- Sofía: ¿Qué diablos fue lo que ocurrió allí dentro? - exigió saber una hora más tarde, cuando Paula Chaves ya se había marchado -. Esa chica pasó a mi lado como si yo no existiera.
- Pedro: estaba muy alterada - la defendió tomando partido por Paula-. Tenía muchas cosas en la cabeza.
- Sofía: ¿Y tú quién te crees? ¿La doctora Laura, la psicóloga del programa de radio?.
- Pedro: (frotándose la frente) para nada.
- Sofía: ¿Qué hiciste? ¿Escuchaste toda su historia?.
- Pedro: en esencia, sí.
Sofía se puso de pie, tomó sus cosas y se volvió a mirarlo con el entrecejo fruncido al notar que él no la seguía.
- Sofía: ¿Qué estás haciendo?.
Pedro abría cada uno de los cajones del escritorio de la secretaria buscando la libreta de citas. Encendió el ordenador y lo observó mientras se iniciaba y corría un programa antivirus.
- Sofía: repito, ¿Qué estás haciendo?.
- Pedro: busco la dirección o el número de teléfono de Paula Chaves.
- Sofía: ¿Para qué?.
- Pedro: necesito llamarla
- Sofía: ¿Por qué?
- Pedro: porque necesito aclarar algo-
Él frunció el entrecejo. El ordenador de García no tenía la misma configuración que el suyo. Hizo algunas pruebas con el equipo durante un minuto y trató de no hacer caso a las preguntas de Sofía.
- Sofía: ¿Aclarar qué? - la voz de ella se hizo más aguda y cuando Pedro levantó la mirada vio que el rostro tenía una expresión que presagiaba tormenta.
- Pedro (suspirando): hubo una ligera confusión, cree que soy García.
- Sofía: ¿No le has dicho que el doctor no estaba? - el tono de voz de Sofía le pareció peligrosamente sereno.
- Pedro: (con los ojos clavados en el ordenador): lo haré.
- Sofía: ¿Y si no encuentras el número?
- Pedro (encogiéndose de hombros): en el peor de los casos, tendré que verla aquí en su siguiente cita, el jueves, y decírselo, sin embargo, espero no llegar a eso. Tiene que estar por aquí en alguna parte.
Por fin Pedro pensó en la solución obvia y buscó en la guía telefónica, pero no encontró a ninguna Paula Chaves en el área de la bahía. Antes de que por fin se dieran por vencidos, él y Paloma habían revisado cada centímetro del consultorio de García sin encontrar información alguna relacionada con Paula Chaves, era como si el doctor no supiera de su existencia.
En el último momento, cuando estaban a punto de marcharse, a Pedro se le ocurrió tomar de una repisa detrás del escritorio el libro de García titulado, "Arregle su vida en veintiún días".
- Sofía: nada de esto habría pasado si yo hubiera podido hablar con ella antes que tú
El rostro de Sofía se acercaba de manera amenazadora a la cara de Pedro desde el asiento del pasajero de la camioneta Ford.
Mientras dirigía el vehículo comprendió que su socia y amiga tenía razón. Sintió un ligero estremecimiento al pensar en la red de mentiras que había tejido. Sin embargo, a pesar del problema en que se hallaba, tuvo que admitir que no se sentía tan molesto porque Paloma no hubiera sido la primera en hablar con Paula.
- Sofía: cree que eres el doctor García.
- Pedro: sí, ya lo sé - podía oír como cada palabra de su frase parecía cortar el ambiente al entrar en su conciencia.
- Sofía: ¿Y no te comentó nada sobre tu ropa?
- Pedro: le expliqué que era mi día de ropa informal.
Se hizo un breve silencio y luego Paloma soltó una carcajada ronca y sonora.
- Sofía: ¡Dios bendito!. ¡Vaya, vaya, vaya!. ¿Y por qué no le dijiste la verdad?
- Pedro: no lo sé. Simplemente no pude, me pareció tan ... digna de lástima. Tuve la impresión de que ella pensaba que yo era su última esperanza.
- Sofía: pero se va a enterar de la verdad dentro de tres semanas cuando García regrese.
- Pedro: ya habrán terminado sus sesiones para entonces.
- Sofía (sarcástica): ¿Ah,si?, lo olvidaba, está siguiendo el "Arreglo de vida en veintiún días" - (poniéndose seria) Si hoy te pareció digna de lástima, ya verás cuando descubra que no eres psicólogo. Esta chica podría estar sufriendo graves problemas. Dime que no vas a seguir con esto durante tres semanas.
