jueves, 5 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 24

 —Lo que acaba de ocurrir no tiene nada que ver contigo, Pedro — explicó, contenta de que él estuviera de espaldas—. Soy yo. Sufro endometriosis. Es una enfermedad en la que un tejido similar al revestimiento del útero crece en otros lugares, como los ovarios. Uno de los muchos efectos secundarios puede ser el sexo doloroso. Es una de las razones por las que soy, era, virgen. Ya experimento suficiente dolor cada mes y arriesgarme a más nunca me atrajo. Pero cuando me besaste en la pista de baile, de repente nada de eso pareció importante. Nunca he conocido a nadie que me excite como tú. Basta con que me mires para que me derrita. Cortocircuitas mi cerebro con el más mínimo roce. Esperaba que contigo todo fuera bien, quería que lo fuera, y tal vez si hubiera tenido más experiencia habría ido bien. Estoy desolada.


Paula se detuvo para darle la oportunidad de responder. Quizá aceptaría sus disculpas y le agradecería su explicación. Quizá le pediría más información y le aseguraría que lo entendía. Lo más probable era que llamara un taxi y la mandara a paseo, aceptable, aunque decepcionante. Pero Pedro no hizo nada. Se quedó sentado bajo el silencio plateado de la luna, más tenso a cada segundo que pasaba. Todo fue tan horrible como ella había temido. ¿Pensaría que ella era un bicho raro? ¿Una burla? ¿Un objeto de lástima? No quería saberlo. Lo único que quería era irse. Se sentía fría, avergonzada y terriblemente vulnerable. La pérdida de su virginidad y el impresionante orgasmo ya no contaban para nada. El fuego se había convertido en ceniza. Leo seguía petrificado, aparentemente ajeno a ella, con la cabeza entre las manos.


—Me doy cuenta de que esto no es lo que buscabas —continuó ella, tragando con dificultad—. Si alguien debiera disculparse, soy yo. No pensé que fuera a suceder, pero debería haberte avisado de la posibilidad. Siento no haberlo hecho. Siento mucho que haya pasado.


Desolada, decepcionada y humillada por cómo había terminado la noche, pero también profundamente aliviada por no tener que volver a verlo, Paula se bajó de la cama y se vistió.


—Buen viaje —se despidió sin mirar atrás.




Pedro no solía lamentarse. Cada decisión que tomaba era largamente meditada, por lo que no tenía dudas de que era la correcta. Rara vez miraba atrás para considerar si podría o debería haber hecho algo de otra manera, incluso en las contadísimas ocasiones en que se equivocaba. Sin embargo, durante los siguientes días, ya fuera discutiendo la fusión en Nueva York, asistiendo a las interminables reuniones de la junta directiva en Londres o ignorando los pueriles mensajes de Federico sobre el beso en la pista de baile y la curiosidad de sus hermanos por su huida de la boda, lamentó profundamente la forma en que había terminado la noche con Paula. No lo había llevado bien. Que hubiera estado tan aturdido y horrorizado al pensar que le había hecho daño que ni siquiera hubiera podido pensar con claridad, mucho menos responder a lo que ella le había contado, no era excusa. Debería haber encontrado la salida. Debería haberle pedido que se lo repitiera todo y lo explicara con más detalle. ¿Cómo había permitido que se marchara así, a las oscuras calles de la ciudad, sola y dolorida? Él no era así. Él cuidaba de los que le rodeaban. Hacía todo lo que estaba en su mano para evitar el sufrimiento. O eso pensaba. Cada vez que repasaba los sucesos de aquella noche le entraba un sudor frío. No podía olvidar el recuerdo de Paula suplicándole que parara. ¿Cómo no se había dado cuenta de su malestar? ¿Cuánto tiempo había aguantado ella antes de no poder más? ¿Qué lo había llevado a semejante locura? ¿La química? ¿La genética? ¿Qué? A lo largo de los años, en ocasiones, se había preguntado qué pasaría si perdiera el control. Suponía que quedaría expuesto como el fraude que sospechaba ser. Las emociones que mantenía a raya se desatarían y el resentimiento que aún guardaba en su interior afloraría. Volvería a cometer errores en el negocio y la fortuna de la familia se iría a pique. Pero nunca había imaginado que pudiera ser capaz de causar dolor a alguien. Toda su vida adulta se había esforzado por hacer lo contrario, y la sensación de culpa era insoportable. Debería buscar a Paula y pedirle disculpas por lo que había hecho y cómo había reaccionado. Suplicaría su misericordia y perdón, y quizás entonces tendría por fin algo de paz. Pero no lo hizo. Porque, a pesar de todo, poner punto final y relegarla a la historia no le parecía bien. Todavía soñaba con ella. Aún la deseaba. El que ella lo hubiera elegido para despojarla de su virginidad le quemaba el cerebro, así como saber que la había derretido con una mirada, con una caricia.

