jueves, 2 de abril de 2015

El Simulador: Capítulo 20

Pasaron al lado de una granja, otro terreno de pastoreo y luego atravesaron una carretera pavimentada. Era Clover Creek Road, le informó el doctor.
- Paula: ¡me encanta! -.
Todo el pueblo eran sólo cuatro calles: Main Street, Petaluma Boulevard, Gravenstein Way y por supuesto Clover Creek Road. Pasaron al lado de una tienda de rebajas, otra de ropa para mujeres, la posada de Rose y una floristería. Al final de la manzana se hallaba la tienda de granos y forrajes Clover Creek Feed and Grain, que hacía que las demás tiendas se vieran pequeñas. Luego se encontraron otra vez en un camino de grava y siguieron hasta pasar al lado de un pequeño cementerio.
- Pedro: aquí es donde vamos a acortar por el bosque
Él caminó a su lado y sólo se adelantaba un poco cuando el sendero se volvía demasiado estrecho. Paula percibió un olor fuerte y penetrante, descubrió que provenía de unos eucaliptos. Caminaron cerca de veinte minutos hasta que por fin llegaron a un claro donde el doctor García le preguntó si le gustaría descansar un momento.
Sacó de la mochila un par de botellas de agua y los dos se sentaron y apoyaron la espalda en una gigantesca roca que parecía haber salido de la nada. La roca estaba caliente y se sentía agradable contra los músculos cansados de Paula.
- Paula: ¿cómo dio usted con este lugar?- Preguntó y bebió un sorbo de agua.
- Pedro: mis hermanos y yo solíamos jugar en estos bosques todo el tiempo-.
Se hallaba sentado cerca de ella y se apoyaron el uno en el otro un poco más de lo necesario. Ella no se alejó. Le gustaba sentir el hombro del doctor al lado del suyo. Se sentía tan confiable y cálido como la roca tibia por el sol en su espalda. Cerró los ojos y pensó que todo estaría bien en la vida si pudiera quedarse así, con la roca tras ella y Pedro a su lado.
- Paula: es un lugar realmente hermoso -. Comentó, aspiró hondo y abrió los ojos.
- Pedro: ¿Le gusta?-. Él volvió el rostro hacia ella sin alejarse, con la cabeza aún apoyada contra la roca.
Ella se volvió hacia él para responder. Estaban muy cerca
- Paula: me gusta mucho
Los ojos de Pedro se tornaron cálidos de nuevo. Siempre eran así cuando se dirigía a ella.
- Pedro: me alegra.
Caminaron casi media hora más y por fin llegaron al lugar que el doctor García había fijado como destino: un claro en mitad de una arboleda de robles. El arroyo que habían seguido se ampliaba y caía sobre unas rocas grandes, formando una pequeña cascada.
- Paula: esto es muy bello -. Dijo mirando a su alrededor.
Era como un pedazo del paraíso en comparación con todo el ruido y la suciedad de Oakland. Al lado de una de las pequeñas cascadas que formaba el arroyo había una mesa para días de campo y, a la distancia, bajo otra arboleda de robles, había un viejo remolque y junto a él un trozo de terreno despejado en el que alguien echaba unos cimientos.
- Pedro: el arroyo se vuelve más ancho por allá -. Señaló la arboleda de robles-. Pero de todas maneras no es muy profundo. Mis hermanos y yo solíamos cruzarlo por ahí.
- Paula: ¿cree que al dueño le molestaría si nos detuviéramos aquí?
- Pedro: no, no creo que a él le moleste. - Respondió con tranquilidad.
De nuevo se acercó a ella en una forma que la inquietó mientras sacudía el polen y el polvo de la mesa para días de campo. Paula sintió que los latidos del corazón se le aceleraban y suspiró. Aquello no estaba bien. Se dió cuenta de que era una situación que no la llevaría a ninguna parte. El hombro de Pedro rozó el suyo mientras le ayudaba a limpiar la mesa.
- Pedro: ya está, esto es lo más limpia que va a quedar-. Señaló un banco y Paula se sentó.
- Paula: está bien-. Aseguró.
Él abrió su mochila y sacó unos bocadillos, una bolsa de papas y unas sodas; se sentaron a comer a la sombra. Ella se preguntó a dónde los llevaría todo aquello.
Había sido un día maravillo. Paula miraba de nuevo desde su ventana el perfil industrial de Oakland. Cuando no veía las chimeneas que arrojaban humo por las noches casi podía fingir que las fábricas eran sólo las hermosas luces de una ciudad.
Felipe se había dormido hacía una hora, agotado pero feliz, con el gatito acurrucado a su lado sobre la almohada. Le puso de nombre Pedro.
Paula Chaves sonrió al pensar en lo furiosa que se pondría Angela si supiera que había ido a caminar al bosque con él. Sin embargo, ya no le quedaban dudas después de aquel día. El doctor García sabía lo que hacía. Ahora podía asegurarlo. La mejor terapia consiste en rodearse de gente buena y sentarse ante mesas viejas y rayadas para beber café, comer dulces, pasteles y reír mientras se oyen los gritos de los niños jugando afuera.
Cerró los ojos y se apoyó contra la ventana. Sintió que un anhelo le subía por el pecho y le llegaba hasta la garganta. Hacía mucho tiempo que no se daba permiso para sentirse así. Quizá Angela tenía razón. Aquello no podía llevarla a ninguna parte. Tal vez cometía otro error.
Tuvo un momento de pánico al recordar lo último que había hecho. Cuando Pedro le preguntó si podía pasar al día siguiente por la tarde después del trabajo para instalar las cerraduras de los vecinos, Paula le invitó a quedarse a cenar, impulsada por todas las buenas experiencias del día.
-Paula: prepararé carne con chile, será una comida informal e invitaremos a todos.
- Pedro: me encanta la comida informal -. Le aseguró él.
Ella volvió a mirar por la ventana, mientras pensaba en la invitación que le había hecho, miró al norte, hacia Clover Creek y Petaluma y se preguntó qué estaría haciendo Pedro García aquella noche. Resultó ser muy diferente de lo que ella se había imaginado y su atención con sentido práctico no se parecía en nada a la tonta psicoterapia que temía que le ofreciera.
En un impulso abrió el cajón que estaba debajo del teléfono, sacó un bloc de notas a rayas y buscó su pluma. Paula no le había escrito a sus padres en meses, pero de pronto sintió la urgencia de decirles lo maravillosa que se estaba volviendo su vida. Se sentó ante la mesa junto a la cocina y describió a sus nuevos amigos, el arreglo del apartamento, el paseo en el arroyo y el día que había pasado Felipe en la granja.
No habló mucho de la terapia, aunque sí mencionó que el doctor García era psicólogo y que aquello formaba parte de un programa que una amiga le había recomendado.
Dobló con cuidado las tres hojas, las metió en un sobre y lo colocó encima de su bolsa para acordarse de ponerlo en el correo por la mañana.
Cuando caminaba hacia el dormitorio pensó: " Sin importar lo que ocurra la próxima semana, cuando el Arreglo de vida termine, no lamentaré esto; ha sido un regalo". Y conservó ese pensamiento en la cabeza mientras se quedaba dormida.