Pedro no desvió la mirada del camino, cuando Sofía se alteraba mejor era no hacerle caso. Se detuvo en el estacionamiento de la constructora Alfonso- Martínez y apagó la camioneta. Sofía permaneció sentada sin bajar del vehículo.
- Sofía: prométeme que no lo harás.
Él se giró y la miró. Luego negó con la cabeza.
- Pedro: no lo haré.
sábado, 28 de marzo de 2015
El Simulador: Capítulo 1
- Sofía: Pedro, a mí sólo explícame una cosa.
Sofía Martínez observaba con atención los planos que había trazado para la reconstrucción del consultorio del doctor Gabriel García. Se veía como si el escritorio de la secretaria de García fuera suyo.
- Sofía: ¿Qué diablos va a hacer un psicólogo con una bañera de agua caliente de este tamaño en mitad del consultorio?.
- Pedro (encogiéndose de hombros): nuestro trabajo no es hacer preguntas - comentó y entró en el consultorio del doctor para terminar de tomar las medidas-. Tal vez le agrada el concepto de espacios abiertos.
- Sofía: ajá.
A Pedro también le resultaba un poco extraño, pero por lo que su cliente Bob Metzger le había contado, este tipo siempre daba con un nuevo modo de desplumar a la gente y su más reciente proyecto era una especie de terapia de renacimiento en la que uno se metía en una bañera con agua caliente y fingía nacer otra vez.
Pedro movió de un lado a otro la cabeza, incrédulo ante la idea de que las personas pagaran por algo así. Siguió midiendo la habitación que en una semana más ya no existiría, cuando se pusiera en marcha el plan del doctor.
La cinta métrica Stanley de Pedro rebobinó sus ocho metros de extensión y él se inclinó para anotar la última medida en un cuaderno de espiral.
La puerta del consultorio se abrió. Alzó la mirada pensando que sería Sofía, pero no fue ella a la que vio entrar por la puerta, sino a una mujer bellísima que de un rápido vistazo noto que había estado llorando mucho y hacía muy poco. Le salpicaban el rostro unas manchas encarnadas que se extendían por el cuello y hasta el pecho y tenía la nariz de un rojo brillante.
Pedro dejó caer la cinta métrica en la silla detrás del escritorio del doctor García, al lado de su gorra raída azul de la Constructora Alfonso- Martínez. Sofía estaba de pie en la entrada, detrás de la mujer, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión entre divertida y recelosa. Después de un segundo o dos, la llorosa mujer balbuceó.
- Paula: me llamo Paula Chaves. Vine para el arreglo de vida en veintiún días-.
Caminó hasta el pequeño sofá del doctor García. Miró al asiento y luego a Pedro y él entendió que esperaba que la invitara a sentarse.
- Pedro (haciendo un ademán para que se sentara): por favor
- Paula: gracias
Respondió en tono amable pero con actitud nerviosa, al tiempo que tomaba asiento. Tardó uno o dos segundos y parecía estar preparándose para decir algo. Pedro vió cómo se le transformó la cara de tensa a compungida y luego comenzó a llorar de nuevo.
- Paula: Ya no puedo seguir así
Sofía hacía señas y pronunciaba palabras sin sonido que Pedro no alcanzó a descifrar; él mismo le hizo una señal para que se acercara y hablara con la mujer, pero ella le hizo adiós con la mano y volvió a la sala de espera, dejándole solo.
Pedro se sintió como un tonto de pie, así que tomó una silla de un rincón y la acercó al sofá. Se colocó frente a la llorosa joven, pero no podía verle muy bien la cara porque la había apoyado sobre las rodillas y se abrazaba a las piernas y sus hombros se sacudían con fuerza de sus desgarradores sollozos.
Pedro tuvo miedo de tocarla, así que únicamente apoyó los codos sobre las rodillas, se inclinó hacia el frente y esperó a que terminara. El corazón le latía con fuerza a causa de todos los sentimientos que flotaban en el ambiente. Pero eso fue sólo el principio, como cosa extraña, después de un rato se olvidó de su propia incomodidad y en algún recoveco de su pecho comenzó a sentir lástima de que una persona tan joven y hermosa tuviera que soportar una carga tan pesada que la hubiera llevado hasta ese estado. Por fin, después de algo que le pareció una eternidad, los sollozos disminuyeron. Paula Chaves levantó el rostro bañado en lágrimas, sacó un pañuelo desechable, se limpió los ojos y se sonó la nariz. Pedro cambió de postura en la silla.
