tenemos 11 meses de diferencia de edad. Cuando yo apenas tenía dos meses de nacida, mi mama se entero de que había ocurrido un "accidente", y 9 meses mas tarde nació Mónica.
Los días de preadolescente fueron los peores. No parábamos de gritarnos una a otra. Pero ahora cuando tengo 17 años y ella 16 no podemos separarnos. Aparte de ser mi hermana, es mi mejor amiga y mi diario andante.
-No recuerdo Carolina del Norte. - Dijo ella.
-Tampoco yo.
-Habrán chicos? - Preguntó recelosa.
-Supongo. Mamá dijo que la costa es muy bonita, y la casa de los abuelos muy cerca de la playa eso si lo recuerdo.
-Ahhhh.
Recogimos todo y nuestros padres nos llevaron hasta la casa en donde estaríamos por estos 3 meses.
Nunca entenderé como mi memoria pudo suprimir la imagen de esta casa cuando yo era una niña.
La casa era gigantesca, con paredes blancas y un porche gigante. Los arboles de la entrada brindaban un hermoso lugar donde leer por tardes completas ya que no tenia planeado descansar junto a un enamorado.
Al entrar a la gran casa nos acogio un olor a galletas. La abuela estaba horneando mientras el abuelo cortaba leña en el patio trasero. Leña? En verano?
Saludamos a los abuelos. Conversamos durante horas hasta que partieron a Europa.
-Estas hermosa. - Dijo mi abuela mientras me ayudaba a desempacar en la habitación que había pertenecido a mama.
-Gracias abuela. - Y le sonreí.
-Mónica es tonta, prefirió el cuarto de huéspedes en vez de quedarse aquí. Esta es una de las mejores habitaciones de la casa.
-Veo por que mamá la amaba.
La amplia habitación tenía un balcón que daba al patio trasero, y lo mejor, la playa. Desde ahí podía ver la arena y el mar que ahora estaba completamente oscuro y en calma acompañado de estrellas que brillaban en el cielo.
Escuchaba los grillos, y al sentir la brisa del viento supe lo fascinante que era este lugar.
-Y donde esta Isabella? - Pregunté dudosa.
Isabella, nuestra pequeña tía Isabella. Apenas tenía 22 años. La hermana menor de mama. Jamas le digas tía, o te golpeará en la cara.
-Salió con Lucas. - Dijo mi abuela. - Casi nunca se separan.
-Cuando es la boda?
-En invierno, así que te veré de nuevo muy pronto.
-Me veras todos los días durante tres meses. Estoy segura de que llegara el momento en el que odiaras.
-No lo creo. - Dijo ella con seguridad.
Solo sonreí y terminé de guardar mi ropa en los cajones, mis libros en la repisa y mi neceser al alcance.
Cuando estuve sola, me puse mi pijama y me acosté en la gran cama. Era verano, pero el viento estaba helado. Definitivamente no entendía este lugar.
jueves, 2 de julio de 2015
Para Toda La vida: Sinopsis
¿Cual es el significado de ''Verdadero Amor?"
Muchos no tienen una respuesta concreta. Otros, sin embargo, pueden contestarlo con una facilidad extraordinaria. Yo, por ejemplo, lo describo como algo perfecto, único… De esas oportunidades que solo se encuentran una vez.
El verdadero amor es soñado, llega cuando menos lo esperas y cuando mas lo necesitas en tu vida. El te completa, te nutre… El verdadero amor es magia, es encanto, es pasión… Solo la misma palabra lo describe, es un amor verdadero, sincero, transparente, puro…
Por que comienzo esta historia hablándoles del verdadero amor?
Pues porque es una manera fácil de comenzar a narrar lo que me llevo a donde estoy. Me encuentro entre los afortunados que lo conocieron.
Aunque al principio, no por mi parte. Sino leyéndolo en las paginas desgastadas del diario de mi abuela. Párrafos y párrafos enteros que contaban su gran historia.
Párrafos que me llevaron a comprender un poco más el universo.
A creer en los sueños.
Muchos no tienen una respuesta concreta. Otros, sin embargo, pueden contestarlo con una facilidad extraordinaria. Yo, por ejemplo, lo describo como algo perfecto, único… De esas oportunidades que solo se encuentran una vez.
El verdadero amor es soñado, llega cuando menos lo esperas y cuando mas lo necesitas en tu vida. El te completa, te nutre… El verdadero amor es magia, es encanto, es pasión… Solo la misma palabra lo describe, es un amor verdadero, sincero, transparente, puro…
Por que comienzo esta historia hablándoles del verdadero amor?
Pues porque es una manera fácil de comenzar a narrar lo que me llevo a donde estoy. Me encuentro entre los afortunados que lo conocieron.
Aunque al principio, no por mi parte. Sino leyéndolo en las paginas desgastadas del diario de mi abuela. Párrafos y párrafos enteros que contaban su gran historia.
Párrafos que me llevaron a comprender un poco más el universo.
A creer en los sueños.
martes, 30 de junio de 2015
Amor Del Corazón: Capítulo 33
—Ahora mismo vuelvo.
Llevó a la niña a su habitación y la puso en la cuna con cuidado. Pero Sofía no se despertó. La cubrió con una colcha y se dio la vuelta.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Paula cuando Pedro volvió.
Él sonrió y la estrechó entre sus brazos.
—Quiero decir que hemos pasado momentos difíciles, como tu falta de confianza y la aversión hacia las empresas Balcomb, la enfermedad de mi abuelo y la encantadora de mi madre.
—Y también que mi vida ha cambiado a causa de un hombre muy exigente.
—Y también que has tenido un idilio con él —suavemente se inclinó y la besó—. Quiero que ese idilio continúe hasta la muerte —dijo en voz baja, besándole las mejillas, los párpados, el cuello.
—¿Cómo?
Paula sabía que estaba soñando y que nada era lo que parecía. Entonces abrió los ojos.
—¿Qué has dicho?
Pedro la miró con ternura.
—Quiero que nuestro idilio dure hasta la muerte.
Lo dijo en voz alta, con claridad. No lo había soñado entonces, no se había imaginado esas palabras.
Se quedó embobada contemplando aquel rostro tan querido.
—Dime que sí, Paula.
—Pensé que amabas a Fernanda—soltó ella.
Él sacudió la cabeza.
—Quizá pensara eso en un momento dado, pero comparado con el amor verdadero ahora me doy cuenta de que no la quería.
—¿El amor verdadero?
A Paula se le levantó el ánimo. ¿Pedro la amaba?
—Sí. Tú.
—¿Me quieres?
Él asintió.
—Yo también. Es decir, yo también te quiero. No sé cómo ocurrió, pero sé que una mañana me levanté y me dije que tú eras todo lo que deseaba en el mundo. Lo que pasa es que todo esto ha sido tan difícil y confuso...
Pedro sonrió de oreja a oreja antes de besarla con pasión. Paula le respondió con fervor, intentando así demostrarle lo mucho que lo amaba. Cuando la levantó en brazos con la misma facilidad que a Sofía, Paula se agarró a él con fuerza. Y seguiría agarrándose con fuerza a ese hombre mientras viviera.
Pedro se sentó en el sofá, acunándola suavemente.
—Todavía no has dicho que sí.
—Oh, sí, sí, sí, sí. No me lo puedo creer. ¿Es verdad que me amas?
No estaba soñando. Todo aquello era real, ¿o no?
—Te quiero de verdad, Paula; más de lo que puedo expresar con palabras. Quiero verte en casa a la vuelta del trabajo, quiero charlar contigo de todo lo que haga durante el día. Quiero verte criar a nuestros hijos y quiero que vayamos a navegar juntos. Eso será algo que hagamos tú y yo solos.
—No puedo creerlo. Oh, Pedro.
Se echó hacia delante y lo besó de nuevo. Durante largo rato se desconectaron del mundo exterior, aturdidos por la confesión de su amor mutuo.
Paula lo amaba tanto que no podía creer que se hubiera producido ese milagro de amor.
—Te has casado con un hombre exigente, lo sabes —le dijo caprichosamente, jugueteando con sus dedos.
Ella asintió sonriendo. Hasta el momento sus exigencias habían sido iguales a las de ella.
—Y siempre dirigiré las empresas Zolezzi. Pero he llevado a cabo algunos cambios, cariño; la seguridad es ahora prioritaria.
—Gracias.
—Siento que Ellie nunca pueda conocer a su padre, pero haré lo posible para ser el padre que deseas para ella. La quiero con locura, ya lo sabes, y nunca haré nada que pueda perjudicarla.
—Serás un padre maravilloso, Pedro. Sofía será la niña más afortunada del mundo. Pensé que no tendría nunca padre, después de divorciarnos.
—Si hubiera querido divorciarme de ti no te habría propuesto mantener un idilio. Pero pensé que esa sería una forma de llegar a ti. Te he deseado desde que te vi aquí mismo hace unas semanas. Cuando te casaste conmigo estaba agradecido a ti, pero la rabia me cegó y no fui capaz de ver cómo eras. Cuando me abriste la puerta, me quedé boquiabierto. Pero tú te ceñiste a las condiciones del acuerdo y yo empecé a desesperarme.
—Oh, Pedro, estaba muy fea en las últimas semanas de embarazo. Y estaba tan preocupada... Tú te hiciste cargo de mí y de Sofía desde el principio. ¿Cómo no iba a quererte?
—No quiero gratitud. Dios mío, Paula, no me digas que estás tan agradecida hacia mí que lo estás confundiendo con el amor.
—Claro que no, tonto. Al principio estaba agradecida, hasta que me pediste que fingiera ser tu amante esposa. Cuando me dijiste que querías tener una relación conmigo me emocioné; me sentí tan atrevida y deseable. Y ya había empezado a enamorarme de ti.
—No creo que te des cuenta de lo deseable que eres. Pero haré lo posible durante los cincuenta o sesenta años próximos para demostrártelo. ¿Y bien, estás lista ahora para volver a casa? —miró a su alrededor—. Vuelve conmigo, cielo mío, y no te vayas nunca.
