jueves, 26 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 44

 —Te ayudaré a bajar.


—Gracias —ella le dedicó una sonrisa más brillante que el sol, que, tratándose de Grecia en julio, era mucho decir.


—¿Cómo te convertiste en artista? —preguntó él, seguro de que el inmenso alivio que había sentido al apartarla del peligro era normal.


—Apenas tuve elección. Es lo único que sé hacer. Mi único sobresaliente en la escuela fue en arte.


—¿Por qué?


—Por mi enfermedad, faltaba mucho a clase. El calendario de exámenes no era mi amigo.


—¿Nadie se dió cuenta?


—Éramos dos mil alumnos —contestó ella secamente, mientras volvían sobre sus pasos y se alejaban del acantilado—. Trescientos en mi curso. No existía la atención personalizada. Yo solo era una de tantas que pasaban desapercibidas.


Pedro trató de imaginarse algo así en el internado de élite de Inglaterra al que había asistido desde los ocho hasta los dieciocho años, y fracasó.


—¿Y tu padre?


—Desconsolado. Pero no importa —ella hizo un gesto desdeñoso con la mano, que hacía sospechar de lo contrario—. Nunca iba a poder mantener un trabajo convencional con la cantidad de bajas por enfermedad que tendría que pedir, así que no necesitaba ninguna cualificación.


—¿Fuiste a la escuela de arte?


—No. He hecho cursos, pero soy, básicamente, autodidacta. Conseguí una colección de obras, mientras trabajaba de camarera, y luego me abrí camino a golpe de talonario hasta las exposiciones.


—Eres tenaz.


—He tenido que serlo —ella asintió con ironía—. No siempre he tenido éxito, pero, por suerte, a la gente parece gustarle lo que hago. Más aún, me gusta a mí. Mi trabajo es versátil y variado, y me encanta. No mucha gente puede decir lo mismo.


—Cierto.


—¿Y tú? —Paula le lanzó una perturbadoramente penetrante mirada—. ¿Te gusta tu trabajo, Pedro?


«No especialmente». La respuesta no era buena, pero él la ignoró como hacía cada vez que el resentimiento por su destino asomaba su fea y vergonzosa cara. No tenía sentido preguntarse qué habría pasado si se hubiese negado a abandonar la universidad a mitad de curso, si hubiera dado la espalda a todo aquello para lo que le habían preparado, y perseguido su sueño de ganar la America’s Cup. Era CEO de una de las mayores y más exitosas empresas privadas del mundo. Tenía riqueza y poder. No tenía derecho a envidiar a los demás por poder elegir su propio camino. La envidia era destructiva y era ridículo lamentar algo que nunca había sido posible.


—Soy extremadamente bueno en esto —contestó, extrañamente incapaz de mentir sobre ello con la fluidez habitual.


—Eso no responde a la pregunta.


—¿No?


—O tal vez sí —ella asintió comprensiva—. El deber es importante para tí.


—Me inculcaron mi destino desde mi más tierna infancia.


—¿Qué habrías hecho si hubieras podido elegir?


—Habría navegado —contestó Pedro sin dudarlo—. Competitivamente.


—¿Tienes un barco? 


—Ya no.


—Qué pena.


—¿Por qué?


—Podríamos haberlo sacado mañana.


Mientras Pedro se detenía a inspeccionar unas ruinas al borde del anfiteatro, Paula se sentó en una roca y sacó su flamante cuaderno de dibujo de la mochila. Tras varios irritantes intentos de plasmar el paisaje que se extendía ante ella, se dió por vencida y se puso las gafas de sol para observar al hombre con el que se acostaba, una visión infinitamente más fascinante.

Retrato: Capítulo 43

Siendo realista, sabía que lo más probable era que no, era ridículo lo contenta que estaba con ese último avance. No cambiaba nada. No probaba nada. Pero el corazón bailaba en su pecho y apenas podía contener la sonrisa que amenazaba con dibujarse en su rostro. Pero debía tener cuidado, se dijo a sí misma mientras Pedro rellenaba su taza. No debía cometer el error de creer que lo que hacían era permanente. Con él era imposible una relación a largo plazo. Aunque pudiera cambiar sus sentimientos contradictorios sobre el compromiso y el amor, imposiblemente profundos, sexo aparte, ella estaba tan lejos de su tipo habitual como era posible. Bajar la guardia y enamorarse de él sería un billete de ida a la decepción y la desesperación. Tenía que vivir el presente y aprovecharlo al máximo.


—¿Qué te apetece hacer hoy? —preguntó él, leyéndole la mente.


El cuerpo de Paula quería volver a la cama porque, a pesar de todos los esfuerzos por saciarlo, el deseo ardía en su interior tan fuerte como siempre. Pero su cabeza pensaba que tal vez ayudaría salir fuera. Los últimos días, aunque gloriosos, habían sido intensos. No era de extrañar que hubiera perdido el sentido de la perspectiva. Regresar al mundo exterior podría darle la dosis de realidad que necesitaba para seguir centrada. Además, necesitaba un cuaderno de dibujo nuevo.


—Ya que estamos de vacaciones —observó ella, segura de que un cambio de aires era lo que necesitaba para mantener los pies en el suelo—, y hace una década que no viajaba al extranjero, me gustaría conocer la isla.



Aquella tarde, mientras observaba a Paula recorrer las ruinas de piedra caliza de un asentamiento del siglo XI a.C., Pedro concluyó que la idea de explorar había sido excelente. Si no lo había sugerido él mismo era solo porque, por primera vez en años, no pensaba con el cerebro. En ausencia de sexo, había podido concentrarse mejor en su plan de obtener respuestas sobre ella. Entre la miríada de detalles, extrañamente fascinantes, que había descubierto camino del yacimiento arqueológico de la antigua Thera, destacaba que llevaba mechas solo porque le gustaban los colores. Se había puesto el pequeño piercing de diamantes en la nariz para celebrar su primera venta y los pendientes porque, ¿Por qué no? Y vivía y trabajaba en Londres, en un luminoso estudio comprado con el dinero heredado de su madre. Llevaban una hora deambulando por las ruinas abandonadas de templos y casas con suelos de mosaico. Los grafitis milenarios eran fascinantes. Las vistas del mar, espectaculares. El teléfono de Pedro no había sonado ni una vez, una novedad que no sabía si le alegraba o inquietaba.


—Ojalá hubiera traído los pasteles —Paula se protegió los ojos del sol mientras, de pie sobre una roca demasiado elevada y cerca del borde del acantilado para gusto de Pedro, contemplaba el escarpado paisaje—. La profundidad y la intensidad de los colores podrían convencer al retratista más acérrimo para hacerse paisajista.


Retrato: Capítulo 42

 —¿Sigues ahí? —preguntó Federico, devolviéndolo a la conversación.


—Sí.


—¿Y?


—Me estoy tomando un tiempo personal —contestó Pedro mientras apagaba el fuego de la cafetera.


—¿Qué?


—Unos días libres. Un descanso.


—¿Ahora?


—Sí.


—¿Por cuánto tiempo?


—No mucho. Te mantendré informado. Mientras tanto, tú estás al mando. Ya sabes qué hacer. No hace falta que me consultes nada, pero no me decepciones.


Pedro colgó antes de que Federico empezara a hacer preguntas que él era incapaz de responder, como si hubiera perdido completamente la cabeza. Buscó una bandeja, pero se detuvo al sentir un cosquilleo en la piel, indicativo de que Paula estaba cerca.


—¿Quién era? —preguntó ella, entrando en la cocina con el bikini negro y la bata de seda rosa que llevaba la tarde que la conoció, responsable de tantas noches de insomnio.


—Federico. 


—¿Problemas en Atenas?


Si había problemas, no sería en Atenas, sino allí, en el aparentemente insaciable deseo que sentía por ella, que alteraba su comportamiento y ponía su vida patas arriba.


—Al contrario.


—¿Qué quieres decir?


—¿Tendrías que estar en algún otro sitio?


—No —ella sacudió la cabeza.


—¿Algo que hacer?


—No.


—Pues, al menos durante unos días más, yo tampoco.


—No lo entiendo —Paula frunció el ceño—. Creía que nos íbamos esta tarde.


—He puesto a Federico al frente de la empresa unos días.


—¿Hablas en serio? —ella lo miró boquiabierta.


—Sí. —Pedro le tendió el plato de cruasanes y el cuenco de yogur.


—¿Por qué?


—Porque —contestó él mientras salía al patio con la bandeja y se preguntaba por qué no estaba preocupado por entregar el mando a Federico, o por el trastorno que Paula estaba causando en su vida—, necesito vacaciones.


Paula necesitó todo el desayuno para superar la impresión que le produjo el anuncio de Pedro. Sintió el golpe de cafeína al entrar en su torrente sanguíneo, imposible no sentirlo con el café que él  preparaba, pero apenas probó el delicioso cruasán o el cremoso yogur endulzado con aromática miel. ¿Habría sido ella la causa de su decisión de tomarse un descanso? ¿Habrían hecho magia sus artes femeninas? ¿Podría la conversación del día anterior haberle hecho replantearse su relación con la responsabilidad y sus hermanos?

Retrato: Capítulo 41

 —Hay cosas peores —había contestado ligeramente a la defensiva.


—También hay cosas mejores.


No queriendo discutir, la había sentado en su regazo, dando por finalizada la conversación durante una hora. Sin embargo, las observaciones de Paula habían dado en el clavo. Su responsabilidad era aplastante, implacable y agotadora, y estaba harto de tener que apagar fuegos constantemente. ¿Y si, para variar, dejaba que sus hermanos se ocuparan de su madre?, pensó mientras su desconcertado hermano esperaba una respuesta al otro lado de la línea. Seguro que juntos podrían resolverlo. No tenía por qué ser él a quien Luciana y los demás acudieran siempre en busca de ayuda. ¿Por qué no podía delegar? Federico, teóricamente su segundo al mando, siempre le pedía que soltara las riendas. Estaría encantado de asumir más responsabilidades, aunque fuera temporalmente. De hecho, Pedro podría poner en práctica la nueva estrategia en ese mismo instante. Si instruía a su hermano para que llevara el timón durante un tiempo, podría permanecer en la isla con Paula, que aún disponía de unas semanas libres antes de viajar a Italia para su siguiente encargo. 