- Paula: lo lamento
- Pedro: no tiene por qué disculparse.
Ella se enderezó y él hizo lo mismo, pero ninguno habló. Pedro pensó que después de liberar toda esa tensión, Paula debía ser la primera en hablar y lo hizo por fin; al principio titubeó, pero luego cobró fuerza y velocidad conforme proseguía. Pedro se retrepó en su silla y la escuchó.
No le pareció el momento más apropiado para sacar a Paula de su error de haberlo confundido con el doctor García, pero conforme el relato se extendía Pedro comenzó a sentirse muy incómodo. Unas cuantas veces ella se detuvo y él abrió la boca para confesarle lo ocurrido, pero tardó mucho en encontrar las palabras adecuadas y en cada ocasión, antes de que pudiera decir algo, ella retomaba su historia o volvía a derramar lágrimas.
Pedro notó que Paula tenía lo que su madre hubiera llamado un rostro dulce... después de que ella se tranquilizase un poco y él pudiera echarle un vistazo a su estado virginal, por así decirlo, puesto que ella tenía un hijo. No era casada, sólo tenía un hijo. Le contó eso además de muchas otras cosas, hechos y revelaciones que se sucedían con tanta rapidez que él no alcanzaba a catalogarlos ni cuestionarlos. Mientras seguía aquel caudal de palabras se preguntó cuánto tiempo habría pasado desde la última vez que alguien la había escuchado.
En un momento ella guardó silencio y miró los zapatos de Pedro.
- Paula: ¿por qué tiene puestas botas con punta de acero? -
Le preguntó llanamente, con una candidez tal que Pedro habría apostado que era la causante directa de algunos de sus problemas. Se le ocurrió entonces que ella estaba confiando en él y sintió una punzada que le hizo comprender que ése sería el mejor momento para decirle que era Pedro Alfonso y no el doctor Gabriel García. Sin embargo, se oyó respondiendo otra cosa.
- Pedro: es día de ropa informal - contestó después de un instante de titubeo y luego se dio cuenta de que había desperdiciado la oportunidad de sacarla de su error.
- Paula: pensé que el día de ropa informal era el viernes. ( ese día era martes).
Pedro no pudo idear una buena respuesta a eso, así que sólo se encogió de hombros y agregó otra mentira más.
- Pedro: tenía que hacer un poco de trabajo en el consultorio - aseguró con el rostro encendido.
Paula Chaves hizo una pausa, asintió y continuó hablando.
Sofía Martínez observaba con atención los planos que había trazado para la reconstrucción del consultorio del doctor Gabriel García. Se veía como si el escritorio de la secretaria de García fuera suyo.
- Sofía: ¿Qué diablos va a hacer un psicólogo con una bañera de agua caliente de este tamaño en mitad del consultorio?.
- Pedro (encogiéndose de hombros): nuestro trabajo no es hacer preguntas - comentó y entró en el consultorio del doctor para terminar de tomar las medidas-. Tal vez le agrada el concepto de espacios abiertos.
- Sofía: ajá.
A Pedro también le resultaba un poco extraño, pero por lo que su cliente Bob Metzger le había contado, este tipo siempre daba con un nuevo modo de desplumar a la gente y su más reciente proyecto era una especie de terapia de renacimiento en la que uno se metía en una bañera con agua caliente y fingía nacer otra vez.
Pedro movió de un lado a otro la cabeza, incrédulo ante la idea de que las personas pagaran por algo así. Siguió midiendo la habitación que en una semana más ya no existiría, cuando se pusiera en marcha el plan del doctor.
La cinta métrica Stanley de Pedro rebobinó sus ocho metros de extensión y él se inclinó para anotar la última medida en un cuaderno de espiral.
La puerta del consultorio se abrió. Alzó la mirada pensando que sería Sofía, pero no fue ella a la que vio entrar por la puerta, sino a una mujer bellísima que de un rápido vistazo noto que había estado llorando mucho y hacía muy poco. Le salpicaban el rostro unas manchas encarnadas que se extendían por el cuello y hasta el pecho y tenía la nariz de un rojo brillante.
Pedro dejó caer la cinta métrica en la silla detrás del escritorio del doctor García, al lado de su gorra raída azul de la Constructora Alfonso- Martínez. Sofía estaba de pie en la entrada, detrás de la mujer, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión entre divertida y recelosa. Después de un segundo o dos, la llorosa mujer balbuceó.