—A lo mejor tu madre no me aceptará nunca —dijo lentamente, todavía sin poder creer que todos sus sueños se estaban haciendo realidad.
—Quizá nunca se muestre muy cariñosa, pero acabará aceptándote. Sobre todo si le damos más nietos. Le tiene bastante cariño a Sofía; me preguntó por ella ayer y parecía bastante disgustada al ver que no estabas en casa. Parece ser que el sábado la ayudaste y quería darte las gracias por eso. Además, no va a vivir con nosotros; ella tiene su propia casa y círculo de amistades. No la veas como un obstáculo, Paula.
—No quiero causar tensiones en tu familia.
—Tú eres parte de mi familia y mi madre acabará por aceptarlo. Roberto lo hizo, ya lo sabes.
—¿Qué quieres decir?
—Al final añadió un codición a su testamento y les ha dejado una pequeña suma a tí y a Sofía. No sé si al final sospechó algo, pero los términos están bien claros; se los ha dejado a tí y a Sofía por separado, no como madre e hija. Estaba como loco con la niña.
Ella asintió, recordando las tardes pasadas en la habitación del enfermo y las veces que Roberto había expresado su deseo de que Sofía lo llamara abuelo.
—Cuando sea mayor le enseñaremos su foto y a que lo llame abuelo —dijo Paula en voz baja.
Pedro se aclaró la voz.
—Eso le habría gustado mucho.
Paula se levantó de un salto y fue hacia el dormitorio.
—Voy a hacer las maletas.
Pedro la siguió.
—Eso puede esperar. Enviaremos a Mirta o a Sara y ellas se encargarán de hacerlo todo. Cancelaremos el contrato de arrendamiento del piso para que no tengas ningún lugar a donde escapar en el futuro.
Ella soltó una carcajada y se echó a sus brazos.
—¡Pedro, te quiero tanto! Jamás querré escapar a ningún sitio, sobre todo ahora que sé que tú me amas. Vayámonos a casa. El sábado iremos a ver ese barco velero.
FIN
Llevó a la niña a su habitación y la puso en la cuna con cuidado. Pero Sofía no se despertó. La cubrió con una colcha y se dio la vuelta.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Paula cuando Pedro volvió.
Él sonrió y la estrechó entre sus brazos.
—Quiero decir que hemos pasado momentos difíciles, como tu falta de confianza y la aversión hacia las empresas Balcomb, la enfermedad de mi abuelo y la encantadora de mi madre.
—Y también que mi vida ha cambiado a causa de un hombre muy exigente.
—Y también que has tenido un idilio con él —suavemente se inclinó y la besó—. Quiero que ese idilio continúe hasta la muerte —dijo en voz baja, besándole las mejillas, los párpados, el cuello.
—¿Cómo?
Paula sabía que estaba soñando y que nada era lo que parecía. Entonces abrió los ojos.
—¿Qué has dicho?
Pedro la miró con ternura.
—Quiero que nuestro idilio dure hasta la muerte.
Lo dijo en voz alta, con claridad. No lo había soñado entonces, no se había imaginado esas palabras.
Se quedó embobada contemplando aquel rostro tan querido.
—Dime que sí, Paula.
—Pensé que amabas a Fernanda—soltó ella.
Él sacudió la cabeza.
—Quizá pensara eso en un momento dado, pero comparado con el amor verdadero ahora me doy cuenta de que no la quería.
—¿El amor verdadero?
A Paula se le levantó el ánimo. ¿Pedro la amaba?
—Sí. Tú.
—¿Me quieres?
Él asintió.
—Yo también. Es decir, yo también te quiero. No sé cómo ocurrió, pero sé que una mañana me levanté y me dije que tú eras todo lo que deseaba en el mundo. Lo que pasa es que todo esto ha sido tan difícil y confuso...
Pedro sonrió de oreja a oreja antes de besarla con pasión. Paula le respondió con fervor, intentando así demostrarle lo mucho que lo amaba. Cuando la levantó en brazos con la misma facilidad que a Sofía, Paula se agarró a él con fuerza. Y seguiría agarrándose con fuerza a ese hombre mientras viviera.
Pedro se sentó en el sofá, acunándola suavemente.
—Todavía no has dicho que sí.
—Oh, sí, sí, sí, sí. No me lo puedo creer. ¿Es verdad que me amas?
No estaba soñando. Todo aquello era real, ¿o no?
—Te quiero de verdad, Paula; más de lo que puedo expresar con palabras. Quiero verte en casa a la vuelta del trabajo, quiero charlar contigo de todo lo que haga durante el día. Quiero verte criar a nuestros hijos y quiero que vayamos a navegar juntos. Eso será algo que hagamos tú y yo solos.
—No puedo creerlo. Oh, Pedro.
Se echó hacia delante y lo besó de nuevo. Durante largo rato se desconectaron del mundo exterior, aturdidos por la confesión de su amor mutuo.
Paula lo amaba tanto que no podía creer que se hubiera producido ese milagro de amor.
—Te has casado con un hombre exigente, lo sabes —le dijo caprichosamente, jugueteando con sus dedos.
Ella asintió sonriendo. Hasta el momento sus exigencias habían sido iguales a las de ella.
—Y siempre dirigiré las empresas Zolezzi. Pero he llevado a cabo algunos cambios, cariño; la seguridad es ahora prioritaria.
—Gracias.
—Siento que Ellie nunca pueda conocer a su padre, pero haré lo posible para ser el padre que deseas para ella. La quiero con locura, ya lo sabes, y nunca haré nada que pueda perjudicarla.
—Serás un padre maravilloso, Pedro. Sofía será la niña más afortunada del mundo. Pensé que no tendría nunca padre, después de divorciarnos.
—Si hubiera querido divorciarme de ti no te habría propuesto mantener un idilio. Pero pensé que esa sería una forma de llegar a ti. Te he deseado desde que te vi aquí mismo hace unas semanas. Cuando te casaste conmigo estaba agradecido a ti, pero la rabia me cegó y no fui capaz de ver cómo eras. Cuando me abriste la puerta, me quedé boquiabierto. Pero tú te ceñiste a las condiciones del acuerdo y yo empecé a desesperarme.
—Oh, Pedro, estaba muy fea en las últimas semanas de embarazo. Y estaba tan preocupada... Tú te hiciste cargo de mí y de Sofía desde el principio. ¿Cómo no iba a quererte?
—No quiero gratitud. Dios mío, Paula, no me digas que estás tan agradecida hacia mí que lo estás confundiendo con el amor.
—Claro que no, tonto. Al principio estaba agradecida, hasta que me pediste que fingiera ser tu amante esposa. Cuando me dijiste que querías tener una relación conmigo me emocioné; me sentí tan atrevida y deseable. Y ya había empezado a enamorarme de ti.
—No creo que te des cuenta de lo deseable que eres. Pero haré lo posible durante los cincuenta o sesenta años próximos para demostrártelo. ¿Y bien, estás lista ahora para volver a casa? —miró a su alrededor—. Vuelve conmigo, cielo mío, y no te vayas nunca.
—A lo mejor tu madre no me aceptará nunca —dijo lentamente, todavía sin poder creer que todos sus sueños se estaban haciendo realidad.
—Quizá nunca se muestre muy cariñosa, pero acabará aceptándote. Sobre todo si le damos más nietos. Le tiene bastante cariño a Sofía; me preguntó por ella ayer y parecía bastante disgustada al ver que no estabas en casa. Parece ser que el sábado la ayudaste y quería darte las gracias por eso. Además, no va a vivir con nosotros; ella tiene su propia casa y círculo de amistades. No la veas como un obstáculo, Paula.
—No quiero causar tensiones en tu familia.
—Tú eres parte de mi familia y mi madre acabará por aceptarlo. Roberto lo hizo, ya lo sabes.
—¿Qué quieres decir?
—Al final añadió un codición a su testamento y les ha dejado una pequeña suma a tí y a Sofía. No sé si al final sospechó algo, pero los términos están bien claros; se los ha dejado a tí y a Sofía por separado, no como madre e hija. Estaba como loco con la niña.
Ella asintió, recordando las tardes pasadas en la habitación del enfermo y las veces que Roberto había expresado su deseo de que Sofía lo llamara abuelo.
—Cuando sea mayor le enseñaremos su foto y a que lo llame abuelo —dijo Paula en voz baja.
Pedro se aclaró la voz.
—Eso le habría gustado mucho.
Paula se levantó de un salto y fue hacia el dormitorio.
—Voy a hacer las maletas.
Pedro la siguió.
—Eso puede esperar. Enviaremos a Mirta o a Sara y ellas se encargarán de hacerlo todo. Cancelaremos el contrato de arrendamiento del piso para que no tengas ningún lugar a donde escapar en el futuro.
Ella soltó una carcajada y se echó a sus brazos.
—¡Pedro, te quiero tanto! Jamás querré escapar a ningún sitio, sobre todo ahora que sé que tú me amas. Vayámonos a casa. El sábado iremos a ver ese barco velero.
FIN
Amor Del Corazón: Capítulo 32
El lunes por la noche Paula lloró en la cama hasta que se quedó dormida. Echaba de menos a Pedro, su calor, las caricias y al hombre en sí. Pero sabía que era hora de continuar con su vida. Sólo le hubiera gustado que se lo hubiera dicho él en lugar de Fernanda.
El martes Paula deshizo las maletas y visitó a su vecina. Sacó a Sofía a pasear por el parque y la observó mirando las hojas de los eucaliptos que se mecían al viento. Entonces recordó el jardín de Pedro. En aquel parque no había flores para que jugara el bebé. Pero la hierba estaba verde, el cielo azul y la brisa cálida y agradable.
Le dolía el corazón. Sabía que olvidaría a Pedro, quizá para cuando cumpliera cien años, pero de momento su vida se le antojaba vacía y estéril sin él.