El Simulador: Capítulo 19

-Ariel: ¡Hola, tío Pepe! -. El chiquillo corrió alegremente hacia el doctor García.
- Pedro (alborotando el cabello del niño): ¿Cómo estás, Ariel?
Ariel miró a Felipe mientras Pedro lo tomaba en brazos para bajarlo de la camioneta; llevaba la capa de supermán debajo de su mochila y el libro de la granja apretado contra su pecho.
- Pedro: Ariel, él es mi amigo Felipe.
Puso a Felipe en el suelo y los dos niños se miraron, no se evaluaron ni mostraron curiosidad alguna, sólo aceptaron el hecho de la presencia del otro. Paula sintió que el corazón le daba un vuelco al ver lo que pequeño que se veía su hijo. Las gafas le cubrían casi toda la cara y había insistido en usar su capa. Esperaba que el sobrino de Pedro no se burlara de él, como el niño de la escuela que le había dicho que usaba una capa tonta, pero parecía que Ariel ni siquiera notaba las gafas o la capa.
- Pedro (poniendo una mano en el hombro de su sobrino): ¿Puedes mostrarle a Felipe el lugar? Quiere ver cómo es una granja de verdad.
- Ariel(encogiéndose de hombros): claro, vamos.
Felipe le entregó a su madre la mochila y el libro y lo siguió sin decir palabra. Los dos desaparecieron en el granero. Un hombre salió del granero en el que los niños habían entrado.
- Agustín: ¡Vaya! ¡Si es el doctor García! -. Sonrió y gritó en dirección de la casa-. ¡Oye, Cecilia! ¡Ven! ¡Ya llegó el Doctor García!.
Paula miró a Pedro y se preguntó si él también tendría algunos problemas con su familia. Tal vez a su hermano le molestaba el hecho de que el doctor García fuera médico y que él fuera granjero. ¿Por qué otro motivo se burlaría tanto de él por su título? Sin embargo, no parecía molesto. Actuaba como si se tratara de algo divertido.
- Pedro: Paula, quiero presentarle a mi hermano Agustín. Agustín, ella es Paula Chaves, una amiga mía.
Paula estrechó la mano de Agustín. La sintió áspera y cálida, como la del doctor García. Conversaron un poco acerca de trivialidades, pero la mente de Paula vagaba por rumbos diferentes. Notó que Pedro la había presentado como su amiga y no como su paciente. Todavía se preguntaba cómo interpretar eso cuando la esposa de Agustín apareció por una puerta lateral de la casa. Era una mujer de aspecto amistoso, con el cabello castaño y ojos marrones. Tenía los pantalones vaqueros rotos en la rodilla y su camiseta, que decía COOPERATIVA LÁCTEA DE CLOVER CREEK, era algunas tallas más grande.
- Cecilia: Hola, Paula, soy Cecilia -. La miró a los ojos y sonrió-. Me alegra conocerte. Pedro nos comentó que te traería.
- Paula: el gusto es mío -. Respondió mientras sentía la mano suave de la mujer que estrechaba la suya.
- Cecilia: pasen a tomar café antes de irse -. Los guió por el pasillo, hasta una enorme habitación con cocina, bien iluminada y muy alegre, el sol entraba por unas ventanas aisladas que protegían un invernadero de hierbas y flores.
- Paula: ¡Oh! -. Murmuró y se acercó para ver mejor el jardín interior.
- Agustín: Carola tiene manos de jardinera -. Explicó él, que se hallaba detrás de su esposa y le dió un abrazo.
Se sentaron ante una enorme mesa de roble. Cecilia preparó una jarra de café y sacó un pastel de café con canela, decorado con nueces que, según le explicó Cecilia, eran de los nogales de la huerta y agregó que la deliciosa nata que Paula le puso a su café provenía también de sus propias vacas. Los cuatros rieron y charlaron durante casi una hora hasta que Pedro decidió por fin que ya tenían que marcharse. Cuando se levantaron, a Paula le pareció que conocía a Cecilia de años.
- Paula: ¿estás segura que no os molesta que Felipe se quede?
- Cecilia: no, en absoluto. Se va a divertir mucho con Ariel y con los niños mayores en cuanto vuelvan de la escuela.
En aquel momento Felipe y Ariel llegaron ocorriendo desde detrás del granero. Cada uno llevaba en brazos un gatito.
- Felipe: mira lo que tienen mamá - Su hijo acariciaba la cabeza del gatito con tanto fuerza que con cada pasada se le veía lo blanco de los ojos-. Ariel me dijo que puedo quedarme con uno.
- Paula (sonriendo): con cuidado, Felipe. Ya hablaremos de eso más tarde, ahora, ¿estarás bien si el doctor García y yo salimos un momento?
- Felipe: claro-.
Empujó las gafas sobre su pequeña nariz, la miró a través de los gruesos cristales y sonrió; de pronto ella sintió que le habían dado un regalo, aunque sólo fuera por un día. Felipe tenía espacio para correr, gatitos para jugar y un amigo casi de su edad.
Cuando ella y Pedro se marcharon por el camino de tierra para comenzar su paseo, a Paula  ya no le importaba si la visita era parte de la terapia o no. Siguieron caminando hasta llegar al final de la granja de su hermano. Luego atravesaron por un terreno para pastar en el que no había vacas.
- Pedro: allí se encuentra Clover Creek-. Dijo al tiempo que señalaba una doble hilera de árboles que circundaban el terreno de pastoreo-. Esos sauces siempre crecen en las orillas del arroyo.
Caminaron hacia allá y Paula pudo oírlo antes de verlo: un arroyo pequeño con helechos y florecillas silvestres que brotaban en su ribera.
- Paula: es hermoso -. Aseguró  e hizo un esfuerzo por ocultar su anhelo. Se prometió que disfrutaría de lo que estaba recibiendo ese día y que no iba a arruinarlo deseando nada más.