- Paula: me llamo Paula Chaves. Vine para el arreglo de vida en veintiún días-.
Caminó hasta el pequeño sofá del doctor García. Miró al asiento y luego a Pedro y él entendió que esperaba que la invitara a sentarse.
- Pedro (haciendo un ademán para que se sentara): por favor
- Paula: gracias
Respondió en tono amable pero con actitud nerviosa, al tiempo que tomaba asiento. Tardó uno o dos segundos y parecía estar preparándose para decir algo. Pedro vió cómo se le transformó la cara de tensa a compungida y luego comenzó a llorar de nuevo.
- Paula: Ya no puedo seguir así
Sofía hacía señas y pronunciaba palabras sin sonido que Pedro no alcanzó a descifrar; él mismo le hizo una señal para que se acercara y hablara con la mujer, pero ella le hizo adiós con la mano y volvió a la sala de espera, dejándole solo.
Pedro se sintió como un tonto de pie, así que tomó una silla de un rincón y la acercó al sofá. Se colocó frente a la llorosa joven, pero no podía verle muy bien la cara porque la había apoyado sobre las rodillas y se abrazaba a las piernas y sus hombros se sacudían con fuerza de sus desgarradores sollozos.
Pedro tuvo miedo de tocarla, así que únicamente apoyó los codos sobre las rodillas, se inclinó hacia el frente y esperó a que terminara. El corazón le latía con fuerza a causa de todos los sentimientos que flotaban en el ambiente. Pero eso fue sólo el principio, como cosa extraña, después de un rato se olvidó de su propia incomodidad y en algún recoveco de su pecho comenzó a sentir lástima de que una persona tan joven y hermosa tuviera que soportar una carga tan pesada que la hubiera llevado hasta ese estado. Por fin, después de algo que le pareció una eternidad, los sollozos disminuyeron. Paula Chaves levantó el rostro bañado en lágrimas, sacó un pañuelo desechable, se limpió los ojos y se sonó la nariz. Pedro cambió de postura en la silla.
- Paula: lo lamento
- Pedro: no tiene por qué disculparse.
Ella se enderezó y él hizo lo mismo, pero ninguno habló. Pedro pensó que después de liberar toda esa tensión, Paula debía ser la primera en hablar y lo hizo por fin; al principio titubeó, pero luego cobró fuerza y velocidad conforme proseguía. Pedro se retrepó en su silla y la escuchó.
No le pareció el momento más apropiado para sacar a Paula de su error de haberlo confundido con el doctor García, pero conforme el relato se extendía Pedro comenzó a sentirse muy incómodo. Unas cuantas veces ella se detuvo y él abrió la boca para confesarle lo ocurrido, pero tardó mucho en encontrar las palabras adecuadas y en cada ocasión, antes de que pudiera decir algo, ella retomaba su historia o volvía a derramar lágrimas.
Pedro notó que Paula tenía lo que su madre hubiera llamado un rostro dulce... después de que ella se tranquilizase un poco y él pudiera echarle un vistazo a su estado virginal, por así decirlo, puesto que ella tenía un hijo. No era casada, sólo tenía un hijo. Le contó eso además de muchas otras cosas, hechos y revelaciones que se sucedían con tanta rapidez que él no alcanzaba a catalogarlos ni cuestionarlos. Mientras seguía aquel caudal de palabras se preguntó cuánto tiempo habría pasado desde la última vez que alguien la había escuchado.
En un momento ella guardó silencio y miró los zapatos de Pedro.
- Paula: ¿por qué tiene puestas botas con punta de acero? -
Le preguntó llanamente, con una candidez tal que Pedro habría apostado que era la causante directa de algunos de sus problemas. Se le ocurrió entonces que ella estaba confiando en él y sintió una punzada que le hizo comprender que ése sería el mejor momento para decirle que era Pedro Alfonso y no el doctor Gabriel García. Sin embargo, se oyó respondiendo otra cosa.
- Pedro: es día de ropa informal - contestó después de un instante de titubeo y luego se dio cuenta de que había desperdiciado la oportunidad de sacarla de su error.
- Paula: pensé que el día de ropa informal era el viernes. ( ese día era martes).
Pedro no pudo idear una buena respuesta a eso, así que sólo se encogió de hombros y agregó otra mentira más.
- Pedro: tenía que hacer un poco de trabajo en el consultorio - aseguró con el rostro encendido.