Si él se liberaba de responsabilidades externas, podría centrarse por completo en conocer a esa mujer. Federico tenía razón. Su comportamiento no era propio de él, pero los dos últimos días habían demostrado que el mundo giraba, aunque él no estuviera al mando las veinticuatro horas del día, y hacía años que no se tomaba un respiro. Nunca había abandonado el deber por el placer, y no dejaría el barco sin capitán. Solo que, durante unos días, ese capitán no sería él. No tenía por qué sentirse incómodo. Federico era muy competente y, aún más importante, estaría entusiasmado. Sería capaz de manejar todos los aspectos del negocio que exigían la atención del CEO. Y era lo bastante duro como para enfrentarse a Ana en caso necesario. Además, él tampoco iba a implicarse tanto con Paula, aunque existiera la posibilidad, que no existía. No le gustaba el nivel de caos del compromiso emocional, y ella no era en absoluto su idea de compañera de vida. Si llegaba a casarse, sería con alguien como él, alguien que no trastornara su existencia y que no esperara de él más de lo que estaba dispuesto a dar. Los polos opuestos se atraían, pero no eran felices. No había más que ver a sus padres. Su matrimonio había sido como un choque de trenes, caracterizado por los gritos de su madre y la frialdad de su padre, aunque los seis hijos que habían engendrado indicaban que no siempre había sido así. Pedro prefería una unión equilibrada, de respeto mutuo y compañerismo, a la pasión y el hielo. Pero había pasado más de una década cuidando de su familia y, pensándolo seriamente, se merecía pensar solo en sí mismo y, en el fondo, ansiaba disfrutar de un poco de diversión contenida e inofensiva. No era un capricho. Sabía lo que quería, y lo que hacía. Todo iría bien.


martes, 24 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 40

 —De acuerdo —ella sonrió a los ojos oscuros y brillantes, entusiasmada por lo que podrían depararle las siguientes cuarenta y ocho horas y, ojalá, muchas más.


—Bien.


Con una sonrisa satisfecha, Pedro saltó de la cama, hizo una serie de llamadas, todas en griego, y luego envió a buscar las pertenencias de Paula, que llegaron a la mañana siguiente.


Dos días después, a media mañana, el teléfono de Pedro sonó por enésima vez. Él dejó la cafetera sobre el fuego y sacó el móvil del bolsillo trasero de sus pantalones cortos. Era Federico. Resistiendo la tentación de rechazar la llamada y seguir preparando el desayuno, se recordó a sí mismo que seguía teniendo responsabilidades y pulsó el botón verde.


—Pedro —habló su hermano, tras saludarse—. ¿Dónde diablos estás y qué haces exactamente?


—Estoy en Santorini —respondió él mientras sacaba de una caja los cuatro cruasanes recién hechos que acababa de comprar—. Trabajo desde casa.


—Eso dijo tu ayudante. Lo que quiero saber es por qué.


—¿Por qué no?


Hubo una pausa, durante la cual Pedro sacó un yogur de la nevera.


—¿Estás enfermo? —preguntó Federico, preocupado.


—Nunca me he sentido mejor. ¿Por qué lo preguntas?


—Porque hace años que no trabajas desde casa. O nunca, ahora que lo pienso.


—Siguiendo tus instrucciones —contestó Pedro, pensando en Paula, durmiendo en el piso de arriba—. Me estoy relajando. Sin dejar de trabajar. Tú pareces conseguirlo.


—Claro… ¿Qué pasa?


—No pasa nada —aseguró él mientras volcaba el yogur en un cuenco—. ¿Qué pasa contigo?


—Suenas raro.


—Y tú confuso.


—Lo estoy. Tú no eres así. ¿Cuándo vuelves?


Pedro debería haber respondido «Mañana a primera hora», ya que solo les quedaba esa tarde. Pero no le salían las palabras. Porque lo cierto era que no quería volver a la realidad aún. Quería prolongar aún más la mini escapada con Paula, y no solo por el sexo. Había cosas sobre ella que cada vez le interesaban más saber. Por ejemplo, cómo se había convertido en artista. Por qué había elegido esos colores para el pelo y a qué se debían tantos pendientes y el piercing. Quería descubrir sus esperanzas, sus sueños, sus miedos… Para recordar, en caso necesario, por qué ella no le convenía. Desde que llegaran a la isla para embarcarse en un maratón sexual, las conversaciones habían sido escasas, impersonales e intrascendentes. Sin embargo, el día anterior, durante un almuerzo ligero junto a la piscina, ella le había preguntado sobre el imperio Stanhope Kallis, y habían acabado hablando de la dinámica de su familia.


—¿Por qué tienes que hacerlo todo tú? —le había preguntado, llevándose un dolmades a la boca.


—¿A qué te refieres? —él eligió una aceituna, la lanzó al aire y la atrapó en su boca, lo que le valió una sonrisa radiante y un breve aplauso.


—Tienes cinco hermanos —había señalado ella—. Todos trabajáis en la empresa de una forma u otra. Todos son hijos de Ana y ya son adultos. No tienes que ser tú quien cargue con toda la responsabilidad.


—No —había admitido Pedro. Curiosamente, nunca se le había ocurrido antes—. Es verdad. Pero es un papel que siempre me estuvo destinado y lo he desempeñado durante años. Renunciar al control es difícil.


—Renunciaste para tener sexo conmigo. Podrías hacerlo por otras cosas si quisieras.


Podría, en teoría, pero…


—Lo que yo quiera es irrelevante.


—Yo daría lo que fuera por tener a alguien con quien compartir el cuidado de los hijos —había asegurado ella—. Eres un maniático del control.


Pedro había asentido. Sospechaba que compartía demasiados genes lamentables con su madre y que su éxito como CEO se debía más a su fuerza de voluntad que a un talento innato.

Retrato: Capítulo 39

No iba a desaparecer durante un mes, solo estaría fuera de la oficina cuarenta y ocho horas máximo. Había estado en viajes de negocios más largos. Era improbable que ocurriera un desastre en tan poco tiempo y, si ocurría, siempre estaba al teléfono. Sus empleados, sus clientes, la junta directiva, nadie tenía por qué saber lo que hacía cuando no estaba en su despacho. Si Paula estaba de acuerdo, era un plan excelente desde el punto de vista personal y profesional, lo mejor de ambos mundos.


—Debería irme —suspiró su diosa, despegándose de él con una prometedora desgana.


—¿Eso quieres? —Pedro la tumbó boca arriba y la inmovilizó contra la cama.


La mirada esmeralda se encontró con la de él y el pulso en la base del cuello se agitó aceleradamente. Paula sacudió la cabeza, los colores de su cabello cálidos bajo el sol del atardecer, y él sintió un alivio absurdamente abrumador al saber que ella tampoco estaba saciada.


—Ahora mismo, no.


—Entonces no lo hagas.


Por supuesto que Paula aceptaría quedarse. Su única respuesta era «Sí, sí, sí». Abandonar Santorini, y a Pedro, había sido la única nota amarga de un magnífico fin de semana. No estaba preparada para irse. No solo había descubierto las maravillas del sexo, también estaba viviendo la aventura y la pasión de las que Ana le había hablado y que tanto había envidiado. El jet privado… La hermosa finca con su resplandeciente piscina infinita y la playa de guijarros… El guapo y enigmático multimillonario que la quemaba cada vez que la miraba, que le enseñaba fuegos artificiales y paciencia, lo que hiciera falta… ¿Por qué iba a querer renunciar a eso? No tenía nada urgente a lo que regresar. Su siguiente encargo no empezaría hasta pasado un tiempo. El puñado de compromisos sociales que tenía en la agenda eran fácilmente cancelables y el vecino que visitaba a su padre cada dos días la mantenía informada. Le quedaban unas dos semanas antes de que la realidad la golpeara con su dolor, pero para entonces ya habría desaparecido. Nadie había sido testigo del trauma que sufría cuando tenía la regla y nadie lo sería jamás. En esos momentos se sentía vulnerable, débil, una ruina. Pensar en la intimidad emocional que supondría tener a alguien presente le generó un nudo en la garganta y le revolvió el estómago. Leo, con sus tres hermanas, aseguraba que no se inmutaba por las cosas de chicas, pero incluso a él le impresionaría, y ella quería que la recordara como brillante y fuerte, como un momento loco y colorido en su, por lo demás, ordenada vida. Dispondría de poco más de una semana para jugar a ser Cenicienta, fingir que su vida no estaba gobernada por la endometriosis, pero era infinitamente mejor que la nada que había esperado.


—Mañana es lunes —observó ella—. ¿No tienes que trabajar?


—No necesito estar en la oficina. Podré quedarme uno o dos días más sin que la empresa implosione.


¿Solo uno o dos días más? Decepcionante. Insuficiente. Pero tal vez podría desplegar sus nuevas artimañas para persuadirle de que lo reconsiderara. Parecía estar de humor para cambiar de planes y, con el subidón que sentía ella, todo era posible. 

Retrato: Capítulo 38

 —Suelo estar en Atenas preparando reuniones.


—¿Cómo la fusión en Nueva York?


—Sí, aunque esa mañana la pasé dando vueltas por el apartamento, sintiéndome culpable.


—Lo has compensado con creces —aseguró Paula, preguntándose vagamente por qué le resultaba tan difícil dibujar esos pies—. No sabía que experimentar fuera tan gratificante.


—¿Cómo te sientes?


Menuda pregunta. Renunciando al dedo gordo del pie, Paula trató de formular una respuesta. Las últimas treinta y seis horas habían sido increíbles. Una vez superados sus miedos y desatada la pasión, había sido insaciable. Tantas posiciones. Tanto placer. No todo lo que habían probado había funcionado para ella, pero no había resultado incómodo en absoluto. Leo había sido infinitamente paciente, disparando su confianza, y ella había empezado a sopesar los pros y los contras de las aventuras efímeras y cuidadosamente programadas.


—Increíble —ella no sabría resumir todas las emociones que se agolpaban en su organismo—. Aliviada. Agradecida. Optimista. Muy contenta de haber aceptado tu proposición.


—Me refería físicamente.


Paula se sonrojó. Había olvidado que el fin de semana era más importante para ella que para él.


—Estoy dolorida. Pero en el buen sentido. He descubierto músculos y una resistencia que no sabía que tuviera.


—¿Te duele?


—No.


—Bien.


—¿Y tú? —preguntó ella, necesitando saber si él encontraba su inexperiencia excitante o tediosa, si solo era una buena causa para su complejo de héroe o si realmente la encontraba tan irresistible como ella a él.