El Simulador: Capítulo 18

En esa ocasión ni siquiera fueron al consultorio y Paula se tomó el día libre. Casi no lo creía. El doctor García la había llamado temprano aquella mañana para preguntarle si podía faltar al trabajo.
- Pedro: ¿quiere usted inaugurar su período de vacaciones?
- Paula: ¿por qué no?
El doctor García, Pedro, le pidió que llevara algo de ropa extra para Felipe, que no se preocupara por la comida y que estuviera preparada para caminar. Acalló la voz de Angela en su mente y pensó que cada nuevo paciente era una situación única.
Pedro pasó a recogerlos cerca de las diez de la mañana y subieron en la camioneta. Acomodó a Felipe  en el asiento de en medio y le puso el cinturón de seguridad, después buscó detrás de los asientos y sacó un paquete.
- Pedro: aquí tienes, amiguito. Esto es para tí-. Le entregó el paquete al niño, era un libro de dibujos sobre granjas.
- Paula: ¡Oh!, no tenía que hacer eso -. Protestó, Felipe no fue tan modesto, ya tenía la cabeza metida en el libro.
- Pedro: yo soy el que quiso hacerlo .
Tenía el brazo sobre el asiento, justo detrás de ella y Paula casi podía sentir que la tocaba. Trató de no hacer caso.
- Paula: ¿Cómo se dice, Felipe?
- Felipe:¡Gracias! -. Y le dirigió al doctor García una sonrisa radiante de felicidad.
- Pedro: De nada, amiguito -. Le alborotó el cabello a Felipe, puso en marcha la camioneta y enfiló rumbo al norte.
Paula le echaba rápidos vistazos al doctor García mientras pasaban entre las casas bajas de estuco de Richmond. Felipe charlaba y alternaba su atención entre Pedro y el libro. El doctor le miraba y asentía de vez en cuando y respondía con seriedad a cada una de sus preguntas.
- Pedro: ya vamos a cruzar el puente -. Advirtió el doctor García a Felipe -. Mira para allí y podrás ver la bahía de San Francisco.
Paula también admiró el paisaje y cuando llegaron a Marin County le pareció que entraban en un mundo diferente en el que las calles planas y sucias se transformaron en hierba verde y aterciopelada salpicada de pinos y robles. Sintió que la felicidad surgía en su interior.
Muy pronto, Marin County se convirtió en Sonoma County y, precisamente al sur de un letrero que decía Petaluma, la camioneta disminuyó de velocidad y giró para salir de la carretera.
- Pedro: está un poco más al Oeste -. Informó él y Paula asintió sonriente.
El doctor García vestía sus pantalones vaqueros, unas botas para caminar y una camiseta. Paula siguió su consejo y llevaba ropa deportiva y unas deportivas. Al principio se moría de los nervios, pero ya los tenía bajo control. Sin embargo, tuvo que admitir que no dejaba de preocuparle la posibilidad de que aquella tranquila camaradería se deteriorara en cualquier momento y se convirtiera en algo estúpido, como algunas de las terapias que había visto por televisión en las que la gente se golpeaba con bates de goma o con ramas de abedul.
Observó de nuevo al doctor García y no pudo imaginarlo portándose de forma tan estúpida. Con seguridad, él debió sentir su mirada porque le dirigió una de sus suaves sonrisas. Paula sintió que se sonrojaba.
Disminuyeron la velocidad y giraron para entrar en un camino de grava.
- Pedro: ¿está lista para caminar?
- Paula: sí -. Respondió con mucho ánimo
- Pedro: ¿Y qué tal tú, Felipe? ¿Estás listo para pasar un día en la granja?
- Felipe: ¡Sin duda alguna! -.
Respondió y le dirigió una sonrisa y luego siguió mirando su libro en la página que mostraba un tractor, los ojos le brillaban detrás de las gafas. Paula vió que movía los labios y hablaba consigo mismo mientras miraba las ilustraciones. Ya podía leer palabras sencillas.
Pedro anhelaba que Felipe conociera el lugar.
- Pedro: mi hermano tiene una granja cerca de donde vamos, y tres niños. Felipe se divertirá mucho. Le voy a presentar a Agustín y a Carola para que esté segura de que nada le pasará si lo dejamos allí. Creo que le agradarán.
Ella estuvo de acuerdo y ya estaban a punto de llegar. Iban saliendo del sendero de grava hacia un camino de tierra.
- Paula: ¿qué cultivan aquí?
- Pedro: Heno, césped y tréboles. Es tierra para criar vacas, mi hermano tiene una granja lechera. De hecho, yo mismo soy una especie de especialista en vacas.
- Paula (sonriendo): ¿cómo es eso?
- Pedro: crecimos en la granja. Él se hizo cargo después de que mi padre murió.
Paula asintió. Aquello explicaba la apariencia curtida por los elementos del doctor García y sus múltiples talentos. Giraron en otro camino de tierra que los llevó hasta una enorme casa de campo levantada en una arboleda.
Al otro lado de los pastizales Paula vió otra casa y entre ellas dos graneros y un silo. Dos perros de pelaje blanco con negro corrieron tras la camioneta, ladrando y moviendo la cola con frenesí hasta que un niñito que apareció en el extremo de la casa los llamó, era un poco más grande que Felipe.