Paula Chaves hizo una pausa, asintió y continuó hablando.
viernes, 27 de marzo de 2015
El Simulador: Sinopsis
Pedro era un constructor, no un psicólogo; sin embargo, algo ocurrió en su interior al escuchar el triste relato de la joven que tenía enfrente. Decidió que la ayudaría, asegurándose de que nada la hiciera llorar así otra vez.
Sólo que las cosas se le fueron las manos y terminó enamorándose de ella.
¿Cuando ella descubra su engaño qué pasará con él? ¿Podrá perdonarlo y lo aceptará en su vida? ¿O lo odiará por ello?
Un Extraño Amor: Capítulo 30
–No la necesitamos –dijo ella.
–¿Estás segura que no te resultará más excitante con ella?
–Tú eres suficientemente excitante para mí, Pedro. Tal como eres.
Él sonrió y la felicidad que Paula vió en su rostro la hizo sentirse feliz también a ella.
–Además –continuó diciendo–, nadie nos obliga a olvidarnos de Monsieur Enmascarado para siempre; podría volver en otro momento, si nos apetece. Pero hay algo de nuestro amigo que no quiero perder.
–¿El qué?
–El beso francés, por supuesto –dijo con falso acento francés y después se echó a reír.
–¿Te refieres a esto? –Pedro se apoderó de sus labios y exploró su boca con la lengua.
–Mmmm.
La llevó hasta la pared, donde le apoyó la espalda mientras seguía besándola y encendiendo su cuerpo con cada movimiento de la lengua. El brillo travieso de sus ojos hizo que Paula pensara en lo paradójico que era aquel hombre. Científico. Stripper. No importaba lo que fuera, de cualquier modo era misterioso y digno de confianza, todo en el mismo paquete.
Pedro le agarró la pierna suavemente y se la levantó para poder sumergir los dedos de nuevo en el centro de su ser.
–Estás húmeda y caliente –gruñó con placer–. Estoy loco por tí, Paula Chaves. Te amo.
–Yo a tí también te amo, Pedro. Ahora tómame si no quieres que grite.
Obedeció de inmediato. La llenó con su virilidad, sumergiéndose en ella con la intensidad que ella deseaba. Sus movimientos eran fuertes y enérgicos, pero la expresión de su rostro era dulce y cariñosa. Paula gritó de placer y dejó que su alma se elevara hasta el infinito.
Después quedaron rendidos sobre la alfombra.
–¿Qué es lo que más te gusta del viejo Pedro? –le preguntó unos minutos más tarde, cuando habían conseguido recuperar el aliento.
–¿Qué ocurre? ¿Te sientes inseguro?
–Regálame los oídos.
–Además de tu inteligencia, tu amabilidad, tu amor secreto por la aventura y que estuvieras dispuesto a hacer cualquier cosa por ganarte el corazón de la mujer a la que amas, ¿quieres que te diga algo más?
–Sí –dijo con una sonrisa–. Dime algo más.
–Está bien. Lo que más me gusta es tu trasero.
–Lo imaginaba. Sólo me quieres por mi cuerpo.
Paula soltó una sincera carcajada.
Mientras la estrechaba con fuerza en sus brazos, Pedro comenzó a tararear Je ne regrette rien.
FIN
–¿Estás segura que no te resultará más excitante con ella?
–Tú eres suficientemente excitante para mí, Pedro. Tal como eres.
Él sonrió y la felicidad que Paula vió en su rostro la hizo sentirse feliz también a ella.
–Además –continuó diciendo–, nadie nos obliga a olvidarnos de Monsieur Enmascarado para siempre; podría volver en otro momento, si nos apetece. Pero hay algo de nuestro amigo que no quiero perder.
–¿El qué?
–El beso francés, por supuesto –dijo con falso acento francés y después se echó a reír.
–¿Te refieres a esto? –Pedro se apoderó de sus labios y exploró su boca con la lengua.
–Mmmm.
La llevó hasta la pared, donde le apoyó la espalda mientras seguía besándola y encendiendo su cuerpo con cada movimiento de la lengua. El brillo travieso de sus ojos hizo que Paula pensara en lo paradójico que era aquel hombre. Científico. Stripper. No importaba lo que fuera, de cualquier modo era misterioso y digno de confianza, todo en el mismo paquete.
Pedro le agarró la pierna suavemente y se la levantó para poder sumergir los dedos de nuevo en el centro de su ser.
–Estás húmeda y caliente –gruñó con placer–. Estoy loco por tí, Paula Chaves. Te amo.
–Yo a tí también te amo, Pedro. Ahora tómame si no quieres que grite.