—¿Yo? —Pedro arqueó una ceja oscura.


Ella asintió.


—Me siento muy bien —contestó con una sonrisa seductora que, para alivio de ella, sugería que no se había limitado a practicar unos movimientos mecánicamente—. Ven, te lo demostraré.



Pedro se sentía muy bien, completamente satisfecho. El domingo por la tarde, comprendió que un fin de semana no bastaría, que necesitaba más tiempo con Paula. Quería más de ese sexo asombrosamente ingenioso, tan increíble como había anticipado, posiblemente incluso mejor. La primera vez había sido lenta y cuidadosa. Tras descubrir de lo que su cuerpo era capaz, empoderada, ella había abrazado la experimentación con un entusiasmo que él jamás habría imaginado. La facilidad y rapidez con que adquiría nuevas habilidades era impresionante. El brillante manejo de los pasteles no era el único talento de sus manos, y las cosas que hacía con la boca… Theos. Ella le había hecho perder el control, varias veces, algo nuevo para él, pero a pesar de su malestar inicial, no había motivo para preocuparse. Nadie había resultado herido y, hasta donde él sabía, el mundo no se había acabado. Y por eso no le importaba alargar el fin de semana un día o dos.

Retrato: Capítulo 37

La tensión que la atenazaba se volvió insoportable, y cuando creyó que ya no aguantaría más, él encontró su núcleo y lo acarició como ella tanto necesitaba, y el cosquilleo que había comenzado en los dedos de los pies subió por las piernas, el cuerpo y los brazos. Sentía un tsunami de algo ardiente e insistente que se precipitaba hacia ella y, de repente, sin previo aviso, un volcán de placer estalló en su interior. Le recorrió el cuerpo como lava fundida, sacudiéndole las extremidades y echándole la cabeza hacia atrás. Mientras luchaba por respirar, medio jadeando, medio riendo, con los fuegos artificiales explotando tras sus ojos, nunca se había sentido tan extasiada, tan aliviada, tan inteligente.


—¿Qué haces?


Dos mañanas después, sentada con las piernas cruzadas en el sofá bajo una de las cuatro ventanas del dormitorio, Paula levantó la vista del bloc que tenía en el regazo y se encontró a Pedro tumbado de lado, apoyado sobre un codo. La observaba con una mirada soñolienta, aunque ardiente, que tuvo el poder de reavivar el deseo a pesar de que, después de todas las deliciosas cosas que habían hecho, debería sentirse saciada.


—Te estoy dibujando —contestó ella, resistiendo heroicamente el impulso de volver a la cama en la que habían pasado gran parte de las gloriosas treinta y seis horas anteriores, porque su cuerpo necesitaba urgentemente un descanso—. La luz aquí es increíble. ¿Te importa?


—¿Tienes pensado exponerlo?


—No. Esto es solo para mí. Algo que me recuerde el fin de semana, aunque no creo que vaya a olvidarlo.


—Entonces no me importa —Pedro le dió forma a su almohada y se tumbó boca abajo—. Pero no esperes que pose —advirtió—. Apenas puedo moverme.


—Puedes quedarte donde estás.


Eso era atravesado sobre la cama extragrande, desnudo salvo por la sábana blanca que le cubría las nalgas y la parte superior de los muslos. Un regalo para la vista. El sol de la mañana entraba por la ventana, bañando su piel bronceada con un precioso brillo iridiscente. No había centímetro de él que ella no hubiera explorado. Ninguna parte que no hubiera saboreado. Plasmar en un papel el calor salado y satinado de su piel y el poder embriagador de su cuerpo era imposible, aunque lo intentó con todas sus fuerzas.


—Estás muy sexy con mi camisa —murmuró él, con los ojos medio cerrados.


—Y tú muy sexy sin ella —Paula se estremeció al sentir el suave lino rozar su cuerpo.


—¿Qué hora es?


—Las diez.


—Hacía años que no dormía hasta tan tarde.


—Hemos estado ocupados.


—Hacía años que no estaba tan ocupado —la boca de Pedro esbozó una leve sonrisa.


¿Era normal sentir esa poderosa oleada de satisfacción y orgullo? Paula se permitió un momento para jactarse, pero enseguida se controló. No significaba que ella fuera especial. Probablemente solo significaba que Pedro rara vez disfrutaba de un fin de semana libre.


—¿Qué sueles hacer los domingos por la mañana? —preguntó ella, estudiando con determinación su pie derecho, tan absurdamente seductor como el resto de su cuerpo.


jueves, 19 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 36

La mirada ardiente de Pedro la recorrió, su respiración más lenta. La miraba como si quisiera devorarla, lo que, para su deleite, sugería que le gustaba tanto como a ella, a pesar de sus, sin duda, torpes esfuerzos por complacerlo. Tomó los pechos, llenos y pesados, y frotó los pezones con los pulgares. Paula jadeó ante la fuerte reacción. Sentía arder la piel y una descarga de mil voltios en su interior. Instintivamente, arqueó la espalda, necesitando que su boca sustituyera a sus manos, y cuando él lo hizo, se estremeció. El leve cosquilleo de su barba al rozarla intensificó las sensaciones. Se aferró a sus hombros y le agarró el pelo. El calor que recorría sus venas era más intenso que antes. El deseo mayor que cualquier otra cosa que hubiera conocido. Todo pensamiento coherente desaparecía rápidamente. Tenía que hacerlo, bastaba con ser fuerte e intrépida y… ¡Oh! Pedro se detuvo. Lo había conseguido. Su cuerpo, sus caderas, sobre todo, se habían movido por voluntad propia y él estaba dentro de ella. No demasiado profundo. No demasiado fuerte. Y… Estaba bien. Gracias a la paciencia y comprensión de Pedro, y a su voluntad de dejarle hacer, sacrificando su control por el bien de ella, y a su cuidado y consideración, no hubo dolor, solo cierta incomodidad que desaparecía por segundos. Paula sintió un nudo caliente y apretado en la garganta. La emoción se apoderó de ella, le escocían los ojos y se sentía agitada e inquieta. Pero tragó el nudo y parpadeó para disimular la emoción, porque necesitaba moverse. Animada, esperanzada, se mordió el labio y basculó tímidamente las caderas. Nada mal.


Pedro tenía los ojos clavados en los suyos, tan cerca que se distinguían motas doradas en el cálido marrón. Su reflejo temblaba en sus pupilas dilatadas. Paula tuvo la extraña sensación de que, si miraba bien, vería dentro de su alma. ¿Qué encontraría allí?, se preguntó, sintiendo cómo él se hinchaba y endurecía dentro de ella, aunque se mantenía quieto. ¿Y qué encontraría él en la suya? ¿Su profundo miedo al amor y al desamor? ¿La secreta y terrible vergüenza de estar a veces resentida con su madre por haber muerto y destruido sus sueños románticos? ¿El angustioso conflicto de saber que, por un lado, la cirugía la ayudaría físicamente, pero, por otro, la aterrorizaba morir y no despertar? Nada de eso incumbía a Pedro. Solo trataba de ayudarla a funcionar como ella quería, así que cerró los ojos y se apretó contra él. Lo besó con fuerza y empezó a mecerse. Pedro la sujetaba sin apretarla, dándole espacio para detenerse si lo necesitaba, pero ella no iba a ninguna parte. La postura estaba funcionando de maravilla. Así podía ajustarse y adaptarse. El balanceo era sensacional. La vista se le nublaba, la cabeza le daba vueltas y su cuerpo se convertía en una masa temblorosa de sensaciones. La respiración de él era agitada, sus músculos tensos. Su enorme cuerpo temblaba y sus manos se movían sobre su ardiente piel.

Retrato: Capítulo 35

En algún polvoriento rincón de su cerebro, fue vagamente consciente de que eso no debería estar sucediendo, de que debería centrarse en el placer de ella, pero tal vez Paula tuviera razón. Aliviar la intensidad de su necesidad para poder ocuparse de la de ella podría ser la decisión correcta. Desde su punto de vista, era la mejor decisión. El calor húmedo de su boca y las cosquillas de su pelo lo enloquecían. Su respiración era agitada, rápida y superficial. La tensión que se acumulaba en su interior era insoportable. Estaba a punto de perder el control. Intentó echarle la cabeza hacia atrás, pero ella continuó, y él no habría podido protestar, aunque hubiera querido. Cuando Paula aumentó la presión y el ritmo, Pedro perdió toda capacidad de pensamiento. Ardía, se estremecía y, sin poder controlarlo, con las manos en el pelo de ella, el clímax atravesó su cuerpo con la fuerza de una bola de demolición. Con un gemido, echó la cabeza hacia atrás y explotó, palpitando implacablemente hasta vaciarse por completo.


—Bueno, ya sabemos que esto funciona —afirmó Paula con una ligereza que contradecía el estruendo de su corazón, el doloroso y ardiente palpitar entre sus piernas y la intensa sensación de triunfo que la invadía.


Arrodillada, se apartó el pelo de la cara. El sabor salado y almizclado permanecía deliciosamente en su lengua. Le dolía la mandíbula, pero daba igual. La expresión aturdida de Pedro le hizo sentir como si hubiera conquistado el mundo.


—Ha sido… Eres… Increíble —los ojos de Pedro estaban vidriosos y su voz era ronca.


—¿Podría haberlo hecho mejor?


—Espero que no. Dudo que sobreviviera.


—Bueno es saberlo.


—Me hiciste perder el control.


—¿Y cómo te sientes al respecto?


—No estoy del todo seguro —murmuró él con el ceño fruncido—. ¿Inquieto? Es mezquino quejarse, pero se suponía que te iba a empoderar.


—Lo hiciste. Te lo demostraré.


Paula se deslizó hacia arriba y se agachó para besarlo mientras se acomodaba a horcajadas sobre sus caderas, las piernas de él estiradas detrás de ella. Su corazón cabalgaba al sentirlo contra ella, duro, aunque no tanto como antes. Se sintió fugazmente nerviosa, pero había leído que esa postura, en la que ella pudiera marcar el ritmo, era buena. Estaba caliente, mojada, preparada y tan valiente como podría estarlo.


—¿Preservativo? —le susurró al oído.