miércoles, 1 de abril de 2015

El Simulador: Capítulo 17

Aquel miércoles el trabajo le sirvió de distracción, un tiempo que debía transcurrir para alejar a Paula de lo que ella preferiría estar haciendo. Lo realizó a toda prisa y luego volvió a casa, preparó huevos revueltos y pan tostado para cenar y luego continuó con lo que había empezado la noche anterior.
Los marcos que había pintado ya estaban secos, así que sacó su portafolios del armario, eligió cuatro de sus pinturas favoritas y las colocó en los marcos nuevos.  Se veían maravillosas.
Despues de acostar a Felipe, fue a la mesa y se puso a añadir detalles a la pintura que no terminó la noche anterior. El cuadro vibraba, lleno de color, lo mismo que su vida. Sentía como si todo en ella hubiera cambiado y no solo el apartamento. Toda su existencia había pasado de ser blanco y negro a ser de colores en lo que parecía apenas un instante, igual que el momento en la película del mago de ozen que Dorothy sale de la casa que la tormenta destruye.
Se dió cuenta de  que quien había cambiado era ella, pero el universo a su alrededor parecía estar a una galaxia de distancia de aquel en el que había flotado sola antes de conocer a Pedro García.
Ya no temía ir al trabajo ahora que el señor Brinnon no estaba todo el tiempo respirándole en el cuello. La garganta y los oídos de Felipe se encontraban bien por el momento y ya había programado la intervención, sin tener que pedirle dinero a sus padres.
Ni siquiera Angela era tan molesta desde que Paula comprendió que en realidad se parecía al señor Brinnon solo que de una manera distinta. Siempre la hostigaba con algo, en este caso los mil dólares que había insistido en darle algo como regalo sin ningún compromiso para su terapia. Al principio la decepcionó descubrir que no podía considerar a Angela en realidad como su amiga, pero eso tambien la había liberado, en cierta forma. Despues de todo, no estba loca, se supone que uno debe sentirse bien con sus amigos, tal como Paula se sentía con el doctor García.
Y aquí estaba pintando otra vez. Dió un paso atrás y examinó con expresión crítica la escena en el papel. Se trataba de la plaza Ghirardelli, con sus ladrillos rojos, el cielo de un azul intenso y las plantas de un verde brillante. Pensó que era un buen trabajo.
La habitación desapareció y todo quedó un poco fuera de foco, salvo el cuadro que pintaba. No tenía ni idea de cuanto tiempo había estado concentrada cuando el ruido agudo e insistente del teléfono la devolvió de pronto a la realidad.
Paula suspiró y tomó el celular.
-Angela: Pau, ¡que bueno que te encuentro!  escucha, creo que tenemos que hablar.
- Paula: muybien, pero en este momento estoy algo ocupada.
-  Angela: ¿Y que estás haciendo?
Paula: ¿Que queres decir con eso?-su voz sonó áspera incluso a sus propios oídos- estoy pintando
- Angela: ¡Ah! mira, me preocupa mucho como va tu terapia.
Pala comprendió resignada que esa no iba a ser una conversación corta y dejó la paleta sobre la mesa.
- Angela: no se parece en nada a mi arreglo de vida ni a lo que el doctor García describe en su libro.
- Paula: bueno, pues yo creo que va bien.
- Angela: no estoy segura de que estés calificada para juzgar eso.
Paula sintió un bochorno inesperado.
- Paula: ¡Tienes razón, solo se trata de mi vida!
- Angela: ¡Oye!- (tambien la voz de ella comenzó a acalorarse)- ¡yo soy la que tiene experiencia en esto y  soy la que encontró al tipo!.
Paula sabía que estaba pensando: "y la que pagó."
- Angela: ¡Y siento cierta responsabilidad!
- Paula: ¡Bueno, pues no tienes que hacerlo!