Obedeció de inmediato. La llenó con su virilidad, sumergiéndose en ella con la intensidad que ella deseaba. Sus movimientos eran fuertes y enérgicos, pero la expresión de su rostro era dulce y cariñosa. Paula gritó de placer y dejó que su alma se elevara hasta el infinito.
Después quedaron rendidos sobre la alfombra.
–¿Qué es lo que más te gusta del viejo Pedro? –le preguntó unos minutos más tarde, cuando habían conseguido recuperar el aliento.
–¿Qué ocurre? ¿Te sientes inseguro?
–Regálame los oídos.
–Además de tu inteligencia, tu amabilidad, tu amor secreto por la aventura y que estuvieras dispuesto a hacer cualquier cosa por ganarte el corazón de la mujer a la que amas, ¿quieres que te diga algo más?
–Sí –dijo con una sonrisa–. Dime algo más.
–Está bien. Lo que más me gusta es tu trasero.
–Lo imaginaba. Sólo me quieres por mi cuerpo.
Paula soltó una sincera carcajada.
Mientras la estrechaba con fuerza en sus brazos, Pedro comenzó a tararear Je ne regrette rien.
FIN
Un Extraño Amor: Capítulo 29
–Maldita sea, Paula –dijo agarrándola por los hombros–. Yo no soy así. No sé con qué otros hombres habrás estado, pero cuando yo me comprometo, lo hago de verdad. Yo te amo y si en el futuro decidimos que queremos tener hijos, podríamos adoptar.
–Pero no es lo mismo que tener un hijo propio.
–No, es mejor –replicó él–. ¿Sabías que yo soy adoptado? Mis padres adoptivos me dieron todo el amor del mundo… –tenía la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas.
–Pedro –no sabía qué decir.
–Te quiero, Paula Chaves. Si no puedes aceptarlo, si dejas que el miedo se interponga entre nosotros, lo sentiré mucho por los dos porque habría sido maravilloso.
Y, sin decir nada más, se vistió y salió del apartamento.
Paula intentó dormir, pero no pudo.
Pedro la quería.
El dulce Pedro del que había intentado no enamorarse porque creía que merecía algo más de lo que ella podía darle.
Pedro la amaba.
La amaba tanto que había ocultado su verdadera identidad para darle lo que deseaba en secreto.
¿Cómo podía tener miedo de amar a un hombre así?
Paula retiró las sábanas de la cama y agarró el teléfono. Al oír la voz de Pedro, respiró hondo y susurró:
–Yo también te quiero, ahora mueve ese bonito trasero y ven aquí.
Cinco minutos más tarde, Pedro estaba de pie en la puerta de su dormitorio. Una sola mirada y empezaron a desnudarse el uno al otro con cariño e impaciencia.
Paula le quitó la camisa y le desabrochó el pantalón mientras Pedro deslizaba el camisón por su cuerpo hasta dejarlo caer al suelo. Ya sin pantalones, la espléndida erección de Pedro fue suficiente para que Paula se quitara la última prenda, las braguitas.
Se quedaron inmóviles mirándose el uno al otro.
Entonces él agarró la máscara que había dejado en la mesilla de Paula, pero ella se la quitó.
–Pero no es lo mismo que tener un hijo propio.
–No, es mejor –replicó él–. ¿Sabías que yo soy adoptado? Mis padres adoptivos me dieron todo el amor del mundo… –tenía la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas.
–Pedro –no sabía qué decir.
–Te quiero, Paula Chaves. Si no puedes aceptarlo, si dejas que el miedo se interponga entre nosotros, lo sentiré mucho por los dos porque habría sido maravilloso.
Y, sin decir nada más, se vistió y salió del apartamento.
Paula intentó dormir, pero no pudo.
Pedro la quería.
El dulce Pedro del que había intentado no enamorarse porque creía que merecía algo más de lo que ella podía darle.
Pedro la amaba.
La amaba tanto que había ocultado su verdadera identidad para darle lo que deseaba en secreto.
¿Cómo podía tener miedo de amar a un hombre así?
Paula retiró las sábanas de la cama y agarró el teléfono. Al oír la voz de Pedro, respiró hondo y susurró:
–Yo también te quiero, ahora mueve ese bonito trasero y ven aquí.
Cinco minutos más tarde, Pedro estaba de pie en la puerta de su dormitorio. Una sola mirada y empezaron a desnudarse el uno al otro con cariño e impaciencia.