Retrato: Capítulo 23

Una vez dentro, permaneció inmóvil para que ella pudiera acostumbrarse a su desconocida sensación, los músculos rígidos por el esfuerzo de la contención. Paula estaba apretada, caliente, húmeda. Pedro nunca había experimentado nada igual. Su control pendía de un hilo que se deshilachaba, pero se aferró a él. No iba a ceder, a permitir que sus bajos instintos lo dominaran… Hasta que ella se movió, hundiéndolo aún más y, de repente, algo en su interior se quebró. Una abrumadora necesidad de moverse se apoderó de cada célula de su cuerpo. Ansiaba la deliciosa fricción de su carne deslizándose contra la de ella, con una desesperación que no podía contener. Tenía que hundirse más profundamente y con más fuerza, y mientras sucumbía impotente al deseo, la sentía tan bien que estaba perdiendo lo que le quedaba de cordura. De repente, ella giró la cabeza hacia un lado, empujándole los hombros, el pecho, luchando por quitárselo de encima. Sollozaba.


—Para. Para, por favor. Para.


Y todo, su cuerpo, su corazón, la habitación, se congeló al instante. En respuesta a la súplica, Pedro salió inmediatamente de ella. A pesar de la penumbra, Paula vió que estaba blanco como las sábanas. El horror y la confusión sustituyeron al calor salvaje y la feroz concentración que habían dominado su expresión hasta entonces y, mientras ella se estremecía ante la aguda incomodidad de su brusca retirada, deseó con toda su alma no haber tenido que poner fin súbitamente a todo. Se lo estaba pasando tan bien. La halagadora urgencia con la que la había sacado del coche y la había metido en el ascensor, calentó su deseo hasta el punto de ebullición. Cuando la tomó en sus brazos y la llevó hasta el dormitorio, podría haberse desmayado. Pero cuando él la desnudó, todo pensamiento coherente terminó. Los nervios desaparecieron. Jamás se había sentido tan deseada. Había acertado al confiar en que él le daría lo que tan desesperadamente buscaba. La necesidad feroz que había brillado en sus ojos al unirse a ella en la cama la había incendiado. El orgasmo que le había arrancado, mucho mejor que ninguno que hubiera conseguido sola, había sido alucinante, y el intenso placer había continuado. Pero se equivocó al pensar que bastaría. Porque cuando él la penetró dolió como si la hubieran empalado con un atizador al rojo vivo. Esperó a que las punzadas disminuyeran, desaparecieran, esperó contra toda esperanza que estuvieran relacionadas con su inexperiencia, pero él empezó a moverse y, para su angustia, el dolor desgarrador empeoró, extendiéndose al abdomen, destruyendo el deseo y dominando sus pensamientos. Simplemente no había podido soportarlo. Qué ingenua al suponer que todo iría bien. Ojalá se lo hubiera contado en el coche. Había hecho bien en tener miedo y evitar el sexo. Nunca debería haber intentado convencerse de lo contrario. Pero el arrepentimiento y el análisis tendrían que esperar. Pedro estaba en estado de shock.


—Te he hecho daño —dijo él, mirándola, atónito, claramente consternado.


Paula se tapó con la sábana y se acurrucó instintivamente en la posición fetal.


—Sí —admitió ella mientras, para su alivio, las punzadas remitían—. Pero no fue…


—Lo siento —Pedro se sentó en el borde de la cama, de espaldas a ella, y se pasó las manos temblorosas por el pelo.


—No es culpa tuya.


—He sido demasiado brusco.


—¿Qué? ¡No! —aseguró ella—. No es eso. De verdad.


—No sé qué se me ha escapado.


—Nada.


—Debería haber sido más cuidadoso. Más paciente.


—Fuiste todo lo que esperaba.