Con ojos brillantes, Pedro rebuscó en el cajón de la mesilla mientras Paula se quitaba las bragas, y solo quedaba hundirse sobre él. Pero estaba demasiado tensa, y no iba a funcionar si no se relajaba. Y cuanto más intentaba relajarse más tensa se ponía, empeorándolo todo. Era horrible. Como si percibiera sus dudas y temores, Pedro se movió, impidiendo la penetración y, para alivio de ella, la ansiedad disminuyó al instante. Él la besó lenta y profundamente y ella se acurrucó contra él, prácticamente ronroneando. Pedro pasó las manos por su espalda, encontró la cremallera del vestido y la deslizó hacia abajo. Paula se estremeció cuando él le subió la prenda por la cabeza y la tiró al suelo.


Retrato: Capítulo 34

Cuando la apretó contra su erección, Paula gimió, derritiéndose por dentro. No podía acercarse lo suficiente. Su cabeza se llenó de su aroma y su cuerpo se inundó de calor. Lo deseaba tanto dentro de ella que dolía, pero ahí había ido mal antes. Lo que sentía no había bastado. Ella había percibido su desesperación y el momento en que el control había saltado. Quizá la profundidad de su penetración y la potencia de sus embestidas habían contribuido a su malestar aquella noche. Tal vez hubiera alguna forma de evitarlo. Interrumpiendo el beso y respirando con dificultad, se giró para sentarse a horcajadas sobre él. Con dedos temblorosos, empezó a desabrocharle los botones de la arrugada camisa. La abrió y puso las manos sobre su cálida piel bronceada, cubierta de vello oscuro, y sintió una punzada de embriagadora satisfacción cuando él siseó. Agachó la cabeza y pegó la boca al pecho de él, sintiendo su estremecimiento. Besó su torso y los rígidos músculos de sus abdominales.


—No, Paula —murmuró él, sujetándole la mano sobre la hebilla del cinturón cuando sus intenciones se hicieron evidentes.


—¿Cuánto me deseas?


—¿No se nota?


Claro que se notaba. Estaba duro como una roca bajo sus manos. Paula quería sentirlo, explorarlo, saborearlo, comprobar si podía hacerlo estallar como había hecho él con ella.


—Dijiste que yo mandaría y quiero hacerlo. Creo que nos hará ir más despacio. Creo que ayudará. Dime qué te gusta. Dime si lo hago mal.


Con un áspero gemido de derrota, Pedro levantó las caderas y ayudó a Paula a quitarle los vaqueros y la ropa interior. Se deslizó hacia arriba y se recostó contra el cabecero mientras ella se acomodaba entre sus piernas. Tomó el miembro con una mano y él cerró los ojos mientras un placer incandescente lo atravesaba. Nada que ella pudiera hacer estaría mal. Nada. Cada tímido roce de sus dedos, cada lento tirón de su mano, lo excitaba más y más. Cuando sintió su aliento sobre él, la cabeza le dio vueltas. Cuando su boca se cerró sobre él, el corazón casi se salió del pecho. Cometió el error de abrir los ojos y mirar hacia abajo, y tuvo que agarrar las sábanas para no hundir las manos en el precioso pelo multicolor para guiarla como él quería. Si hubiera sido capaz de pensar, Pedro se habría maravillado por cómo ella leía su cuerpo a pesar de su inexperiencia. No tenía que decirle lo que le gustaba. Instintivamente, ella parecía saberlo. 

Retrato: Capítulo 33

 —Estoy muy demandado.


Ella se apartó de la barandilla, volviéndose hacia él con una mirada inesperadamente ardiente que hizo que el corazón de Pedro se estrellara contra las costillas. 


—¿Podrás aguantar un poco más?


—Sí.


—Enséñame la planta de arriba.


Fue la paciencia de Pedro la que dió a Paula la confianza necesaria para dominar sus nervios y lanzarse a por lo que tan desesperadamente deseaba. Al interpretar sus miedos y apartarse, tanto literal como metafóricamente, él le había dado el espacio y el tiempo que necesitaba para asimilar los acontecimientos que se avecinaban. Pasara lo que pasara entre ellos, ya fuera un éxito espectacular u otro fracaso estrepitoso, todo estaría bien. Interpretando correctamente sus palabras de nuevo, Pedro la tomó de la mano y la condujo hacia la amplia escalera de piedra. Mantenerse en pie con las piernas de gelatina y los pulmones sin aire era todo un reto para Paula, pero en unos instantes él la arrastró por el rellano y cruzaron una puerta abierta. Murmuró una palabra y las luces de la mesita de noche se encendieron, y antes de que las dudas que había vencido resurgieran y se apoderaran de ella, Paula se acercó a él y apoyó las manos en el pecho. Al deslizarlas hacia arriba, sintió latir el corazón de Pedro con fuerza bajo su palma. Deslizó las manos hasta su nuca y él le rodeó la cintura con los brazos. Ella levantó la cabeza al mismo tiempo que él bajaba la suya, y sus bocas se encontraron en una lenta y sensual exploración, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si él quisiera demostrar su intención de cumplir la promesa de ir despacio y darle espacio. Derritiéndose contra él, Paula luchó contra el impulso de aumentar la intensidad del beso. La cabeza le daba vueltas, el deseo estallaba y el calor se disparó en su interior, y cuando sintió la dura longitud de él presionándola, deseó caer sobre la cama en un salvaje desprendimiento de ropa. Pero permaneció donde estaba, atrapada en un abrazo que era el plato principal, no un simple entrante, y que él no parecía tener prisa por terminar. Cuando por fin cayeron sobre la cama, la respiración agitada, los besos continuaron, abrasadores, pero lánguidos.


—¿Cómo me haces esto? —suspiró ella cuando él deslizó la boca por su cuello y empezó a arrasar la sensible piel que había bajo el lóbulo de la oreja.


—Yo debería preguntarte lo mismo —murmuró él, arrancándole un escalofrío con el aliento ardiente.


—Supongo que los polos opuestos se atraen.


—Eso parece.


Pedro rodó de espaldas, llevándola con él. Hundió los dedos en su pelo y tiró de su cabeza hacia abajo para darle otro beso abrasador. Deslizó la otra mano por detrás del muslo, frunciendo el vestido azul marino, hasta llegar al trasero.

martes, 17 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 32

Pedro apagó el motor y salió del coche, dejando a Paula sentada, con las preguntas resonando en su mente, anulando el deseo y acelerándole el pulso. Los pulmones se aplastaban por la presión, y le costaba respirar. Temblorosa, bajó del coche, se apoyó contra él e inhaló el cálido aire salado hasta que su acelerado corazón se ralentizó y pudo volver a respirar. Mientras él sacaba las maletas del maletero, se tomó un momento para contemplar las estrellas, para escuchar el suave y tranquilizador rumor del mar. Sus nervios se calmaron y sus pensamientos se aclararon. Hacía un momento, lo único que quería era irse a la cama con el hombre cuya confianza y seguridad habían hecho saltar por los aires sus objeciones, el que le había prometido un fin de semana de descubrimientos, un fin de semana para recordar. Ella se preguntó si era necesario precipitarse tanto. Quizás el problema fuera la frenética desesperación que había caracterizado su último encuentro. El deseo tenía la costumbre de estallar sin avisar. Los besos se habían vuelto abrasadores en cuestión de segundos. En la pista de baile… En el ascensor… Tal vez en esa ocasión harían bien en tomarse las cosas con calma, en lidiar con el calor con cautela en lugar de sucumbir instantáneamente a él. Con una bolsa en cada mano, Pedro se dirigió a la puerta principal y la abrió. Paula lo siguió. Tras soltar el equipaje, él cerró la puerta y activó las luces con la voz.


—¿Qué quieres hacer primero? —preguntó, volviéndose hacia ella.


—Me gustaría una visita guiada.


Una visita guiada no era lo que Leo había imaginado darle a Paula al llegar a su finca. Pero la había visto mirando al cielo infinito, apoyada en el coche. Había percibido su tensión en el vestíbulo. Si una visita guiada podía calmarla, eso harían. Lo último que quería era apresurarse y que la noche volviera a torcerse. Mientras él le enseñaba las amplias habitaciones interconectadas de la planta baja, ella no dejaba de expresar su aprecio, y él de luchar contra el recuerdo de unas exclamaciones similares antes de que todo estallara aquella noche. En el salón murmuró algo sobre el atractivo de las paredes blancas y brillantes, las líneas puras y los ángulos rectos del edificio, moderno y sin pretensiones, y la serenidad y el aislamiento del lugar, y resistió el impulso de tumbarla en el mullido sofá. Cuando se apartó ante las grandes puertas correderas de cristal para que ella pudiera salir a la terraza que se extendía sobre el mar, sus músculos estaban rígidos por el esfuerzo de mantener las distancias y le estallaba la cabeza.


—Apuesto a que de día las vistas son impresionantes —murmuró ella, apoyada en la barandilla.


—Lo son.


—Dijiste que no pasabas aquí tanto tiempo como te gustaría.


—No.


—Qué pena.


Lo que era una pena era que no se estuvieran besando. Pero no se precipitaría. No la presionaría.


Retrato: Capítulo 31

Pedro le ofreció a Paula una breve historia de cada uno de sus cinco hermanos, centrándose en sus funciones en el negocio, más que en lo personal, que le permitió no pensar en la cama de la cabina del avión. También era un tema de conversación preferible al de sus relaciones anteriores. Sus respectivos sentimientos románticos, o la falta de ellos, en su caso, no tenían cabida en lo que estaban haciendo allí. Nunca había compartido esa información personal con ninguna de las mujeres con las que se había acostado, ni antes ni después de la prematura muerte de su padre. Pero Paula se había retorcido en el asiento, y su pecho derecho había estado a punto de salirse del corpiño, y él estaba tan preocupado por no ponerle las manos encima para averiguar si llevaba sujetador, que respondió a sus preguntas sin pensárselo dos veces. Cuando aterrizaron, se recompuso y recordó que el fin de semana estaría dedicado a ella y a explorar su sexualidad. Como le había asegurado, ella mandaría. Era extraño lo cómodo que se sentía con eso, dada su profunda necesidad de control, pero la excepción que estaba haciendo por ella sería breve y de escasa importancia. La experiencia sugería que con ella los resultados serían asombrosos. El coste para él, estaba seguro, sería cero. De ninguna manera iba a repetir errores anteriores. Él era mejor que esa bestia enfermiza, egocéntrica y desconsiderada en la que se había convertido la noche de la boda de su hermana. Había aprendido la lección y aprovecharía el fin de semana para demostrárselo a sí mismo. Tenía un plan, su determinación era firme como una roca y absolutamente nada iba a salir mal.