El miércoles Paula dejó a Sofía con la señora Heinemyer y tomó un autobús hasta la librería. Le preguntó al encargado si había algún puesto vacante y cuando él le ofreció su antiguo empleo, lo aceptó. No quería pasar tiempo lejos de Sofía, pero había llegado el momento de prepararse para el futuro. Lo que había ahorrado durante los últimos meses no iba a durarle toda la vida. Además, quería reservarlo por si se le presentaba alguna emergencia. Al menos pensó que podría arreglárselas con un empleo y esperó no tener que volver a trabajar en el café por las noches también.
Pedro no tenía la obligación de mantenerlas a partir de ese momento. Una vez llevado a cabo el divorcio, todos los vínculos se romperían.
Paula recogió a Sofía después de la siesta y sólo se quedó un momento a charlar con Alicia Heinemyer pues tenía ganas de llegar a casa.
La señora Heinemyer había accedido a cuidar de Sofía mientras Paula trabajara y a ella le parecía algo estupendo. La señora Heinemyer conocía a Sofía desde su nacimiento y Paula sabía que la mujer la cuidaría muy bien.
—A partir de ahora verás mucho a la señora Heinemyer —dijo Paula con un hilo de voz mientras bajaba las escaleras.
Al darse cuenta de que no iba a ver a Sofía tanto como antes se le hizo un nudo en la garganta.
Al llegar a su piso se paró en seco. Pedro estaba allí, apoyado contra la pared junto a su puerta.
—¿Dónde diablos has estado? —rugió.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó, sorprendida de verlo.
Su apariencia la asombró. Vestía un traje impecable, pero la expresión de cansancio de su rostro no pasaba desapercibida.
—Me doy cuenta de que Roberto no te caía demasiado bien y por eso te agradezco que fueras al funeral. Pero podrías haber esperado un par de días antes de desaparecer. Sé que nuestro trato consistía en fingir ser una pareja feliz hasta que él muriera, pero no creo que tuvieras que marcharte tan pronto.
Al oír la voz de Pedro, Sofía volvió la cabeza; sonrió y le echó los brazos.
Paula deseaba decirle que no le hubiera hecho falta marcharse si él le hubiera dado alguna señal de que quería que se quedara. Pero en vez de eso se había puesto a hablar de boda con Fernanda.
Pedro sacó a la niña del carro y la levantó en brazos. Sofía estaba encantada de verlo; estiró un bracito y le agarró de la corbata.
—No había motivo para alargar más las cosas —dijo Paula.
Paula abrió la puerta y él la siguió adentro.
—No fuimos a nuestra cita del sábado con la agencia de veleros —dijo Pedro después de cerrar la puerta.
—Dios mío, Pedro. Tu abuelo acababa de morir y desde luego no creo que fuera el momento de ir a comprar un barco.
Pedro colocó a Sofía en la silla y miró a su alrededor. Fue hacia el sofá, se quitó la americana y se sentó.
—Yo tampoco, por eso cancelé la cita y he concertado otra para el sábado que viene. ¿Estás libre este sábado?
Paula lo miró. ¿Quería Pedro que lo acompañara a mirar barcos de vela? Muy despacio, medio aturdida, fue hacia una silla, se sentó y colocó a Sofía entre ellos en el suelo. El bebé miró a Pedro y sonrió.
—¿Y qué pasa con Fernanda? —preguntó Paula.
—¿Qué pasa con ella?
Se recostó sobre el respaldo y cerró los ojos.
—No te duermas —lo avisó.
Pedro sonrió tristemente, pero no abrió los ojos.
—No lo haré; al menos intentaré no hacerlo. Pero esta es la primera vez que me relajo desde que la enfermera Spencer me despertó el sábado por la mañana.
—Sé que lo echarás de menos —dijo con suavidad.
—Por muchos fallos que tuviera era mi abuelo.
Pedro se quedó tanto rato callado que Paula se preguntó si se habría dormido.
—Él te quería mucho, pero le gustaba mandar. Se parecen mucho, por eso chocaban tanto de mayores.
Al oír eso Pedro abrió los ojos.
—Sí, me gusta mandar. ¿Te molesta?
Se encogió de hombros, levantó la cabeza y lo miró. ¿Para qué habría pasado por allí? ¿Sería para hablar del divorcio? ¿No lo podrían haber hecho sus abogados por él? Lo miró y se le derritió el corazón. Deseaba abrazarlo y que él la abrazara también.
—¿Por qué te marchaste tan aprisa? —le preguntó Pedro.
Paula se miró las manos, rezando para que no se le saltaran las lágrimas. Tragó saliva con dificultad y carraspeó.
—Había llegado el momento —dijo.
—Mi madre ha vuelto a su casa y Roberto ya no está entre nosotros. Además, pensé que teníamos un idilio.
Paula levantó la vista.
—¿Un idilio? ¿Por cuánto tiempo? Fernanda me dijo que ustedes habían hablado de matrimonio.
Pedro abrió los ojos como platos y la miró con perplejidad.
—¿Qué es lo que ha dicho?
—Dijo que habían hablado de matrimonio.
Le costó bastante decirlo.
—¿Cuándo?
—El lunes, después del funeral.
—Paula, enterramos a mi abuelo el lunes. ¿Crees que me habría puesto a hablar de matrimonio con quien fuera ese mismo día?
—No sé cuándo hablaron de ello. Fernanda me lo dijo el lunes, en el jardín, después del funeral.
—¿Y por eso hiciste la maleta y te largaste?
—No me largué exactamente; volví a casa.
—Pensaba que estabas en casa viviendo conmigo.
Paula no dijo nada; no había nada más que decir.
El bebé empezó a protestar y Pedro miró a Sofía, entonces su expresión se suavizó.
—¿Cómo ha estado la niña?
—Bien.
El dolor la había pillado de imprevisto. Pedro miraba a Sofía con amor, pero no era su padre y nunca lo sería.
Se volvió a recostar en el sofá y cerró los ojos otra vez.
—Dios mío, el despacho ha sido la locura hoy. Me han llamado cientos de personas para darme el pésame. Algunos de los veteranos me han estado preguntando cuánto iban a cambiar las cosas. Llevo un año dirigiendo la empresa y todavía piensan que la muerte de Roberto va a hacer que las cosas sean muy diferentes. Supongo que pensaban que él seguía al mando.
Sofía volvió a protestar y Pedro la levantó en brazos. La niña se acurrucó contra su pecho y Pedro le empezó a dar palmaditas en la espalda. En menos de un minuto cerró los ojos, se acurrucó un poco más y se durmió. Pedro se recostó de nuevo, abrazando a la niña con fuerza.
—¿Y tú qué has hecho hoy? —le preguntó Pedro.
—He ido a la librería a ver si podían darme mi antiguo empleo —contestó sin rodeos.
Pedro apretó los labios, pero de momento no dijo nada. Estuvieron en silencio los dos un buen rato, entonces Pedro suspiró.
—Vuelve a casa, Paula. Te echo de menos.
El corazón le dio un vuelco al oírlo. Por un instante la esperanza renació.
—¿Y qué pasa con Fernanda?
—La última vez que le hablé de matrimonio fue hace unos seis meses. Ella aceptó mi proposición, pero luego me enteré de lo que ella, mi abuelo y mi madre habían maquinado. Desde entonces no hemos vuelto a hablar de ello. Además, ya estoy casado. No habrás pensado que voy a hablarle de matrimonio a otra persona estando casado contigo, ¿no?
—Normalmente no, pero el nuestro no es un matrimonio real.
—Cariño, el nuestro es todo lo real que puede ser un matrimonio. Por las tardes estoy deseando volver a casa. Al verlas a tí y a Sofía esperándome a la puerta me doy cuenta de que todo lo que hago merece la pena. Sé que no me he portado bien cuando Roberto murió, pero es que no esperaba que me afectara tanto. Cuando llegué a casa ayer deseé que todo volviera a ser como era antes, sólo que tú y Sofia no estaban allí.
—La razón por la que nos casamos ya no existía —dijo, deseando poder verle los ojos, deseando poder estar segura de lo que estaba pasando.
¿Sería que Pedro quería que se quedaran juntos un poco más? ¿O qué?
—No existía ya la razón por la que nos casamos. ¿Pero acaso quiere decir eso que no puedan existir razones para seguir casados? Y además, necesitaba pasar unos días a solas. Yo no he dormido y no quería molestar tu sueño.
—¿Qué quieres decir?
De nuevo se sintió esperanzada.
Pedro se levantó.
El martes Paula deshizo las maletas y visitó a su vecina. Sacó a Sofía a pasear por el parque y la observó mirando las hojas de los eucaliptos que se mecían al viento. Entonces recordó el jardín de Pedro. En aquel parque no había flores para que jugara el bebé. Pero la hierba estaba verde, el cielo azul y la brisa cálida y agradable.
Le dolía el corazón. Sabía que olvidaría a Pedro, quizá para cuando cumpliera cien años, pero de momento su vida se le antojaba vacía y estéril sin él.
El miércoles Paula dejó a Sofía con la señora Heinemyer y tomó un autobús hasta la librería. Le preguntó al encargado si había algún puesto vacante y cuando él le ofreció su antiguo empleo, lo aceptó. No quería pasar tiempo lejos de Sofía, pero había llegado el momento de prepararse para el futuro. Lo que había ahorrado durante los últimos meses no iba a durarle toda la vida. Además, quería reservarlo por si se le presentaba alguna emergencia. Al menos pensó que podría arreglárselas con un empleo y esperó no tener que volver a trabajar en el café por las noches también.
Pedro no tenía la obligación de mantenerlas a partir de ese momento. Una vez llevado a cabo el divorcio, todos los vínculos se romperían.
Paula recogió a Sofía después de la siesta y sólo se quedó un momento a charlar con Alicia Heinemyer pues tenía ganas de llegar a casa.