A pesar de su sinceridad y la urgencia en su voz, él no la estaba escuchando. Era como si se hubiera retirado a su propio mundo, un mundo de malentendido y, tal vez, de culpa, que ella sintió la imperiosa necesidad de abordar, tanto si él la escuchaba como si no, porque no iba a permitir que él pensara que tenía la culpa de todo. La culpa era suya. El dolor se había atenuado hasta convertirse en soportable y Paula se sentó y respiró hondo.

Retrato: Capítulo 22

 —¿Estás segura de que no has hecho esto antes? —preguntó él con voz ronca.


—Estoy haciendo lo que quiero —murmuró ella contra su piel—. Fue idea tuya.


Al parecer, un error. Notaba su tacto por todas partes, y lo estaba deshaciendo tan deprisa que estuvo a punto de arrojarla sobre la cama. Apretando los dientes, y resistiéndose al impulso de hacerlo, hundió una mano en sus cabellos, le acarició la espalda desnuda y suave con la otra y la besó hasta arrancarle esos suaves gemidos. Luego deslizó las manos bajo los tirantes del vestido. Al bajárselos por los brazos, el corpiño se abrió hasta la cintura y, con un leve movimiento de caderas, hasta el suelo.


—Este vestido me gusta cada vez más —murmuró él mientras ella se quedaba solo con los tacones dorados y unas bragas de encaje blanco.


—Hay menos de lo que me hubiera gustado.


—¿Por qué desperdiciar tela? —Leo percibió un temblor en Paula, y frunció el ceño—. ¿Estás bien?


—Siento el impulso virginal de taparme.


—¿Nerviosa?


—Un poco —ella asintió.


—¿Te lo estás pensando? —el corazón de Pedro dió un vuelco.


—Ni hablar.


—Puedes echarte atrás en cualquier momento.


—No lo haré.


—Theos, eres preciosa.


—Tú también.


—Sube a la cama. Déjate los tacones.


Paula se hundió en la cama, la luz de la luna volviendo su pelo plateado y su piel perlada. Él se desnudó con más prisa que elegancia. La mirada de ella se posó en su erección y soltó una especie de suspiro ronco que, ridícula, aunque inevitablemente, hizo que se endureciera aún más. Pedro se tumbó a su lado y rodó sobre ella. Su boca se selló a la de ella, que cerró los ojos y, con un gemido, le rodeó el cuello con los brazos. Deslizó las manos por los hombros y la espalda, y los músculos de él se tensaron al contacto. Con el deseo ardiente y duro en su interior, él deslizó una mano por el sedoso muslo de Paula. Después, subió de la cintura hasta el pecho y ella arqueó la espalda. Desesperado por saborearla más, él deslizó los labios por su cuello y la suave pendiente del pecho. Cuando la cerró sobre su pezón, duro y apretado, ella jadeó y hundió los dedos en el pelo. La sentía temblar. Las braguitas avivaron su deseo hasta niveles insoportables. Pero no podía penetrarla como tanto deseaba. Tenía que tomarse su tiempo, aunque lo matara. Concentrándose únicamente en ella, Pedro deslizó la mano por el firme abdomen y la introdujo bajo las braguitas. La rodilla que ella había levantado cayó hacia atrás, permitiéndole un mejor acceso al húmedo calor, lanzándole una invitación que no podía rechazar. Apretó los dedos contra el centro de su placer y ella se estremeció un instante antes de relajarse.


—¡Dios mío!


Paula apretó su boca contra la de él, besándolo apasionadamente mientras sus caderas empezaban a responder a los movimientos de los dedos. La cabeza de Pedro le daba vueltas, y el pulso se aceleró. Ella jadeó y gimió. Instantes después, se estremeció, echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre mientras se deshacía en sus brazos, más rápido y más fuerte de lo que él podría haber imaginado.


—¿Bien? —preguntó Pedro, que nunca había visto nada igual.


—Nunca me he sentido tan bien en mi vida —Paula le dedicó una lánguida sonrisa.


—Luego mejora.


—Imposible.


—Ya verás.


Pedro se apartó de ella para colocarse un preservativo, tardando una eternidad, ya que le temblaban las manos y necesitaba más autocontrol del que jamás había imaginado tener. Volvió a ella, con la excitación reflejada en sus ojos y el rubor en sus mejillas. Separó sus piernas, se acomodó en su entrada y, mientras la besaba apasionadamente en la boca, la penetró tan lenta y cuidadosamente como pudo, observando su respuesta, oyendo su agudo y estremecedor jadeo, dándole tiempo para adaptarse.