- Angela: ¡Oh, perdóname! ¿Me estás diciendo que despues de que pagué, ya no requieres mis servicios?
Ahí estaba, lo había soltado. Paula movió un poco la cabeza y mantuvo la voz bajo control. Tomó  nota de que el primer cheque que haría cuando le pagaran su salario retroactivo sería para Angela.
- Paula: lo único que digo es qe me siento mejor qe en muchos años. Lamento muchp que el doctor García no esté haciendo lo que tú esperabas.
- Angela: se está aprovechando de tí.
- Paula: ¡¡No es verdad!!- (ahora sí que se sintió molesta)
- Angela: ¡Llevarte a tomar un café! ¡Por el amor de Dios!
- Paula: están reconstruyendo su consultorio- contestó lamentándose de haberle contado sus sesiones con el doctor García.
-Angela: eso fue lo que él te dijo.
- Paula: Angela, lo ví con mis propios ojos.
- Angela: correcto, ¿viste que estuvieran derribando algún muro?
En ese momento, cayó en la cuenta de que solo había visto a los trabajadores toando medidas y colocando marcas. Sin embargo, no quería que Angela se saliera con la suya.
-Paula: él me dijo la verdad, Angela. ¿Por qué iba a mentirme?
-Angela: ¡Oh, querida Pau! ¡Sí que eres una niña!- el tono era despectivo.
Esa fue la gota que derramó el vaso.
- Paula: ¡Mira, en realidad no me importa lo que pienses. Y no me gustan tus insinuaciones de que el doctor García es un hombre de poco carácter y de que yo soy demasiado tonta para darme cuenta de ello. Él es un buen hombre y me está ayudando mucho. Como te comenté, en este momento estoy ocupada, voy a colgar!
Y eso hizo, colgó con fuerza, ni siquiera se despidió.
Tomó el pincel y la paleta y volvió a examinar su pintura. Vio que ya estaba terminada y se resistió a la tentación de seguir añadiéndole detalles. Limpió su pequeño estudio, echó un vistazo a su  apartamento otra vez y sonrió. Pensó que merecía mostrárselo a alguien. Tal vez organizaría una comida para el fin de semana. Invitaría a sus vecinos, incluso al señor Jacobsen, ¿por qué no? podría hacerla el viernes e invitar también al doctor García. Por primera vez en años se sentía feliz.
Angela permaneció sentada, mirando el teléfono durante todo un minuto después de que Paula  le colgó. Movió la cabeza de un lado a otro sin poder creerlo. -
 Angela: ¡esa pequeña perra!
Y aquellas palabras que murmuró borraron su tambaleante amistad. se puso de pie, rebuscó en su bolso y lo revolvió hasta encontrar su agenda. Encontró el número de Carson Fuller, el investigador que empleó cuando lo de su divorcio y lo marcó. le respondió un contestador automático.
Angela: habla Angela Vazquez, tengo algo que quiero que investigue. Llámeme en cuanto pueda.
Le dejó los números de su casa, oficina y del teléfono móvil, después colgó y volvió a sentarse todavía furiosa. Paula había aceptado con codicia su generosa ayuda y luego se había vuelto en su contra.
Sintió como su furia inicial disminuía al adquirir la forma que su acción le había dado.iba a descubrir qué ocurría. Paula Chaves era demasiado boba para haber dado pie a aquella amistad o lo que fuera. El doctor Pedro García  estaba detrás de todo.
Iba a descubrirlo. le había pagado mil dólares y ¿para qué? ¿para que sedujera a su amiga?.En su mente flotó una idea que ni siquiera llegó a concretarse: que el doctor García no mostró ningún interés romántico en ella, de hecho casi ningún interés.¿qué creía ese asqueroso infeliz que podía hacer con Paula?
Se retrepó en su silla y toda la furia que había sentido antes hacia Paula se dirigió a un nuevo objetivo: haría caer a García se prometió a sí misma. iba a enseñarle quién era ella. nadie jugaba con Angela Vazquez.