Mientras Pedro salía de la carretera principal y conducía por el largo y sinuoso camino hacia la casa, Paula pensó que si no llegaban pronto a su destino explotaría. A cada segundo que pasaba, su imaginación se desataba más. Cuando atravesaron un par de puertas gigantescas y subieron por un amplio camino de entrada, el deseo bullía en su interior como una olla a presión, el pulso le retumbaba como un tren y los oídos le zumbaban. Era su momento para vencer su miedo al sexo. El momento que jamás habría creído tener el valor de vivir. Solo cuando él detuvo el coche frente a la gran estructura sombría, los nervios se activaron inesperadamente y una insidiosa voz en su cabeza empezó a susurrar: «¿Y si no es así? ¿Y si Pedro se equivoca? ¿Y si lo intentan una y otra vez y sigue sin funcionar? ¿Cómo afectaría a tu futuro? ¿O qué pasa si funciona, pero no es tan bueno como esperabas? ¿Se te ha ocurrido que la química podría no ser suficiente, que con tu inexperiencia el sexo podría ser mediocre? ¿De lo humillante que sería?».

Retrato: Capítulo 30

Pedro deslizó la mirada por su cabeza y la cara. Cuando sus ojos se encontraron, el corazón de Paula latía acelerado y tenía la boca seca.


—Ese pelo te sienta bien.


—No sé si tomármelo como un cumplido o un insulto —ella tomó otro sorbo de champán.


—Un cumplido. Es inusual.


—¿Inusual bueno o inusual malo?


—Es solo una observación —contestó el astuto hermano de tres hermanas.


—¿Has tenido muchas novias? —preguntó Paula, retorciéndose en su asiento, y ajustándose el corpiño del vestido.


—Antes de que muriera mi padre, muchas —respondió Pedro vagamente, la mirada oscura y ardiente—. Solo algunas desde entonces.


—Nunca apareces en la prensa con ninguna.


—Me cuido mucho de no hacerlo. Mi vida privada es privada.


—¿Por qué no estás casado? —preguntó ella, con un interés que no debía mostrar, obviando el derecho a la intimidad de Leo.


—Aún no he encontrado a la mujer adecuada.


Debía ser difícil de complacer. Probablemente ni siquiera existía una mujer a su altura.


—Cuando nos conocimos, tuve la impresión de que no tenías mucho aprecio por el amor romántico.


—No es una emoción con la que esté familiarizado.


—¿Quieres tener hijos?


—No sería reacio a tener una familia en el futuro.


Lo que la descartaba a ella. Aunque no tendría ninguna posibilidad, mejor saber a qué atenerse.


—¿Y tú? —preguntó Pedro, interrumpiendo sus pensamientos antes de que pudieran derivar hacia la tristeza y el arrepentimiento que sentía cada vez que consideraba lo diferente que podría haber sido su vida si su madre no hubiera muerto—. ¿Qué problema tienes con las relaciones?


Paula se recompuso y frenó en seco el flujo de sueños de un universo alternativo en el que se habría sometido con éxito a lasoperaciones y, tras una ristra de novios, habría sentado la cabeza con un marido que le daría una docena de adorables bebés.


—¿Quién ha dicho que tengo un problema con las relaciones?


—Tú. En mi coche, la noche de la boda de mi hermana.


Era verdad, lo había dicho. Pero no hacía falta proporcionar demasiados detalles. Seguramente él habría leído sobre los posibles problemas de fertilidad, de depresión, y el trastorno general en la vida asociado a la endometriosis. Y revelar sus complicados sentimientos hacia el amor y la muerte, que ella sabía le hacían parecer completamente irracional, requeriría una conversación sobre la relación de sus padres, y la suya con ellos, demasiado reveladora emocionalmente como para mantenerla con un hombre al que no volvería a ver después del fin de semana.


—Falta de tiempo —respondió ella, encogiendo los hombros—. Falta de oportunidad. Con todos mis problemas de salud, no soy el mejor partido. Aunque este fin de semana puede que eso cambie. ¿Este avión tuyo tiene cama?


—Sí.


—Podríamos usarla.


—Aterrizamos en quince minutos —los ojos oscuros de Pedro brillaron.


—¿Y?


—Necesitaremos horas.


—Entonces será mejor que me hables de tus hermanos y hermanas.

Retrato: Capítulo 29

Una vez devorada toda la información que pudo encontrar sobre el estado de Paula, había rememorado todos sus encuentros y conversaciones, y empezado a trazar estrategias. Sabía lo que quería y, al igual que ella, tenía la intención de conseguirlo. Por eso había aparcado su rechazo a la presentación del retrato. No había dudado ni un segundo del resultado de la conversación. Podía ser extremadamente persuasivo y casi todos acababan por ver las cosas a su manera. Por eso tenía el jet preparado y la villa abastecida. Se había volcado en el objetivo, había recuperado la decisión y la confianza en sí mismo, y después de semanas sintiéndose completamente perdido en lo referente a esa mujer, le sentaba bien recuperar el timón y dirigir el barco en la dirección deseada. Sin embargo, le había sorprendido el grado de satisfacción y alivio experimentado cuando ella había accedido. ¿Tanta culpa sentía por lo que había pasado la noche de la boda? ¿Tanto la quería en su cama? Tal vez la imagen, presuntamente negativa, que ella tenía de él le molestaba más de lo previsto. Tal vez sí era altruista, después de todo. Eso no importaba. El fin de semana iba a ser puramente físico. Una oportunidad para enmendar errores y, por fin, poner punto final a un mes de inestabilidad en su vida. El domingo por la noche, armada con la demostración de que el sexo era posible para ella, Paula saldría a conquistar el mundo del arte y él seguiría dirigiendo el imperio familiar y protegiendo a sus hermanos de los caprichos de su madre. El statu quo se restablecería para siempre. Si ella hubiese albergado alguna duda sobre haber tomado la decisión correcta en la terraza, cosa que no hacía, esas dudas habrían sido barridas por la emoción de viajar en jet privado. Desde luego, era infinitamente mejor que la experiencia del viaje de Londres a Atenas de hacía unas semanas. El avión de Pedro tenía una docena de asientos grandes de cuero color crema, una tripulación de seis personas y una copa de champán, que ella aceptó de manos de una azafata, con una sonrisa y un efharistó terriblemente mal pronunciado.


—Esto es muy cómodo —Paula bebió un sorbo deliciosamente frío para controlar el revoltijo de nervios y expectación, reclinándose en el asiento para disfrutar del lujo una vez en el aire.


—Es la única forma de viajar —al otro lado de la mesa de nogal pulido, Pedro se desabrochó el cinturón de seguridad y le dirigió una fugaz sonrisa. 


Para un multimillonario, quizás, para el resto de los mortales, bastaba con un par de pies o una bicicleta.


—No les digas eso a tus accionistas navieros.


—Nuestro transporte es comercial —aclaró él, apurando su café—. Cargamentos en contenedores.


—¿Nada de cruceros? ¿Ningún yate corporativo?


—Lamentablemente, no.


—Qué fallo.


—No lo sientas por mí —contestó Pedro con ironía—. Los aviones lo compensan con creces.


—¿Aviones? ¿En plural? ¿Cuántos tienes?


—Este es de la familia. La empresa tiene otros tres.


—Práctico para moverse.


Y para llevar a mujeres a pasar un fin de semana de sexo en su aislada villa de la isla, como la hermosa morena con la que le había visto charlar en la fiesta. Parecían amigos. No era asunto suyo, no estaba ni remotamente interesada en el pasado romántico de Leo. Por suerte, tampoco era celosa. De lo contrario, el impulso que había sentido de apartar a la mujer de un empujón se habría debido al deseo de arrancarle los ojos, no a la molestia por el retraso.


—¿Y quién era la morena?


Quizás estuviera más interesada de lo que quería admitir.


—¿Qué morena? —Pedro parpadeó desconcertado.


—Piernas largas. Preciosa. Sedoso traje pantalón blanco —ella fingió indiferencia—. Se alegró mucho de verte cuando salíamos de la discoteca. Le diste un beso en cada mejilla, hablaron en griego, y luego se quedó con la sonrisa congelada —aunque ella no se había fijado en nada…


—Ah —él inclinó la cabeza—. Era Laura.


—¿Una novia?


—Salimos un par de meses hace un año o así. No la había vuelto a ver.


—Tiene un pelo maravilloso —por alguna razón, Paula sintió alivio—. Nunca he sido capaz de dominar el arte del moño.

jueves, 12 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 28

Paula ignoró la oleada de nostalgia que la invadió al saber que él seguía deseándola tanto como ella a él, porque ya era totalmente irrelevante.


—No elegiré ninguna —aseguró—. Porque no voy a volver a tener sexo.


—Claro.


—Hablo en serio.


—¿Eliges deliberadamente el celibato? —al darse cuenta de que lo decía en serio, la sonrisa de Leo desapareció.


—Totalmente —ella asintió, apagando la clamorosa voz de negación en su cabeza.


Al menos sola, estaría a salvo, libre de intimidad emocional y sin peligro de enamorarse y arruinar vidas.


—Hasta ahora había funcionado. Volverá a hacerlo. Millones de personas en el mundo toman esa decisión. Es perfectamente aceptable.


—Estoy de acuerdo —él asintió lentamente—. Pero no todo de aquella noche fue un desastre.


—No —el recuerdo de lo que Pedro le había hecho, de lo fuerte y rápido que se había desecho en sus brazos, la golpeó.


—¿No quieres saber qué más podría haber?


—No si «Más», va a doler tanto.


—Por eso creo que deberíamos experimentar —insistió él—, ver qué te funciona y qué no.


—¿Por qué lo haces? —preguntó Paula, desconcertada por su insistencia—. Podrías tener a cualquiera.


—Te quiero a tí.


El corazón de Paula se aceleró, antes de que la razón se impusiera y la devolviera a la tierra.


—Como un problema que resolver. Algo roto que arreglar. Un proyecto.


—Sigo soñando contigo —continuó él, sin negarlo, con voz hipnótica—. Sigo encontrándote irresistible. Quiero tus manos sobre mí. Tu boca sobre la mía. Acepta mi propuesta y, en cuanto acabes aquí, te llevaré a mi finca de Santorini. Para el fin de semana. Es muy íntima. Tiene su propia playa. No habrá nada que nos moleste. Podemos tomarlo con calma. Con cuidado. Tú tendrás el control —su mirada se dirigió a la boca de ella—. Todo el control.