Retrato: Capítulo 21

Cualquier temor que Pedro hubiera albergado por acostarse con una virgen se disipó cuando Paula mencionó tener que encontrar a otra persona. Una vez más, las palabras «Ni hablar», aparecieron en su mente. No entendía por qué. No era posesivo, y no le excitaba la idea de ser el primer hombre en mostrarle a Paula de lo que era capaz su cuerpo. Quizás su reacción se debía a la certeza de que él, y solo él, podía proporcionarle lo que ella deseaba. Por improbable que fuera el emparejamiento sobre el papel, su química era excepcional y única. O tal vez el hecho de que ella confiara en él le hacía sentirse capaz de todo. No entendía cómo seguía siendo virgen con su aspecto, su seguridad y dominio del coqueteo, pero daba igual. De hecho, podría ser una bendición. Tendría que ir despacio y controlarse, sin perder el control, aunque quisiera, cosa que no quería en absoluto. Mientras Pedro pensaba en todo lo que le haría a Paula, Carlos salió de la carretera, cruzó un par de puertas y bajó por un túnel que conducía al estacionamiento subterráneo. En cuanto el coche se detuvo, Pedro se bajó, con el corazón palpitante y el cuerpo preparado, y caminó hasta el otro lado. Abrió la puerta de un tirón y tendió una mano que Paula aceptó inmediatamente, saliendo del coche con mucho más decoro que él. Dirigió un cortante kalinikta a Carlos y la condujo hasta el ascensor. Pulsó el botón y las puertas se abrieron con suavidad. La empujó al interior y las puertas se cerraron, dejando fuera todo salvo ellos dos y la noche que se avecinaba. El aire vibraba con tensa anticipación, la electricidad casi visible. El aroma de Paula, aún más intenso que en el coche, envolvió e impregnó a Pedro. Ella estaba tan cerca que casi se tocaban. Sentía su calor, su urgencia. Pero no la tocaría. Todavía no. Podría aguantar los diez segundos que tardaría el ascensor en llegar a su apartamento. Claro que podría. No era un animal. Al menos no hasta que cometió el error de mirarla de reojo, al profundo rubor de sus mejillas, el rápido movimiento de su pecho y la abrasadora bruma de deseo en los ojos clavados en él. Saber que ella lo deseaba tanto como él a ella pulverizó la poca cordura a la que se había aferrado, y si él se volvió hacia ella primero o ella se volvió hacia él, ni lo supo ni le importó. Un minuto estaban mirándose fijamente y al siguiente estaban pegados, las bocas fusionadas, las manos por todas partes. Pedro arrinconó a Paula contra la pared del ascensor y la inmovilizó con sus caderas. Ella se derritió y gimió. La oleada de lujuria que lo invadió casi le dobló las rodillas. El corazón le latía con fuerza. Le estallaban los oídos. La sangre circulaba por su cuerpo como fuego líquido. Vagamente, se dió cuenta de que las puertas se habían abierto. Interrumpió el beso y la tomó en sus brazos. No se dejó distraer por su jadeo de sorpresa, o por el hecho de que, sin tiempo para romances y todas las emociones turbias asociadas, era la primera vez que sostenía en brazos el peso suave y cálido de una mujer. No se le ocurrió ofrecerle una bebida o algo de comer. Se limitó a llevarla por el amplio pasillo hasta el dormitorio.


—Qué maestría —admiró ella sin aliento cuando él la soltó junto a la cama.


—Pretendía ser eficiente, pero aceptaré maestría.


—¿Qué hago?


A Pedro se le secó la boca. Estaba tan duro que dolía. Tan embriagado por el deseo que era incapaz de dar instrucciones.


—Lo que quieras.


Paula se mordió el labio, pensativa. Luego empezó a desabrocharle los botones de la camisa de abajo arriba. Cada vez que los dedos rozaban su piel, los músculos de Pedro se estremecían.


—Dije que quería dibujarte —susurró ella mientras deslizaba la camisa y la chaqueta de los hombros y los brazos—, pero creo que prefiero esculpirte. Quedarías excepcional en mármol.


—Gracias… Creo.


Con las manos de Paula recorriéndole el torso tan delicadamente, cada vez le era más difícil pensar. Sobre todo, cuando deslizó un pulgar por el pezón y se inclinó para lamérselo.