La señora Heinemyer había accedido a cuidar de Sofía mientras Paula trabajara y a ella le parecía algo estupendo. La señora Heinemyer conocía a Sofía desde su nacimiento y Paula sabía que la mujer la cuidaría muy bien.
—A partir de ahora verás mucho a la señora Heinemyer —dijo Paula con un hilo de voz mientras bajaba las escaleras.
Al darse cuenta de que no iba a ver a Sofía tanto como antes se le hizo un nudo en la garganta.
Al llegar a su piso se paró en seco. Pedro estaba allí, apoyado contra la pared junto a su puerta.
—¿Dónde diablos has estado? —rugió.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó, sorprendida de verlo.
Su apariencia la asombró. Vestía un traje impecable, pero la expresión de cansancio de su rostro no pasaba desapercibida.
—Me doy cuenta de que Roberto no te caía demasiado bien y por eso te agradezco que fueras al funeral. Pero podrías haber esperado un par de días antes de desaparecer. Sé que nuestro trato consistía en fingir ser una pareja feliz hasta que él muriera, pero no creo que tuvieras que marcharte tan pronto.
Al oír la voz de Pedro, Sofía volvió la cabeza; sonrió y le echó los brazos.
Paula deseaba decirle que no le hubiera hecho falta marcharse si él le hubiera dado alguna señal de que quería que se quedara. Pero en vez de eso se había puesto a hablar de boda con Fernanda.
Pedro sacó a la niña del carro y la levantó en brazos. Sofía estaba encantada de verlo; estiró un bracito y le agarró de la corbata.
—No había motivo para alargar más las cosas —dijo Paula.
Paula abrió la puerta y él la siguió adentro.
—No fuimos a nuestra cita del sábado con la agencia de veleros —dijo Pedro después de cerrar la puerta.
—Dios mío, Pedro. Tu abuelo acababa de morir y desde luego no creo que fuera el momento de ir a comprar un barco.
Pedro colocó a Sofía en la silla y miró a su alrededor. Fue hacia el sofá, se quitó la americana y se sentó.
—Yo tampoco, por eso cancelé la cita y he concertado otra para el sábado que viene. ¿Estás libre este sábado?
Paula lo miró. ¿Quería Pedro que lo acompañara a mirar barcos de vela? Muy despacio, medio aturdida, fue hacia una silla, se sentó y colocó a Sofía entre ellos en el suelo. El bebé miró a Pedro y sonrió.
—¿Y qué pasa con Fernanda? —preguntó Paula.
—¿Qué pasa con ella?
Se recostó sobre el respaldo y cerró los ojos.
—No te duermas —lo avisó.
Pedro sonrió tristemente, pero no abrió los ojos.
—No lo haré; al menos intentaré no hacerlo. Pero esta es la primera vez que me relajo desde que la enfermera Spencer me despertó el sábado por la mañana.
—Sé que lo echarás de menos —dijo con suavidad.
—Por muchos fallos que tuviera era mi abuelo.
Pedro se quedó tanto rato callado que Paula se preguntó si se habría dormido.
—Él te quería mucho, pero le gustaba mandar. Se parecen mucho, por eso chocaban tanto de mayores.
Al oír eso Pedro abrió los ojos.
—Sí, me gusta mandar. ¿Te molesta?
Se encogió de hombros, levantó la cabeza y lo miró. ¿Para qué habría pasado por allí? ¿Sería para hablar del divorcio? ¿No lo podrían haber hecho sus abogados por él? Lo miró y se le derritió el corazón. Deseaba abrazarlo y que él la abrazara también.
—¿Por qué te marchaste tan aprisa? —le preguntó Pedro.
Paula se miró las manos, rezando para que no se le saltaran las lágrimas. Tragó saliva con dificultad y carraspeó.
—Había llegado el momento —dijo.
—Mi madre ha vuelto a su casa y Roberto ya no está entre nosotros. Además, pensé que teníamos un idilio.
Paula levantó la vista.
—¿Un idilio? ¿Por cuánto tiempo? Fernanda me dijo que ustedes habían hablado de matrimonio.
Pedro abrió los ojos como platos y la miró con perplejidad.
—¿Qué es lo que ha dicho?
—Dijo que habían hablado de matrimonio.
Le costó bastante decirlo.
—¿Cuándo?
—El lunes, después del funeral.
—Paula, enterramos a mi abuelo el lunes. ¿Crees que me habría puesto a hablar de matrimonio con quien fuera ese mismo día?
—No sé cuándo hablaron de ello. Fernanda me lo dijo el lunes, en el jardín, después del funeral.
—¿Y por eso hiciste la maleta y te largaste?
—No me largué exactamente; volví a casa.
—Pensaba que estabas en casa viviendo conmigo.
Paula no dijo nada; no había nada más que decir.
El bebé empezó a protestar y Pedro miró a Sofía, entonces su expresión se suavizó.
—¿Cómo ha estado la niña?
—Bien.
El dolor la había pillado de imprevisto. Pedro miraba a Sofía con amor, pero no era su padre y nunca lo sería.
Se volvió a recostar en el sofá y cerró los ojos otra vez.
—Dios mío, el despacho ha sido la locura hoy. Me han llamado cientos de personas para darme el pésame. Algunos de los veteranos me han estado preguntando cuánto iban a cambiar las cosas. Llevo un año dirigiendo la empresa y todavía piensan que la muerte de Roberto va a hacer que las cosas sean muy diferentes. Supongo que pensaban que él seguía al mando.
Sofía volvió a protestar y Pedro la levantó en brazos. La niña se acurrucó contra su pecho y Pedro le empezó a dar palmaditas en la espalda. En menos de un minuto cerró los ojos, se acurrucó un poco más y se durmió. Pedro se recostó de nuevo, abrazando a la niña con fuerza.
—¿Y tú qué has hecho hoy? —le preguntó Pedro.
—He ido a la librería a ver si podían darme mi antiguo empleo —contestó sin rodeos.
Pedro apretó los labios, pero de momento no dijo nada. Estuvieron en silencio los dos un buen rato, entonces Pedro suspiró.
—Vuelve a casa, Paula. Te echo de menos.
El corazón le dio un vuelco al oírlo. Por un instante la esperanza renació.
—¿Y qué pasa con Fernanda?
—La última vez que le hablé de matrimonio fue hace unos seis meses. Ella aceptó mi proposición, pero luego me enteré de lo que ella, mi abuelo y mi madre habían maquinado. Desde entonces no hemos vuelto a hablar de ello. Además, ya estoy casado. No habrás pensado que voy a hablarle de matrimonio a otra persona estando casado contigo, ¿no?
—Normalmente no, pero el nuestro no es un matrimonio real.
—Cariño, el nuestro es todo lo real que puede ser un matrimonio. Por las tardes estoy deseando volver a casa. Al verlas a tí y a Sofía esperándome a la puerta me doy cuenta de que todo lo que hago merece la pena. Sé que no me he portado bien cuando Roberto murió, pero es que no esperaba que me afectara tanto. Cuando llegué a casa ayer deseé que todo volviera a ser como era antes, sólo que tú y Sofia no estaban allí.
—La razón por la que nos casamos ya no existía —dijo, deseando poder verle los ojos, deseando poder estar segura de lo que estaba pasando.
¿Sería que Pedro quería que se quedaran juntos un poco más? ¿O qué?
—No existía ya la razón por la que nos casamos. ¿Pero acaso quiere decir eso que no puedan existir razones para seguir casados? Y además, necesitaba pasar unos días a solas. Yo no he dormido y no quería molestar tu sueño.
—¿Qué quieres decir?
De nuevo se sintió esperanzada.
Pedro se levantó.
Amor Del Corazón:. Capítulo 31
Alguien llamó a la puerta.
—¿Ana? —Fernanda Alvarez entró—. Oh, Ana, lo siento tanto. He venido en cuanto me he enterado —Fernanda cruzó la habitación a toda prisa—. ¿Qué puedo hacer? Podría quedarme contigo para ayudarte a comprarte la ropa adecuada, o a contestar cartas o para cualquier cosa que necesites.
Ana se incorporó con el trapo húmedo en la mano.
—Hola Fernanda. Sabía que podía contar contigo —miró a Paula pero vaciló, como si dudara de qué decir.
—Bueno, yo las dejo —dijo Paula con naturalidad.
Se levantó y salió del dormitorio. Sabía que no era la mujer que Ana deseaba como compañía en aquellos momentos, pero hubiera deseado que no fuera Fernanda la que se quedara.
Fue al piso de abajo y se asomó al salón. Había al menos ocho personas aparte de Pedro. La mayoría eran mayores, sin duda contemporáneos de Roberto.
El hecho de no servirle de ayuda a Pedro la irritaba; deseaba hacer algo por él y no que la relegaran a un segundo plano como si fuera un trasto inútil.
Claro que, a lo mejor así era como la veía Pedro. Roberto había muerto y su trato terminaba con ese acontecimiento. Pedro ya no la necesitaba.
Esa noche Pedro no se acostó. Paula se quedó despierta mucho rato después de apagar la luz, esperándolo. Finalmente se dio por vencida. No sabía dónde estaba durmiendo, sólo que desde luego no era con ella.
El domingo le pidió a José que la llevara a ella y a la niña a su apartamento. Llamó a algunos amigos y pasó un rato con ellos, intentando volver a la rutina de antes. Quedó con una pareja para comer al final de la semana y eso le hizo sentirse mejor. Al menos había gente que la apreciaba tal y como era.
Después de la siesta de Sofía volvieron a casa de Pedro. Ese día había otras personas en la casa y Ana estaba sentada en el sofá del salón. Fernanda estaba a su lado, muy solícita. Paula se sintió casi invisible cuando subió las escaleras con Sofía. Se preguntó si alguien se había dado cuenta de que no habían estado en casa en todo el día.
El funeral se celebró el lunes. Paula le pidió a Sara que cuidará de Sofía y se puso el traje negro que había recogido del apartamento. Tenía ojeras, señal de que había dormido poco. Pedro no había dormido en la cama con ella desde el viernes por la noche.
