martes, 3 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 48

Lo único que ocultaba Pedro era una intensa irritación por estar atado de pies y manos, y una creciente preocupación por el torrente de palabras que intentaban salir de su boca. No entendía por qué. No tenía intención de desahogarse, de quedar expuesto, vulnerable y débil. Nunca había buscado comprensión ni simpatía, mucho menos de una fuerza potencialmente destructiva como Paula. No sabía por qué había empezado a hablar de su relación con su padre. Nunca lo hacía, ni siquiera con sus hermanos. Pero ella lo miraba como si tratara de ver su alma y él no podía apartar la mirada, por mucho que lo intentara. Cuanto más tiempo pasaba, más temblaban sus defensas y menos recordaba por qué escondía sus cartas. A medida que se perdía en la mirada infinita de ella, tenía la inquietante sensación de que no solo había bajado la guardia, la había perdido.


—Bien —contestó él con inquietud mientras su escudo protector se hacía añicos y las palabras salían a borbotones—. Se me da bien, pero el papel no me encaja. No me crezco bajo presión. No disfruto viajando por continentes o atravesando husos horarios. La responsabilidad de tener decenas de miles de empleados me resulta insoportable, y saber que, si no estoy atento, todo se hundirá, me obsesiona.


—¡Vaya! —exclamó Paula algo aturdida.


—Tú preguntaste.


—Esa no es la imagen que das.


—Gracias a Dios. Claro que no.


—¿Por eso priorizas tanto el control?


—Sí. Me ha ayudado a superar momentos difíciles —la muerte de su padre… La enfermedad de su hermana… Heredar el negocio…


—Pensé que temías parecerte demasiado a tu madre.


—Eso también —admitió él—. Ella es salvaje y egocéntrica, y a veces hace daño con su desconsideración. No solo comparto sus genes, en mi adolescencia me comportaba como ella.


—¿El barco que estrellaste?


—Acababa de descubrir por la prensa que tenía una aventura con el padre de mi mejor amigo.


—Debió ser horrible.


Peor que horrible. Había desatado una tormenta de dolor y vergüenza, frustración e ira que no había sabido gestionar. 


—No fue solo esa vez —continuó Pedro—. Perdí innumerables amigos. El barco era suyo. Una mañana, durante las vacaciones de verano, salí solo y me estrellé contra las rocas. Tenía dieciséis años. Estaba enfadado. Funcionó. Ya no estoy enfadado.


—¿Estás seguro de eso?


—Absolutamente —Pedro asintió.


Era lo único de lo que estaba seguro. El accidente, imprevisto e instintivo, le había afectado mucho. Tras el rescate, su padre le había dicho, aunque no le había hecho falta, que su comportamiento cada vez más imprudente no era aceptable. No estaba dispuesto a renunciar a la navegación, de modo que renunció a las emociones. Si no permitía que nada lo afectara, no tendría el impulso de reaccionar. No habría más pérdida de control, ni más daños. Simple.

Retrato: Capítulo 47

 —¿Nunca consideró a nadie más?


—Es tradición familiar, el hijo mayor hereda automáticamente —Pedro sacudió la cabeza.


—Eso debió de presionarte mucho.


—Nunca hubo ninguna duda ni discusión al respecto —contestó él, sin confirmarlo ni negarlo—. Siempre fue un hecho consumado.


—No me extraña tu resentimiento.


—¿Resentimiento? —él le lanzó una mirada penetrante.


—A veces se nota cuando hablas de tu familia —Paula asintió—. Totalmente comprensible. Eras muy joven. Como dijiste una vez, la curva de aprendizaje fue empinada. Debiste hacer muchos sacrificios.


—Ninguno que no estuviera dispuesto a hacer —contestó él—. No podía defraudar a mi padre. En los negocios, exigía e imponía respeto, y yo se lo daba con creces. En los cinco años siguientes a la fusión de las dos empresas, duplicó el balance. Profesionalmente, iba a ser difícil seguir sus pasos.


—Pero tú los sigues, ¿No?


—Lo intento, aunque a veces con mucho esfuerzo.


—¿Qué quiere decir eso?


A pesar del calor, a Pedro se le heló la sangre al darse cuenta de que había revelado más de lo que pretendía. ¿Se le había subido el calor a la cabeza? ¿Había pasado demasiado tiempo bajo el agua, casi sin oxígeno? ¿Estaba borracho? ¿O simplemente le había sorprendido descubrir que, si Paula se había dado cuenta, no era tan bueno controlando sus emociones como suponía? Algo tenía que explicar el desliz, pero no volvería a ocurrir. La emoción de navegar de nuevo había anulado su cautela. El manto de calma le había dado una falsa sensación de seguridad. Imprudentemente, se había relajado y bajado la guardia. Pero la volvería a subir, porque no podía permitir que la inquietantemente y perspicaz Paula y el caos que la acompañaba lo afectara. La apasionada relación que tenían era un acuerdo temporal. Ella nunca sería la persona indicada para él.


—Nada —Pedro desvió la mirada hacia el horizonte e ignoró una extraña sensación de decepción.


—Vuelves a mostrarte evasivo.


—Y tú entrometida.


—Solo siento curiosidad por el hombre con el que me acuesto desde hace cinco días —contestó ella con fingida ligereza—. He respondido a todas tus preguntas. Pero tú evitas las mías. ¿Qué ocultas?


—Nada —solo cosas que no tenía intención de compartir con ella. Con nadie.


—Demuéstralo.


—No necesito demostrar nada.


—Entonces compláceme.


—Tampoco necesito hacer eso.


—Entonces sí ocultas algo —ella lo miró con expresión triunfal.