Paula le quitó la camisa y le desabrochó el pantalón mientras Pedro deslizaba el camisón por su cuerpo hasta dejarlo caer al suelo. Ya sin pantalones, la espléndida erección de Pedro fue suficiente para que Paula se quitara la última prenda, las braguitas.
Se quedaron inmóviles mirándose el uno al otro.
Entonces él agarró la máscara que había dejado en la mesilla de Paula, pero ella se la quitó.
jueves, 26 de marzo de 2015
Un Extraño Amor: Capítulo 28
Le acarició la mejilla muy despacio.
–Eres tú.
–Siempre he sido yo, Paula, desde el momento que te ví por primera vez –dijo él–. Y mira cómo he acabado por tu culpa. Mintiendo y engañándote.
–Pedro –susurró ella con un suspiro. No podía ser él. Había vivido su aventura más salvaje con el hombre que más deseaba evitar–. Lo siento.
–Nada de arrepentirse, ¿recuerdas? –su sonrisa era dulce y tierna.
–Pero yo no puedo amarte –dijo entonces con el corazón roto–. No puedo asegurarte que haya un felices para siempre.
–¿Por qué? ¿Porque tuviste cáncer?
Paula asintió.
–Por haber estado enferma, ¿ya no mereces amar?
Las lágrimas le caían de los ojos sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo.
–No puedo dejar que me ames. ¿Y si muriera?
–¿Y si muriera yo? Paula, en esta vida no hay garantías. Sólo tenemos el presente y tú estás dispuesta a renunciar a nuestro futuro porque tienes miedo de morir. ¿Es eso lo que quieres?
–Pero hay algo más.
–Zaira me lo ha contado todo. Sé que no puedes tener hijos.
–¿Cómo es posible que alguien como tú pueda querer a una chica sin educación que ni siquiera podrá darle hijos? –Paula seguía llorando y enjugándose los ojos con la mano.
–¿Por qué tú no puedes aceptar que sé lo que quiero? Paula, no me importa tu educación o si puedes tener hijos, lo único que me importa es que sé que eres todo lo que quiero y que esas cosas son parte de tí, son lo que te hacen ser quien eres.
Dios, ¡deseaba tanto poder creerlo! Deseaba echarse en sus brazos y aceptar su amor.
–Podrías cambiar de opinión en el futuro cuando decidas que quieres tener hijos, pero entonces estarías atrapado con una esposa estéril. O, peor aún, me dejarías por otra.
La rabia se reflejó en sus ojos. Paula nunca lo había visto tan enfadado.
–Eres tú.
–Siempre he sido yo, Paula, desde el momento que te ví por primera vez –dijo él–. Y mira cómo he acabado por tu culpa. Mintiendo y engañándote.
–Pedro –susurró ella con un suspiro. No podía ser él. Había vivido su aventura más salvaje con el hombre que más deseaba evitar–. Lo siento.
–Nada de arrepentirse, ¿recuerdas? –su sonrisa era dulce y tierna.
–Pero yo no puedo amarte –dijo entonces con el corazón roto–. No puedo asegurarte que haya un felices para siempre.
–¿Por qué? ¿Porque tuviste cáncer?
Paula asintió.
–Por haber estado enferma, ¿ya no mereces amar?
Las lágrimas le caían de los ojos sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo.
–No puedo dejar que me ames. ¿Y si muriera?
–¿Y si muriera yo? Paula, en esta vida no hay garantías. Sólo tenemos el presente y tú estás dispuesta a renunciar a nuestro futuro porque tienes miedo de morir. ¿Es eso lo que quieres?
–Pero hay algo más.
–Zaira me lo ha contado todo. Sé que no puedes tener hijos.
–¿Cómo es posible que alguien como tú pueda querer a una chica sin educación que ni siquiera podrá darle hijos? –Paula seguía llorando y enjugándose los ojos con la mano.
–¿Por qué tú no puedes aceptar que sé lo que quiero? Paula, no me importa tu educación o si puedes tener hijos, lo único que me importa es que sé que eres todo lo que quiero y que esas cosas son parte de tí, son lo que te hacen ser quien eres.
Dios, ¡deseaba tanto poder creerlo! Deseaba echarse en sus brazos y aceptar su amor.
–Podrías cambiar de opinión en el futuro cuando decidas que quieres tener hijos, pero entonces estarías atrapado con una esposa estéril. O, peor aún, me dejarías por otra.
La rabia se reflejó en sus ojos. Paula nunca lo había visto tan enfadado.