Al bajar las escaleras se dio cuenta de lo silenciosa que parecía la casa sin las visitas. Después del funeral habían invitado a varias docenas de personas a la casa, pero en ese momento reinaba el silencio. Paula miró en el salón. Allí estaba Pedro junto a una ventana, vestido con un traje negro. Al volverse vio que llevaba una camisa inmaculada y una corbata oscura. Estaba exhausto.
—Hola —dijo Paula en voz baja.
—Hola.
—Siento que haya sido tan duro.
—Sí, pensaba que estábamos preparados para ello, pero parece que nunca está uno listo para la muerte.
Paula sacudió la cabeza.
—No tienes por qué venir hoy si prefieres no hacerlo —le dijo Pedro.
—¿Prefieres que me mantenga al margen?
Quizá ni siquiera quería que apareciera por el funeral; a lo mejor estaba deseando terminar con su matrimonio lo antes posible, ya que la razón que los mantenía casados había desaparecido.
—No. Sólo creía que habías decidido ir por obligación y quería que supieras que no tienes por qué ir si es así.
—Voy para estar contigo —dijo ella.
Ana y Fernanda entraron en ese momento. Ana tenía mejor color, aunque el sencillo vestido negro no le favorecía demasiado. Los diamantes que llevaba al cuello y en el anillo quizá a Ana le parecieran lo normal, pero Paula no los creyó demasiado apropiados para un funeral.
Fernanda estaba deslumbrante. Llevaba una chaqueta negra de pronunciado escote camisero y una falda de tubo a juego, demasiado corta para gusto de Paula. Claro que ella, a diferencia de esas dos mujeres, no creía que un funeral fuera una exposición de moda.
Cuando Paula vió que Ana le echaba una mirada desdeñosa, se dijo que estaba en vías de recuperación.
Paula respiró profundamente. Aquel iba a ser también un día muy largo.
Los invitados que volvieron tras el funeral llenaron la planta baja de la casa y parte del jardín. Hacía muy buen tiempo, lucía el sol y las flores estaban preciosas. Paula se sirvió un vaso de refresco de frutas, sintiéndose de nuevo casi invisible. Pedro, Fernanda y Ana conocían a todo el mundo. Y como Fernanda era la sombra de Ana, la incluían en todas las conversaciones de familia. Ni una sola vez había ido Pedro a buscarla, se le ocurrió de repente a Paula. ¿Y por qué iba a hacerlo?
Encontró un banco vacío y se sentó, deseando que Sofía estuviera con ella. Sara estaba con la niña, que seguramente estaría dormida.
—Echaré de menos a Roberto—Fernanda se acercó a ella y se sentó también en el banco—. Era un viejo mandón, pero adorable a su manera. Sé que Pedro también lo echará mucho de menos.
—Claro, era su abuelo.
—Sí. Comprendo que Pedro y tú hayan fingido ser felices por el bien de Fernanda. Te lo agradezco.
—¿A mí? —Paula la miró perpleja.
—Sí, por llenar de alegría los últimos días de la vida de un enfermo. Sé que le habría disgustado mucho que Pedro se hubiera divorciado cuando él estaba con un pie en la tumba.
—Ah.
Fernanda miraba al jardín, saludando con la mano cuando veía a alguien conocido.
—Siempre me ha encantado este jardín. No pienso cambiar nada cuando... quiero decir... Oh, Dios mío, ¿he metido la pata?
—¿Has hablado de matrimonio con Pedro? —le preguntó Paula, esperando poder ocultar el dolor que ya la invadía. Su corazón seguía latiendo, sus pulmones respirando, pero algo parecía apagarse en su interior.
—Sí —Fernanda la miró compasivamente—. Pensé que lo sabías. Lo siento, no te habría dicho nada de haber sabido que no lo sabías.
—Lo sabía.
Paula se levantó y se marchó de allí. Se negaba a quedarse allí con Fernanda ni un minuto más. Pedro llevaba días ignorándola, sin compartir ni su dormitorio ni sus pensamientos con ella. Pero se veía que había encontrado un rato para hablar con Fernanda de matrimonio. ¿Cuándo tenía pensado hablarle del divorcio?
Se abrió camino entre la gente como si todo aquello fuera un sueño. Llegó a la habitación de la niña despidió a Sara dándole las gracias por cuidar de Sofía. Cuando la mujer salió, empezó a guardar las cosas del bebé a toda prisa.
—Se acabó el sueño, bebita. Ya es hora de que nos vayamos, de aquí.
—¿Ana? —Fernanda Alvarez entró—. Oh, Ana, lo siento tanto. He venido en cuanto me he enterado —Fernanda cruzó la habitación a toda prisa—. ¿Qué puedo hacer? Podría quedarme contigo para ayudarte a comprarte la ropa adecuada, o a contestar cartas o para cualquier cosa que necesites.
Ana se incorporó con el trapo húmedo en la mano.
—Hola Fernanda. Sabía que podía contar contigo —miró a Paula pero vaciló, como si dudara de qué decir.
—Bueno, yo las dejo —dijo Paula con naturalidad.
Se levantó y salió del dormitorio. Sabía que no era la mujer que Ana deseaba como compañía en aquellos momentos, pero hubiera deseado que no fuera Fernanda la que se quedara.
Fue al piso de abajo y se asomó al salón. Había al menos ocho personas aparte de Pedro. La mayoría eran mayores, sin duda contemporáneos de Roberto.
El hecho de no servirle de ayuda a Pedro la irritaba; deseaba hacer algo por él y no que la relegaran a un segundo plano como si fuera un trasto inútil.
Claro que, a lo mejor así era como la veía Pedro. Roberto había muerto y su trato terminaba con ese acontecimiento. Pedro ya no la necesitaba.
Esa noche Pedro no se acostó. Paula se quedó despierta mucho rato después de apagar la luz, esperándolo. Finalmente se dio por vencida. No sabía dónde estaba durmiendo, sólo que desde luego no era con ella.
El domingo le pidió a José que la llevara a ella y a la niña a su apartamento. Llamó a algunos amigos y pasó un rato con ellos, intentando volver a la rutina de antes. Quedó con una pareja para comer al final de la semana y eso le hizo sentirse mejor. Al menos había gente que la apreciaba tal y como era.
Después de la siesta de Sofía volvieron a casa de Pedro. Ese día había otras personas en la casa y Ana estaba sentada en el sofá del salón. Fernanda estaba a su lado, muy solícita. Paula se sintió casi invisible cuando subió las escaleras con Sofía. Se preguntó si alguien se había dado cuenta de que no habían estado en casa en todo el día.
El funeral se celebró el lunes. Paula le pidió a Sara que cuidará de Sofía y se puso el traje negro que había recogido del apartamento. Tenía ojeras, señal de que había dormido poco. Pedro no había dormido en la cama con ella desde el viernes por la noche.
Al bajar las escaleras se dio cuenta de lo silenciosa que parecía la casa sin las visitas. Después del funeral habían invitado a varias docenas de personas a la casa, pero en ese momento reinaba el silencio. Paula miró en el salón. Allí estaba Pedro junto a una ventana, vestido con un traje negro. Al volverse vio que llevaba una camisa inmaculada y una corbata oscura. Estaba exhausto.
—Hola —dijo Paula en voz baja.
—Hola.
—Siento que haya sido tan duro.
—Sí, pensaba que estábamos preparados para ello, pero parece que nunca está uno listo para la muerte.
Paula sacudió la cabeza.
—No tienes por qué venir hoy si prefieres no hacerlo —le dijo Pedro.
—¿Prefieres que me mantenga al margen?
Quizá ni siquiera quería que apareciera por el funeral; a lo mejor estaba deseando terminar con su matrimonio lo antes posible, ya que la razón que los mantenía casados había desaparecido.
—No. Sólo creía que habías decidido ir por obligación y quería que supieras que no tienes por qué ir si es así.
—Voy para estar contigo —dijo ella.
Ana y Fernanda entraron en ese momento. Ana tenía mejor color, aunque el sencillo vestido negro no le favorecía demasiado. Los diamantes que llevaba al cuello y en el anillo quizá a Ana le parecieran lo normal, pero Paula no los creyó demasiado apropiados para un funeral.
Fernanda estaba deslumbrante. Llevaba una chaqueta negra de pronunciado escote camisero y una falda de tubo a juego, demasiado corta para gusto de Paula. Claro que ella, a diferencia de esas dos mujeres, no creía que un funeral fuera una exposición de moda.
Cuando Paula vió que Ana le echaba una mirada desdeñosa, se dijo que estaba en vías de recuperación.
Paula respiró profundamente. Aquel iba a ser también un día muy largo.
Los invitados que volvieron tras el funeral llenaron la planta baja de la casa y parte del jardín. Hacía muy buen tiempo, lucía el sol y las flores estaban preciosas. Paula se sirvió un vaso de refresco de frutas, sintiéndose de nuevo casi invisible. Pedro, Fernanda y Ana conocían a todo el mundo. Y como Fernanda era la sombra de Ana, la incluían en todas las conversaciones de familia. Ni una sola vez había ido Pedro a buscarla, se le ocurrió de repente a Paula. ¿Y por qué iba a hacerlo?
Encontró un banco vacío y se sentó, deseando que Sofía estuviera con ella. Sara estaba con la niña, que seguramente estaría dormida.
—Echaré de menos a Roberto—Fernanda se acercó a ella y se sentó también en el banco—. Era un viejo mandón, pero adorable a su manera. Sé que Pedro también lo echará mucho de menos.
—Claro, era su abuelo.
—Sí. Comprendo que Pedro y tú hayan fingido ser felices por el bien de Fernanda. Te lo agradezco.
—¿A mí? —Paula la miró perpleja.
—Sí, por llenar de alegría los últimos días de la vida de un enfermo. Sé que le habría disgustado mucho que Pedro se hubiera divorciado cuando él estaba con un pie en la tumba.