Retrato: Capítulo 46

No había podido apartar los ojos de él mientras pilotaba el barco. Lo único automatizado era el mecanismo del ancla. No era un yate para relajarse mientras los ordenadores lo hacían todo. En cuanto subieron a bordo, Pedro entró en acción. Mientras ella se acomodaba, consciente de que sería de poca ayuda, él saltaba de la cubierta a la cabina, familiarizándose con el barco y realizando algunas comprobaciones. Convencido de que todo estaba en orden, se pusieron en marcha y, a partir de ese momento, apenas había parado, ya fuera al timón, oteando el horizonte o reaccionando al batir de las velas con impresionante maestría. Podía aparentar ser frío y controlado, aunque hacía tiempo que ella no veía esa faceta suya, pero era evidente que le apasionaba navegar. Apenas había dejado de sonreír en toda la mañana y estaba más relajado de lo que ella nunca hubiera imaginado posible. Paula no pudo evitar preguntarse si estaban donde estaban por algo que ella había dicho, y eso, además del físico y la fuerza de él, la calentó sin que tuviera nada que ver el sol que la secaba, tumbada en la cubierta de proa junto a Pedro, sentado con los codos apoyados en las rodillas, mirando al horizonte.


—Gracias —murmuró ella, aletargada tras el buceo y la comida, con los ojos entrecerrados.


—Ha sido un placer volver a ponerme al timón.


—No creo que la costa de Santorini sea lo mismo que el Atlántico con sus vientos huracanados.


—No —Pedro asintió y sacó de la nevera las dos últimas botellas de cerveza—, pero no importa. El viento en tu pelo y el agua en tu cara es suficiente, sin importar las aguas o el tiempo que haga. Donde haya un horizonte amplio, sentirás la libertad de poder ir en cualquier dirección.


¿Era consciente Pedro de lo melancólico que sonaba? ¿Hablaba solo de navegar?


—Habrá pasado mucho tiempo, pero pareces muy a gusto a bordo.


—Navego desde que aprendí a caminar.


—¿Y por qué lo dejaste?


—No tuve más remedio.


Paula entendía que hubiera dejado la competición al hacerse cargo de la empresa, pero ¿no podría haber seguido por diversión? No debería insistir, no era asunto suyo. Sin embargo, las preguntas la habían acosado desde que salieron de Antigua Thera el día anterior, y de algo tendrían que hablar. La conversación no tenía por qué llevar a una intimidad emocional no deseada. Solo sentía curiosidad sobre qué le movía.


—¿Por qué es tan importante para tí el deber?


Pedro bebió un trago de cerveza antes de responder, como si necesitara armarse de valor.


—Mi padre no era un hombre fácil —comenzó con ironía—. Era débil con mi madre, y podía ser frío y distante, pero pasaba mucho tiempo conmigo, hablando del negocio. De niño, me llevaba a menudo a las oficinas de Londres o Atenas. Solía presentarme como «El futuro jefe», y aunque sonaba a broma, todos sabían que era verdad.


Retrato: Capítulo 45

No le había pasado desapercibido cómo había esquivado sus preguntas más inquisitivas. O el rastro de resentimiento en su voz que creyó percibir, y no por primera vez. ¿Cuál era la historia? Porque sin duda había una. Desde que se habían conocido, Pedro le había dejado claro muchas veces que, para él, el deber estaba por encima de todo lo demás, pero claramente no se sentía cómodo con ello. Tenía la sensación de que él estaba haciendo un trabajo que realmente no quería. Como ella, su vida parecía limitada por las circunstancias. Tal vez, como ella, la idea de cambiar esas circunstancias le parecía demasiado arriesgada. La pregunta, demasiado personal para ser abordada, cuya respuesta no era de su incumbencia, era ¿Por qué? ¿Por qué había hecho llevar un yate por la noche para poder salir con Paula por la mañana? Leo no tenía ni idea. Hacía años que no navegaba, desde que, tras la muerte de su padre, comprendió que su nuevo trabajo lo absorbía todo. Pero la ilusión con que ella le había preguntado si tenía un barco había sido respondida con un inesperado anhelo que le había perseguido durante el regreso a la casa, hasta que se le ocurrió que uno de los puntos clave de las vacaciones, sin duda, era poder hacer cosas para las que normalmente no se tenía tiempo.


El yate estaba amarrado a una boya de la cala. Después de desayunar, cargados con bolsas y una nevera, Paula y él bajaron hasta el embarcadero, donde estaba amarrado el bote. Pedro la ayudó a subir y le puso el chaleco salvavidas antes de colocarse el suyo. Luego encendió el motor con ansias de poner sus manos sobre el timón, de sentir la cálida y suave madera bajo sus pies descalzos. La adrenalina se apoderó de él ante la perspectiva de pasar todo el día en el mar. Su cabeza se llenó de recuerdos de lo mucho que lo había amado, de lo mucho que había confiado en poder alejarse en el agua cuando había necesitado escapar de la volátil relación de sus padres siendo un adolescente enfadado. Y mientras surcaban las cálidas aguas del Egeo en dirección a la elegante embarcación blanca, que lo llamaba como una sirena, el caos de los últimos días se disipó bajo un familiar y bienvenido manto de calma. Él navegó hasta una bahía perfecta para bucear y soltó el ancla. Paula nunca había buceado, otra cosa más que le enseñaría a hacer. Seguramente, ella no prestó toda la atención debida al paraíso submarino… No había hombre tan irresistiblemente atractivo como Pedro. El mar turquesa y los peces de colores brillantes que nadaban a su alrededor no eran rival para esos hombros fuertes, muslos poderosos, y una destreza en el agua que resultaba irresistible.