El Simulador: Capítulo 16

-Pedro: ¿de verdad eso cree?
-Pedro: estoy seguro
 Paula miró mas allá del doctor García, a la calle frente a la plaza Ghirardelli. Sintió que una ola de frescura la recorría, como aquel día despues de la primera sesión que tuvo con él, y ni siquiera el recordar Oakland ni embarcadero Arms pudo alejar aquel sentimiento.
-Paula: me gustaría terminar la escuela y pintar. A veces imagino el lugar en el que quisiera vivir, un sitio donde Felipe pudiera correr y jugar.
 Pedro: ¿sí? ¿y como sería ese lugar? El rostro del doctor García se iluminó.
 -Paula: bueno, algo rústico, una casa o una cabaña en el campo, con una chimenea de piedra.
-Pedro: (sonriendo): ¿y que mas?
 -Paula: (sonriendo tambien) ¿esto es parte de la terapia?
-Pedro: por supuesto que sí.
-Paula: no hay mucho mas.
-Pedro: sí que lo hay, ¿que ve cuando cierra los ojos?
Paula: (cerrando los ojos): un gran porche al frente, con un columpio y una mecedora.
-Pedro: ¿y nada mas?
-Paula: un estudio con mis pinturas-ella sintió que le ardía el rostro y se preguntó cuan completa debía ser su descripción.
-Pedro:vamos, cuéntemelo todo.
 -Paula (con los ojos todavía cerrados):  eso es todo.
- Pedro: ¿y quien está dentro de la casa?
 -Paula: Felipe, yo, un esposo y otro bebé. De cualquier manera... -su voz se perdió y ella abrió  los ojos- por eso me parece que debo regresar a Georgia y Casarme con Guillermo Semple. Tal vez no sea una cabaña en el campo, pero al menos Felipe tendría un padre y un lugar donde correr y jugar.
El doctor García se inclinó hacia el frente y su rostro quedó a escasos centímetros del de ella.
-Pedro: pero, ¿en realidad quiere regresar a Georgia y casarse con ese tipo?
-Paula: no-respondió a toda prisa- pero no me imagino viviendo así el resto de mi vida.
El doctor García se mostró preocupado y a punto de decir algo, pero no lo hizo, sólo la miró y asintió.
Paula recogió a su hijo en la guardería Happy Campers.
-Paula: Felipe, ¿te gustaría ir a Mc Donald´s por una cajita felíz?
-Felipe: ¡por supuesto!-respondió con una sonrisa y los ojos entrecerrados.
Paula reconoció en la respuesta del pequeño las palabras exactas que había expresado el doctor García cuando Felipe quiso saber si volvería. Se preguntó cuantas veces habría repasado Felipe aquella conversación en su mente.
Tomaron un colectivo, viajaron alrededor de cinco minutos y luego bajaron cerca de un supermercado de artículos para el hogar.
 En el Mc Donald´s de al lado Paula ordenó dos cajitas felices, comieron sus hamburguesas,  conversaron y luego Paula de dió a Felipe el pequeño coche de carreras que venía en la cajita.Él jugó a correr y estrellar los dos coches toda la tarde mientras ella lo llevaba en un carrito por el supermercado.
 Paula compró tres almohadones: uno anaranjado rojizo, otro rosa y uno azul; tambien una alfombra azul cobalto, unas macetas color terracota y plantas grandes, cuatro marcos sin barníz y tres mantelitos de colores extravagantes. Compró una botella de jabón de aceite, un libro nuevo para Felipe y un juego. Luego escogió unas sales de lavanda para baño.
Ya se había pasado la hora de dormir de Felipe cuando llegaron a la casa. Paula le dió su medicamento lo metió en la cama y puso sus anteojos en la mesita de noche, junto con un vaso de agua y algunas pastillas de cereza para la tos, pasó unos segundos apoyada contra la pared de la sala pensando y luego se puso manos a la obra.
 Movió todos los muebles hacia donde estaba la cocina y a su dormitorio.
Subió de nuevo las escaleras, se sentía como si hubiera hecho una hora de ejercicio. Aspiró la habitación hasta conseguir que el señor Jacobsen diera algunos golpes en el techo. No le hizo caso, despues preparó una mezcla de agua cliente y jabón  de aceite y fregó el suelo Cuando quedó seco colocó la alfombra nueva. La habitación quedaba mucho mejor ahora.
Volvió a colocar los muebles oscuros y acomodó los almohadones sobre los sillones.Llevó los marcos a la zona pequeña que usaba como estudio, y sin dejar de tararear, pintó la madera barata para igualar los colores que había en la habitación: uno cálido amarillo, azul cobalto, rojo vino y rosa encendido.
Cuando los terminó eran las diez de la noche, ya debía irse a la cama, pero en vez de eso sacó su pincel y el papel que había extendido y comenzó a pintar.
Trabajó casi hasta la medianoche y despues limpió sus pinceles. Acabaría de pintar al día siguiente. Se preparó un baño caliente y le puso un puñado de sus nuevas sales de lavanda.
Por fin pese a lo mucho que se estaba divirtiendo, no puso pensar en mas excusas para seguir despierta. Ademas se advirtió a sí misma, la alarma del reloj sonaría por la mañana ala misma hora de siempre, sin importar que se estuviera divirtiendo o no.
Revisó la cerradura, tal como le había prometido al doctor García y luego se fue a la cama. Se tendió en la oscuridad y saboreó aquella cálida sensación.
De pronto, como en una emboscada sorpresiva, la invadió un sentimiento de pánico. Una vocecita que no había escuchado en días comenzó a hablarle. ¿ Y si no te dan el bono? le preguntó, había gastado casi 100 dólares ese día. ¿Y si se enfermaba o sufría un accidente y no podía trabajar?
Se quedó en la cama y sintió que el corazón se le aceleraba, mas de repente supo que no tenía de que preocuparse. La voz en su cabeza desapareció y Paula se acomodó de lado y se quedó dormida aun antes de poder imaginar su cabaña.