—Ah.
Fernanda miraba al jardín, saludando con la mano cuando veía a alguien conocido.
—Siempre me ha encantado este jardín. No pienso cambiar nada cuando... quiero decir... Oh, Dios mío, ¿he metido la pata?
—¿Has hablado de matrimonio con Pedro? —le preguntó Paula, esperando poder ocultar el dolor que ya la invadía. Su corazón seguía latiendo, sus pulmones respirando, pero algo parecía apagarse en su interior.
—Sí —Fernanda la miró compasivamente—. Pensé que lo sabías. Lo siento, no te habría dicho nada de haber sabido que no lo sabías.
—Lo sabía.
Paula se levantó y se marchó de allí. Se negaba a quedarse allí con Fernanda ni un minuto más. Pedro llevaba días ignorándola, sin compartir ni su dormitorio ni sus pensamientos con ella. Pero se veía que había encontrado un rato para hablar con Fernanda de matrimonio. ¿Cuándo tenía pensado hablarle del divorcio?
Se abrió camino entre la gente como si todo aquello fuera un sueño. Llegó a la habitación de la niña despidió a Sara dándole las gracias por cuidar de Sofía. Cuando la mujer salió, empezó a guardar las cosas del bebé a toda prisa.
—Se acabó el sueño, bebita. Ya es hora de que nos vayamos, de aquí.
Amor Del Corazón: Capítulo 30
Paula no dijo nada, pero sintió compasión hacia Roberto. Era viejo, estaba con un pie en la tumba y le hacía ilusión vivir lo suficiente para oír a su hija llamarlo abuelo. Si la presencia de Sofía podía alegrar sus últimos días, por Paula estupendo. A lo mejor esa mentira no había sido tan horrible como había pensado.
Pedro le echó el brazo sobre los hombros y la atrajo hacia sí despacio.
—Hace años que no lo veo tan contento —le susurró al oído—. Por esto merece todo la pena.
Ella asintió, sintiéndose menos culpable por el engaño.
Cuando Fernanda se marchó ya era tarde. Ana se fue directamente a la cama. Paula acompañó a Pedro mientras comprobaba que las ventanas de la planta baja estaban todas cerradas y apagaba las luces.
—Creo que deberías comprarte un velero —le dijo ella.
—Conozco tu opinión. Lo has dejado muy claro durante la cena. Ah, gracias por no decir nada delante de Roberto.
—Parece que esta noche no se ha acordado de meterse conmigo.
—Le ha alegrado ver a Fernanda. El hablar de los Estados Unidos le ha traído recuerdos. Pasó varios años allí cuando era más joven.
—Eso he oído.
Empezaron a subir juntos las escaleras, como si llevaran años de matrimonio.
—Fernanda es preciosa, ¿verdad? —dijo Paula, sin poder olvidar los halagos de Pedro durante la cena.
—Es una bella mujer. Siempre va vestida a la última moda y bien peinada.
—Sí.
No hubiera hecho falta que dijera tantas cosas. Cerró la puerta del dormitorio y estrechó a Paula entre sus brazos. La miró a los ojos con ternura.
—Fernanda me recuerda mucho a mi madre.
Paula arqueó las cejas.
—¿Cómo es eso?
—Por fuera toda una señora, pero por dentro fría y egoísta.
Paula empezó a deshacerle el nudo de la corbata. Le encantaba la intimidad de la que gozaba entre sus brazos, la intimidad de su romance.
—Mientras que tú eres lo opuesto a ella. Eres cariñosa, generosa y tierna; y lo que más me gusta es lo primero.
Inclinó la cabeza y la besó, mientras sus manos ya le desabrochaban el vestido.
En la semana que siguió, Paula dejó que Sofía pasara muchos ratos con Roberto, cuando a la enfermera Spencer le parecía apropiado. A veces le llevaba a la niña y la colocaba encima de la cama, otras veces la vigilaban Mirta, Sara o la enfermera. Al anciano le encantaban esas visitas. Hizo que Pedro le comprara juguetes al bebé y cada día le daba uno diferente, sin importarle el hecho de que fuera demasiado joven.
La miraba con avidez, acariciándole la mano o la mejilla con ternura. Se reía cuando el bebé sonreía y luego le contaba todo lo que hacía la niña a quien quisiera escucharlo.
Entre Paula y Roberto se produjo una tregua. Ella intentó por todos los medios no irritarlo y él pareció sospechar que no le llevaría al bebé si se metía con ella. Tristemente, Paula reconoció que Roberto era lo más parecido a un abuelo que Sofía podría tener, excepto quizá por Juan. No recordaría a Roberto cuando muriera; la niña era demasiado pequeña.
Por las tardes, Paula sacaba a Sofía al jardín después de la siesta. Ana se presentó en dos ocasiones. Cortó unas flores para colocarlas junto al bebé y sonrió al ver que Sofia se daba la vuelta sola por primera vez. La levantó en brazos y fue paseando con ella por el patio, enseñándole las flores y diciéndole tonterías.
Paula se sorprendió la primera vez que Ana apareció, pero hizo lo posible para evitar temas espinosos, como hablar del padre de Pedro o del velero. Le intrigaba el creciente interés que Ana mostraba por Sofía. Le hizo ver que aquella mujer tenía un lado que Paula creía inexistente. Pero ahí estaba la prueba.
Ella y Ana no se hicieron amigas, pero a Paula le bastaba con que mostrara algo hacia la niña.
Paula y Pedro ya habían concertado una cita el fin de semana siguiente con una agencia que se dedicaba a vender pequeñas embarcaciones. Pedro quería comprar algo que pudiera manejar el solo, sin tripulación.
Cuando iba a entrar en la casa la tarde siguiente, apareció Pedro, que regresaba del trabajo. Dejó el pesado maletín sobre una mesa cercana y le echó los brazos a Sofía. La levantó en el aire y le sonrió, con los ojos muy abiertos. Entonces la niña arrugó la nariz y sonrió.
—Se va a poner mala de tanto moverla —dijo Paula, riendo.
Le intrigaba el cambio que había experimentado Pedro en las semanas que llevaban viviendo en su casa. Ya no agarraba a la niña con torpeza y parecía sentirse tan a gusto con el bebé como Paula. Incluso se reía más a menudo, sobre todo cuando estaba la niña.
La agarró con un brazo y con el otro a Paula. Todos los días le recibían a la puerta de casa cuando volvía del trabajo. Entonces corría con las dos escaleras arriba hasta que se metían en su dormitorio, colocaba a Sofía sobre la cama con cuidado y luego besaba a Paula hasta que apenas podía tenerse de pie. Mientras se cambiaba de ropa, Paula le contaba lo que habían hecho durante el día.
Amaba a Pedro y estaba atesorando un montón de recuerdos para el futuro. Lo pinchaba y discutía con él y en secreto le declaraba su amor una y otra vez. Él nunca sabría lo mucho que lo amaba; era suficiente conque lo supiera ella.
Roberto Zolezzi murió en la madrugada del sábado. La enfermera Spencer despertó a Pedro con la noticia.
Y entonces todo cambió.
Pedro se vistió inmediatamente y fue a ver a su abuelo. Luego fue a darle la noticia a su madre. Ana estaba desconsolada, aunque sabían que su muerte era algo inminente. Se encerró en su habitación y no quiso ver a nadie. Paula la oyó llorar a través de la puerta cerrada y deseó poder hacer algo para consolarla, pero sabía que Ana no querría verla.
Para no estorbar se llevó a Sofía al jardín, pero era consciente de la actividad que había en la casa. Llegó el médico y luego una ambulancia se llevó a Roberto a la morgue. El teléfono empezó a sonar al tiempo que la noticia voló por todo Sidney. Por la tarde Pedro había llamado a una de sus secretarias para que contestara a las llamadas.
Los amigos íntimos de la familia se acercaron por la casa, y toda la tarde estuvo entrando y saliendo gente. Paula oyó muchas veces el timbre de la puerta desde donde estaba sentada, en el dormitorio de Sofía, mientras la niña dormía. Pedro no había preguntado por ella en todo el día. Paula deseaba estar con él, ayudarlo, pero él no había solicitado su ayuda. Por eso se quedó allí sentada en la mecedora, pensando al compás del vaivén.
Sofía se dio una vuelta y respiró profundamente, entrando en un sueño profundo. Paula se levantó para ver cómo estaba y luego salió del cuarto. Iría a ver cómo estaba Ana. Sabía que la mujer no querría verla, pero lo cierto era que le preocupaba.
Llamó suavemente a la puerta y esperó. Al no obtener respuesta la abrió y asomó la cabeza. Ana estaba tumbada en la cama con un pañuelo hecho un rebujo en una mano y mirando lánguidamente por la ventana.
—¿Ana? —dijo Paula en voz baja.
Ana volvió la cabeza.
—¿Qué?
—¿Quieres que te traiga algo?
Sacudió la cabeza y los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez.
Paula entró y cerró la puerta. Fue hacia el baño, donde encontró una toalla limpia que empapó en agua fresca. Se sentó en el borde de la cama y se lo pasó por la frente.
—Póntelo sobre los ojos; sé que los tienes ardiendo —dijo Paula con soltura, mientras doblaba la toalla y se la daba a Ana. La madre de Pedro se la puso en los ojos.
—Sabía que se estaba muriendo, todos lo sabíamos, pero no puedo creer que ya esté muerto —dijo Ana con tristeza.
En aquel instante su voz le sonó como la de una niña perdida.
—Lo sé; es algo terrible. Pensé que estaba aguantando bien —contestó Paula, dándole unas palmaditas en la mano—. ¿Quieres que te traiga algo de comer? ¿Un poco de sopa quizás?
Ana sacudió la cabeza.
—No tengo hambre.
—¿Entonces agua o una taza de té calentito?
—Nada.