Un Extraño Amor: Capítulo 27
Cayó sobre ella y sumergió el rostro enmascarado entre su pelo. Sus cuerpos entrelazados quedaron rendidos sobre la cama. Después de unos segundos, él le pasó la mano por el costado, pero seguía sumergido en ella.
Desapareció el vacío de la separación. Eran uno solo. Amantes. Aunque fuera tan solo por un fugaz momento. Paula le acarició la boca y después el rostro por encima de la máscara, sintiendo los pómulos por debajo del cuero.
Los segundos pasaron y el silencio volvió a llenarse de deseo, de la impaciencia de sus cuerpos.
Paula estaba maravillada, sintió que volvía a nacer a pesar del aturdimiento que le provocó sentir que él la daba media vuelta y la tomaba por detrás.
Se estremeció y gritó de placer y, en todo momento, él estuvo con ella; de igual a igual, acompañándola hasta lo más alto. Después se tumbaron en el suelo y él lamió su carne sensible y dolorida.
Sobre el piso de baldosas, Paula podía oír los latidos de su corazón, un sonido que la hizo sentirse satisfecha y en paz. Estaba tan cómoda y feliz que de pronto sintió miedo.
¿Qué estaba sucediendo? No quería sentir ese tipo de emociones por él. Sólo quería sexo.
Y entonces se le pasó por la cabeza algo alarmante.
–Dios mío –exclamó apartándose de él–. No hemos utilizado preservativo.
–No te preocupes –murmuró él–. Hace más de un año que no me acostaba con nadie y me he hecho las pruebas. No soy seropositivo.
Ya no fingía tener acento francés y había algo en su voz que había encendido una señal de alarma dentro de su cabeza.
–Podría estar embarazada –mintió sin saber muy bien por qué.
–Tranquila –dijo él–. No te preocupes, Paula . Conozco tus secretos más profundos y tus miedos más atroces.
El corazón estuvo a punto de salírsele del pecho.
¡Esa voz!
Monsieur Enmascarado levantó la mano para retirarse la máscara, pero Paula ya sabía de quién era el rostro que se ocultaba debajo. Seguramente lo había sabido desde el primer momento, aunque de manera inconsciente.
Los ojos de Pedro, impregnados de amor y preocupación, no se apartaban de ella. Fue entonces cuando se dió cuenta de que estaba conteniendo la respiración y aguardaba respetuosamente a ver cuál era su reacción.
Desapareció el vacío de la separación. Eran uno solo. Amantes. Aunque fuera tan solo por un fugaz momento. Paula le acarició la boca y después el rostro por encima de la máscara, sintiendo los pómulos por debajo del cuero.
Los segundos pasaron y el silencio volvió a llenarse de deseo, de la impaciencia de sus cuerpos.
Paula estaba maravillada, sintió que volvía a nacer a pesar del aturdimiento que le provocó sentir que él la daba media vuelta y la tomaba por detrás.
Se estremeció y gritó de placer y, en todo momento, él estuvo con ella; de igual a igual, acompañándola hasta lo más alto. Después se tumbaron en el suelo y él lamió su carne sensible y dolorida.
Sobre el piso de baldosas, Paula podía oír los latidos de su corazón, un sonido que la hizo sentirse satisfecha y en paz. Estaba tan cómoda y feliz que de pronto sintió miedo.
¿Qué estaba sucediendo? No quería sentir ese tipo de emociones por él. Sólo quería sexo.
Y entonces se le pasó por la cabeza algo alarmante.
–Dios mío –exclamó apartándose de él–. No hemos utilizado preservativo.
–No te preocupes –murmuró él–. Hace más de un año que no me acostaba con nadie y me he hecho las pruebas. No soy seropositivo.
Ya no fingía tener acento francés y había algo en su voz que había encendido una señal de alarma dentro de su cabeza.
–Podría estar embarazada –mintió sin saber muy bien por qué.
–Tranquila –dijo él–. No te preocupes, Paula . Conozco tus secretos más profundos y tus miedos más atroces.
El corazón estuvo a punto de salírsele del pecho.
¡Esa voz!
Monsieur Enmascarado levantó la mano para retirarse la máscara, pero Paula ya sabía de quién era el rostro que se ocultaba debajo. Seguramente lo había sabido desde el primer momento, aunque de manera inconsciente.
Los ojos de Pedro, impregnados de amor y preocupación, no se apartaban de ella. Fue entonces cuando se dió cuenta de que estaba conteniendo la respiración y aguardaba respetuosamente a ver cuál era su reacción.
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