—Me cuesta creerlo —¿Renunciar al control? ¿Él?


—Estoy dispuesto a hacer una excepción.


—¿Por qué?


—Porque nuestra química es única y quiero saber, tanto como tú, creo, cómo será entre nosotros. Podemos experimentar hasta acertar. Imagina hacerlo bien, Paula. Los fuegos artificiales.


Paula no necesitaba imaginarlos, los estaba experimentando. Pequeñas explosiones en la boca del estómago que lanzaban chispas por todo su cuerpo. Sus ojos eran tan oscuros, tan irresistibles, la voz tan hechizante. Deseaba sentir sus manos, su boca, sobre ella, con dolorosa desesperación. ¿Y si él tenía razón? No pudo evitar preguntárselo, mientras su determinación vacilaba. ¿Y si se trataba de la posición, el ángulo y la situación? Quizá había dolido tanto por el momento del ciclo. O porque él había estado encima de ella. O porque, al ser su primera vez, se había puesto tensa. Estaba más o menos a mitad de ciclo, y no volvería a ser su primera vez. Si él hablaba en serio, y no veía por qué no, ella podía controlar el ritmo y la posición. Sabía que se detendría si ella lo necesitaba. Ya lo había hecho antes. Y aunque ella quizás nunca podría comprometerse, en el fondo no quería una vida de celibato. Quería la excitación y el placer que él prometía desatar. Ansiaba explorar su sexualidad y descubrir cómo podía controlar su cuerpo y no al revés. La intimidad física no tenía por qué ser también emocional, y durante un fin de semana podría hacerlo.


—De acuerdo —accedió con el corazón acelerado de anticipación y esperanza. El deseo, mantenido a raya, desbocándose—. ¿Por qué esperar? Vámonos ya.


Huir les llevó más tiempo del que Leo había previsto. La gente seguía acercándose para hablar con él. Pero pasada una hora, felicitándose por un plan bien ejecutado, y tras recoger una maleta en el hotel de Paula, entraba en el estacionamiento VIP de la terminal de aviación privada de negocios del aeropuerto de Atenas. 

Retrato: Capítulo 27

Algo enervada por la posible naturaleza de aquella «Proposición», Paula obedeció a Pedro ya que, al parecer, su autoridad innata le resultaba absurdamente irresistible. Ese otro lugar resultó ser la terraza, llena de guirnaldas y una brillante vegetación y asientos íntimos. Tenía una espectacular vista panorámica del Partenón, detrás del cual se ponía el sol. Bañado por la cálida luz del atardecer, el santuario de Atenea, de dos mil quinientos años de antigüedad, elevaba sus columnas de piedra dorada y sombras alargadas, pero era Leo quien captaba su atención. Era un hombre en una misión, y cuando se sentaron en un reservado de un rincón de la terraza, la curiosidad de ella estaba al rojo vivo.


—¿De qué va todo esto, Pedro? —preguntó ella, mientras la intensidad con la que la miraba le secaba la boca.


—Se me ha ocurrido que tenemos asuntos pendientes.


El corazón de Paula falló un latido y su cuerpo enrojeció de calor. Adiós a la esperanza de que él hubiera olvidado los detalles de aquella noche, como había intentado ella.


—No hay nada —contestó ella con firmeza, sin querer volver a hablar del supuesto asunto pendiente por muchas razones—. De verdad que no.


—No estoy de acuerdo —insistió él, con firmeza, sugiriendo que no se dejaría intimidar—. Te debo una disculpa. Por reaccionar tan mal y dejar que te fueras —hizo una pausa y frunció el ceño—. Y, sobre todo, por hacerte daño.


—No es culpa tuya —aseguró ella con un gesto de la mano, como si no estuviera muriéndose de vergüenza—. Debería haberte advertido de que había esa posibilidad.


—No lo sabías.


—En realidad, sí. Hay pocas cosas de mi problema que no sepa. Me dejé llevar, estúpido por mi parte. Tú no tenías por qué saberlo. No te imagino lastimando deliberadamente a alguien.


—Intento no hacerlo.


—Pero si para tí es importante —añadió ella, deseosa de que esa charla terminara—, acepto tus disculpas.


—Gracias.


—Estupendo. ¿Volvemos a la fiesta?


Ella se incorporó, pero se detuvo congelada cuando Pedro la agarró de la muñeca, antes de soltarla como si se hubiera quemado.


—No he terminado.


—¿Eh? —Paula volvió a sentarse.


—Leí sobre la endometriosis.


Paula creía que ya no se sonrojaba, pero se equivocó. Ser acusada de frígida y recibir burlas era infinitamente preferible a una conversación sobre ginecología con la personificación de la masculinidad.


—¿Por qué?


—¿Por qué no? —él enarcó una ceja oscura.


—Porque no era necesario y, además, son cosas de chicas.


—Tengo tres hermanas —señaló Pedro secamente—. No me asustan las «Cosas de chicas», como dices. Y sí lo necesitaba. El conocimiento es poder. Lo que me lleva al siguiente punto.


—¿Y cuál es?


—Según mi exhaustiva investigación, el sexo con endometriosis no tiene por qué ser doloroso.


—No siempre —contestó ella con cautela.


—La posición y el ángulo pueden marcar la diferencia.


—Aparentemente —a Paula le ardían las mejillas.


—El momento también.


—Para algunas.


—Así que sugiero que lo intentemos de nuevo —Pedro se inclinó hacia delante y le sostuvo la mirada con tanta fuerza que ella no habría podido apartar la vista, aunque hubiera querido.


—¿Por qué demonios sugieres eso? —el corazón de Paula se estrelló contra sus costillas. ¿Estaba loco? ¿Había olvidado lo incómodo que había sido?


—Porque no me parece justo que te lo estés perdiendo. Porque soy bueno resolviendo problemas. Porque nunca he deseado a nadie como te deseo a tí. Porque te causé dolor, aunque sin querer, y me siento culpable y quiero arreglarlo. Elige. 

Retrato: Capítulo 26

 —Podré vivir con la decepción.


—Dada tu antipatía hacia la obra, me sorprende que no intentaras detener esta velada.


—Ese era el plan original.


—¿Qué pasó?


—El plan cambió.


—Con tu necesidad de orden y control, debe haberte resultado irritante.


—Sería lo normal —el atisbo de una sonrisa asomó a su sensual boca.


—Entonces, ¿Es tan malo como te temías? —preguntó ella, abandonando toda pretensión de indiferencia, porque necesitaba saberlo—. Me refiero al retrato.


—No tanto —respondió él tras pensárselo—. Obviamente, no es algo que pondría en mi pared, pero tenías razón. Es elegante, inesperadamente bello. Tienes un talento excepcional.


El intenso placer que el elogio produjo en Paula casi la hizo tambalearse. Sintió el inquietante impulso de arrojarse en sus brazos y asfixiarlo a besos. Pero se limitó a esbozar una pequeña sonrisa.


—Gracias.


—¿Por qué decidiste pintar retratos?


—Porque es lo que mejor se me da. Siento mayor conexión con los objetos animados.


—¿Y por qué en pastel?


—Me gusta su textura aterciopelada. Los colores son profundos, ricos y fáciles de mezclar. La luminosidad que crean es mágica. Y, desde un punto de vista práctico, son fáciles de transportar, muy útil cuando tuve que traerlos a Atenas. También hará que mis nuevos encargos sean más manejables. Sorprendentemente —añadió secamente—, tus amigos y conocidos no quieren venir a un pequeño estudio en Londres. Me piden que me desplace hasta ellos.


—Qué chocante.


—Lo sé.


—¿Has conseguido muchos clientes nuevos?


—¿Te puedes creer que tengo trabajo para los próximos doce meses?


—No me sorprende lo más mínimo.


—¿En serio?


—Como he dicho, tienes mucho talento. Aunque una vez vista, esta obra en particular, no se puede olvidar —reflexionó él—, algo a lo que tendré que acostumbrarme.


—Entonces, ¿Por qué has venido?


—Me ofrecí voluntario por el equipo.


—¿El equipo?


—Mis hermanos. Luciana sigue de luna de miel y, curiosamente, los demás tenían compromisos esta noche.


—Muy noble.


—Mis motivos no son altruistas.


—¿No? —Paula no lo conocía bien, pero lo poco que sabía sugería que Pedro consideraba el bienestar de sus más íntimos sumamente importante.


—Venir esta noche era una forma segura de verte. Después de cómo reaccioné la noche de la boda, no creí que hubiera otro modo de que me concedieras una audiencia.


Paula ignoró la leve incomodidad ante la mención de la noche que tanto se había esforzado por olvidar, y se concentró en el hecho de que probablemente tenía razón, aunque su razonamiento fuera erróneo. Su mortificación, y no la reacción de él, habría sido lo que la llevaría a ignorar sus llamadas.


—¿Por qué querías verme? —preguntó, extrañada.


—Tengo una proposición que hacerte.


Pedro se volvió para mirarla y el impacto de su oscura y melancólica mirada le robó el aliento de los pulmones y la cordura de la cabeza. Paula tuvo que parpadear para romper la enorme conexión y volver a centrarse.


—¿Qué clase de proposición?


—La clase que cambió mi plan, y que sería mejor discutir en otro lugar —el brillo de la mirada de Pedro hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Paula—. Sígueme.

Retrato: Capítulo 25

Le disgustaba saber que una mujer apasionada y vibrante como ella fuera incapaz de experimentar las embriagadoras delicias del buen sexo. No le gustaba la sensación de fracaso ni que ella tuviera una impresión menos que favorable de él. Su relación parecía inacabada, los errores cometidos se clavaban en sus entrañas y solo pensaba en la reparación. Así que no iba a prohibir la presentación que su madre estaba planeando, según Adrián. De hecho, asistiría. Sería la oportunidad perfecta para hablar con Paula. Un par de horas de incomodidad por tener que enfrentarse a un cuadro que le había provocado noches de insomnio era un pequeño precio a pagar por la oportunidad de corregir tantos errores.