El silencio reinó en el cuarto. Paula oía el rumor de voces proveniente de abajo. ¿Cuántas personas se habían pasado ya a dar el pésame? ¿Cómo se las estaría apañando Pedro? Si no podía hacer nada más por Ana, quizá pudiera hacer algo por Pedro. ¿Habría comido algo?
—Mi padre quería mucho a tu hija —dijo Ana en voz baja—. Se me había olvidado cómo jugaba con Pedro cuando era un bebé. Yo fui hija única y Pedro también. A lo mejor a Roberto le hubiera gustado tener muchos niños a su alrededor.
—Creo que a Sofía le gustaba estar con él porque siempre se reía mucho. Lo echará de menos.
—Mañana ya no lo recordará. Es tan pequeña —dijo, echándose otra vez a llorar.
Paula se abstuvo de comentar nada porque sabía que era verdad.
Pedro le echó el brazo sobre los hombros y la atrajo hacia sí despacio.
—Hace años que no lo veo tan contento —le susurró al oído—. Por esto merece todo la pena.
Ella asintió, sintiéndose menos culpable por el engaño.
Cuando Fernanda se marchó ya era tarde. Ana se fue directamente a la cama. Paula acompañó a Pedro mientras comprobaba que las ventanas de la planta baja estaban todas cerradas y apagaba las luces.
—Creo que deberías comprarte un velero —le dijo ella.
—Conozco tu opinión. Lo has dejado muy claro durante la cena. Ah, gracias por no decir nada delante de Roberto.
—Parece que esta noche no se ha acordado de meterse conmigo.
—Le ha alegrado ver a Fernanda. El hablar de los Estados Unidos le ha traído recuerdos. Pasó varios años allí cuando era más joven.
—Eso he oído.
Empezaron a subir juntos las escaleras, como si llevaran años de matrimonio.
—Fernanda es preciosa, ¿verdad? —dijo Paula, sin poder olvidar los halagos de Pedro durante la cena.
—Es una bella mujer. Siempre va vestida a la última moda y bien peinada.
—Sí.
No hubiera hecho falta que dijera tantas cosas. Cerró la puerta del dormitorio y estrechó a Paula entre sus brazos. La miró a los ojos con ternura.
—Fernanda me recuerda mucho a mi madre.
Paula arqueó las cejas.
—¿Cómo es eso?
—Por fuera toda una señora, pero por dentro fría y egoísta.
Paula empezó a deshacerle el nudo de la corbata. Le encantaba la intimidad de la que gozaba entre sus brazos, la intimidad de su romance.
—Mientras que tú eres lo opuesto a ella. Eres cariñosa, generosa y tierna; y lo que más me gusta es lo primero.
Inclinó la cabeza y la besó, mientras sus manos ya le desabrochaban el vestido.
En la semana que siguió, Paula dejó que Sofía pasara muchos ratos con Roberto, cuando a la enfermera Spencer le parecía apropiado. A veces le llevaba a la niña y la colocaba encima de la cama, otras veces la vigilaban Mirta, Sara o la enfermera. Al anciano le encantaban esas visitas. Hizo que Pedro le comprara juguetes al bebé y cada día le daba uno diferente, sin importarle el hecho de que fuera demasiado joven.
La miraba con avidez, acariciándole la mano o la mejilla con ternura. Se reía cuando el bebé sonreía y luego le contaba todo lo que hacía la niña a quien quisiera escucharlo.
Entre Paula y Roberto se produjo una tregua. Ella intentó por todos los medios no irritarlo y él pareció sospechar que no le llevaría al bebé si se metía con ella. Tristemente, Paula reconoció que Roberto era lo más parecido a un abuelo que Sofía podría tener, excepto quizá por Juan. No recordaría a Roberto cuando muriera; la niña era demasiado pequeña.
Por las tardes, Paula sacaba a Sofía al jardín después de la siesta. Ana se presentó en dos ocasiones. Cortó unas flores para colocarlas junto al bebé y sonrió al ver que Sofia se daba la vuelta sola por primera vez. La levantó en brazos y fue paseando con ella por el patio, enseñándole las flores y diciéndole tonterías.
Paula se sorprendió la primera vez que Ana apareció, pero hizo lo posible para evitar temas espinosos, como hablar del padre de Pedro o del velero. Le intrigaba el creciente interés que Ana mostraba por Sofía. Le hizo ver que aquella mujer tenía un lado que Paula creía inexistente. Pero ahí estaba la prueba.
Ella y Ana no se hicieron amigas, pero a Paula le bastaba con que mostrara algo hacia la niña.
Paula y Pedro ya habían concertado una cita el fin de semana siguiente con una agencia que se dedicaba a vender pequeñas embarcaciones. Pedro quería comprar algo que pudiera manejar el solo, sin tripulación.
Cuando iba a entrar en la casa la tarde siguiente, apareció Pedro, que regresaba del trabajo. Dejó el pesado maletín sobre una mesa cercana y le echó los brazos a Sofía. La levantó en el aire y le sonrió, con los ojos muy abiertos. Entonces la niña arrugó la nariz y sonrió.
—Se va a poner mala de tanto moverla —dijo Paula, riendo.
Le intrigaba el cambio que había experimentado Pedro en las semanas que llevaban viviendo en su casa. Ya no agarraba a la niña con torpeza y parecía sentirse tan a gusto con el bebé como Paula. Incluso se reía más a menudo, sobre todo cuando estaba la niña.
La agarró con un brazo y con el otro a Paula. Todos los días le recibían a la puerta de casa cuando volvía del trabajo. Entonces corría con las dos escaleras arriba hasta que se metían en su dormitorio, colocaba a Sofía sobre la cama con cuidado y luego besaba a Paula hasta que apenas podía tenerse de pie. Mientras se cambiaba de ropa, Paula le contaba lo que habían hecho durante el día.
Amaba a Pedro y estaba atesorando un montón de recuerdos para el futuro. Lo pinchaba y discutía con él y en secreto le declaraba su amor una y otra vez. Él nunca sabría lo mucho que lo amaba; era suficiente conque lo supiera ella.
Roberto Zolezzi murió en la madrugada del sábado. La enfermera Spencer despertó a Pedro con la noticia.
Y entonces todo cambió.
Pedro se vistió inmediatamente y fue a ver a su abuelo. Luego fue a darle la noticia a su madre. Ana estaba desconsolada, aunque sabían que su muerte era algo inminente. Se encerró en su habitación y no quiso ver a nadie. Paula la oyó llorar a través de la puerta cerrada y deseó poder hacer algo para consolarla, pero sabía que Ana no querría verla.
Para no estorbar se llevó a Sofía al jardín, pero era consciente de la actividad que había en la casa. Llegó el médico y luego una ambulancia se llevó a Roberto a la morgue. El teléfono empezó a sonar al tiempo que la noticia voló por todo Sidney. Por la tarde Pedro había llamado a una de sus secretarias para que contestara a las llamadas.
Los amigos íntimos de la familia se acercaron por la casa, y toda la tarde estuvo entrando y saliendo gente. Paula oyó muchas veces el timbre de la puerta desde donde estaba sentada, en el dormitorio de Sofía, mientras la niña dormía. Pedro no había preguntado por ella en todo el día. Paula deseaba estar con él, ayudarlo, pero él no había solicitado su ayuda. Por eso se quedó allí sentada en la mecedora, pensando al compás del vaivén.
Sofía se dio una vuelta y respiró profundamente, entrando en un sueño profundo. Paula se levantó para ver cómo estaba y luego salió del cuarto. Iría a ver cómo estaba Ana. Sabía que la mujer no querría verla, pero lo cierto era que le preocupaba.
Llamó suavemente a la puerta y esperó. Al no obtener respuesta la abrió y asomó la cabeza. Ana estaba tumbada en la cama con un pañuelo hecho un rebujo en una mano y mirando lánguidamente por la ventana.
—¿Ana? —dijo Paula en voz baja.
Ana volvió la cabeza.
—¿Qué?
—¿Quieres que te traiga algo?
Sacudió la cabeza y los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez.
Paula entró y cerró la puerta. Fue hacia el baño, donde encontró una toalla limpia que empapó en agua fresca. Se sentó en el borde de la cama y se lo pasó por la frente.
—Póntelo sobre los ojos; sé que los tienes ardiendo —dijo Paula con soltura, mientras doblaba la toalla y se la daba a Ana. La madre de Pedro se la puso en los ojos.
—Sabía que se estaba muriendo, todos lo sabíamos, pero no puedo creer que ya esté muerto —dijo Ana con tristeza.
En aquel instante su voz le sonó como la de una niña perdida.
—Lo sé; es algo terrible. Pensé que estaba aguantando bien —contestó Paula, dándole unas palmaditas en la mano—. ¿Quieres que te traiga algo de comer? ¿Un poco de sopa quizás?
Ana sacudió la cabeza.
—No tengo hambre.
—¿Entonces agua o una taza de té calentito?
—Nada.
El silencio reinó en el cuarto. Paula oía el rumor de voces proveniente de abajo. ¿Cuántas personas se habían pasado ya a dar el pésame? ¿Cómo se las estaría apañando Pedro? Si no podía hacer nada más por Ana, quizá pudiera hacer algo por Pedro. ¿Habría comido algo?
—Mi padre quería mucho a tu hija —dijo Ana en voz baja—. Se me había olvidado cómo jugaba con Pedro cuando era un bebé. Yo fui hija única y Pedro también. A lo mejor a Roberto le hubiera gustado tener muchos niños a su alrededor.
—Creo que a Sofía le gustaba estar con él porque siempre se reía mucho. Lo echará de menos.
—Mañana ya no lo recordará. Es tan pequeña —dijo, echándose otra vez a llorar.
Paula se abstuvo de comentar nada porque sabía que era verdad.
Amor Del Corazón: Capítulo 29
Paula se miró las manos, apretando los puños con rabia. No sabía qué le molestaba más, que Pedro hubiera invitado a cenar a Fernanda o que la encontrara preciosa cuando a ella sólo la había encontrado bonita. Qué patético. ¿Pero qué importaba? En unas semanas sería libre de buscar otra esposa o de retomar su relación con Fernanda.