El Simulador: Capítulo 15

Pasaron por la bahía de San Francisco y al legar a la zona portuaria, el doctor García disminuyó la velocidad y  dirigió la camioneta hacia un estacionamiento.
- Pedro:  está mas allá-, explicó al tiempo que señalaba. Paula alcanzó a ver el letrero de Ghirardelli por encima  de los edificios que los rodeaban.  Asintió con la cabeza y caminó junto al doctor García. Pasaron la lado de vendedores ambulantes, de mendigos, de galerías de arte y restaurantes elegantes.
El doctor García le rozó la espalda mientras subían por la serie de tres escalones hacia la fábrica de chocolates y entraban en la plaza: un lugar espacioso,  con paisaje de agua, cristal, ladrillos rojos y platas verdes exhuberantes.
- Paula: ¡es un lugar hermoso, doctor García!, he vivido seis años aquí y  nunca había venido.
- Pedro: yo tampoco había estado antes aquí, pero, ¿podría pedirle que me llamara Pedro? le aseguro que prefiero que no me llame doctor García  (tenía una expresión  de culpabilidad).
Paula asintió  y siguieron hacia la tienda de chocolates. La mano del doctor García, Pedro, rozó la suya una o dos veces mientras caminaba a su lado. Él le cedió el paso en la cafetería.
- Pedro: ¿tiene que volver pronto al trabajo?-. le preguntó mientras miraba su reloj.
- Paula: no tengo prisa
Respondió y luego el contó todo  acerca de como el señor Brinnon le había dado categoría de jornada completa  y todos los beneficios que esto traía consigo. Cuando llegó a la parte del sueldo retroactivoel doctor García solo echó la cabeza para atrás y rió al mismo tiempo que le daba unos golpecitos en la espalda.
- Pedro: ¡Oh, Paula es fantástico!. - aseguró y parecía tan felíz como ella se sentía.
- Paula : el señor Brinnon me recomendó que me tomara el tiempo que hiciera falta. Ahora es muy amable conmigo, creo que incluso me tiene un poco de miedo.
El doctor García volvió a reír y Paula hizo lo mismo.La camarera los guió a una mesa cerca de la ventana.
- Pedro: ¿Quiere comer algo?
- Paula: solo café.
El doctor también tomó café y se sentaron frente a sus tazas mas de una hora, sin que nadie los paresurara. Una vez mas Paula notó que las palabras fluían desde sus labios hasta los oídos comprensivos del doctor. Sin ninguna sensación de verguenza le contó que le faltaba un año para graduarse cuando se enteró de que estaba embarazada. Le habló de Facundo  y de la decepción que le había provocado a sus padres.
- Pedro: Parece estar convencida de que se merece lo que ocurre porque cree haber arruinado su vida. No estoy de acuerdo, usted ha hecho lo mejor que ha podido para ser una buena madre y una buena persona, para darle a Felipe un hogar felíz y por lo que he visto creo que esos esfuerzos han tenido éxito.
Paula Chaves sintió que se le nublaban los ojos y apartó la mirada, temerosa de romper en llanto.No recordaba la última vez que alguien la había elogiado, en especial con aquel tipo de elogio, profundo y genuino que parecía aprobar lo que ella era en realidad.
- Paula: gracias, respondió al fin.
- Pedro: de nada.
- Paula (aclarándose la garganta): despues de que Facundo y yo nos separamos, encontré un apartamento sobre el garaje de una pareja de ancianos en el cerrito y conseguí trabajo en un banco. El señor Conroy, Bill, era un policía jubilado y él y su esposa fueron como unos padres para mí.
- Pedro: entonces, ¿Por que se mudó a Oakland?
- Paula: Bill murió y Millie tuvo que vender la casa. Entonces conocí a Angela que era la agente inmobiliaria de Millie.
- Pedro: ¿sigue visitando a Millie?
- Paula: murió la primavera pasada.
El doctor García se inclinó sobre la mesa y cubrió la mano de Paula con la suya. Ella la sostuvo un minuto y despues,  avergonzada, la retiró.
- Pedro: y entonces se mudó a Oakland.
Paula asintió y luego pasó al tema de Guillermo Semple
- Paula: hay un muchacho en mi ueblo que quiere casarse conmigo y a veces me asusta tanto la posibilidad de que Felipe pase toda su vida en Oakland, rodeado de humo y sin tener donde jugar, que pienso en llamarlo.
El doctor García la miró durante un minuto sin decir nada.
-Pedro: ¿le ama?-preguntó por fin.
-Paula: no respondió sin titubear- pero a veces me pregunto si eso en verdad importa.
-Pedro: ¿a que se refiere?
-Paula: quiero decir que hay mas cosas en la vida ademas del amor. Cosas buenas, como dar a nuestros hijos un padre y construir algo en lugar de simplemente ir pasando.A veces  creo que valdría la pena casarse con alguien solo para pasarle los problemas.
- Pedro: yo soy muy fuerte, ¿por que no me los pasa a mí?
  Ella sonrió.
-Paula: suena un poco tonto, pero lo que mas me molesta son las cosas simples.
-Pedro: póngame un ejemplo.
 Ella se avergonzó, pero por fin soltó lo primero que le vino a la cabeza.
-Paula: no sé si debo permitir que Felipe se ponga su capa de superman todo el tiempo. Quiero decir, nada mas se la quita para bañarse. Se la hice para jugar y creí que estaba bien, pero Angela me asegura que eso significa que Felipe está creando un mundo de fantasías para tratar de escapar de su vida presente asumiendo otra personalidad.
 El doctor García soltó una carcajada y movió la cabeza de un lado a otro.
- Pedro: pues, ¡claro que está creando un mundo de fantasías! en eso consiste ser niño.¿quien es esta amiga suya? ¿con que autoridad la mortifica con esos comentarios?
  Ella pareció sorprendida.
-Paula: usted la conoce, fue a verlo el año pasado, Angela Vazquez.
El doctor García también se mostró sorprendido.
 -Pedro: cierto, rectificó; guardó silencio por un minuto, mientras movía su café. Luego la miró a los ojos otra vez.
Ella dejó escapar el aliento contenido y en seguida volvió a relajarse en su silla.