Para la presentación del retrato que, para sorpresa y alivio de Paula, había seguido adelante, Ana había alquilado la última planta de un exclusivo club nocturno de Atenas y reunido a doscientos de sus amigos más íntimos. Ventajas de ser rica y famosa. Habían pasado ocho días desde la desastrosa noche con Pedro. Había necesitado tiempo y un gran esfuerzo recordarlo sin morir de vergüenza, pero mantenerse ocupada con preparar la velada y hacer un seguimiento de los contactos que había hecho en la boda había ayudado. Los inconvenientes de seguir en Atenas eran, por supuesto, los constantes recuerdos de la boda del año. Los quioscos desplegaban revistas con las fotos oficiales de los novios. Solo su fuerza de voluntad había impedido comprar una. No tenía ningún deseo de comprobar si él aparecía en ellas. Tenía negocios y una carrera que atender, y una noche humillante que olvidar. Por suerte no había peligro de que se presentara allí. El retrato era enorme y ocupaba un lugar central. Ya la habían entrevistado y fotografiado para media docena de publicaciones internacionales y las felicitaciones por su trabajo eran constantes. Sin embargo, mientras que para ella era motivo de orgullo y alegría, la presentación debía ser la peor pesadilla de Leo. Una pena en realidad, porque si consiguiera superar sus reservas, él mismo vería que el retrato era un…


—Aquí lo tenemos.


Al oír la voz grave a su derecha, Paula dió un brinco. Dándose la vuelta, con el corazón acelerado, se encontró con el hombre que había supuesto que estaría a millones de kilómetros de allí esa noche, de pie junto a ella, mirándolo fijamente. Una mirada a su perfil fuerte y severo, a su cuerpo alto y musculoso, vestido con vaqueros y una camisa de lino blanca suelta, y el recuerdo delos dos abrazados bajo las sábanas, volviéndola loca, antes de que todo saliera terriblemente mal, se metió en su cabeza, nublándole la vista y vaciándole los pulmones de aire. Se obligó a respirar y parpadeó. Era un evento profesional para ella. Tenía que centrarse. No iba a pensar en lo que había pasado en ese dormitorio, ni permitir que regresara la humillación que tanto le había costado superar. No necesitaba saber qué había hecho él, si había pensado en ella y en qué contexto. Lo suyo era mirar hacia delante.


—Así es —contestó ella.


—No sabía que mi madre tuviera un trono —Pedro examinó la obra de arriba abajo.


—No es un trono cualquiera —explicó ella, feliz de hablar de arte—. Es una réplica del de Luis XIV.


—Cómo no.


—Lo encargó para hacer juego con la tiara.


—La tiara perteneció originalmente a mi abuela.


—Eso tengo entendido.


—Medía metro y medio tanto a lo alto como a lo ancho- —continuó Pedro—. No me la imagino posando así.


—Ana lo hace muy bien.


—Tiene mucha práctica —él se inclinó hacia delante y frunció el ceño al ver el pequeño corazón rojo en la cara interna del muslo de la pierna derecha—. ¿Eso es un tatuaje?


—Lo es —confirmó ella—. Se lo hizo hace dos años. Un regalo de cumpleaños para un antiguo amante. Esta vez pensó que un retrato sería menos doloroso.


—¿Menos doloroso para quién? —Pedro enarcó una ceja.


Paula evitó sonreír ante la irónica observación de Leo, que aún no había dado su opinión sobre el cuadro. Por alguna razón, eso la irritaba.


—A Ricardo le gusta —aclaró ella, recordándose una vez más que la opinión de Leo era tan irrelevante como su aprobación. Solo sus clientes importaban—. Lo va a colgar en su dormitorio.


—Lo sé —Leo hizo una mueca—. Lo ví cuando llegué.


—Te perdiste su discurso. Fue muy apasionado.

jueves, 5 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 24

 —Lo que acaba de ocurrir no tiene nada que ver contigo, Pedro — explicó, contenta de que él estuviera de espaldas—. Soy yo. Sufro endometriosis. Es una enfermedad en la que un tejido similar al revestimiento del útero crece en otros lugares, como los ovarios. Uno de los muchos efectos secundarios puede ser el sexo doloroso. Es una de las razones por las que soy, era, virgen. Ya experimento suficiente dolor cada mes y arriesgarme a más nunca me atrajo. Pero cuando me besaste en la pista de baile, de repente nada de eso pareció importante. Nunca he conocido a nadie que me excite como tú. Basta con que me mires para que me derrita. Cortocircuitas mi cerebro con el más mínimo roce. Esperaba que contigo todo fuera bien, quería que lo fuera, y tal vez si hubiera tenido más experiencia habría ido bien. Estoy desolada.


Paula se detuvo para darle la oportunidad de responder. Quizá aceptaría sus disculpas y le agradecería su explicación. Quizá le pediría más información y le aseguraría que lo entendía. Lo más probable era que llamara un taxi y la mandara a paseo, aceptable, aunque decepcionante. Pero Pedro no hizo nada. Se quedó sentado bajo el silencio plateado de la luna, más tenso a cada segundo que pasaba. Todo fue tan horrible como ella había temido. ¿Pensaría que ella era un bicho raro? ¿Una burla? ¿Un objeto de lástima? No quería saberlo. Lo único que quería era irse. Se sentía fría, avergonzada y terriblemente vulnerable. La pérdida de su virginidad y el impresionante orgasmo ya no contaban para nada. El fuego se había convertido en ceniza. Leo seguía petrificado, aparentemente ajeno a ella, con la cabeza entre las manos.


—Me doy cuenta de que esto no es lo que buscabas —continuó ella, tragando con dificultad—. Si alguien debiera disculparse, soy yo. No pensé que fuera a suceder, pero debería haberte avisado de la posibilidad. Siento no haberlo hecho. Siento mucho que haya pasado.


Desolada, decepcionada y humillada por cómo había terminado la noche, pero también profundamente aliviada por no tener que volver a verlo, Paula se bajó de la cama y se vistió.


—Buen viaje —se despidió sin mirar atrás.




Pedro no solía lamentarse. Cada decisión que tomaba era largamente meditada, por lo que no tenía dudas de que era la correcta. Rara vez miraba atrás para considerar si podría o debería haber hecho algo de otra manera, incluso en las contadísimas ocasiones en que se equivocaba. Sin embargo, durante los siguientes días, ya fuera discutiendo la fusión en Nueva York, asistiendo a las interminables reuniones de la junta directiva en Londres o ignorando los pueriles mensajes de Federico sobre el beso en la pista de baile y la curiosidad de sus hermanos por su huida de la boda, lamentó profundamente la forma en que había terminado la noche con Paula. No lo había llevado bien. Que hubiera estado tan aturdido y horrorizado al pensar que le había hecho daño que ni siquiera hubiera podido pensar con claridad, mucho menos responder a lo que ella le había contado, no era excusa. Debería haber encontrado la salida. Debería haberle pedido que se lo repitiera todo y lo explicara con más detalle. ¿Cómo había permitido que se marchara así, a las oscuras calles de la ciudad, sola y dolorida? Él no era así. Él cuidaba de los que le rodeaban. Hacía todo lo que estaba en su mano para evitar el sufrimiento. O eso pensaba. Cada vez que repasaba los sucesos de aquella noche le entraba un sudor frío. No podía olvidar el recuerdo de Paula suplicándole que parara. ¿Cómo no se había dado cuenta de su malestar? ¿Cuánto tiempo había aguantado ella antes de no poder más? ¿Qué lo había llevado a semejante locura? ¿La química? ¿La genética? ¿Qué? A lo largo de los años, en ocasiones, se había preguntado qué pasaría si perdiera el control. Suponía que quedaría expuesto como el fraude que sospechaba ser. Las emociones que mantenía a raya se desatarían y el resentimiento que aún guardaba en su interior afloraría. Volvería a cometer errores en el negocio y la fortuna de la familia se iría a pique. Pero nunca había imaginado que pudiera ser capaz de causar dolor a alguien. Toda su vida adulta se había esforzado por hacer lo contrario, y la sensación de culpa era insoportable. Debería buscar a Paula y pedirle disculpas por lo que había hecho y cómo había reaccionado. Suplicaría su misericordia y perdón, y quizás entonces tendría por fin algo de paz. Pero no lo hizo. Porque, a pesar de todo, poner punto final y relegarla a la historia no le parecía bien. Todavía soñaba con ella. Aún la deseaba. El que ella lo hubiera elegido para despojarla de su virginidad le quemaba el cerebro, así como saber que la había derretido con una mirada, con una caricia.

Retrato: Capítulo 23

Una vez dentro, permaneció inmóvil para que ella pudiera acostumbrarse a su desconocida sensación, los músculos rígidos por el esfuerzo de la contención. Paula estaba apretada, caliente, húmeda. Pedro nunca había experimentado nada igual. Su control pendía de un hilo que se deshilachaba, pero se aferró a él. No iba a ceder, a permitir que sus bajos instintos lo dominaran… Hasta que ella se movió, hundiéndolo aún más y, de repente, algo en su interior se quebró. Una abrumadora necesidad de moverse se apoderó de cada célula de su cuerpo. Ansiaba la deliciosa fricción de su carne deslizándose contra la de ella, con una desesperación que no podía contener. Tenía que hundirse más profundamente y con más fuerza, y mientras sucumbía impotente al deseo, la sentía tan bien que estaba perdiendo lo que le quedaba de cordura. De repente, ella giró la cabeza hacia un lado, empujándole los hombros, el pecho, luchando por quitárselo de encima. Sollozaba.


—Para. Para, por favor. Para.