De repente Paula supo que lo que más deseaba era que la escogiera a ella; a ella y a Sofía. Quería que le dijera a Fernanda que había dejado pasar el tren y que ya había encontrado algo mejor. Tenía a una mujer que lo amaba por sí mismo, no por el dinero que pudiera poner a su disposición.
Pero él no sabía eso. Paula apretó los labios; no pensaba decirle que lo amaba. Pensaba ceñirse al acuerdo original.
La cena resultó ser bastante agradable. Por una vez Ana se concentró en otra persona y dejó a Paula tranquila, escuchando la conversación y al mismo tiempo libre de participar en lo que la interesara. Fernanda no disimuló su coqueteo con Pedro. Estaba sentada a su derecha, con Ana frente a ella. Paula estaba sentada frente a Pedro, al otro extremo de la mesa. Los tres hablaron de viejas amistades y eventos sociales de los que Paula no tenía idea. Se contentaba con disfrutar de la cocina de Marcela, observar a Pedro y esperar a que la velada terminara.
—Me disgusté mucho al saber que Roberto estaba enfermo —dijo Fernanda.
Paula la miró.
—Ha sido muy duro —contestó Ana; se puso sería un momento—. Estoy tranquila al menos de que pueda estar aquí en lugar de en el hospital. En mi casa no habría habido sitio para él y la enfermera. Gracias a Dios que Pedro se compró una casa tan grande.
—Me gustaría tanto verlo, si crees que no le molestaría. Pedro, sé que estás enfadado por lo que Roberto y yo discutimos pero, de verdad, lo vi como una manera de hacerle feliz mientras yo conseguía lo que deseaba de todo corazón. Al amor de mi vida.
Paula deseaba agarrar cualquier cosa y tirársela.
—Estoy seguro de que a Roberto le encantará verte, Fernanda. Podemos preguntarle a la enfermera. Si no está muy cansado podemos tomar café allí con él.
—Es una idea estupenda; así Roberto será parte del grupo, incluso desde la cama —Fernanda sonrió a Pedro con los ojos llenos de orgullo y devoción.
Paula sintió un dolor por dentro. Respiró profundamente, intentando aliviar la congoja que tenía. Ellos dos mantenían una relación, pero eso también tocaría a su fin y ella volvería a estar sola. Pero de momento seguían juntos y había sido Pedro el que había insistido para que se liara con él; ya era hora de recordárselo.
—¿Pedro, cariño, por qué no le cuentas a Fernanda lo de nuestros planes para comprarnos un barco de vela? —preguntó Paula, sonriendo de oreja a oreja.
Ana la miró con desprecio.
—Qué tontería más grande. Espero que no sea más que uno de los sueños de Paula —dijo, mirando a su nuera con rabia.
Fernanda parecía atenta, sin saber qué creer.
Pedro miró a Paula a los ojos y asintió con la cabeza, con expresión de repente impasible.
—No sabía que hubiéramos planeado hasta el punto de comprarnos un velero.
—¿Bueno y por qué no? Llevas toda la vida queriendo navegar. Ya es hora de relajarte un poco de las tensiones laborales y darte un homenaje —contestó, mirándolo a los ojos.
El corazón le latía a cien por hora, pero al menos él no la había dejado tirada, al menos en parte.
—No sabía que te gustara navegar —dijo Fernanda sorprendida.
—No le gusta. No te hace falta un velero —dijo Ana con severidad.
—A lo mejor a nadie le hace falta uno, pero todo el mundo necesita pintar la vida con arco iris —dijo Paula, pero el mensaje iba dirigido a Pedro—. Además, lo lleva en la sangre. Su padre fue marino. ¿Por qué no iba a querer Pedro seguir sus pasos?
Fernanda miró a Paula con sorpresa.
—No sabía que su padre fuera marino.
Paula sonrió con dulzura, saboreando el momento.
—Como esposa suya que soy, imagino que sé un poco más de Pedro que tú —dijo con suavidad.
—No me gusta el rumbo que ha tomado la conversación —dijo Ana con solemnidad.
—Tienes razón, Ana, es algo prematuro discutir sobre nuestro barco cuando ni siquiera nos lo hemos comprado todavía. ¿Quizá el fin de semana que viene, Pedro? Alguno apropiado para una familia. No quiero que los niños se caigan al agua en alta mar.
—Estoy seguro de que encontraremos un barco que tenga todos estos accesorios de seguridad para los niños —contestó con soltura, mirándola divertido—. Madre, tendrás que venir con nosotros y quizá así puedas darnos alguna sugerencia.
—No le digan nada de esto a Roberto—dijo Ana, ignorando la sugerencia.
—¿Por qué no? —preguntó Roberto.
—No le viene bien disgustarse en estos momentos. Estamos intentando evitar decirle cosas que pudieran molestarlo. No le gustaría nada enterarse de que Pedro va a comprarse un barco.
—Nadie quiere disgustar a Roberto, madre —dijo, mirando a Paula—. Cuando o si me lo compro, ya veremos lo que le decimos.
Se cerró el tema y volvieron a excluir a Paula de la conversación; pero lo cierto era que no le importaba ya. Ya había dicho lo que quería decir y en la mente de todos había unido su persona a la de Pedro. Pasara lo que pasara en el futuro, de momento era suyo.
Pedro pidió que les llevaran el postre a la habitación de Roberto. Mirta asintió con la cabeza y dijo que lo subiría.
Ana se dirigió la primera hacia las escaleras.
—Paula, espera un momento —Pedro la agarró del brazo para detenerla, mientras observaba a Roberto y su madre subiendo por las escaleras.
La miró con dureza.
—¿A qué ha venido todo eso del barco?
Ella sonrió y sacudió la cabeza.
—Sólo quería participar de la conversación un rato.
—¿Por qué me ha dado la impresión de ser como un hueso por el que se pelean dos perros? —le preguntó suavemente, acariciándole el brazo con el dedo pulgar.
—Pues no tengo ni la más mínima idea, Pedro cielo —abrió mucho los ojos e intentó poner cara de inocente mientras le sonreía.
—De repente te has puesto muy cariñosa, ¿no?
Paula se acercó a él, consciente de que Fernanda se había detenido en lo alto de las escaleras y los estaba mirando.
—Pensé que los amantes eran cariñosos —le dijo, invitándolo a besarla.
Y él lo hizo, con tanta fuerza que casi le hizo daño.
—No me gustan los juegos —le dijo, separándose de ella un centímetro.
—Pensé que todo esto era un juego —susurró.
Entrelazó los dedos en la espesura de sus cabellos y abrió los labios para devolverle el beso con toda la sinceridad de sus sentimientos. Cuando por segunda vez se separó de ella, Fernanda se había largado.
—Estás jugando con fuego —le dijo Pedro, volviéndola con delicadeza hacia las escaleras—. Y las niñas que juegan con fuego se queman.
—Y mucho —murmuró Paula.
—Eso es.
—Veremos si te gusta que te ignoren durante toda una cena —dijo, esperando disimular la turbación que seguramente asomaba a su rostro.
—¿Y qué te ha molestado más, que mi madre haya intentado excluirte o que yo no haya hecho ningún esfuerzo por incluirte en la conversación?
Volvió la cabeza un instante, mientras subía las escaleras.
—En realidad sólo quería que tu invitada se enterara de que estaba ahí.
—¿Celosa de Fernanda?
—¿Es que debo estarlo?
—No. Yo me ocuparé de Fernanda. Sólo tienes que recordar que tú eres mi esposa.
—Y que tenemos un lío.
—A mí no se me ha olvidado. ¿A ti sí?
Paula sacudió la cabeza. Su mera presencia la provocaba, su aroma despertaba anhelos en ella, sus caricias eran como una descarga eléctrica, su voz la hipnotizaba y sus labios atizaban el fuego que él había encendido. De pronto no tuvo ganas de postre, deseaba encerrarse con él en el dormitorio y no salir en un mes.
—Ya era hora de que ustedes dos aparecieran —se oyó la voz quejumbrosa de Roberto cuando entraron en su dormitorio.
—Íbamos detrás de mamá y Fernanda—dijo Pedro con naturalidad, acercando una silla a la de Paula y sonriéndole a su abuelo—. Es agradable ver una cara nueva en el grupo de visitantes, ¿no te parece?
—Me alegro de ver a Fernanda aunque me extraña que haya venido después de lo mal que la trataste. Y tienes mucha cara al actuar como si no pasara nada. Tu prometida y tu esposa. Qué bien, ¿eh?
—Bueno Roberto, eso pertenece al pasado. Pedro y yo hemos acordado ser amigos. Y quién sabe, quizá un día lleguemos a ser buenos amigos —dijo Fernanda con dulzura—. ¿Qué tal te encuentras?
—Ahora mismo estoy rendido. Mi bisnieta ha estado aquí un rato. Es una monada, pero hace que me sienta viejo.
Paula se sorprendió. No sabía que Sofía había estado con Roberto otra vez. Mirta se había quedado a cuidarla. ¿La habría llevado ella? ¿Se lo habría pedido el anciano? Quizá su hija le estaba ablandando el corazón.
—Tu bisnieta —repitió Fernanda.
Paula se preguntó si Ana le habría contado la verdad sobre Sofía. Sabía que a Fernanda no iba a hacerle ninguna gracia guardar el secreto si lo sabía. Pero no se atrevería a poner en peligro la salud de Roberto. Con curiosidad, se preguntó qué haría Ana.
—La enfermera Spencer y yo vamos a enseñarle a que me llame abuelo —dijo Roberto con orgullo.
—Tú nunca quisiste que yo te llamara abuelo —comentó Pedro.
—Bueno, cuando tú naciste yo era muy joven. No quería que nada me recordara que estaba haciéndome mayor. Pero, maldita sea, ya soy viejo y si vivo lo suficiente para que Sofía me llame abuelo me moriré contento.
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