martes, 31 de marzo de 2015

El Simulador: Capítulo 14

A Facundo lo conoció en la universidad de Georgia.
- Facundo: ven a California conmigo, Paula- .
Le propuso y lo hizo parecer tan atractivo como un paseo por un parque de atracciones. Se mudaron, ambos estudiaban en la universidad y trabajaban. Pero al cabo de un mes tan sólo, Facundo renunció a su empleo y apenas se sostuvieron de lo que ella ganaba en su trabajo de media jornada. Luego, sutilmente, más cosas cambiaron. A Facundo solo le importaba la facultad de leyes. Estudiaba de día y de noche y pasaba más y más tiempo con otros estudiantes de derecho.
En la distancia por fin comprendió, que la reacción de Facundo ante el anuncio de que estaba embarazada fue la gota que derramó el vaso. Unos días después de informarle de los resultados de la prueba casera de embarazo que ella misma se había hecho, encontró un sobre en la mesa del apartamento. Contenía cinco billetes de cien dólares, la dirección de una clínica y una nota: " Lamento no poder acompañarte, pero tengo un grupo de estudio esta noche y un examen mañana. Este dinero es para que arregles el asunto. Hablaremos luego".
Arreglar el asunto. Se refería a Felipe. Paula se sentó ante la mesa y leyó la nota tal vez veinte veces, contó los rígidos billetes de cien dólares y dejó caer la cabeza para llorar.
Eso fue lo que le ocurrió a la antigua Paula, ese día creció de golpe. Aún guardaba dos de los billetes originales de cien dólares para casos de urgencia.
Pensó en el doctor García y en su amabilidad, en la cerradura nueva en la puerta. En la manera que la miraba cuando ella le hablaba... expectante y respetuoso.
- Angela: te vas a enamorar de él, todos se enamoran de sus terapeutas-. Le había asegurado su amiga.
- Paula: yo no me voy a enamorar. -. Estaba muy segura de ello y un poco molesta por Angela insinuarlo, pero en cierta forma él la había conquistado, con su amabilidad, y aunque pocas, con sus palabras.
- Pedro: cuénteme -. Fue todo lo que le pidió y ella se lo había contado todo. Le ayudó a soportar una carga que ya le estaba resultando demasiado pesada para llevarla sola siquiera un segundo más.
- Pedro: ¿cómo se siente? -. Le preguntó cuando terminó de hablar.
Y ella le soltó lo primero que se le ocurrió.
- Paula: como un soldado que ha estado de guardia solo, y que por fin logra descansar porque hay alguien más con él.
Y luego él la miró con aquellos ojos amables y dijo:
- Paula: está bien, descanse.
Y aunque no estaba enamorada, eso sería ridículo, ahora se daba cuenta de por qué Angela le había dicho aquello.
Mientras observaba los edificios bajos y cuadrados de las fábricas que surgían de entre la niebla matutina, se preguntó que haría cuando se terminaran las sesiones. Tal vez el doctor García, Pedro, querría seguir siendo su amigo.
Asintió y guardó en su interior aquel pensamiento reconfortante. Aunque no tenía la certeza de que fuera a ser así, por el momento era suficiente para ella. Además, lo vería... consultó el reloj sobre la vieja cocina... en exactamente cinco horas.
El doctor García tenía muy buen aspecto ese día. Levaba otra vez unos pantalones vaqueros, una camisa de algodón azul con blanco y botas, un poco menos toscas que las de antes. Cuando Paula  llegó, la estaba esperando en la entrada del consultorio y ella pudo ver a espaldas de él, a dos hombres de traje azul que medían y marcaban las paredes.
- Pedro:  como habrá visto, están trabajando en el consultorio.
Paula asintió y el mundo se le vino abajo. Se preparó para lo que seguiría  y se preguntó por que habría roto su primera regla: no anticipar las cosas. Uno siempre acaba decepcionandose.
- Pedro: bueno (mientras la miraba con tranquilidad) ¿Le gustaría ir a tomar un café?.
Paula sintió como si una burbuja transparente subiera desde su abdomen y explotara en el  aire en forma de risa. Entonces, el doctor García, sonrió, pero no pronunció  palabra. Solo parecía un poco perplejo.
- Paula:  claro, me gustaría mucho.
- Pedro: ¿de que se ríe? -. Le preguntó mientras se dirigían al ascensor.
- Paula (con una sonrisa): de nada, de mí misma.
El doctor García mantuvo la puerta de la camioneta  de su cuñado para que ella subiera. Le explicó que se la había prestado mientras duraba el proyecto en el que estaba trabajando.
- Pedro: Paula, ¿Alguna vez  ha visitado la plaza Ghirardelli?.
Paula  movió la cabeza y respondió que no.
El doctor García apreció satisfecho con su respuesta e hizo dar vuelta la camioneta para dirigirse hasta allí.
El camino colina abajo, Paula  miró a su alrededor con los ojos con que había decidido contemplar la ciudad  a partir de aquel omento: como si fuera uno de aquellos turistas que se apiñan en las esquinas, a la espera de cambio de luces en el semáforo. De hecho decidió que así vería todo: desde la calle en la que vivía hasta su jefe en el trabajo. Descubrió con asombro, que las cosas pueden cambiar. Que pueden transformarse y avanzar.