Y todo, su cuerpo, su corazón, la habitación, se congeló al instante. En respuesta a la súplica, Pedro salió inmediatamente de ella. A pesar de la penumbra, Paula vió que estaba blanco como las sábanas. El horror y la confusión sustituyeron al calor salvaje y la feroz concentración que habían dominado su expresión hasta entonces y, mientras ella se estremecía ante la aguda incomodidad de su brusca retirada, deseó con toda su alma no haber tenido que poner fin súbitamente a todo. Se lo estaba pasando tan bien. La halagadora urgencia con la que la había sacado del coche y la había metido en el ascensor, calentó su deseo hasta el punto de ebullición. Cuando la tomó en sus brazos y la llevó hasta el dormitorio, podría haberse desmayado. Pero cuando él la desnudó, todo pensamiento coherente terminó. Los nervios desaparecieron. Jamás se había sentido tan deseada. Había acertado al confiar en que él le daría lo que tan desesperadamente buscaba. La necesidad feroz que había brillado en sus ojos al unirse a ella en la cama la había incendiado. El orgasmo que le había arrancado, mucho mejor que ninguno que hubiera conseguido sola, había sido alucinante, y el intenso placer había continuado. Pero se equivocó al pensar que bastaría. Porque cuando él la penetró dolió como si la hubieran empalado con un atizador al rojo vivo. Esperó a que las punzadas disminuyeran, desaparecieran, esperó contra toda esperanza que estuvieran relacionadas con su inexperiencia, pero él empezó a moverse y, para su angustia, el dolor desgarrador empeoró, extendiéndose al abdomen, destruyendo el deseo y dominando sus pensamientos. Simplemente no había podido soportarlo. Qué ingenua al suponer que todo iría bien. Ojalá se lo hubiera contado en el coche. Había hecho bien en tener miedo y evitar el sexo. Nunca debería haber intentado convencerse de lo contrario. Pero el arrepentimiento y el análisis tendrían que esperar. Pedro estaba en estado de shock.


—Te he hecho daño —dijo él, mirándola, atónito, claramente consternado.


Paula se tapó con la sábana y se acurrucó instintivamente en la posición fetal.


—Sí —admitió ella mientras, para su alivio, las punzadas remitían—. Pero no fue…


—Lo siento —Pedro se sentó en el borde de la cama, de espaldas a ella, y se pasó las manos temblorosas por el pelo.


—No es culpa tuya.


—He sido demasiado brusco.


—¿Qué? ¡No! —aseguró ella—. No es eso. De verdad.


—No sé qué se me ha escapado.


—Nada.


—Debería haber sido más cuidadoso. Más paciente.


—Fuiste todo lo que esperaba.


A pesar de su sinceridad y la urgencia en su voz, él no la estaba escuchando. Era como si se hubiera retirado a su propio mundo, un mundo de malentendido y, tal vez, de culpa, que ella sintió la imperiosa necesidad de abordar, tanto si él la escuchaba como si no, porque no iba a permitir que él pensara que tenía la culpa de todo. La culpa era suya. El dolor se había atenuado hasta convertirse en soportable y Paula se sentó y respiró hondo.

Retrato: Capítulo 22

 —¿Estás segura de que no has hecho esto antes? —preguntó él con voz ronca.


—Estoy haciendo lo que quiero —murmuró ella contra su piel—. Fue idea tuya.


Al parecer, un error. Notaba su tacto por todas partes, y lo estaba deshaciendo tan deprisa que estuvo a punto de arrojarla sobre la cama. Apretando los dientes, y resistiéndose al impulso de hacerlo, hundió una mano en sus cabellos, le acarició la espalda desnuda y suave con la otra y la besó hasta arrancarle esos suaves gemidos. Luego deslizó las manos bajo los tirantes del vestido. Al bajárselos por los brazos, el corpiño se abrió hasta la cintura y, con un leve movimiento de caderas, hasta el suelo.


—Este vestido me gusta cada vez más —murmuró él mientras ella se quedaba solo con los tacones dorados y unas bragas de encaje blanco.


—Hay menos de lo que me hubiera gustado.


—¿Por qué desperdiciar tela? —Leo percibió un temblor en Paula, y frunció el ceño—. ¿Estás bien?


—Siento el impulso virginal de taparme.


—¿Nerviosa?


—Un poco —ella asintió.


—¿Te lo estás pensando? —el corazón de Pedro dió un vuelco.


—Ni hablar.


—Puedes echarte atrás en cualquier momento.


—No lo haré.


—Theos, eres preciosa.


—Tú también.


—Sube a la cama. Déjate los tacones.


Paula se hundió en la cama, la luz de la luna volviendo su pelo plateado y su piel perlada. Él se desnudó con más prisa que elegancia. La mirada de ella se posó en su erección y soltó una especie de suspiro ronco que, ridícula, aunque inevitablemente, hizo que se endureciera aún más. Pedro se tumbó a su lado y rodó sobre ella. Su boca se selló a la de ella, que cerró los ojos y, con un gemido, le rodeó el cuello con los brazos. Deslizó las manos por los hombros y la espalda, y los músculos de él se tensaron al contacto. Con el deseo ardiente y duro en su interior, él deslizó una mano por el sedoso muslo de Paula. Después, subió de la cintura hasta el pecho y ella arqueó la espalda. Desesperado por saborearla más, él deslizó los labios por su cuello y la suave pendiente del pecho. Cuando la cerró sobre su pezón, duro y apretado, ella jadeó y hundió los dedos en el pelo. La sentía temblar. Las braguitas avivaron su deseo hasta niveles insoportables. Pero no podía penetrarla como tanto deseaba. Tenía que tomarse su tiempo, aunque lo matara. Concentrándose únicamente en ella, Pedro deslizó la mano por el firme abdomen y la introdujo bajo las braguitas. La rodilla que ella había levantado cayó hacia atrás, permitiéndole un mejor acceso al húmedo calor, lanzándole una invitación que no podía rechazar. Apretó los dedos contra el centro de su placer y ella se estremeció un instante antes de relajarse.


—¡Dios mío!


Paula apretó su boca contra la de él, besándolo apasionadamente mientras sus caderas empezaban a responder a los movimientos de los dedos. La cabeza de Pedro le daba vueltas, y el pulso se aceleró. Ella jadeó y gimió. Instantes después, se estremeció, echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre mientras se deshacía en sus brazos, más rápido y más fuerte de lo que él podría haber imaginado.


—¿Bien? —preguntó Pedro, que nunca había visto nada igual.


—Nunca me he sentido tan bien en mi vida —Paula le dedicó una lánguida sonrisa.


—Luego mejora.


—Imposible.


—Ya verás.


Pedro se apartó de ella para colocarse un preservativo, tardando una eternidad, ya que le temblaban las manos y necesitaba más autocontrol del que jamás había imaginado tener. Volvió a ella, con la excitación reflejada en sus ojos y el rubor en sus mejillas. Separó sus piernas, se acomodó en su entrada y, mientras la besaba apasionadamente en la boca, la penetró tan lenta y cuidadosamente como pudo, observando su respuesta, oyendo su agudo y estremecedor jadeo, dándole tiempo para adaptarse.

Retrato: Capítulo 21

Cualquier temor que Pedro hubiera albergado por acostarse con una virgen se disipó cuando Paula mencionó tener que encontrar a otra persona. Una vez más, las palabras «Ni hablar», aparecieron en su mente. No entendía por qué. No era posesivo, y no le excitaba la idea de ser el primer hombre en mostrarle a Paula de lo que era capaz su cuerpo. Quizás su reacción se debía a la certeza de que él, y solo él, podía proporcionarle lo que ella deseaba. Por improbable que fuera el emparejamiento sobre el papel, su química era excepcional y única. O tal vez el hecho de que ella confiara en él le hacía sentirse capaz de todo. No entendía cómo seguía siendo virgen con su aspecto, su seguridad y dominio del coqueteo, pero daba igual. De hecho, podría ser una bendición. Tendría que ir despacio y controlarse, sin perder el control, aunque quisiera, cosa que no quería en absoluto. Mientras Pedro pensaba en todo lo que le haría a Paula, Carlos salió de la carretera, cruzó un par de puertas y bajó por un túnel que conducía al estacionamiento subterráneo. En cuanto el coche se detuvo, Pedro se bajó, con el corazón palpitante y el cuerpo preparado, y caminó hasta el otro lado. Abrió la puerta de un tirón y tendió una mano que Paula aceptó inmediatamente, saliendo del coche con mucho más decoro que él. Dirigió un cortante kalinikta a Carlos y la condujo hasta el ascensor. Pulsó el botón y las puertas se abrieron con suavidad. La empujó al interior y las puertas se cerraron, dejando fuera todo salvo ellos dos y la noche que se avecinaba. El aire vibraba con tensa anticipación, la electricidad casi visible. El aroma de Paula, aún más intenso que en el coche, envolvió e impregnó a Pedro. Ella estaba tan cerca que casi se tocaban. Sentía su calor, su urgencia. Pero no la tocaría. Todavía no. Podría aguantar los diez segundos que tardaría el ascensor en llegar a su apartamento. Claro que podría. No era un animal. Al menos no hasta que cometió el error de mirarla de reojo, al profundo rubor de sus mejillas, el rápido movimiento de su pecho y la abrasadora bruma de deseo en los ojos clavados en él. Saber que ella lo deseaba tanto como él a ella pulverizó la poca cordura a la que se había aferrado, y si él se volvió hacia ella primero o ella se volvió hacia él, ni lo supo ni le importó. Un minuto estaban mirándose fijamente y al siguiente estaban pegados, las bocas fusionadas, las manos por todas partes. Pedro arrinconó a Paula contra la pared del ascensor y la inmovilizó con sus caderas. Ella se derritió y gimió. La oleada de lujuria que lo invadió casi le dobló las rodillas. El corazón le latía con fuerza. Le estallaban los oídos. La sangre circulaba por su cuerpo como fuego líquido. Vagamente, se dió cuenta de que las puertas se habían abierto. Interrumpió el beso y la tomó en sus brazos. No se dejó distraer por su jadeo de sorpresa, o por el hecho de que, sin tiempo para romances y todas las emociones turbias asociadas, era la primera vez que sostenía en brazos el peso suave y cálido de una mujer. No se le ocurrió ofrecerle una bebida o algo de comer. Se limitó a llevarla por el amplio pasillo hasta el dormitorio.


—Qué maestría —admiró ella sin aliento cuando él la soltó junto a la cama.


—Pretendía ser eficiente, pero aceptaré maestría.


—¿Qué hago?


A Pedro se le secó la boca. Estaba tan duro que dolía. Tan embriagado por el deseo que era incapaz de dar instrucciones.


—Lo que quieras.


Paula se mordió el labio, pensativa. Luego empezó a desabrocharle los botones de la camisa de abajo arriba. Cada vez que los dedos rozaban su piel, los músculos de Pedro se estremecían.


—Dije que quería dibujarte —susurró ella mientras deslizaba la camisa y la chaqueta de los hombros y los brazos—, pero creo que prefiero esculpirte. Quedarías excepcional en mármol.


—Gracias… Creo.


Con las manos de Paula recorriéndole el torso tan delicadamente, cada vez le era más difícil pensar. Sobre todo, cuando deslizó un pulgar por el pezón y se inclinó para lamérselo.